Dilo por mí

Con la mirada cargada de excitación y una pizca de sadismo en su sonrisa más maquiavélica, Regina miraba cómo al que consideraba como uno de sus peores enemigos entraba en su casa a la búsqueda de su víctima, sin pasársele por la cabeza un segundo que se podría tratar de su hija. Y Regina encontraba la situación muy excitante. Así que ella seguía a Charming, con los brazos cruzados, calmadamente, sin miedo a lo que podría venir. Esperaba que sorprendiera a su amante, sencillamente para ver su reacción, la sorpresa en sus ojos, la locura cuando reconociera a su hija, y la decepción cuando se diera cuenta de que su hija no había sido torturada, sino que fue una perfecta consentidora.

Desde que Regina se hubo levantado para ir a abrir, la rubia intentaba volver a vestirse a toda prisa, batallando con el broche de su sujetador, las manos a la espalda, mientras saltaba para intentar meter las piernas en sus vaqueros. Gruñendo, maldiciendo y maltratando los enganches de su ropa interior, sin duda menos calmada que la alcaldesa. Al escuchar pasos precipitados en el hall, se giró mecánicamente hacia la puerta cogiendo su camisa para cubrirse el rostro. La persona que iba a aparecer sin duda la conocería, ya que ella era la sheriff de la ciudad, y por supuesto estaba fuera de toda discusión que alguien se enterara de esa relación secreta y acabada de nacer.

La puerta se abrió y dejó ver a una Emma aún enrollada bajo su camisa mientras que Charming aparecía como un loco en la estancia, precipitándose hacia la víctima para asegurarse de que estaba bien. Con voz tranquilizadora, y tomando el pudor de Emma como miedo, sin reconocerla, posó su mano en su hombro desnudo murmurándole

˗Señorita…Ya está, se ha acabado, soy el ayudante de la sheriff, ella no volverá a hacerle nada…¿Cómo se llama?

˗¿Papá?

Emma alzó la cabeza al reconocer la voz de su padre y apartó la camisa para mirarlo con expresión incrédula. Mierda, ¿y ahora? Emma, estupefacta, miraba a su padre, y este último, cuya mirada se perdía entre la cólera y el estupor, se preguntaba si Regina de verdad le había hecho daño a su bebé. Sin intentar comprender, tomó a su hija en brazos mientras Emma fruncía el ceño mirando a Regina, aún apoyada en el marco de la puerta, conteniéndose para no estallar de risa. Emma le lanzó una oscura mirada, y reviró los ojos a su padre que continuaba consolándola después "de ese drama vivido". Pero, ¿de verdad era tan tonto?

˗Emma, cariño…Ya te dije que no confiaras en esta loca…¿Estás bien? ¿Te duele algo? ¿Estás herida?

Charming examinaba a su hija, a medio vestir, por todos lados para comprobar si había alguna herida, marca, algo cuando la voz de la alcaldesa exclamó con acento pícaro.

˗Creo que puede que tenga agujetas en los dedos…

Emma le lanzó de nuevo una mirada asesina más penetrante para hacerle comprender que se callara, mientras Charming se dio prisa en coger las manos de su hija entre las suyas con expresión inquieta.

˗Cariño, ¿qué te ha hecho esta bruja? ¡Háblame! ¡Dime! Vamos a casa…Vamos a ocuparnos de ti…Todo irá mejor…

Aún en silencio y sin saber qué responder a las acusaciones de Charming, a no ser un "Pero no…." o un "Pero espera…" que Charming siempre cortaba para seguir hablando.

˗¡Para Emma! ¡Sé que eres fuerte, pero basta! No vas a defenderla indefinidamente. Esa mujer es un monstruo. Y nadie se mete con lo que yo más amo.

Entonces se acercó a Regina, que aún seguía de mármol, divertida observando la escena. Ella bajó los ojos hacia Charming, cambiando su mirada de la diversión hacia el asco mientras miraba a uno de los hombres responsables de su desgracia. Responsable de años de celos y de sufrimiento que ella había acumulado. ¿Cómo podría amar tanto a Emma y detestar tanto a sus padres? Las cenas de Acción de Gracia se anunciaban prometedoras. Charming llegó entonces a su altura y la miró con toda la determinación posible.

˗Ha querido hacerle daño a mi mujer…Ha querido destruir a mi familia…Jamás lo ha conseguido. Y hoy, intenta vengarse con mi hija…Es usted débil, Regina. Contra todo pronóstico, no tiene ninguna fuerza…Nada de majestuoso. Es usted una miserable. Su existencia es miserable. Pero estaré feliz al ver la reacción de Henry cuando sepa que ha querido hacerle daño a su madre…Se pondrá contento. Y aunque esos dibujos de sus dos madres juntas son adorables, créame, él la borrará muy rápido de ellos.

Emma corrió a su lado para impedir que Charming soltara sus acusaciones hirientes a la cara de Regina. Emma colocó su mano sobre la boca de su padre, mientras que Regina mantuvo la pose frente a su enemigo, sin flaquear, sin dar la menor señal de debilidad, aunque sabía que una vez que la amable familia saliera de su casa rompería todo lo que tuviera a mano. Pareciera que jamás tendría derecho a ser feliz. Bastaba con que tuviera un momento con Emma, un maravilloso momento, que bajara la guardia, que se abriera, que rompiera su pared para amar a alguien plenamente para que al final la acusaran de querer hacer el mal adrede…Y Emma que no decía nada…Parecía que se avergonzaba de ese momento entre ellas…Parecía que ni había significado nada…Que era demasiado vergonzoso imaginarse con ella. Y Regina creyó, durante unos minutos, que Emma podría valer la pena, pero una mano sobre la boca de su padre no bastaba. Regina necesitaba que la rubia la defendiera, que clamara alto y fuerte que no estaba ahí sino por amor. Amor en estado puro, amor que ellas habían consumado. Una vez y otra vez.

Los ojos de las dos amantes se cruzaron una vez más, los de Emma expresando arrepentimiento, desolación, como si pidieran perdón mientras que Regina apretaba los puños, sin dar el brazo a torcer, antes de desviar su mirada hacia las acusaciones de Charming y articular lo más fríamente posible, como si sus palabras, llenas de odio, pudieran ser tan hirientes y tan asesinas como las del hombre que tenía delante.

˗Salgan de mi casa. Ahora.

Ella tragó saliva mientras seguía mirándolo, su magia crepitando en sus dedos, queriendo actuar. Bastaría con un agarre en su cuello, una mano hundida en su pecho para destrozar al que amenazaba con llevarse a su hijo. Al que amenazaba su felicidad mientras ella hacía de todo para hacerse aceptar. Y entonces una vez muerto, quizás ella estaría mejor…De momento al menos, pero entonces él habría ganado. Henry la detestaría. Emma la detestaría. Y ella perdería a las dos personas que más amaba en el mundo. Así que Regina hizo gala del mejor auto control. Pensando en Emma, en sus momentos juntas, diciéndose que quizás un día podría revivirlo…Cuando un día, quizás, su amada tuviera el valor de asumir sus actos y su amor.

Es verdad, probablemente era complicado gritar alto y fuerte que estaba enamorada de la Reina Malvada, pero si se ama realmente, ¿no se supone que te da igual el mundo y que quieres vivir tu historia sin opinión de nadie? Pues parece que era más difícil de lo que parecía.

Charming y su hija dejaron la casa, y hasta el último momento, la reina tuvo esperanzas de que la rubia se rebelara, explicara la verdad a Charning, y volviera a los brazos de la morena para consolar su corazón herido.

Mientras ellos se alejaban de la mansión, Regina los observaba desde su ventana, con los ojos llenos de lágrimas. Henry no volvería esa noche, dormía en casa de la rubia. Y Regina no dejaba de darle vueltas en la cabeza a si "los idiotas" habían contado a su bebé los sucesos de la noche, ya imaginándose que su hijo se negaría a verla.

Mientras, en la casa de los Charming, con Henry, que se había ido a acostar pronto por orden de los Charming, escuchando discretamente, desde lo alto de las escaleras, la conversación entre su madre biológica y sus abuelos.

˗¡Se niega a decirme lo que esa bruja lo ha hecho!

˗¡Papá! ¡Porque ya te he dicho que no me ha hecho nada malo!

˗¡Emma, deja de mentir! ¡Toda la ciudad ha escuchado gritos que parecían los de un cerdo degollado! Ahora deja de protegerla y confiesa antes de que le haga lo mismo a otra persona…

˗¡Oh, David, te lo suplico…No hables de cerdo degollado, es desagradable!

˗¡Pero, bueno, hablamos de tu hija, Snow!

˗Bueno, no sé…Quizás haya otra razón para que Emma no tenga huella de violencia…Deja que querer acusar a Regina a toda costa y deja que nuestra hija hable…

˗Bien. ¡Ya que tú también la defiendes, deberíamos hacer un club! ¡El club de las grandes sacerdotisas de la gran y majestuosa Regina! Id también a lamerle las botas. ¡No brillan lo suficiente!

˗Cariño, creo que precisamente en ese punto tu hija se ocupa muy bien…

Las mejillas de Emma se enrojecieron ante las insinuaciones de su madre. ¿Acaso ella había comprendido? ¿Habría ella entendido el comportamiento de su hija, el que la había atormentado durante semanas? ¿Habría comprendido que el acercamiento con Regina no era sino amor, deseo o cualquier otro sentimiento recíproco e inofensivo entre las dos mujeres? ¿Y no decía nada? ¿Solo eso? ¿No estaba loca de rabia ante esa situación? Snow enarbolaba una sonrisa calmada, serena, aunque miraba a Emma con una mirada de compasión mientras que David se repetía las palabras de su mujer en bucle esperando no haber leído bien entre líneas.

˗Espera…¿Tú sabes algo, Snow?

˗No, nada más que tú…Sencillamente, observo. Y las madres saben todo…Sencillamente tenía la necesidad de recordarlo

˗¿Quieres decir que pasa algo entre nuestra hija y esa bruja? ¿Y no me has dicho nada?

˗No me corresponde a mí hablar…Y son solo dudas sin respuestas…Ahora tu hija está delante de ti, si tienes preguntas, lo mejor es que se las hagas directamente.

Los dos pares de ojos se posaron entonces en la acusada, que aún tenía sus mejillas sonrojadas. Jamás antes había tenido que ocultar sus aventuras, a parte de las mujeres de los maridos con quienes se acostaba. Pero ahora era diferente, se trataba de la peor enemiga de sus padres. Pero a pesar de todo el odio, de las historias y los conflictos entre sus padres, ella jamás había sentido el menor odio hacia la alcaldesa.

Su padre la miraba ahora con la mayor de las aprehensiones.

˗¿Emma? Dile a tu madre que se equivoca…Se equivoca, ¿no? Tú no tienes ninguna relación con la bruja, ¿verdad?

˗Se llama Regina. ¡Deja de llamarla bruja, no es para nada una bruja!

˗¡Responde, Emma! ¿Tienes una aventura con Regina?

˗Eso depende de lo que insinúes por aventura…

˗¿Sales con Regina? ¡Deja de andarte por las ramas!

˗No…

˗Ahhhh, ¿ves, Snow? ¡Es lo que te decía!

˗…No oficialmente…Para decir la verdad, de momento solo nos acostamos. Nada es oficial. Pero lo será seguramente si ella acepta volver a hablarme después de tu escándalo de hoy. Aunque lo dudo. Y si aún te interesa, los gritos venían de mí. Pero no sentía ningún dolor. Solo placer y un deseo total. Es más, deberías intentarlo, eso te relajaría. Pero la bruja, como tú dices, ya está cogida…Así que intenta con un plumero, o tu mano izquierda, ya que, creo, que esta noche tu mujer no va a estar de humor.

Fue el turno de Emma de contestar a sus acusaciones con una sonrisa particularmente burlona, para después dejar la casa sin darse la vuelta, mientras que Henry, en lo alto de las escaleras, elevaba el puño hacia el techo con expresión de victoria articulando un discreto "¡Yes!", más feliz que nunca imaginándose a sus dos madres reunidas. Snow seguía algo asombrada, aunque inconscientemente siempre había sabido que las dos mujeres perdían la cabeza la una por la otra. No estaba sorprendida, solo desconcertada, mientras que Charming estaba literalmente loco de rabia. Snow le tomó la mano y sencillamente lo besó para hacerle comprender que era hora de que se calmara. Mientras, Emma recorría la ciudad corriendo para alcanzar la casa de la morena, esperando que aún no hubiera provocado un baño de sangre y fuego en la ciudad.