Entraron en el almacén con cuidado de no ser descubiertos por alguna mirada indiscreta y una vez dentro, volvieron a besarse, esa vez de forma más apasionada. Aunque Steve estaba preocupado por las magulladuras y los moretones que le habían salido a Bucky tras la paliza, no podía parar de unir sus labios con los del sargento. Había esperado tanto y fantaseado porque algo así ocurriera que, pese a sentirse egoísta, no se perdonaría jamás dejarlo escapar. Bucky lo empotró contra una pared y con un sensual movimiento, bajó por su cuello dejándole pequeñas marcas rojizas. El capitán jadeó.
—Bucky... —gimió él entrecerrando los ojos.
—¿Te gusta? —dijo su amante con una picaresca sonrisa triunfal.
Steve asintió y lo atrajo más hacia sí, mordiendose el labio inferior. A Bucky le conmovió aquel gesto y volvió a besarlo echándose al cuello del capitán.
—Aún tengo que confesarte algo más. No te besé por que estuviera borracho. Vi cómo se te caía el envoltorio del caramelo que te regalé y cuando me di cuenta de que lo habías guardado durante tanto tiempo, entonces...
Fue entonces cuando a Steve le tocó interrumpirlo besando sus labios. Aquello sí que había sido inesperado.
—Me gustabas... —dijo este ruborizado—. Y eras mi único y mejor amigo...
—¿Cómo? —dijo Bucky fingiendo sorpresa—. ¿Ya no lo soy?
—Digamos que ahora eres algo más —confesó Steve con timidez. Bucky le revolvió el pelo con candidez y ambos rieron.
—¿Y nunca has estado con nadie? —dijo Bucky con negó con la cabeza.
—No... Mi primer beso fue contigo —contestó jadeante.
Bucky sentía que se iba a morir de lo adorable que era su amante. Le sacaba una cabeza más de altura pero seguía siendo el mismo chico apocado de Brooklyn que había conocido. Algo avergonzado, terminó por revelar:
—Yo, bueno, tuve una novia pero nunca llegué a besarla... Así que mi primer beso fue también contigo... Después salía con chicas pero nunca iban a ninguna parte... Estaba demasiado enamorado de ti.
—Pero ¡si eres un galán en la cantina! —exclamó Steve sorprendido.
—Solo soy amable, oye. No me insultes, no soy ningún picaflor —dijo Bucky con falso resentimiento.
Steve entonces lo abrazó con más fuerza y Bucky correspondió. Ambos se quedaron así durante unos minutos. El capitán sentía como su pecho estaba a punto de estallar de felicidad. Habían sido un completo desastre en hablar abiertamente de sus sentimientos y sin quererlo se hicieron daño mutuamente. A partir de ahora las cosas irían mejor para ambos pero ¿estaba seguro Steve de ello? Bucky solo conocía a Steve Rogers, el americano. ¿Qué pasaría cuando conociera al traidor? Y Steve ¿podría traicionarlo? ¿Qué pasaría si le contaba que era un agente de Hydra? ¿Y si los suyos iban a por Bucky, y si se enteraban de que lo amaba?
Se quitaron la ropa y Steve ayudó a Bucky a hacerlo. Tenía todo el cuerpo amoratado y lo tumbó sobre una pila de paja cercana a la puerta. Él se puso a su lado frente a él, besando las marcas de los golpes. Bucky suspiró, medio de placer, medio de dolor y dejó continuar al capitán. En los besos se encontraron y se miraron fijamente con una mirada encendida por el deseo y por algo mucho más profundo e indescriptible. Y en ese momento, Bucky se puso sobre su cintura a horcajadas para besar a Steve desde una posición más alta.
—¿Quieres hacerlo, entonces? Mira como estamos —dijo mordiendose el labio mientras a acariciaba a Steve su inminente erección por encima de los calzones. Después, llevó la mano de su amante a la suya e hizo acariciársela. Steve lanzó un suspiro de impaciencia—. Me tomaré eso como un sí.
En ese momento, Steve alzó una mano y la llevó hasta la cara de Bucky para acariciársela. Aquello descolocó al sargento que se detuvo y miró a su Steve.
—¿Qué ocurre, Stevie? —Al capitán se le había ensombrecido el rostro de pronto.
—¿Querrías a alguien que ha hecho daño a mucha gente? —dijo. Su corazón latía desbocado. ¿Realmente estaba a punto de contarle lo que era en verdad?
—¿A qué te refieres? —dijo Bucky extrañado esbozando una sonrisa amable y sincera de aquellas que tanto destrozadas el corazón a Steve.
—Bucky, yo...
Él era su mejor amigo. La única persona que había visto bondad en él y que no había tenido miedo de mostrarse como su igual. ¿Cómo podría romperle aquella ilusión? ¿Y a quién le debía su lealtad y su amor? ¿A Bucky o a Hydra?
—¿Steve? —interrogó el otro.
—Yo te quiero. Sé que es precipitado decirlo pero me salvaste muchas veces de la oscuridad. No sé lo que siento pero no es solo el amor de una noche de verano y si te hiciera daño yo no me lo perdonaría jamás...
—Steve, Steve —dijo Bucky abrazándolo con fuerza y sonriendole con condescendencia—. Creo que vamos a hablar antes. No entres en pánico, ¿de acuerdo? Promételo con un juramento de meñique.
—¿Cómo? —Steve abrió los ojos sorprendido.
Bucky agarró una de las manos del capitán por el dedo meñique y lo entrelazó con el suyo.
—Ya lo has prometido así que ahora cumple tu palabra —dijo Bucky haciendo reír a Steve levemente avergonzado—. Te voy a decir una cosa, Rogers; todos hemos cometido en nuestra vida errores gravísimos. Pero yo a ti no tengo por qué reprochártelos ni tu a mí tampoco. No somos nuestros padres ni tenemos por qué sentirnos culpables. Las malas decisiones ocurren y a veces no está en nuestra mano poder cambiarlas. No me vas a alejar de ti, si eso es lo que piensas. Tendría que pasar algo terrible para que eso sucediese pero en ti solo hay bondad. Eres un buen hombre.
—Bucky, no creo que lo sea. He hecho sufrir a demasiadas personas, me siento muchas veces tan lleno de tristeza que... Sinceramente no creo que sea merecedor tu amor...
—Eh, eh —dijo Bucky acariciándole el rostro mientras apoyaba todo su cuerpo sobre el suyo—. Recuerda lo que me contaste aquella noche. Luchaste por la vida de Marielle, has aguantado lo inimaginable para ayudar a tu familia y he visto tu determinación en el ejército por ayudar. Eres un héroe, Steve.
—Bucky... —Pero fue interrumpido por un nuevo beso del sargento. Ambos alientos se entremezclaban y sus bocas ávidas una de la otra, se buscaban para encontrarse tiernamente.
—Te voy a seguir besando hasta que dejes de pensar que me vas a hacer daño. Y créeme, puedo estar así para siempre.
—Para siempre será hasta el amanecer —replicó Steve con los ojos entrecerrados abrumado por tanta felicidad.
—Entonces no tenemos mucho tiempo.
Las caderas de Steven embestían con fuerza las de Bucky y este se retorcía de placer y dolor a partes iguales en el suelo reprimiendo gemidos y suspiros incontrolables con las manos en la boca. Había tenido que preparar con cuidado a su compañero pero el capitán había sabido como proceder controlando su nueva fuerza. Steve se cernía sobre él sujetando las piernas del sargento que este había puesto sobre los hombros de su superior. Hubo un momento que Bucky se mordió el labio con una sonrisa para reprimir un alarido de un fuerte golpe de cadera de Steve. Aquel hombre era suyo al final. Después de haber estado reprimiéndose durante todos esos años a base de alcohol y de negar sus sentimientos, lo tenía sobre él radiante, con aquel nuevo aspecto de dios que lo volvía loco y al mismo tiempo lo intrigaba. Podría haber conseguido cualquier cosa y en vez de eso se había mantenido fiel a su esencia y le había correspondido a su amor. Steve era un ángel. Y era suyo para siempre.
Cuando llegaron ambos al clímax, mientras se masajeaban sus miembros mutuamente hasta que ambos descargaron aquella ambrosía blanquecina, Steve se desplomó sobre el sudoroso cuerpo de su amante y este, cansado, temblando y algo dolorido pero feliz, le acarició su suave pelo rubio. El capitán, cansado y jadeando se giró y se quedó mirando a Bucky con ojos soñadores. Y así se quedaron, abrazados y profesandose caricias entre ellos.
—¿Qué haremos después de la guerra? —preguntó entonces Bucky. Steve arqueó una ceja.
—¿Después?
—Quiero creer que regresaremos. ¿Tú no? —dijo Bucky jugando con un mechón de su pelo rubio. Steve, adormilado sobre su pecho, negó con la cabeza.
—No se me había ocurrido pensar nada más allá de la guerra...
—¿No tienes sueños que cumplir? —dijo Bucky, curioso.
—Bueno... La verdad es que me gustaría hacer algo artístico. Quizás dibujar, entrar en alguna academia... Así podría pintarte de cuerpo entero, puede que desnudo —dijo Steve besando entonces el cuello de su pareja repetidas veces con delicadeza. Bucky rió consciente de que Steve estaba intentando chincharlo con sus besos y se la devolvió haciéndole cosquillas. Comenzaron un duelo que acabó con las risas de ambos y Bucky encima de Steve.
—Pues a mí me gustaría visitar el Gran Cañón del Colorado y también viajar por toda América pero ese sitio para mí es especial... —explicó Bucky acariándole el pecho—. Parece un paisaje de otro planeta...
—Podríamos ir... —sugirió Steve ruborizado.
—¿Lo dices en serio? —exclamó Bucky entusiasmado.
—Claro —afirmó Steve mientras que el otro lo abrazaba agradeciéndole aquello y sin darse cuenta de que Steve había dudado por un momento.
Aquella promesa estaba destinada a no cumplirse jamás. ¿Por qué entonces le había dicho que sí? ¿Es que realmente albergaba esperanzas de verlo y estar con él después? ¿Querría estar con un traidor si le decía que lo era?
Despierta de tu dulce sueño, Rogers, pensó Steve para sí. Tienes una misión que cumplir y debes apartarlo antes de que sea demasiado tarde.
Bucky se durmió antes del amanecer, a su lado y Steve desvelado por completo recorrió su cuerpo desnudo con la mano, deteniéndose en cada golpe propinado por esa escoria de Stark. Iba a destruirlo y esa vez no se le escaparía. Iba a hacerle picadillo por haberse atrevido a dañar a otra persona cercana a él. Y, aunque Steve pensaba que era inevitable que Bucky y él se separaran, no podía tolerar que otra persona le hubiera hecho daño.
Al día siguiente, Steve convocó una junta extraordinaria para juzgar al sargento Stark por conducta indebida ante un comité marcial. Este se presentó sonriente, sin una pizca de arrepentimiento en sus ojos. Bucky, en el banco de testigos, intercambió una mirada de cabreo con Steve por aquel hombre.
Justo cuando estaban a punto de comenzar, la puerta de la sala se abrió e hizo sobresaltarse a todos los convocados. El coronel Phillips y Carter entraron precipitadamente.
—Detengan esto ahora mismo —exhortó el alto mando—. Quiero que salgan enseguida de esta sala y se queden solo el sargento Stark y el capitán Rogers.
Todo el personal del juzgado salió con diligencia, incluido Bucky que observó con desasosiego lo que estaba ocurriendo, y dejaron en completo silencio a los dos hombres que se habían cuadrado y presentado antes Phillips y Carter. En ese momento apareció tras la puerta un hombre alto vestido con un uniforme impoluto de alto mando. Cinco estrellas relucían en la solapa de su chaqueta. Su gorra de plato caqui ocultaba una cabeza desprovista de pelo en la parte superior. Los ojos del recién llegado, glaucos y fríos escrutaron a los presentes con calma, analizando cada gesto y cada mirada tensa.
—Caballeros, soy el general Dwight Eisenhower —se presentó quitándose la gorra de la cabeza y dejando al descubierto su calva brillante—. Espero que podamos llevar a cabo esta charla con rapidez. Necesito saber cómo están las cosas por aquí y si los progresos se han llevado a cabo con éxito. Usted debe de ser el capitán Steve Rogers.
—Señor, sí, señor —saludó Steve con un gesto marcial tragando saliva algo inquieto, pues tenía ante él al general de las fuerzas exteriores, el máximo representante del ejército estadounidense, frente a él.
—Bien, espero que podamos ir directamente al grano. Durante estos tres últimos años usted se ha encargado de llevar a cabo las labores de decodificación de los mensajes y hasta ahora solo nos ha mostrado señales falsas sobre lo que trama la Wehrmacht en Europa. Mientras tanto, en Inglaterra, el servicio de inteligencia ha logrado desentrañar los misterios de sus códigos mediante el saboteo de su máquina más poderosa, Enigma, y ha logrado dar con las posiciones exactas de las piezas de su flota a lo largo y ancho del Atlántico —explicó Eisenhower—. También hemos logrado diseñar en conjunto un sistema de navegación, indetectable para los submarinos alemanes que permite a nuestros barcos navegar sin peligro. Y, puesto que surcar las aguas es nuestro fuerte y el ejército alemán se rindió en Stalingrado el año pasado, ha llegado el momento de que usted, Rogers, pase a la acción.
—¿A qué se refiere, general? —osó preguntar Steve sin mirarlo directamente a los ojos. Eisenhower frunció el ceño.
—Usted no nos sirve aquí, Rogers. Fue concebido para entrar en batalla, no para decodificar mensajes de los nazis aunque espero que contara con ello. Y dado que su entrenamiento completo termina dentro de poco, he llegado a la conclusión de que debe incorporarse ya a la operación que estamos llevando a cabo en Gran Bretaña. Supongo que estará al tanto de las operaciones de Hitler y de Hydra —dijo Eisenhower.
—Sí, señor.
—Hitler tiene déficit de armamentística y de soldados en todos sus frentes abiertos. Lo que le queda lo ha centralizado en los puntos de la costa oeste de Europa más críticos, sobre todo en la costa norte de Francia. Además, los estragos causados por nuestra aviación están empezando a dar sus frutos y Hitler no está defendiendo las ciudades alemanas, porque está obsesionado con bombardear Londres a toda costa. Su obsesión y sus malas decisiones están llevando a su país a la ruina y la imagen de la Alemania invencible que quería vendernos, se está cayendo a pedazos —continuó el general—. El capitán Moutbatten, de operaciones combinadas lleva trabajando en una operación durante todos estos años que pondrá fin para siempre a la guerra, abriendo una brecha en el Muro atlántico. Si queremos ganar, tendrá que ser dentro del dominio nazi.
De modo que esa era la estrategia; debilitar las bases occidentales desde el Canal de la Mancha y abrir un boquete mediante el factor sorpresa. Antes de partir, Schmidt ya había contemplado esta posibilidad y tras aquella reunión con Steve junto a los cadáveres de sus padres adoptivos, habría ido inmediatamente a hablar con Hitler sobre ello. Hydra tendría entonces reservada otra sorpresa para la sorpresa aliada una vez que las tropas estadounidenses penetrasen en la Francia ocupada.
—Quieren que sea yo quien destruya las defensas desde dentro, ¿no es así, General? —concluyó Steve con gesto neutro.
—Bien, me gusta que no tenga que explicarle las cosas varias veces, jovencito. Es exactamente lo que queremos. La próxima semana su grupo viajará hasta Inglaterra y allí le explicaremos el resto de detalles. Tiene siete días para diseñar, junto con Stark y su equipo, un traje que le proteja de los ataques —ordenó.
Steve se giró entonces y miró con los labios fruncidos por la ira a Howard, el cual le dedicó una sonrisa sardónica.
—Señor, ¿Stark...? —comenzó Steve pero fue interrumpido por el comandante supremo.
—Stark es miembro honorario de S. H. I. E. L. D. y mi protegido. Le confiaría mi vida y espero que también lo haga usted. He sido informado de una trifulca que ha tenido con un sargento pero será condonado por ello. No tenemos tiempo para la justicia y todo el mundo tiene un mal día de vez en cuando —terminó Eisenhower—. Bien, caballeros, dama. Embarcarán en el LST Eagle y se dirigirán a Dover de inmediato. En cuanto pongan pie en tierra saldremos a recibirlos. Eso es todo.
Volvieron a saludar al General y este, con un ligero gesto de su mano, salió de la sala y dejó a los presentes en completo silencio.
—Como bien ha dicho Eisenhower, no podemos permitirnos vistas extraordinarias solo porque uno de nuestros hombres pierda las formas más de la cuenta, capitán —reprendió el coronel Phillips. Carter asintió secundándolo—. Pónganse manos a la obra. Y no quiero volver a oír ninguna queja de vosotros dos.
—Señor, sí, señor —corearon Stark y Steve a la vez, cuadrándose.
Carter y Phillips abandonaron la sala y dejaron a Stark solo junto al capitán. Este primero se acercó a Steve con aquella estúpida sonrisa de superioridad y se encaró con él.
—¿Sorprendido? ¿Pensabas que podrías tumbar al ahijado de Ike? Menudo necio.
Steve tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para reprimirse y no pegarle un puñetazo en la cara.
—No creas que me hace gracia ser tu sastre personal, pero si el general lo dice tendrá que ser así —dijo Howard examinandose las uñas de su mano derecha fingiendo aburrimiento—. Creo que te conozco de algo, tu cara me resulta muy familiar.
Steve permaneció en silencio y quiero, sin moverse, esperando a que el otro se marchase y le dejara tranquilo.
—Eh, no me mires así. Vamos, ya has oído a Ike. Ahora somos amigos y tenemos que trabajar estrechamente, codo con codo. —Entonces Stark se acercó al capitán peligrosamente y le dijo con un siseo—. Si te interpones entre otro maricón y yo, la próxima vez te pegaré a ti también como a ellos. Quiere defiende a la escoria es también escoria y mi padrino también opina lo mismo. No será difícil joderte la vida.
—Y yo te digo, que si vuelves a acercarte a Barnes de nuevo, no dudaré en matarte con mis propias manos —replicó Steve entrecerrando los ojos, colérico. A Stark aquella reacción le divirtió.
—Eres como un libro abierto, Rogers —dijo encogiéndose de hombros—. Inténtalo si puedes.
Bucky lo esperaba en uno de los barracones vacíos, masajeandose una de las contusiones. Steve se acercó y se puso de rodillas junto al borde de la cama en la que el sargento estaba sentado.
—Ese desgraciado tiene el favor de Eisenhower y es intocable. Además será el encargado de equiparme para cuando estemos en la guerra y tengo que estar con él una semana para que me ajuste un traje protector... —explicó Steve taciturno. Bucky le alzó la cabeza tomándolo por la barbilla.
—Ya sabía que no había nada que hacer. Mala hierba nunca muere. Déjalo estar si es verdad que va a ayudarte a vencer a los nazis —dijo el sargento comprensivo.
—Ese mierda te emborrachó y te pegó una paliza —exclamó Steve furioso.
—Y ese mierda tendrá lo que se merece cuando acabe esta pesadilla. Mientras tanto, no te conviene enfurecer a tu máximo superior —replicó Bucky quitándole importancia—. Piensa como él y podrás darle de su propia medicina, pero no tientes a la suerte poniéndote ahora en evidencia.
—Solo quiero que tenga su merecido. Esa escoria ha causado demasiado daño ya... —dijo callándose en cuanto se dio cuenta de que había revelado algo muy íntimo. Con Bucky había ese peligro. Acababa de abrirle su corazón aunque no del todo y aunque no quería, terminaba dándole demasiados detalles. No quería que supiese que el fue la causa de la muerte de Marielle.
—¿A qué te refieres?
—Es igual, Bucky. Quiero que desaparezca de nuestras vidas.
Bucky frunció el ceño pero no insistió. Aunque Steve podía ser transparente en cuanto a sus emociones y primerizo sobre lidiar con todo aquel amor que era nuevo, para él, había secretos que guardaba bajo llave y tal vez fuese mejor dejarlos como estaban. Se acercó al capitán y lo besó rápida pero apasionadamente.
—Será una semana—dijo Bucky alentándole con una sonrisa—. Resiste, por nosotros.
—Quiero estar contigo, Buck —suspiró Steve agarrando una de las manos del sargento para besarla con ternura.
—Pero sabes que no podemos —dijo Bucky mordiéndose el labio de la frustración—. Ahora eres la pieza clave de la armada. Tú deber va más allá de lo que sintamos.
—Por ti me cargaría al mismísimo Eisenhower si fuera necesario —dijo Steve con ardor mientras su amante lanzaba una carcajada producto de su propia vergüenza por las palabras tan pasionales del capitán—. Tú me importas más que todo este país entero.
—Steve, para, no seas bobo...
Steve le cortó y lo besó con fuerza tumbándolo sobre el camastro.
