Capítulo X

Todo lo que costó

Alcanzaron llegar a la muralla Rose al amanecer al trote sobre los caballos que habían sobrevivido, con el comandante a la cabeza del escuadrón restante. Los soldados que permanecían sobre las murallas apuraron el paso cuando los vieron llegar, preparando los ascensores para que pudieran transportarse a lo alto con comodidad: una vez arriba, los saludaron efusivamente y con aplausos, aunque la legión se había mantenido en silencio todo el tiempo.

Tan solo once personas habían regresado. Once personas de ciento noventa y nueve. Once personas que fueron catalogadas como héroes.

La legión de reconocimiento se quedó de pie sobre la muralla un rato, observando en silencio cómo los ciudadanos festejaban ante la victoria de la operación. Efectivamente la recuperación del Muro María había sido todo un éxito, la humanidad venció a los titanes en una batalla suicida. Todos se mostraban ajenos al duelo que mantenían en ese momento, actuaban con irrespeto a la memoria de los caídos durante la guerra.

¿Es que no valoran los sacrificios que se hicieron para lograr la victoria, los soldados que perdieron la vida por esta operación? ¿Qué ocurre con estas personas, es que acaso no tienen corazón? Pensó Theresa, pero en seguida se retractó: No es eso, tan solo están felices de haber recuperado lo que es nuestro. No tienen ni idea de cuántas vidas se han apagado en el proceso, son inocentes.

– Has salvado a la humanidad. –él no la miró en ningún momento–. Todo esto es gracias a ti.

– Fue gracias a un costo muy elevado, Tessa.

– No, tan solo fue el costo de la libertad.

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La audiencia con los altos mandos, la reina y los soldados podía esperar un poco más: debían esperar hasta que la pareja culminara con su más preciada misión. Lo que más deseaban ahora era llegar al cuartel general, en dónde su primogénito estaría aguardando en una de las habitaciones.

Fueron a toda prisa a la habitación del comandante, sin importarles chocar con nuevos reclutas en el camino. Theresa abrió la puerta con velocidad, esperando encontrar a la personita más adorable la instalación entre esas cuatro paredes: y no se equivocó en ningún momento.

Jugando en una pequeña manta acolchada tendida en el suelo, en compañía de una mujer anciana y ajeno al sonido de la puerta, se encontraba Libertá. Dicha señora se incorporó de la silla, sonriente.

– Mira quiénes están aquí, pequeño. –tomó al niño en brazos y no dudó en acercarse a la pareja que continuaba inmóvil en la entrada–. Gracias a Dios ambos están bien, no tienen idea de lo angustiada que estaba cuando informaron que habían regresado.

Libertá levantó la carita para posar sus grandes ojos azules en los de su padre, sonrió mostrando sus encías. Fue la medicina que Erwin necesitaba para subsistir. Cuando lo tomó en brazos, se sumergió en una burbuja extraordinaria, era el lazo que había creado con su pequeño desde el nacimiento.

– ¿Todo ha ido bien?

– Ganamos, mamá. Pero muchas vidas se han perdido en el proceso. –Theresa anunció su duelo de manera precipitada, causando que su madre negara con la cabeza–. Lo siento, no debí expresarme tan imprudentemente.

– ¿Imprudente? –su madre frunció el ceño–. Ese es tu padre quién te sermonea por estas cosas, no yo. Solo continúas impactada por todo lo que enfrentaste estos días, no más. Estás en tu derecho.

El bebé interrumpió el discurso de su abuela con un bostezo, cerrando pronto los ojitos al sentirse cálido en el tacto de su padre. Erwin lo mantuvo contra su pecho y lo meció suave, a continuación fijó su atención en ambas mujeres.

– Gracias por cuidar de él, madame Schneider. –expresó con gratitud–. Puede marcharse de nuevo a su hogar, nos lo llevaremos a la reunión para presentarlo formalmente. Es suficiente misterio y él no merece continuar en las sombras por mi causa, el alto mando lo adorará.

Mireya Schneider asintió con una pulcra sonrisa, encantada por las palabras que le dedicaba el comandante. Avanzó para depositar un suave beso en la frente del chiquillo, amorosa.

– Cada vez que te veo, confirmo que mi hija ha hecho una excelente elección al elegirte. –anunció con sinceridad, causando que el soldado la mirase a los ojos–. Esa visión tuya del mundo no la tiene nadie más, excepto ella. ¿Curioso, no? Es como si el destino lo hubiese preparado todo, o es que en realidad comparten el dichoso hilo rojo, porque nunca había percibido un romance tan perfecto.

Theresa y Erwin se miraron entre sí, como si estuviesen comentando millones de cosas únicamente por medio de sus ojos, fue la muchacha quién sonrió primero y le brindó un leve ósculo en los labios.

– ¿Deberíamos hacer esperar al alto mando aún más? –preguntó ella.

Conocía sus intenciones perfectamente, pero aunque quisiese seguirle el rollo, no podían hacerlo.

– Es buena idea. –aceptó él–. Pero debemos reunirnos con ellos en este momento, andando.

Schneider bufó y le siguió.

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Levi Ackerman chasqueó la lengua por tercera vez en un minuto, furioso: ¿dónde demonios se habían metido esos dos? ¿es que ya andaban de calenturientos otra vez? Le parecía increíble cómo la pareja se había esfumado luego de arribar al distrito, como si no quisiesen reaparecer en un buen tiempo, a sabiendas que en cinco minutos debían dar reporte personal de lo sucedido. Realmente iba a volverse loco si la situación continuaba de esa manera, mucho más con los alaridos de su escuadrón flaqueándolo.

Malditos mocosos de mierda, cierren la boca de una vez. Pensó en medio de su frustración.

– ¿Dónde están el comandante y la capitana? Creí que vendrían a dar reporte. –dijo Mikasa.

– Qué sé yo, se han esfumado en cuánto hemos llegado. –Jean se encogió de hombros–. Esos dos tenían asuntos que discutir, tal vez ni se presenten en la reunión. Dudo que los reprendan por eso.

La científica se colocó los lentes sobre la cabeza, frustrada.

– Llegaremos tarde si no aparecen. –miró a la muchacha a su lado–. Lowell, ¿los has visto?

– Creo que sé dónde están. –Hange la miró, invitándola a que continuase. Sus mejillas se tiñeron de un tono rojizo y aclaró su garganta–. Pero no te lo puedo decir, lo lamento.

Hange llevó una mano a su pecho, fingiendo estar ofendida por sus palabras:

– ¿Es que no confías en mí?

– ¿QUÉ? –reaccionó y su cara pasó a tener un lindo tono carmesí–. ¡No diga eso, Hange-san! Es la privacidad de ambos, por favor no me malinterprete. Joder, menuda vergüenza. –se cubrió el rostro.

Justo en ese momento, la pareja se dignó a hacer aparición en el vestíbulo. La mayoría de los reclutas se quedaron asombrados al visualizarlos, especialmente al comandante Erwin, quién llevaba en sus brazos a un niño idéntico a él. Theresa iba a su lado, andando a su mismo paso.

– Lamentamos la tardanza. –expresó la capitana–. ¿Ha comenzado ya la audiencia?

Nadie respondió, los muchachos se quedaron mudos estudiando la escena ante sus ojos. Analizaban al bebé con tanto esmero que Theresa llegó a pensar que jamás habían visto uno, frunció el ceño ante la actitud de los reclutas. Lo que le faltaba, estaba actuando como una madre protectora.

– ¿Podrían dejar de mirarlo como si fuese un bicho raro? –solicitó, dando golpecitos en el suelo con el pie. No la escucharon–. ¡He dicho que dejen de acosarlo, idiotas!

– ¡Ah, sí. Discúlpanos por la imprudencia! –exclamó Eren.

– ¿Quién es el bebé? –Armin lo miraba con impresión.

– Será hijo del comandante. –obvió Jean–. ¿No notan el parentesco, idiotas?

– ¡Es súper mono, es una bolita adorable! –chilló Layla–. Tessie, mejor cuida de él o lo secuestro.

Erwin acomodó al bebé en sus brazos, causando que este se acurrucara más contra su pecho. No culpaba a ninguno de ellos por su reacción, nadie en el mundo se habría imaginado al demonio con un matrimonio estable y un hijo.

– Falta poco para la reunión, manténganse endebles.

Mikasa dejó de observar al pequeño.

– Entonces los rumores son ciertos, tienen un hijo en común.

– No estoy impresionada porque estaba al tanto, pero no evita que quiera cargarlo. ¿Me otorgarían el honor de cargarlo por solo unos segundos? –pidió con esperanza–. Prometo cuidar bien de él.

Su actitud tuvo como consecuencia una leve sonrisa en el comandante.

– Lowell, por favor mantén la calma.

Libertá, de apenas un año de edad, bostezó y posteriormente abrió sus preciosos ojos. Los reclutas no tardaron en darle la razón a Jean, el primogénito del comandante era su copia exacta; bueno, por lo menos no había heredado sus cejas.

– Juro que me vengaré, en algún momento lo secuestraré. –entonces giró su cabeza a Hange–. ¿Ves al pequeño adorable? Ese podría ser nuestro hijo, pero lamentablemente no tienes pene.

Zoe la observó con una mueca cargada de diversión, allí estaba su semblante pervertido.

– ¿Es que querías un hijo conmigo, Layla?

– Es justo lo que quise decir.

¿Qué demonios estoy escuchando? Peor aún, ¿qué diablos está aprendiendo Libertá? Pensó Theresa.

– Dudo que tengas la capacidad suficiente de secuestrar a mi hijo, Lowell. –dijo Erwin, demostrando calma como de costumbre–. Sobre tu hijo en común con Hange, podían adoptar a un pequeño de un orfanato.

– Esto es absurdo. –masculló Mikasa.

– ¿Has escuchado, Hange? ¡Podemos adoptar!

– ¡Muy bien, así podré llevarlos al laboratorio y enseñarle sobre los titanes!

– ¡Haré cómo si no escuché eso! –celebró Layla.

Theresa concordaba perfectamente con Mikasa, esa conversación era incoherente y estúpida.

– Qué poca seriedad…

– Haz que tu novia cierre la boca, cuatro ojos. –Levi finalmente decidió intervenir–. Eso va para todos ustedes, es hora de la audiencia. –dictó.

Libertá se removió incómodo en los brazos de su padre, y estiró sus manitas hasta su madre. Tessa sonrió leve antes de cogerlo en brazos, el momento de presentarlo finalmente había llegado.

Al entrar a la espaciosa sala repleta de militares, decidió sentarse en el último escritorio con Libertá. Como era de esperarse, Erwin le dedicó una caricia al chiquillo en el moflete antes de dirigirse al frente con sus compañeros. A su lado, los que decidieron tomar asiento fueron Floch y Layla, quiénes se mantuvieron en silencio durante toda la ceremonia.

El reporte no duró demasiado, se encargaron de resumirlo todo y soltar los datos más importantes, incluyendo el asombroso revivir de los dos nuevos titanes. Historia se mostró asombrada por toda aquella información, tanto que observó a Theresa con curiosidad; ¿había sido ella la causante de ese maravilloso hallazgo? La mujer conectó sus miradas, con un semblante indiferente.

– Hemos robado el poder del titán colosal y el acorazado. –explicó Hange–. En el sótano de Grisha Jeager encontramos datos que van más allá de nuestra imaginación, comenzando porque, más allá de las murallas, existe un mundo más avanzado que este. Se explica en los tres libros que poseemos en nuestro poder, los cuáles serán minuciosamente estudiados por mi persona.

En una hora, estaban siendo escoltados al salón del trono por la guardia. Theresa conocía bastante bien esa instancia, la última vez que estuvo allí fue cuando Erwin fue sentenciado a muerte, justo el día del Golpe de Estado Militar. Se humedeció los belfos y continuó caminando, mirando siempre al frente; si su amado escuadrón hubiese estado allí, habría sido una experiencia extraordinaria.

– ¿Me permites al bebé? –y se giró a mirar al hombre con velocidad, se trató de la persona menos esperada en el mundo. Benedict Schneider, su padre, la observó fijamente–: No podrás recibir a la medalla con el pequeño encima, lo sostendré por ti.

Ella se quedó paralizada, con los ojos cristalizados por lo que escuchaba. El conde Benedict extendió los brazos para recibir a su nieto, insistiendo en el acto de que se lo entregara; su sucesora, todavía incrédula por el gesto, tragó en seco antes de pasarle a Libertá. No sabía que su padre estaba vivo.

Libertá frunció el ceño y no perdió de vista a su madre, afligido por haberse separado de su cálido pecho. Theresa, quién todo ese tiempo estuvo en la mira de Erwin, se humedeció de nuevo los labios para avanzar junto con los demás. La reina había esperado pacientemente por ella.

Hincó la rodilla en la primera línea, en donde permanecían los soldados de mayor rango: Erwin, Levi, Hange, Eren, Mikasa y Armin. A sus espaldas, aguardaban los demás sobrevivientes, con la cabeza gacha al hallarse ante la suma monarca. Se mantuvieron en silencio conforme Historia arrojó un discurso esperanzador, llamándolos héroes por haberse enfrentado a tal peligro.

Estúpido, esto es jodidamente estúpido. Debería estar honrado a los muertos, no a los vivos.

– Gracias a ustedes, la humanidad dormirá en paz esta noche. –les dijo con una pequeña sonrisa, rompiendo con el protocolo real–. Los que perecieron en la lucha son héroes también. –añadió.

Terminó con el discurso un poco después y prosiguió a entregarles una condecoración de las Alas de la Libertad. Cuando fue su turno, se incorporó con suavidad y le besó con suavidad la mano, así como dictaba la formalidad monárquica. Cuando fue el turno de Eren, tardó más de lo esperado.

Los soldados le miraron de reojo, confusos por su tardanza. Eren sujetaba la mano de Historia con fuerza mientras que miraba el suelo con desquicio.

– Oye, mocoso. –dijo Levi.

– ¡Eren! –exclamó Armin.

Eren, quién se hallaba confundido por lo que había pasado en su mente, abrió los ojos y se encontró con la indagadora mirada de Historia sobre él.

– ¿Eren?

– Lo lamento. –se disculpó y la soltó, avergonzado.

Acabó la ceremonia y no perdió tiempo en acercarse a su padre, dispuesta a tomar al bebé en brazos y no soltarlo nunca más. Benedict la visualizó con impotencia a través de sus anteojos, sujetando a su nieto con más tranquilidad; el pequeño rubio miró a su mamá y extendió sus manitas, queriendo volver a su cálido pecho.

– M-Mamá… –balbuceó con suavidad y frunció el entrecejo con impaciencia.

Erwin fue quién lo sujetó entre sus brazos, sorprendiendo incluso a su esposa por el gesto, ni siquiera lo había visto aproximarse hacia ellos. Se creó un silencio incómodo entre los tres adultos, pero no tardó en ser roto por los balbuceos del bebé, quién parecía estar contando una historia mientras sujetaba el dije de su padre entre sus manitas.

– Le agradezco su colaboración para con mi hijo. –comentó Erwin, con la misma paz y tranquilidad que caracterizaba. No quería crear una brecha más grande entre padre e hija–: No estaba al tanto de que usted estuviese invitado a la celebración, aun así reconozco su gesto. –volvió su completa atención a su esposa, quién lucía indiferente por sus palabras–. Tessa, se servirá un banquete en continuación a la celebración. No es de buena educación llegar tarde.

La muchacha se quedó en silencio, parecía perdida en sus pensamientos.

– Tessie.

– Sí. –respondió de inmediato–. Gracias por el gesto, conde Schneider. Espero disfrute el banquete.

Era más que obvio que ninguno de los tres asistiría a esa cena, no porque no retribuyesen la gratitud de la corona hacia la legión, sino porque no les apetecía continuar en esa burbuja diplomática por mucho más tiempo. Hange Zoe era capaz de controlar esa situación por sí misma, debía hacerlo.

Irían a casa y dejarían atrás esa celebración absurda, era suficiente por un día. Reclutas prepararon un carruaje para ellos de forma rápida, tan velozmente que se hallaban dentro del carro en silencio, con la atención puesta sobre el adormitado bebé. No sabrían describir la sensación alojada en sus pechos, nunca antes habían sentido nada igual.

– Tessa. –le susurró el comandante en el oído, una extraña sensación recorrió su columna vertebral ante el gesto–. Tessie, no tienes idea de cuánto te deseo justo ahora. –repartió suaves besos por su hombro conforme ella sujetaba al pequeño con cuidado, prestando atención a sus respiraciones apaciguadas y libres de preocupaciones–. Te amo.

Un escalofrío recorrió cada rincón de su cuerpo y sus vellos se erizaron, sus labios se entre abrieron con la intención de decir algo, pero absolutamente nada salió de ellos. Los húmedos besos de Erwin terminarían haciéndole perder la cabeza en cualquier momento, incluso tuvo que reprimir un jadeo cuando le marcó un chupetón en la clavícula.

– Dios mío… ¿qué estás haciendo? –susurró, pero echó la cabeza hacia un lado para cederle mayor comodidad. Smith respondió dejando pequeñas marcas en su cuello, causando que su esposa dejase escapar un gemido–. Erwin…

Libertá no daba señales de querer despertar, estaba demasiado cansado como para querer hacerlo.

– Espera un poco, no pensarás en hacerlo aquí. –se sonrojó sutilmente–. Ni se te ocurra…

– No haré eso. –lo único que hacía era besar la delicada piel ajena–. Mantente en silencio, podríamos provocar a una pequeña bestia. –agregó con una dulce sonrisa en los labios.

Tenía razón, cuando su amado hijo era interrumpido en sus siestas, se ponía como toda una bestia. La pareja lo sabían perfectamente, por lo que Theresa tuvo que contener suspiros de satisfacción con cada mimo recibido en su cuello; ese hombre definitivamente iba a volverla loca.

Ambos contaban desesperadamente los minutos que faltaban para arribar a su hogar, ansiosos por aplacar las sacudidas en sus cuerpos. Ella tuvo que cubrirse la boca con la palma de su mano cuando Erwin plantó otra marca en su clavícula, cerró los ojos e intentó calmar su agitada respiración. ¿Qué le diría a los reclutas cuando la vieran de esa manera?

Podía sentir su piel ardiendo por todas las caricias y su intimidad húmeda, iba a tener un orgasmo en cualquier momento. Y Erwin estaba al tanto, había estado haciendo todo eso a propósito. Se removió en el asiento, cuidando de no exaltar al bebé en su regazo, para después morder su lengua con demasiada fuerza; estaba conteniendo ese gemido de liberación.

Joder, se había venido en los malditos pantalones.

– Maldita sea… –susurró, sujetándose del hombro ajeno debido a los espasmos–. ¿Cómo demonios puedes tenerme de esta manera, Erwin?

Erwin sonrió y besó su cuello de nuevo, divertido.

– No tienes idea de cómo me tientas. –confesó el comandante, causando que su subordinada le dedicase una leve sonrisa.

– Oh, claro que tengo idea.

Finalmente, habían arribado a su dulce hogar. Dentro de pocos minutos, estarían deshaciéndose mediante besos en la cama y acariciando sus cuerpos con lujuria. Theresa bufó y le echó un vistazo al comandante, quién estaba pensando lo mismo que ella.

Llegaron a la conclusión de que estaban tan calenturientos como dos malditos adolescentes.