Muahahahahaha! lo prometido es deuda! aquí llegó Reiju x Reader! Es un Reiju x Male!Reader, tuve una idea, y me parece que quedó un experimento interesante! espero les guste! Este es para Daikito42 :3 disfruté mucho escribiéndolo, espero que disfrutes leyéndolo. En realidad creo que va a ser u Two-shot porque esta historia no acaba así! pero por ahora es esto uwu.


Estaba entrenado para servir sin cuestionar. Desde que tenía memoria, eso era lo único de lo que tenía certeza. Claro, como todos, tenía recuerdos de una infancia... una infancia tan lejana y borrosa que parecía artificial. A veces, se despertaba en medio de la noche, sintiendo que se ahogaba, con la camisa empapada de sudor. Se preguntaba si le pasaría a los demás.

Entre más lo pensaba, más le parecía que todos los rostros se veían iguales. Que no era sólo el uniforme, y el corte de cabello. En ocasiones, le parecía que se estaba volviendo loco, y cuando lo mencionaba, los muchachos sólo emitían una risa incómoda y le decían que era su imaginación.

Todos los demás soldados eran muy fuertes, realmente, era difícil que alguien pudiera ganar uno a uno cuando se enfrentaban, y, sin embargo, el soldado número _ parecía destacar. Una vez, mientras el mismísimo Vinsmoke Judge presenciaba el entrenamiento, le escuchó decir: "muy bien, soldado _". No podía tomarse como amabilidad, no en una organización tan rigurosa como aquella, pero seguro, el reconocimiento se sentía espectacular.

Y así pasaban los días, uno tras otro, trabajando arduamente en el campo de entrenamiento, para alguna vez tener el honor de morir en el nombre de la familia Vinsmoke.

Los Vinsmoke eran otra cosa.

Se erguían altos y orgullosos desde su palco en el palacio, observándoles como dioses creadores, en el terreno mundano ensuciarse y sangrar. Eran perfectos, como seres humanos, como guerreros. Y preferiría cortarse el estómago él mismo, antes que defraudar a la realeza...

Sí, era eso.

Definitivamente tenía que ser eso y nada más... la razón por la que su pecho se henchía y su corazón parecía a punto de estallar, cada que miraba hacia arriba y percibía la silueta rosa de Poison Pink... la princesa.

La princesa era todo lo que una princesa debía de ser. Era elegante y cortés. Pero, además, no era cualquier princesa. Era un soldado altamente entrenado del Germa 66, mortífera, como el beso prohibido de una amante

Definitivamente... estaba a otro nivel. Un nivel que jamás alcanzaría, y en vano, una parte dentro de sí luchaba por alcanzar.

¿Cuándo descienden los dioses a la tierra y se mezclan con los simples mortales?

Una tarde, la diferencia, se hizo clara al chocar contra una imaginaria pared de cristal.

Había fallado en una misión. Un simple error humano... pero el Germa 66 no podía ser humano en ningún modo. Un soldado que falla es inútil. Un soldado que falla es eliminado... pues hay muchos más. Muchos, muchos más... las vidas de aquellos al servicio de los Vinsmoke no valían nada. Como era lógico, Ichiji, le iba a ejecutar.

Entonces ella se puso en medio, y bloqueó el ataque mortal.

—¿Qué se supone que estás haciendo? —le preguntó a su hermana.

—¡Es el primer error que comete!

—¿Por qué lo defiendes? Es solo un soldado más.—¡Revisa su historial! —alegó ella.

—¿Para qué?

—Es un valioso elemento que ha dado muy buenos resultados, sobresalientes, de hecho. ¿No te parece más racional dejarlo vivir, por esta vez?

Ichiji vaciló un momento. Pero luego chasqueó la lengua.

—Como quieras, pero si vuelve a meter la pata, nos desharemos de él —dijo, para después marcharse con dignidad.

Ella volteó a verlo, y con una enorme sonrisa le dijo:

—Disculpa a mi hermano... no conoce el valor de la vida —y se retiró, caminando con esa ligereza magnífica que sólo ella podía tener.

Le había salvado la vida, que nunca había considerado como algo de valor. Lo había absuelto del dolor de la falta de significado, pero le había maldecido con la terrible consciencia, de que pasara lo que pasara, a los ojos de los dioses... jamás estaría en el mismo lugar.

La única manera de disipar aquellos pensamientos, era dedicándose a entrenar, más, y más, y más, cada vez más fuerte.

Aquella mañana, los hijos de la familia Vinsmoke bajaron a entrenar. Comprobarían personalmente la fuerza de su ejército. Básicamente, era una paliza en la que todos intentaban pelear contra ellos, y terminaban mordiendo el polvo y escupiendo sangre. Pero no estaba tan mal...

Para su desgracia, o tal vez fortuna, Poison Pink estaba liderando el combate de su escuadrón. La perspectiva de ponerle una mano encima a su protectora le helaba la sangre y le hacía vacilar. De modo que, cuando no tuvo otra opción que iniciar el ataque, bastó una patada para mandarlo a volar.

Pensó que ahí quedaría. Pero no. Poison Pink voló hasta su sitio, lo elevó en el aire varios metros, y luego bajó para estrellarlo contra el piso, colocándose encima de él y tomándolo de las muñecas para inmovilizarle.

Tenía el ceño fruncido.

—¿Eso es todo? Creí que eras el hombre más fuerte de esta unidad, _. —El soldado abrió los ojos, completamente sorprendido de que siquiera recordara su número. O de que supiera que él era el más fuerte de la unidad... siendo que, todos se veían más o menos igual —Tal vez cometí un error al salvarte aquel día —más inverosímil aún era, el hecho de que recordara que se trataba del mismo desafortunado al que liberó de morir en las manos sociopáticas de su hermano menor. Ella soltó una pequeña risa al mirar su expresión completamente desconcertada y abrumada —¿Por qué esa cara, soldado? —pronunció con un tono juguetón, apretando el agarre y acercándose cada vez más al cuerpo del otro, hasta susurrarle en el oído —¿Crees que no he notado cómo me miras? —dijo, mordiéndole la oreja —Arriba, en el palco, cuando salimos a supervisar... cuando se forman en filas, y hacen los honores, para dejarnos pasar al salir a una misión... puedo sentir tus ojos encima.

Cuando terminó de hablar, lo soltó, se levantó, y terminó de pulverizar a los demás, quienes estaban demasiado ocupados recuperando el aliento del round anterior, como para notar lo que sucedió en lo que se levantaban. El soldado _ se quedó tirado en el suelo un buen rato más, preguntándose si acaso era un sueño lo que acababa de pasar.

No pudo sacárselo de la cabeza ni con la ducha fría de las cuatro de la mañana, ni con los rigurosos ejercicios matutinos, ni con el arduo entrenamiento al ras del sol todo el día. No pudo dormir toda la noche entera, ni la siguiente, ni la siguiente... todo le daba vueltas, ni siquiera quería comer la porquería genérica que les servían en el comedor. Incluso sus compañeros, comenzaban a notar que le pasaba algo raro. Lo revisó un médico, pero como no tenía nada, sólo le recomendó comer.

La verdad es que no sabía cómo sentirse. No sabía siquiera del todo lo que era sentir en sí, sólo sabía que sentía. Algo, lo que fuera. Y no tenía la menor idea de si le causaba alegría el ser reconocido, o aquello había hecho aún peor su desesperanza.

Palabras como el amor sólo eran conocidas entre ellos como un secreto a voces, traído de las expediciones al mundo exterior; o tal vez contados por la boca floja de algún sirviente del palacio, que había crecido fuera, donde todo era distinto.

Tras tener una conversación muy iluminadora con un viejo jardinero, el soldado número _ llegó a la trágica conclusión de que se había enamorado.

Y era trágico porque un amor como aquél nunca podría suceder.

El recuerdo del peso de su cuerpo sobre el suyo, de la calidez de su aliento, de sus labios rozándole la oreja... no eran más que tortura para él. ¿Cómo podía vivir con un peso tan grande en el pecho?

Sería mejor morir en la batalla de una vez. Sería mejor haber muerto el día que Ichiji intentó borrarle de la faz de la tierra.

Sería mejor que seguir teniendo la mirada fija en ella como víctima de un terrible hechizo fatal.

Una mirada que nun... ¿qué?

Reiju le devolvía la mirada. Y en sus bellos ojos, había una angustia profunda, una tristeza honda, un grito vacío, como si bramara desde sus adentros "por favor, sálvame, por favor, sácame de aquí", y le hablaba directo a él...

Y desde entonces, fue como su secreto tácito, una verdad a medias compartida, un diálogo constante de melancolía y anhelo, de dolor enjaulado, de deseo vagabundo.

Ella le veía entrenar, como si le devorara con los ojos. Y en plena consciencia de aquello, no perdía oportunidad alguna de quitarse la camisa y mostrarle su torneado torso sudado; o de lucirse derrotando a todos los demás. Y ella sonreía, entre burlándose y enternecida, de sus torpes intentos de seducción.

Un buen día por la mañana, encontró una nota entre su ropa doblada. Supo de inmediato de quién era. No podía ser de nadie más. La pequeña nota tan sólo decía: "Ven esta noche pasadas las 12 a mi habitación. Entra por la ventana, y no hagas ningún ruido". Con su entrenamiento táctico para misiones de asalto sorpresa, eso no debería suponer ninguna complicación. Porque, además, ¿a quién en su sano juicio se le ocurriría, que un soldado del Germa 66 tendría el valor de entrar de noche en la habitación de la princesa?

Esperó a que la noche cubriera con su oscuridad cómplice todo bajo ella. Impaciente, con la piel erizada, fingió que dormiría en su catre de siempre. Cuando todos estuvieron encadenados por Morfeo, salió sin hacer el más mínimo ruido. Escaló, saltó y trepó como un gato callejero los desniveles del palacio, hasta el alfeizar de la ventana de la princesa. No tenía seguro. La abrió con cuidado, carraspeando cuando la madera emitió un leve chirrido. Reiju volteó a verlo desde la oscuridad de la habitación, sobre la cama, bajo sus sábanas de seda. Y sonrió.

El soldado respiraba pesado, como si se encontrara agotado en la cima de una montaña altísima. Nervioso, vacilante, cual animal en el bosque al encontrarse frente a un humano.

La tenue luz de la luna creciente se filtraba lo suficiente para delinear la figura perfecta de la princesa.

—¿Qué haces? ¿Vas a quedarte ahí parado, o vas a venir a la cama de una vez? —como esclavo de su ama y señora, no pudo más que obedecer. Avanzó lento y trémulo hasta ella, se hincó en la cama, y luego, se colocó sobre su cuerpo, sosteniéndose por encima con los brazos.

Había escuchado de esto. Si es lo que creía que era. Había escuchado del sexo en una de esas pláticas de camaradas en los escasos resquicios de tiempo libre que tenían. Sobre cómo sus compañeros a escondidas hallaban el momento preciso para involucrarse con alguna sirvienta del palacio. Explicaban el proceso gráficamente como si se tratara de una maravilla, envuelta en el tabú de sus prohibiciones como armas humanas perfectas.

¿Era eso lo que buscaba Reiju con él? Jamás había tocado, o visto el cuerpo desnudo de una mujer. De lo poco que sabía, era que lo que había entre sus piernas era muy distinto. "Están hechas para embonar contigo", le decían sus compañeros. "Tienen un agujero ahí abajo donde te introduces, y te aseguro que es la gloria". La verdad, le costaba bastante imaginarse de lo que estaban hablando, pero, por alguna razón, su corazón latía a toda velocidad, bombeando sangre hirviente a cada parte de su cuerpo, endureciendo su entrepierna a niveles que comenzaban a volverse dolorosos.

Retiró con inseguridad la sábana de seda, revelando el cuerpo bajo ella, que llevaba una delgadísima pijama. Los pezones sobresalían sobre sus pechos redondos y su cintura apretada se ceñía con la tela. Tragó saliva. Ella sonrió complacida ante la perspectiva del hombre alto y fuerte frente a ella que vacilaba entre perder el control y tocarla, o guardar el respeto.

—Vamos, toca —indicó suavemente, pero sonaba como una orden. ¿Tocar en dónde? ¿Podía tocarlo todo? Acercó su mano a la mejilla contraria y la acarició dulcemente. Era increíble que un hombre que se veía tan rudo pudiera rozar con la yema de sus dedos con tanta delicadeza. Aquel gesto sutil tan sólo provocaba que ella perdiera aún más el control. Lo que estaba haciendo, de por sí ya era una locura.

Suspiró. De manera irremediable, sugerente, derrotada.

El soldado parpadeó un par de veces, luego, como pidiendo permiso le dirigió una mirada, que ella correspondió con unos ojos suplicantes.

Entonces, tocó su pierna desnuda con sus manos grandes y ásperas por los arduos entrenamientos, y la deslizó por su muslo, debajo de la pijama. Subió por sus caderas, palpando su firme vientre torneado. La finísima pijama que no era nada, le estorbaba. Pero la ropa le estorbaba más a ella, quien, se sentó, e impaciente, despojó de su camisa al soldado, para recorrer con sus finas manos su abdomen y su pecho marcados. Él soltó un suspiro. Jamás nadie le había tocado así. Imitó a la princesa, retirándole su prenda, dejándola tan sólo en la ropa interior que ocultaba su intimidad.

Se dirigió a sus pechos desnudos y los apretó entre sus palmas y sus dedos. Eran suaves, y los pezones estaban cada vez más erectos. No sabía lo que hacía, pero torpemente manoseó, pellizcó, intentando guardar cuidado, pero de manera voraz y salvaje. De la misma manera apretaba sus muslos, sus nalgas, y como un acto instintivo, dirigió su mano hacia la ropa interior, acariciando por encima. Estaba mojado... muy mojado, como si se hubiera orinado encima. Pero el olor... el olor que quedaba en sus dedos era embriagante. Ella suspiraba y soltaba leves quejidos y gemidos.

Se moría de ganas de usar la boca, como si deseara comerla, morderla entera, llenarla de saliva... y cada vez la temperatura en su entrepierna subía más, hasta arder insoportablemente. Como si ella pudiera leerle el pensamiento, le desabrochó los pantalones, y le bajó la ropa interior, revelando su miembro erecto y mojado de líquido preseminal. Se relamió los labios y luego se inclinó para acercarlo a su boca. Su lengua jugueteó con el glande un buen rato, mientras le masturbaba con la mano derecha, y después, lo introdujo completo, succionando cada parte, entrando y saliendo. El otro se retorcía clavando los dedos en el colchón, y entre un montón de incoherencias, logró sacar el pensamiento, de que sí que se podía usar la boca.

Reiju retiró el miembro de su boca y le miró con una expresión divertida.

—No puedes venirte aún.

—¿Venirme?

—Eso, eyacular.

—Qué... es... ¿eyacular?

—Oh dios mío, la educación que les damos es terrible —dijo ella, más para sí misma que para él, quien tenía una expresión de confusión muy interesante —Sientes algo apunto de salir de ti, ¿no es verdad?

—Sí.

—Pues bien, aguántalo. No lo dejes salir hasta que te lo permita...

—P-por supuesto, princesa.

—No me llames princesa... Me llamo Reiju...

—Reiju... —pronunció con un hilo de voz, como si fuera un lenguaje sagrado y místico que no se le permite pronunciar a los mortales. ella sonrió con ternura, mientras se retiraba las pantaletas. El soldado quedó estupefacto, en una mezcla de curiosidad y admiración, mientras observaba las diferencias entre sus genitales y los de ella. Le miró de nuevo como pidiendo permiso para acercarse, y ella contestó:

—Vamos, sé creativo, ¿qué se te ocurre hacerme? Intenta lo que quieras —pronunció con un seductor tono altanero, pero genuinamente intrigada de lo que este hombre podría llegar a pensar.

Él colocó su rostro entra las piernas abiertas de ella, y lo primero que hizo fue inhalar profundo el olor de su húmeda intimidad. Ella suspiró ante la mera sensación de su aliento. Luego, con sus dedos, separó los labios mayores y los menores revelando cada parte extraña de ese nuevo cuerpo. Entonces dirigió su boca y deslizó su lengua de abajo hacia arriba. La mujer se estremeció. Intentando imitar lo que hizo ella con su miembro, chupó y succionó, tratando de abarcarlo todo sin saber a dónde dirigirse del todo. No se sentía mal, pero era clara su falta de experiencia. Reiju le tomó de los cabellos y le alejó un poco la cabeza, luego, con la otra mano le señaló el clítoris, y sin decir nada, el otro se concentró en esa parte lo mejor que podía, provocándole espasmos y gemidos pronunciados.

Luego, dejándose llevar, él subió sus manos, deslizándolas por todo su cuerpo, desde las caderas al abdomen, hasta que llegó a sus pechos y nuevamente comenzó a apretar impetuosamente, mientras los gemidos de la pelirrosa eran cada vez más sonoros.

—Yaa, no aguanto más —exclamó con la respiración entrecortada —Entra de una vez, por favor...

—¿Entrar?

—Sí, te quiero adentro, completo, hasta el fondo... —eso, sonaba muy bonito. Como una confesión de amor. Adentro, ¿de su alma? Luego recordó lo de "introducirse" en las mujeres que le habían contado sus compañeros y pensó que tal vez se trataba de eso.

—Yo... no sé cómo —confesó avergonzado. Ella sonrió con ternura, aún dentro de la exasperación. Y dirigió sus manos hacia su intimidad, abriéndola y haciendo evidente su vagina, empapada en fluidos y lista para delatarse.

Entonces el otro entendió mejor. Tomó con su mano su miembro y lo acercó hasta rozar la entrada de ella. Al menor contacto piel con piel, soltó un ligero suspiro.

—Ahora, empuja, por favor... —el otro hizo caso, pero, de alguna manera parecía no introducirse en ningún lado. Ella volvió a intervenir, tomando entre sus propias manos el pene del soldado, para colocarlo en la posición correcta. Entonces, fue facilísimo.

Se deslizó como si nada. Pero el calor y la humedad ahí adentro eran una locura contra su piel. Las paredes de carne presionaban de una manera deliciosa. El soldado soltó un gemido de placer, y ella sonrió con satisfacción.

—Muévete... —le rogó.

—¿Hacia dónde?

—Adentro y afuera... —el otro hizo caso, y comenzó el vaivén de penetración a un ritmo lento. La fricción se sentía tan bien...

—Más rápido... — le ordenó su ama, y obedeció —más fuerte... Dios, ¿a qué le tienes miedo? No me vas a romper, mi cuerpo no es tan débil...

—¿Está segura? —preguntó —Porque siento que estoy a punto de perder la cabeza, y no tengo ni idea de qué haré si eso sucede...

—Nada malo, no pienses, muévete como si en verdad quisieras destrozarme... —le rogó en un suspiro, y ya no hubo necesidad de decir más. Las embestidas se volvieron frenéticas, como de una bestia. Llegaban hasta el fondo de ella, lo más profundo.

—Y-ya... ¿p-puedo venirme? —suplicó en éxtasis de placer y sufrimiento.

—No —contestó ella con un ligero deje sádico —Cuando yo te lo indique... —a este paso iba a explotar, no sabía si podría obedecerle. Pero continuó penetrando con todas sus fuerzas. Ella, le rodeó con los brazos, y torpemente, perdida en el placer buscó su rostro para besarle. Un beso intenso en el que parecían estarse fusionando tanto como lo hacían abajo, intercambiando saliva y entrelazando sus lenguas al ritmo de las embestidas.

—Y-ya no puedo aguantarme... va a salir... —gruñó el soldado. Ella invirtió las posiciones y se colocó encima de él, llevando ahora el ritmo, penetrándose así misma sobre el abdomen del otro, abrazándole con las piernas, y rozando la piel de él su clítoris.

—Un poquito más, cariño, un poquito más...—jadeó casi exhausta —Yo también me vengo...

—¿También ustedes se vienen?

—Mmm algo así... —pronunció con la voz entrecortada —Hazlo, ahora —sonaba como una orden y una súplica al mismo tiempo. El soldado obedeció y expulsó toda la cantidad de semen que llevaba adentro. Luego sintió cada músculo de su cuerpo relajarse y se dejó absorber por el colchón como peso muerto. Su abdomen estaba completamente empapado por los fluidos de ella también.

—Hmmm se siente tan bien que te vengas adentro... —le susurró seductoramente al oído, sintiendo el líquido poco a poco deslizarse hacia afuera, mientras el miembro del otro aún estaba adentro. Luego se levantó, y todos los fluidos se resbalaron hasta las sábanas —Habrá que pedirle a la mucama que guarde silencio... —dijo, guiñándole un ojo, pero el soldado no podía pensar en absolutamente nada en ese momento.

El sexo era todavía mejor de lo que narraban sus compañeros.

—Yo te contactaré cuando sea necesario —comentó, dándole a entender que ya no requería nada de su parte. Era lo lógico, pero aún así, no sabía por qué, algo en su interior dolía.

—Por supuesto, princesa.

Salió por la ventana como había llegado, sin hacer ruidos, y Reiju se quedó sola en su cama, empapada de fluidos. Se abrazó a sí misma rodeando sus rodillas, y, melancólicamente pensó, que aquel soldado tenía algo diferente... y en la posición en la que ambos estaban... eso era algo triste.