Este Fic es una adaptación de la novela "El Ángel caído" de Nalini Singh la cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Capítulo 13

Rukia atravesó la puerta de la Torre y siguió andando, sin hacer caso del taxi que

la aguardaba. Una ira incandescente, más profunda y letal que cualquiera que

hubiera sentido antes, ardía en sus terminaciones nerviosas; le causaba dolor,

pero también la mantenía con vida, le permitía seguir adelante.

¡Ese cabrón...! ¡Ese maldito cabrón de mierda!

Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero se negó a derramarlas. Eso sería

como admitir que había esperado algo más de Ichigo, algo humano.

Percibió una esencia familiar y se dio la vuelta con la daga en la mano.

—Lárgate, vampiro. —Su voz destilaba furia.

Grimmjow se inclinó en una reverencia.

—Me encantaría cumplir los deseos de mi dama, pero por desgracia... —Se

enderezó y sus gafas de sol reflejaron el rostro encolerizado de Rukia—... tengo

otras órdenes.

—¿Siempre haces lo que te ordena tu amo?

Sus labios se apretaron.

—Permanezco junto a Ichigo por lealtad.

—Sí, claro... Como un perrito faldero. —Sacó las garras. Tenía ganas de

hacer sangrar a alguien—. ¿También te sientas y suplicas cuando él te lo pide?

De repente, Grimmjow se encontraba frente a ella. Se había movido tan rápido

que había logrado sujetar su daga antes de que ella pudiera coger aire.

—No me presiones, cazadora. Estoy al mando de las fuerzas de seguridad de

Ichigo. Si por mí fuera, estarías atada con cadenas, gritando mientras alguien te

arranca la carne de los huesos.

El aroma sensual del vampiro hizo que la imagen resultara aún más brutal.

—¿No te dijo Ichigo que dejaras a un lado el jueguito de los aromas? —

Dejó caer la daga que guardaba en la funda del brazo y la situó en la palma de su

mano menos habilidosa. Pero que fuera menos habilidosa no quería decir que no

lo fuera. Todos los cazadores sabían utilizar las dos manos.

—Eso fue anoche. —Se inclinó hacia delante. Los rasgos de su rostro eran

exquisitos, aunque la curva de sus labios tenía un leve matiz de crueldad—. Hoy,

lo más probable es que esté cabreado contigo. No le importará que te dé un

discreto mordisco. —Le mostró a propósito los colmillos por un instante.—¿Aquí mismo, en la calle?

—preguntó Rukia con la mirada fija en su cuello

y muy consciente de la erección que se apretaba contra ella.

Él no se molestó en mirar a su alrededor.

—Estamos junto a la Torre del Arcángel. Estas calles nos pertenecen.

—Pero... —Rukia esbozó una sonrisa—... ¡yo no, joder! —Movió la daga y

dibujó una línea en su garganta.

La sangre empezó a manar con la fuerza de los latidos arteriales, pero Rukia

y a se había quitado de en medio. Grimmjow se aferró el cuello y cayó de rodillas.

Sus gafas de sol resbalaron y dejaron expuestos unos ojos que despedían fuego.

Pudo ver la muerte en aquellos ojos.

—No seas crío —murmuró mientras limpiaba la daga en la hierba antes de

volver a guardarla en su funda—. Ambos sabemos que un vampiro de tu edad se

recuperará en menos de diez minutos. —Una violenta ráfaga de esencia de

vampiro asaltó sus sentidos—. Y aquí vienen tus lacayos a ayudarte. Ha sido un

placer charlar contigo, Grimmjow, cielito.

—Zorra... —Su voz sonó como un gorgoteo líquido.

—Gracias.

El vampiro tuvo el valor de sonreír; y fue una sonrisa dura, letal, totalmente

aterradora.

—Me gustan las zorras. —Las palabras ya sonaban más claras. Era evidente

que el proceso de curación era mucho más rápido de lo que ella había pensado.

Sin embargo, fue el tono siniestro y hambriento de su voz lo que la impactó. A

aquel maldito y calenturiento vampiro le había gustado de verdad que lo

acuchillara... Mierda. Le dio la espalda y echó a correr. En cuanto acabara de

curarse, saldría tras ella. Y en aquellos momentos le preocupaba menos ser

asesinada que perder la cabeza y acabar seducida.

Ichigo la había hechizado en un abrir y cerrar de ojos. Creía que había

aprendido a detectarlo, a captar la extraña sensación de desconexión entre la

mente y la personalidad que había acompañado sus anteriores intentos. Sin

embargo, esa vez no había sentido nada. En un momento dado estaba preocupada

por los vampiros que cometían asesinatos en serie, y al siguiente estaba aferrada

a él, intentando tragarse su lengua. Si no lo hubiera golpeado, se habría tragado

otras cosas también, de eso estaba segura. Se ruborizó.

Y no a causa de la furia, aunque también estaba allí sino por el deseo, por la

pasión. Tal vez no deseara a Grimmjow cuando estaba fuera de su alcance, pero

seguía deseando al arcángel. Aquello la convertía en una posible candidata al

manicomio, pero no excusaba en modo alguno lo que él había hecho.

Un instante después salió de la zona restringida de la Torre y se adentró en las

atestadas calles de la ciudad, pero en lugar de aminorar el paso lo aceleró aún

más. Mientras corría, buscó en su bolsillo, sacó el teléfono móvil y marcó el código de emergencia.

—Necesito un rescate —jadeó tan pronto como alguien contestó—. Enviando

localización. —Presionó el botón que activaba el localizador GPS y que

transmitiría su posición a los ordenadores del Gremio hasta que lo desactivara.

Porque no podía detenerse en un lugar. En el momento en que lo hiciera, se

acabaría el juego.

Buscó un taxi con la mirada, pero, como era de esperar, no había ninguno a la

vista.

Dos minutos más tarde, unos filamentos hambrientos serpentearon a su

alrededor, buscando, acariciando. Una calidez voluptuosa se asentó en la boca de

su estómago. Tras golpearse con fuerza en aquella parte de su cuerpo, respiró

hondo una vez más y giró de manera brusca a la izquierda. Unos grandes

almacenes de lujo aparecieron ante sus ojos, y al lado, la Guarida del Zombi, el

club donde los vampiros se reunían con sus zorras.

Las imágenes de las escenas eróticas que había presenciado la noche anterior

llenaron su mente.

Decadentes.

Sensuales.

Seductoras.

No eran zorras, sino personas adictas. Y lo peor era que no podía culparlas. Si

Ichigo conseguía meterse en su cama (algo que no ocurriría jamás, y a que

pensaba cortarle las pelotas en cuanto tuviera oportunidad), lo más probable era

que acabara deseándolo hasta el final de sus días. Furiosa, movió con fuerza los

brazos y esquivó a un chico que iba con un monopatín.

—¡¿Dónde está el vampiro?! —gritó el chico, que saltó de su tabla,

emocionado—. Colega...

¡Joder! Echó un vistazo por encima del hombro y vio que Grimmjow la estaba

alcanzando. La sangre de su camisa destacaba como una flor escarlata, pero

tenía el cuello intacto y su apuesto rostro estaba impoluto. Volvió a girar la cabeza

y se adentró entre el tráfico. Cruzó la carretera entre el bramido de las bocinas,

las maldiciones y varios gritos frenéticos. Un turista empezó a hacer fotos.

Genial. Seguro que conseguiría una imagen de ella siendo mordida por un

vampiro justo antes de que Grimmjow la convirtiera en una imbécil suplicante a

quien solo le importaba el sexo.

De repente, sintió el arma en la mano. Las dagas eran su arma favorita, pero

si quería detener a aquel hijo de puta antes de que la alcanzara, tendría que

dispararle en el corazón. Había una pequeña posibilidad de que lo matara si lo

hacía, y si aquello ocurría, presentarían cargos contra ella. A menos, por

supuesto, que pudiera demostrar que el vampiro tenía malas intenciones. Casi

podía imaginárselo.

« Se lo juro, Señoría, él pretendía follarme hasta volverme loca, quería hacer que me gustara.»

Sí, eso serviría. Con la suerte que tenía, acabaría frente algún juez carroza

que pensaba como su padre: que las mujeres no eran más que peones y que

abrirse de piernas era su único talento. La furia burbujeó en su interior con una

nueva y violenta sacudida. Estaba a punto de volverse, con el dedo del gatillo

preparado, cuando una motocicleta frenó con un chirrido delante de ella. Era

completamente negra, al igual que el casco y las ropas del que la conducía. Sin

embargo, había una pequeña « G» dorada sobre el depósito de la gasolina.

Cambió de dirección y saltó sobre la parte trasera del asiento antes de

aferrarse al conductor como si su vida dependiera de ello.

La mano de Grimmjow le rozó el hombro cuando la moto se alejó a toda prisa.

Rukia se dio la vuelta y descubrió que el vampiro se encontraba junto a la acera,

siguiéndola con la mirada. Y el tío tuvo el valor de lanzarle un beso.

Ichigo cerró la puerta de la habitación negra. Por un segundo, permaneció en

medio de aquella absoluta falta de luz y consideró lo que estaba a punto de hacer.

Unohana se había alejado por completo de la humanidad.

Lo que había ocurrido entre Rukia y él era muy humano, muy real.

Apretó la mandíbula, a sabiendas de que no tenía otra opción; no tenía una

madre como Masaki. Si aquello era el comienzo de algún tipo de degeneración...

Caminó por instinto hacia el centro de la estancia y concentró sus habilidades

angelicales para convertirlas en un rayo brillante situado dentro de su cuerpo. Al

igual que el glamour, aquello era algo que solo un arcángel podía hacer. Sin

embargo, a diferencia del glamour, exigía un alto precio. Durante las doce horas

siguientes, se encontraría en estado Silente, gobernado por una parte de su

cerebro que jamás había conocido la compasión y que nunca lo haría.

Por esa razón casi nunca utilizaba aquella forma de comunicación. Porque

después se convertía en algo mucho más cercano al monstruo que moraba en su

corazón, en el corazón de todos los arcángeles. El poder era una droga, y no solo

corrompía... También destruía. Había sido durante uno de esos períodos Silentes

cuando había castigado al vampiro que había acabado en Times Square.

El castigo había sido innegociable. No obstante, el Silencio de su interior lo

había convertido en algo casi diabólico. Desde entonces, Ichigo siempre se

aseguraba de que en su agenda no hubiera nada que pudiera volverlo destructivo

durante esos períodos. El problema era que, una vez que se volvía frío, veía las

cosas bajo una luz diferente y podía cambiar de opinión. Aun así, debía hacerlo.

Concentrado y dispuesto, extendió al máximo sus alas. Las puntas rozaban las

paredes de la estancia y podía sentir la oscuridad de los muros en la garganta. La

mayoría de los humanos y de los vampiros creían que las alas de los ángeles no

tenían sensibilidad salvo en la zona que se arqueaba sobre los hombros. Se

equivocaban. Una de las rarezas de la biología de su raza era que un ángel era

plenamente consciente de cualquier contacto en sus alas, y a fuera en la parte

central o en la misma punta.

En ese momento se empapó de la oscuridad, como si fuera un poder. Aunque

no lo era. El poder procedía de su interior, pero la falta de estímulos (una especie

de privación sensorial) amplificaba su conciencia de aquel poder hasta niveles

increíbles. Primero fue como un murmullo en la sangre, luego se transformó en

una sinfonía, y después en un atronador crescendo que llenó las venas, estiró los

tendones hasta un punto insoportable y lo encendió desde dentro. Fue en aquel

instante, justo antes de que el estallido interno lo dejara aturdido durante horas,

cuando elevó las manos y descargó su poder sobre la pared que tenía delante.

Impactó contra el muro antes de licuarse y formar un charco de aguas

agitadas que no reflejaba más que sus negras profundidades. Con rapidez, antes

de que el poder se volviera incontrolable y se introdujera de nuevo en su cuerpo,

lo convirtió en un patrón de búsqueda dirigido a Unohana. Aquella habilidad para

comunicarse a grandes distancias procedía de la misma raíz que sus dones

mentales, pero a diferencia de estos últimos, era tan potente que precisaba un

recipiente que la contuviera. Las paredes de aquella habitación proporcionaban

un recipiente de lo más efectivo, pero también podía utilizar otros objetos y

superficies en un momento de necesidad.

Si hubiera intentado realizar ese tipo de comunicación (con la otra parte del

mundo) utilizando solo su mente, lo más probable habría sido que hubiera

destrozado varias partes de su cerebro y del edificio en el proceso. Delante de él,

la agitación del líquido disminuyó antes de detenerse por completo. La superficie

se convirtió en un cristal negro. En su interior había un rostro familiar, y solo ese

rostro. La búsqueda había sido muy específica: no le mostraría nada que no fuera

Unohana.

—Ichigo... —dijo ella con abierta sorpresa—. ¿Te arriesgas a utilizar tanto

poder cuando Aizen se encuentra en tu misma región?

—Era necesario. Para cuando él degenere hasta la siguiente etapa, y o y a

habré recuperado por completo las fuerzas.

Ella hizo un lento asentimiento.

—Sí, todavía no ha cruzado la frontera final, ¿verdad?

—Cuando lo haga, lo sabremos. —Todo el mundo lo sabría. Todo el mundo

oiría los gritos—. Necesito hacerte una pregunta.

Sus ojos eran insondables cuando lo miraron, tan claros que el iris apenas se

distinguía del blanco del ojo.

—Hay un monstruo en el interior de todos nosotros, Ichigo. Algunos

sobrevivirán, otros se vendrán abajo. Tú aún no te has venido abajo.

—He perdido el control de mi mente —le dijo, sin cuestionar cómo sabía lo que sabía.

Unohana era más fantasma que humana, una sombra que se movía sin

problemas entre mundos que ninguno de los demás había atisbado jamás.

—Es la evolución —susurró ella con una sonrisa que no era una sonrisa—. Sin

cambios, nos convertiríamos en polvo.

Ichigo no sabía si estaba hablando de él o de ella misma.

—Si sigo perdiendo el control, no serviré de nada como arcángel —dijo—. La

toxina...

—Esto no tiene nada que ver con el Flagelo. —Hizo un gesto con la mano y

Ichigo pudo ver sus arrugas. Ella era el único ángel que mostraba esas pequeñas

marcas de envejecimiento, y parecía deleitarse con ellas—. Lo que estás

experimentando es algo completamente diferente.

—¿De qué se trata? —Se preguntó si Unohana mentía, si alargaba la

conversación con la intención de debilitarlo. No sería la primera vez que dos

arcángeles se habían puesto de acuerdo para derrocar a un tercero—. ¿O acaso

no sabes nada y solo juegas a ser una diosa?

Vio hielo en aquellos ojos ciegos, vestigios de una emoción tan distinta que no

se parecía a ninguna de las conocidas.

—Soy una diosa. Tengo la vida y la muerte en mis manos. —Su cabello

empezó a agitarse con aquel viento fantasmagórico que solo ella podía generar

—. Puedo destruir miles de vidas con un mero pensamiento.

—La muerte no convierte a nadie en un dios; de lo contrario, Sui Feng estaría a

tu lado en estos momentos. —La Reina de las Serpientes, de los Venenos, dejaba

un rastro de cadáveres a su paso. Nadie le llevaba la contraria a Sui Feng. Hacerlo

era estar muerto.

Unohana se encogió de hombros, un gesto humano muy extraño en ella.

—Sui Feng no es más que una niñita estúpida. La muerte es tan solo la mitad de

la ecuación. Una diosa no solo debe quitar la vida... también debe darla.

Ichigo la miró, sintió la insidiosa belleza de sus palabras y supo con certeza lo

que antes solo había sospechado: Unohana había conseguido un nuevo poder, un

poder del que se hablaba en susurros y nunca se consideraba real.

—¿Puedes despertar a los muertos? —Despertar, no vivir; no estarían vivos.

Aunque caminarían, hablarían y no se pudrirían.

Su única respuesta fue una sonrisa.

—Estamos hablando de ti, Ichigo. ¿No te preocupa que utilice tu problema

para destruirte?

—Me parece que Nueva York te interesa muy poco.

Ella se echó a reír, un sonido frío que recordaba a algo siniestro y luminoso a

un mismo tiempo.

—Eres inteligente. Mucho más inteligente que los otros. Te diré lo que

necesitas saber: no has perdido el control.

—He obligado a una mujer a desearme. —Su tono era furioso

—. Puede que a Ikkaku no le parezca gran cosa, pero a mí sí. —El otro arcángel

gobernaba la mayor parte del norte de África. Si veía a una mujer que deseaba,

la tomaba sin más—. ¿Qué es eso sino una total pérdida de control?

—Había dos personas en esa habitación.

Durante unos instantes, Ichigo no entendió lo que quería decir. Cuando lo hizo,

se le heló la sangre.

—¿Ella tiene la capacidad de influir sobre mí? —No había estado bajo el

control de ninguna criatura desde que escapó de las tiernas atenciones de Isis,

siglos atrás.

—¿La matarías si así fuera?

Había matado a Isis... Había sido la única forma de librarse de un ángel muy

poderoso con la peligrosa inclinación a mantenerlo prisionero. También había

matado a otros.

—Sí —respondió, pero una parte de él no lo tenía tan claro.

« ¿Es que te ponen las violaciones o qué?»

El impacto de aquellas palabras aún reverberaba en la noche interminable

que él llamaba su alma. Recorrió con la mirada el rostro de Unohana.

—Si me estaba controlando, no era consciente de ello. —De lo contrario, no

lo habría acusado de violación.

—¿Estás seguro?

La miró fijamente. No estaba de humor para jueguitos

Eso logró que la sonrisa de Unohana se hiciera más amplia.

—Sí, eres inteligente. Es cierto, tu pequeña cazadora no tiene el poder de

someter a un arcángel para que este cumpla sus deseos. ¿Te sorprende que

supiera de quién se trataba?

—Tienes espías en mi Torre, igual que tienes espías en todas partes.

—¿Y tú tienes espías en mi hogar? —preguntó en un tono afilado como una

hoja de afeitar.

Ichigo levantó un escudo para protegerse de su lacerante poder.

—¿Tú qué crees?

—Creo que eres mucho más fuerte de lo que los demás piensan. —Su mirada

se llenó de recelo, aunque empezó a utilizar un lenguaje mucho menos formal.

Ichigo se habría dado de patadas por haber cometido aquel error, aunque

sabía que aquello formaba parte del modus operandi de Unohana. Si uno debía

hablar con ella, tenía que hacerlo así, si no como un igual, al menos con la

intensidad suficiente para poner las cosas interesantes.

—Si no fueras una mujer, diría que necesitas comprobar quién tiene el

miembro más grande.

Ella se echó a reír, pero el sonido fue algo... apagado.

—Bueno, y a descubrí que el tuyo era el más grande cuando todavía me

interesaban esas cosas. —Hizo un gesto de desdén con la mano

—. Habrías sido un buen amante. —Sus labios adoptaron una curva sensual mientras la sombra de

un recuerdo llenaba el brillo gélido de sus ojos—. ¿Alguna vez has danzado con

un ángel en pleno vuelo?

Los recuerdos golpearon a Ichigo como un puñetazo. Sí, había danzado. Pero

no había sido placentero. Sin embargo, no dijo nada; se limitó a observar y a

escuchar, a sabiendas de que en aquella obra, él era el público.

—En una ocasión tuve un amante que hacía que me sintiera humana. —

Parpadeó con rapidez—. Extraordinario, ¿no te parece?

Ichigo pensó en qué clase de joven habría sido Unohana, y descubrió que

no le gustaba la respuesta.

—¿Él todavía sigue contigo? —preguntó para guardar las formas.

—Hice que lo mataran. Un arcángel jamás puede ser humano. —Su rostro se

transformó, se hizo cada vez menos real. Era como una caricatura de los rasgos

angelicales, formada por una piel fina como el papel situada sobre unos huesos

que brillaban desde el interior—. Hay algunos humanos (uno de cada quinientos

mil, quizá) que nos convierten en algo diferente a lo que somos. Las barreras

caen, los fuegos se encienden y las mentes se mezclan.

Ichigo permaneció en silencio.

—Debes matarla. —Sus pupilas se habían extendido hasta devorar el iris; sus

ojos eran llamas negras y su rostro, una máscara esquelética ardiente—. Hasta

que lo hagas, jamás sabrás con certeza cuándo volverán a caer las barreras.

—¿Y si no la mato?

—En ese caso, ella te matará a ti. Te convertirá en mortal