12
SASUKE
Eran las diez de la mañana, pero eso no evitó que Karin y yo compartiéramos una botella de escocés.
―¿Asistirá a la gala de su alteza el próximo sábado? –Sirvió otro vaso y agitó los cubitos antes de darle un trago.
Me había olvidado.
―Si le dijo que lo haría, entonces debo hacerlo.
―Seguro que ese zorrón también estará allí. ―Karin puso los ojos en blanco, y sus gafas amplificaron el movimiento.
Sonreí; Karin era de lo más protectora conmigo.
―No podría importarme menos que esté allí, pero me gustaría llevar a Sakura conmigo; no hace ningún daño tener a una mujer hermosa de mi brazo.
―Bueno, eso no es posible.
―¿Ah, no? ―Miré el fuego de la chimenea de la salita. Lo único que despreciaba del castillo era su falta de ventanas. Se construyó en una época en la que la fortificación era importante. Al restaurarlo, lo mantuve todo tan intacto como fue posible, así que me negaba a añadir ventanas sólo porque sí.
―¿De verdad cree que Sakura se comportará debidamente frente a la mayoría de las familias reales mundiales? ―preguntó con tono de incredulidad―. Esa mujer no puede controlarse ni siquiera con una correa alrededor del cuello. Tendría que estar loco para llevarla con usted.
Sakura sin duda era impredecible.
―Y por lo que sé, no hay nada que pueda mantenerla a raya. No le tiene miedo.
―Eso no es del todo cierto. ―Había algunas cosas que no estaba dispuesto a hacerle, y otras que sí.
―Tanto si lo es como si no, no importa. ―Se bebió el whisky más rápido que yo; en cuanto a aguante frente al alcohol, estaba a mi nivel―. Debería ir solo. Así siempre es más fácil.
Aun así, quería tenerla en mi brazo. Habían empezado a gustarme los encantos de Sakura; tenía una hermosa sonrisa en las raras ocasiones en las que la mostraba, y su cuerpo estaba compuesto por curvas. Con un vestido y con el pelo arreglado y maquillada, brillaría más que nadie.
―Quiero llevarla de todas formas.
Karin no escondió su expresión de molestia.
―¿Por qué los hombres son tan estúpidos cuando se trata de mujeres? Se repite una y otra vez. Recuerde a Helena de Troya antes de cometer una estupidez.
―Se me ha ocurrido una idea para mantenerla controlada.
Dejó el vaso sobre la mesa y cruzó los brazos contra el pecho.
–¿No me diga? Oigámosla.
Serví otro vaso antes de darle el nombre que lo explicaría todo.
–Deidara Kamiruzu.
Tras un momento de consideración, sonrió.
―No es mala idea.
.
.
.
Karin me siguió a los aposentos reales con el equipo apropiado. Sakura estaba en la segunda sala de estar, junto al balcón, leyendo un libro que había encontrado en la estantería.
―Karin te va a poner la inyección ―anuncié cuando entramos.
Sakura casi dio un salto al aparecer sin anunciarme.
―Vaya, un aviso habría sido agradable...
―No olvides que estás por debajo de nosotros ―dijo Karin con frialdad―. Deja de creer que eres una igual y cierra la boca.
Sakura abrió los ojos como platos, indignada por el insulto.
Intenté no sonreír. La personalidad de Karin costaba algo de asimilar, al menos hasta que la conocías.
―Eres una desgracia para las mujeres, ¿lo sabías? ―Sakura se puso en pie como si estuviese preparada para pelearse con ella―. Me tiene aquí prisionera en contra de mi voluntad y tú estás ahí de pie sin hacer nada. Me ha quitado la ropa...
―Si has acabado de quejarte, tengo trabajo que hacer. ―Karin abrió el maletín sobre la mesa de madera.
Sakura se quedó con la boca abierta, impactada por el hecho de que Karin pudiera ser tan harpía. Se giró hacia mí con la misma expresión.
―¿Y esta mujer es tu socia? ¿Le habla así a todo el mundo?
–Sólo a la gente que me molesta. ―Probó la jeringuilla antes de sentarse en el sofá―. No esperes que me sienta mal por ti sólo por ser mujer. Si no te gustan tus circunstancias, cámbialas. Así de sencillo.
―¿Crees que quiero estar aquí? ―inquirió Sakura, incrédula.
Karin señaló el asiento de al lado, ordenándola que se sentase sin mediar palabra.
―Lo que creo es que necesitas un anticonceptivo, ya que disfrutas follándote al hombre que te capturó. Así que sí, creo que quieres estar aquí.
Sakura miró de reojo el jarrón que había sobre una mesa cercana.
Supe exactamente en lo que estaba pensando.
―Ni se te ocurra, monada. ―La cogí de la muñeca antes de que pudiese hacer algo que consiguiera que la matase. La guié al sofá y me senté a su lado, manteniendo un ojo en las dos.
Sakura estaba tan enfadada que no podía hablar, algo nuevo para mí.
Karin le insertó la aguja e inyectó el líquido. Y ahí acabó todo. Colocó un algodón sobre la piel y lo fijó con esparadrapo.
―Estarás lista en veinticuatro horas. ―Guardó el equipo y se marchó, dejándonos solos.
Sabía que Sakura estaba impaciente por decir lo que pensaba.
–Esa mujer es horrible.
Me encogí de hombros.
―No es tan mala cuando le caes bien.
―¿E insulta así a todos tus clientes?
Sonreí al pensarlo.
―La verdad es que sí.
―¿Y no pasa nada? ―preguntó, sin poder creer lo que oía.
Karin tenía muchas cualidades valiosas que no podían reemplazarse.
–Es la mejor en lo que hace. Es todo lo que puedo decir.
―¿Y qué es lo que hace?
Nunca le había contado nada sobre mi otra compañía.
―Se puede decir que dirige mi negocio de whisky escocés casi por completo. Yo sólo superviso algunas cosas.
―Un momento... ¿haces escocés? ―preguntó sorprendida. Fue atando cabos lentamente, seguramente pensando en todas las veces que me había visto beber el líquido ambarino durante el día―. Supongo que tiene sentido.
―Es mi modo de ganar dinero limpio, así es como blanqueo el resto.
Asintió como si lo comprendiese.
―¿Y también trabaja en lo de la información?
―Sí. Hace muchas cosas.
Sakura suspiró al darse cuenta de que no había forma de librarse de su némesis.
―No he hecho nada para ganarme su odio. Es bastante cruel.
―No es nada personal; no le gusta la gente a la que no conoce.
―Pues debió existir algún momento de su vida en el que no conocía a nadie.
–Y sinceramente, sigo sin gustarle.
Rió entre dientes, sorprendiéndome.
―No puedo culparla...
Me gustaba verla sonreír, y que lo hiciera para mí. Era una expresión que a duras penas mostraba, tan frecuente como lo era la lluvia en el desierto.
―Dale tiempo. Cambiará de opinión. ―Examiné la bola de algodón que tenía pegada al brazo, sabiendo que en cuestión de veinticuatro horas podría tomarla tanto como quisiera―. Parece que ya está listo.
Su sonrisa desapareció al instante.
Sabía que estaba en guerra consigo misma. Su cuerpo ansiaba el mío, sobre todo después de los orgasmos exquisitos que le había dado, pero su mente no podía aceptar la atracción bajo aquellas circunstancias tan inhumanas. Siempre me vería como el hombre que la había encerrado, como un dictador.
Pero todo aquello estaba a punto de cambiar.
