Disclaimer: Todo reconocible de Harry Potter es propiedad de J.K Rowling.
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Feliz Cumpleaños Princesa
24 de Abril de 1997
Todo se caía en pedazos. Todo se derrumbaba a su alrededor y lo peor del caso es que lo había experimentado de forma literal. Las pesadillas eran frecuentes desde el ataque de los mortífagos a su mansión, cuando el señor Tenebroso había vuelto al poder y había decidido que los Greengrass no eran lo suficientemente leales a la causa.
El miedo se respiraba en cada rincón, con cada paso que daba. Aun estado en Hogwarts, se sentía sola y desprotegida. Sus padres se encontraban en Azkaban, prisioneros por un crimen que no había cometido. Pero los detalles no importaban, para el Señor Tenebroso, quien gobernaba la comunidad mágica desde las sombras, el revelarse en su contra era suficiente delito como para tenderles una trampa. El maleficio Imperio los había obligado a actuar de forma cruel y negligente, cometiendo un crimen en las narices del Ministerio. A diferencia del padre de Draco, cuyo crimen había sido efectuado con toda conciencia y toda intención de favorecer a su Señor. Sin embargo, Voldemort demostraba tener la misma misericordia para sus seguidores como para con sus enemigos.
No importaba de que lado de la balanza se encontraran. Todo ser vivo se encontraba en peligro mientras ese mago tenebroso estuviese al poder; expandiendo las sombras por doquier, corrompiendo almas frágiles y utilizándolas a su antojo, como lo hacía con su querido Draco. El rubio no tenía que decirlo, ella lo sabía bien. Reconocía esa mirada de desesperación y angustia en los ojos grises. Era la misma mirada que le devolvían sus verdes ojos en el espejo. ¿Que hacer para no morir? ¿A quien venderle el alma para que sus seres queridos no murieran? Preguntas que aun no tenían respuesta.
Cada día que pasaba era más desgatante y se notaba en sus cuerpos más delgados, en sus ojeras más marcadas y sus mejillas más hundidas. Poco a poco se estaban muriendo en vida. No encontraban una salida y como instinto de supervivencia, se encerraban en su mismos, esperando que tal vez la desgracia solo los consumiera a ellos, sin llegar a lastimar a los demás que les rodeaban.
Aislados, solitarios y sin siquiera dirigirse la mirada. Se evitaban el uno al otro por temor de causar más dolor. Hacían caso omiso a las palabras de sus amigos: "La unión hace la fuerza." No. Para ellos lo que más valía era la soledad. La fortaleza de la negación que cubría sus corazones, formando una capa de hielo que se endurecía más con el pasar del tiempo.
Sabían que si se estaban juntos de nuevo se iban a desmoronar y ninguno de los dos estaba preparado para soportar la realidad o admitir que se estaban equivocando. Claro está que la situación era insostenible por mucho tiempo más, especialmente para uno de los dos. Uno de ellos ya había comenzando a llorar y tenía tanto miedo de no ser capaz de detenerse.
Tal vez por eso es que había bajado la guardia aquel día, pese a haber dejado en el olvido todas las fechas importantes previas. Quizás porque ni siquiera, Halloween, Navidad o el día de los enamorados significaba tanto para él como el cumpleaños de Astoria. Ya una vez había pasado por alto aquella fecha y recordaba el arrepentimiento inmenso al ver reproche en las esmeraldas de su niña linda.
Así que sin pensar, había mandado un enorme ramo de "No me olvides" cantarines en compañía de una pequeña tarjeta que decía "Feliz cumpleaños, princesa." No la había firmado. No hacía falta. Ella sabía quien era la única persona que le felicitaba así, aunque tenía tanto tiempo de no cruzar palabras con él, de no abrazarle y de no compartir un beso. Aquel detalle bastaba para hacerle feliz y recordarle lo mucho que le quería, pasara lo que pasara.
—¿Y esas flores? —preguntó su amiga Paige, mirando como la joven Greengass abrazaba aquel enorme ramo que no dejaba de cantar armoniosamente una melodía celestial.
—Un regalo —respondió simplemente, si establecer contacto visual.
—Pensé que no querías celebrar tu cumpleaños este año —comentó la joven pelirroja, mirando curiosa a su amiga.
—Estas no son para celebrar —dijo Astoria con seriedad—. Son solo para no olvidar —añadió con una muy ligera sonrisa en el rostro, tomando por sorpresa a su compañera. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había visto a la castaña sonreír.
Draco lo había conseguido como siempre. El heredero Malfoy había dado ese giro de varita que cambiaba por completo los cumpleaños de Astoria. A veces para mal, a veces para bien, a veces para hacerla enojar, otras para alegrarla, pero fuera lo que fuera, lo que a ella más le importaba es que él impusiera su presencia alguna u otra manera en aquel día tan importante para ella. Solo por él es que esperaba año con año aquella fecha especial. Los regalos jamás habían importado, tampoco las celebraciones y aunque sonara cruel, a las demás personas las veía todos los demás días como para que fuera diferente durante su cumpleaños. Pero con Draco todo era impredecible y nunca sabía que podía esperar. Su existencia dependía de lo que él hiciera o dejara de hacer. Ya no tenía dudas de ello.
