Capítulo 10
Madara llevaba tres días sobreviviendo con una media de cinco horas de sueño. Lo que de verdad necesitaba era una gran cama y seis horas seguidas de tranquilidad para volver a sentirse normal.
Pero eso era pedir demasiado.
Tenía dos mensajes en el móvil personal. Uno era de su amigo Hiruzen de Nueva York, y en él le aconsejaba que volviera a llamarlo cuando dispusiera de una línea segura. El otro era del agente Chōza, quien le pedía que le dedicara unos minutos de su tiempo.
Tras unos cuantos intentos frustrados de ponerse en contacto con su amigo de la Costa Este, Madara se dio por vencido y fue a la comisaría en la que trabajaban Chōza y su compañero Inochi.
Aunque optó por conducir él mismo para no llamar la atención, cuando entró en la comisaría vio que varias personas posaban la mirada en él.
Madara echó un vistazo general en busca de alguno de los dos agentes que se habían llevado a Sakura del hotel hacía unos días.
—Busca a alguien en particular, ¿abogado?
Madara, que estaba acostumbrado a que se dirigieran a él de ese modo, respondió enseguida.
—¿Está Chōza Akimichi?
—Por ese pasillo. La primera puerta de la derecha.
Madara asintió en señal de agradecimiento y pasó frente a la mirada fija de unos cuantos agentes. Antes de doblar la esquina, notó que el teléfono vibraba en su bolsillo y leyó el mensaje por puro impulso. En la pantalla aparecía el nombre de Hashirama junto con un breve texto.
«Tenemos que hablar. ¿Salimos a tomar algo esta noche?»
Madara le respondió con un rápido mensaje afirmativo y la promesa de llamarlo, y luego volvió a guardarse el teléfono en el bolsillo de la americana.
El despacho interior albergaba seis escritorios ocupados por unos cuantos agentes. Chōza y Inochi se sentaban uno frente al otro en el extremo más alejado de la sala. Los dos levantaron la cabeza de repente al oír que otro agente saludaba a Madara.
—No sabía que formáramos parte de la ruta electoral —dijo alguien con sorna, y tras el comentario se oyeron risas.
—He venido a ver...
—Uchiha —lo interrumpió Chōza—. Me alegro de que esté aquí.
Los otros policías se hicieron a un lado cuando Chōza y su compañero se dirigieron hacia donde estaba Madara. Le estrecharon la mano con una cordial sonrisa.
—No nos han presentado oficialmente. Este es mi compañero, Inochi Yamanaka, y yo soy Chōza...
—Akimichi, ya lo sé.
Chōza entornó los ojos.
—Querían verme.
Inochi se removió con incomodidad y señaló el vestíbulo.
—¿Vamos a tomar un café? —propuso Chōza—. Le revolverá las tripas y lo mantendrá despierto durante doce horas, garantizado.
—Suena bien.
Madara abandonó con ellos la concurrida oficina y los siguió por otro pasillo. Se detuvieron junto a una cafetera de goteo que al parecer nadie limpiaba desde la época de mayor éxito de Prince, allá por 1999. Llenaron un par de vasos de plástico y luego se dirigieron a un espacio aislado que Madara reconoció como una sala de interrogatorios. No pudo evitar preguntarse si lo habían citado allí a causa de algún problema con la ley. Aunque estaba seguro de no haber hecho nada malo, ese par había acudido en busca de Sakura. Todas las precauciones eran pocas.
La puerta se cerró tras ellos, y Madara no perdió tiempo.
—¿Necesito un abogado?
Chōza miró a Inochi y Inochi a Chōza.
—No —respondió Inochi a la vez que le ofrecía una silla.
Después de tomar asiento, Madara probó a dar un sorbo de café. El sabor amargo le rascó la garganta y amenazó con repetirle. No solo estaba malo, también estaba frío.
—Hágase a la idea de que no está en la comisaría; al menos, no de forma oficial. —Chōza se sentó en el borde de la mesa y se cruzó de brazos.
—En la sala de al lado hay una docena de policías que me han visto entrar. Si se trata de algún asunto privado, deberían habérmelo dicho.
—No es ningún asunto privado, pero tampoco es oficial. Si lo hubiéramos citado fuera de la comisaría y alguien nos hubiera visto, la cosa daría lugar a más habladurías. He llegado a la conclusión de que a la prensa le encanta seguirlo por toda la ciudad y plantarle la cámara en las narices.
Madara no tenía argumentos para rebatirlo.
—Bueno, ¿se puede saber por qué estoy aquí?
—¿Qué tipo de relación tiene con Sakura Haruno?
La pregunta le sorprendió y no estaba dispuesto a contestarla.
—¿Por qué quieren saberlo?
—La chica nos importa mucho.
—¿En qué sentido? —¿Acaso esos policías habían olvidado que estaban hablando con un abogado? Si había alguien versado en el arte de obtener evidencias, ese era él. Por no mencionar su habilidad para eludir las preguntas, como buen político.
—¿Sale con ella? —preguntó Inochi desde el otro lado de la mesa.
—¿Alguno de ustedes es su tío? ¿O su primo? —preguntó Madara.
—No piensa responder a nuestras preguntas, ¿verdad?
—Explíquenme el motivo de esta reunión y me plantearé sus preguntas. —No pensaba responderlas, pero al menos se las plantearía.
—Sakura es muy tozuda.
Madara se rió entre dientes. «Vaya, es el descubrimiento del año.»
—¿Y?
—Tenemos motivos para pensar que podría estar en peligro. Si conociéramos la naturaleza de sus sentimientos hacia ella, dispondríamos de mejores herramientas para mantenerla a salvo.
La sonrisa que empezaba a dibujarse tras el comentario de la tozudez desapareció al oír la palabra «peligro».
—¿Qué clase de peligro?
Chōza cruzó una mirada con Inochi, pero ninguno de los dos dio explicaciones. Por el gesto firme del mentón de Chōza, era obvio que no pensaban hacerlo.
—A ver, señores, alguien tiene que empezar a demostrar su confianza en el otro. Son ustedes quienes me han llamado, ¿recuerdan?
Inochi apartó su silla de la mesa de un empujón.
—Sakura debería desaparecer una temporada.
—¿Desaparecer? —A Madara no le gustaba cómo sonaba eso.
—Sí. Solo que ella no lo ve desde la perspectiva de nuestros años de experiencia. Si tiene buena relación con ella, a lo mejor puede convencerla.
¿Desaparecer? ¿Peligro? Madara empezaba a comprender cuáles eran los puntos importantes del orden del día. El resto era un turbio cúmulo de preguntas más que de respuestas. Necesitaba respuestas. Y la mejor manera de obtenerlas era marcarse un farol y hacer que esos hombres creyeran que sabía más cosas.
—Sakura es tozuda, sí. Está claro que la conocen desde hace tiempo.
—Más que nadie —dijo Chōza con los labios pegados al vaso de café.
Inochi se aclaró la garganta en una obvia advertencia a Chōza para que se callara.
—Nuestro único objetivo es mantenerla a salvo. Usted ha pasado bastante tiempo metido en el mundo legal, señor Uchiha, ya sabe hasta qué punto los recortes presupuestarios nos tienen atados de pies y manos. Sakura necesita protección y no siempre podemos ofrecérsela.
—¿Protección? ¿De quién hay que protegerla? —En cuanto terminó de pronunciar la pregunta se dio cuenta de que acababa de delatar que sabía bien poca cosa.
—Eso no podemos decírselo. Lo hemos citado aquí con la esperanza de que pueda hacer entrar en razón a Sakura. Ella sabe el riesgo que corre y que debería marcharse.
Madara pensó en la reciente boda, en la amistad de Sakura con Temari y en el cariño que le tenía a Tim.
—No se marchará.
—¿Quiere decir que no va a ayudarnos?
—Quiero decir que lo han comprendido a la primera. Sakura no es de las personas que hacen las cosas que deben. Solo hace lo que quiere hacer. —Pensó por un momento en el horrendo vestido amarillo de dama de honor y en lo nerviosa que la ponía hablar con los periodistas. Sí, a veces hacía cosas que no le apetecían, pero siempre era por el bien de alguien.
—Ya nos imaginábamos que no lo sacaríamos de ahí —dijo Chōza. Se apartó de la mesa dándose impulso y asomó la cabeza por la puerta—. ¿Keller? —gritó.
Se oyeron las pisadas de alguien a quien Madara no podía ver y un tamborileo de dedos.
Chōza bajó la mirada cuando otro policía entró en la sala acompañado por un amiguito de cuatro patas.
El pastor alemán paseó la mirada de uno a otro de los presentes. Jadeaba y la lengua le colgaba por un lado del morro.
—Este es Zod, un compañero recién retirado.
—¿Qué hace aquí?
—Va a entregárselo a nuestra amiguita común.
Madara enarcó las cejas de golpe.
—¿Que yo voy a entregárselo?
—Exacto. Zod comprende bien las órdenes en alemán, y seguro que Saku... Sakura las recuerda. Si le entregamos el perro nosotros, probablemente se nos reirá en la cara, pero si se lo entrega usted, es posible que decida quedárselo.
Madara había visto muchas veces en los telediarios el daño que podía llegar a causar un perro policía. Lo que le preocupaba no era si Sakura estaría a salvo con un animal así al lado, sino por qué lo necesitaba.
—¿En serio lo creen necesario?
—Es una medida de protección que podemos ofrecerle a Sakura sin que ponga demasiadas pegas. No resultaría fácil que accediera a trasladarse a vivir con algún amigo. O con su novio —apostilló Inochi.
Chōza dio un resoplido de exasperación.
—Es más tozuda que mi ex mujer.
—¿Cuál de ellas? —preguntó Inochi entre risas.
—Las dos.
—¿Tanto peligro corre?
Chōza asintió.
—¿Y no piensan explicarme por qué o quién la persigue?
—Le estamos diciendo que le entregue el perro y le cubra las espaldas. Si observa algo sospechoso tiene que contárnoslo. —Chōza sacó una tarjeta de su cartera y se la tendió a Madara—. Si no fuera candidato a gobernador, le propondría que se pegara a ella como una sombra hasta que estemos seguros de que no corre peligro. Pero todo este lío empezó a causa de la faceta pública de su vida, y lo último que Sakura necesita es volver a aparecer en los medios.
La desagradable sensación que Madara notaba en la boca del estómago empezó a extenderse. Necesitaba respuestas.
Y las necesitaba ya.
Se puso en pie y los dos hombres lo siguieron. Inochi le puso la correa a Zod y le entregó el otro extremo a Madara.
—¿Zod? ¿De verdad se llama así? —Sonaba a película de ciencia ficción.
Zod respondió a su nombre con un ladrido.
—Solo prueba su comida especial. Un subalterno le llevará una lata al coche.
Se imponía la necesidad de llamar a Hiruzen. No podía permitir que Sakura fuera la única a quien el perro obedeciera.
—Forma parte de un programa de protección de testigos.
Las palabras de Hiruzen resonaron a través del manos libres del coche de Madara.
—Tendría que habérmelo imaginado —confesó Madara a su amigo.
—Tratar de desenterrar información de un caso así es como intentar despegar dos trozos de celo. Si quieres respuestas, lo mejor será que las busques en la fuente original.
Madara miró a Zod, que lo olisqueaba todo con la nariz incrustada en la rendija de la ventanilla. Había ido a casa de Sakura, pero no estaba allí. Y no le devolvía las llamadas. Por un mensaje de Hashirama supo que había ido a Malibú para comer con Temari.
—No sé si querrá hablar.
—Probablemente no. De todos modos, será mejor que evitéis llamar la atención y que os separéis en cuanto se revele su identidad.
No se había marchado, a pesar de que sabía que deseaba hacerlo. No podía estar seguro del motivo, pero haría todo lo posible por mantenerla anclada a su nueva vida.
Zod empezó a aburrirse del panorama que se veía desde la ventanilla y se acomodó en el asiento del acompañante del coche de Madara. El nuevo K-9 recostó la cabeza en el apoyabrazos intermedio y frotó el frío y húmedo hocico contra su elegante camisa.
—¿Cuántas cosas sabes de los perros policías?
—Las mismas que cualquiera que no los usa en su trabajo. ¿Por qué?
Sonó el claxon del coche de detrás porque Madara no reparó en que el semáforo se había puesto verde. Zod enarcó las cejas de golpe, pero no levantó la cabeza.
—Tengo al lado a uno que me está mirando. Es un regalo de los amiguitos de Sakura.
Hiruzen dio un silbido prolongado.
—¿No bromeas?
—No bromeo.
—Entonces es que la cosa es grave, Madara. Tienes que tener mucho cuidado.
Pero Madara no estaba preocupado por sí mismo.
—El perro no es para mí.
—Eso ya lo he pillado. Pero si la policía quiere que tu novia lo tenga cerca es que realmente corre peligro. Y a los criminales les da igual a quién se llevan por delante a la hora de cargarse a alguien.
Madara abandonó la saturada autopista del Pacífico para dirigirse a casa de su mejor amigo.
—Esa canción ya me la sé, Hiruzen. Lo que no sé es alemán para hablarle al perro. Necesitaré un poco de ayuda.
—Vas en coche, ¿verdad?
—Sí.
—Entonces ya te llamaré. No querría que Fido te obligara a hacer alguna maniobra rara —dijo Hiruzen echándose a reír en el otro extremo de la línea.
—Se llama Zod.
Hiruzen rió con más ganas.
—¿Quién ha dicho que los policías no tienen sentido del humor?
Madara se dirigió a la verja y utilizó el mando a distancia que tenía para acceder a la finca. Agitó la mano ante la cámara a la vez que la puerta se abría para dejarle paso.
—Tengo que dejarte —dijo Madara a Hiruzen—. Te llamaré más tarde.
—Ten cuidado, gobernador.
Al colgar, Madara recordó la campaña electoral y se dio cuenta de que se había olvidado de ella por completo a causa de la preocupación por Sakura. De pronto, se fijó en que el coche de su bella distracción estaba aparcado en el camino de entrada. Sonrió ante la perspectiva de volver a verla y lo invadió un cálido sentimiento. La echaba de menos.
La cuestión era si ella también lo echaba de menos a él.
Zod subió los escalones de la entrada junto con Madara y al llegar arriba se sentó. La criada que abrió la puerta miró al perro de pasada.
Madara se planteó dejar fuera a Zod, pero optó por no hacerlo al reparar en que había un jardinero trabajando. Aunque llevaba puesta la correa, el perro no se separaba de Madara y siempre avanzaba cuando lo hacía él. «Eres un perro listo.»
La criada acompañó a Madara hasta la sala de estar de la familia. Este oyó la voz de Sakura mezclada con las de Tōka y Temari. Se estaban riendo, cosa que Madara llevaba varias semanas sin hacer.
Las preocupaciones le pesaban y de repente se sintió muy cansado. Se pasó la mano por la cara antes de vérselas con las tres mujeres.
—¿Señora Senju? —dijo la criada—. Ha venido el señor Uchiha.
Temari se volvió de golpe hacia la puerta. Madara cruzó la mirada con ella antes de fijarla en Sakura. Los dos se miraron. Se la veía exhausta, una sensación que Madara conocía bien.
—Hola —logró pronunciar antes de que Tōka abandonara su asiento y fuera directa hacia él.
—¡Madara! —Le echó los brazos al cuello y lo besó en ambas mejillas. Luego se arrodilló para acariciar al perro.
Una amalgama de emociones cruzó el rostro de Sakura. Madara imaginó que a él le estaba ocurriendo lo mismo. En parte expresaba duda; en parte, ilusión. La última vez que se habían visto él había invadido su zona íntima. Claro que... no es que a ella le hubiera molestado mucho. Aun así, se planteaba cómo debía actuar ahora. Supuso que lo mejor sería seguirle la corriente ya que en la sala había espectadores.
—¿Quién es este? —preguntó Tōka, ajena a las emociones que invadían a Madara.
—Es un regalo —logró pronunciar sin apartar los ojos de la mirada verde e inquisitiva de Sakura.
—¿Un regalo?
Sakura pestañeó varias veces y desvió la atención hacia Zod. Al verlo, hizo una profunda inspiración y borró la sonrisa que se había dibujado en su rostro cuando Madara entró en la sala.
—Es para Sakura.
Sakura sacudió la cabeza y dio media vuelta.
Temari se acercó hasta donde estaba Tōka y dejó que Zod le olfateara la mano.
—O sea que lo sabes todo —dijo Temari.
Sakura volvió la cabeza para mirarlo... y esperó.
—¿Qué es lo que tengo que saber? —preguntó Madara.
Temari, agachada junto al animal, levantó la cabeza para mirar a Madara. Luego echó un rápido vistazo a su mejor amiga.
—¿Cómo se llama? —preguntó a continuación.
—Zod.
Tōka se echó a reír mientras Sakura no paraba de sacudir la cabeza de espaldas a ellos.
—¿Zod?
El perro ladró unas cuantas veces al oír pronunciar su nombre.
—No me miréis mal —dijo Madara—. El nombre no se lo he puesto yo.
—Entonces, ¿quién se lo ha puesto? —preguntó Tōka.
Temari se volvió hacia Sakura, pero ella seguía sin mirarlos. Luego se fijó en la expresión desconcertada de Tōka.
—Tema —empezó Madara—. ¿Podrías...? ¿Podríais Tōka y tú llevaros a Zod para que pueda hablar un minuto a solas con Sakura? Dadle un poco de agua... O lo que sea.
Temari captó la indirecta y cogió la correa.
—Claro. Vamos, Tōka.
Por suerte, Tōka y Temari abandonaron la sala sin hacer preguntas. Se las oía charlar mientras se alejaban. Cuando se hubieron marchado, Madara esperó alguna señal que le diera a entender que Sakura sabía que estaba allí aguardando a que ella hiciera algo, lo que fuera.
—No lo quiero —dijo ella por fin.
No dijo «No pienso quedármelo». Ni «Quiero que te lo lleves».
—Parece que lo necesitas.
Ella exhaló un breve suspiro.
—No hagas ver que no sabes por qué.
Sakura seguía sin mirarlo. Tenía la espalda tan agarrotada que debía de dolerle mucho. Daba la impresión de que estaba a punto de echarse a correr, de salir disparada de allí ante el menor problema a la vista.
—Sé dos cosas —empezó Madara—. Que dos amigos tuyos a los que conocí el otro día me han pedido que te traiga este perro.
Ella siguió sacudiendo la cabeza.
—¿Y cuál es la segunda?
—Que la policía intenta protegerte. —No dijo que había descubierto que formaba parte de un programa de protección de testigos con la esperanza de que se lo confesara por sí misma—. No tengo claro por qué, Sakura.
Madara se aventuró a acercarse a ella. Cuando estuvo a un palmo, bajó la voz.
—¿Qué está pasando? —casi le susurró al oído.
—Es difícil de explicar.
—Se me da bien escuchar.
—No tendrían que haber recurrido a ti. No necesito ningún perro guardián.
—Chōza me ha dicho que si te lo hubieran ofrecido ellos, lo habrías rechazado.
—Chōza tiene razón. —Por fin Sakura se volvió hacia él y clavó la mirada en sus ojos—. Aunque lo hayas traído tú, no lo quiero.
—Pero te lo quedarás..., ¿verdad?
Sakura apretó la mandíbula y clavó la mirada en la puerta por la que había desaparecido el animal.
—No lo sé.
Madara le posó la mano en el hombro, y al ver que no lo apartaba la intensidad de sus emociones se multiplicó.
En el fondo de sus ojos captó que estaba asustada, pero al cabo de un minuto la expresión había desaparecido.
—Quédatelo un tiempo, por favor, yo no puedo estar siempre contigo.
—No te lo he pedido.
—Además, vives sola. Y Tarzana no es precisamente el barrio más seguro de la ciudad.
—Tampoco es el peor —repuso ella.
—¿Piensas explicarme el motivo de todo esto? ¿Por qué Chōza y Inochi me han pedido que te entregue el perro? Para empezar, ¿de qué te conocen?
Sakura tragó saliva unas cuantas veces; era evidente que le costaba hablar.
—Están paranoicos. Me protegen demasiado y ven enemigos por todas partes. Lo hacen por pura precaución, eso es todo.
—Llevas una pistola en el bolso, Sakura. Eso es algo más que pura precaución.
Ella se apartó de él. Se acercó a la ventana y miró al exterior. Tras unos instantes de silencio, le explicó lo que ya sabía.
—Formo parte de un programa de protección de testigos. Chōza y Inochi son los policías a quienes asignaron mi caso cuando era niña, pero el tipo que les preocupa está cumpliendo cadena perpetua, así que en realidad no hay para tanto. Lo de Zod es una exageración. No corro peligro, si no a estas alturas ya me habrían llevado a otra parte. Lo que pasa es que están paranoicos. Están así desde la rueda de prensa.
Madara notó que se le agarrotaban los brazos y se dio cuenta de que tenía los puños apretados. Estaba enfadado al oír la confirmación de lo que tanto le preocupaba.
—¿Quién es? ¿De quién te protegen?
—Eso no importa.
—Claro que sí.
Ella se volvió y lo miró con los brazos en jarras.
—Ya te he explicado los motivos, los mismos que seguramente te contará Hashirama en cuanto Temari haya hablado con él. Nunca le pediría a mi mejor amiga que le ocultara una cosa así a su marido, y sé que tú y él acabaréis hablando del tema. Pero eso es todo, Madara. No veo la necesidad de poneros en peligro a ti ni a Temari y su familia.
—Sé cuidarme solito.
—Tal vez tú sí. Pero ¿y Temari? ¿Y qué me dices de Tim? El programa de protección de testigos no está hecho para los casos del tres al cuarto.
—Eso ya lo sé.
—Entonces también sabrás que no puedo contarte nada más. En contra de lo que me dicta la sensatez, he decidido quedarme aquí y no salir corriendo como un conejito asustado. Pero eso no quiere decir que no lo haga si hay indicios reales de que alguien me anda persiguiendo.
—Chōza me ha dado un perro policía para ti. Inochi y él están preocupados.
—Lo que están es paranoicos, no preocupados.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque me dan un perro policía en lugar de ponerme escolta. Sé de lo que hablo, Madara, llevo toda la vida en esto. Si de verdad corriera peligro, se me echarían encima y me protegerían las veinticuatro horas hasta que pudiera desaparecer o dispusiera de tanta vigilancia como el mismísimo presidente.
Madara no sabía si sentirse aliviado o incómodo.
Estaba molesto a pesar de todas las explicaciones de Sakura.
—¿Te quedarás el perro?
—Si lo hago, ¿dejarás de preguntar?
—Sí. —«De momento.»
—Vale, pues me quedaré el perro.
Madara lo consideró una pequeña victoria. Sakura le había contado parte de la verdad y había conseguido convencerla para que tuviera a un perro guardián en casa.
Lo que Sakura no sabía era que él tenía pensado hacer compañía al perro siempre que no estuviera trabajando. Y cuando no pudiera hacerlo personalmente, encontraría la manera de que hubiera otra persona a su lado.
