Harry Potter: Una lectura distinta, vol. 4

Por edwinguerrave

Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008

El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.


El Cáliz de Fuego

CAPÍTULO 10 Alboroto en el Ministerio

—Bonita manera de terminar el capítulo —reclamó Charlie, mientras dejaba el pergamino en el atril—, hablando de mis ronquidos.

—Papá —Nadia, con su acento balcánico, aseguró—, tú roncas, y duro. No sé como mamá no ha hecho algo para ayudarte a corregir eso.

Los demás Weasley sonrieron ante el sonrojo del fornido pelirrojo, mientras el atril se movía hasta ubicarse delante de Frank, quien miró el título, negó silenciosamente, pero después aclaró su garganta.

—¿Qué habrá pasado para que un capítulo se llame Alboroto en el Ministerio?

—Ya vas a ver, Frank —comentó sombríamente Arthur.

El señor Weasley los despertó cuando llevaban sólo unas pocas horas durmiendo. Usó la magia para desmontar las tiendas, y dejaron el cámping tan rápidamente como pudieron. Al pasar por al lado del señor Roberts, que estaba a la puerta de su casita, vieron que tenía un aspecto extraño, como de aturdimiento. El muggle los despidió con un vago «Feliz Navidad».

—¡Rayos! —exclamó Christina—, ¡le tuvieron que desmemorizar muy fuertemente!

Se recuperará —aseguró el señor Weasley en voz baja, de camino hacia el páramo—. A veces, cuando se modifica la memoria de alguien, al principio se siente desorientado... y es mucho lo que han tenido que hacerle olvidar.

—Lo que decía —ratificó la española.

Al acercarse al punto donde se hallaban los trasladores oyeron voces insistentes. Cuando llegaron vieron a Basil, el que estaba a cargo de los trasladores, rodeado de magos y brujas que exigían abandonar el cámping lo antes posible. El señor Weasley discutió también brevemente con Basil, y terminaron poniéndose en la cola. Antes de que saliera el sol cogieron un neumático viejo que los llevó a la colina de Stoatshead. Con la luz del alba, regresaron por Ottery St. Catchpole hacia La Madriguera, hablando muy poco porque estaban cansados y no pensaban más que en el desayuno. Cuando doblaron el recodo del camino y La Madriguera apareció a la vista, les llegó por el húmedo camino el eco de una persona que gritaba:

¡Gracias a Dios, gracias a Dios!

Algunos aplausos, de los más jóvenes de los Weasley, hicieron sonrojar a Molly, y más cuando Arthur la atrajo hacia sí para darle un rápido beso en los labios.

La señora Weasley, que evidentemente los había estado aguardando en el jardín delantero, corrió hacia ellos, todavía calzada con las zapatillas que se ponía para salir de la cama, la cara pálida y tensa y un ejemplar estrujado de El Profeta en la mano.

¡Arthur, qué preocupada me habéis tenido, qué preocupada!

Le echó a su marido los brazos al cuello, y El Profeta se le cayó de la mano. Al mirarlo en el suelo, Harry distinguió el titular «ESCENAS DE TERROR EN LOS MUNDIALES DE QUIDDITCH», acompañado de una centelleante fotografía en blanco y negro que mostraba la Marca Tenebrosa sobre las copas de los árboles.

—Con un titular así, cualquiera se espanta —comentó Roxanne.

Estáis todos bien —murmuraba la señora Weasley como ida, soltando al señor Weasley y mirándolos con los ojos enrojecidos—. Estáis vivos, niños...

Y, para sorpresa de todo el mundo, cogió a Fred y George y los abrazó con tanta fuerza que sus cabezas chocaron.

¡Ay!, mamá... nos estás ahogando...

—Y la cabeza nos quedó doliendo casi el resto de la semana —comentó George, haciendo sonrojar más a su madre y reír a los Weasley más jóvenes.

¡Pensar que os reñí antes de que os fuerais! —dijo la señora Weasley, comenzando a sollozar—. ¡No he pensado en otra cosa! Que si os atrapaba Quien-vosotros-sabéis, lo último que yo os había dicho era que no habíais tenido bastantes TIMOS. Ay, Fred... George...

Vamos, Molly, ya ves que estamos todos bien —le dijo el señor Weasley en tono tranquilizador, arrancándola de los gemelos y llevándola hacia la casa—. Bill —añadió en voz baja—, recoge el periódico. Quiero ver lo que dice.

—Importante —intervino JS—, hay que ver que dice el periódico.

—Cosa que me parece que tú no haces —reclamó Ginny—, o no al menos con la frecuencia que deberías.

—¡Mamá! —el mayor de los Potter Weasley se giró y, encogiendo los hombros, respondió—, si nunca lo logro agarrar, porque tú misma nos lo quitas de las manos.

Ginny, derrotada, sólo suspiró, dando chance a Frank de retomar la lectura.

Una vez que hubieron entrado todos, algo apretados, en la pequeña cocina y que Hermione hubo preparado una taza de té muy fuerte para la señora Weasley, en el que su marido insistió en echar unas gotas de «whisky envejecido de Ogden», Bill le entregó el periódico a su padre. Éste echó un vistazo a la primera página mientras Percy atisbaba por encima de su hombro.

Me lo imaginaba —dijo resoplando el señor Weasley—. «Errores garrafales del Ministerio... los culpables en libertad... falta de seguridad... magos tenebrosos yendo por ahí libremente... desgracia nacional...» ¿Quién ha escrito esto? Ah, claro... Rita Skeeter.

—¿Quién? —preguntó Al, extrañado, al igual que varios de los más jóvenes.

¡Esa mujer la tiene tomada con el Ministerio de Magia! —exclamó Percy furioso—. La semana pasada dijo que perdíamos el tiempo con nimiedades referentes al grosor de los calderos en vez de acabar con los vampiros. Como si no estuviera expresamente establecido en el parágrafo duodécimo de las Orientaciones para el trato de los seres no mágicos parcialmente humanos...

Haznos un favor, Percy —le pidió Bill, bostezando—, cállate.

Una explosión de carcajadas se escuchó, provocando que Percy se sonrojara.

Me mencionan —dijo el señor Weasley, abriendo los ojos tras las gafas al llegar al final del artículo de El Profeta.

¿Dónde? —balbuceó la señora Weasley, atragantándose con el té con whisky—. ¡Si lo hubiera visto, habría sabido que estabas vivo!

No dicen mi nombre —aclaró el señor Weasley—. Escucha: «Si los magos y brujas aterrorizados que aguardaban ansiosamente noticias del bosque esperaban algún aliento proveniente del Ministerio de Magia, quedaron tristemente decepcionados. Un oficial del Ministerio salió del bosque poco tiempo después de la aparición de la Marca Tenebrosa diciendo que nadie había resultado herido, pero negándose a dar más información. Está por ver si su declaración bastará para sofocar los rumores que hablan de varios cadáveres retirados del bosque una hora más tarde.» Vaya, francamente... —dijo el señor Weasley exasperado, pasándole el periódico a Percy—. No hubo ningún herido, ¿qué se supone que tendría que haber dicho? «Rumores que hablan de varios cadáveres retirados del bosque...» Desde luego, habrá rumores después de publicado esto —Exhaló un profundo suspiro—. Molly, voy a tener que ir a la oficina. Habrá que hacer algo.

—Y ni siquiera fue eso lo que el abuelo Arthur dijo —indicó Rose, molesta—. Dijo algo como "Por supuesto que no es él. No sabemos quién ha sido, porque se desaparecieron. Ahora, por favor, perdonadme. Quiero ir a dormir."

—Si tú lo dices, Rosie... —comentó Lucy, viendo a su prima.

Iré contigo, papá —anunció gravemente Percy—. El señor Crouch necesitará todas las manos disponibles. Y podré entregarle en persona mi informe sobre los calderos.

Salió aprisa de la cocina. La señora Weasley parecía disgustada.

¡Arthur, te recuerdo que estás de vacaciones! Esto no tiene nada que ver con la oficina. ¿No se las pueden apañar sin ti?

Tengo que ir, Molly —insistió el señor Weasley—. Por culpa mía están peor las cosas. Me pongo la túnica y me voy...

—No necesariamente por tu culpa, Arthur —comentó James—, pero si es Rita la que escribió eso, lo más seguro es que iba a seguir metiendo su nariz en todo eso.

—¿Ustedes la conocieron? —preguntó Harry, sorprendido.

—Sí —comentó Lily—, lamentablemente.

Señora Weasley —dijo de pronto Harry, sin poder contenerse—, ¿no ha llegado Hedwig trayéndome una carta?

¿Hedwig, cariño? —contestó la señora Weasley como distraída—. No... no, no ha habido correo.

Ron y Hermione miraron a Harry con curiosidad. Harry les dirigió una significativa mirada y dijo:

¿Te parece bien que deje mis cosas en tu habitación, Ron?

Sí, claro... Subo contigo —respondió Ron de inmediato—. Hermione...

Voy con vosotros —se apresuró a contestar ella, y los tres salieron de la cocina y subieron la escalera.

—Típico —machacó Lilu—, dejando a mamá por fuera.

Ginny la atrajo hacia sí, sonriendo, y le susurró al oído.

—Tranquila, yo ahí estaba más dormida que despierta. No me enteré que ellos se habían encerrado en la habitación de Ron.

¿Qué pasa, Harry? —preguntó Ron en cuanto cerraron tras ellos la puerta de la habitación de la buhardilla.

Hay algo que no os he dicho —explicó Harry—: cuando desperté el domingo por la mañana, la cicatriz me volvía a doler.

La reacción de Ron y Hermione fue muy parecida a como se la había imaginado en su habitación de Privet Drive (lo que provocó risas en varios en la Sala y, como no, el sonrojo en Ron y Hermione). Hermione ahogó un grito y comenzó de inmediato a proponer cosas, mencionando varios libros de consulta y a todo el mundo al que se podía recurrir, desde Albus Dumbledore a la señora Pomfrey, la enfermera de Hogwarts.

Ron se había quedado atónito.

Pero... él no estaba allí... ¿o sí? ¿Estaba por allí Quien-tú-sabes? Quiero decir... la anterior vez que te dolió la cicatriz era porque él estaba en Hogwarts, ¿no?

Estoy seguro de que esta vez no estaba en Privet Drive —dijo Harry—. Pero yo había estado soñando con él... con él y Peter... ya sabéis, Colagusano. Ahora no puedo recordar todo el sueño, pero sí me acuerdo de que hablaban de matar... a alguien.

Había vacilado un momento antes de decir «me», pero no quiso ver a Hermione aún más asustada de lo que ya estaba.

—Gracias por la consideración —comentó Hermione, sarcásticamente.

—Que siempre la he tenido, y lo sabes —le replicó Harry, sonriendo.

Sólo fue un sueño —afirmó Ron para darle ánimos—. Una pesadilla nada más.

Sí... pero ¿seguro que no fue nada más? —replicó Harry, mirando por la ventana al cielo, que iba poniéndose más brillante—. Es extraño, ¿no? Me duele la cicatriz, y tres días después los mortífagos se ponen en marcha y el símbolo de Voldemort aparece en el cielo.

—Ciertamente —indicó Dumbledore, quitando la palabra de la boca a Rose.

¡No... pronuncies... ese... nombre! —dijo Ron entre sus dientes apretados.

¿Y recordáis lo que dijo la profesora Trelawney al final de este curso? —siguió Harry, sin hacer caso a Ron (—Lo normal —intervino Ron, mientras Lavender y Parvati se enderezaban en sus asientos). La profesora Trelawney les daba clase de Adivinación en Hogwarts.

Del rostro de Hermione desapareció la expresión de terror, y lanzó un resoplido de burla.

Harry, ¡no irás a prestar atención a lo que dijo aquel viejo fraude!

—¿Perdón? —exclamaron a dúo las adivinas en la Sala. Hermione sólo encogió los hombros.

Tú no estabas allí —contestó Harry—. No la oíste. Aquella vez fue diferente. Ya te lo conté, entró en trance. En un trance de verdad. Y dijo que el Señor Tenebroso se alzaría de nuevo... más grande y más terrible que nunca... y que lo lograría porque su vasallo iba a regresar con él. Y aquella misma noche escapó Colagusano.

Se hizo un silencio durante el cual Ron hurgaba, sin darse cuenta, en un agujero que había en la colcha de los Chudley Cannons.

¿Por qué preguntaste si había llegado Hedwig, Harry? —preguntó Hermione—. ¿Esperas carta?

Le escribí a Sirius contándole lo de mi cicatriz —respondió Harry, encogiéndose de hombros—. Espero su respuesta.

¡Bien pensado! —aprobó Ron, y su rostro se alegró un poco—. ¡Seguro que Sirius sabe qué hay que hacer!

—¿Sirius? —dijo Lily, mirando a su compadre con incredulidad fingida—, lo dudo mucho.

Lils —el aludido se puso la mano en el pecho—, haz roto este pobre corazón perruno. No puedo creer que no me creas capaz de ayudar a mi ahijado.

Lily, a carcajada limpia, hizo que Sirius se levantara para abrazarlo y estamparle un beso en la mejilla.

—¡Por fin te gano una! —dijo sonriendo mientras se sentaba. La respuesta, después de una mirada sorprendida de Sirius, no llegó, pues Frank retomó la lectura, provocando más risas en la Sala.

Esperaba que regresara enseguida —dijo Harry.

Pero no sabemos dónde está Sirius... Podría estar en África o ve a saber dónde, ¿no? —opinó sensatamente Hermione—. Hedwig no va a hacer un viaje así en pocos días.

Sí, ya lo sé —admitió Harry, pero sintió un peso en el estómago al mirar por la ventana y no ver a Hedwig.

—Podía ser muy rápida y muy inteligente —comentó Colin—, pero casi le estabas pidiendo lo imposible.

—Es verdad —admitió Harry.

Vamos a jugar a quidditch en el huerto, Harry —propuso Ron—. Vamos, seremos tres contra tres. Jugarán Bill, Charlie, Fred y George... Puedes intentar el «Amago de Wronski»...

Ron —dijo Hermione, en tono de «no creó que estés siendo muy sensato»—, Harry no tiene ganas de jugar a quidditch justamente ahora... Está preocupado y cansado. Deberíamos ir todos a dormir.

Sí que me apetece jugar al quidditch —la contradijo Harry—. Vamos, cogeré mi Saeta de Fuego.

Hermione abandonó la habitación, murmurando algo que sonó más o menos cómo a: «¡Hombres!»

—Sinceramente —comentó Alice, ante las risas de muchos de los presentes—, los hombres tienen una forma distinta de resolver sus preocupaciones.

—Totalmente de acuerdo —reconoció Hermione.

Ni Percy ni su padre pararon mucho en casa durante la semana siguiente. Se marchaban cada mañana antes de que se levantara el resto de la familia, y volvían cada noche después de la cena.

Es un absoluto caos —contaba Percy dándose tono, la noche antes del retorno a Hogwarts—. Me he pasado toda la semana apagando fuegos. La gente no ha dejado de enviarnos howlers y, claro, si no se abren enseguida, estallan. Hay quemaduras por todo mi escritorio, y mi mejor pluma quedó reducida a cenizas.

¿Por qué envían tantos howlers? —preguntó Ginny mientras arreglaba con celo su ejemplar de Mil y una hierbas y hongos mágicos sobre la alfombrilla que había delante de la chimenea de la sala de estar.

Las miradas fueron hacia Draco, quien hizo una seña de no pretendo comentar nada.

Para quejarse de la seguridad en los Mundiales —explicó Percy—. Reclaman compensaciones por los destrozos en sus propiedades. Mundungus Fletcher nos ha puesto una demanda por una tienda de doce dormitorios con jacuzzi, pero lo tengo calado: sé a ciencia cierta que estuvo durmiendo bajo una capa levantada sobre unos palos.

—Típico de Mundungus —comentó sombríamente Harry.

La señora Weasley miró el reloj de pared del rincón. A Harry le gustaba aquel reloj. Resultaba completamente inútil si lo que uno quería saber era la hora, pero en otros aspectos era muy informativo. Tenía nueve manecillas de oro, y cada una de ellas llevaba grabado el nombre de un miembro de la familia Weasley. No había números alrededor de la esfera, sino indicaciones de dónde podía encontrarse cada miembro de la familia; indicaciones tales como «En casa», «En el colegio» y «En el trabajo», pero también «Perdido», «En el hospital» «En la cárcel» y, en la posición en que en los relojes normales está el número doce, ponía «En peligro mortal».

—Ahora tiene muchísimas más manecillas —mencionó Molly, sonriendo levemente—, por todos ustedes —señaló a los nietos y a Teddy.

Ocho de las manecillas señalaban en aquel instante la posición «En casa», pero la del señor Weasley, que era la más larga, aún seguía marcando «En el trabajo». La señora Weasley exhaló un suspiro.

Vuestro padre no había tenido que ir a la oficina un fin de semana desde los días de Quien-vosotros-sabéis —explicó—. Lo hacen trabajar demasiado. Si no vuelve pronto se le va a echar a perder la cena.

Bueno, papá piensa que tiene que compensar de alguna manera el error que cometió el día del partido, ¿no? —repuso Percy—. A decir verdad, fue un poco imprudente al hacer una declaración pública sin contar primero con la autorización del director de su departamento...

—Eso ni siquiera fue una declaración pública —mencionó Alice—, fue sólo una respuesta a una pregunta puntual.

¡No te atrevas a culpar a tu padre por lo que escribió esa miserable de Skeeter! —dijo la señora Weasley, estallando de repente.

Si papá no hubiera dicho nada, la vieja Rita habría escrito que era lamentable que nadie del Ministerio informara de nada —intervino Bill, que estaba jugando al ajedrez con Ron—. Rita Skeeter nunca deja bien a nadie. Recuerda que en una ocasión entrevistó a todos los rompedores de maldiciones de Gringotts, y a mí me llamó «pavo del pelo largo».

Bueno, la verdad es que está un poco largo, cielo —dijo con suavidad la señora Weasley—. Si me dejaras tan sólo que...

—Y ahí va de vuelta la abuela —intervino Louis, riéndose y haciendo sonrojar a Molly.

No, mamá.

La lluvia golpeaba contra la ventana de la sala de estar. Hermione se hallaba inmersa en el Libro reglamentario de hechizos, curso 4º, del que la señora Weasley había comprado ejemplares para ella, Harry y Ron en el callejón Diagon. Charlie zurcía un pasamontañas a prueba de fuego. Harry, que tenía a sus pies el equipo de mantenimiento de escobas voladoras que le había regalado Hermione el día en que cumplió trece años, le sacaba brillo a su Saeta de Fuego. Fred y George estaban sentados en un rincón algo apartado, con las plumas en la mano, cuchicheando con la cabeza inclinada sobre un pedazo de pergamino.

¿Qué andáis tramando? —les preguntó la señora Weasley de pronto, con los ojos clavados en ellos.

—Justo lo que iba a preguntar —mencionó Angelina—, aunque me imagino de que se trataba.

Son deberes —explicó vagamente Fred.

No digas tonterías. Todavía estáis de vacaciones —replicó la señora Weasley.

Sí, nos hemos retrasado bastante —repuso George.

No estaréis por casualidad redactando un nuevo cupón de pedido, ¿verdad? —dijo con recelo la señora Weasley—. Espero que no se os haya pasado por la cabeza volver a las andadas con los «Sortilegios Weasley».

—Que es lo más seguro —insistió Angelina, provocando algunas risas.

¡Mamá! —dijo Fred, levantando la vista hacia ella, con mirada de dolor— Si mañana se estrella el expreso de Hogwarts y George y yo morimos, ¿cómo te sentirías sabiendo que la última cosa que oímos de ti fue una acusación infundada?

Todos se rieron, hasta la señora Weasley.

En la Sala, sin embargo, Molly se levantó de nuevo a abrazar a su difunto hijo, quien, al separarse de ella, comentó pesadamente:

—Parece que tenía cierta afinidad a la muerte, ¿no?

¡Ya viene vuestro padre! —anunció repentinamente, al volver a mirar el reloj. La manecilla del señor Weasley había pasado de pronto de «En el trabajo» a «Viajando». Un segundo más tarde se había detenido en la indicación «En casa», con las demás manecillas, y lo oyeron en la cocina.

¡Voy, Arthur! —dijo la señora Weasley, saliendo a toda prisa de la sala. Un poco después el señor Weasley entraba en la cálida sala de estar, con su cena en una bandeja. Parecía reventado de cansancio.

Bueno, ahora sí que se va a armar la gorda —dijo, sentándose en un butacón junto al fuego, y jugueteando sin entusiasmo con la coliflor un poco mustia de su plato—. Rita Skeeter se ha pasado la semana husmeando en busca de algún otro lío ministerial del que informar en el periódico, y acaba de enterarse de la desaparición de la pobre Bertha, así que ya tiene titular para El Profeta de mañana. Le advertí a Bagman que debería haber mandado a alguien a buscarla hace mucho tiempo.

—¡Rayos! —exclamó Will—, ahora sí que no se la van a poder sacar de encima.

—Sinceramente —admitió Arthur, suspirando.

El señor Crouch lleva semanas diciendo lo mismo —se apresuró a añadir Percy.

Crouch tiene suerte de que Rita no se haya enterado de lo de Winky —dijo el señor Weasley irritado—. Habríamos tenido una semana entera de titulares a propósito de que encontraran a su elfina doméstica con la varita con la que se invocó la Marca Tenebrosa.

Creía que todos estábamos de acuerdo en que esa elfina, aunque sea una irresponsable, no fue quien convocó la Marca —replicó Percy, molesto.

¡Si te interesa mi opinión, el señor Crouch tiene mucha suerte de que en El Profeta nadie sepa lo mal que trata a los elfos! —dijo enfadada Hermione.

—Y ahí viene mamá a la carga —exclamó Hugo, provocando carcajadas.

¡Mira por dónde! —repuso Percy—. Hermione, un funcionario de alto rango del Ministerio como es el señor Crouch merece una inquebrantable obediencia por parte de su servicio.

¡Por parte de su esclava, querrás decir! —contestó Hermione, elevando estridentemente la voz—. Porque a Winky no le pagaba, ¿verdad?

¡Creo que será mejor que subáis todos a repasar vuestro equipaje! —dijo la señora Weasley, terminando con la discusión—. ¡Vamos, todos, ahora mismo...!

—Y la abuela termina la polémica de un plumazo —mencionó Freddie, provocando aún más risas.

Harry guardó su equipo de mantenimiento de escobas voladoras, se echó al hombro la Saeta de Fuego y subió la escalera con Ron. La lluvia sonaba aún más fuerte en la parte superior de la casa, acompañada del ulular del viento, por no mencionar los esporádicos aullidos del espíritu que habitaba en la buhardilla. Pigwidgeon comenzó a gorjear y zumbar por la jaula cuando ellos entraron. La vista de los baúles a medio hacer parecía haberlo excitado.

Échale unas chucherías lechuciles —dijo Ron, tirándole un paquete a Harry—. Puede que eso lo mantenga callado.

Harry metió las chucherías por entre las barras de la jaula de Pigwidgeon y volvió a su baúl. La jaula de Hedwig estaba al lado, aún vacía.

—Se ha tardado bastante —comentó Colin, sombríamente.

—Pues sí —admitió Harry—, y ya me estaba preocupando.

Ya ha pasado más de una semana —comentó Harry, mirando la percha desocupada de Hedwig—. No crees que hayan atrapado a Sirius, ¿verdad, Ron?

No, porque habría salido en El Profeta —contestó Ron—. El Ministerio estaría muy interesado en demostrar que son capaces de coger a alguien, ¿no te parece?

Sí, supongo...

Mira, aquí tienes lo que mi madre te compró en el callejón Diagon. También te sacó un poco de oro de la cámara acorazada... y te ha lavado los calcetines.

Con cierto esfuerzo puso una pila de paquetes sobre la cama plegable de Harry, y dejó caer al lado la bolsa de dinero y el montón de calcetines. Harry empezó a desenvolver las compras. Además del Libro reglamentario de hechizos, curso 4º, de Miranda Goshawk, tenía un puñado de plumas nuevas, una docena de rollos de pergamino y recambios para su equipo de preparar pociones: ya casi no le quedaba espina de pez-león ni esencia de belladona.

—Importante reponer los ingredientes de pociones —comentó Lily, a lo que Kevin asintió, como tomando notas.

Estaba metiendo en el caldero la ropa interior (—Excelente lugar para meter la ropa interior, Harry —comentó James, aunque miraba a un imperturbable Snape), cuando Ron, detrás de él, lanzó un resoplido de disgusto.

¿Qué se supone que es esto?

Había cogido algo que a Harry le pareció un largo vestido de terciopelo rojo oscuro. Alrededor del cuello tenía un volante de puntilla de aspecto enmohecido, y puños de puntilla a juego.

Algunas risas comenzaron a escucharse, mientras Ron se sonrojaba furiosamente.

Llamaron a la puerta y entró la señora Weasley con unas cuantas túnicas de Hogwarts recién lavadas y planchadas.

Aquí tenéis —dijo, separándolas en dos montones—. Ahora lo que deberíais hacer es meterlas con cuidado para que no se arruguen.

Mamá, me has puesto un vestido nuevo de Ginny —dijo Ron, enseñándoselo.

Pero lo dudooooooooo —el coro de bromistas, incentivados por las risas que varios de los contemporáneos de Harry y Ron soltaban ya sin decoro, había vuelto a la carga.

Por supuesto que no te he puesto ningún vestido de Ginny —negó la señora Weasley—. En vuestra lista de la escuela dice que este curso necesitaréis túnicas de gala... túnicas para las ocasiones solemnes.

Uuuuuuhhh —el coro de bromistas insistía en su ataque.

Tienes que estar bromeando —dijo Ron, sin dar crédito a lo que oía—. No voy a ponerme eso, de ninguna manera.

¡Todo el mundo las lleva, Ron! —replicó enfadada la señora Weasley—. ¡Van todos así! ¡Tu padre también tiene una para las reuniones importantes!

—Una túnica que me gustaba mucho, debo decir —admitió Arthur, sonrojándose ligeramente. Sin embargo, Ron parecía ya un tomate.

Antes voy desnudo que ponerme esto —declaró Ron, testarudo.

No seas tonto —repuso la señora Weasley—. Tienes que tener una túnica de gala: ¡lo pone en la lista! Le compré otra a Harry... Enséñasela, Harry...

Con cierta inquietud, Harry abrió el último paquete que quedaba sobre la cama. Pero no era tan terrible como se había temido, al menos su túnica de gala no tenía puntillas; de hecho, era más o menos igual que las de diario del colegio, salvo que era verde botella en vez de negro.

¡Woooooow! —exclamaron los bromistas, provocando más risas en la Sala.

Pensé que haría juego con tus ojos, cielo —le dijo la señora Weasley cariñosamente.

¡Bueno, ésa está bien! —exclamó Ron, molesto, observando la túnica de Harry—. ¿Por qué no me podías traer a mí una como ésa?

Porque... bueno, la tuya la tuve que comprar de segunda mano, ¡y no había mucho donde escoger! —explicó la señora Weasley, sonrojándose.

Harry apartó la vista. De buena gana les hubiera dado a los Weasley la mitad de lo que tenía en su cámara acorazada de Gringotts, pero sabía que jamás lo aceptarían.

—Lo sabemos, Harry —mencionó Molly, igualmente sonrojada—, lo sabemos.

Y acercándose a su yerno, lo abrazó ante el aplauso de todos en la Sala.

No pienso ponérmela nunca —repitió Ron testarudamente—. Nunca.

Bien —contestó su madre con brusquedad—. Ve desnudo. Y, Harry, por favor, hazle una foto. No me vendrá mal reírme un rato.

—Tendrías que buscar a Colin, que era el tipo de las cámaras —comentó Seamus, riéndose a más no poder.

Salió de la habitación dando un portazo. Oyeron detrás de ellos un curioso resoplido. Pigwidgeon se acababa de atragantar con una chuchería lechucil demasiado grande.

¿Por qué ninguna de mis cosas vale para nada? —dijo Ron furioso, cruzando la habitación para quitársela del pico.

—No es que no valgan para nada —comentó Hermione, dolida—, es que tú no le das el verdadero valor.

—Lo decía en aquel momento, Mione —Ron notó cómo su esposa, afectada, se había refugiado en su hijo—. Por supuesto que ahorita valoro todo lo que tengo: Tu amor, tu apoyo, esos dos regalos de amor que me diste con nuestros hijos, mi familia, mi trabajo en el Ministerio, mi labor en el negocio…

Frank colocó el pergamino en el atril, el cual desapareció. En ese sentido, la Sala indicó:

—Consideramos adecuado este momento para cenar, descansar y continuar la lectura después de las necesarias horas de reposición de energía.

Justo en ese momento, Kreacher se asomó a la puerta de la cocina para indicar que la cena estaba lista. Después de casi dos horas entre comer y conversar sobre lo que se había leído, cada familia se fue dirigiendo a su respectiva habitación-casa. En el caso de los Potter-Weasley, apenas entraron y cerraron la puerta, Ginny, con voz autoritaria, indicó:

—Bueno, niños, ¡directo a sus camas! No quiero llamarles la atención porque anden alborotando, sobre todo tú, Jamie.

—Tranquila, mamá —respondió el aludido, para luego soltar un bostezo—, hoy caigo redondo en mi cama.

Los tres se despidieron de sus padres y subieron las escaleras, Al casi arrastrando los pies al igual que Lilu. Harry fue a abrazar a Ginny, pero esta, seria, se lo impidió:

—Y tú, señor Harry Potter, recuerda que tienes un castigo. Hoy duermes solo en el sofá —no le dio tiempo a replicar—. No, no, solito —y con un movimiento de varita acomodó los cojines del sofá, colocó almohadas, cobertor y sobre el respaldo de una butaca una pijama—. Hasta mañaaanaa —le canturreó mientras se despedía rumbo a las escaleras.

Harry se quedó en una pieza, no pensaba que Ginny tomara una desición tan firme como esa. Pero al oir cómo las cuatro puertas se cerraban, se resignó a la realidad: le tocaría dormir sólo en el sofá. Se puso la pijama, acomodó la almohada, suspiró, agitó la varita para apagar las lámparas y se acostó, quedándose dormido casi al instante.

No se dio cuenta en qué momento de la madrugada sintió que un cuerpo menudo se metía bajo su cobertor y se apretaba a su cuerpo, sólo sintió ese aroma floral que desde los primeros días lo había enganchado, por lo que sonrió entre sueños, pasó el brazo alrededor de la cintura de su amada Ginny y retomó el sueño.

El despertar los encontró abrazados, en la misma posición, siendo velados por sus tres hijos, quienes en respetuoso silencio, admiraban a sus padres dormir abrazados. Harry, al no tener los lentes, no detalló quienes estaban frente a ellos, pero sí Ginny:

—Hola, niños… Qué raro que no están intentando demoler la casa.

—Mamá —le respondió JS mientras ella se sentaba en el pequeño espacio que quedaba en el sofá—, ¿por quién nos tienes?

—El único que quiere demoler la casa es Jamie —soltó Lilu, provocando una carcajada en Al, y una mirada dura, pero fingida, en el aludido.

—Bueno —Harry bostezó nuevamente y dijo—; déjennos acomodarnos, para volver a la Sala a seguir leyendo, ¿sí?

Luego de los minutos respectivos de ducha, los Potter en pleno ingresaron a la Sala, donde luego de desayunar y organizarse nuevamente, el atril con el nuevo pergamino se materializó delante de Bill, quien leyó el título y sonrió.


Buenos días y feliz 2021! Ya estamos en el nuevo año, dándole energía a esta "aventura astral de tres generaciones y ocho libros", con un capítulo que nos introduce a un personaje que va a ser "pivotal" en este año, como es Rita Skeeter, y un elemento que también va a ser característico en algún momento, como es la túnica de gala. Habrá que ver que se viene (jejejeje)... Como siempre, les agradezco a todos y cada uno de ustedes, quienes leen, siguen, marcan como su favorito y comentan mis relatos, como hizo en este caso creativo (Recuerda, la historia siempre se actualiza, y se debe estudiar...), MC(punto)gotic29 (Me alegra que te haya gustado y sí, Rose tiene una gran participación, pero no es para nada perfecta, al menos para mí; y sí, trataré de balancear más las participaciones) y eugre (me alegra que te haya encantado y sí, es un rasgo del cual he hablado, la "memoria fotográfica" de Rose, que le permite una gran capacidad deductiva. Gracias por tus deseos y espero que como un espejo, se reflejen hacia ti y tu familia). Nuevamente, les deseo que, en este año recién iniciado, todos sus deseos y sueños se cumplan, no les alcancen lo que no necesitan y sobre todo, continuemos juntos en esta aventura y en lo que venga de ahora en adelante! Cuídense y sean felices! Salud y bendiciones!