Capítulo 8


—¿Quién se atrevió a llamarte cobarde?

La voz tronante del marido arrancó a Sakura de un sueño profundo. Abrió los ojos y lo miró. Sasuke estaba de pie a un costado de la cama y la miraba con expresión colérica. Estaba completamente vestido y parecía furioso.

Mientras bostezaba, Sakura pensó que Sasuke necesitaba que lo apaciguara. Se sentó en la cama y sacudió la cabeza.

—Nadie me llamó cobarde —le dijo con voz adormilada.

—Y entonces, ¿por qué dijiste...?

—Creí que debías saberlo —le explicó—. Y yo necesitaba decirlo.

El enfado del laird se aplacó. Sakura apartó las mantas y se aprestó a salir de la cama pero Sasuke la detuvo, volvió a taparla y le ordenó que siguiera durmiendo.

—Hoy descansarás —exigió.

—Ya descansé bastante, milord. Es hora de que comience a cumplir con mis deberes de esposa.

—Descansa.

¡Dios, qué hombre más testarudo! El gesto de la mandíbula tensa le indicó que sería inútil discutir. No tenía intenciones de haraganear todo el día en la cama pero no lo debatiría con su esposo.

Sasuke estaba yéndose cuando Sakura lo detuvo con una pregunta:

—¿Qué planes tienes para un día tan bello?

—Iré a cazar más provisiones.

—¿Granos, por ejemplo? —preguntó la mujer. Salió de la cama y se puso la bata.

—Por ejemplo —admitió Sasuke.

Sakura se ajustó el cinturón de la bata. Sasuke observó cómo se quitaba el cabello de debajo del cuello de la prenda con ademanes plenos de gracia femenina.

—¿Cómo se hace para "cazar" una cosecha?

—La robamos.

Sakura lanzó una exclamación:

—¡Pero eso es un pecado!

Sasuke pareció muy divertido por la expresión horrorizada de la esposa: ¡el robo la escandalizaba! ¿Por qué sería?

—Si el padre Mitokado se enterara de esto te despellejaría.

—Mitokado aún no regresó. Cuando lo haga, ya habré cometido todos los pecados.

—¡No hablarás en serio!

—Hablo muy en serio, Sakura.

—Sasuke, no sólo estás cometiendo el pecado de robo sino también el de complacencia.

Era evidente que esperaba una respuesta, pero Sasuke se limitó a encogerse de hombros y Sakura movió la cabeza.

—Esposa, no te corresponde censurarme.

Sasuke esperaba una disculpa, pero en cambio obtuvo un argumento en contra:

—Oh, sí, me corresponde censurarte, milord, pues se trata de tu alma. Soy tu esposa y debo enseñarte pues me preocupo por tu alma.

—¡Eso es ridículo! —repuso Sasuke.

Sakura lanzó otra exclamación ahogada, y el esposo sintió deseos de reír, pero se contuvo.

—¿Te parece ridículo que me preocupe por ti?

—¿Te preocupas?

—Claro que sí.

—¿Significa eso que comienzas a sentir cariño por mí?
—No dije eso, milord. Estás deformando mis palabras. Me preocupo por tu alma.

—No necesito ni tu preocupación ni tus sermones.

—A una esposa se le permite dar su opinión, ¿no es así?

—Sí —admitió Sasuke—. Cuando se la piden, por supuesto.

Sakura ignoró el comentario.

—Yo creo que tienes que comerciar para obtener lo que necesitas.

Sasuke no pudo reprimir la irritación.

—No tenemos nada de valor para intercambiar —le dijo—. Por otra parte, si los otros clanes no pueden proteger lo que les pertenece, merecen que se lo quiten. Así es como lo hacemos, mujer; tendrás que acostumbrarte.

Sasuke dio por terminada la discusión, pero Sakura no.

—Esa justificación...

—Descansa —le ordenó Sasuke cerrando la puerta al salir.

Se había casado con un hombre obstinado. Sakura decidió no volver a tocar el tema de los robos. Sasuke tenía razón: no le correspondía a ella enseñarle ni a él ni a los otros hombres del clan. ¿Qué le importaba?

Sakura pasó la mañana practicando con el arco y la flecha, y la tarde disfrutando del juego de Kagami, tan sin sentido como agradable.

Kagami se había convertido en el único amigo verdadero de la joven. Sólo le hablaba en celta y Sakura descubrió que cuanto más relajada estaba más fácil le resultaba el idioma. El anciano era paciente y comprensivo y respondía a todas las preguntas de la muchacha.

Sakura le contó al viejo cuánto la inquietaban los robos de Sasuke, pero Kagami no sólo no estuvo de acuerdo con ella sino que defendió la conducta del laird.

Estaban de pie sobre una loma, lanzando tiros de larga distancia, mientras Sakura le confiaba su preocupación. Casi todas las piedras se rompían por la fuerza de los golpes.

—Los ingleses destruyeron nuestras reservas. Nuestro laird tiene que asegurarse de que el clan no pase hambre este invierno —dijo Kagami—. ¿Por que llamas a eso pecado, chica?

—Está robando —arguyó la joven.

Kagami movió la cabeza.

—Dios lo entenderá.

—Kagami, hay más de un modo de entrar en un castillo. Sasuke tiene que hallar otra forma de alimentar al clan.

El anciano apoyó el palo contra la piedra redonda, separó las piernas y dio el golpe. Se protegió los ojos del sol para ver hasta dónde había llegado, hizo un gesto de satisfacción y luego giró hacia la señora.

—Mi piedra recorrió el triple de distancia que recorre una flecha. A ver si puedes superar eso, pequeña afligida. Veamos si puedes colocar tu piedra al lado de la mía.

Sakura se concentró en el juego y la sorprendió la carcajada de Kagami cuando la piedra que lanzó se detuvo a pocos centímetros de la del viejo.

—Chica, tienes destreza para el juego —la elogió—. Ahora será mejor que regresemos. Ya te aparté de tus tareas más tiempo del que tengo derecho.

—No tengo tareas —exclamó Sakura. Se puso el palo bajo el brazo y se volvió hacia su amigo—. Intenté hacerme cargo de la administración de la casa, pero nadie me presta atención, aunque debo decir que los Uchiha son un poco más corteses. Los criados Ōtsutsuki son tan groseros que me resulta embarazoso: me ignoran por completo.

—¿Y qué dice nuestro laird con respecto a este comportamiento?

—No se lo dije y no lo haré, Kagami. Este es mi problema y yo tengo que resolverlo, no él.
Kagami aferró a Sakura del brazo y comenzó a descender por el sendero de la colina.

—¿Cuánto hace que estás aquí?

—Casi tres meses.

—Durante un tiempo te sentiste a gusto, ¿verdad?

Sakura asintió:

—Sí, lo estuve.

—¿Por qué?

La pregunta la sorprendió y se encogió de hombros.

—Al llegar aquí, me sentí... libre. Y segura —se apresuró a agregar.

—Eras como una paloma con un ala rota —dijo Kagami. Le dio unas palmaditas en la mano y prosiguió—: Y la persona más tímida que conocí.

—Ahora no lo soy—replicó la joven—. Al menos no soy tímida cuando estoy con usted.

—Yo vi los cambios que se produjeron en ti, pero los otros, no. Me imagino que a su debido tiempo verán que adquiriste cierto brío.

Sakura no supo si eso era una crítica o un elogio.

—Pero, Kagami, ¿qué me dice de los robos? ¿Qué tendría que hacer yo con respecto a mi marido?

—Por ahora, déjalo —le sugirió el anciano—. Para serte sincero, no puedo escandalizarme por unos pequeños robos. Mi laird me prometió traerme cebada, y estoy impaciente por recibirla... con o sin pecado —agregó con un gesto afirmativo— . Los ingleses se bebieron todas mis reservas, muchacha. —Rió con malicia, se acercó más a Sakura y le susurró—: Pero no encontraron los barriles de oro líquido.

—¿Qué son esos barriles de oro líquido?

—¿Recuerdas el abra entre los pinos, detrás de la loma?

—Sí.
—Detrás hay una cueva —declaró Kagami—. Está llena de barriles de roble.

—¿Y qué hay dentro de los barriles?

—El agua de la vida —respondió el anciano—. Ya lleva diez, casi quince años preparada. Apuesto a que sabe a oro. Un día de estos te llevaré allí para que lo veas con tus propios ojos. Quedó intacta sólo porque los ingleses no sabían de su existencia.

—¿Lo sabe mi esposo?

Kagami pensó largo rato antes de contestar.

—No recuerdo habérselo dicho —admitió—. Y yo soy el único que recuerda cuándo los antiguos cabecillas Ōtsutsuki la almacenaron allá. Claro que no lo dijeron, pero una tarde los seguí sin que lo advirtiesen. Cuando se me mete algo en la cabeza no puedo quedarme tranquilo —dijo, enfatizando con un gesto.

—¿Cuándo fue la última vez que entraste en la cueva?

—Hace un par de años —le dijo Kagami—. Sakura, ¿advertiste que cuando usas el manto de los Uchiha aciertas muchos tiros en el juego, pero que cuando llevas los colores de los Ōtsutsuki no aciertas uno?

Por supuesto, Kagami estaba burlándose: le agradaba provocarla. Sakura supuso que era su manera de demostrarle cariño.

En cuanto llegaron al patio, Kagami se alejó. Sakura vio a Shisui, lo saludó y pasó corriendo junto a él. Desde que el soldado Ōtsutsuki le había explicado el significado verdadero del apodo que le daban las mujeres del clan, se sentía incómoda.

Además, quería lavarse las manos antes de que regresara su esposo a casa, para que no viese lo sucias que estaban. Si bien no era muy razonable en relación con la apariencia de Sakura, le pedía tan poco que la joven trataba de complacerlo siempre que podía.
Sakura comenzaba a ascender los escalones cuando oyó un grito a sus espaldas. Se volvió y vio que algunos soldados corrían hacia ella y que varios blandían las espadas.

Sakura no supo a qué se debía el alboroto.

—Entre, milady, y cierre la puerta —le gritó Shisui.

Sakura comprendió que no era momento para discutir ni hacer preguntas. Imaginó que sufrían el ataque de intrusos e hizo lo que le ordenaban.

Entonces oyó un gruñido ronco y amenazante. Al volverse vio a la mascota del esposo que caminaba lentamente por el patio. Al ver a la bestia, Sakura gritó: Aoda estaba cubierto de sangre. Desde lejos pudo ver que tenía el cuarto trasero izquierdo desgarrado.

El galgo trataba de llegar al hogar para morir, y los ojos de Sakura se llenaron de lágrimas al ver la lucha del animal.

Los soldados formaron un amplio círculo en torno del perro.

—Entre, lady Sakura —bramó Shisui. De pronto, la joven entendió lo que pensaban hacer: matarían al galgo para que no siguiera sufriendo. Por el modo cauteloso en que se movían comprendió que creían que podía atacar a uno de ellos.

Sakura no estaba dispuesta a permitir que el perro sufriera más daño. Uno de los soldados comenzó a acercarse con la espada en alto.

—¡Déjelo en paz!

La furia que vibró en el grito de Sakura atrajo la atención de todos los soldados, que se volvieron a mirarla con expresiones atónitas.

De hecho, algunos de los soldados Ōtsutsuki se apartaron del perro, pero los Uchiha no se movieron de sus respectivas posiciones.

Shisui bajó corriendo los escalones y aferró a Sakura del brazo.

—No es necesario que presencie esto —le dijo—. Por favor, entre.

La joven se soltó.

—Aoda quiere entrar. Duerme junto al fuego. Es allí adonde se dirige. Mantenga las puertas abiertas, Shisui. ¡Ya!

Después de gritar esa última orden, se volvió hacia los otros soldados. Estaba segura de que Aoda no dejaría que ninguno de los hombres lo atendiese. Sabía que el perro debía de sufrir terribles dolores pues mientras se acercaba lentamente a los escalones su paso se hacía cada vez más dificultoso.

—Milady, al menos aléjese del alcance del animal.

—Dígale a los hombres que lo dejen entrar.

—Pero, milady...

—Haga lo que le ordené. Si alguien toca a Aoda se las verá conmigo.

Por el tono de la voz de la señora, Shisui comprendió que sería inútil discutir. Dio la orden, aferró otra vez del brazo a Sakura y trató de arrastrarla hacia la entrada.

—Shisui, mantenga las puertas abiertas.

Mientras lo decía, Sakura no apartaba la mirada del perro. Izumi y Hana, las dos mujeres Ōtsutsuki encargadas de la limpieza del gran salón y de las habitaciones de arriba, se acercaron corriendo a la puerta.

—¡Por Dios! —murmuró Hana—. ¿Qué le pasó?

—¡Retroceda, milady! —exclamó Izumi—. ¡Pobre Aoda! No puede subir los escalones. Tendrán que sacrificarlo...

—¡Nadie lo tocará! —declaró Sakura—. Hana, ve a buscar mis agujas e hilos. Izumi, debajo de mi cama hay una talega llena de potes con hierbas y remedios. Tráemela.

Aoda se derrumbó sobre el tercer escalón. Dejó escapar un gemido y trató de levantarse, alternando entre ladridos y gruñidos. Sakura no pudo soportar más ver la agonía del animal. Esperaba poder acercarse al galgo cuando se tendiera a descansar junto al fuego, pero comprendió que el animal no podría entrar sin ayuda.

Se apartó de Shisui de un tirón y corrió a ayudarlo. Cuando se le acercó, el perro lanzó un fuerte gruñido. Sakura aminoró el paso, alzó una mano y comenzó a murmurar palabras tranquilizadoras.

Una vez más, Shisui intentó apartarla, pero en cuanto el soldado la tocó, el perro volvió a gruñir más fuerte aún.

Sakura le ordenó a Shisui que se alejara. Levantó la vista y vio que dos de los soldados Uchiha estaban con los arcos y las flechas preparados: la protegían, lo quisiera Sakura o no. Si el galgo intentaba morderla, las flechas lo matarían antes de que le hiciera daño.

Dentro de Sakura luchaban la compasión por el animal y el miedo hacia él. Sí, estaba aterrada, y cuando se inclinó con lentitud para rodear al perro con los brazos, no pudo contener sus propios gemidos.

Aun sin dejar de gruñir, el perro le permitió que lo ayudara.

Sakura no conocía su propia fuerza. El perro se apoyaba sobre el costado de la muchacha, que casi se cayó bajo el peso, pero volvió a enderezarse y a rodear al animal con los brazos. Lo sostuvo desde atrás de las patas delanteras. Al doblarse para sostenerlo, el costado de su cara se apoyó contra el cuello del animal. Siguió murmurándole sin cesar palabras de ánimo y medio lo arrastró por los escalones que faltaban por recorrer. Era muy pesado, pero cuando traspusieron el último escalón, Aoda pareció recuperar cierta fuerza y se apartó de Sakura. Lanzó otro gruñido y entró.

Aoda se detuvo en el último de los escalones que llevaban al salón. Sakura volvió a acercarse y lo cargó escaleras abajo.

Los hombres que estaban dando los últimos toques a la repisa de la chimenea se apartaron rápidamente al ver que Aoda caminaba hacia ellos. El perro recorrió dos veces el área delante del hogar y comenzó a gemir: era evidente que estaba demasiado dolorido para tenderse.

Hana llegó corriendo con lo que Sakura le había pedido y la señora le ordenó que volviese a subir y le trajera la manta de la cama.

—Milady, sacaré una del baúl —dijo Hana.

—No —respondió Sakura—. Trae la de mi cama, Hana. Al sentir el olor de mi marido, Aoda se tranquilizará.

Minutos después, Hana le arrojó la manta a la señora. Sakura se arrodilló sobre el suelo y preparó la cama para el perro. Cuando terminó, dio unas palmadas sobre la manta y le ordenó al perro que se acostara.

Aoda dio otra vuelta y luego se dejó caer de costado.

—¡Hizo entrar al animal, milady! —murmuró Shisui a espaldas de Sakura—. Eso es un gran logro.

Sakura negó con la cabeza.

—Eso fue fácil —respondió—. Lo que viene ahora es un poco más difícil: lo coseré. A decir verdad, me aterra hacerlo pues Aoda no lo entenderá.

Palmeó a Aoda en el costado del cuello y se inclinó para ver la profunda herida en el flanco izquierdo del animal.

—¡No hablará en serio, milady! Si le toca la herida, el perro la matará.

—Sinceramente, espero que no —replicó Sakura.

—Pero usted le teme —exclamó Shisui.

—Sí —admitió Sakura—. Tengo miedo, pero eso no cambia las cosas, ¿no es cierto? Aoda está herido y tengo que coserlo. Izumi, ¿trajiste los potes que te pedí?

—Sí, milady.

Al darse la vuelta, Sakura vio a Izumi y a Hana de pie en el último escalón. Hana llevaba la aguja y el ovillo de hilo, y Izumi aferraba la talega gris de la señora.

—Traedlos, por favor, y dejadlos sobre la manta.

Izumi y Hana no se movieron. Comenzaron a avanzar hacia ella pero se detuvieron de súbito: los gruñidos sordos de Aoda resonaban en el fondo de su garganta. Sakura imaginaba que ese sonido debía de parecerse mucho al de un demonio escapado del infierno. Era escalofriante.

Las muchachas tenían miedo de acercarse y al entenderlo, Sakura quedó perpleja. Estaba convencida de que era la única que temía al perro. Compadeciéndose de las muchachas, se acercó a ellas y tomó lo que le habían traído.

—Tenga cuidado, milady—susurró Izumi.

Sakura asintió.

En pocos minutos, estaba lista para comenzar la tarea. Shisui no pensaba dejar que corriera el riesgo de que Aoda la mordiera mientras lo cosía. Se arrodilló detrás de Aoda y se colocó de modo de poder sujetar con facilidad al perro del cuello e inmovilizarlo si intentaba hacerle daño a la señora.

El perro sorprendió tanto a Sakura como al soldado: no exhaló un sonido mientras Sakura lo cosía. Sakura lo hizo por los dos. Le murmuró disculpas y gimió cada vez que le tocaba la herida con el paño de hilo que había empapado en la solución desinfectante. Sabía que la sustancia ardía y cada vez que le aplicaba ese líquido espeso, soplaba sobre la zona.

En medio del caos, llegó Sasuke. Sakura acababa de enhebrar la aguja cuando oyó la voz del marido tras ella.

—¿Qué demonios pasó?

Sakura exhaló un suspiro de alivio y sin levantarse se volvió para mirar a su esposo. ¡Dios, nunca había sentido tanto alivio al verlo! Lo vio atravesar el salón y detenerse junto a ella. Sasuke apoyó las manos grandes sobre las caderas y miró fijamente al perro.

De inmediato, Shisui se levantó. Los otros soldados que lo habían seguido al salón retrocedieron para darle paso.

—Estoy seguro de que Aoda se topó con un par de lobos —aventuró Shisui.

—¿Crees que se topó con nuestra mascota? —preguntó Itachi acercándose a Shisui.

Sakura volvió a la tarea. Hizo un nudo en el hilo, dejó la aguja y tomó el segundo pote de medicina.

—Milord, ¿tienen otra mascota? —preguntó Sakura mientras esparcía con suavidad un ungüento amarillo sobre el tajo. Empleó otro paño para distribuir el ungüento curativo sobre los bordes desgarrados de la herida.

—Hay un lobo en particular al que los Ōtsutsuki consideran su mascota. Te tiembla la mano.

—Ya sé.

—¿Por qué?

—Tu perro me da pánico.

Sakura terminó de colocar el ungüento sobre la herida. El remedio era para prevenir una infección y, además, ofrecía el beneficio secundario de adormecer la zona. Aoda casi no sentiría la aguja.

—Aun así, está atendiéndolo, laird.

—Ya lo veo, Shisui —replicó Sasuke.

—La parte más difícil ya terminó —anunció Sakura—. Creo que Aoda no sentirá el resto de la curación. Además...

—¿Además qué?

Sakura murmuró una explicación que Sasuke no pudo captar y se arrodilló junto a ella. Apoyó la mano sobre el cuello del perro y de inmediato Aoda trató de lamerle los dedos.

—¿Qué es lo que dijiste? —preguntó a la esposa mientras acariciaba al perro.

—Dije que ahora estás tú —murmuró la joven. Sakura lo miró, vio la expresión arrogante y se apresuró agregar—: Aoda se sentirá reconfortado: te tiene mucho cariño, milord. Creo que sabe que lo mantendrás a salvo.

—Tú también lo sabes, Sakura.

Sakura comprendió que Sasuke esperaba una respuesta afirmativa y que si admitía que se sentía segura cuando lo tenía cerca, la arrogancia del esposo se haría excesiva. Decidió guardar silencio.

Le llevó muy poco tiempo coser la herida. Sasuke la ayudó a colocar anchas bandas de algodón alrededor del perro. Luego, Sasuke unió los extremos de la venda.

—No se lo dejará puesto mucho tiempo —predijo el esposo.

Sakura asintió. De pronto, se sintió desbordada de fatiga. Imaginó que el temor le había consumido las fuerzas.

Reunió las cosas y se levantó. Detrás de ella se había juntado una multitud de curiosos. En medio del grupo, Sakura reconoció a Fugai y al instante apartó la mirada.

—Uchiha, ella entró al perro. Sí, eso hizo.

Mientras Shisui contaba una versión un tanto exagerada, Sakura siguió abriéndose paso entre la gente. Corrió escaleras arriba, hasta el pasillo que llevaba a su propio dormitorio. Dejó los elementos, se lavó otra vez las manos y se sacó los zapatos para poder tenderse sobre la cama. Pensaba descansar unos minutos y luego regresar al salón para la cena.

Instantes después, se quedó dormida. Sasuke subió un par de veces a la habitación para mirarla. Por fin, se acostó cerca de la medianoche, no sin antes cerciorarse de que Aoda descansaba confortablemente.

Mientras el esposo se desvestía, Sakura apenas se movió. Abrió una vez los ojos, lo miró ceñuda y volvió a dormirse enseguida. Sasuke sacó otra manta del baúl y tapó a su esposa antes de terminar de desvestirse y acostarse junto a ella.

No tuvo necesidad de acercarse: en el mismo instante en que se acostó, Sakura rodó hacia él y se refugió entre sus brazos. Sasuke la estrechó contra sí y Sakura acomodó la cabeza bajo el mentón de su esposo.

Sasuke repasó en la mente la historia que le había contado Shisui. Trató de imaginarse a su esposa aferrando a Aoda entre los brazos y arrastrándolo por los escalones.

Lo complacía el valor demostrado por su esposa y, aun así, no quería que en el futuro corriese semejantes riesgos. Aoda estaba dolorido y no se podía confiar en un animal herido, por leal que fuese.

Al día siguiente le ordenaría que nunca volviese a arriesgarse así. Sasuke se quedó dormido preocupándose por su mujer, tan pequeña y delicada.