AMOR SALVAJE


8| Colmillo


Hiashi tenía sus dependencias privadas en una construcción independiente, adyacente al edificio principal del palacio. Decidí no esperar para decirle lo que sus hombres estaban haciendo. Verás, hija mía, no podía creer que mi esposo fuera responsable. Quería echar la culpa a sus oficiales.

Cuando entré en el despacho de Hiashi por la puerta lateral, me quedé demasiado aturdida para dar a conocer mi presencia. Mi esposo estaba con su amante. Se habían quitado la ropa y estaban retozando en el suelo, como animales. Ella montaba a Hiashi como si fuera un semental. Mi esposo le gritaba obscenidades para estimularla, con los ojos cerrados, en pleno éxtasis.

La mujer debió de notar mi presencia. De repente volvió la cabeza para mirarme. Estaba segura de que iba a avisar de mi presencia a Hiashi. No lo hizo. No, ella continuó con sus giros obscenos, pero sonriéndome todo el tiempo. Pensé que era una sonrisa victoriosa.

No recuerdo el tiempo que estuve allí. Cuando volví a mis habitaciones, empecé a planear mi huida.

Anotación en el diario, 20 de agosto de 1795


— Naruto, ¿qué es lo que te pasa? Vaya, si incluso le has sonreído al mayordomo. ¿Te he oído preguntarle por su madre, además? Te encuentras bien, ¿verdad?

Las preguntas las hacía la hermana de Naruto, Tamaki, que seguía a su hermano escaleras arriba hacia los dormitorios. Naruto se detuvo para volverse hacia Tamaki.

—No estás contenta cuando frunzo el ceño y ahora pareces disgustada porque sonrío. Decídete respecto a mi temperamento y haré lo que pueda para satisfacerte.

Los ojos de Tamaki se abrieron aún más al oír el tono de broma de su hermano.

—Estás enfermo, ¿no es así? ¿Te duele la rodilla otra vez? No me mires como si me hubiera crecido otra cabeza. No es nada habitual verte sonreír, especialmente cuando vienes a ver a mamá. Sé lo irritante que puede llegar a ser. No lo olvides, Naruto, yo vivo con ella. Tú solo vienes de visita una vez a la semana. Sé que no puede evitar ser como es, pero hay veces que desearía que me dejara trasladarme a nuestra casa en la ciudad. ¿No es una vergüenza admitirlo?

—Ser sincera con tu hermano no es una vergüenza. Has pasado momentos difíciles desde que Yahiko murió, ¿no es verdad?

La compasión en la voz de Naruto hizo que los ojos de Tamaki se llenaran de lágrimas. Naruto ocultó su exasperación. Su hermana era un torbellino emocional cuando se trataba de las cuestiones familiares. Naruto era todo lo contrario. Le resultaba difícil mostrar afecto abiertamente. Por un momento, pensó en rodear los hombros de ella con su brazo para ofrecerle consuelo y luego desechó aquella torpe idea. Probablemente se quedaría tan atónita por aquel gesto que rompería a llorar a lágrima viva.

Naruto no estaba de humor para lágrimas. Ya era bastante tener que soportar otra espantosa visita a su madre.

—Yo pensaba, de verdad, que mamá iba a ponerse mejor cuando hiciste abrir la casa de la ciudad para mi presentación en sociedad, pero no ha salido de su habitación desde el día que llegamos a Londres.

Naruto se limitó a asentir con un gesto y luego continuó hacia su destino.

—Mamá no está ni un poco mejor —murmuró Tamaki. Iba pisándole los talones á su hermano—. He tratado de hablar con ella de las fiestas a las que iba, pero no me escucha. Solo quiere hablar de Yahiko.

—Vuelve abajo y espérame allí, Tamaki. Hay algo de lo que quiero hablar contigo. Y deja de preocuparte —añadió con un guiño —. Te prometo que no disgustaré a nuestra madre. Exhibiré mis mejores modales.

—¿Lo harás? —gimió Tamaki —. No te encuentras bien, ¿verdad?

Naruto se puso a reír.

—Por todos los santos, ¿de verdad me he portado como un ogro tan temible?

Antes de que Tamaki pudiera pensar en una respuesta diplomática que no fuera una completa mentira, Naruto abrió la puerta de las habitaciones de su madre. Utilizó el tacón de la bota para cerrarla y luego procedió a cruzar la sala, oscura y con olor a cerrado.

La marquesa estaba reclinada encima de su cubrecama de satén negro. Vestía, como de costumbre, de negro, desde la cofia negra que cubría su cabello hasta las medias negras de algodón que le cubrían los pies. Naruto no habría conseguido distinguirla de no ser por aquella complexión blanquecina que lo desafiaba rodeada por el sudario negro.

Era un hecho innegable que la marquesa guardaba duelo con auténtica dedicación. Naruto pensó que se entregaba a su tarea con la misma intensidad con que un niño malcriado se entrega a sus rabietas. Dios sabía que la mujer llevaba suficiente tiempo haciéndolo como para haberse convertido en maestra.

Era bastante como para hacer que un muerto se levantara de su tumba. Hacía más de tres años que Yahiko había muerto, pero su madre continuaba actuando como si aquel extraño accidente se hubiera producido el día antes.

—Buenas tardes, madre —dijo Naruto, ofreciéndole su saludo habitual y sentándose a continuación en la butaca al lado de la cama.

—Buenas tardes, Naruto.

La conversación había tocado a su fin. No volverían a hablar hasta que Naruto se despidiera. La razón era sencilla, Naruto se negaba a hablar de Yahiko, su madre se negaba a hablar de ningún otro tema. Mantendrían el silencio durante la media hora que Naruto permaneciera allí .Para pasar el tiempo encendió las velas y se puso a leer The Morning Herald.

El ritual no variaba nunca.

Solía estar de un humor de perros cuando la ordalia acababa. No obstante, hoy no estaba demasiado irritado por la vergonzosa conducta de su madre.

Tamaki lo esperaba en el vestíbulo. Cuando vio que su hermano no había perdido su sonrisa, su preocupación por su salud aumentó. ¡Estaba actuando de una manera tan extraña!

Su mente saltó de una espantosa conclusión a otra.

—Vas a enviarme de nuevo al campo, con mamá, ¿no es así, Naruto? Por favor, por favor, piénsalo mejor —gimió Tamaki —. Sé que el tío Homura ha sido una decepción, pero no ha podido evitar tener que quedarse en cama por culpa de su hígado. Y yo deseo tanto ir al baile de los Akimichi.

—Tamaki, me sentiré muy honrado llevándote a la fiesta de los Akimichi. Y nunca he pensado en devolverte al campo, cariño. Has tenido tu presentación y, ciertamente, tendrás el resto de la temporada. ¿Alguna vez no he de cumplir mi palabra?.

—Bueno... no —admitió Tamaki —. Pero tampoco habías sonreído tanto nunca. No sé qué pensar. Siempre estás de un humor horrible después de ver a mamá. ¿Ha sido más agradable hoy, Naruto?

—No. Y de eso quería hablar contigo, Tamaki. Necesitas que haya alguien aquí que te enseñe cómo moverte en sociedad. Dado que Homura no puede hacerlo y su esposa no querrá ir a ningún sitio sin él, he decidido enviar a buscar a tía Tsunade. ¿Satisface eso tus...?

—Oh, sí, Naruto —interrumpió Tamaki, enlazando las manos —. Ya sabes cuánto quiero a la hermana de papá. Tiene un sentido del humor tan maravilloso. ¿Estará de acuerdo, Naruto?

—Por supuesto —respondió él —. Enviaré a buscarla inmediatamente. Bien, ahora me gustaría que me hicieras un favor.

—Lo que quieras, Naruto. Haré...

—Envía una nota a la princesa Hinata invitándola a tomar el té aquí. Haz que sea para pasado mañana.

Tamaki empezó a reír tontamente.

—Ahora comprendo su extraña conducta. Estás colado por la princesa, ¿a que sí?

—¿Colado? ¡Qué palabra tan tonta! —respondió Naruto. Su voz sonaba irritada—. No, no estoy colado.

—Me encantará invitar a la princesa. Sin embargo, no puedo menos de preguntarme por qué no le envías una nota pidiéndole que te reciba.

—La tía de Hinata no me encuentra adecuado —anunció Naruto.

—¿El marqués de Konohagakure no es adecuado?—Tamaki parecía horrorizada —. Naruto, tienes más títulos que la mayoría de hombres en Inglaterra. No puedes hablar en serio.

—Por cierto, no le digas a Hinata que estaré aquí. Deja que piense que solo estaran las dos.

—¿Y si me pide que vaya a su casa, en lugar de venir ella aquí?

—No lo hará —afirmó Naruto.

—Pareces estar muy seguro.

—No parece que tengan suficiente dinero para recibir —dijo Naruto —. Guárdalo en secreto, Tamaki, pero creo que la princesa tiene graves dificultades económicas. La casa está algo deteriorada, al igual que el mobiliario, y he oído que la condesa ha rechazado a todos los que han solicitado ir a visitarla.

—Oh, pobrecita —exclamó Tamaki, meneando la cabeza —. Pero ¿por qué no quieres que sepa que tú estarás aquí?

—Eso no importa.

—Ya veo —dijo Tamaki.

Por su expresión, Naruto comprendía que no lo veía en absoluto.

—La verdad es que me gusta la princesa —siguió Tamaki efusivamente, cuando Naruto le dedicó una mirada fulminante.

—¿No acabaste confundida?

—No te entiendo —dijo Tamaki —. ¿A qué te refieres?

—Cuando hablaste con ella —explicó Naruto —, ¿sus respuestas tenían sentido?

—Pues claro que tenían sentido.

Naruto ocultó su exasperación. Era tonto hacerle aquella pregunta a alguien tan atolondrado como su hermanita. Tamaki siempre había tenido la cabeza a pájaros. La quería, pero sabía que lo llevarían a la tumba sin que hubiera comprendido nada de lo que pasaba dentro de aquella cabecita.

—Imagino que las dos se harán muy amigas —predijo Naruto.

—¿Y eso te disgustaría?

—Por supuesto que no —respondió Naruto.

Se despidió de ella con un parco cabeceo y se dirigió hacia la puerta.

—Pero ¿cómo es qué vuelves a fruncir el entrecejo? —gritó Tamaki.

Naruto no se molestó en contestarle. Montó en su corcel negro y se fue a cabalgar por el campo. El enérgico ejercicio era justo lo que necesitaba para aclarar sus ideas. Por lo general, era capaz de descartar toda la información innecesaria y concentrarse en los hechos pertinentes. Una vez que hubiera eliminado los detalles insignificantes, estaba seguro de que podría resolver el porqué de su atracción hacia la mujer más inusual de toda Inglaterra. Iba a aplicar la fría razón para resolver aquella irracional aflicción.

Naruto decidió que sí que era una aflicción. Dejar que Hinata afectara todos sus pensamientos, todas sus acciones, era sencillamente inaceptable. Y además, lo confundía. Lo confundía tanto como que le dijera que la ponía tan nerviosa como un búfalo. ¿Dónde, en nombre del cielo, había visto ella búfalos?

El conde de Inuzuka medía con sus pasos la alfombra que había delante de su mesa. Su biblioteca era un caos, pero no permitía que entrara ningún sirviente a limpiar. Desde que le habían herido, se sentía demasiado incómodo para pensar en asuntos tan triviales como las tareas del hogar.

La herida iba cicatrizando. Kiba había vertido agua caliente en el corte y luego había envuelto la muñeca con una gasa blanca limpia. Aunque llevaba una chaqueta que le venía grande, cogida del armario de su padre, para ocultar el vendaje, estaba decidido a permanecer escondido dentro de casa hasta que la herida cicatrizara por completo. No estaba dispuesto a correr el riesgo de que lo descubrieran. Todavía quedaban muchas cosas por hacer.

La primera preocupación de Kiba era la princesa Hinata. Pensaba que quizá lo había reconocido. La forma en que se quedó mirándolo y la expresión curiosa y sorprendida de su cara sugería que había adivinado quién se ocultaba tras la máscara.

¿Lo sabía Naruto? Kiba lo rumió un largo rato y luego llegó a la conclusión de que su amigo estaba demasiado ocupado protegiendo a la princesita para mirarlo con atención.

¿Y quién, en nombre de Dios, había lanzado el cuchillo contra él? Se había quedado tan sorprendido que había dejado caer la pistola. Kiba decidió que el que fuera tenía una puntería pésima y daba gracias a Dios por aquella pequeña merced. Si hasta podría haberlo matado.

Tendría que ser más cuidadoso. Kiba no tenía intención alguna de abandonar su actividad. Había cuatro nombres en la lista y cada uno de ellos iba a sufrir el castigo. Era lo menos que podía hacer para aliviar la humillación de su padre. Una vacilante llamada a la puerta interrumpió el paseo de Kiba.

—¿Sí? —preguntó a voz en grito, dejando que su irritación atravesara la puerta. Había dado órdenes específicas a sus sirvientes de que no lo molestaran.

—Está aquí el marqués de Konohagakure, señor.

Kiba se apresuró a sentarse detrás de la mesa. Apoyó el brazo bueno en un montón de papeles, ocultó la mano herida encima de las rodillas y luego dijo con voz malhumorada.

—Que entre.

Naruto entró en la habitación con una botella de brandy debajo del brazo. Dejó el regalo encima del escritorio y luego se sentó en una butaca de piel delante de Kiba. Después de apoyar familiarmente los pies en el borde de la mesa, dijo:—Tienes un aspecto de todos los demonios.

Kiba se encogió de hombros.

—Nunca has sido muy diplomático —comentó —. ¿A qué viene el brandy?

—Nuestra apuesta —le recordó Naruto.

—Ah, sí, la princesa Hinata —dijo Kiba sonriendo—. No contestó a ninguna de tus preguntas, ¿eh?

—No importa. Ya he averiguado muchas cosas de ella. Creció en algún lugar de Francia o cerca de allí —afirmó—. Quedan unas cuantas incoherencias, pero las habré despejado dentro de poco.

—¿A qué tanto interés, Naruto?

—Ya no estoy seguro. Al principio pensé que era solo curiosidad, pero ahora...

—¿Al principio? Naruto, suenas como si conocieras a esa mujer desde hace meses.

Naruto se encogió de hombros. Fue hasta el aparador, sacó dos vasos y sirvió bebidas para Kiba y para él. Esperó hasta que su amigo estaba a medio beber un buen trago para hacerle su pregunta.

—¿Qué tal va la mano, Colmillo?

No hace falta decir que Naruto quedó inmensamente satisfecho con la reacción de su amigo. Kiba se atragantó, empezó a toser y a tratar de negar, todo a la vez. Naruto pensó que era risible y condenatorio, al mismo tiempo. Esperó hasta que su amigo recuperó un cierto control antes de volver a hablar.

—¿Por qué no me dijiste que tenías problemas económicos? ¿Por qué no acudiste a mí?

—¿Problemas económicos? No sé de qué estás hablando —protestó Kiba. Era una mentira poco convincente —. Diablos —masculló—, siempre ha sido imposible mentirte.

—¿Has perdido la cabeza o es que te apasiona la idea de vivir en la prisión de Newgate? Sabes que es solo cuestión de tiempo que te descubran.

—Naruto, déjame que te explique —tartamudeó Kiba —. Mi padre lo ha perdido todo. He usado mis propiedades personales, las he ofrecido como garantía contra el resto de pagarés, pero...

—Tu padre y tú están libres de deudas desde ayer noche. Enfádate y luego olvídalo, Kiba —exigió Naruto con voz fileteada de acero —. He pagado a los prestamistas. En tu nombre, por cierto.

—¡Cómo te has atrevido a intervenir! —gritó Kiba. Tenía la cara de un rojo encendido.

—Por todos los demonios, alguien tenía que hacerlo —exclamó Naruto —. Tu padre significa tanto para mí como para ti. Solo Dios sabe las veces que se puso delante de mi padre para protegerme cuando yo era joven.

Kiba asintió. Parte de su resistencia había desaparecido.

—Te lo devolveré, Naruto, tan pronto como...

—No me lo devolverás —rugió Naruto. De repente se había puesto furioso con su amigo. Respiró hondo para calmarse antes de continuar —. ¿Recuerdas cómo estaba yo cuando murió Konan? —preguntó.

Kiba se sorprendió ante el cambio de tema. Asintió lentamente.

—Lo recuerdo.

—Tú estuviste a mi lado, Kiba. Eres el único que sabe lo de Yahiko. ¿Te he dicho alguna vez que quería pagarte por tu amistad?

—Claro que no. Me habría sentido insultado.

Transcurrieron unos largos minutos entre los dos amigos. Luego Kiba sonrió.

—¿Puedo, por lo menos, decirle a mi padre que...?

—No —interrumpió Naruto, en voz baja —. No quiero que descubra que sé lo que le ha pasado. Déjale que piense que su hijo es el único que está enterado, que solo tú acudiste en su ayuda.

—Pero, Naruto, seguro que...

—Déjalo así, Kiba. Tu padre es un hombre orgulloso. No le quites eso.

Kiba asintió de nuevo.

—Cuéntame qué sabes de los problemas de mi padre.

—Te reconocí en casa de Haruno, claro —empezó Naruto, sonriendo por el sobresalto que esas palabras provocaron en su amigo—. Fue estúpido por tu parte...

—Se suponía que no estarías allí —masculló Kiba —. ¿Por qué asististe a esa fiesta? No puedes soportar a Haruno más que yo.

Naruto se rió entre dientes.

—Los planes más cuidadosamente elaborados... Pese a sus buenas cualidades, tu padre sigue siendo un poco ingenuo, ¿no es verdad, Kiba? Haruno y su cohorte se aprovecharon, claro. Haruno debió de ser el que montó las partidas. Veamos si me equivoco... Seguramente incluyó a Shimura, Kamizuru y Hozuki en la farsa. Son todos unos bastardos. ¿Me dejo algún nombre, Kiba?

Su amigo estaba estupefacto.

—¿Cómo averiguaste todo esto?

—¿De verdad crees que no estaría enterado de su pequeño club? Tu padre no es la única víctima de su complot.

—¿Lo sabe todo el mundo?

—No —respondió Naruto —. No hay ningún indicio de escándalo respecto a tu padre. Lo habría sabido.

—Has estado fuera de circulación, Naruto. ¿Cómo puedes estar tan seguro?

Naruto miró a Kiba con exasperación.

—Con mi tipo de trabajo, ¿puedes preguntarme eso en serio?

Kiba sonrió.

—Pensaba que quizá estuvieras un poco oxidado—dijo—. Mi padre sigue oculto en su casa de campo. Está tan avergonzado de su credulidad que no quiere que lo vea nadie. Se sentirá aliviado cuando sepa que nadie está enterado de nada.

—Sí, ya puede salir de su escondite. Y tú puedes abandonar ese demencial plan tuyo. Al final te cogerán.

—Tú nunca me delatarías. —La voz de Kiba estaba llena de seguridad.

—No, claro que no —reconoció Naruto —. ¿Cómo lo hicieron, Kiba? ¿Marcó Haruno las cartas?

—Sí. Todos son unos tramposos redomados, lo cual resulta todavía más humillante para mi padre. Siente que lo han embaucado.

—Lo embaucaron —dijo Naruto —. ¿Lo dejarás correr, Kiba?

Kiba soltó un áspero gruñido.

—Maldición, Naruto. Me muero por que me las paguen.

Naruto tomó un sorbo de brandy.

—Ah —dijo lentamente—, ahora has entrado en mi terreno. Me parece, Kiba, que lo que necesitamos es un juego de azar.

Naruto sonrió cuando, por fin, Kiba captó lo que quería decir.

—¿Te refieres a darles una ración de su propia medicina, a estafar a los estafadores?

—Sería bastante fácil de hacer.

Kiba dio una palmada contra la mesa y luego soltó un gemido.

—Siempre me estoy olvidando de la herida —se disculpó—. Cuenta conmigo, Naruto. Te dejo los detalles a ti. Como acabas de reconocer, eres más ducho en artimañas que yo.

Naruto se echó a reír.

—Lo tomaré como un cumplido.

Sonó otra llamada en la puerta, interrumpiendo la conversación.

—¿Y ahora qué pasa? —gritó Kiba.

—Siento molestarle, señor, pero la princesa Hinata está aquí y desea verle —dijo el sirviente, gritando a su vez.

El anuncio sobresaltó a Kiba. Naruto tampoco pareció muy feliz con la noticia.

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Continuará...