Ni siquiera dolía. Sangraba pero más como un rasguño y veía en el ceño fruncido de Kunikida las ganas que se estaba tragando de preguntar ¿Qué demonios había sido todo eso? Porque ni la Port Mafia y menos Chuuya Nakahara eran unos principiantes como para cometer el error de dispararle sin apuntar a órganos vitales. Algo se estaban perdiendo de la historia y Dazai le sonreía de esa manera peligrosa, animándolo a lanzar por fin la interrogante pero con la amenaza de que quizá no iba a poder soportar su respuesta. Dazai era muchas cosas que Kunikida odiaba, flojo, irresponsable, Casanova, suicida. Pero había otras cosas en él que le resultaban simplemente atemorizantes y de las cuales nadie hablaba abiertamente. Probablemente esta ocasión envolvía algo relacionado a su parte oscura y él realmente no quería involucrarse demasiado. Tomó el bolígrafo, escribiendo los datos que le fueron pedidos en la recepción, un poco agradecido de no tener qué encararlo por un rato.

Dazai estaba tranquilamente mirando a la enfermera ponerse nerviosa por la manera en que él sujetaba su brazo con un falso miedo a las jeringas mientras ella le aplicaba quizá un suero o algo que realmente no le interesaba. La mirada felina en sus ojos cafés la hicieron más rápida en su trabajo, tan sólo queriendo salir de allí. Dazai sonrió satisfecho al escuchar la puerta cerrarse, levantándose de la cama para hurgar en su abrigo hasta encontrar el celular que Chuuya no notó que había dejado. Se lamió los labios con expectativa, poniendo su dedo en el lector de huellas para desbloquearlo. Una noche que Chuuya quedó exhausto él tomó su celular y agregó su huella sin que él lo notara. Miró con una mueca de asco el corazón y el diminutivo del nombre de Akutagawa, y aunque algo le picaba a mirar la galería y ganarse más motivos de burla, decidió que no tenía el tiempo justo ahora para eso. Marcó, esperando.

— Hola, cariño.

— Qué sorpresa, Ryu.

— ¿Dazai? ¿Qué mierda es esto?

— Bueno, verás— se recostó en la almohada, mirando hacia la puerta con una sonrisa—. Chuuya fue a visitarme y terminé por dispararme a mí mismo con tal de que él pasara unas cuántas horas en la Estación, sabes que me gusta molestarlo. Lo que no tuve en cuenta hasta ahora es que tú y él están juntos y conociéndote irás a hacer toda una escena para recuperar a tu princesa en apuros ¿No? No es que me importe mucho que mates a unos cuántos policías, pero Atsushi está con él y no puedo permitir que lastimes a mi novio.

Detrás del teléfono escuchaba la pesada respiración de Akutagawa, conteniendo sus insultos, esperando que le dijera que aquello era una broma, que le estaba tomando el pelo.

— Chuuya puede lidiar con unos cuántos policías por sí solo en caso de ser necesario, pero es lo suficiente ecuánime para resolver las cosas de una manera más pacífica. Además es difícil que incluso la policía quiera meterse con la Port Mafia.

— Sí, claro. Está todavía esa romantización de la asociación criminal que en realidad cuida de su ciudad. Pero sólo piensa un segundo que los oficiales que toman el caso son esa clase de personas que prefieren el honor. Atrapar a uno de los Líderes de la Mafia, a uno de los integrantes del "Doble Negro" tiene bastante peso ¿No piensas? Y no haría falta escarbar mucho en el papel para encontrar cosas que le ganen más de un par de años en prisión. Sería un caso lo suficiente mediático como para que Mori se arriesgue a intervenir. Ni siquiera Kouyou podría intervenir.

— Puedo creer algo así, Dazai, pero no que tú me llames para decirme todo esto de manera desinteresada.

— Ya te lo dije, Atsushi está con Chuuya y no quiero que se vea involucrado. No has cambiado lo suficiente para garantizarme que no vas a intentar sacarle las entrañas en cuanto lo veas. Es algo natural preocuparse por las personas que amas, Ryu.

— Atsushi no es ningún debilucho.

— Toma o deja lo que te estoy diciendo. Pero ten en cuenta que si intervienes ahora, nos va a ahorrar a los dos un mal trago.

— Está bien. Pero si me estás mintiendo...

— No tengo por qué ¿Tienes dónde anotar la matrícula de la patrulla donde se lo llevaron? A estas horas deben estar por atorarse en un embotellamiento.

Le dictó los números a Akutagawa, terminando la llamada, pero lejos de guardar el celular, volvió a su inquietud de revisar la galería. Fragmentos de una vida realmente cálida, regalos sorpresa, cenas, fotografías de ambos en distintos sitios, de Akutagawa dormido, cepillándose los dientes, riéndose... Una fotografía de dos manos con anillos idénticos. Era fácil ocultar algo así bajo sus guantes. Resopló más divertido, negando, acostándose. Era mejor que Chuuya tuviera algo tan dulce para arrebatarle, nada de diversión encontraría en destrozarlo si no tuviera tanto por perder.

— Claro.

Los dedos de Atsushi temblaban en los cabellos rojizos, sintiendo en el pecho un pálpito extraño, ese algo que siempre le indicaba a dónde mirar antes de que las cosas ocurrieran. Apenas alcanzó a agacharse, sin querer pero de paso cubriendo a Chuuya con su cuerpo cuando la mitad de la patrulla fue rebanada por una tira de negro eléctrico que reconoció enseguida. Los vellos se le erizaron mientras sus colmillos se asomaban.

— No vine a pelear.

La voz de Akutagawa.

Chuuya se incorporó, apartándose de Atsushi, primero mirando los cuerpos rotos de los oficiales, la sangre corriendo y las esquirlas de metal cayendo en ella. Parpadeó, intentando procesarlo.

— ¿Cómo es que?

— ¿Estás herido, cariño?

Caminó hasta él, limpiando su rostro con su mano, tomándolo del brazo para ayudarlo a salir del auto destrozado, rodeando su cintura, acomodando su sombrero en su cabeza. Sonriéndole.

— No era necesario.

— Yo sé que mi Chuuya es perfectamente capaz de cuidarse por sí mismo pero ¿No me puedes permitir ser tu caballero de vez en cuando?

— ¿Cómo supiste dónde estaba?

— Eso no importa— besó su frente, mirando al pequeño revuelo que la gente también atrapada en el tráfico estaba haciendo ante la escena, haciendo ondular su gabardina como una serpiente sus cascabeles, devolviendo a todos al interior de sus autos. Un segundo, quizá un poco más, pero notó la mirada de Atsushi en él—. No vine a pelear contigo, ya te lo dije.

— Mataste a dos personas inocentes.

— Nadie que le ponga las manos encima a Chuuya es inocente para mí.

Terminó, agitando su mano en despedida. Atsushi miró hasta entonces el pequeño anillo de oro blanco en su dedo.


Esa misma noche Dazai ya estaba durmiendo tranquilamente en su cama como si nada hubiera ocurrido. La Agencia en general estaba ignorando aquello como si sólo se hubiera tratado de una pequeña rencilla entre viejos amigos y parecía que el único que no podía pensarlo así era él. El celular de Chuuya en la mesita de noche y la idea de Dazai de venderlo o tirarlo porque total él podía pagarse otro le hicieron cortocircuito. Algo estaba pasando, lo sentía, pero también sentía que no quería saberlo. Porque algo en el pecho le estaba quemando desde la tarde, y se aferraba a pensar que era porque Dazai fue herido, porque él se sentía algo traidor porque realmente no fue siquiera descortés con Chuuya. Pero su dolor era pequeñito, del tamaño exacto de un anillo.

No estaba haciendo nada malo.

Sólo era su deber.

Los dedos le temblaban en las teclas, en un número que no tenía guardado y ya casi se había borrado del registro por tener tanto sin ser recordado, pero ahí, adherido a las últimas conversaciones estaba. Suspiró, dio un pequeño paseo por el pasillo, llegó hasta el techo y volvió al baño, buscando toda la intimidad que pudiera conseguir antes de por fin atreverse a marcar. Nada le garantizaba que siguiera siendo su mismo número, menos que fuera a contestarle.

— ¿Qué quieres, Nakajima?

— Lamento llamar tan tarde, pero— estaba tartamudeando, necesitaba respirar para que su voz fuera audible y entendible—. El celular de Chuuya se quedó aquí y quizá lo necesite.

— Ah, sí lo olvidé— murmuró, chasqueando la lengua—. Iré por él. Te veo en unos veinte minutos.

— Hay muchas patrullas, no creo que sea bueno que vengan tú o él. Si quieres puedo ir a llevárselo. En realidad no puedo dormir de todas maneras.

— ¿Chuuya? Atsushi tiene tu celular, dice que quiere venir a entregártelo pero si prefieres te puedo comprar uno nuevo— aunque se había alejado de la bocina todavía pudo escuchar su voz, el cambio de tono tan evidente. Escuchó risas, besos—. Te voy a mandar a un chofer de la Mafia para que te traiga.

Colgó. Atsushi se quedó mirando el contador de la llamada, con el ardor creciendo. Se apuró a tomar un abrigo, el celular y esperar en la esquina hasta que vio un auto negro. La persona al volante no le dirigió una sola palabra y él tampoco lo hizo, sintiéndose nervioso. ¿Qué rayos estaba haciendo? Era patético hasta para él. Se mordió la punta de los dedos, el silencio lo ahogaba.

— Oye...¿Llevas mucho tiempo trabajando para ellos?

El hombre lo miró por el espejo retrovisor dos segundos pero no respondió.

— No...Bueno...Si te perjudica en algo decirlo no lo hagas, pero Akutagawa y Chuuya ¿Están comprometidos?

— No.

Suspiró, vergonzosamente aliviado.

— Se casaron hace dos semanas. Hubo una fiesta muy elegante y discreta.

— Oh, vaya.

El silencio volvió, más agudo y pesado, pero sabiendo que ya era imposible para él escapar del auto. Intentó mirar la noche, las estrellas y todo lo que de día no podía apreciarse para distraerse, logrando al menos que el tiempo corriera menos doloroso hasta que se estacionaron y el hombre le abrió la puerta, diciéndole al par de guardias en la entrada del edificio que estaba allí por órdenes de Chuuya. Lo dejaron pasar, mirándolo y apuntándole discretamente desde su posición hasta la puerta del departamento. No podía arrepentirse, de todas formas sólo iban a ser dos segundos, darles el celular y volver a su casa. Tocó, los nudillos dolían contra la fría superficie, casi rogando que no lo escucharan y dejar el encargo en manos de sus guardias. Pero escuchó pasos apurados, vio a Chuuya abrirle con una sonrisa tan brillante que le partió el alma.

Porque Dazai no podía sonreír así cuando estaban juntos.

Porque él dejó de sonreír así cuando estaban juntos.

Porque Akutagawa lo estaba haciendo así de feliz.

— Lamento despertarlos tan tarde, sé que pude esperar hasta mañana.

— No digas tonterías, en esta casa nadie duerme temprano— se veía tan radiante, tan distinto al manojo que había visto en la mañana—. Eres un héroe, Atsushi. Ese celular contiene información muy valiosa para nosotros.

— Me alegra ser de ayuda.

Sonrió nervioso, buscando el artefacto en su chamarra, dejándolo en su mano. Mano que Chuuya tomó para hacerlo entrar al departamento, sujetando su brazo de una manera tan amistosa que ni siquiera pudo incomodarse.

— Acabo de preparar chazuke, Ryu dice que es tu favorito. No soy el mejor cocinero pero de verdad me esforcé.

— En realidad es un poco tarde y...

— ¿Nos vas a rechazar una cena, Nakajima? Es decir, sé lo que ganan en la Agencia, no te puedes dar el lujo de decir no a comida gratis.

Sintió escalofríos cuando Akutagawa se asomó desde el comedor, ya en pijama, con el ceño fruncido, desapasionado, pero...¿Cómo explicarlo?

Chuuya caminó hasta el comedor , las manos en la cintura, viendo a Akutagawa con los labios apretados y entonces notó algo que debía ser de suma importancia, pero claro. Él no era bueno con los detalles. Chuuya no llevaba los guantes puestos. El anillo de oro blanco brillaba incluso en la noche.

— No seas grosero con las visitas.

— Sólo estoy diciendo la verdad.

— De verdad no quiero molestar, ya es lo suficiente raro que esté aquí.

— Nunca pude agradecerte correctamente cuando me ayudaste, Atsushi. Al menos déjame hacer algo amable por ti.

Chuuya le sonrió recargado en el pecho de Akutagawa, quien besó su cabello antes de palmear su cintura para girarse y tomar los platos de la alacena, susurrándole algo que lo hizo sonrojar y gruñir, pero a Akutagawa le hizo sonreír, besando su nariz, sus mejillas.

¿Por qué lucían tan felices?

¿Por qué si ellos eran los malos podían aparentar una tranquilidad que él nunca siquiera había rozado?

El estómago le ardió pero no pudo dejar de verlos.

— Al menos prueba el chazuke que hice. Si decides que no es digno de tu paladar prometo que dejaré de insistir.

Chuuya le extendió la cuchara y Atsushi parpadeó avergonzado porque su primera reacción fue ponerse en postura defensiva. Pero realmente estaba en territorio enemigo y todo aquello era tan extraño que nadie lo culpaba. Akutagawa le palmeó el hombro y Atsushi se disculpó bajito, acercando sus labios a la cuchara.

— Está delicioso.

— Por supuesto que lo está, pasó casi tres horas buscando un buen resta...Es decir, cocinándolo.

— ¡Ryunosuke Akutagawa! ¡Me acabas de delatar!— Chuuya le clavó el dedo en las costillas a un Akutagawa sonrojado, que se cubría la boca—. ¡Juraste que no le dirías!

— ¡Lo siento! ¡Se me escapó!

— ¡Nada de lo siento! ¡Tendrás qué pagar por esto!

Atsushi apenas alcanzó a hacerse a un lado cuando Akutagawa pasó corriendo, huyendo de Chuuya. Lo derribó en la entrada de la cocina, comenzando a hacerle cosquillas. La risa y súplicas de Akutagawa llenaban la casa entera, como si fuera apenas mediodía y no temieran que alguien fuera a tocar su puerta por el escándalo que estaban haciendo. Ciertamente nadie lo haría, de cualquier modo. El rostro enrojecido y lleno de lágrimas de risa de Akutagawa fue abriendo la herida en el pecho de Atsushi.

Era claro que él no pertenecía allí, que estaba interrumpiendo.

— Ustedes realmente están casados ¿Verdad?

Ambos se detuvieron, prestándole atención. Chuuya se quitó de encima de Akutagawa con algo parecido a la culpa, mientras que Akutagawa se arreglaba el pijama con un mohín amargo.

— Fue una ceremonia muy íntima, como sabrás es algo delicado que dos miembros de la Mafia compartan este tipo de lazos y mientras menos lo sepan mejor. La razón de no dejar perder el celular es que las únicas fotografías y videos que tengo de ese día están allí.

— Entiendo, es algo muy importante. Me alegra por los dos. Puede que no suene sincero dado lo que somos, pero realmente me alegra.

— No tienes qué mentir, pequeño.

Chuuya caminó hasta él, acariciando su mejilla con una mueca triste, disculpándose por haberle quitado algo que no fue hasta entonces que notó.

— Lo digo de verdad. Me alegra que seas feliz, Akutagawa.

Y era sincero, se podía sentir en su voz, en la claridad de cristal en sus ojos y la sonrisa. Pero las lágrimas contaban la otra parte de esa verdad, la amargura con que sus labios se curvaban, o sus dedos incrustándose en las palmas.

Chuuya se inclinó a abrazarlo, a contenerlo mientras el niño herido no podía renunciar a ese consuelo, apretando sus puños en la ropa de Chuuya, manchando con su llanto. Si Dazai no se hubiera entrometido, Akutagawa estaría compartiendo esa intimidad con él, le estaría quitando uno a uno los puntos sobre las heridas después de ayudarle a cicatrizarlas. En cambio estaba allí, lleno de más arañazos, de más inseguridades porque Dazai decidió que así debían transcurrir las cosas, que un Atsushi roto le era más útil que uno feliz.

Y Chuuya no podía evitar la culpa así como tampoco el egoísmo. Si abría la boca perdería también a Akutagawa porque sabría todas las veces que mintió por Dazai, todos los atropellos que le permitió y qué tan lejos había llegado por él. Sus secretos estaban juntos y apilados en el mismo cajón y si uno sólo era expuesto, los demás también saldrían volando. Que Akutagawa apareciera fue cosa de Dazai, lo sabía, pero que él estuviera usando esa carta a su favor era algo que no podía confesar.

Pero al menos era sincero en no querer dañar más a Atsushi, en al menos desear darle un poco de amabilidad y ternura.

Besó su frente, acarició su cabello.

— ¿Puedo de verdad quedarme a cenar?

— Claro.

— Es un poco tarde— Akutagawa pasó por su lado, apretándole un hombro—. Si quieres puedes quedarte a dormir en el sillón, parece que no, pero es bastante cómodo.

— Gracias.

Sonrió sin muchas fuerzas, dejándose caer en la silla, aceptando el plato de comida.