Capítulo 23
Habían llegado a casa de Sesshomaru, él la llevó escaleras arriba y la condujo a una habitación donde pudiera cambiarse de ropa.
—Estaré abajo encendiendo la chimenea – comentó, mientras cerraba la puerta tras de él dejándola sola por completo.
Kagome se quitó la ropa mojada y la sustituyó por una seca que Sesshomaru le había dado. Esbozó una sonrisa al mirarse al espejo, si, tenía razón, la ropa le quedaba grande, pero era mucho mejor algo seco que húmedo.
Bajó las escaleras y se dirigió a la sala donde él se encontraba, llevaba en su brazo la ropa empapada y en el otro su peluca y bigote. Entró y se detuvo al instante al ver la imagen que le proporcionaba ese hombre. Se dejó llevar por lo que tenía en frente de ella, un Sesshomaru de espaldas, con las mangas de la camisa remangadas hasta los codos dejando ver sus músculos.
¡Vaya que si era atractivo!
—¿Va a venir o se va a quedar todo el rato mirando? preguntó él, esbozando una sonrisa, pues la había sentido, ese perfume era inconfundible.
Kagome se sonrojó y avanzó hacia él, en lugar de tomar asiento en un sofá, lo hizo en el suelo, justo en la amplia alfombra que había allí, dejó a un lado su ropa y peluca, todo para que se secaran con el fuego.
Sesshomaru sirvió dos copas de coñac y una se la entregó a ella, pero Kagome negó con la cabeza.
—No bebo gracias.
—No te creo – comentó él con otra sonrisa que había sido iluminada por las llamas del fuego, tomó asiento a lado de ella – Además, es para que entres en calor.
Kagome vaciló un poco y asintió, después aceptó la copa de vino y se le dio un pequeño trago.
—¿Por qué tuviste mal día? – preguntó ella, rompiendo el silencio entre ellos dos.
Sesshomaru suspiró.
—No quiero hablar de eso – comentó, tomando asiento a lado de ella y mirando el fuego – Es complicado.
—¿Tiene que ver con ella?
Él alzó la cabeza y la miró, después asintió.
—Ella ha regresado – dijo con profundo dolor – Pero no quiero hablar del tema en estos momentos. Mejor hablemos de ti ¿Por qué tu día se convirtió en uno malo?
—Mi día tiene que ver con el "Lord Inalcanzable" – respondió, con la mirada perdida y triste
Sesshomaru pareció comprender el dolor de la dama, así que de manera no intencionada recargó su mano en una mano de la joven.
—Si no quieres hablar de él, no te preocupes – se encogió de hombros y negó con la cabeza.
—No – ella negó— Tengo que hacerlo. — Bajó los ojos y contempló su copa de coñac – Hay veces que n entiendo por qué se comporta de esa manera –alzó los ojos y se encontró con la mirada atenta de su protector – Si no quería estar casado conmigo ¿Por qué lo hizo? Era más fácil evadirlo que hacerlo, así ninguno de los dos estaría en estas condiciones. Él seguiría con su vida de libertinaje y yo…—suspiró al ver que sus sueños de un matrimonio por amor se habían esfumado – Seguramente estaría casada con otro.
—Pero no sería por amor – comentó Sesshomaru – En cierto modo lo puedo comprender. Su honor se interpuso, si hubiese sido otro hombre, probablemente no habría accedido a casarse con usted.
Kagome ya no pudo contener las lágrimas y comenzó a llorar, le dolía en el alma las acciones de su esposo, a veces se mostraba cariñoso, otras se comportaba como todo un canalla, tal como se lo demostró al dejarla sola en ese club.
Probablemente en estos momentos se estaría revolcando con esa mujer o con otra. ¿Qué no tenía ella que otra mujer si lo tenía? ¿Su pelo? ¿Eran sus ojos o tal vez su estatura?
—¿Por qué? —¿Por qué? – Dijo con lágrimas en los ojos — ¿Acaso no soy hermosa? ¿Por qué me desprecia tanto?
Kagome agachó la cabeza, dejándose llevar por el sufrimiento y las lágrimas.
Sesshomaru negó para sí mismo, esa mujer era mucho más hermosa que cualquier otra, cuando sonreía el sol se iluminaba en su bello rostro. Él se acercó a ella, la tomó de la barbilla y la hizo mirarlo.
—Escucha – su voz era profunda y suave – Eres la mujer más hermosa que he visto en toda mi vida, nunca debes compararte con alguien que no vale nada, con una zorra insignificante – dijo él con profundo desprecio hacia esa mujer – El hombre que este a tu lado será el más afortunado, porque no solamente eres bella, sino que tu corazón es el más puro, capaz de dar amor y si él no es capaz de ver eso en ti, es que es un completo ciego.
A ella se le encogió el corazón al escuchar esas palabras hermosas, las había dicho con tanta sinceridad.
Él comenzó acercarse a ella un poco más, buscando algo anhelado, hasta que encontró la curva de sus labios y los besó. Fue un beso tierno, pero en el que desafortunadamente no había sentido nada.
Sesshomaru se separó de ella, pasando sus dedos por el cabello.
—Lo siento…— se disculpó. Aunque no lo lamentaba del todo – No sé qué me paso.
—No se preocupe – ella se vio obligada a esbozar una sonrisa y rogando porque no notara sus mejillas sonrojadas.
Sesshomaru se acercó a la chimenea para agregar un poco más de leña, y Kagome aprovecho para verlo.
"Eres la mujer más hermosa que he visto en toda mi vida"
Recordaba esas palabras que él le había dicho y se preguntó si en lugar de estar casada con Inuyasha lo hubiera estado con él. Varias veces Sesshomaru le había demostrado ser un hombre valiente, pero sobre todo una persona de sentimientos, pero era prohibido, su corazón era prohibido, él seguía amando a una mujer que le había hecho daño y que había regresado. Aunque él no ha confesado seguir amando a esa mujer, ella sabía que si lo hacía, sus ojos se lo decían.
Llamó a la puerta y un lacayo abrió, se hizo a un lado y le dijo que la señora lo estaba esperando en su habitación.
Estaba furioso, quería estrujar a esa mujer entre sus manos, por su maldita culpa había dejado a su esposa sola en ese club, lleno de hombres con el riesgo de que uno pudiera descubrirla. Pero no tenía intenciones de quedarse mucho tiempo, hablaría con Ayame, la pondría en su lugar y regresaría con su esposa.
Llamó a la puerta y un lacayo abrió, se hizo a un lado y le dijo que la señora lo estaba esperando en su habitación.
Estaba furioso, quería estrujar a esa mujer entre sus manos, por su maldita culpa había dejado a su esposa sola en ese club, lleno de hombres con el riesgo de que uno pudiera descubrirla. Pero no tenía intenciones de quedarse mucho tiempo, hablaría con Ayame, la pondría en su lugar y regresaría con su esposa.
Entró a la habitación cerrando la puerta tras de él, estaba iluminada por velas, una mesa con dos sillas se encontraba en el fondo, con dos copas y una botella de vino. El sonido del agua le indico donde estaba su objetivo.
Avanzó hacia el baño y encontró a Ayame, la espuma se acumulaba en su pecho mientras se tallaba sus piernas perfectamente torneadas y ella al verlo esbozó una sonrisa.
—Creí que no ibas a venir querido – comentó ella, levantándose de la tina, siendo consciente de su desnudez, pues la debilidad del lord Inalcanzable era ver a una mujer desnuda ante él — ¿Podrías pasarme una toalla?
Ella esperó a que Inuyasha la cubriera con ella, pero en lugar de eso, sólo se la pasó y salió del cuarto de baño. La pelirroja frunció el cejo y salió de la tina de baño y fue tras de él.
—¿Por qué tan serio, amor? – preguntó ella, recargándose en el marco de la puerta del baño.
Inuyasha sacó la nota que ella le había mandado, giró sobre sus talones con el propósito de pedirle una explicación.
—¿Me puedes decir qué demonios es esto?— preguntó mientras arrojaba la nota al suelo.
—Ah, ya veo porque estas así – compendió ella — ¿No te gustó amor?
—¿Estás loca? Por supuesto que no – él frunció el cejo y avanzó a ella, con su mirada imponente y sus ojos llenos de ira – Si te atreves hacerle daño, juro que…
—¿Juras qué? – Lo incitó a terminar su frase – Cómo te lo dije en esa nota, si no te alejas de esa zorra soy capaz de mandarla a matar. Pero antes averiguare quien es en realidad.
Inuyasha se acercó a ella y la tomó de los brazos, apretando sus dedos alrededor de ellos, la joven gimió de dolor pero eso no le importó al lord Inalcanzable.
—No intentes acercarte a ella, porque no sabes de lo que soy capaz.
—Créeme que sí sé de lo que eres capaz – ella se liberó de su amarre y avanzó hacia la mesita donde se sirvió una copa de vino, intentaría por todos los medios hacer que recapacitara y reanudar su relación –No sé qué le viste a esa mujer, no es mucho más hermosa que yo.
—De eso te equivocas cariño – Inuyasha esbozó una sonrisa y se acercó un poco a ella – Ella es mucho más hermosa que tú y que cualquier mujer que haya tenido en mi cama.
—¿Incluyendo a tu esposa? – preguntó divertida – O tal vez no cuenta, ya que solo ha estado en tu cama solo una vez.
—Mi esposa – dijo con orgullo – No es tema, aunque si quieres hablar de ella lo hacemos. Kagome es mil veces mejor que tú, que cualquier cortesana. Pero si de algo te consuela, ella fue más apasionada la primera y única noche que estuve con ella, ella me dio lo que tú y todas esas que dicen llamarse "damas" ya no tenían… su virginidad, era pura.
—Eres un…
Ayame alzó la mano para abofetearlo, pero Inuyasha la tomó en el aire antes de que se estampara contra su mejilla.
—¿Te duele saber la verdad? – Soltó su brazo – Espero que esto te haya quedado claro, ya no me interesa verte, esto se terminó Ayame. Puedes quedarte con todo lo que te regalé, pero a mi déjame en paz.
—De ninguna manera amor –la joven enredó sus brazos alrededor de Inuyasha y lo miró de una manera amenazante – Porque tú serás sólo para mí. Antes muerto que verte en los brazos de otra. Aunque yo preferiría deshacerme de la otra antes que de ti, así te quedarías conmigo.
Inuyasha se zafó de sus brazos y se apartó de ella, avanzó hacia la puerta.
—Bien, ya sé a quién culpar si algo me pasa – dijo él – Y otra cosa, no soy de nadie y mucho menos tuyo.
Y salió de la habitación, seguido de los gritos de Ayame.
—¡Inuyasha, regresa! ¡Juro que te mataré si no lo haces! – ella lo siguió hasta las escalera y cuando estuvo a punto de salir por las escaleras arrojó su última carta – Si sales por esa puerta vete despidiendo de tu otra amante.
Él la miró e inclinó la cabeza.
—Que tenga buena noche, mi lady.
Inuyasha subió a su carruaje y le indicó a su cochero que lo llevara de regreso al club, esperaba que Kagome aun estuviera ahí, si Ayame cumplía su amenaza y la descubría era capaz de hacerle daño, pero él era más capaz de hacerle pagar uno por uno a quien se le atreviera a tocarla.
Cuando llegó, sólo encontró a Naraku y Bankotsu jugando, les preguntó por el duque Claymore, Naraku le había dicho que poco después que él se marchara, el duque se había retirado a casa.
Volvió a salir, pero esta vez no tomó su carruaje, sino que prefirió caminar ¿A dónde pudo haber ido? Seguramente estaba en casa de las cortesanas, odiándolo a un más, y fui ahí a donde se dirigió.
Quería verla, asegurarse de que no le hubiera pasado nada, ¡dios! ¡En estos momentos lo único que quería era besarla!
Kagome se despertó, había sido muy reconfortante hablar con Sesshomaru, pero no era correcto que se quedará toda la noche con él, el fuego de la chimenea se había apagado y solo quedaban cenizas.
Sintió unos brazos fuertes y protectores que rodeaban su cintura, no sabía quién era, así que se acurrucó entre esa barrera masculina y esos brazos.
¿Brazos? ¿Barrera masculina?
Abrió los ojos de golpe, giró su cabeza y se encontró con que él estaba a su lado, abrazándola, ella tragó saliva y se aparó lentamente para no despertar a su acompañante. Lo miró por última vez, él realmente era un magnifico hombre, quien estuviera a su lado tendría mucha suerte, él que le había dicho hermosa y la había besado como jamás lo habían hecho, era el beso que siempre deseó que Inuyasha se lo diera.
Pero no era correcto estar con un hombre que no era su esposo.
Así que se levantó del suelo, tomó su ropa y fue directo hacia la misma habitación, solo para cambiarse de ropa, se miró al espejo, peluca y bigote estaban a la perfección, su ropa se había secado.
Cuando estuvo lista, salió de la habitación, bajó las escaleras con lentitud para no hacer ruido y no despertar a nadie, avanzó hacia la puerta de la entrada principal y salió.
La calle estaba en completa soledad, todos estaban en sus casas durmiendo y ella era la única que estaba ahí, sola otra vez en las oscuras calles y en una fresca noche.
Ambos llegaron al mismo tiempo a la casa de las cortesanas.
Inuyasha la miró y le dio gracias al cielo al verla.
—¿Dónde estabas? – preguntó él.
—Mejor dime ¿En dónde estabas tú? – le respondió con una pregunta, no quería verlo, tenía impregnado el perfume de su amante.
"Si estuvo con ella"
Se dijo así misma y esa simple idea la volvió loca de celos.
—Estuve…— Inuyasha no sabía que decirle, no quería confesarle que había ido a ver a Ayame y lo amenazó si no la dejaba, por supuesto que ella no le iba a creer, por más que él lo deseara.
—¿Estuviste con ella, verdad? – preguntó de una vez por todas – No me tienes que negar nada, vi la nota.
—¿Qué viste exactamente?
—Que te esperaba – el corazón de Kagome latía con fuerza, quería abofetearlo, decirle que lo odiaba pero que lo amaba al mismo tiempo – Y claro, antepones tus deseos que tus sentimientos. No te importa dejar a tu esposa en un club lleno de hombres, porque es más importante tu amante que yo.
Antes de que pudiera responder, el cochero había seguido a Inuyasha y se estacionó a un lado de ellos, entonces, hizo lo que un hombre estúpido y loco por su esposa haría, la tomó del brazo y la arrastró hacia el carruaje.
—¿A dónde pretendes llevarme? – preguntó ella, haciendo un esfuerzo para que dejara de empujarla.
—A casa, este no es el lugar correcto para discutir – explicó él.
—Me importa poco si es o no es un lugar correcto – estalló en furia.
—¿Se te olvida que estas disfrazada como hombre? – preguntó él.
—¿Se te olvida que estas arrastrando a un hombre hacia tu carruaje? – contraatacó ella.
—Por si no lo has notado, tu voz no es de hombre, es de mujer – y ganó él.
Kagome quiso decirle algo, pero esa guerra la había ganado, entonces él aprovechó para tomarla entre sus brazos y meterla al carruaje, después le indicó a su cochero que los llevara a casa.
—¿Qué pretendes, Inuyasha Taisho? – dijo furiosa.
—Hablaremos de una vez por todas de mis amantes – explicó él – No fui a verla para lo que tú crees.
—¿No? – ella arqueó una ceja incapaz de creerle.
—Kagome, es verdad ¿Por qué no me crees?
—Será ¿Por qué eres el lord Inalcanzable? Es más libertino de los hombres.
Inuyasha suspiró, llevándose las manos a su cabeza mientras el carruaje seguía en marcha.
—Ella me mandó una nota – comenzó a relatar su versión.
—Sí, porque quería verte.
Pero era claro que Kagome tenía su propia versión.
—No precisamente – Inuyasha negó, se cambió de lugar y tomó asiento a lado de ella.
Kagome tenía enredados sus dedos contra el vestido, no soportaba estar cerca de él, tan solo hace unas cuantas horas había estado platicando con Sesshomaru y ahora estaba con él.
—Por favor – le susurró al oído – Escúchame por una vez en tu vida – la tomó de la mandíbula y la hizo verlo – Por una vez en mi vida quiero ser sincero.
Ella lo pensó y después de tanto meditarlo asintió, accediendo a escucharlo.
—Sólo por esta vez Inuyasha.
—Muy bien – él esbozó una sonrisa.
Así que fue sincero, le dijo el motivo por el que se había ido de esa manera, que ella no había alcanzado a ver toda la nota completa, sin omitir nada.
Kagome abrió los ojos de par en par, si Ayame estaba tras de Safira iba a ocasionar muchos problemas.
—Inuyasha, si ella se entera que yo soy Safira – dijo Kagome – Esto traería muchos problemas.
—Lo sé – él asintió – Por eso he estado pensando que lo mejor será que…— miró su bigote y su peluca y él mismo se los quitó, maravillándose de ese pelo color azabache que salía a la luz de la luna y se acomodaba en sus hombros, si era hermosa y todo esto ante la mirada de asombro de su esposa – Que mi esposa aparezca.
—No comprendes – protestó ella.
—Si comprendo Kagome – Inuyasha asintió – Pero sólo quiero que entiendas que no pienso permitir que te arriesgues más, sólo como mi esposa no te va a pasar nada.
—Inuyasha…
—Por favor, Kagome…
Él se acercó a ella y cumplió su deseo de besarla, no era una amante, no era esa cortesana de nombre Safira, era su esposa a quien besaba y esos labios eran los más dulces que en su vida había probado y se alegró al sentir que ella también le correspondía.
No sólo había estado deseando esos labios toda la noche, sino que la deseaba a ella.
¿Qué podía decir, ella? No podía pensar, el beso de Sesshomaru y de Inuyasha eran totalmente diferentes, por fin su esposo la besaba, no como en su papel de cortesana sino como ella misma, como su esposa, aunque le dolía en el fondo de su corazón, lo amaba y lo deseaba, pero no sabía si entregarse por completo a esa pasión.
—Kagome…— le susurró al oído – Te deseo…
Entonces ella abrió los ojos y…
