"El atractivo y el magnetismo de la personalidad del hombre es la consecuencia de su resplandor interno."

—Yajurveda

Dicen que las personas poseen un aroma imperceptible ante la mayoría, excepto para unos pocos.

Su esencia es captada a través de sus sentidos, permitiendo que una huella se marque conforme pasara el tiempo.

No obstante, esa huella podrían convertirse en una cicatriz que marcaría la piel de por vida.

—Esta noche no vuelvas. Estaré acompañado y no quiero que interfieras.

Ugetsu fue claro y contundente. La sola presencia de su compañero de piso le estorbaba, pero también le era útil, de algún modo. Se sentía miserable al pensarlo, pero el sentimiento de asfixia estaba acabando con todos los buenos recuerdos que habían cosechado.

Una vez que el humo salió de su boca, aquellas palabras se convirtieron en un enemigo silente, dispuesto a cumplir su misión.

Su esencia fue manchándose y con él, todo a su alrededor.

Akihiko no soportaba el hedor mezclado con la nicotina.

Así como existe el infierno, también está el cielo. Un espacio complejo, vasto y hermosamente indescriptible.

Los habitantes de aquel lugar solían emanar una esencia pura y colorida, acompañada de una sutil melodía de felicidad que llenaba los corazones de las personas a su alrededor.

Así era Haruki ante sus ojos.

Tan lejano y tan cercano. Tan puro y benevolente, Haruki era un ser completamente opuesto a él.

Los sentimientos terrenales de Akihiko, con tintes apasionados y poseedor de la llave del infierno, lograban que el joven bajista dudase de su bondad.

—¿Te encuentras bien? —Haruki se encontraba recargado en su balcón, exhalando el humo de su cigarrillo—Estás pálido.

Akihiko se levantó del sofá y fregó sus ojos. Aquella maldita pesadilla regresaba al ver ese humo.

—Sólo tuve un mal sueño, es todo... —justificó su malhumor. Se acercó con recelo, pues el humo causaba una terrible jaqueca cada vez que Ugetsu llevaba un nuevo cigarrillo a sus labios.

—Lo supuse al verte—desvió su mirada hacia la gran ciudad—. Tu rostro parecía enfurecido y gruñías como perro rabioso.

El baterista camino en dirección a Haruki. Se ubicó a su lado y dejó caer sus brazos por el barandal del balcón.

Notó que él observaba las luces, que en conjunto formaban un escenario digno de cualquier artista. Cálido, resplandeciente y maravilloso; tal como recordaba en los tiempos que descubrió por primera vez su talento musical.

—¿Quieres uno? —Haruki le ofreció la cajetilla de sus cigarrillos. Akihiko tenía resquemor de ello, ya que su mal recuerdo provenía de allí.

Dudó, pero evitó rechazarlo para no dar explicaciones de ello. Suspiró y tomó uno. Agradeció por su atención y buscó el encendedor en sus bolsillos.

Se sintió frustrado al recordar que lo había olvidado en casa de Ugetsu, siendo que ese encendedor fue un preciado regalo de cumpleaños por parte de Haruki.

—No te cuesta nada pedirme fuego... —el pelilargo se había acercado a él y quitó el cigarrillo de sus labios—El mío se rompió, así que tendrás que prenderlo con este que estoy fumando.

Akihiko comenzó a reír y asintió. Haruki lo sostuvo entre sus labios y acercó su rostro al baterista. Apoyó el cigarrillo apagado en el de Haruki y ambos emanaron un intenso humo blanquecino.

Su temor al olerlo se había disipado, ya que su esencia se mezcló junto a la nicotina y era particularmente delicioso. Aroma embriagante, adictivo e intensamente dulce; tal como se comportaba en la vida.

Akihiko no dejó de mirarlo un instante. Él esperaba que Haruki le devolviera la mirada. Así y sólo así podría comprobar su teoría.

—¿Tengo algo extraño? ¿Estoy despeinado? —inquirió el pelilargo mientras desarmaba el rodete que sostenía su cabello.

Akihiko rió y se acercó nuevamente a Haruki. Acarició su cabello y expresó:

—Lo extraño es saber que te cuidas este cabello y sólo me permites a mí que lo toque... —el baterista quitó el cigarrillo de sus labios y soltó el humo de su interior—¿Por qué no me detienes? —su mano se deslizaba desde el cuero cabelludo hasta las puntas. Lento y delicado, sostuvo las hebras del cabello rubio del bajista.

—A lo mejor, no quiero detenerte... —sus mejillas se ruborizaron. Su cigarrillo se había acabado y con él, las ganas de encender otro.

—Entonces no lo haré—enredó sus dedos en el cuero cabelludo de Haruki, adueñándose de aquellos labios que tanto anhelaba degustar.

Una sutil mezcla entre dulzura, lujuria y un ápice de nicotina que residía en su interior;todo lo que podía volver adicto a un hombre como Akihiko.

Aquel humo que supo atraerlo hacia él, fue el protagonista de aquel reencuentro fogozo.

El humo que emanaba su ser era realmente excitante. El hecho es que Haruki era una adicción de la cual no podría ni quería curarse jamás.