[ XIII ]
~ La cena ~
—
No tengo muy claro cómo pasó, pero a cada diez minutos se descontrolaba más la cosa. Primero Silvermist, que vino con Rosetta, luego Fawn que se apuntó de casualidad al venir a ver a Salami… La voz debió de correr por las estaciones de forma inexplicable porque aparecieron Clank y Bobble con comida y bebidas, y luego Iridessa, Chase e incluso Viola y Bolt.
Llegamos a ser trece, tuvimos que montar una mesa improvisada fuera porque dentro no cabíamos, literalmente. Se había montado una fiesta en mi casa así sin más, sin nada que celebrar, todos ahí de pie comiendo y bebiendo. No me quejé, iba a ser muy divertido y Zeta se lo pasaría en grande, pero no hubiera estado de más avisar, la casa iba a terminar hecha un desastre.
Viola nos ayudó a organizarlo todo y no perder los nervios, se le daba bien planificar y mantener el orden. Fawn ya llevaba un par de bebidas de más y estaba un tanto fuera de control. Escuché a Bobble hablando con Peri sobre Gliss, Sil dándole comida a Salami, Clank con Dess, y Zeta alucinando casi tanto como yo.
—Menuda forma de acabar el día eh~— le comenté.
—Va a sobrar mucha comida— me hizo gracia que se preocupara por eso.
—No te creas, Bolt come un montón y me da que la fiesta se va a alargar hasta la madrugada, menos mal que nos hemos echado una siesta. ¿Y tu bebida?— me miró las manos.
—La dejé en algún sitio pero… iré a por otra— me la había quitado en sus narices y ni se había dado cuenta.
Comimos entre un escándalo de récord, al no tener casas cerca nadie procuraba bajar la voz, la cosa empezaba a desmadrarse de lo lindo.
Zeta me arrastró literalmente dentro de casa por el ruido. Me fijé entonces en lo mareada que iba, y eso que había bebido menos que yo.
—¿Estás bien?
—Perfectísimamente, no recuerdo la última vez que estuvimos en una fiesta así, deberíamos invitarlos a todos mañana también— señaló al vacío.
—No creo que sea la mejor de tus ideas.
—Oh, ¿sabes lo que sería una buena idea? Otro vaso, este ya está vacío— la agarré de los hombros para que dejara de tambalearse.
—Me da que ya has bebido suficiente, tómate un respiro— me puso las manos en los hombros, imitándome.
—Me tomaré un respiro, y una copa de acompañamiento— patinó en esa palabra, lo último que quería era que terminara sintiéndose mal y ganándose una resaca de campeonato.
—Oh ya sé, por qué no jugamos a ese juego de beber~ Un trago por cada vez que Tink diga la palabra tuercas.
—¡Vale!— tornillos, engranajes, mecanismos, hasta muelles, pero no dijo tuercas ni una vez, tal y como esperaba.
No bebió ni una gota, y aún así, empezó a encontrarse peor. La convencí para que diéramos un paseo, terminando sentadas en la base del gran árbol que había colina arriba, apartadas de tanto barullo.
Teníamos unas vistas estupendas del caos que teníamos en casa montado, pero también de las cuatro estaciones gobernadas por el brillo del árbol de polvo de hada. Cerré los ojos un momento para saborearlo.
—Tu casa mola un montón Vid, ¿no te apetece una compañera de piso?
—Oye pues no estaría mal— le seguí el rollo.
—¿Verdad? Tendríamos que hacer la mitad de cosas, y Salami podría corretear por aquí, todo son ventajas.
—De acuerdo, contratada.
—Bien~— me reí, no estaba segura de si iba en serio o no, pero poco me importó. —¡Vidia!— gritó de golpe.
—¿Qué?— se echó a reír.
—¿Me puedo sentar encima de ti? Esto es incómodo y se me está helando el culo.
—Si quieres volvemos a casa…— se sentó encima de mí —o no— me robó los brazos para abrazarse, con cuidado.
—Mejor— echó la cabeza hacia atrás, mirándome con una sonrisa única.
Charlamos sobre la última vez que nos emborrachamos, y nos perdimos en historias tan memorables como vergonzosas. Terminó acomodándose en mis pechos entre bostezos, se me estaba durmiendo.
—¿Quieres volver?— asintió tras otro bostezo.
—¿Me llevas en brazos? Me da pereza andar~
—¿Pretendes que aparezca allí contigo en brazos? ¿estás loca?— se rió.
Conseguí arrastrarla para que fuera andando, Tink nos preguntó a dónde habíamos ido con un tono sugerente al vernos, y de alguna forma sorteamos todos los obstáculos para llegar a la cama.
—Ale, a dormir— se sentó en la cama.
—¿No te quedas conmigo?— preguntó como si fuera la peor cosa del mundo.
—Están preparando un bombardeo ahí fuera, alguien tiene que vigilarlos.
—Aquí estaremos a salvo, no te preocupes— me miró con unos ojos que no se tenían en pie, con un aura juguetona que me cegaba.
—¿Qué quieres?— cedí.
—Siéntate— le hice caso. Me recogió el pelo detrás de la oreja, o al menos lo intentó. —Quería decirte algo.
—Pues rápido.
—Pero se me ha olvidado, era bonito y eso— alcé una ceja. —Ha sido día… un buen día, me lo he pasado muy bien.
—Me alegro.
—¡No! ¿ves? No te estoy transmitiendo lo buen- lo bien que me lo he pasado, pero es que no me vienen palabras a la cabeza— su voz iba de un lado para otro.
—Duérmete anda, mañana estarás mejor.
—¡Que no~!— me cogió del hombro, escandalosa. —No te vas, quiero contarte una cosa.
—¿Otra vez?
—Sí. Es sobre lo de vivir juntas y eso… no lo decía en broma, me gusta estar contigo— dejó caer su cabeza en mi hombro, tierna, endulzándome.
—Entonces vivamos juntas, en serio no me parece mal, ahora duerme.
—¿De verdad? Tendremos que dormir en la misma cama, y te llenaría el comedor de trastos.
—La casa es grande, ya lo hablaremos mañana ¿vale? Tengo que salir antes de que prendan fuego a la casa— traté de levantarme.
—Espera— pero me devolvió a la cama. —¿Te puedo dar un beso?— rodé los ojos, íbamos a estar así toda la noche si no hacía algo.
Le cogí sus mofletes enrojecidos y le di un pico en los morros que la dejó atontada.
—Ale, buenas noches— salí de allí mordiéndome los labios por lo que acababa de hacer, volviendo poco a poco a la realidad.
Entré en un campo de batalla donde Fawn lideraba un grupo de piratas como si el sofá fuera su barco. Hice lo que pude para calmarlos un poco, pero aquello sólo acababa de empezar.
Eché un vistazo al desastre que había fuera, pensé que la gente ya se habría ido pero al contrario, éramos más que antes, vi caras muy poco conocidas. Aún así no los eché, faltaría más, me sentía cómoda en ese caótico ambiente y tomé unos tragos más.
Al final no iba a sobrar mucha comida.
La cosa empezó a tranquilizarse pasada la madrugada, nos metimos en casa los que quedamos en pie para entretenernos con juegos de palabras. Tink, Peri, Fawn y Sil fueron las últimas en irse, prometiendo que ayudarían a recoger aquella barbaridad por la mañana.
Estaba agotada, no faltaba mucho para que saliera el sol. Traté de no hacer ruido al entrar en la habitación, pero no fue fácil con las paredes dando vueltas.
Me puse el pijama a duras penas y me tumbé muerta en la cama, con Zeta en el mismísimo medio. No quise despertarla, estaba divertida, tan despeinada que tenía los dedos de la mano enredados con el pelo.
Desperté un par de veces sin recordar por qué, hasta que finalmente, abrí los ojos.
—Por fin, pensé que no despertarías nunca. ¿Hasta qué hora estuvisteis?— me froté la cara entera, seguía igual de agotada que ayer.
—No sé, tarde— me fijé en la bandeja que había en la cama, me había preparado la comida. —Vaya.
—Tachán~ Yo ya comí hace un rato, te pregunté si querías levantarte antes pero creo que no estabas muy despierta.
—Me hago una idea… Gracias, me muero de hambre.
—Quería compensarte un poco por todo— se la veía de muy buen humor, radiante.
Me acomodé para ponerme a comer ahí mismo, pero ella llegó antes que la comida. Se apoyó en el cabezal de la cama y con su mano se adueñó de mis labios, apuntalando los suyos, dando varias oleadas de saliva que alteraba mis ganas matutinas, dejándome sin aliento entre cálidos suspiros.
—Que aproveche, voy a seguir limpiando un poco.
Ahora fue ella la que me dejó atontada, sin palabras y con la boca abierta, no imaginé que haría algo así.
Escuché la voz de Tink de fondo, recordando las aventuras que se montaron anoche, no me sorprendería que siguieran limpiando.
Comí lo suficiente y aparecí arrastrando los pies para echar una mano. Quedé más que sorprendida al ver que todo estaba impecable.
—¿Ves? Nada es imposible cuando estoy al mando— dijo la tintineadora poniéndose medallas. Me extrañó que Peri no estuviera por ahí también.
—¿No tenías que volver a tintinear?
—Mañana empiezo, me da mucha pereza… seguro que Hada Mary nos echa un montón de trabajo nada más llegar.
—Tómatelo con calma— la mirada de Zeta me distrajo.
—Ahora que estás más despierta… ¿podemos hablar un momento?— dijo señalando la cocina.
—Y dos si quieres…— la seguí, fijándome en lo limpio que estaba todo. —¿Cuántas horas habéis estado limpiando…?
—Un par, escucha. Esta tarde tengo que ir al centro sanador a que me miren las alas y demás-
—¿En serio?— me chocó que no me lo hubiera mencionado hasta ahora.
—S-sí, me operan en dos días, es lo que tiene— asentí. —Pero… no quiero que me acompañes— no entendí, fruncí el ceño, esperando una explicación. —Va a ser un proceso muy feo y largo, prefiero hacerlo sola y no quiero que discutamos sobre esto— sonrió, esperando a que aceptara sin más.
—Hm. De acuerdo, no discutiremos, hazlo sola si quieres pero… ¿en serio no me dejarás acompañarte?— negó con la cabeza. —¿Ni siquiera cuando te las quiten?
—Especialmente. Sé que no tiene mucho sentido y que quieres apoyarme y eso, pero quiero hacerlo sola, ¿vale? ¿Me harás el favor?
—Sí, claro, si eso es lo que quieres. ¿Me contarás al menos cómo ha ido cuando vuelvas?
—Por supuesto, gracias por no hacer una montaña de esto— me dio un cálido beso en los labios, y luego me fijé en sus ojos. Fue un mísero instante, pero sentí que algo me ocultaba.
—Parejita~— Tink irrumpió en el lugar sin avisar —Voy a ver si despego a Peri de Sil un rato, si necesitas cualquier cosa ya sabes— le guiñó el ojo antes de irse.
—¿Te apetece dar un paseo?— cómo negarme ante algo así.
Subió a Salami, y me pidió que subiera yo también, detrás de ella. Pegué mi cuerpo al suyo, recorriendo Otoño tranquilamente mientras me contaba la aventura que tuvo por la mañana para limpiarlo todo. Me supo mal porque ella fue de las que se retiró más temprano.
Llegamos sin darme cuenta a uno de los acantilados más altos, rozando Invierno. Las mejores vistas de Pixie Hollow. Ella sólo quería tumbarse en ese césped conmigo, ver pasar las nubes, tan simple como eso. Me usó como cojín, hablando de lo feliz que era en ese momento.
La sentí muy diferente, era otra Zarina, más impulsiva, reflexiva y optimista de lo que recordaba.
—¿Crees en los milagros?— me preguntó en un momento de silencio.
—Bueno, estamos juntas ¿no? ¿Eso no es un milagro?— se rió, asintiendo conforme.
—Te quiero Vid. Tenía que decirlo, no aguantaba más.
—¿Ha pasado algo mientras dormía?
—¿A qué te refieres?
—No lo sé, te noto algo diferente…
—Eso se llama felicidad, ¿a ti también te pasa?— borré esos pensamientos, y me dediqué a pasar el rato con ella.
Me dejó ahí al cabo de un rato para dirigirse al centro sanador. Pidió que no me acompañara, pero no dijo que no la espiara.
La seguí desde lo lejos, viendo como entraba. Esperé el rato que hiciera falta en la copa de un árbol, hasta que salió pasada una media hora, con algo en mano. Volví a casa al ver que se dirigía hacia allí.
Esperé a que llegara para preguntarle cómo había ido. Dijo que todo bien, le contaron un poco sobre el proceso y lo que debía hacer. Me mostró un frasco, una crema que debía ponerse en la espalda, en la zona de sus alas. Dos veces al día hasta el día de la operación.
Seguía sin entender del todo por qué se propuso llevar el proceso en solitario, pero no quise insistir, era un tema delicado que no era precisamente fácil de lidiar.
Nos metimos en la habitación porque en el sofá nos faltaría espacio, y le ayudé con la crema. Se quitó la ropa, quedándose en pantalones, tumbándose en la cama como si supiera que aquello me estaba poniendo a cien.
Tuve todo el cuidado que pude para no tocar sus alas, dándole un corto masaje que me dejó las manos pringosas. Iba a echar de menos sus alas, eran de las más poco comunes y su patrón de los más bonitos que había visto. El mundo estaba siendo injusto con ella.
Al terminar, fui al baño para lavarme las manos. Me persiguió, semidesnuda, abrazándome por la espalda, besando mi cuello.
Di la vuelta para besarnos, ansiosa, como si esa fuera la última vez. La agarré de los muslos para llevarla en brazos a la cama, quedándome sentada y ella pegada encima de mí, devorándome sin control.
La traté como si fuera de cristal para no interferir en sus alas, apreciando con mis dedos sus buenos pechos. Nos enfurecimos, aunque traté de estar por debajo de su ritmo. Sentía la impaciencia en sus agarres, la ansiedad en sus fogosos labios y agresividad en sus pervertidos movimientos.
—Zeta— me silenció con la palma de su mano, no eran palabras lo que quería, sus garras me rasgaron la ropa.
Hicimos el amor de una forma que no sabía que existía, nos deseamos como si cada segundo valiera por cien y nos dimos placer en dosis perfectas. La amé profundamente, estremeciéndome por tenerla a ella siendo parte de mí y de mi vida.
Cenamos tarde, y descansamos lo que pudimos.
Por la mañana, repetimos tradición al aplicarle la crema en la espalda y derrumbarnos en la cama para querernos, inquietas llamas. La sentí agresiva, ardiente de vida, como si fuera un halcón y yo su presa.
Ducha compartida, el tiempo volando como un rayo de luz y Zeta volvió a desaparecer entrada la tarde, a por las hadas sanadoras de nuevo. No la perseguí esta vez, me quedé en casa, preocupándome por la operación que iba a tener mañana. No iba a soportar que algo fuera mal, no a ella, no ahora.
Me puso al corriente al volver, dijo que en veinticuatro horas ya no las tendría y podría revolcarse conmigo sin problemas. Poco preocupada la veía al respecto, iba a perder sus alas y parecía no importarle, no supe entender cómo.
Tink pasó a vernos hacia el atardecer, con Peri, quejándose del trabajo que tenía como tintineadora. Zeta les pidió que no asistieran cuando salió el tema de la operación, desconcertándolas.
La apoyé, era su decisión y había que respetarla, aunque sintiera que no era lo correcto.
Fuimos a cenar las dos en uno de los rincones más románticos de Pixie Hollow, bajo el gran árbol de polvo de hada. Iba a ser el último día que la veía con alas, y estaba especialmente preciosa. Tras los postres, me di cuenta que ella era la única con la que podría compartir el resto de nuestras vidas.
Nos tomamos con calma lo que quedaba de día, en un largo paseo que la dejó cansada hasta el punto de pedirme que la llevara en brazos a la cama. Le eché la crema antes de dormir, pegadas como nunca.
El sol nos dio los buenos días, y tras un último masaje en la espalda, desayunamos. Era el gran día y estaba más nerviosa que ella. Todo iba a salir bien, prometió, sólo iban a ser un par de horas, dijo.
La convencí para dejar que la acompañara al centro sanador, y me dio un último beso despreocupado que me dejó con medio corazón en la mano.
Esperé fuera sin poder parar de pensar en que algo iba a salir mal, mordiéndome las ganas de entrar en esa sala para ver cómo estaba, pero tenía que mantener la calma.
Tink, Peri y Sil aparecieron no mucho rato después, ignorando sus tareas. Escuchar más voces fue de gran ayuda para calmarme, todo aquello me estaba empezando a torturar.
La hora estimada pasó, y seguíamos sin ver a nadie salir de ahí. Tardaron, iba a estallar a gritos cuando al fin apareció un duende sanador, diciéndonos que la operación había sido un éxito y que podíamos pasar a verla.
Un aire fresco corrió por mi venas aliviando cada músculo de mi cuerpo, a paso ligero hacia su habitación.
Aún dormía, boca abajo, con su espalda envuelta en vendas y los brazos abrazando el cojín. Me arrodillé a sus párpados, paciente, contenta de saber que todo había salido bien y ya no había nada de lo que preocuparnos.
Se empezó a mover al cabo de un rato, con el ceño fruncido. Robé su mano tratando de que despertara, no parecía tener el mejor de los sueños.
—Hey~ Zet… estoy aquí— sus ojos alcanzaron los míos.
—Vid— sonrió. —¿Qué haces aquí?— parecía agotada.
Ignoré su pregunta, informándole de que todo había ido bien. No parecía compartir la misma alegría que nosotras.
La dejamos descansar y pasamos el día entero en esa habitación, tratando de sobrellevarlo lo mejor que podíamos.
A la mañana siguiente, le dieron el visto bueno para salir de allí y volver a casa. Seguía sin verla del todo feliz.
Sabía que iba a ser duro para ella acostumbrarse a no tener alas. Hice lo que pude para animarla, tratando de ver el lado positivo de todo aquello, pero supuse que iba a necesitar tiempo para asimilarlo.
Pidió que nos quedáramos en casa por la tarde, que no le apetecía salir ni ver a nadie. Quedó abrazada a mí en la cama, saboreando unos segundos que se sentían ácidos.
—Zeta. Te quiero, y voy a estar contigo pase lo que pase, para lo que necesites.
—Hm.
Su alma se había apagado.
Saqué el tema de la mudanza, para traer sus cosas ahí, pero tampoco quiso hablar del tema. Algo la estaba atormentando.
Ya por la mañana, mientras nos vestíamos, la vi tratándose de poner los zapatos, lanzándolos enrabietada y rompiendo a llorar.
Traté de consolarla, incluso le puso los zapatos, pero siguió llorando hasta terminar tumbada en la cama, hecha trizas.
—Llévame a las hadas sanadoras— dijo, entre sollozos.
—¿Por qué? ¿Te duele algo?— pregunté, asustada.
—Demasiado… ya no lo aguanto más… llévame.
No estaba segura, ni siquiera quise salir de dudas. La agarré en brazos y salí volando al centro sanador rápidamente. Nos recibieron sin sorpresa, como si nos estuvieran esperando, y le dieron un fuerte calmante para el dolor.
Hablé con el hada sanadora que llevaba su caso fuera de la habitación, y dijo.
—La enfermedad llegó a su cuerpo antes de extirparle las alas, nos pidió mantenerlo en secreto para al menos poder pasar unos días sin lamentos, pero veo que por desgracia… Siento que las cosas vayan a terminar de esa forma.
Un frío soplo de viento corrió por mi espina dorsal, sentía que me arrancaban el alma.
