CAPÍTULO 10 – LA HUIDA
Sesshomaru se miraba en el espejo del baño de la habitación del hotel donde se alojaba, ajeno a los gritos de la insolente sacerdotisa. Su herida había dejado de sangrar porque la joven había actuado con celeridad. Pero no le iba a agradecer nada. Si no fuese por él, ahora estaría descansando en un ataúd.
¡Pero qué arrogante era! ¿Cómo se había atrevido a gritarle a él, el Daiyokai más poderoso de las Tierras del Oeste? Aquella humana no era consciente del peligro que corría. En cada palabra y cada gesto se sentía desafiado por ella, y no le mostraba ningún tipo de respeto. Nadie jamás le había retado de aquella manera y había vivido para contarlo. ¿Por qué no darle una lección sobre quién mandaba? Un hilo de ira surgió de su fría mirada. Apretó los puños con rabia, sin ser consciente de los sentimientos que surgían en su interior.
¿Acaso su reciente humanidad le había vuelto débil y por eso no se había atrevido a tocarle ni uno solo de sus cabellos?
Recordó la excitante sensación que había sentido cuando ella, suavemente, le había recorrido el paño húmedo por el cuerpo para limpiarle la herida. Su corazón humano había empezado a latir con fuerza en aquel momento crítico, intentando por todos los medios ocultar su espíritu depredador para no sucumbir a sus encantos y a la belleza de su mirada.
"¿Por qué?"
Sesshomaru pensó que aquella terrible e incesante debilidad que empezaba a sentir por la chica se debía a la pérdida de sus poderes de Yokai. Los humanos eran frágiles en torno a sus emociones. Él nunca había estado a solas con una humana que no fuese Rin.
Rin. ¿Qué estaría haciendo ahora? La jovencita había sido su protegida desde la batalla contra Naraku, y su relación nunca había ido más allá de las barreras fraternales. La apreciaba de veras, pero quedarse a solas con la sacerdotisa era diferente. La conoció hace más de cinco años y siempre la había visto como un mero estorbo que seguía al idiota de Inuyasha a todas partes. ¿Qué es lo que había cambiado, entonces? Por mucho que lo pensara, al final siempre llegaba a la misma conclusión: su humanidad.
"Humanos". Tenía que luchar contra sus emociones para no volverse tan débil como ellos.
Necesitaba una ducha fría para aclarar sus ideas y dejar de pensar en ella.
¿Por qué le atraía tanto? ¿Qué le causaba tanta curiosidad?
Sesshomaru salió del baño, algo más relajado. Lucía un cómodo pijama azul de rayas, lo suficientemente grueso para no pasar frío en las noches de Londres. Levantó la vista hacia la cama. La joven se había quedado dormida, aún vestida con la ropa que llevaba en la fiesta. Se acercó a ella con sigilo. Las esposas seguían atadas al cabecero de la cama, sin posibilidad de poder escaparse. La observó detenidamente mientras una de sus manos acariciaba inconscientemente su rostro. La tapó con la manta y se tumbó en el sofá, pensativo, hasta que logró conciliar el sueño.
Un agradable aroma a café despertó a Kagome de repente. Le dolía la cabeza y sentía algo de náusea por la bebida de anoche. Intentó enfocar la vista para ver a Sesshomaru sentado en una pequeña mesa de madera, desayunando tranquilamente y leyendo la prensa.
— He traído unas tostadas con zumo. Deberías comer algo.— Sugirió, sin levantar la mirada del periódico.
— Gracias.
Kagome se dio cuenta de que ya no llevaba las esposas. El Daiyokai debió de quitársela antes de despertarse. Unas marcas en el sofá le indicaban que había pasado la noche allí, mientras ella había dormido cómodamente en la cama.
Se levantó, dolorida, llena de agujetas. Estaba completamente despeinada y se sentía sucia. Sesshomaru ya se había vestido y lucía impecable con una camiseta de manga corta blanca que dejaba al descubierto sus musculosos brazos. Llevaba unos jeans apretados de color azul. Kagome se sintió más horrible todavía al verlo tan perfectamente peinado y guapo como de costumbre. Se le heló la sangre al notar sus fríos y dorados ojos mirándola, impasibles.
— Necesito una ducha. — Se atrevió a decir.
Sesshomaru se levantó grácilmente de la silla, dirigiéndose hacia ella sin apartar la mirada. Empezó a ponerse nerviosa, pensando en qué momento había acabado en esa habitación con la criatura más hermosa de la Tierra y a la vez, la más letal.
Levantó la mano para señalar hacia otra silla que había al lado de la cama.
— Te he comprado algo de ropa.
— ¿Qué? — Preguntó, indignada, olvidándose de la letalidad de su captor. — Escucha… yo… necesito irme a casa. Mis amigos estarán preocupados por mí. ¿Dónde está mi teléfono móvil?
— ¡No te irás! — La ira volvió a inundar su mirada.
— ¡Así que me has secuestrado! ¿Es eso? ¿¡Cómo te atreves!? ¡Quiero mi teléfono!
La agarró del brazo y la dirigió hacia el baño.
— Te ducharás y te vestirás con esta ropa. Tienes media hora para estar lista. Te devolveré el móvil cuando yo lo considere.
Cerró la puerta en sus narices, sin derecho a discutir ni a replicar. ¿Por qué la necesitaba? ¿Qué estaba tramando?
Echó un ligero vistazo a la ropa que había dentro de la bolsa. Parecía de su talla. Encontró unos jeans azules, un jersey negro de manga larga y... ¿ropa interior? ¿También se había fijado en eso? Kagome no pudo evitar sonrojarse, avergonzada. Aquel demonio sabía demasiadas cosas de su vida como para creer que su encuentro había sido casual. Intentaría sonsacarle la máxima información posible, siendo consciente de la parquedad de palabras del Daiyokai. No podía permanecer de brazos cruzados, a merced suya sin posibilidades de luchar. Pensó en su arco mientras encendía el agua de la ducha. Seguía en casa, y si estaba en lo cierto, no podría volver en mucho tiempo. De todas formas, poca utilidad le podía dar si no existían demonios contra los que luchar. En la era moderna se daban otros tipos de armas más acordes a la situación que estaba viviendo.
Kagome salió del baño sin apenas haberse podido secar el pelo. Sesshomaru la estaba esperando, de pie, con impaciencia. Levantó su mirada en el momento que el Daiyokai se ataba los zapatos. Era un ser realmente imponente, temido por cualquier criatura de la Era Feudal. Bajo aquella apariencia de joven y apuesto humano se escondía una auténtica máquina de matar. No había perdido el color de su cabello ni la frialdad de su mirada, que sintió como un puñal cuando sus ojos se encontraron con los suyos. ¿Por qué la ponía tan nerviosa? ¿Acaso temía por su vida?
— Aquí tienes unos zapatos. — Interrumpió sus pensamientos. — Perdiste los tuyos ayer, en la huida.
"Cierto" pensó.
— Gracias...
Se fijó que el Daiyokai había preparado la maleta.
— ¿Dónde vamos? — preguntó, sin esperanza alguna de recibir respuesta.
— Nos vamos al aeropuerto. — Contestó.
— ¿Salimos de Londres? Pero si no tengo pasap...
Sesshomaru sacó documentación de la maleta antes de que pudiese finalizar la frase. Tenía dos pasaportes falsos para poder traspasar la frontera.
— Volvemos a Tokio. Allí estarás segura.
— ¿Qué pretendes, Sesshomaru? ¿Crees que me trago la historia de haber venido en mi rescate? ¿Tan idiota crees que soy?
— No eres idiota. — Sentenció.
Kagome no sabía si tomárselo como un cumplido.
— El taxi nos espera. — Prosiguió.
El taxista paró en la puerta del hotel, dispuesto a llevarlos al aeropuerto. Sesshomaru cargó el maletero mientras la joven se acomodaba en el vehículo, resignada. Encontraría la forma de escapar de aquella pesadilla. Pero debía ser paciente, esperar a que bajara la guardia en cualquier instante.
Faltaban quince minutos para llegar al aeropuerto. El taxista paró en un área de servicio para repostar. Kagome se levantó con cautela del vehículo. Necesitaba estirar las piernas y ordenar sus ideas. Ahora mismo se encontraba presa, sin posibilidad de escapatoria, percatándose de que el Daiyokai, en ningún momento, le quitaba la vista de encima.
Observó el horizonte. No había nada más que carretera y verdes prados. El cielo se veía nublado y llovería de un momento a otro.
Sumida en sus pensamientos no reparó en que Sesshomaru corría hacia ella a toda velocidad. La empujó al alcanzarla, tirándola al suelo junto con él, y amortiguando la caída con su cuerpo. Sacó el revólver de su bolsillo y comenzó a disparar. Un par de individuos subidos en motocicletas se dirigían hacia ellos, sin cesar. El Daiyokai logró reventar las ruedas de una de las motos, que se precipitó al prado, estampándose contra un árbol y provocando una explosión.
— ¡Tenemos que salir de aquí! ¡Nos han encontrado! — exclamó él, mientras ayudaba a levantarla.
— ¿No son demonios?
— No. Por suerte no he visto ninguno desde que estoy aquí.
— ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
— ¡No hay tiempo! ¡Vámonos!
Sesshomaru se había dejado la maleta en el taxi con los pasaportes dentro. Ya no había vuelta atrás. Tenían que huir si querían conservar sus vidas. La agarró de la mano y se precipitaron por el prado.
A Kagome le entraron ganas de llorar.
— ¿Qué hacemos ahora? — Preguntó, consternada.
— ¿Sabes conducir?
— Sí.
— Conseguiremos un coche y volveremos a Londres. Allí tengo un contacto que nos ayudará.
Kagome sintió algo de alivio en su interior, a pesar del peligro en el que se encontraban. El demonio parecía seguro de sí mismo, y eso la tranquilizaba.
Lograron despistar al segundo motorista, campo a través. El prado se encontraba bifurcado por un camino, que llevaba a uno de los pueblos de los alrededores.
— Brentford está muy cerca de aquí. Hemos de intentar llegar.
Kagome apretó su mano con fuerza. Un ruidoso trueno se escuchaba a lo lejos.
— ¡Mierda! — exclamó ante la mirada impasible del Daiyokai.
— En breve lloverá. Hemos de seguir hacia Brentford. — Dijo él, correspondiendo al tacto de su mano.
Caminaron un buen rato hasta llegar al pueblo. Una gota de agua cayó, tímida, en el pelo de Kagome. Otras gotas la siguieron, hasta convertirse en un mar de lluvia del que se debían guarecer.
La tormenta había llegado al pueblo, y con ella se desvanecieron las pocas esperanzas que tenía Kagome de escapar. Ahora solo quería refugiarse, descansar un rato y comerse un buen plato de "fish and chips"
Hola a todos/as! Vuelvo a agradecer enormemente vuestras reviews. Me motivan mucho 3
Yami96: Acertaste! Sesshomaru necesitó una ducha bien fría para aclarar sus ideas, jajaja. Poco ha podido hacer con las esposas porque para él, Kagome es una "sucia humana". Otra cosa es que los sentimientos le vayan traicionando durante el viaje.
Faby Sama: Inuyasha y Sesshomaru siempre han acabado ayudándose en momentos difíciles. Ya veremos cómo resultará el encuentro de estos dos, y más si Kagome está en medio ;).
Un abrazo!
