Capítulo 11

Ya como el santo de Aries oficialmente me mudé a la primera casa. Todos mis compañeros hicieron lo mismo. Nos sentíamos adultos, casi nadie sugería jugar, aunque eran solo apariencias porque siempre se armaba algún juego. Excepto para mí, puesto que aún tenía el encargo de hacer copias de los textos que mi maestro me había mandado.

Los entrenamientos continuaron y se hicieron más difíciles -habíamos empezado con el manejo de armas. Todavía no nos iban a mandar en ninguna misión porque éramos demasiado jóvenes para ir solos o tener bajo nuestro mando a otros soldados. A algunos -como Aioria y Milo- no les gustaba esa idea, pero la mayoría estábamos de acuerdo en que había cosas que nos faltaban.

—¿Entonces de qué sirve que seamos santos de oro? —preguntó Aioria— ¿Cómo quieren que defendamos las doce casas si no nos dejan enfrentar a nadie?

—Para eso vamos a misiones como apoyo para caballeros más experimentados —dijo Camus.

—Incluso así es peligroso —continuó Aldebarán—. Acuérdense lo que le pasó a Aphrodite y eso que fue con dos santos mayores.

—¡Cierto! También le pasó a Shaka cuando fu-... ¡Auch!

Camus le dio un codazo a Milo.

—¡¿Por qué me pegaste?!

—Es tu golpe diario... Como sea... Recién recibimos las armaduras, no tenemos ni ocho años. Es normal que no nos manden a misiones y mucho menos que nos dejen a cargo de un equipo. Ni siquiera a Shura y Deathmask les dan permiso.

—Es aburrido tener que entrenar y estudiar —dijo Aioria a la vez que cruzaba las manos en la nuca y se recostaba en el pasto—. Me gustaría saber a qué nos vamos a enfrentar. Los peligros están afuera del Santuario, no adentro.

—¿Y si entrenás en otro lado? —sugerí.

—¿Eh?

—Al menos para mí, entrenar en el Santuario es muy diferente a hacerlo en Jamir. Tal vez adaptarte a un ambiente nuevo sea lo que necesitás.

—Mu tiene razón —dijo Camus—. Salir para entrenar sería más seguro que ir en misiones. Quizás hasta nos den permiso.

—¿Entrenar fuera del Santuario, eh? Puede ser...

—¡Yo quiero hacerlo! —dijo Milo.

—¿Es necesario que siempre grites?

—A mí me gustaría volver un tiempo a Brasil.

—Y a mí el maestro Shion me dijo que estaría bueno que entrene en Jamir más seguido.

—¿Vos qué pensás hacer, Shaka? —Aioria le preguntó.

Shaka había estado alejado todo el rato, sentado bajo un árbol.

—Todavía no tomé una decisión —respondió—. Pero también pienso que no tengo el nivel más adecuado para ser el guardián del sexto templo.

La charla siguió un rato más. Quedamos en que esperaríamos a que Athena volviera para luego irnos del Santuario a ganar experiencia.

Al día siguiente arreglé mi primera armadura, la de Pegaso, que por alguna razón no pudo sanarse a sí misma. Shion solamente pasaba a ver cómo iba; me llevó varias horas hacerlo, pero estaba más que satisfecho y mi maestro también.

Sin embargo, su mirada no me dejaba tranquilo; además, había dicho muy poco. Mientras más vueltas le daba al asunto, más me incomodaba. Aunque todavía no había resuelto nuestro parentesco, era mi maestro, el Patriarca y representante de Athena en la Tierra; era demasiado importante para ignorarlo.

Necesitaba aclarar muchas dudas, así que al anochecer fui a buscarlo. Para ir más rápido usé los pasadizos secretos. Se veían muy diferentes a esa hora, por momentos me desorientaba.

—¿Faltará mucho? —pregunté al aire.

—¿Mu?

Giré enseguida cuando escuché la voz de Shaka. Estaba parado en la entrada de un túnel.

—Shaka... ¿Eh? ¿Recién voy por Virgo?

—¿Te perdiste?

—N-no... Voy a ver a mi maestro... Pensé que ya estaba cerca.

Shaka dio un paso al frente.

—Mu...

—¿Nnh?

—¿Tenés... un momento?

—Ah... Sí. ¿Qué pasa?

A pesar de la poca luz que había noté cómo sus cachetes empezaban a tomar color. También cuando inhaló y exhaló para relajarse.

—Ahora que somos santos de oro... hay algo... que me gustaría que sepas.

—¿Qué cosa?

—No sé bien cómo explicarlo... y tal vez... te enojes.

—Ay, Shaka... No voy a enojarme con vos. Si puedo ayudarte en algo lo voy a hacer. Somos amigos.

—¿A... Amigos?

—Sí... ¿O es que vos... no me considerás tu amigo?

—N-no... Sí lo sos... Es que... —Bajó la cabeza incapaz de continuar.

—¿Qué? —pregunté.

—Yo... tengo... Vos... Vos m-me... Me... Me gu-...

El cielo se iluminó un instante como si fuera mediodía. Cuando volvió la oscuridad sentí un cosmos impresionante, era cálido y me daba calma. Shaka y yo miramos arriba, en dirección a la estatua de Athena.

—¿Qué fue... eso? —pregunté.

—Creo... Creo que fue ella.

—¿Ella? ¿Te referís a...?

Estaba tan impresionado que ni siquiera podía decir su nombre. Todo fue tan rápido, el resto de las casas las pasamos sin que nos diéramos cuenta. Llegamos a la sala del Patriarca donde Aioros nos pidió que formáramos; algunos de nuestros compañeros habían llegado antes y el resto se sumó de a poco. Soldados y algunos santos de plata iban de un lado a otro. Las que no se detenían eran las doncellas; las conocía a todas pero esa noche se veían distintas con sus armaduras puestas.

En las caras de mis compañeros se notaba que estaban ansiosos y felices; hasta Saga que siempre mantenía un porte serio cuando se trataba de ceremonias se veía entusiasmado. Era un momento histórico y mi estómago lo sabía.

—Joven Mu, ¿se siente bien? Está muy pálido.

A mi lado se encontraba una de las doncellas que me cuidaba. Un grupo de tres estaba al frente y daban indicaciones de cómo debíamos comportarnos.

—Ah... Sí, estoy bien —respondí.

—El Gran Patriarca dice que ya pueden pasar. Trate de no desmayarse frente a Athena.

El nombre que rondaba en mi mente y que no podía decir. Resultó ser verdad. Mientras las doncellas nos guiaban hasta la estatua de Athena trataba de recordar las lecciones que nos habían dado pero era inútil, no conseguía recordarlas. En el camino nadie habló, solo se escuchaban nuestros pasos sincronizados.

Al aire libre ese cosmos tan cálido se percibía más fuerte. Delante de la estatua majestuosa de Athena estaba Shion; a su lado, la señorita Ina portaba la armadura de Lepus y sostenía un bulto de telas blancas.

—Esta noche Athena ha regresado a la Tierra —anunció mi maestro—. Es la primera señal de la nueva guerra santa que se aproxima.

Con esas palabras y al ver el cuerpo pequeño de la diosa envuelto fui consciente por primera vez de lo que se esperaba de mí. Todavía faltaban muchos años, hasta entonces tenía tiempo de perfeccionarme para ser el santo de Aries que el ejército necesitaba.

—Sin embargo —continuó Shion—, debido a mi edad no hay mucho que pueda hacer más que acompañarlos desde la experiencia. Por eso decidí que pronto voy a dejar mi puesto como Patriarca.

El frío me recorrió de pies a cabeza. El dolor de estómago volvió. Quise creer que no había entendido, que era una especie de broma. «Shion no puede dejar de ser el Patriarca —pensé—. Él siempre lo va a ser, no va a abandonar el Santuario... ni a mí».

No recuerdo cómo continuó la reunión ni en qué momento terminó. De pronto la señorita Ina estaba frente a mí con Athena en brazos. Sus ojos eran enormes y brillantes. Por los cachetes sonrosados parecía una muñeca.

—Pensé que iba a ser más grande —dijo Milo—, así como la estatua.

—¿Por qué es bebé? —preguntó Aioria.

—Athena renace como humana —respondió la señorita Ina— y todos los humanos son bebés al nacer.

—¿Y cómo va a pelear contra Hades?

—Va a crecer y entrenar para despertar todo su poder.

—¿Va a entrenar con nosotros? —preguntó Camus.

—Claro. Ustedes también van a protegerla y pelear a su lado.

—¿Y también va a jugar con nosotros?

—No seas tonto, Aioria —le dijo Milo—. Es una diosa. Ella no puede jugar.

—Jo... Qué aburrido es ser un dios entonces.

—Tal vez cuando ya pueda caminar y hablar intente jugar con ustedes.

—¡Mu, podrías hacer algún juguete para ella! —dijo Aioria entusiasmado.

—¿Eh?

—Sí, deberías hacerlo.

—Aunque tal vez debas usar otro material que no sea madera, algo más elegante y que sea digno de una diosa.

—¡Sí, hacelo!

Todos me rodearon para insistirme. Di un paso atrás.

—Darle un juguete a esta edad es muy peligroso —dijo Shaka un tanto apartado—. Por más que sea una diosa sigue siendo un bebé. No tiene dientes, ni sabe qué podría lastimarla. ¿Qué pasaría si se tragara algo?

Aioria, como era habitual, ya estaba listo para pelear, pero la señorita Ina fue más rápida.

—El joven Shaka tiene razón —dijo—. Pero cuando Athena sea más grande no va a haber problema... Ahora tiene que ir a dormir y ustedes también. Vamos, vayan a descansar.

Lentamente nos despedimos de Athena y comenzamos el retorno a nuestros templos. O al menos esa era la idea. Antes de volver quería ver a Shion, pero se había ido antes. Fui hasta su oficina; no me atreví a golpear la puerta. «¿Con qué excusa le voy a hablar?», me pregunté. Era mi maestro, era normal que quisiera saber por qué había tomado la decisión de abandonar su rol de Patriarca. Pero en el fondo no era por eso.

Bajé templo por templo a la vez que pensaba en qué sería de mí cuando Shion ya no estuviera. Reaccioné a lo alto de las escalinatas en la casa de Libra. El Santuario se veía más brillante, pero había algo que me impedía disfrutar de la imagen y la brisa que mecía mis mechones. Mi mente viajó a aquel día con Aphrodite cerca de Jamir. «¿Será que ahora... Shion también... me va a abandonar?», pensé.

—¿No vas a bajar?

Miré hacia la derecha, donde se encontraba Shaka. El brillo de la luna sobre su cara hacía que la piel resplandeciera.

—Ah... Sí... Solamente... me quedé pensando.

Shaka asintió para retomar la marcha. Por un instante pensé en lo afortunado que era al no sentir apego y deseé lo mismo para mí. Aunque al mismo tiempo me pareció triste. «¿Shaka tendrá a alguien importante que no quiera perder?», me pregunté. A cada escalón que descendía la soledad aumentaba. «No te vayas —Quería decir—. No me dejes solo vos también».

Mis pies se movieron por voluntad propia; había perdido el control de mi cuerpo. Las piernas me temblaban, tuve miedo de resbalar y caer. Agarré a Shaka de la mano; se detuvo. Giró lento hacia mí. No me atrevía a mirarlo a la cara. Ni dijo nada, pero no podía mantener el silencio por más tiempo.

—¿Puedo... bajar con vos?

No tenía idea de cómo le pregunté eso. Me dolió el estómago, muy parecido a un golpe, pero solo fue mi imaginación. Temeroso de recibir uno de verdad, cerré los ojos y aflojé el agarre poco a poco para soltar a Shaka. Entonces él me apretó la mano. Me obligó a bajar el resto de las escaleras.

Antes de pasar a Virgo nos desviamos del camino y entramos a los pasadizos secretos.

—¿A... a dónde vamos? —pregunté.

—Por acá es más rápido.

Eso fue lo único que dijo. Mis pies eran demasiado ligeros, apenas sentía el suelo debajo. Shaka no me soltaba ni desaceleraba el paso. Nunca se volteó. La imagen de su espalda pequeña cubierta de hilos dorados, por alguna razón, me supo tan nostálgica que cuando vi nuestras manos enlazadas me dio una puntada en el pecho. Me picó la nariz y una lágrima se escapó de mi ojo izquierdo.

Fijé la mirada en el suelo y mis pies. Luché contra las lágrimas y los pensamientos de soledad. El agarre de Shaka era más cálido que el aire de verano, además de tranquilo. Bajamos en silencio, pero no fue molesto. Tenía la impresión de que era su manera de decirme que todo iba a estar bien. Entonces llegamos a la primera y me soltó dedo a dedo. Antes de separarnos por completo deslizó el meñique hasta entrelazarlo con el mío.

—No estás solo, Mu.

Tuve miedo de que hubiera leído mi mente. Pero el alivio que sentí fue más grande. Afirmé con la cabeza.

—Gracias... por acompañarme.

El imitó el movimiento y giró hacia la salida. Alcanzó a dar tres pasos cuando lo llamé.

—Sha-Shaka, esperá.

Me miró por sobre el hombro. Tragué saliva.

—¿T-te gustaría... quedarte un rato? Puedo... Puedo preparar té y...

Cerré los ojos. «Debe creer que soy un inútil. Seguro se va a burlar de mí», pensé. Me sentía derrotado.

—Está bien —dijo de repente.

Respiré hondo y suspiré aliviado. No perdí más tiempo. Preparé el té; una vez listo nos sentamos en la entrada de la casa de Aries. La brisa ayudaba a calmar el calor. La luna brillaba para dejarme ver la cara serena de mi amigo que transmitía paz. Pensé que así se sentiría estar frente al mismísimo Buda.

El té bajo por mi garganta y pecho. Las luces en el pueblo titilaban como las estrellas. Shaka seguía sin abrir los ojos. El viento sopló un poco más fuerte. Un pétalo de rosa cayó dentro de mi taza. Miré hacia el final de las doce casas. Me pregunté si Athena estaría durmiendo.

Recordé su cara redonda, los cachetes regordetes; parecía un bebé como cualquier otro. Mi maestro me había asegurado varias veces que Athena iba a crecer para ser muy fuerte algún día y que nosotros íbamos a tener que guiarla.

—Eso significa que se va a ir —dije en voz baja.

—¿Qué? —preguntó Shaka.

Presioné la taza con los dedos.

—¿Qué hace un santo de Athena cuando se retira?

El flequillo de Shaka se balanceó por el viento. Le dio un sorbo al té. Inclinó levemente la cabeza al costado y dijo:

—Depende de lo que quiera hacer.

—¿Vos qué harías?

Levantó las cejas.

—No tengo pensado retirarme, menos ahora que tenemos que prepararnos para la guerra en un par de años.

—¿Y una vez que termine?

—¿En caso de que sobreviva?

Esa pregunta hizo que me doliera el pecho y que el sabor del té fuera amargo.

—Si ese fuera el caso —continuó—, como ya te dije, este es mi destino. No hay nada más que pueda hacer... Tal vez siga siendo el santo de Virgo hasta que llegue un sucesor digno.

—¿Y después?

—No pienso demasiado en esas cosas. No es importante.

Levanté la vista al cielo. La constelación de mi amigo brillaba más que todas.

—Nunca te lo dije, pero tengo dos maestros —habló de nuevo.

—¿Eh? ¿Otro a parte de Buda?

—Sí, uno todavía está vivo. Él fue santo de plata hace años y se retiró. Ahora es maestro en un monasterio que responde al Santuario... Tal vez el Patriarca haga lo mismo.

—Es verdad... —Sonreí aliviado— Quizás vuelva a Jamir y consiga otro aprendiz.

Shaka asintió.

—Según tengo entendido —dijo—, los santos pueden vivir más que un humano promedio. Seguramente el Patriarca sea tu maestro por muchos años.

—Sí.

Dejé la taza a un costado y me abracé las piernas. Hablar con Shaka era relajante; tenía la facilidad de borrar cualquier preocupación.

—Si sobrevivimos a la guerra —dije—, ¿creés que lleguemos a su edad?

—Quién sabe...

—¿Cómo te verías si fueras mayor?

Frente a nosotros hice aparecer una ilusión de su figura con la armadura de Virgo puesta.

—Ese no soy yo mayor —dijo.

—Pero en algún momento vas a crecer.

La ilusión se hizo más alta. Le crecieron la espalda y el pelo, aunque conservó los rasgos finos de su cara como las pestañas largas.

—Creo que te verías bien.

Shaka solo frunció los labios.

Quería que mi creación abriera los ojos, pero se me presentó un inconveniente: «¿De qué color son?». Por más que intentara no lo recordaba. «¿Grises? No... Verdes... ¿Azules? Creo que sí... ¿Y si estoy equivocado?». Clavé las uñas en mis piernas. «¿Por qué no puedo acordarme de qué color son los ojos de Shaka?». Me llevé la mano a la cabeza cuando empezó a dolerme.

—Creo que serías así —dijo Shaka.

Junto a su figura apareció la mía, más alta y robusta; incluso le había puesto barba. Gracias a eso el dolor se fue enseguida.

—¿Ah? ¿Por qué me vería así?

—¿Por qué no? No vas a tener cuerpo de nene toda la vida. A muchos hombres les sale barba.

—Entonces vos no vas a tener pelo —le dije y su figura quedó pelada.

—Es normal que los monjes budistas no tengan pelo.

—Hmmm... Bueno, vas a tener pelo, pero va a ser un corte taza.

—¿Corte taza?

—Sí. Y en dos colitas.

—En ese caso... Ya no te va a crecer el pelo en la cabeza, solo en la barba... Pero también vas a poder atarlo en dos colitas... con muchos moños.

Reí fuerte por la imagen que se había formado.

—¿Me veo muy malo, no? Nadie se va a animar a pasar la primera casa.

Shaka también rio.

—*—*—*—

Olvidé el asunto de Shion por uno o dos días, hasta que durante un entrenamiento me dijo:

—En caso de que algo me pase, buscá a Dohko.

Tuve la impresión de que había demasiadas cosas que evitó decirme. No solo me preocupaba el tema de la próxima guerra santa en unos años, sino que también estaba el hecho de que parecía despedirse de a poco.

Sentado en la entrada de la primera casa, me abrazaba las piernas mientras pensaba. ¿Mi vida habría sido diferente si Shion no hubiese sido mi abuelo? Desde un principio mi destino estaba decidido. No podía escapar de las estrellas ni de la sangre. Sin Shion lo único que me quedaba era el peso de ser el único herrero, con la incertidumbre de algún día encontrar un pupilo al que pasarle los conocimientos del arte de nuestros ancestros. Incluso estaba la posibilidad de que una parte enorme de la historia de Jamir y el Santuario muriera conmigo. No podía imaginar siquiera cómo se habría sentido él como uno de los dos sobrevivientes de la guerra santa anterior.

Escondí la cara entre las rodillas.

—No quiero quedarme solo de nuevo —dije.

Si nunca me hubiera enterado de que él era mi abuelo, quizás no hubiese tenido tantas dudas de marcharme.

Cuando llegó el momento de informarle a Shion que iba a irme del Santuario para entrenar por mi cuenta, él estuvo de acuerdo con la condición de que volviera a Jamir cada tanto. Si necesitaba ayuda siempre iba a estar la gente del pueblo. También volvió a repetir que fuera a ver al maestro Dohko en caso de que algo pasara. Sus ojos no brillaban al decirlo.

—Maestro... ¿Ya eligió a su sucesor como Patriarca?

Shion parpadeó lento y asintió.

—Pronto voy a comenzar los preparativos.

Apoyó una mano en mi cabeza. La noté más temblorosa de lo habitual.

—Dejé preparadas más indicaciones para vos en Jamir. Dohko dijo que podés ir a entrenar con él por un tiempo si gustás.

Nervioso, moví los dedos.

—Cuando se desocupe, ¿va a volver a Jamir... aunque sea un tiempo?

—Es lo que planeo hacer.

—Voy a esforzarme para que vea cuánto avancé.

Shion sonrió.

—Estoy seguro de que lo vas a hacer, Mu. No sería tu maestro si no supiera de lo que sos capaz —Suspiró—. Si fueras unos años mayor... Tal vez todavía tengas oportunidad...

Se sostuvo de los apoyabrazos del asiento para levantarse. Agarré su casco sobre el escritorio y se lo entregué.

—Gracias.

Se acomodó el pelo para ponerse el casco; luego arregló los últimos mechones rebeldes que le cubrieron la cara.

—¿Cuándo planean irse? —preguntó.

—En tres días.

—Tres días... —repitió para sí mismo— Entonces nos despedimos acá. Más tarde voy a ir a Star Hill para meditar por una semana.

—Entiendo.

Puse una rodilla en el piso.

—Muchas gracias por su tiempo y lecciones hasta ahora, maestro. Le prometo que voy a trabajar cada día para ser un mejor santo que honre a nuestros ancestros y a los caballeros de Aries anteriores, en especial a usted.

—Dejo la protección de Athena en tus manos, Mu.

—Sí. Puede confiar en mí —me levanté firme—. Entonces... con su permiso, me retiro.

—Que te vaya bien.

Hice una última reverencia. Giré sobre mis pies y caminé hacia la salida con un dolor en el pecho. «No me quiero ir —pensé—, pero tengo que hacerlo». Me detuve antes de llegar a la puerta. «¿Y si no nos volvemos a ver? ¿Y si nunca puedo preguntarle...?».

Me volteé y corrí sin pensarlo más. Lo único que quería en ese momento era un gesto de cariño aunque fuera fingido. Lo abracé. Por mi altura apenas le llegaba a la cadera. «No me importa si es mi abuelo o no —me dije a mí mismo—. Shion es la única familia que tengo... Eso es suficiente».

Él me dio unas palmadas en la espalda mientras me despeinaba con la otra mano. Me sentí mal por mojarle la túnica con lágrimas. Nunca había sentido su cosmos tan cálido como en ese momento. Tal vez los dos supimos que el secreto familiar había salido a la luz, aunque no dijimos nada.

Esa fue la última vez que vi a Shion.

—*—*—*—

El día de dejar el Santuario llegó. Mis compañeros y yo nos despedimos de Aioros y Shura que nos desearon lo mejor. Me sentía un poco triste, pero me emocionaba pensar en todo lo que iba a descubrir. Cada uno se fue por su lado; la mayoría iba a empezar desde el lugar donde habían entrenado antes.

Cuando llegué a la entrada al pueblo me di cuenta de que Shaka venía atrás.

—¿A dónde vas? —le pregunté.

—A la India —respondió.

—¡Cierto! —Reí— Vamos para el mismo lado.

Caminamos por las calles de Rodorio hasta salir de frente al mar. La brisa marina en los cachetes fue una caricia deliciosa. No nos pusimos de acuerdo ni nada semejante, pero fuimos hacia la playa. El sol en la piel, el sonido de las olas; era hasta melancólico a pesar de haber visitado ese lugar en contadas ocasiones.

—Para estar tan cerca creo que no vinimos muy seguido —dije.

—En mi cumpleaños... —Lo escuché decir muy bajo.

—¿Eh? ¿Viniste en tu cumpleaños?

—Ah... S-sí... P-pero fue un rato, durante el descanso.

—Hmmm... No me acuerdo de eso.

—Fue... un día muy ocupado... Sa-Saga me trajo.

—Oh... Suena a algo que Saga haría... ¿Dónde estará ahora? Ni siquiera Aioros sabe qué le pasó.

—Eso es muy raro... Tal vez sea una misión secreta, algo que solo el futuro Patriarca puede saber.

—Sí... El maestro no me dijo a quién escogió como sucesor, pero ya sea Saga o Aioros seguro va a ser un buen Patriarca.

—Es verdad.

Cerré los ojos con los brazos estirados e inhalé hondo.

—Menos mal que pude ver el mar antes de dejar Grecia... En Jamir solamente hay montañas. ¿Vos podés ver el mar donde vas a ir?

—No, no está cerca... Está el Río Ganges, aunque no es lo mismo.

—Me gustaría verlo... Tal vez algún día pueda ir a visitarte. Hasta podríamos entrenar juntos.

—Ah... Sí... —dijo en un tono bastante apagado.

Inflé los cachetes.

—Si no querés no voy.

—N-no, no... Me gustaría... que fueras algún día.

Volví a sonreír amplio.

—Vos también podés ir a verme a Jamir.

—¿En... serio?

—Sí.

Dejé la caja de Pandora sobre la arena y la abrí para sacar el libro que tenía la flor junto con un lápiz. En una hoja en blanco empecé a dibujar.

—Está más cerca de la India que de Lhasa... Acá está Nepal... Sikkim... Y acá está Jamir.

Arranqué la hoja y se la ofrecí a Shaka.

—Es bastante complicado llegar. Pero siendo vos no creo que tengas muchos problemas.

El papel se movía por la brisa al igual que el pelo rubio más brillante que nunca de Shaka. Él permanecía inmóvil sin abrir los párpados. Traté de no perder la sonrisa.

—Si es muy complicado podés avisarme —dije—. Estoy acostumbrado al Himalaya.

—¿Cuándo... pensás volver al Santuario? —preguntó.

—Todavía no lo pensé. ¿Y vos?

Antes de responder agarró el papel, lo dobló y guardó dentro de la túnica.

—Nos vamos para perfeccionarnos —dijo—. No puedo permitirme volver con el mismo nivel.

Cerré el cuaderno, lo dejé en la caja que volví a cargar en la espalda.

—Me gustaría ver eso —confesé—. Yo tampoco voy a quedarme atrás.

—¿Entonces cuándo vas a volver?

—Hmmm... Bueno, no creo que en un par de meses avance mucho... ¿Qué te parece un año?

—¿Vas a poder en un año?

—¿Ah? Estás hablando con el discípulo del Patriarca Shion —dije a la vez que reía—. Vos tendrás dos maestros, pero el mío también es bueno.

—Quiero ver que seas invencible, Mu.

El tono con el que habló me dio a entender que no se trataba de un decir: él quería que fuera el más fuerte de todos.

—Lo mismo digo, Shaka. Quiero que me sorprendas.

Sonrió más relajado.

—En un año, cuando volvamos a encontrarnos en el Santuario, te vas a llevar la sorpresa de tu vida.

Sellamos la promesa con un apretón de manos... Si hubiese sabido que sería la última vez en muchos años que tocaría su piel, no lo habría soltado nunca.

—*—*—*—

Los primeros dos días en Jamir los invertí en ordenar la torre y abastecerme de todo lo que iba a necesitar por lo menos en una semana. Pronto Shion iba a terminar con su período de meditación; estaba ansioso por contarle que había vuelto sano y salvo, aunque las noches fueron horribles: el viento mezclado con la nieve, de vez en cuando también con granizo, me provocaban pesadillas. Veía sangre, escuchaba gritos, mis amigos lloraban. Lo peor era que no encontraba a Shaka ni a Shion por ninguna parte. Cuando me despertaba me cubría hasta la cabeza y abrazaba la almohada; al asomar el sol volvía a sentirme tranquilo.

Quería creer que los sueños eran producto del miedo que había dado por superado. Sin embargo, se repetían cada noche con más saña. Incluso llegué a despertar gritando mientras las lágrimas me caían y temblaba. Traté de mantener la calma hasta la fecha en que Shion bajaría de Star Hill para hablarle.

Busqué su cosmos hasta por los alrededores del Santuario, pero no pude contactarlo. Pensé que a lo mejor estaba agotado debido a la falta de descanso adecuado. Entonces bajé al pueblo para preguntarle a la señora Agnes si sabía algo de mi maestro.

—Hace días que no hablo con él —dijo—, desde la noche que llegó Athena.

—Hoy terminaba de meditar en Star Hill... Pero no responde, no siento su cosmos siquiera.

—Quizás todavía no terminó. Recordá que en Grecia es más temprano. Y si todavía no bajó es muy difícil que-...

—¡Señora Agnes! —Entró una de sus asistentes a los gritos— ¡Vienen heridos del Santuario!

—¡¿Qué?!

—¿Cuántos son? —preguntó la señora Agnes.

—Tres saintias y un santo de plata.

—Preparen los primeros auxilios, frazadas y té —ordenó mientras se levantaba del almohadón—. Y las camas también.

—¡Yo también ayudo! —dije.

—Vos encargate de frenar cualquier hemorragia externa y de las armaduras —Hizo una pausa—. Creo que vas a tener que buscar la tuya.

Todo el mundo corría de un lado a otro en la casa; enseguida tuvieron las cosas listas para recibir a los heridos. Una era la señorita Ina. Apenas puso un pie dentro cayó inconsciente. Antes de hacer preguntas tratamos sus lesiones y les dimos calor para que se estabilizaran. Eso me dio tiempo de ir a la torre a buscar mi armadura, las herramientas celestes y todo el material que iba a necesitar.

Cuando llegué la casa estaba en calma, aunque lo que escuché me dejó perplejo:

—Aioros de Sagitario intentó asesinar a Athena.

La caja de herramientas se resbaló de mi mano. Por el ruido las mujeres y el santo de plata voltearon a verme. Me temblaba la mandíbula, no podía pronunciar ni una palabra. Los pies temblorosos me acercaron a la cama; alcancé a apoyarme en el colchón antes de tropezar.

—Eso... no puede ser... ¡Es imposible! ¡Aioros nunca haría algo como eso! ¡Él es candidato para el puesto de Patriarca!

—Joven Mu...

—Tiene que haber un error... Aioros no puede... Él siempre... sonríe y es bueno con todos.

—Trató de escapar con Athena —dijo la señorita Ina desde otra cama.

—¿Q-qué?

—Intentó matarla... pero lo descubrieron y se la llevó...

—¿A dónde? ¡¿Dónde llevó a Athena?!

—Mu —Me llamó la señora Agnes desde la entrada—, dejalos descansar.

—Pero...

—Cuando se hayan recuperado vamos a hacer todas las preguntas. Ahora hay algo que necesito que hagas.

Realmente no quería hacer otra cosa más que averiguar lo que había pasado en el Santuario. Pensaba ir y comprobarlo todo en persona, pero la señora Agnes me pidió que fuera a informarle al maestro Dohko. Eso solo podía significar que la situación pintaba mal. Sin dudarlo, me dirigí lo más pronto posible a buscarlo.

Él permaneció sentado en el lugar de siempre, escuchó lo que tenía que informarle con calma. Gracias a eso conseguí sacar las palabras de mi boca de manera más tranquila. Sin embargo, el cuerpo completo se me oprimía por un pensamiento en particular.

—¿Cómo está Shion?

La pregunta me sacudió. Cerré los ojos y respiré profundo antes de responder:

—Antes de salir para Jamir mi maestro estaba bien... Hoy terminaba su período de meditación e intenté comunicarme con él, pero...

—No pudiste.

—Así es... —dije al mismo tiempo que bajaba la mirada.

—Quizás siga en Star Hill... Siempre que está allá su cosmos se vuelve tan débil que ni siquiera yo que lo conozco hace siglos puedo encontrarlo.

Quise creer en las palabras del maestro Dohko: Shion seguramente no había bajado de Star Hill, pero cuando lo hiciera pondría orden en el Santuario y se comunicaría con nosotros.

—Aunque el vacío que siento ahora es diferente...

—¿Eh? ¿A qué se refiere, maestro?

Carraspeó la garganta para contestar:

—No es nada... Pensamientos producto de la edad... De todas formas, quedate tranquilo. Es inútil que perdamos la calma cuando las cosas en el Santuario parecen complicadas.

—S-sí.

—Mejor volvé a Jamir. Te necesitan allá. Decile a Agnes que se ponga en contacto conmigo en caso de que tenga novedades.

—Como usted diga, maestro.

Di media vuelta para alejarme.

—Y, Mu..

Frené apenas escuché al maestro Dohko llamarme.

—Ni se te ocurra ir al Santuario ahora... Con tantos problemas seguramente van a querer que te quedes y eso impediría que siguieras el entrenamiento.

—Ah... S-sí.

Había enterrado esa idea en lo más profundo de mi mente hasta que lo dijo. Me ardió el pecho. Quería saber la verdad. Si algo le había pasado a Shion, era mi deber actuar como su discípulo. Además, si lo que decían era cierto, Athena también estaba en peligro.

Luego de reparar la armadura de plata del santo que había escapado, le dije a la señora Agnes que volvía a la torre para buscar más materiales y descansar. Entonces, a la mañana siguiente, fui al Santuario.

El pueblo estaba tranquilo, los comerciantes recién empezaban a armar los puestos y abrir los locales. En las calles había un aroma a café mezclado con dulce. Para ser los primeros días de otoño sentía mucho frío; empeoraba a medida que me acercaba a la entrada del Santuario.

Allí me recibieron unos guardias que ya me conocían. No tuve mayores complicaciones. Miraba a todos lados; los pocos soldados que encontré tenían caras entre serias, enojadas y decepcionadas. Subí las escaleras a la casa de Aries; ni siquiera en Jamir me faltaba tanto el aire como en ese momento. La caja de Pandora me aplastaba.

Una vez dentro me aseguré de que no hubiese nadie. Todo estaba como lo había dejado. Los pocos frascos de materiales en el taller seguían donde los recordaba. El fuelle no parecía haberse usado en varios días; seguía medio inflado como siempre lo dejaba para asegurarme de que nadie hubiese tocado siquiera la fragua.

—¿Qué hacés?

Me preguntaron. Una mano sobre mi hombro. Pegué un grito y me volteé con violencia.

—Tranquilo —dijo el santo de Piscis con una sonrisa—. No era mi intención asustarte.

—A-... Aphrodite... ¿Qué hacés acá?

—Te seguí. Es raro que vos estés acá. ¿No te habías ido a ganar experiencia como los demás?

—S-sí.

—¿Y qué pasó? No me digas que... —Me miró de reojo— ¿Extrañabas a tu abuelito?

Un ardor me subió hasta la garganta. Las piernas se me aflojaron. Tuve que concentrarme para no hacerme pis y que mi respiración agitada fuera lo menos notoria posible.

—A-alguien... podría escucharte.

—No te preocupes —Ensanchó la sonrisa—. No hay nadie acá que pueda escuchar... Nadie.

—Sí... B-bueno... Pero no venía por eso.

—¿Ah, no?

—No. Pasó algo y... vine a buscar algunos materiales.

Con movimientos torpes empecé a agarrar frascos al azar. Los sacudí, destapé algunos y los volví a guardar.

—Pensé que tendrías un montón en Jamir, como te formaste allá...

—No... No estoy en Jamir... Por unos días me voy a quedar con el maestro Dohko y me encargó ayudar a alguien.

—Oh... Mirá vos... ¿Alguna armadura rota?

—Sí, es para eso.

—¿Una de oro?

—No, unas de bronce.

Aphrodite cruzó los brazos y se apoyó contra la pared. Yo continué con la revisión de frascos.

—¿Cuándo pensás volver?

—Todavía no sé —respondí sin mirarlo—. No hace ni una semana que me fui.

—Cierto... Tal vez sea mejor que no vuelvas por un tiempo.

—¿Por qué?

—Así ganás experiencia.

—Ah... S-sí... No puedo volver si no me vuelvo más fuerte.

Guardé unos frascos sin fijarme de qué eran dentro de la caja de Pandora. Salí del taller; Aphrodite me siguió. Una gota de transpiración me bajó por el costado de la cara. Mientras más me acercaba a la entrada del primer templo más se me agitaban el pulso y la respiración. Cuando el viento meció mis mechones cerré los ojos; inhalé al máximo para calmar los nervios.

—¿Ya te vas? —preguntó el santo de Piscis a mis espaldas.

—S-sí... Ya tengo lo que venía a buscar.

—¿No pensás saludar a su Ilustrísima al menos?

Apreté las correas de la caja.

—No... Me costó mucho irme del Santuario... si lo veo... tal vez ya no pueda irme.

—Es verdad. Los sentimientos pueden ser un obstáculo.

Escuché sus pasos acercarse. Cerré los párpados. El corazón nunca me había latido tan intenso como en esos segundos en los que pensé infinidad de escenarios posibles y la forma de escapar de cada uno.

—No vuelvas hasta que no creas que sea necesario —dijo.

Cuando abrí los ojos encontré una rosa negra frente a mí.

—Andate antes de que alguien se entere de que viniste.

Lo miré y acepté la flor en silencio.

—No le voy a decir al Patriarca que estuviste por acá, así no se va a enojar con vos.

Asentí.

—Gracias.

Me dio palmadas en el hombro.

—Dale. Andate ahora.

—S-sí.

Bajé las escaleras ni muy rápido ni muy lento. Las piernas me temblaban. Tenía miedo de mirar atrás. Si iba a morir ahí mismo prefería no enterarme. Ni siquiera me animaba a ver a los costados. No moví la cabeza; siempre con la vista al frente. Incluso tuve la impresión de que no respiré hasta que me encontré con los dos pies sobre el suelo.

Entonces me atreví a voltear. Aphrodite brillaba con el sol. Se veía gigante. Su cara blanca que no podía decir si era sonriente o seria me hizo preguntar si algún día tendría la fuerza necesaria para enfrentarlo. Levantó el mentón, señal de que me fuera. Agradecí el gesto con un movimiento de cabeza. Me encaminé hacia la salida del Santuario mientras el pecho y el estómago me dolían. Una vez fuera entendí que habíamos saldado cuentas.

Corrí entre las calles que ya eran más transitadas. Veía pero no miraba; una mezcla de colores brillantes. Recién al alcanzar la costanera me sostuve de un poste para tomar aire. Quería vomitar. Tenía la cara mojada aunque no había derramado ni una lágrima.

Volví a ver la rosa negra. La apreté con todas mis fuerzas y varios pétalos cayeron al piso.

Sentí una mano sobre el hombro. En un parpadeo me volteé y formé un muro de cristal. Aldebarán retrocedió sorprendido.

—M-Mu... Tranquilo, soy yo.

—A-... ¿Aldebarán...? ¿Qué...?

—No pensé que te encontraría acá —dijo con una risita nerviosa—. El muro no es necesario.

—Ah... ¡S-sí! —Lo hice desaparecer— Perdón.

—No pasa nada... Creo que es normal estar nerviosos por todo lo que pasó.

—¿Todo lo que pasó? —pregunté.

—¿No te enteraste lo de Aioros?

—E-eso... Cierto.

Aldebarán suspiró.

—Todavía no puedo creer que intentara asesinar a Athena.

—Yo tampoco.

—Dicen que fue Shura el que lo mató. Él que tanto lo admiraba... No quiero imaginar cómo se debe sentir ahora.

Moví la cabeza de arriba abajo, aunque no entendía nada. Aioros era candidato a Patriarca, así como Saga. Si uno estaba muerto y el otro desaparecido, Shion tendría que habernos llamado a todos de inmediato. Otro pétalo cayó de la rosa que sostenía. Entonces pensé que en ningún momento había sentido el cosmos de mi maestro ni el de Athena.

—¿Viniste a ver al Patriarca? —preguntó Aldebarán.

—Ah... N-no. Vine a buscar unas cosas. Prefiero que no sepa que anduve por acá. Podría pensar que me arrepentí o algo parecido.

—Oh, claro.

—¿Y vos qué hacés acá? ¿No estabas en Brasil?

—Sí, pero mi maestro me mandó a traerle un mensaje al Patriarca.

Mis dedos se movieron solos y rompieron el tallo de la flor.

—¿U-un... mensaje?

—Sí. Por todo lo que pasó el Patriarca le pidió que mandara soldados y más gente para que se entrenen en el Santuario.

—¿C-cuándo... se lo pidió?

—Hmmm... Ayer en la madrugada, creo.

Abrí los ojos a más no poder. La rosa cayó al piso.

—¿Mu?

—¿Por qué... no me avisó nada?

—¿Eh? ¿El Patriarca?

—El maestro Dohko tampoco sabía... ¿Por qué...?

—Ta-tal vez no avisó a todos los centros de entrenamiento. Si todo el mundo se enterara de lo que pasó con Aioros, sería un escándalo muy grande.

Quería creer eso mismo, que Shion no le veía sentido a interrumpir mi entrenamiento ni que el maestro Dohko se involucrara; él podría hacerse cargo. Pero el santo de Libra era su amigo, el único compañero que le quedaba de su generación y los temas más serios los discutía con él. Mientras que yo era su único discípulo, también me avisaría en caso de que algo grave ocurriera.

El viento movía los pétalos negros en el piso. Pensé en la flor dentro del libro y me pregunté si Shaka estaría enterado. ¿Cuántos de mis compañeros lo sabrían en ese entonces? Seguramente para Aioria era el peor momento de su vida.

—«En caso de que algo me pase, buscá a Dohko» —repetí las palabras de Shion.

—¿Qué?

Sacudí la cabeza.

—El maestro Dohko no sabía tantos detalles —dije—. Aunque me había dicho que lo mejor es mantener la calma... Lo que pasó fue terrible.

—Sí. Mi maestro opina lo mismo.

—Hmm... ¿Cuándo pensás volver al Santuario? —pregunté.

—En unos meses, supongo. Si necesitan refuerzos voy a volver.

—Entiendo... Yo... voy a quedarme en Jamir por un tiempo... Si algo muy grave llegara a pasar dentro del Santuario, no podría hacer mucho con el nivel que tengo... Prefiero mantenerme alejado.

—¿Y si el Patriarca te llama?

—Como el único capaz de reparar las armaduras no es conveniente ponerme en peligro. Si el Patriarca me manda a buscar, no me queda más que rechazarlo.

—¿Eh? ¿En serio irías en su contra?

—Sí. No voy a volver hasta que no sea más fuerte.

Aldebarán se rascó la nuca.

—Entiendo que jugás un rol muy importante dentro del ejército de Athena como herrero y el primer guardián... Pero no creo que sea correcto que no respondas a los llamados del Patriarca.

—Ese va a ser problema suyo —dije—. Soy el discípulo del Patriarca Shion, él me hizo así.

Mi amigo rio.

—¿Vas a ser la oveja negra del Santuario?

—Si es necesario, sí.

—Supongo que no vas a cambiar de parecer.

—Ya tomé una decisión... Pero... cuando vuelvas definitivamente... quiero que me mantengas al tanto de lo que pase.

—Está bien.

—Y... como último favor, no le digas a nadie dónde estoy.

—¿Eh?

—No sabemos por qué Aioros hizo lo que hizo. Podría haber más gente dentro del Santuario que quiera terminar la tarea. Me niego a reparar armaduras de traidores.

—Entiendo... No le voy a decir a nadie.

—Si te preguntan por mí, no sabés nada.

—¿Ni siquiera... si es alguno de nuestros amigos?

—Ni siquiera a ellos.

—¿Ni a Shaka?

—Tampoco a él... Podría ser peligroso para cualquiera. Así que vos también tené cuidado.

—Está bien... Podés confiar en mí.

Me supo mal mentirle a mi amigo, pero era necesario. El tiempo lo aclararía todo y me daría la razón.

Cuando volví a Jamir la señora Agnes y la señorita Ina me dieron el sermón de mi vida por haberme arriesgado tanto. Al menos confirmé lo que temíamos: Shion había muerto. Aunque lo peor fue que el Santuario se quedó sin el Patriarca, Athena, tres santos de oro y la armadura de Sagitario.

El maestro Dohko nos ordenó reforzar la seguridad de Jamir y los pueblos más cercanos. A los pocos meses algunos santos fueron a buscarnos, aunque nunca nos pudieron encontrar.

Por períodos largos el Santuario se olvidaba de nosotros hasta que volvían; fue algo que se repitió por años. En todo ese lapso entrené a diario. Muy poca gente llegó hasta mí para que arreglara sus armaduras, podía contarlas con una mano. El rumor de mi ubicación corrió, pero al crecer dejé de preocuparme. No eran muchos los que se atrevían a enfrentar a santos retirados y a uno de oro que al Patriarca no le convenía asesinar.

Mis años hasta la adolescencia fueron tranquilos. Me dedicaba a reparar máquinas y distintos objetos para la gente de los pueblos cercanos, además de forjar elementos varios que los comerciantes se encargaban de vender. Fue cuando la señora Agnes me encargó entrenar a Kiki que mis días se agitaron. No tenía idea de cómo cuidar un bebé. Me daba terror verlo dormir y pensar que en cualquier momento podría dejar de respirar. Fueron tiempos agotadores, pero muy divertidos también. Si no hubiese sido porque cada mañana dejaba a Aries frente al ventanal de mi cuarto para que le diera el sol, habría olvidado que era un santo de Athena.

Cuando Kiki tenía un año encontré a Camus en el pueblo donde nací. Por un momento temí que hubiese ido a buscarme para llevarme al Santuario, pero solamente quería que arreglara su armadura. Llevaba un par de meses en Siberia como maestro y había tenido varios problemas.

—No creí que vos también tendrías un alumno —dijo con la vista sobre Kiki en mis brazos mientras caminábamos.

—Todavía es un bebé —respondí—. Apenas está aprendiendo a hablar.

—Si lo dejaron bajo tu cuidado, supongo que le vas a enseñar a reparar armaduras.

—No pienso mucho en eso.

—Yo no descartaría la idea, si fuera vos... Mientras más santos haya fuera del Santuario, mejor.

—¿Eh?

Camus se detuvo a mirarme fijo.

—Saga engañó a todos... y lo sabés mejor que nadie.

Acomodé el cuerpo de Kiki; le acaricié la espalda.

—¿Por qué no lo retás? Asesinó a tu maestro —preguntó.

—¿Y terminar igual que Aioros? —dije— Aunque le convenga tenerme vivo, nada me asegura que me dejé vivir... Además, ahora alguien me necesita.

—¿Y Athena? ¿Te olvidaste de ella?

—Jamás podría olvidar a mi diosa, Camus. Pero mientras no esté en el Santuario, no debemos preocuparnos.

Levante la mirada al cielo despejado.

—Sé que algún día va a ocurrir el milagro que esperamos de ella.

—No sé si estás muy seguro de tu poder o sos muy ingenuo, Mu.

—Tal vez las dos cosas —Reí—. Pero... ¿Qué más puedo hacer? Soy un humano.

—Por eso creo que deberías tener un par de alumnos —dijo firme—. En ellos podría estar ese milagro del que hablás.

Sonreí.

—Sos todo un misterio, Camus. Nunca pensé que estarías en contra de Saga.

Cerró los ojos con calma. Luego volvió a abrirlos.

—Tengo entendido que seguís en contacto con Aldebarán —dijo.

—Sí... Pero él no sabe toda la verdad. Prefiero que se mantenga al margen por su propio bien y el de los demás.

—Quizás sea mejor que se lo digas o podría terminar como Shaka y Aioria.

Sostuve a Kiki con más fuerza.

—¿Qué? ¿Ellos...?

—Aioria no tiene otra opción. Todos lo tratan como el hermano de un traidor. No le queda más que obedecer... No soporto verlo así.

—¿Y... Shaka?

Camus suspiró.

—Si Saga le dijera que vaya a hacerle las compras lo haría... ¡Me da tanta bronca...! Se cree mucho por eso de «el hombre más cercano a los dioses». Es un chupamedias. Alguien debería darle una paliza.

Enterarme de cuánto había cambiado mi amigo fue muy doloroso. Por un tiempo evité el tema con Aldebarán; si me enteraba algo sobre él, que fuera de casualidad. Aunque volvía a mi mente sin motivo y bastante seguido. Había algo en su recuerdo que me ponía más melancólico de lo normal. Era un sentimiento agradable y detestable en cantidades iguales. Los días en que no aparecía en mi memoria eran tranquilos, pero cuando regresaba lo hacía con tanta fuerza que a veces no quería levantarme.

—Maestro Mu... ¿Quiénes son las personas de la foto?

Kiki preguntó con el dedo sobre la página en cuestión. Agarré el libro y lo hice sentarse a mi lado en la cama.

—Esta es mi abuela y estos son mis padres el día que se casaron.

—Se parece mucho a su mamá, maestro.

—Sí, Shion me dijo lo mismo una vez.

—¡Ah! ¿Y qué es esto?

Pasó varias hojas hasta la rosa amarilla. La figura de Shaka de espaldas me provocó escalofríos y me dolió la cabeza. Kiki me miraba con ojos brillantes.

—Me la regaló... un amigo.

—¿El de la armadura dorada?

—S-sí...

—¿Por qué se la regaló?

—Hmm... Creo que fue después de que tuviera un accidente... No me acuerdo muy bien.

—El color es muy bonito.

—Sí... Se parece mucho a él...

Las noches en que recordaba a Shaka se hacían interminables. No solo eran dolorosas, sino que también los sentidos se me alteraban y en los sueños siempre veía sus ojos, aunque nunca llegaba a determinar el color. Era como tener fiebre sin estar enfermo; la temperatura subía por sus labios de durazno. Al despertar el calor no dejaba mi cuerpo que se estremecía con el roce de las sábanas.

Tratar de alejar su silueta dorada era el peor de los retos en esas noches solitarias, cuando ni siquiera mezclarme con la nieve calmaba mi espíritu adolescente. A veces el frío del cuarto abandonado acallaba mi voz y pensamientos culposos. Tampoco servían los baños de agua helada: me daba terror que mi pupilo me descubriera por accidente. Al terminar volvía a la cama en puntas de pie mientras temblaba del miedo y el placer.

Con los años fue más sencillo tener el control de mis instintos y mis poderes. Ya nadie se atrevía a entrar en Jamir y los pocos que lo hacían se habían ganado el permiso. Fue una época relativamente tranquila hasta que cierto torneo en Japón comenzó a circular en las noticias.

—¿Viste esto, Mu? —preguntó la señora Ina y dejó un diario frente a mí.

—Ah... Sí. El maestro Dohko me comentó algo. Su alumno va a participar. Aunque no entiendo cómo le dio permiso.

—¿Podemos ir a verlo, maestro? —preguntó Kiki— Parece divertido.

—No creo que sea conveniente... Esto va a llamar la atención del Santuario. ¿En qué está pensando esa chica?

—¿Todavía tenés dudas de que Saori Kido sea Athena?

—Si realmente lo es no debería exponerse tanto. No sabe de lo que son capaces Saga y los demás.

—Para eso estamos nosotros, para defenderla.

—Con todo respeto, señora Ina, pero no hay mucho que usted pueda hacer con siete meses de embarazo.

—Todavía puedo hacer bastante. No me subestimes por haber fallado una vez, Mu. Entrenamos juntos y sabés que fui de mucha ayuda a la hora de proteger Jamir.

—No dudo de sus capacidades... Pero las de Athena... Ella debía entrenarse en el Santuario. No debe tener idea de cómo usar el cosmos aunque sea una diosa.

—Tal vez ella no, pero los santos a su lado sí... En todo caso, ¿no sos un maestro?

—¿A qué se refiere?

—Que somos afortunados de que seas el primer guardián. En caso de tener que llevar la batalla al Santuario, Athena pasaría la casa de Aries al menos. Podrías darle algunos consejos a esos chicos.

Si bien me alegraba ver que varios santos estaban lejos del Santuario, no dejaba de preocuparme la seguridad de Athena y los caballeros que la acompañaban. No había mucho que pudieran hacer frente a mis antiguos compañeros o los santos de plata siquiera.

—Mu, quiero que arregles nuestras armaduras.

El primer encuentro con Shiryu también fue la primera muestra de que el milagro que esperaba estaba cerca.

Y también la pregunta que desencadenó todo.

—Decime, Mu: ¿alguna vez sentiste algo así?

«Sí. Hace mucho tiempo amé a una persona como no volví a hacerlo. Él era mi mayor alegría y debilidad. Lo quise desde la primera vez que hablamos. Me enamoré cuando nos conocimos mejor. Deseé permanecer a su lado por el resto de mi vida... Pero nuestro destino no nos permite amarnos». Esa era la respuesta que tenía que haberle dado a Athena aquella vez.

Era el del dolor que soporté por años. La razón de tantos capítulos incompletos en mi memoria. La respuesta al vacío que me llenaba los ojos de lágrimas que mezclaban los colores con la luz de la ventana y no me dejaban reconocer la cara frente a mí.

Hasta que se desbordaron. Entonces el rostro casi infantil del santo de Andrómeda apareció preocupado y alegre.

—¿Mu? ¿Me escuchás?

Parpadeé. Las lágrimas cayeron de nuevo y se me aclaró la vista. Shun sonrió.

—¡Shaka! ¡Mu ya está despierto!

Escuché pasos apurados y un golpe contra la puerta. Giré la cabeza: Shaka estaba agitado. El estómago me dolió tanto que me retorcí. Comencé a toser. Shun me ayudó a sentarme.

—¿Estás bien?

No podía responderle, si intentaba hablar me quedaba sin aire. Shaka se acercó. Me acarició la espalda y ayudó a sostenerme. Poco a poco logré relajarme.

—Shun, traé un vaso de agua, por favor.

—Sí, enseguida —dijo y salió del cuarto.

Shaka me sacó el pelo de la cara.

—Estuviste inconsciente por cuatro días... ¿Cómo te sentís?

No respondí. Agarré las sábanas y me cubrí mejor. No tenía ropa puesta.

—Shun despertó hace tres días y me ayudó a cuidarte —dijo—. ¿Estás mareado? ¿Tenés hambre?

Volví a recostarme de cara a la pared. Shaka estuvo sin hacer nada y en silencio hasta que acomodó las sábanas.

—Imaginé que te pondrías así... Por eso no quería hacerlo —Suspiró—. No sé cómo disculparme.

Me mordí el labio. Los ojos se me humedecieron hasta que cayó la primera lágrima, las demás la siguieron. Shaka intentó tranquilizarme con caricias en el pelo.

—Voy a entender si no querés verme de nuevo —dijo—. Te hice mucho daño y... seguramente... te arrepentís de lo que hiciste.

La verdad era que no lo hacía, pero tampoco me alegraba. ¿Era correcto volver a tener sentimientos por Shaka? Cuando éramos chicos fue necesario olvidarlo por una razón. Ya siendo santos de oro las circunstancias eran otras, aunque seguían sin ser favorables.

—Nunca dejé de amarte, Mu.

Me descubrió el hombro y lo acarició con un dedo.

—Por varios años creí que sí, pero solo me engañaba a mí mismo... Viví con un vacío que ignoré y usé como motivación para ser más fuerte... En algún momento olvidé la ternura que me enseñaste y me encerré. Conocí el dolor más grande cuando se suponía que ya nada me iba a dañar... Tuviste ese efecto en mí... Todavía lo tenés.

Me tapé la boca y apreté los dientes.

—Con vos no tenía miedo ni pensaba en cosas que pocas personas entienden —dijo en el tono más triste que escuché en mi vida— Era... un humano como cualquier otro, me veías como un par... y siempre estabas para alegrarme si lo necesitaba... Yo quería... quería estar con vos para siempre... pero...

El colchón se hundió. Shaka recorrió de arriba abajo mi brazo con una mano.

—Si hubiese sido más fuerte habría hecho hasta lo imposible para evitarte tanto sufrimiento... Y ahora por mi cobardía volviste a salir lastimado...

Apoyó la frente en mi hombro. Lo escuché respirar agitado.

—Podés olvidarte de todo si te hace sentir mejor... Yo no... no voy a ser un obstáculo de nuevo.

Entonces no lo soporté más. Dejé salir el sollozo que mi alma había retenido por años. Lloré al punto de que mi cuerpo se sacudía cada vez que la voz se me escapaba quebrada y tomaba aire. Shaka me besó el hombro.

—Perdón... Perdón... —dijo en un hilo mientras besaba mi piel— Me gustaría que lo olvidaras todo para no sufrir más.

—¿Cómo podés querer eso? —le pregunté entre sollozos— No puedo... Ya no puedo olvidarte...

—Pero solamente te provoca dolor.

—¿Entonces mentirme es mejor?

—Mu...

—Yo te amaba, Shaka... Te amé como jamás amaría a otra persona... No quiero olvidarlo de nuevo. Pero... no sé qué siento ahora.

Volvió a besarme el hombro.

—Todo es mi culpa... ¿Por qué lo permití?

—Por favor, dejame solo —le dije.

—Mu...

—Necesito estar solo... Me duele tenerte cerca.

Su pelo me hizo cosquillas en el cuello. Me acarició el brazo con las yemas de los dedos. Suspiró para luego levantarse de la cama. Yo no dejaba de temblar y llorar. Escuché sus pasos hacia la puerta, lentos, hasta que se detuvo. Imaginé que diría algo. Quería que dijera algo que me hiciera correr a abrazarlo... Pero se fue sin hablar.

Traté de pensar cómo viviría con el corazón incompleto de ahí en adelante.

-NOTAS FINALES-

Y hasta acá llega el capítulo.

¿Qué les pareció?

Antes de que Mu despertara siento que avanzó muy rápido, pero lo que iba ahí originalmente lo dejé para otro capítulo.

Por más que ya tenía cocinado este capítulo, tuve que mover cosas de lugar, otras las borré, algunas las dejé para más adelante y también agregué otras. Lo terminé hace unas horas, así que es una segunda versión de escritura. Debe tener muchas cosas para corregir, pero ya no quiero hacerlo XD

Ahora mis comentarios...

Mu siguió con las dudas de su parentesco con Shion. ¿Ustedes creen que sí es su abuelo? Porque en ningún momento se dijo claramente que lo sea o no XD

La respuesta está en sus corazones (?) Va a estar en otro capítulo.

Me quedé con ganas de explayarme con el asesinato de Shion y la rebelión de Saga, pero ya todo el mundo sabe cómo fue y medio que se pierde el sentido del fanfic.

Espero que se note cómo Mu fue madurando, aunque falten cosas por aclarar.

Sobre Aphrodite... No me gusta hacerlo malo porque sí, aunque realmente no lo sea. Pero quería darle un poco de honor de caballero, por decirlo de alguna forma. Como Mu le salvó la vida una vez, él hizo lo mismo.

Aldebarán va a aparecer más en los recuerdos de Shaka, aunque usted no lo crea XD

En cuanto a Camus... Quise hacerlo con una actitud más o menos neutral porque no me da la impresión de que haya seguido fielmente a Saga, además que MI Camus siempre supo de los sentimientos de Mu, así que le tiene cariño... a su manera XD

Ah... Todavía me queda por explicar cómo Ina y los demás escaparon del Santuario... eso también quedó fuera DX

Y por fin Mu despertó... Su primera reacción no fue buena, pero quizás mejore... De lo contrario, ¿cómo habría lemon? LOL

Se me debe haber olvidado comentar algo, pero bueh...

Si tienen alguna duda pueden dejar sus comentarios que voy a intentar responder todos.

La actualización va a venir en dos semanas. Espero que no se me alargue tanto.

Como siempre, les recuerdo que pueden seguirme en mis redes sociales para estar al tanto de mis fanfics y otras cosas.

Cuídense.