Bella pasó unos días con el ánimo por los suelos. Alice no la llamó, conocía bien a su hermana y sabía que debía darle tiempo, pero a Jasper le preguntaba todos los días por ella. Como Edward y él se veían continuamente en el gimnasio, Alice estaba informada por su marido sobre cómo iba todo.
Edward estaba bien, según le decía Jasper. Para él no era tan importante tener otro hijo, puesto que ya tenían a Renesmee. Sin embargo, Bella no lo veía así. Estaba obsesionada. Los dos hombres y Alice pensaban que esta obsesión de Bella le generaba más estrés, más nerviosismo. Y esto influía para que no se quedase embarazada, entre otras cosas.
Bella no dejaba de maldecir su desafortunada suerte. ¿Por qué su hermana se quedaba en estado sin buscarlo y ella, que llevaba tiempo haciéndolo, no lo conseguía?
Poco a poco se auto convenció de que tenía que resurgir como el ave fénix. No podía pasarse la vida llorando por los rincones, aunque sabía que la próxima vez que tuviese el período este vendría acompañado de otro momento de bajón.
Y ver crecer la barriga de Alice sería un recordatorio de lo que ella jamás tendría.
Sin embargo, como bien le decía Edward, ya tenían a Renesmee. Peor hubiera sido no tener ningún hijo, pero estaba Nessie. Y, si no venía otro, deberían conformarse.
Además, su hija era una niña completamente sana y feliz. Debían dar gracias al cielo por ello.
Así que esa mañana, al despertar, Bella buscó a Edward para hacer el amor y este la recibió contento, pues eso significaba que ella comenzaba a salir del bache.
—¿Irás hoy al gym? —quiso saber su marido—. Estos días no has ido. Como estabas de bajón…
—Sí. Hoy me siento con fuerzas para enfrentarme al mundo de nuevo y, si es necesario, comérmelo —respondió Bella abrazada al fuerte pecho de Edward, todavía con su miembro hundido en su interior.
—Me alegro. Deberías llamar a tu hermana. Jasper no para de preguntarme por ti para informarla a ella y…
—Tranquilo. Luego la llamo cuando vuelva del colegio de llevar a Renesmee. Le dio un beso en los labios y se movió para deshacer la unión entre ellos.
Pegó la espalda al colchón y levantó las piernas. Se sujetó las caderas con las manos, los codos apoyados en la cama, y alzó aún más la cintura hasta que pudo pegar el pecho a la barbilla.
—¿Qué haces? —preguntó Edward sorprendido.
—He leído por ahí que esta postura facilita que el semen vaya más al interior del útero para poder quedarme embarazada.
—¿En serio? —cuestionó él incrédulo.
—No sé si será verdad o no, pero por intentarlo no pierdo nada. Mi integridad física no corre peligro, así que… —Bella se encogió de hombros, dejando la frase sin terminar.
Él no añadió nada más y se levantó de la cama para ir a ducharse.
Ella miró su reloj de muñeca para contar el tiempo que debía estar así, según el artículo que había leído, y rezó para que funcionase ese truco.
Transcurridos los minutos adecuados, bajó las piernas y se alzó de la cama. Justo cuando entró en el baño, Edward salía de la ducha.
—¿Te vas a dar un baño tú también? —preguntó.
—Por supuesto. Aunque no me gustaría —respondió ella—. Huelo a ti y me encanta, pero no puedo ir por ahí oliendo a sexo y a hombre, así que lamentablemente tendré que ducharme.
Puso cara de pena y Edward se rio mientras se secaba con una toalla.
Bella entró en la ducha, no sin antes darle un pellizco en el culo a su marido y alabar el buen físico que tenía, lo buen amante que era y lo mucho que le quería.
—Alice, soy yo. ¿Qué tal estás?
Bella estaba de vuelta en casa tras dejar a Renesmee en el colegio y, como le había prometido a Edward, llamaba a su hermana antes de asistir al gym.
Alice contestó con cautela.
—Bien. ¿Y tú?
—Mejor. Oye, siento si el otro día me lo tomé tan mal. Ya sabes cómo están las cosas respecto a ese tema.
—No te preocupes. Te entiendo perfectamente.
—¿Cómo lo llevas? —quiso saber Bella—. ¿Alguna náusea o algo por estilo?
—De momento, no. ¿Por qué no te pasas por aquí a la hora del almuerzo y comemos juntas? —le propuso su hermana—. He estado muy preocupada por ti.
—Me lo ha dicho Edward, que Jasper preguntaba todos los días por mí para decírtelo a ti. ¿Te va bien a las doce?
—Perfecto.
—Vale, pues hasta esa hora entonces. Te quiero, enana —se despidió Bella.
—Yo también te quiero —contestó Alice.
Bella cortó la comunicación y se quedó un momento con el teléfono en la mano, pensando hacer otra llamada. Cuando lo decidió, marcó el número.
—Hola, Ángela. ¿Estás ocupada el sábado por la noche?
Después de comer con Alice y de que su hermana se asegurase que todo volvía a la normalidad, que Bella no le guardaba rencor por estar embarazada y ella no, y de que incluso lo hubieran celebrado con un par de mojitos —sin alcohol para Alice, por supuesto—, las dos hermanas se despidieron con dos besos en las mejillas y un abrazo, como hacían siempre.
Como estaba en el centro de San Diego, Bella aprovechó para hacer unas compras mientras le daba vueltas a lo ocurrido. No podía permitir venirse abajo cada vez que tuviese el período o viese a alguna embarazada, o Renesmee le preguntase cuándo iban a tener ellos un bebé. Sabía que se estaba obsesionando con el tema y no quería hacerlo. Tenía que asumir que, si no venía otro hijo, debería conformarse. Además, ya tenían a Renesmee y la niña les llenaba de alegría y felicidad. Algún día se cansaría de preguntar cuándo le iban a dar un hermanito y dejaría estar el tema, como bien le comentaba Edward de vez en cuando.
Lo mejor era aceptarlo cuanto antes y continuar su vida con normalidad.
Se tocó el colgante que llevaba. Lo agarró con una mano y lo tuvo en ella unos segundos. Ese corazón era el de Edward, pero también representaba a la familia que había formado con él. Renesmee, Edward y ella.
«Tú siempre serás la dueña de mi amor», recordó que le dijo al dárselo.
«Y tú siempre tendrás la llave de mi corazón», contestó ella.
—¡Bella! —oyó que la llamaba alguien.
Al darse la vuelta, se encontró con Jacob.
A unos metros de ella, venía cargado con tres bolsas de compra.
—¿Qué haces aquí? —quiso saber él.
—He venido a comer con mi hermana a un restaurante cercano. Ella ya ha vuelto al trabajo y yo me he quedado dando una vuelta, haciendo tiempo hasta que Nessie salga del colegio y comprando también —respondió mientras le daba dos besos en las mejillas y le enseñaba la única bolsa que llevaba.
—Muy bien. Pues yo voy a llevar esto al club.
Al oírle, Bella se acordó de lo bien que lo habían pasado Edward y ella cuando estuvieron en el local. Los ojos le brillaron y Jacob supo exactamente lo que estaba recordando. Se echó a reír, mirándola.
—¿Quieres acompañarme? No tardaré mucho y, después, si hay tiempo te invito a un café antes de que vayas a buscar a Renesmee.
—¿A estas horas ya está abierto el local?
—Sí. Abrimos justo después del almuerzo. Hay gente a la que le va el sexo después de comer. Otros prefieren hacerlo por la noche. En fin, que hay que dar servicio a nuestros clientes.
—Vale, pues te acompaño —aceptó Bella—. ¿Te llevo alguna bolsa?
—No. Aunque son voluminosas, pesan poco.
Los dos echaron a andar hacia el club mientras Bella pensaba que tenía una buena oportunidad para saber lo que había detrás de la puerta que custodiaba el gigante Emmett. No creía que a esa hora ya estuviera trabajando ni que la zona vip estuviese ocupada. Así podría echar un vistazo.
Cuando llegaron al club había poca gente, mucha menos que cuando estuvieron Edward y ella. Se le hacía raro estar allí sin su marido, pero de todas formas, se dijo que no había ido para tener sexo, solo para acompañar a Jacob.
En la barra, cogió un panfleto de publicidad con todas las fiestas que habría ese fin de semana y toda la semana siguiente. Tras leerlo, se lo guardó en el bolso.
Había varias fiestas que le interesaban, pero sobre todo, la que se iba a dar ese sábado. Justo la noche que ella tenía pensado asistir con Edward.
Siguió a Jacob por todo el local hasta llegar a su despacho.
En cuanto entraron por la puerta de la oficina, sonó el teléfono de su amigo.
Dejó las bolsas encima de la mesa y lo sacó. Frunció el ceño al ver en la pantalla quién lo llamaba y le pidió a Bella que lo disculpase un momento.
—¿Te importa salir fuera? —le pidió—. Es algo personal.
—Claro. No te preocupes. Daré una vuelta por el local. Como ya lo conozco, no creo que me pierda —contestó sonriendo.
Bella abandonó aquella habitación, cerrando la puerta.
Recorrió el camino a la inversa y decidió que aquella era la oportunidad perfecta para husmear por ahí.
En el pasillo se cruzó con un par de parejas, que la miraron sonriendo.
Se sintió fuera de lugar, con ellos desnudos y ella vestida, pero se recordó que no había ido allí para tener sexo.
Llegó a una estancia donde un trío de chicos se besaban y se acariciaban. Mientras que el rubio lo hacía en la boca, el moreno lo hacía en el cuello y el tercero disfrutaba de sus mimos. El rubio comenzó a descender por todo el cuerpo de su amante, recorriéndolo con los labios hasta que llegó a su pene. Se lo metió en la boca y empezó a lamerlo. El moreno seguía entretenido con el cuello y la espalda del chico, pero al ver lo mucho que estaba disfrutando su compañero, dijo que él también quería que le hiciera una felación. Así que el que estaba de rodillas se colocó entre los dos y fue pasando de una a otra erección, dándoles placer a los otros dos.
Bella se quedó parada observándoles. Nunca había visto a tres hombres darse placer y la curiosidad pudo con ella. Le pareció hermoso ver cómo se hacían carantoñas los dos que estaban de pie, besándose en la boca y acariciándose el torso lentamente, tirándose de los pezones el uno al otro, mientras el tercero estaba entretenido en sus partes bajas.
Estuvieron así unos minutos y después cambiaron de posición. Uno de los dos morenos se sentó en el sofá y el otro se puso a cuatro patas, sacando el culo, entre sus piernas. El tercero, el rubio, se situó a su espalda de pie y comenzó a enterrarse muy despacio en el agujero de su amante. Cuando le colmó comenzó una serie de entradas y salidas de su cuerpo, al tiempo que con una mano lo anclaba a él y con la otra agarraba su miembro endurecido para hacerle un trabajito manual.
El que estaba a cuatro patas, mientras que era empalado por el rubio, se inclinó hacia delante y, abriendo su boca, se metió toda la erección de su compañero moreno, el que estaba sentado en el diván.
Bella notó que un exquisito calor se apoderaba de ella y se sorprendió. Normalmente se excitaba con la visión de un hombre y una mujer, o si era un trío; siempre había una mujer por el medio. Pero nunca se había dado el caso de calentarse con un trío gay. ¿Le ocurriría lo mismo si fuera con un trío lésbico?
Notó su entrepierna comenzando a humedecerse y sintió unos irrefrenables deseos de tocarse. Dejó en el suelo la bolsa que aún tenía en la mano y se sentó en el sofá frente a ellos. No podía dejar de observarles, cada vez más excitada.
Llevó una de sus manos hasta el borde del vestido verde que llevaba puesto y lo subió por el muslo, en una sinuosa caricia que la encendió más todavía. Cuando llegó al tanga, justo donde se unían sus piernas, se frotó con dos dedos por encima de la tela.
Cada vez más caliente y con la visión tan erótica que tenía frente a sí, metió la mano por debajo del tanga y recorrió con el índice todo el largo de su hendidura. Después lo hundió en su vulva y con el pulgar presionó la zona donde estaba el clítoris.
Notó cómo, a la par que en el trío gay, su placer aumentaba. Sin embargo, no era suficiente. Así que se quitó el tanga con la mano libre y sustituyó el pulgar que le rozaba el nudo de nervios por tres dedos de la otra mano. Así hacía más presión en su botón mágico y seguro que en poco tiempo llegaría al clímax. Al dedo que tenía hundido en su interior, le añadió otro, con lo que el roce fue todavía mayor.
Se recostó hacia atrás en el respaldo del diván sin dejar de observar a los tres chicos. Uno de ellos ya se había corrido, con su pene insertado en el culo del otro. Se retiró y ya solo quedaron dos. Cambiaron posiciones. Al que le habían follado el trasero, esta vez le tocó empalarse en el del otro hombre. Comenzó a bombear dentro de él justo cuando Bella alcanzaba su orgasmo.
Ella cerró los ojos, arrastrada por las olas de placer que la estaban recorriendo. Sentía el pulso a mil, le latía el sexo y tenía la respiración errática.
Cayó en el estado de semiinconsciencia posterior al orgasmo sintiéndose satisfecha. Sin embargo, estaba muy lejos de saciarse.
Poco a poco, su corazón adquirió el ritmo cardíaco normal.
Abrió los ojos y se encontró con que los chicos ya habían terminado, como ella.
Al girarse hacia la derecha para recoger su tanga, se encontró con Jacob, que la miraba sonriente.
—¿Has disfrutado? —le preguntó.
Ella bajó la mirada al suelo, mortificada.
No había ido allí para masturbarse. Había ido acompañando a su amigo. Y mira cómo había terminado.
Le gustaba tanto el sexo que no había podido reprimirse.
—Sí —musitó.
—No te avergüences. Es algo normal. A mí también me han puesto cachondo esos tres. —Los señaló con la cabeza—. Y verte a ti, con tu coño desnudo, recibiendo atenciones, ha hecho que quisiera comértelo y dejarte saciada para luego follarte.
Bella le miró sorprendida.
Y Jacob se apresuró a explicarse:
—¿Pensabas que era gay? —se rio—. Soy bisexual. Me gusta follar tanto con hombres como con mujeres.
Al ver que Bella no salía de su asombro, con multitud de preguntas en su cara, prosiguió:
—Sam sí es gay. A él le gustan solo los hombres. Pero no le importa que, de vez en cuando, yo me tire a alguna tía. Sin embargo, le quiero solo a él. Sam sabe que mi corazón le pertenece como a mí el suyo.
Bella asintió con la cabeza, asimilando la información.
—Es una pena que Edward no esté. De lo contrario, le habría pedido permiso para darte placer—añadió Jacob.
Ella lo miró con otros ojos, bajo otro prisma. Nunca se había detenido a verle como hombre.
Al ser gay, aunque ahora resultaba que era bisexual, jamás le vio como un potencial amante sexual.
Su amigo estaba muy bien físicamente. Tenía un cuerpo atlético, con brazos y piernas fuertes; una tableta de chocolate que más de uno y de una quisieran comerse —lo había comprobado cuando le veía en el gimnasio entrenando y se quitaba la camiseta—; era tan alto como ella y con un culito respingón mucho mejor que el suyo. Rubio y con unos ojos verdes preciosos. Le miró los labios, gruesos y con los dientes perfectamente colocados y blancos. Se imaginó comiéndola el sexo y de nuevo sintió que el calor la inundaba.
—¿Por qué crees que te hablé del club? Quería que vinieras para ver si debajo de la ropa estabas tan buena como con ella puesta. Además de comprobar lo que yo ya sabía: que te encanta el sexo y vivir experiencias nuevas. Lo llevas escrito en la cara, amiga mía.
Bella asimilaba sus palabras despacio.
—¿Así que lo tenías todo planeado? —quiso saber.
—Sí, prácticamente desde que os conocí a Edward y a ti en aquella pelea. Me hechizaste. Pero no podía soltarte todo esto sin antes conocerte primero. Y cuando surgió la oportunidad de montar el club, no lo cuestioné. Sabía que tarde o temprano tu marido y tú acabaríais aquí.
—Nos has engañado… —musitó Bella recogiendo su tanga para ponérselo.
—No. Os he abierto las puertas de un mundo nuevo.
Eso no se lo podía negar y, además, estaba agradecida por ello. Lo miró estudiándolo y después preguntó a bocajarro:
—¿Estás enamorado de mí?
Jacob soltó una carcajada.
—No, ya te he dicho que mi corazón pertenece a Sam. Sin embargo, sueño con follarte desde que te conocí. Llámalo capricho, si quieres. Pero amor, no. No es amor lo que siento por ti. Yo diría que eres una amiga a la que le tengo mucho cariño y que cada vez que la veo solo pienso en meterme entre sus piernas.
—Se lo voy a contar a Edward —le advirtió.
—Hazlo. Y dile que a él le voy a follar después de a ti.
Bella abrió la boca por la sorpresa. Acto seguido, se echó a reír.
—Puede que yo acepte tener sexo contigo, pero desde luego Edward no. No le gustan los hombres.
Se puso con rapidez el tanga y se levantó para marcharse.
—¿Te da tiempo de tomar ese café? —quiso saber Jacob. Bella miró su reloj de pulsera.
—No. Ya no. Y debo darme prisa o llegaré tarde al colegio para recoger a Renesmee.
—Bien. En otro momento quizá.
Jacob la acompañó hasta la puerta. Al pasar por la que custodiaba el gigante Emmett, Bella recordó su propósito, pero el guardián estaba allí, con su traje negro y sus manos cruzadas sobre el abdomen.
—¿Cómo puedo recibir una invitación para entrar ahí?
Pero Jacob no contestó, a pesar de que ella repitió la pregunta.
Cuando estaban en el límite del local, él se inclinó sobre su cara para darla dos besos de despedida.
—Créeme, es mejor que no entres ahí. No estás preparada —le susurró al oído.
