IX
Kiss me
"Yeah, I've been feeling everything,
from hate to love, from love to lust, from lust to truth.
I guess that's how I know you,
so I hold you close to help you give it up"
Existen texturas que uno nunca olvida. Colores determinados que permanecen en la memoria. Eventos que jamás podrán ser remplazados. Personas que, sin importar el tiempo o la distancia, siempre serán especiales.
También existen experiencias que fueron tan únicas que cuando la oportunidad de repetirlas aparece, es imposible ignorarlas. Cuando el deseo es tan grande como la curiosidad, sólo resta avanzar.
Esa noche, en la cual Kazuya llevó a Sachiko con sus amigos al club, todas esas sensaciones pasadas volvieron. Sólo necesitaban una oportunidad, una oportunidad para revivir todo aquello que sabían seguía ahí.
La noche entre amigos fue todo lo que Sachiko esperaba. Los beisbolistas, ya fuera de dieciocho o rondando los treinta años, siempre hablaban de lo mismo; sobrellevar su conversación no representó ninguna prueba para Sachiko. Al contrario, dos de los compañeros de Miyuki incluso expresaron su deseo por seguir viendo a Sachiko.
En general, los chicos ahí presentes le agradaron a la médico y viceversa. Mas no pudo ignorar la intensa mirada de uno de ellos, un sujeto al que ella en realidad ya conocía y que, por su pasado con Miyuki, debió adivinar que no sería de su completo agrado.
Narumiya Mei siempre se trató del mejor amigo de Miyuki. A pesar de ser rivales durante la infancia y la adolescencia, ninguno podía negar la cercanía existente; así que el encontrarse en el mismo equipo en las profesionales sólo aseveró su amistad. Pasar por los primeros años en Los Gigantes de Yomiuri pudo ser una tortura, mas el tener un compañero a su lado hizo todo más llevadero.
Conversaciones irrelevantes, conversaciones profundas, temas delicados; pronto, todo eso fue llevado a la amistad que esa batería de oro tenía. De este modo, por supuesto que Narumiya sabía quién era esa chica que Miyuki llevó a la reunión.
—Es ella, ¿verdad? —cuestionó Mei cuando estaban en la barra, esperando las bebidas mientras los demás esperaban en la mesa— La chica de la que me hablaste cuando te emborrachaste la primera vez.
La chica que Kazuya olvidó sólo cuando se volvió a enamorar. Mientras tanto, era la responsable de cada desvelo y distracción del cátcher. Una mención a Seidou o a alguna facultad de medicina provocaba que éste hiciera un gesto de molestia. La chica de la que sólo habló una vez, una sola vez, cuando no era consciente de que lo hacía.
—¿Te hablé de ella? Ya no lo recuerdo —mintió y su amigo lo notó.
Sabía, por supuesto que sabía, que Kazuya no tenía intención alguna de enamorarse esa noche. La última relación que tuvo no concluyó en buenos términos; seguro que querría descansar de los asuntos serios… Pero aun así…
—Mentiroso. —Lo acusó al tiempo que recogía la bebida de su esposa— Esta noche la llevarás contigo, se les nota de lejos el deseo; pero escúchame bien, Kazuya: la persona que ya te rompió el corazón una vez no dudará en hacerlo una segunda vez.
Y si ella volvía a hacerlo, si volvía a destrozarlo como lo destrozó la primera vez, Mei debía volver a tolerarlo.
Empero, pese a todas las preocupaciones que el pitcher cargaba al respecto, el corazón de Miyuki no se encontraba disponible esa noche. Él mejor que nadie sabía lo peligroso que era enamorarse de esa chica, sabía que mientras no la tratara con seriedad, ella jamás lo vería como algo más. Y esa noche, él no buscaba otra cosa sino diversión.
En toda la noche, Miyuki no bebió una sola gota de alcohol y Sachiko apenas tomó una margarita, pero ambos sentían sus cuerpos se sentían embriagados por el otro. El roce de sus manos o el movimiento de sus labios al hablar era suficiente para mantenerlos atentos al otro.
Cuando eran más jóvenes, la atracción física era evidente. Once años después, cuando el cuerpo ya estaba completamente desarrollado y la madurez les entregó un atractivo mayor, el deseo de algo más surgió.
A eso de las diez y media, se encontraban montados en la moto de Kazuya. Ella, intencionalmente, abrazaba con fuerza la chaqueta de su acompañante; como si deseara traspasar la tela y llegar a su piel, a esos músculos que conoció durante la consulta de esa tarde.
Sus cuerpos estaban calientes cuando llegaron al edificio donde habitaba Sachiko. Se encontraba a unos veinte minutos del hospital.
Ella bajó y le entregó el casco a Miyuki. Él se quitó el suyo y guardó ambos en el compartimiento trasero de la moto. Apenas con algo de discreción, ella miró su silueta. Sus pantalones algo ajustados y sus hombros inmensos.
—Me pregunto qué tanto habrán cambiado las cosas —comentó Kazuya volviendo a ella. Se sentó en el asiento de su vehículo y la miró con una sonrisa algo sugerente.
—Tú sigues siendo el mismo desvergonzado de siempre que gusta de abusar de sus compañeros —contestó ella cruzándose de brazos. Él incrementó su sonrisa un poco.
—Gracias, pero no me refería a eso. —Lentamente, inclinó su cuerpo hacia ella, acercando su rostro hasta mantener una distancia de menos de diez centímetros— ¿Sigues cayendo en esto?
Su voz, su maldita voz era tan atractiva. Aunque Sachiko había cerrado los ojos por inercia al verlo acercarse, el simple sonido de su voz la manipulaba del mismo modo que lo hizo esa primera noche en las afueras de Seidou. Su corazón volvía a latir con fuerza y sus brazos luchaban contra el deseo de colgarse de su cuello una vez más.
Miedos tenía muchos, el peor era volver a perderlo. Perderlo cuando acababa de recuperarlo…
—Prometo no enamorarme de ti —susurró Kazuya acercándose un poco más. Y entonces, entonces Sachiko liberó todos sus miedos y se arrojó al deseo.
Nuevamente, ¿quién era ella para negarse a esa exhaustiva atracción latente?
.
¿Cómo fue que terminaron así, adentro del apartamento de Sachiko? En realidad, no importaba. Cual deja vú, él la sostenía de las piernas mientras ella abrazaba sus glúteos con los tobillos. Desesperados, respiraban acaloradamente; sus labios no se habían querido separar desde el reencuentro frente a esa moto.
Once años sin tocarse, sin probarse, sin acariciarse… Esos deseos que pasaron tanto tiempo encerrados por fin parecían ser liberados. Las manos, representantes explícitas de todo lo que se mantuvo enterrado, apenas podían mantenerse quietas. Tanto tiempo, tantas oportunidades para madurar ese joven cuerpo que conocieron a los dieciocho años; todos esos músculos que evolucionaron a una delicia prohibida; todas esas curvas que faltaban por desarrollarse… ¿En qué momento cabía la cordura cuando lo único que él deseaba en ese momento era deshacerse de esa sudadera en ella?
Los besos en el cuello pronto propiciaron que, a duras penas y sin saber cómo, las cosas se apresuraran. Una de las manos de Sachiko ya estaba debajo del pantalón del cátcher mientras él luchaba por quitarle el sostén. Más que un romántico momento de reencuentro, donde los besos lentos son protagonistas, parecía una sucia situación apocalíptica; como si el sexo fuese lo que salvara su vida en los últimos instantes del mundo.
Él la bajó, temblando por la satisfacción que le entregaba esa mano de Umemoto, y se apresuró a buscar el cinturón de su compañera. No podía hacer lo que hacía y esperar que él se quedara quieto. Y para su enorme fortuna, se encontró con que el pantalón de Sachiko era de resorte. Sólo había que deslizarlo y entonces…
Entonces cayeron al suelo ambos pantalones y ambas prendas íntimas. Tras una breve mirada de confirmación, los dedos de Miyuki la estimularon por dentro y por fuera, asegurándose de que estuviese lo suficientemente húmeda para la verdadera intromisión. Ella no quiso quedarse atrás, no podía hacerlo. Era consciente del placer que ella le daba a su miembro en cada caricia, podía sentirlo caliente y palpitante; pero quería más. Quería entregarle más, quería oírlo gemir. Romper esa barrera de machismo interiorizado. Quería que le dijera cuánto lo disfrutaba.
Así que mientras él acariciaba su clítoris y estimulaba su vagina, ella acariciaba apenas con el roce de sus dígitos, la piel debajo de su playera. Sus costados, magnífica zona erógena que reaccionaba apenas al tacto y lo obligaba a estremecerse. Una caricia de la cintura a la quinta costilla lo obligó a gemir apenas un poco.
Miyuki se alejó tan sólo un momento para tomar de sus pantalones un pequeño paquete. Uno que no tardó en abrir y colocarse.
Porque de inmediato la tomó nuevamente de las piernas y ella lo entendió. La intromisión a su interior la sintió casi de inmediato. Y sin perder un solo segundo, los movimientos comenzaron. A velocidades distintas, sensaciones distintas. Estocadas suaves o rudas provocaban en ambos cosas que apenas podían describir.
El labio inferior de Miyuki sangraría por la fuerza con la que se mordía para reprimir sus propios gemidos. Mientras tanto, los de Sachiko hacían eco en esa habitación. Agradecía enormemente lo gruesas que eran las paredes o tendría que disculparse con el edificio entero.
No era, sin embargo, que estuviese frente a un sujeto que fuese un experto en el sexo. No era que su miembro fuera anormalmente grande; en realidad, eso jamás hizo diferencia en ella. No era nada de eso; era el simple deseo que guardó durante años por ese cátcher que año tras año sólo se hacía más atractivo. Era esa primera experiencia en la bodega, once años atrás, que tantos sueños le provocó.
Ese amante añorado que tanto tiempo buscó.
Y él no quería detenerse, no quería soltarla, no le importaba que sus brazos después se entumieran o que terminasen por romper las paredes; no quería que eso acabara. Sabía bien que podría encontrarse con amantes con las que no tuviese que agacharse tanto para cargarla o que físicamente fuesen de su mayor agrado; empero, no quería deshacerse de lo que tenía en sus manos, en su cuerpo, besándole el cuello.
Esa chica a la que deseó desde los dieciocho años, esas noches cuyos sueños húmedos lo despertaban con ella de protagonista. Todos esos anhelos de volverla a tocar, de volverla a besar, se encontraban ahí en ese momento. Y no había nada más placentero en el mundo que besarla, besar sus labios, mientras sus cuerpos se fusionaban.
.
Aunque ese primer encuentro terminó simplemente en la sala, los próximos sucedieron al fin en el cuarto y la cama de Sachiko. Se probaron y conocieron como amantes en varios aspectos, dándose su tiempo para apreciar al otro, para tocar, lamer y probar lo que más le atraía del cuerpo ajeno.
Y al final, cuando la madrugada ya estaba en lo alto, se dedicaron a, después de tanto, conversar sobre todo lo que no habían hablado en once años. Cómo fue su debut en las profesionales, cómo fue que ella escogió esa especialidad, cuál era su contrincante favorito, qué paciente recordaría para siempre… ¿Qué había del amor en ambas vidas?
—Lo único que he visto del amor es lo complicado que es —dijo Sachiko recostada en la cama—. No pretendo huir de él, sólo que tampoco lo busco; la verdad es que no me interesa enamorarme. Es más lo que se pierde que lo que se gana.
Kazuya se encontraba sentado, con la espalda recargada en la cabecera. Sonrió. Se preguntó si era de las que rechazaba cualquier propuesta amorosa; seguro así era.
—Es complicado, tienes razón; pero siguen gustándome los retos —contestó él—. No me arriesgo por lo imposible, aunque todavía no pierdo la esperanza. —Ella permaneció callada unos segundos y Miyuki comprendió que de nuevo temía— Cumpliré mi promesa; sé cuándo una chica no quiere compromisos y también lo respeto. Además, una buena noche de sexo no enamoran a nadie, descuida.
Sachiko frunció el entrecejo; él seguía siendo ese sujeto lleno de bromas de bajo presupuesto que solo él encontraba graciosas. Estaba segura de que pronto diría algo que arruinaría el momento.
—Si rompes tu promesa, te golpearé. —Le advirtió y el cuarto volvió a llenarse de risas.
—No serás la única que lo haga. Mei tampoco estará muy feliz.
Pero no debía preocuparse: ella ya no era de su tipo y eso evitaba muchas cosas, para fortuna de ambos.
Sachiko, ya más convencida por el tono y la actitud de Kazuya, se acurrucó más cerca de él.
—De acuerdo, cambiemos de tema. ¿Es en serio que ni siquiera durante el sexo te quitas los lentes? ¿Acaso nunca te dejas ver sin ellos?
—Cuando duermo, no uso lentes.
—¡Pero te pones esas ridículas mascaras para ojos! No me digas que traes otra de ésas en el pantalón.
—Son tan necesarias para mí como un preservativo. Incluso llevo una en la cartera. —Y justo cuando Umemoto le preguntaría si hablaba en serio, él soltó una carcajada. Ahí estaba la broma tan esperada.
—Todavía eres despreciable. —Y, contradiciéndose, recargó su cabeza sobre el abdomen del cátcher— Aunque admito que me gusta volver a verte.
Él la miró. Mentiría si dijera que él no se sentía igual. Cada persona tenía una personalidad distinta y, pese a encontrarse con grandes amigos, jamás volvió a tener una amistad como la que tuvo con Sachiko durante la preparatoria. Varias veces se arrepintió de convertirla en su primer amor.
—Tu cabello le da comezón a mi cintura. —Le dijo y Sachiko sacudió la cabeza para incomodarlo más. Él volvió a recostarse y acomodó la cabeza de Sachiko sobre uno de sus brazos— Lo prefiero así, si vas a comportarte como un topo.
Umemoto alzó el rostro y sacó su lengua.
—Te recuerdo que tú eres el ciego aquí.
Él sonrió. Sí, en definitiva la había extrañado.
—Eso es discriminación a un discapacitado visual, voy a reportarte.
—¡¿Qué?!
Kazuya volvió a reír. A reír antes de volver a acercarse al rostro de Sachiko.
—A menos que quieras redimirte de alguna forma —susurró.
Ella sonrió.
—Tramposo —musitó. Enseguida, volvió a besarlo.
Era consciente de que en pocas horas debía regresar al hospital y sabía que pasaría su jornada con bastante sueño; mas también sabía que no podía rechazar todo lo que ocurriría esa noche. Al contrario, lo que más deseaba en ese momento era hacer de esa noche algo eterno. Que todos esos sentimientos, toda esa comodidad que sentía con él, jamás desapareciera.
Esa noche sólo quería estar con él. Ya fuera en medio de un abrazo, ya fuera fundidos en el sexo o en una conversación cualquiera. Porque ese día, todo ese día, fue de Miyuki Kazuya y, a decir verdad, no parecía molestarle en lo absoluto.
Después de todo, la promesa de Miyuki la protegía. Ella confiaba en su promesa, ella confiaba en su seguridad al afirmarlo…
Pero en ese momento, cuando la última ronda ya ocurría en medio de risas y cosquilleos, Sachiko no se dio cuenta de algo fundamental:
Y es que Kazuya prometió no enamorarse de ella, mas… ella jamás hizo una promesa similar.
