Hermione se sentía como si caminara bajo el agua. No le dio su dirección al taxista hasta que Narcissa se lo indicó. Estaba sentada a oscuras, consciente del calor que emitía el cuerpo de Narcissa, del olor de su champú y del ligero aroma a tintorería que desprendía su chaqueta. Tenía los sentidos saturados. Oía el ritmo regular de la respiración de Narcissa, el ronroneo del motor del coche y los latidos de su corazón.

Narcissa le cogió la mano y el latido de su pulso acalló los demás sonidos. Sus ojos apenas veían las luces de las calles por las que pasaban.

—¿Es aquí? —La voz de Narcissa parecía venir de muy lejos. Hermione miró la casa y al final respondió con voz ronca:

—Sí, es aquí.

En el portal le dio las llaves a Narcissa, que subió detrás de Hermione los arduos tres pisos hasta el apartamento. Al llegar al rellano, Hermione le señaló la llave para que abriera y entró la primera, deteniéndose en el umbral con las piernas temblorosas.

Narcissa cerró la puerta y la habitación se sumió en la penumbra. Hermione cerró los ojos con sensación de vértigo. Estaba sin aliento. Se dijo a sí misma con toda la severidad posible que no podía llorar.

—Hermione, ¿qué te pasa? —Narcissa le dio la vuelta suavemente en medio de la oscuridad y la estrechó entre sus brazos.

—Tengo miedo —contestó Hermione—. Te deseo tanto que me da miedo.

Narcissa la besó con suavidad.

—No quiero asustarte —dijo jadeando—. No te haré daño. No podría.

—No tengo miedo de ti —susurró Hermione. Tenía miedo de sí misma, quiso añadir, pero no le salieron las palabras. Creía estar preparada, pero se dio cuenta de que quizá al día siguiente no iba a reconocerse. Había sido todo tan racional, tan intelectual incluso. Pero no lo era, su deseo no tenía nada de racional. La idea de la posibilidad de elección la había abandonado en cuanto volvió a ver los ojos de Narcissa.

Deslizó las manos debajo de su chaqueta y se la quitó. Después buscó a tientas el primer botón de la camisa, pero al no poder desabrocharlo, gimió de frustración.

Narcissa le cogió los dedos.

—¿Por qué no te sientas en la cama? —le dijo en voz baja. Hermione asintió y se dirigió a la cama sin soltarle la mano.

Sus ojos se adaptaron a la oscuridad y vio la amable expresión de Narcissa. Se sentó y la miró. Los dedos volvieron a dirigirse a los botones de la camisa, pero no tuvo mayor éxito. Estaba aturdida. Apoyó la frente en el estómago de Narcissa y reprimió el llanto.

Narcissa le levantó la cabeza, se arrodilló delante de ella y la besó suavemente.

—Ayúdame por favor —suplicó Hermione. Le pesaban demasiado los brazos para moverlos, le dolían las piernas.

Los dedos de Narcissa fueron más certeros con los botones de Hermione. Le abrió la blusa de seda lentamente y le desabrochó el sostén con cuidado. Hermione se quitó la blusa y el sostén con impaciencia.

—Cuidado, te vas a enredar —empezó a decir Narcissa, pero Hermione le empujó la cabeza hacia atrás para acercar los pechos a su boca.

—¡Dios mío! —murmuró Hermione.

Se echó hacia atrás en la cama y la boca de Narcissa la persiguió sedienta, mientras se arrodillaba sobre ella y se deleitaba con sus pechos, a pesar de que le aplastaba la boca contra su cuerpo.

Hermione envolvió con sus piernas una de las de Narcissa y se apretó con fuerza contra su cadera. La pasión que sentía le daba miedo. No podía parar de pensar si Narcissa sentía la misma necesidad desesperada. Temía que su deseo generara rechazo, pero no podía detenerse. Su mente le decía que no sabía lo que había que hacer, pero su cuerpo lo sabía instintivamente.

Sus manos volvieron a dirigirse a la camisa de Narcissa, y, al ver que no podía desabrochar los botones, los arrancó de un tirón. Narcissa gimió y su boca abandonó los pechos de Hermione. Se puso de pie un momento, se quitó la camisa rota y los pantalones, y volvió a arrodillarse sobre Hermione.

Le dio la vuelta para desabrocharle la falda y bajarle la cremallera, y la volvió a poner boca arriba. Hermione estaba mareada. Le daba igual; se limitó a alzar la cadera para que Narcissa pudiera quitarle la falda. Oyó que se le rasgaban las medias y que su ropa caía al suelo. Se abrió de piernas y cogió la mano de Narcissa para guiarla hasta el ardiente calor.

Su gemido ahogó el de Narcissa; nunca había estado tan mojada ni tan preparada.

—Enséñame —dijo con voz ronca—, enséñame cómo se lo hacen las mujeres.

Tenía el cuerpo rígido de placer; sólo sus caderas parecían líquidas con el movimiento ondulante que respondía a la fuerza de los dedos de Narcissa, que murmuró algo incoherente cuando Hermione levantó las caderas hacia ella. Su cuerpo era una masa dolorosa calmada por los dedos de Narcissa en su interior, que se movían cada vez más rápido, cada vez con más fuerza.

Algo iba a estallar, no sabía qué. No podía soportar tanto placer; era casi una agonía. Se contorsionó para acercarse a Narcissa, oyó que ésta murmuraba algo en medio de su pasión y entonces lo supo: estalló con gemidos profundos y desgarradores, terriblemente primitivos, sonidos que nunca había emitido. Su cuerpo se contrajo, los pulmones estaban a punto de explotar.

Llegó a una cima que ni siquiera había sospechado que pudiera ser tan increíblemente alta. Se hundió en la cama con un sollozo y sin aliento, mientras los dedos de Narcissa seguían penetrándola. Sintió, con un temblor que le hizo doler los músculos, la lengua de Narcissa dentro de ella. Todo su cuerpo se había vuelto líquido. La lengua de Narcissa la recorrió y la penetró. Hermione gimoteó cuando los dedos de Narcissa la abandonaron, y suspiró mientras ésta le estrechaba la cadera entre sus brazos, aproximándose su humedad a la boca. Hermione se derritió en la cama, su cuerpo era un río de sensaciones en busca del equilibrio. Tuvo un momento de paz, hasta que Narcissa empezó a acariciarle con la lengua los sensibilizados nervios de la entrepierna. Hermione volvió a iniciar la larga escalada hacia el éxtasis, sin saber si podría llegar tan lejos como antes; le parecía imposible. Pero la boca de Narcissa la llevó a un punto todavía más elevado, transportándola a una nueva cumbre.

Le faltaba aire, la cabeza le daba vueltas, pero la lengua de Narcissa la anclaba en la realidad. Le cogió las manos y se las apretó con fuerza al tiempo que buscaba su boca. Se corrió en un momento de perfecta quietud, con los músculos en equilibrio con los de Narcissa, mientras veía fuegos artificiales morados con los ojos cerrados. Narcissa se apartó y Hermione echó la cabeza hacia atrás. Apoyó las piernas lánguidamente en los hombros de Narcissa y descansó, sintiendo de un modo sublime el aire que le llenaba los pulmones y la suavidad del pelo de Narcissa junto a su muslo.

Narcissa tembló mientras se enfriaba la fina capa de sudor que le cubría la espalda. Amelia nunca la había necesitado de ese modo. Luna había sido exigente, pero siempre controlada. Y, hasta ahora, no había conocido a nadie más. Hasta que Hermione la puso casi al borde de las lágrimas. Quería concentrarse en Hermione, pero el recuerdo de Amelia se interponía. ¿Cómo podía evitar pensar en ella? ¿Hacía mal en compararlas? Amelia y ella habían ido construyendo la comunicación sexual poco a poco, buscando la una en la otra las necesidades que configuraban su pasión. Tardaron varios años en conseguir una vida sexual asombrosamente poderosa, pero muy diferente de lo que sentía en ese momento, con los dedos y la cara cubiertos del aroma de Hermione. Temía haber ido demasiado lejos y demasiado rápido, pero Hermione la había sorprendido con las tremendas contracciones de su cuerpo, obligándola a meterse en ella, pidiéndole cada vez más hasta hacerla dudar de poder seguirla.

Estaba agotada y se habría dormido, dejando el momento de perfección de poseer a Hermione tal como estaba, pero su cuerpo le recordó sus propias necesidades y las reprimió, pues no sabía lo que Hermione estaba dispuesta a hacer. Parecía dormida. De pronto Hermione se movió y exhaló un suspiro largo y profundo.

—Gracias —dijo; su voz llegaba lentamente a los oídos de Narcissa—. Así que esto es lo que me perdía.

—Lamento haber sido tan cruel aquel día…

—¡No lo lamentes! Ay, Dios, no lo hagas.

Narcissa quiso decirle que no era una amante muy experta y que tenía unas sensaciones totalmente nuevas. Y que estaba asustada. ¿Debía decirle a Hermione que deseaba hundir otra vez el rostro entre sus muslos y quedarse allí, que deseaba como una loca que los dedos de Hermione la penetraran, que estaba dispuesta a cederle todo el poder del mismo modo que Hermione se lo había cedido a ella? Es demasiado pronto, era un salto demasiado largo.

El temor la obligó a ser cauta y intentó hacer una broma.

—¿Ya se te ha ido el gusanillo que tenías dentro?

Hermione se quedó callada y buscó la mano mojada de Narcissa para acercársela a la boca. Le recorrió lentamente la palma y el índice con la lengua, y le apoyó la mano sobre el pecho.

—Quiero que se quede dentro toda la vida.

Narcissa tembló mientras las caderas de Hermione empezaban a trazar pequeños círculos, al compás de la mano de Narcissa que le acariciaba el pecho. Cerró los ojos y aspiró el aroma de Hermione, que se incorporó y la puso de espaldas.

Cogió a Narcissa entre sus brazos con un beso largo y sensual. Le acarició los pechos. Sus labios abandonaron la boca para juguetear con los senos llenos de Narcissa y sus pezones erectos. Narcissa sentía las caricias en cada uno de sus nervios, olvidándose de todas las demás sensaciones. Casi no oyó a Hermione que le preguntaba con un susurro:

—¿Te gusta así?

—Sí, mucho —murmuró Narcissa. Miró abajo y sintió una oleada de pasión al ver la boca de Hermione sobre sus pechos.

Hermione levantó la cabeza ligeramente.

—Me lo dirás, ¿verdad? Si te hago algo que no te guste. Narcissa asintió, incapaz de articular palabra, y cabeza de Hermione regreso a sus pechos. Cerró los ojos y arqueo la espalda mientras dejaba que el exquisito jugueteo aplicara una capa tras otra de pasión sobre su cuerpo tembloroso. La boca de Hermione se volvió exigente, sus caricias, frenéticas, y las caderas de Narcissa respondieron con una sacudida.

Hermione volvió a levantar la cabeza y Narcissa contempló su mirada ardiente.

—¿Está bien así? —Se relamió los labios—. ¿Puedo… puedo…? Quiero…

—Su mirada recorrió el cuerpo de Narcissa.

Narcissa se apoyó sobre el codo y le acarició el pelo, recorriendo las ondulaciones donde empezaba la trenza. Posó la mano sobre la garganta de Hermione cuando ésta le besó el muslo. Le empujó suavemente la cabeza, intentando expresar sin palabras que quería que Hermione la saboreara.

Hermione asintió ligeramente con los ojos cerrados. Narcissa vio que acercaba la boca a su sexo y oyó un gruñido hambriento. Se deleitó ante la imagen del hermoso cuerpo de Hermione curvándose sobre el suyo, el pálido color crema de su garganta junto al tono más pálido de sus propios muslos. Los brazos de Narcissa se rindieron, se echó hacia atrás y sintió qué Hermione la estrechaba con más fuerza entre sus brazos.

Hermione empezó despacio, pero cada vez con mayor seguridad. Cambió de posición y mantuvo las piernas de Narcissa separadas, mientras exploraba con la lengua pliegues y ondulaciones hasta hundirse en la fuente de la humedad. Insistió hasta que Narcissa levantó las caderas y gimió; entonces le metió la lengua más profundamente, sujetándola con una fuerza aplastante. Narcissa dio un respingo y reprimió el grito que embargaba su pecho. Hermione movía las caderas a medida que el cuerpo de Narcissa se tensaba una vez, dos… y la tercera con suficiente fuerza para soltarse del abrazo de Hermione y pintar sus párpados con un relámpago carmesí. No estaba preparada para sentir los dedos de Hermione deslizarse dentro de ella. Gimió.

—No puedo.

—Quiero volver a saborearte mientras te hago esto —susurró Hermione.

Sus dedos se movieron lentamente y la lengua se convirtió en la más suave de las caricias.

—No creo que pueda. Es que… normalmente con uno ya me basta… —

Narcissa intentó echarse a un lado, pero Hermione retuvo sus piernas temblorosas y débiles con facilidad. Narcissa cedió; estaba demasiado débil para luchar y tampoco quería defraudarla.

—Iré despacio —dijo Hermione. Su lengua volvió a acariciar a Narcissa mientras los dedos se movían lánguidamente—. Sólo quiero saborearte y sentirte. Narcissa se enderezó para mirar a Hermione, que tenía los ojos cerrados, al aparecer con toda su concentración dedicada a la sensación de los dedos al tocarla y en el sabor de Narcissa en la lengua. Tenía una expresión extasiada, hambrienta, y Narcissa volvió a inflamarse de deseo. Y vio que Hermione se detenía, consciente de la bienvenida húmeda que le daba Narcissa. Hermione sonrió por su éxito sensual y sus caricias se volvieron más firmes. Narcissa se entregó a las suaves exigencias de Hermione y vio, para su sorpresa, que respondía otra vez, no con tanta vehemencia, sino con una conciencia absoluta de todo lo que le hacía Hermione y de su inconfundible placer.

Hermione tapó a las dos con las sábanas, o mejor dicho con lo que encontró, pues la cama estaba totalmente deshecha.

—¿Estás bien?

Su propia voz le sonó diferente; menos entrecortada y un poco más grave. Adulta. Narcissa acercó las caderas hacia ella.

—Muy bien. Muy cómoda.

Hermione apoyó el brazo sobre las costillas de Narcissa y le besó suavemente la espalda.

—Yo también.

Cayó en un sueño ligero en el que pudo dirigir sus pensamientos hacia las últimas horas, para que los momentos intensos y la calma de la satisfacción volvieran a filtrarse por su cuerpo. Estaba plenamente satisfecha, y, al mismo tiempo, llena de energía. Pese al cansancio, tenía la sensación de que podía correr una maratón con los músculos y la resistencia intactos. Era como si por fin hubiera descubierto la fuerza de su cuerpo y lo que ella era capaz de sentir y de dar.

«Es sorprendente», pensó mientras se dormía. Era la fuerza de amar a una mujer. Hundió una sonrisa en el hombro mullido de Narcissa. ¿Era el amor o la mujer?, se preguntó. ¿O las dos cosas?