IX.

A lo largo de mis casi mil años de vida, he tenido que despedirme de mucha gente importante para mí. Empezando, sobre todo, por mis hijos, que tuve que hacerlo entre las sombras, sin que nadie me viese y mientras estaban dormidos. Para un padre, tener que decir adiós para siempre a unos niños que apenas llegaban a la adolescencia es de las cosas más duras que he tenido que vivir.

A Sigrid, mi hija, le gustaba trenzarme el pelo, porque decía que su padre no podía tener el pelo en los ojos cuando se marchaba a luchar en alguna batalla. Para ser tan pequeña, siempre me sorprendió lo inteligente que era.

Algo parecido me sucedía con Pam. Cuando la conocí era dulce y frágil como una muñeca de porcelana. Durante los primeros meses que estuvimos juntos, me solía trenzar el cabello, porque, según ella, un caballero jamás podía tener la melena tapándole los ojos.

En cierto modo, siempre vi en Pam algo de mi pequeña Sigrid, y es por eso por lo que siempre la he amado más como a una hija. Y tener que despedirme de ella, como lo hice en su día de mi hija, fue de las cosas más dolorosas por las que he tenido que pasar.

—Quiero irme contigo —dijo Pam la última madrugada que estuvimos juntos aquel verano de hace tres años, mientras cepillaba con suavidad mi larga melena dorada—. No pienso dejarte solo con esa arpía de Freyda.

—Ni hablar —le dije tajantemente—. No pienso meterte en esto. Tú no estás dentro del acuerdo.

—Me da igual lo que me digas, me iré contigo.

—No —repetí, más serio; sentí cómo las manos de Pam se tensaban mientras manejaba mi pelo—. Te quedarás aquí. Serás la nueva sheriff de la zona cinco y la dueña del Fangtasia.

—Prefiero irme contigo.

—Mira que eres terca —murmuré, poniendo los ojos en blanco.

—Lo sé. Lo aprendí de ti.

Había empezado a trenzarme el pelo desde la coronilla y sentí cómo sus manos trabajaban con mi melena. Pam era de las pocas personas —o vampiresas— a quien yo dejaba tocármela. A veces hasta me relajaba; como aquella noche.

—Sabes que te necesito aquí. No puedo contar mucho con Karin y tú eres más amiga de Sookie que ella.

Emitió una carcajada sarcástica. Giré la cabeza al escucharla, deshaciendo por completo el peinado.

—¿A qué ha venido eso?

—A que estás perdiendo el tiempo protegiéndola, cuando ella ya está con otro. —La miré con el ceño fruncido, sin entender lo que sus palabras pretendían decirme—. ¿No lo sabías? Está con el tabernero. El cambiante ese que tiene por jefe.

—Sam… —refunfuñé entre dientes, girando la cabeza para que empezara a peinarlo de nuevo—. ¿Cómo estás tan segura?

—Me lo dijo Karin, que se lo dijo Bill.

Bill, cómo no, pensé. Seguramente ahora mismo se estará regodeando de mi fracaso.

Me encogí de hombros, intentando no darle mucha importancia. A fin de cuentas, yo no podía controlar todo lo que hacía Sookie, por mucho que me doliera con quién saliera en esos momentos. Solo esperaba, y deseaba, que él realmente la cuidara y amara como yo no podía hacerlo.

—Pam.

—¿Sí? —Me estaba anudando la trenza y se la notaba concentrada.

—Quiero que te compres un móvil de prepago.

—Ya tengo uno.

—Cómprate otro.

—Entendido.

—Quiero que me llames cada lunes en cuanto despiertes.

No le dije más nada. Sabía que quería preguntarme el motivo, pero, como de costumbre, se lo ahorró; nunca se lo solía decir, tan solo obedecía.

—¿Cuánto tiempo nos queda?

—Veinticinco minutos —contesté tras mirar mi reloj suizo.

Ella se quedó de pie, sin saber qué más hacer, viéndome cómo metía lo imprescindible en una mochila. Odiaba con todo mi ser las mudanzas, así que solo pensaba llevarme para pasar unos días y meter el resto en el camión que me llevaría mis pertenencias a Oklahoma. Abrí mi caja fuerte y extraje la bolsita de tela blanca que había y me la metí en el bolsillo. La cerré, pensando que eso era lo único importante que pensaba llevarme y me giré para decirle que se quedara con el resto y que hiciera lo que creyese conveniente, pero con lo que me encontré me dejó más helado de lo que mi ser ya estaba: la mirada triste de Pam.

—No me mires así.

—¿Y cómo quieres que te mire?

—Pareciera que no nos vayamos a volver a ver. Y sabes que no es así.

—Creo que entre irte a Oklahoma y estar en la cárcel hay una línea muy fina, Eric.

—Exagerada —le dije poniendo los ojos en blanco—. No creo que allí me obliguen a vestir de naranja.

Pensé que mi chiste malo relajaría a Pam, pero lo único que conseguí fue entristecerla aún más. Noté cómo estaba a punto de llorar, cómo una lágrima de sangre estaba amenazando por resbalar por su mejilla.

—Te ordeno que no te pongas a llorar. —Igualmente, la lágrima cayó; saqué del bolsillo de mi chaqueta uno de mis pañuelos de seda, me acerqué a ella y le limpié la lágrima—. Hace tiempo que no te lo digo, pero siempre me gustan tus vestidos. No quisiera que te lo mancharas, con lo elegante que es. —La miré a los ojos, le puse un mechón de su rubio cabello detrás de la oreja y le sonreí—. Además, el color azul es el que mejor te sienta. —Le di un silencioso beso en la frente y me separé de ella con suavidad—. Quiero que te quedes aquí. Yo mejor espero al coche en la puerta.

Cogí la maleta, la miré una última vez y me marché de allí con la esperanza de poder volver algún día.


Después de la boda, todo parecía ir más o menos bien. No me podía quejar, ya que tenía todo lo que más me gustaba: fiestas, sangre y negocios. Sobre todo esto último. He de reconocer que me gustaba llevar todos los de Freyda, puesto que a ella no se le daba muy bien, por lo que me podía pasar días y días —o mejor dicho, noches— en el despacho ordenando papeles y organizando todo lo que necesitara. No estaba tan mal como pensaba, pero me gustaba tenerlo todo a mi manera.

Freyda me mantenía ocupado en todo lo que se le pasaba por la cabeza —a veces incluso se inventaba algún viaje de negocios para sacarme unos días de la ciudad o era ella la que se marchaba—, pero en los eventos sociales no nos podíamos escaquear. Todo el mundo opinaba que hacíamos la pareja perfecta y hasta creían que nos amábamos. Yo también llegué a pensar que ella sentía algo por mí, ya que sabía fingir bastante mejor que yo.

Pero nada más lejos de la realidad: en cuanto llegábamos a nuestro hotel, cada uno dormía en su respectiva cama, sin mediar palabra entre ambos. Tal vez pareciese frío, pero no tenía nunca nada interesante que decirle y ella más o menos igual. Por lo que era buena idea mantener las distancias en la intimidad.

Todo iba muy bien, hasta el año y medio aproximadamente de nuestra boda. La verdad es que no recuerdo el momento exacto, pero recuerdo que estábamos en otoño. Acababa de llegar de viaje y ella estaba en el salón, sola, en silencio. Ni siquiera la saludé —nunca lo hacíamos—, así que me fui como de costumbre a mi dormitorio directamente. Cuando estaba empezando a deshacer la maleta, sin saber cómo ni por qué, comenzó a agredirme.

—¿Se puede saber qué te pasa? —inquirí, quitándomela de encima como pude.

— Eres mi esposo y soy invisible para ti —gruñó, con los colmillos extraídos.

—Solo de cara a la galería. Pero aquí, en tu casa, como bien me has hecho saber todo este tiempo en aprenderme, somos unos completos desconocidos. No entiendo por qué ahora tienes ganas de echarme en cara lo que dejamos claro que no haríamos.

—Tengo derecho a follarte si me apetece, ¿no crees? —Estaba extrañamente cerca y con ánimos de querer fornicar a toda costa; siempre fue terriblemente salvaje en esto del sexo y, aunque no me quejaba de ello, nunca me gustó poseerla.

—No si yo no quiero —le espeté ignorándola.

Cuando le di la espalda, me cogió del pelo y me arrojó a la otra punta de la habitación. Desplegué mis colmillos y contraataqué. Jamás nadie me había puesto tan furioso en tan poco tiempo.

—Estoy harta de tus humillaciones, Eric.

—¿Pero de qué me estás hablando? He hecho todo lo que hablamos en su día. Jamás me he saltado una de tus absurdas normas.

—Oh, ya entiendo. —Se me acercó, relamiéndose los labios—. Has estado con alguna humana sin mi permiso, ¿verdad?

Negué con la cabeza. Efectivamente, estaba mal de la azotea.

—Ya te he dicho que no me he saltado ninguna norma. Pero empiezo a pensar, por cómo hueles, que tú sí de tirarte a otro vampiro sin mi consentimiento.

Sabía que tenía razón porque de nuevo comenzó a atacarme, pero esta vez me defendí mejor que antes, ya que no me pilló desprevenido. A decir verdad, me sonaba mucho ese aroma que desprendía. Era un perfume que me resultaba desagradable.

—¿Tan mal folla tu amiguito que tienes que buscar a alguien que te satisfaga de verdad? —me burlé, riéndome entre dientes.

Eso la puso tan nerviosa que intentó volver a agredirme, pero finalmente la pude reducir, retorciéndole el brazo, a muy poco de arrancárselo de cuajo, y dejándola tirada en el suelo, con mi pie aplastándole la cara.

—Jamás vuelvas a intentar golpearme, porque siempre seré más rápido que tú —le susurré acercándome a su oído sin levantar mi pie de su rostro—. No lo olvides nunca.

La dejé con mi aplastante humillación sola, metiéndome en el cuarto de baño para poder quitarme el asqueroso olor que desprendía mi histérica esposa.


Pensé que todo habría quedado ahí, pero nada más lejos de la realidad. Nada más despertarme al día siguiente, me encontré en una de las mazmorras de la mansión —solía tenerlas para encerrar a las víctimas para alimentarse de ellas cuando quisiera, pero desde que nos casamos, esas celdas estaban siempre vacías porque me negué a que siguiera haciéndolo—, atado de pies y manos con cadenas de plata. Ni siquiera me había dado cuenta de que me habían trasladado hasta allí, por lo que tuvo que ser su mujer de día, Kaylyn, porque ella era la única persona capaz de hacer tal trabajo tan sucio. Kaylyn era casi tan alta como yo, robusta, de cabello muy corto y tan fuerte que no le debió ser muy complicado arrastrarme hasta la celda.

Sabía que esto era cosa de Freyda, pero no entendía por qué. No sabía por qué me atacó la noche anterior, ni por qué me hacía todo aquello, cuando yo cumplí con lo acordado. Pero cómo entender a una persona tan fría y calculadora como era la reina de Oklahoma. Casi era mejor no entender nada, porque tal vez si lo hacía me volvería tan loco como ella.

Me resistí a hacer nada. Estaba más que seguro de que eso es lo que ella quería: verme sufrir, suplicar, gritar, agonizar. Pero no lo consiguió. Me dolían las heridas de las muñecas y los pies, pero ni se me pasó por la mente emitir un mísero sonido. Se le olvidó por completo que antes que vampiro fui vikingo y que aquella tortura no era nada en comparación con lo que tuve que soportar en vida. El único sonido que salía de mi garganta era el de las carcajadas que soltaba imaginando la cara de frustración de mi encantadora esposa.

Patética.

Me dejó tres días allí encerrado, sin que nadie entrara a llevarme una gota de sangre. Me soltó justo a tiempo para contestar la llamada semanal de Pam. Al descolgar, sentí la necesidad de contárselo todo, de pedirle que averiguase todo lo que supiera cuando yo estaba ausente, el motivo por el que se estaba comportando de aquella manera, saber qué es lo que escondía —porque estaba claro que escondía algo—, pero me callé. En realidad no quería inmiscuir a mi hija en este asunto. Me daba miedo que fuese a por ella y le hiciese algo, por lo que preferí mantenerla al margen.

Si hice bien o mal eso no lo sé. Pero no me arrepiento de haberlo hecho. Conocía a Freyda lo suficiente como para saber de sobra que eso es lo que buscaba y no le iba a dar el gusto de satisfacerla tan fácilmente.

Pasaron los días y las peleas y broncas eran mi pan de cada día. Si me defendía eran tres días encerrado sin comida. Si no, igual. Y jamás coincidía durante la llamada semanal de Pam. Realmente, llegué a la conclusión de que lo que pretendía era volverme más loco de lo que ella estaba, pero procuré que esto no me afectara. Hasta llegaba a resultarme divertido.

Estuvo torturándome de este modo durante meses, hasta casi el verano. Podría tirarme así años, pero yo merecía una explicación, aparte de respeto, ya que no me lo estaba mereciendo en absoluto. Descubrí el motivo por el que me hacía todo esto casi de casualidad. Al principio no sabía si enfurecerme o echarme a reír al darme cuenta lo patético del asunto. Fue en una semana donde me mandó a Nueva York, con el rey de allí, y regresé antes de tiempo. No me lo podía creer, aunque supongo que en el fondo no quería verlo, ya que llevaba tiempo sospechando de esto, solo que verlo uno mismo es otra cosa muy distinta.

Estaban ahí, en nuestro dormitorio conyugal —sí, teníamos uno de estos, pero lo usábamos más para encuentros casuales—, retozando como conejos, como si la vida —o la muerte— les fuese en ello. No dije nada, procuré no emitir ni hacer ningún ruido para que no descubrieran mi presencia. Era lo mejor, ya que era mi baza para poder salir de mi tortura continua.

Dejé que siguieran creyendo que no sabía nada, hasta aquella noche, aquella llamada que me partió en dos; uno de mis informantes, con el que más confianza tenía, me dio la peor de las noticias: Sookie, mi querida Sookie, la mujer que más amaba en este momento y la razón por la que no perdía la cabeza en mis noches de tortura, se casaba. Y lo iba a hacer en breve. Así que pensé que, ya que ella había pasado página, ya que ella había decidido ser feliz, yo merecía exactamente lo mismo.

Así que, suplicando al cielo no despertarme más encadenado en plata en mi peculiar cárcel, tomé la decisión de urgir un plan que pudiera liberarme de mis grilletes conyugales. Pero era consciente de que no iba a ser ni fácil ni rápido. Pero no tenía prisa.

Porque las cosas de palacio van despacio. Y eso hice.


La primera fase de mi plan comenzó la primera mañana donde pude despertar en mi cama y no en mi celda habitual.

Me desperté contento, con ganas de comerme el mundo y hasta me di el lujo de darle el mejor beso a Freyda que jamás en sus más de ciento cincuenta años le habían dado. Se quedó tan sorprendida que no sabía si alegrarse o darme un guantazo.

—Querido, hoy estás de muy buen humor —me dijo, bebiendo un sorbo de su copa con A negativo que estaba tomando sentada en el sofá; se arregló el mechón de pelo que yo le había desordenado tras mi apasionado beso—, ¿a qué se debe?

—A que tengo algo importante que comentarte —le contesté, relamiéndome las gotas de sangre que le había succionado de la comisura de sus labios.

Alzó una ceja, colocando sus pies bajo el trasero, y dando otro gran sorbo a su copa.

—¿Has decidido ser tan cínico?

—Eso jamás, querida —le sonreí lacónicamente—, pero no deja de ser bueno.

—¿Debería asustarme?

—No creo. Pero es importante.

—Pues estoy deseando saber de qué se trata. —Terminó su copa de un trago y se pasó el pulgar por los labios, relamiéndoselo minuciosamente para no desperdiciar ninguna gota.

—Sé por qué te comportas así conmigo —le sonreí con tanto cinismo que pensé que le iba a dar algo.

—No sé a qué te refieres. Tú no quieres yacer conmigo y esas son las consecuencias. Ya te lo expliqué.

—Jamás lo has hecho.

Freyda bufó. Creo que sabía que mentía vilmente.

—No me gusta que me subestimes, mi querida esposa. No sabes cuánto lo detesto.

—No lo hago.

Me carcajeé. Vi por el rabillo del ojo que Kaylyn se estaba acercando a mí peligrosamente y desplegué amenazante los colmillos. Estaba harto de que esa mala pécora solo se me acercara para nada bueno.

—Solo te diré un nombre: Felipe Castro.

Si tuviera color en el rostro casi que podría ver cómo se le ruborizaba. Y de latirle el corazón ahora parecería las alas de un colibrí cerca de una flor.

—No sé de qué me hablas. Yo no tengo nada que ver con él.

—Os he visto fornicar como cerdos en celo en nuestra cama, mi amor. —Me encantaba provocarla, porque no se esperaba nada de lo que le estaba contando; juraría que hasta estaba más pálida de lo habitual.

Se quedó en silencio, sin mirarme a los ojos, y pidió que le sirvieran otra copa de A negativo. No podía negarme nada puesto que ya me lo estaba oliendo desde hacía meses.

—Ese es el aroma que te olí la primera vez que me atacaste, ¿verdad? Estuviste con él esa misma noche, poco antes de que yo llegara de mi viaje a Connecticut. Pero discutiste con él y fuiste a tomarla conmigo en cuanto me viste. Cada vez que me encierras en ese zulo, puedo oler su perfume petulante. Sabías que si yo lo descubriría te meterías en problemas por incumplimiento de contrato, y más después de todas tus absurdas peticiones, por lo que preferiste montar toda esta pantomima de querer follar conmigo para disimular. Aunque no se te da nada bien. Creo que antes prefieres que te claven lentamente una estaca en el corazón a yacer conmigo, mi amada esposa.

Otro sorbo. Más silencio.

—¿Qué piensas hacer conmigo? —preguntó al fin, fingiendo indiferencia.

—Así que no lo niegas.

—¿Serviría de algo?

—No. Porque de igual manera no te pienso hacer nada.

Alzó ambas cejas, más sorprendida que antes si cabe, y dejó su copa en la mesita de la lámpara y se irguió para observarme mejor; seguramente pensaría que estaba de broma, pero no lo era. No al menos que ella supiera.

—En realidad quiero hacer un trato contigo: no más castigos a cambio de que puedas… hacer lo que quieras con Felipe.

Esto le pilló, una vez más, por sorpresa, ya que sabía de sobra la aberración que le profesaba al rey de Nevada.

—Con esto quiero decir que tienes mi entero permiso para estar con él.

—¿Y qué ganas tú?

—Tener un poco más de libertad y poder irme cuando me apetezca a hacer negocios fuera de Oklahoma.

—Siempre que sea lejos de Luisiana, trato hecho.

Era más que evidente que eso sería así.

—Trato hecho, pues.

No pensé que mi plan hubiese empezado tan bien. Pero el pescado mordió el anzuelo. Y no pensaba pararlo.


La fase dos era un poco más complicada. Necesitaba que Freyda confiara en mí para lo que fuese, así que estuvimos bastante bien las semanas siguientes. Tanto, que hasta estaba más contenta que nunca y me replanteé en si valía la pena hacer todo aquello.

Pero no. No podía bajar la guardia. En cualquier momento, Freyda cambiaría de opinión y no podía confiarme. No podía confiar ni en mi propia sombra.

Cuando pasó el tiempo suficiente como para que creyese todo lo que le dijera, comencé con mi plan.

—Querida, ¿has visto mi reloj de cuarzo suizo que me regaló el rey de Georgia.

—No. ¿No lo tienes en tu dormitorio?

—Negativo.

—¿Cuándo fue la última vez que lo viste?

—Ayer, antes de meterme en la ducha. Lo dejé en mi mesita de noche, pero ya no está.

—Qué extraño.

—Bastante.

—¿Y no entró nadie?

—No que yo sepa. Aunque sí que vi a Kaylyn muy cerca de mi dormitorio.

—No creo que haya sido ella. No necesita robar nada —bromeó.

—Eso espero.

La conversación quedó ahí hasta unos días después, cuando fue ella la que puso la voz en grito:

—¡Eric! —me llamó cuando acababa de salir de la ducha—. ¡Ven aquí en seguida! ¡Rápido!

Antes de que pudiera parpadear, me tenía junto a ella.

—¿Qué ocurre?

—¿Has visto mis perlas australianas?

—¿Las que te regaló Felipe el mes pasado?

—Sí, las que tenían un tono plateado…

—No, no las he visto —mentí descaradamente; claro que sabía donde estaban y quién las había cogido.

—Pues no sé dónde podrán estar.

—¿Cuándo las vistes la última vez? —Esto cada vez me resultaba más divertido.

—Hace tres días. Las dejé en mi caja fuerte, como siempre.

—Pues deberían estar ahí, puesto que yo no sé la clave.

—Eso es cierto. —Estaba tan desconcertada con todo que no se dio cuenta de nada.

—Nadie más lo sabe, así que seguro que las has puesto en otra parte.

—No —me corrigió—. Sí que hay alguien que sabe la clave. Se lo dije por si hubiera alguna emergencia, que pudiera cogerlo todo y ponerlo a buen recaudo.

—Pues pregúntale a esa persona.

—Pero… ¿para qué querría Kaylyn coger mis perlas?

—No lo sé. Tal vez tenga problemas económicos y no lo sabes…

—Tal vez. Pero esperemos que no.

La dejé pensando un buen rato. Era consciente de lo importante que era Kaylyn para Freyda, pero a mí no me podía ni ver. La había estado hipnotizando todo este tiempo para que se llevara todo lo que se le antojara mientras nosotros estuviéramos durmiendo.

El siguiente paso era quitármela de en medio. Y fue pan comido. Tras llevarse varios objetos de valor, le pedí a Freyda organizar una cena, Kaylyn incluida. Le había dicho, un día antes, todo lo que tenía que hacer durante el evento.

Coincidió con la visita de Felipe y su consorte —que me parecía terriblemente ridícula, sabiendo lo que su marido hacía con mi esposa y le daba igual—, así que me estaba saliendo esta parte del plan bastante redondo.

Felipe y Freyda invitaron a unos cuantos colmilleros para nuestra peculiar cena. Todo estaba surgiendo muy tranquilo, hasta que apareció Kaylyn con una bandeja y cuatro copas de AB negativo. Todos los vampiros nos relamimos del gusto solo con pensar en darle un sorbo a aquel manjar único.

Cuando Kaylyn fue a ofrecerle su copa, se la quité de las manos.

—Espera —dije llevándomela a la nariz para inspeccionarla; pasados unos segundos, le di un largo sorbo y empecé a toser—. Está envenenada.

Freyda miró a su mujer de día con desaprobación y ésta negó con la cabeza las acusaciones.

—Yo no he hecho nada.

Caminé hacia ella como pude, ya que me quemaban las entrañas como si hubiese tragado un sorbo de pura lava. Quise palparle los bolsillos, pero no me dejó, así que Freyda fue quien me sustituyó y Kaylyn no se pudo negar al registro. Del bolsillo derecho de su pantalón extrajo un diminuto bote de color plateado.

—Es plata líquida —susurré con un hilo de voz.

Freyda sostenía aquella botella con lágrimas en los ojos. Era la primera vez en más de diez años que Kaylyn la traicionaba de aquella manera tan ruin.

—Yo no he sido. No sé cómo ha llegado eso hasta ahí, lo juro. Ni he robado tus joyas.

—¿Cómo sabías que me habían robado unas joyas, si yo no te lo he dicho? —inquirió Freyda con los ojos entrecerrados.

—Sí que lo hiciste. Ayer…

—Ayer no estaba yo aquí.

—¿No? Pero… —No terminó de hablar cuando yacía en el suelo, sin vida, con los ojos vidriosos y el cuello partido.

Mi plan estaba saliendo a pedir de boca.


Lo peor de haber bebido voluntariamente plata líquida era sufrir las consecuencias. Sabía que Freyda no me iba a ayudar a recuperarme. Me traía varias colmilleras para que pudiera alimentarme, pero sabía más que de sobra que eso no sería suficiente para sacar toda la plata de mi cuerpo.

Me dejó agonizando varios días, incluso cuando me llamó Pam. Quise contestar, pero temía no poder disimularlo tanto como me gustaría. Dejé que sonara, mientras me dolía absolutamente todo. La verdad era que la necesitaba, así que finalmente contesté con voz ronca:

—Pam. Te necesito.

No necesitó de más para comprender lo que ocurría. Dejé que nuestro vínculo sanguíneo hablara por sí solo.

—Ya mismo hago las maletas. Aguanta.

Su voz me preocupó demasiado, pero sabía que no me defraudaría. Ella jamás lo hacía. Y así fue. Menos de veinticuatro horas después de aquello, la tenía aporreando la puerta de la Mansión de la reina de Oklahoma. Yo me hallaba en mi cuarto, aún débil y doliéndome todo el cuerpo. La vi inquieta cuando entró por la puerta de mi dormitorio. Sé que quería decirme muchas cosas, porque se lo pude sentir en todo momento, pero se lo guardó para cuando me recuperase.

—¿Cuánto tiempo llevas en este estado? —dijo mientras se mordía la muñeca y de ella emanó un buen chorro de sangre; me la acercó a la boca para que bebiera.

—Una semana —respondí tras beber un poco—. Puede que más.

—¿El lunes pasado?

—Creo que sí.

—Ocho días. —rugió—. Ocho días agonizando.

—No es para tanto.

—Es peor que una muerte lenta y dolorosa. Porque esto no nos mata, pero nos daña demasiado como para desear la muerte definitiva.

Bebí un poco más y sentí bastante mejoría. Notaba cómo la plata abandonaba mi cuerpo lentamente, aunque sabía que iba a necesitar bastante más sangre de mi progenie.

—Debería darte una patada en el culo por no haberme llamado, maldito cretino —me riñó y me reí entre dientes, con su muñeca sangrante aún en mi boca.

—No hay nada que más me apetezca más que una patada tuya en mi perfecto trasero —ironicé.

—No vas a cambiar nunca, ¿no?

Me eché a reír. Me gustaba ver a Pam enfadada conmigo. Se ponía muy guapa cuando lo hacía.

—¿Pensabas llamarme o a dejarme sufrir con la intriga? —Me encogí de hombros.

—¿Qué quieres que te diga, que te pida disculpas?

—Quiero que me digas más bien por qué tu esposa no se ha dignado a avisarme de que estabas en este estado.

—No lo sé. Tendría otras cosas que hacer.

—¿Mejores que cuidar de ti? Desde luego, esa mujer está hecha de puro mármol.

—La verdad es que me importa bien poco de lo que esté hecha. No es que tengamos mucho trato. Y puedo soportar el dolor bastante bien. Ya lo sabes.

Pensé que Pam me iba a dar un tortazo, pero en vez de eso, me arregló el pelo, que lo tenía visiblemente desordenado.

—Nunca te había visto este aspecto tan desaliñado. No pareces ni tú.

Cogió un pañuelo y me limpió la comisura de la boca. Se levantó y fue en busca de mi cepillo, haciendo uso de él con mi pelo.

—No dejes que esto vuelva a pasar, ¿me oyes, idiota?

—Sí, mamá —contesté con voz infantil y volví a carcajearme.

Pam se cruzó de brazos, muy seria.

—No tiene gracia.

—Lo sé, pero me gusta tenerte aquí conmigo, cuidándome y mimándome.

—Entonces, no se diga más —dijo con contundencia—. Me mudo aquí contigo y…

—No —la interrumpí de golpe—. No quiero que te quedes.

—Pero, ¿por qué? Me necesitas más que a nadie.

—Esto ha sido cosa de Kaylyn. Pero ya es historia. No creo que vuelva a ocurrir.

—¿Cómo estás tan seguro de eso? Hoy ha sido esa mala pécora, pero mañana, a saber. No me quedo tranquila dejándote solo.

—Sé cuidarme por mí mismo.

—Ya lo estoy viendo. —Soltó una carcajada.

Me llevó un rato poder convencerla de que lo mejor era que ella regresara a Shreveport, pero no pude evitar que se quedara varios días conmigo. Y me gustó. Me encantó, más bien. Fue la mejor parte de mi recuperación, el que ella estuviera allí.

Y si todo salía bien, pronto volvería con ella, sin nadie más de por medio.


La tercera parte de mi plan era la más lenta y compleja de todas. La dividí en tres partes.

Parte 3A

Freyda detestaba estar sin nadie de confianza que pudiera hacer algunos trabajos durante el día. Pero ella, tras lo ocurrido con Kaylyn, no podía confiar en nadie. O al menos no en cualquiera. Así que esto no me iba a resultar nada fácil.

Recuerdo que entrevistó a unas cuantas chicas —se empeñaba en que fuesen solo mujeres las que le hicieran este tipo de trabajos, porque le gustaba más—, así que no me resultó fácil dar con una con los requisitos que pedía.

Leí en el periódico de la detención en Oklahoma City de un grupo de personas pertenecientes a la Hermandad del Sol. Por un momento, pensé en que estaban bastante locos como para atreverse a planificar un atentado, pero… por otro lado, una locura se me pasó por la mente: ¿y si una de ellas acabase aquí de forma casual sin que nadie lo supiera?

Ya saben lo que dicen: si no puedes con el enemigo, únete a él.

Así que se me encendió la bombilla. Era peligroso, demasiado arriesgado, pero eso era lo que más me atraía del plan. Busqué información de todos los que fueron detenidos y no encontré mucha cosa; pero días después, se supo que fueron puestas en libertad dos de las seis personas detenidas. Y sí, una de ellas era la líder del intento de atentado.

Una mujer. Constance Sauvage.

Perfecto.

Tan solo tenía que saber su ubicación, pero eso era mucho más fácil de lo que muchos creen. La localicé cerca de la Iglesia de la Hermandad del Sol de Oklahoma. La sorprendí en un lugar tan oscuro que ni ella misma se percató de mi presencia. Ni siquiera pudo reaccionar cuando la comencé a hipnotizar.

—Vas a darme información de tus mejores chicas. De todas. Sin rechistar. Sin preguntar. Solo actuar.

Asintió, con la mirada en ninguna parte y hablando automáticamente. Me reuní con ella un rato después, en el mismo lugar, con una carpeta llena de archivos con todas las mujeres de esa iglesia.

Se olvidó de mi existencia nada más esfumarme.

Me metí en el coche lo más rápido que pude y me escondí en alguna zona que supiera que nadie me pudiera ver. Abrí la carpeta y hojeé los archivos que tenía dentro. Los examiné minuciosamente, hasta dar con la más indicada. No podía escoger a una cualquiera, por lo que tenía que pensar bien con cuál quedarme.

Al fin di con una perfecta para mi causa: Elizabeth Ward.

Parte 3B

Gracias a mi amiga Constantine no me fue difícil hallar a Elizabeth. Vivía en una zona de mala muerte, en un barrio bastante zarrapastroso de Tulsa. Casi que le estaba haciendo un favor inmiscuyéndola en mi plan. Me escondí en una calle colindante a la suya que era bastante oscura —algo no muy difícil en esa zona— y la sorprendí. Creo que ni siquiera supo que yo era un vampiro cuando comenzó a hablarme como si tal cosa y yo, claro está, ya la tenía hipnotizada.

—Cuando llegues a tu apartamento, abre la ventana de tu cuarto de baño y déjame entrar —le ordené y asintió con la mirada perdida.

Elizabeth era de baja estatura, delgada, pelo castaño y enormes ojos verdes. Pero sobre todo, y no menos importante, peligrosa. Porque ella era capaz de crear artefactos explosivos del tamaño de un reloj de pulsera. Y eso me aterraba y me encantaba a partes iguales. Era perfecta.

Cuando vi que la luz del cuarto de baño encenderse, ascendí hasta el tercer piso de un salto. Abrió la ventana y me deslicé por ella para entrar. Una vez dentro, Elizabeth me esperaba en la puerta del baño, como debía ser.

Le indiqué todo mi plan, todo lo que ella debía hacer durante todo este tiempo. La verdad es que jamás había hipnotizado a nadie a largo plazo, por lo que cada cierto tiempo, lo mejor sería volver a manipular su mente.

Calculé muy bien el tiempo que tenía hasta volver a la mansión. Este era el rato en la que Freyda estaba con Felipe y yo desaparecía un rato, pero el tiempo se agotaba y debía volver. Regresé a mi coche con la esperanza de que todo me hubiese salido como deseaba.

Y así fue.

A la noche siguiente, Elizabeth se presentó en la mansión. Freyda la miró con despotismo, ya que no la veía como para ser lo que ella buscaba. Había obedecido hasta en la vestimenta —no tan recatada, como me la encontré— y llevaba un escote tan provocativo que hasta a mí me sorprendió el cambio. Pero igualmente, Freyda estaba reticente a aceptarla como tal. Ella necesitaba alguna referencia que, evidentemente, no iba a poder demostrar fácilmente.

Pero no me importó, porque lo tenía todo completamente controlado. Sabía que mi esposa no se conformaría con una cara bonita y buena presencia —al menos para ella—, así que tenía que utilizar mi as en la manga: un telépata.

—Ni hablar —replicó Freyda tajantemente—. No pienso traer a Sookie Stackhouse para que puedas retozar en mi presencia con ella. Ni en broma.

Chasqueé la lengua y negué con la cabeza. Tenía ganas de soltarle la hipocresía que llevaban sus palabras, pero eso solo avivaría la llama en mi contra y no quería que mi plan se echara a perder.

—No, querida. No hablaba de Sookie. Me refería a otro chico.

—¿Otro telépata? —Asentí—. ¿Hay más de uno y no me has dicho nada hasta ahora? —Me encogí de hombros.

—Estuvo trabajando para el rey de Texas hace unos años, hasta el atentado que hubo allí en Dallas y tuvo que desaparecer del mapa de algunos vampiros de esa zona. Ahora sé que vive en Sacramento, y puedo contactar con él sin problemas.

—¿Sois amigos?

—En verdad no mucho, pero puedo convencerlo para que venga.

Freyda accedió a que Barry nos ayudara con nuestra elección. Con Elizabeth lo tenía bastante fácil, pero con Barry no estaba muy seguro, puesto que hacía más de tres años que no tenía contacto con él y no estaba muy seguro de si tenía muchas ganas de volver a verme. Vi que no era muy tarde, por lo que decidí intentarlo de inmediato; cuanto antes mejor.

—¿Diga? —contestó casi al instante. No tenía la voz cansada, por lo que probablemente no estuviera dormido aún.

—¿Barry Horowitz?

Hubo un largo silencio antes de contestar:

—¿Eric Northman?

—Aún me recuerdas.

—Como para no hacerlo. ¿Qué quieres? Iba a acostarme ya, que mañana tengo que madrugar.

—Lo sé, trabajas en una cafetería estilo años 50, donde te obligan a servir las mesas en patines.

—¿Qué quieres? —repitió hastiado; no se andaba con rodeos.

—Necesito que hagas un trabajo para mí. Es importante.

—No me interesa. ¿Algo más?

—Diez mil dólares y podrás regresar a Texas sin problemas.

Otro largo silencio. Esperaba que se lo estuviera pensando mejor esta vez.

—Que sean veinte mil y un coche nuevo.

—Con veinte mil te puedes comprar por lo menos dos.

—No sé por qué, pero te noto desesperado como para haberme llamado después de tanto tiempo, así que no estás como para regatear mucho conmigo, amigo. —Hubo cierto recelo al mencionar la ultima palabra.

Ahora el del silencio largo era yo. Desde luego sabía cómo negociar. Lástima que no nos lleváramos tan bien, porque me vendría bien tenerlo cerca.

—Hecho. Pero mañana te quiero aquí, en Oklahoma.

—¿Qué haces en Oklahoma?

—No preguntes y yo te daré lo tuyo. Ese es el trato.

Cuando Barry llegó, noté a Freyda emocionada por conocer a otro telépata que no se llamara Sookie Stackhouse. Lo trató como si fuese lo más fascinante del mundo. Empezaba a darme pena por tener que soportarla durante todo este rato interminable.

Estaba deseando que llegara Elizabeth. Freyda quiso que Barry leyera la mente de un par de candidatas antes que ella, pero yo estaba más que seguro de que se quedaría con mi candidata —mi candidata secreta, claro está—. Cuando al fin apareció, parecía nerviosa por algo. Esperaba que no fuese porque algo estuviera fallando.

—Lamento el retraso —comentó carraspeando; esta vez llevaba un atuendo un poco más discreto, pero también provocativo—. He tenido un pequeño percance con el coche, pero ya lo he solucionado.

—No te preocupes, señorita Ward —le contesté tranquilizándola—. Pase y póngase cómoda.

La acompañé hasta el salón, donde ya estaba Barry sentado en uno de los sillones. Elizabeth se sentó en el sofá al lado de Barry, lo que nos ayudó mucho. Ya le dije en todo lo que tenía que pensar para que no fallara en la entrevista.

—Barry, esta es Elizabeth Ward—le presenté al antiguo botones del Silent Shore a nuestra invitada—. Elizabeth, él es Barry Horowitz.

Se estrecharon la mano y Barry puso cara de haber descubierto algo sobre ella. Solo deseé que no tuviera nada que ver conmigo o temía que Barry me delatara allí mismo; claro que, pensándolo bien, si lo hacía se quedaba sin lo acordado.

—¿Así que eres amiga de Bubba? —preguntó Barry, intrigado.

—¿Bubba? —repitió Freyda con interés; sabía yo que este anzuelo iba a ser muy jugoso para ella.

—¡Oh, sí! —respondió Elizabeth con entusiasmo—. Le conocí hace unos años, poco antes de que los vampiros salieran del ataúd, como decís vosotros. Anduve por aquel entonces por una de las oscuras calles de mi barrio de Tulsa, cuando fui atacada por dos vampiros que pretendían hacerme de todo menos cosquillas. Y ahí salió de repente Bubba, como de la nada, a salvarme la vida. Me quedé un poco confusa, porque su gran parecido con el Rey del Rock era increíble y hasta que no me explicó todo… —Elizabeth parloteaba con tanta convicción que casi lloro de la emoción por mi ocurrencia—. En fin, el caso es que él me habló del mundo vampírico, bueno, lo mejor que pudo, porque ya conocéis a Bubba, no es de muchas palabras. Y nos hicimos amigos desde entonces. Lo veo muy de vez en cuando y hace poco me lo volví a encontrar cerca de mi calle. Le dije que estaba buscando trabajo y me habló de un amigo suyo, un tal Eric Northman. —Me miró a los ojos como queriendo decir que sabía que se refería a mí—. Me comentó que en la mansión donde vivía muchas veces necesitaban empleadas, sobre todo como limpiadoras, así que me facilitó esta dirección y aquí me tenéis.

—Bubba como siempre tan servicial —comenté procurando disimular todo lo posible.

—Está bien —concluyó Freyda, convencida—. Si vas de parte de Bubba, no hay más nada que decir. Estarás un mes de prueba, claro está, pero antes tendré que corroborar lo que dices.

Por suerte, ya avisé con antelación a Bubba de esta posibilidad. Si había alguien en quien podía confiar ciegamente, ese era Bubba. Por suerte para mí, estuvo aquí unos días antes de la llegada de Elizabeth, por lo que no cabría duda de que todo bien podía ser cierto.

—¿Quieres que lo haga yo o prefieres hacerlo personalmente? —le sugerí. Sabía que querría hacerlo ella, pero le gustaba que alguien más se ofreciera a ello, para que aparentara ser más importante o qué sé yo.

—No, prefiero hacerlo yo misma. No creo que me lleve mucho rato porque, ya sabes, Bubba no es de muchas palabras que digamos.

No, no lo era. Y por eso se podía confiar en él.

—Muy bien —nos interrumpió Barry, poniéndose en pie—. Si ya os habéis decidido por esta joven, mi trabajo aquí ha terminado. Freyda —hizo una reverencia con la cabeza—, ha sido un placer conocerla. Eric —se dirigió a mí, con otra reverencia y una sonrisa demasiado fingida—. Un gusto volver a verle.

—Y hacer negocios —le insté con sorna—. Te acompaño hasta el coche. Hasta tu nuevo coche —especifiqué.

Cuando llegamos hasta el nuevo coche de Barry, un Chevrolet Corvette de mi propiedad, Barry se aseguró de que nadie más nos pudiera oír cuando me dijo:

—Espero que sepas lo que estás haciendo.

—¿De qué me hablas?

—No subestimes nunca a un telépata, Eric.

Uno de nuestros famosos silencios se apoderó del momento.

—No lo hago. Si no, no estarías aquí.

—Pues lo haces. Porque sé que esa chica está hipnotizada. —Alcé una ceja sin saber si eso era bueno o malo—. Tiene la mente tan bloqueada que raro es que recuerde su nombre.

—El trato era que no harías preguntas.

—Y no las he hecho. Solo he dicho algunas observaciones.

—¿Puedo preguntar cómo estás tan seguro de que he sido yo y no otro vampiro?

—No hay que ser muy listo para eso. Evidentemente, su cónyuge no ha sido porque se le nota que no la había visto de antes. Luego está el hecho de que me llamaste anoche con tanta desesperación en la voz que se notaba que ocultabas algo. Así que no hay mucho donde escoger. Además, mientras contaba esa historia tan bien inventada, podía escuchar en su mente tu voz.

—¿Mi voz?

—Sí. Cuando un vampiro hipnotiza a alguien y le hace repetir algo, la voz del vampiro hace eco en su cabeza. ¿Nunca te lo comentó Sookie?

—Sookie nunca le tuvo que leer la mente a ningún hipnotizado como Elizabeth. No al menos que yo sepa.

—Tranquilo —comentó con calma—, no pienso delatarte ante nadie.

—Gracias. En el maletero tienes un maletín con el dinero y aquí tienes las llaves —le dije, sacándolas del bolsillo de mi pantalón y entregándoselas.

—Comprendes que esta será la última vez que nos veamos, ¿no?

Asentí.

—No me interesa meter en problemas a nadie, así que mis labios están sellados.

—Con un coche y veinte mil dólares quién no los tendría así.

—También es cierto. —Se encogió de hombros—. Lo único que voy a rehusar es del hecho de volver a Texas. Aunque no descarto regresar como visitante, me gusta mi vida en Sacramento. Ahora tengo un gato llamado Pancho y soy feliz allí.

—Me alegro, pues. Deseo que te siga tan bien como hasta ahora. De verdad.

—Lo mismo digo. Y dele recuerdos a Sookie de mi parte.

Asentí porque fue lo único que se me ocurrió hacer. «Lo haré», pensé. «Algún día lo haré».

Parte 3C

Una vez que Freyda pudo comprobar por sí misma que podía contar para lo que fuese en Elizabeth, dejé que el tiempo corriera todo lo que fuese necesario. No tenía prisa en terminar con esta parte del plan. Pero lo que no dejé fue en continuar diciéndole a Elizabeth todo lo que tenía que hacer mientras esperaba ese momento.

Cada semana debía construir uno de los artilugios explosivos de los que hablaba su ficha. Tenía que demostrarme que no había estado perdiendo el tiempo. Y cada vez que lo terminase, tenía que ocultarlo en alguna parte de la mansión. Siempre comprobaba que cumplía con su cometido cada vez que me dejaba algún mensaje en mi dormitorio —del que me deshacía de inmediato nada más verlo— señalándome dónde había escondido cada artilugio. Me sentía orgulloso del gran trabajo que estaba haciendo Elizabeth. Me daría pena si no supiera que ella fue una de las responsables del atentado que hubo en Dallas hace unos años. Ese detalle no se lo quise comentar a Barry porque sabía que se pondría nervioso y querría ponerle las manos encima —no precisamente para nada bueno— o seguramente se le escaparía algo indebido y no podía arriesgarme a que lo estropeara todo.

No supe cuándo poner en marcha mi siguiente parte del plan hasta que me encontré con un viejo conocido: Darius Waters.

Darius fue un empleado del Fangtasia cuando se abrió el local. Fue el primer encargado que tuvimos, pero también era el más problemático. Contraté a Darius porque su hermano, Damian, me salvó el pellejo en una ocasión y estuve en deuda con él durante años, así que cuando salimos del ataúd y supo que íbamos a abrir un local de vampiros, inmediatamente me llamó pidiendo que colocara a su hermano menor a trabajar en mi negocio. No me terminaba de convencer, porque se le veía un crío maleducado y alérgico al trabajo duro, pero accedí por saldar mi cuenta con Damian.

Pero los problemas con Darius no tardaron en llegar: trataba mal a los clientes, llegaba casi siempre tarde y tenía un serio problema de cleptomanía, por lo que más de un cliente se quejó de que uno de mis empleados le había birlado el reloj o alguna cadena de oro. O vaya usted a saber. Le di varias oportunidades, pero aquel idiota las desaprovechaba siempre. Le dije a Damian que iba a despedir a su hermano, ya que me estaba generando más quebraderos de cabeza que otra cosa. Damian aceptó el despido de buena gana, porque sabía cómo era su hermano, y creía que podría cambiar si trabajaba para mí, pero se equivocó.

Así que, dicho y hecho. Le despedí como le avisé al hermano mayor, pero Darius no se lo tomó tan bien como Damian. Nos amenazó en más de una ocasión con demandarnos por despido improcedente —lo sé, muy gracioso todo— o con clavarnos una estaca cuando estuviéramos en nuestros ataúdes —de verdad que era un chico muy divertido cuando se lo proponía—, por no hablar de que se estaba aprovechando del hecho de que no podíamos manipular su mente con nuestros poderes. Menos mal que Damian le hizo entrar en razón y se marchó sin darnos más problemas.

Y encontrármelo justo allí, en pleno centro de Oklahoma City, como si tal cosa, y comprobando que no había cambiado en todos estos años, me hizo más feliz de lo que pesaba. No pensé que aquel cretino del que en su día soñaba con partirle el cuello de mil maneras distintas iba a resultarme tan útil.

En cuanto le vi, lo llevé hasta el callejón oscuro más cercano y le ordené que nos denunciara como aquella vez que nos amenazó. Sí, sonaba absurdo, pero era la única manera que tenía yo de poder volver a Luisiana.

Así que Darius Waters, con su poca inteligencia y su risa boba, hizo bien su trabajo por una vez en su miserable vida.

Ya quedaba menos para que llegara a su fin mi plan para ser libre.


—¿En serio que tienes que ir hasta Luisiana por el juicio de ese zumbado? —inquirió Freyda, sorprendida por el caso. Sabía que le iba a costar aceptar que tendría que marcharme justo al estado que me prohibió tres años atrás, pero esto no podría negármelo.

—Lo sé. Estoy tan sorprendido de esto como tú. —A veces me preguntaba de dónde sacaba tanta tranquilidad y frialdad.

—Pero este fin de semana tenemos reunión con todos los sheriffs de Oklahoma, y también estará Felipe unos días. No puedes dejarme sola con esto. A ti se te da mejor que a mí en estas cosas.

Sinceramente, no recordaba lo de la reunión de sheriffs, pero lo de Felipe era más que consciente de ello. Y teniendo en cuenta lo mal que me caían todos los sheriffs de Oklahoma, no me apenaba la idea de que fueran víctimas de todo mi plan.

—Lo sé, pero no me puedo escaquear. Además, eres la soberana de este estado, por lo que si has llegado hasta aquí, seguramente lo harás muy bien en la reunión.

—Luisiana —repitió refunfuñando—. ¿No podrías hacer una videoconferencia que sirva para el juicio?

—No, lo intenté, pero no pude hacer nada. —Ni siquiera lo sopesé.

—¿Y dónde será?

—En los juzgados de Shreveport.

—¿Cuánto tiempo estarás?

—Cuatro días. Pero no saldré de Shreveport.

Vi cómo se le tensaban los músculos. De verdad que no entendía esos extraños celos que le tenía a mi exnovia —o exmujer, a ojos vampíricos—, cuando ella ni siquiera mostraba ningún interés amoroso en mí. La hipocresía se respiraba por todo el ambiente.

—Te lo prometo —insistí.

—De ti me fío, pero no creo que pueda decir lo mismo de ella.

—No tiene nada de qué preocuparte, porque ella está felizmente casada y no quiere saber nada de mí. —Puse los ojos en blanco antes de añadir—: ni yo de ella.

—Yo no estaría tan segura de que esté tan enamorada de ese hombre lobo.

—En verdad es un cambiante. —«Al que ayudé hace cosa de un mes a salir de un problema económico que tenía», pensé, pero eso lo omití por razones obvias.

—Vaya, veo que estás muy bien informado —espetó mirándome con los ojos entrecerrados.

—Pam me dijo antes de mudarme aquí que estaban juntos. Y sé por ella lo poco que te he contado. No me interesa verla, la verdad. Alguien que me cambia por un ser tan asqueroso como un cambiante no merece el mínimo de mi atención. —Arrugué la nariz para darle más credibilidad a mis palabras. A veces me sorprendía de mí mismo por mis ocurrencias—. Además, ¿de qué me serviría volver a verla? Solo para torturarme, nada más.

—Supongo —comentó encogiéndose levemente de hombros.

—Toma —dije en un intento de cambiar de tema y le entregué una cajita de color celeste y un lazo turquesa—. Espero que te guste.

Abrió la cajita con impaciencia y extrajo su contenido.

—Es un brazalete de oro de dieciocho quilates con incrustaciones de rubíes —le informé, mientras miraba mi obsequio con ojos enamoradizos.

—Es precioso, Eric. —«Y mortífero», pensé, ya que había pasado por las manos de nuestra encantadora Elizabeth—. No sé qué decir.

—No tienes que decir nada —le dije cogiendo el brazalete y colocándoselo en el brazo—. Te queda perfecto.

—A mí todo me queda perfecto. Pero no tenías que haberte molestado.

—Lo sé, pero yo tengo siempre mejor gusto que Felipe.

—Eso no te lo discuto. Sabes cómo complacer a una mujer en todos los sentidos. —Vi cómo esbozaba una sonrisa maliciosa.

—Voy a empezar a pensar que me vas a echar de menos durante mi ausencia.

Reí entre dientes por mi ocurrencia. Sabía que eso jamás pasaría.

—Si te pones delante de un espejo y lo repites tres veces, tal vez acabes sorprendido.

—O mareado.

La llamada de Pam salvó el momento. Un minuto más teniendo que aguantar su falso coqueteo y me hubiese prestado voluntario para que me torturaran con plata y vendieran mi sangre milenaria al mejor postor.

—Has tardado en llamarme hoy.

He pasado la noche en el Fangtasia y ya sabes que aquí abajo hay poca cobertura.

—Me tenías preocupado, pero que no se repita.

Lo tendré en cuenta la próxima vez. ¿Cuándo llegas? —Sentí su entusiasmo entre sus frías palabras.

—El jueves cuando despiertes me tienes ahí hasta el lunes por la mañana que salga mi vuelo.

Aún faltan tres días. Eso es mucho tiempo.

—Llevo tres años sin pisar Luisiana, así que tres días no es nada.

Tal vez, pero igual es mucho tiempo. Además, tengo trabajo para ti para cuando terminemos con este absurdo juicio.

—Cómo me conoces.

He de mantenerte ocupado para que no caigas en la tentación, mi amado Eric.

—La única manera de liberarse de la tentación es ceder ante ella.

No si lo puedo evitar, Dorian Gray.

—Seré bueno. Lo prometo.

Más te vale.

—No me interesa pasar por cierto pueblo. No soy masoquista.

Antes lo eras.

—Y te encantaba.

Más que los rollitos de canela de mi madre.

—¿Aún los recuerdas?

Recuerdo que me gustaban.

—Nos vemos el jueves.

Por estas cosas es que amaba a Pam. Podíamos hablar de cosas totalmente absurdas y entender lo que pretendíamos decirnos el uno al otro. En este caso, me dejó claro que como me acercara a Sookie me ataba a la cama con cadenas de plata. En nuestros buenos tiempos, esto nos encantaba.

En cuanto colgué, me dirigí a nuestro lugar secreto con Elizabeth. Estaba en mitad del bosque colindante con la mansión, a unos siete kilómetros. Nos reuníamos en una vieja casa en ruinas, donde escondía muchos de los artefactos que fabricaba antes de ser transportados lentamente a la mansión.

—El Día D ha llegado —le dije mirándola fijamente a sus ojos perdidos en la nada, iluminados por unas pocas velas colocadas estratégicamente—. El viernes llegarán los sheriffs de todo el estado. Los recibirás como siempre, con simpatía y discreción. Harás lo mismo el sábado, cuando lleguen Felipe, su esposa y guardaespaldas. No harás ni dirás nada que pueda alertarlos. El domingo por la mañana, a las nueve en punto, te colocarás el cinturón con explosivos que fabricaste para este día. Te dirigirás a la mansión y llamarás a la comisaría más próxima y les dirás quién eres: Elizabeth Katherine Ward, miembro de la Iglesia de la Hermandad del Sol y que te has infiltrado en casa de los reyes de Oklahoma haciéndote pasar por alguien de confianza, para poder destruirlos desde dentro. Deja claro que has actuado sola para que no te descubrieran. En cuanto cuelgues, aprieta el botón que activará todas las bombas colocadas por la mansión. ¿Lo has entendido?

Elizabeth asintió automáticamente. La dejé allí, en esa casa en ruinas, terminando alguno de sus trabajos para esta misión. Solo deseaba que todo saliera según lo planeado.

Tras preparar mi maleta y coger mi amuleto de mi caja fuerte, pensé que lo mejor sería dejarme allí el móvil. Sabía que desde hacía tiempo Freyda me controlaba con él —aunque siempre lo desconectaba cuando me iba a donde no quería que me encontrara—, así que lo apagué para que no me localizara y lo coloqué en mi cuarto, justo al lado de una de las bombas. Me deshice también del que tenía de prepago.

En cuanto llegué y desperté, Pam me entregó el que le pedí que se comprara antes de irme. Sabía que algún día lo necesitaría. Llamé a Bubba en cuanto me quedé solo y le pedí que me mantuviera informado sobre las novedades que ocurrieran en Oklahoma, ya que algo grande iba a suceder. Me quiso preguntar, pero sabía que eso no sería buena idea.

Justo cuando íbamos al Fangtasia a solucionar un problema con una de las camareras, Pam recibió una llamada cuando íbamos a entrar en el coche.

—Bill —la escuché decir.

—Pam, es Sookie. —Recuerdo que Pam se giró al escuchar su nombre. Quiso ocultar su rostro porque sabía que no iban a ser buenas noticias—. Tuvo un accidente ayer por la tarde.

—Ocúpate tú, que yo tengo algo importante que hacer…

Ni siquiera dejé que terminara la frase cuando me marché a Bon Temps. El cuerpo me temblaba. El hecho de pensar que a Sookie le podía haber pasado algo grave me quemaba como si mil agujas de plata me lo atravesaran. Ni siquiera me paré a pensar en que no podía estar allí, tan solo actué. No sabía a dónde ir y solo se me ocurrió ir a su casa con la esperanza de verla allí. Y así fue. Entré por la ventana sin ningún problema, extrañado porque pensé que me había restringido la entrada nada más marcharme de Luisiana, pero me sorprendió comprobar que no era así.

La noche que Sookie se puso de parto, Bill tenía que ir al Fangtasia a solucionar un problema informático en uno de los ordenadores. El asunto fue que Bubba se adelantó más de la cuenta, porque Bill no se dirigió al Fangtasia como estaba previsto, sino que pasó antes por casa de Sookie y lo demás ya sabéis qué pasó. Yo estaba de camino al Fangtasia, pero me pilló todo el atasco por aquel accidente que hubo en la autovía. Bubba se hizo un lío y llamó directamente a Bill en cuanto se enteró de lo de Oklahoma, a pesar de que no estábamos juntos, así que por eso lo sabía antes de que saliera en todas partes.

No le culpo, ya que yo es adivino


Todos permanecieron callados, prestando mucha atención a mi relato. Me sentía extraño, porque en todo momento no fui interrumpido por nadie. Normalmente me solían cuestionar alguna parte donde llegara, pero no fue el caso. Tal vez no querían perderse nada y hacerlo cuando terminase.

—Y eso fue todo —concluí—. El resto no es necesario que os lo cuente porque fuisteis testigos.

Bill me miraba con los brazos cruzados y Pam tenía una expresión extraña que no sabría cómo interpretar.

—Eres idiota —me espetó Pam.

—¿Y ahora por qué?

—Podría haberte echado una mano si el orgullo no hubiese estado tan presente en tu forma de ser.

—Ya te dije que no quería meterte en este asunto. Era muy peligroso.

—Peligro es mi segundo nombre, mon amour.

Puse los ojos en blanco. Miré a Bill, quien no me quitaba el ojo de encima con desapruebo.

—Eres un cabrón con demasiada suerte, Eric. Jamás lo podré entender.

—Yo tampoco sé cómo pude tener tanta.

—A excepción de lo del Consejo de Vampiros —apuntó Pam.

—Una nimiedad en este caso.

Pam se encogió de hombros.

—Según se mire, sí.

Me preocupaba mucho la reacción de Sookie. Estaba con la mirada perdida, como pensando en algo y no sé si es que no se atrevía a mirarme a la cara o qué era, pero estaba más callada de lo habitual. Parecía a punto de echarse a llorar.

—Sookie… —Chasqueé los dedos delante de sus ojos y la devolví a la realidad—. ¿Ocurre algo?

Negó con la cabeza y su mirada penetrándome la mía.

—¿Hay algo que quieras decirme?

—¿Elizabeth tenía familia? —Me daba la sensación de que fue una pregunta al azar.

—No. Era huérfana.

—Pobre —murmuró, agachando la mirada—. No creo que se lo mereciese, después de todo.

—Sookie, esa pobre chica, como dices, estaba entrenada para machacar vampiros en un chasquido. Era como Buffy Cazavampiros 2.0.

Asintió aceptando lo que le decía. Hablaba casi en automático y eso no era normal en ella.

—Sook, ¿estás bien? —le preguntó Pam preocupada.

—Sí, es solo que estoy algo cansada. Llevo todo el día en pie y es tarde ya.

—¿Quieres que te lleve a casa? —se ofreció Bill.

—No. No es necesario. Pero gracias. —Le dedicó una leve sonrisa, para dejar claro que estaba bien. Pero se notaba que no era así.

—Está bien. En ese caso, me marcho a hacer unos asuntos.

Miró a Sookie, con la misma expresión que el resto, y se marchó sin más.

—¿Seguro que todo está bien? —insistió Pam.

—Sí, es solo que… —Vaciló antes de continuar—: ¿De verdad que no tenías intención de venir a Bon Temps?

—No —le respondí, tajante. Me miró ahora como sorprenda o disgustada. O una mezcla de ambas cosas.

—¿Entonces no tienes nada que ver con lo de Sam?

—Yo me enteré de eso cuando llamó Bill. No me interesaba hacerle nada a nadie de tu entorno cercano. —Saqué del bolsillo de mi pantalón el amuleto que ella ya conocía y lo puse encima de la mesa—. Lo juro por lo más sagrado que tengo.

Sookie observó el amuleto, que se encontraba dentro de la bolsita, Lo acarició un poco con los dedos y se quedó pensativa unos segundos.

—Está bien, te creo —dijo al fin—. Es solo que estoy algo confusa y más después de lo que nos has relatado.

—Lamento no poder hacer más por ti.

—No te preocupes. Ya has hecho más que suficiente.

Me miró con media sonrisa en la cara, como recordando algo que le resultó divertido.

—Me alegro de que Barry se encuentre bien. Y que sea feliz con su gato Pancho.

Me eché a reír. No me lo esperaba.

—¿Te importa cerrar tú? Estoy agotada y tengo ganas de darme una ducha y meterme en la cama.

—¿Y Adele? —quise saber.

—Pasará la noche con Holly. Mañana me la trae a casa.

—Ve tranquila. Yo me encargo de cerrar cuando termine de sacar todo de aquí.

—Gracias. Nos vemos.

Se marchó mirándome de reojo. A veces me gustaría saber en qué estaba pensando, pero cuando quería, Sookie era muy transparente. Aunque este no era el caso.

—¿Empezamos ya? —sugirió Pam.

—Empezamos ya.


NDA:

¡¡MADRE DEL AMOR HERMOSOOOO!

Realmente no sé si habrá gustado o no este capítulo, pero a mí me ha encantado escribirlo. En un principio no iba a cambiar de narrador, pero odio los monólogos en los diálogos, así que decidí que mejor lo narrase Eric (era lo más acertado) y así pude meter más cosas de las que tenía previstas (la mención de su hija, por ejemplo, o el amuleto del que hablo en mi anterior fic -y que pude corregir gracias a la colaboración de Cari1973 y me ayudó muchísimo :3).

Llevo como cinco meses planeando todo esto y, mira, me he quedado bien a gusto. XDDD Estoy más que satisfecha. Yo quería quitar algunas cosas y abreviarlo, pero sentía que me iba a quedar con las ganas y mejor sacarlo todo. Nadie sabe lo que me ha costado poder ponerlo todo sin olvidarme de nada. XDD He estado todo el rato añadiendo lo que me iba dejando por el camino (y muchas veces como podía xD).

En fin, espero que os haya gustado, aunque solo un poco.

Muchas gracias a mis lectoras (habituales) Cari1973 (queda poquito para saber lo que pasó con lo de Sam, así que paciencia), ciasteczko (yep, Bill sucks) y Perfecta999 (lol your last review).

See you soon. :)

~Miss Lefroy~

PD: Me he querido dar el capricho de querer actualizarlo el día de mi cumple. :P


15/01/2021