N/A:Pues aquí traigo un nuevo capítulo! Es cortito, pero con fundamento.

Como siempre, mil millones de gracias a todas las que me leéis, comentáis o simplemente le dais clic a mi historia.

Y sin más, ¡a leer!


Un asunto provisional


Capítulo 12

Conforme avanzaban las horas del lunes, la inquietud de Draco fue aumentando. El hecho de que Granger llegara tarde a trabajar era algo absolutamente excepcional, pero que no acudiera, era totalmente insólito. Para cuando dieron las doce, ya había empezado a entrar en pánico; hubiera podido jurar que Granger había disfrutado la noche del viernes pero ¿y si no había sido así? ¿y si había cometido algún error sin darse cuenta?

«No, no sigas por ese camino que sólo lleva a confusiones y malentendidos» se dijo así mismo.

Tal vez no fuera que él hubiera hecho algo mal, quizás Granger simplemente se había dado cuenta de que había cometido un gran error aceptando aquel trato y ahora se arrepentía. Quizás a aquellas alturas ella estaba ya en la oficina del Ministro, presentando su carta de dimisión. Porque estaba claro que si estaba a punto de revocar su trato, iba a resultarle tremendamente incómodo seguir trabajando con Draco.

¡Merlín! ¿Qué demonios iba a hacer ahora?

Una de las razones por las que se había dado tanta prisa por volver a acostarse con Granger era para comprobar una hipótesis: el sexo con ella no era tan bueno; durante las veces anteriores, su percepción había estado alterada por el celo, por lo que él había magnificado la experiencia, convirtiendo en fantástico lo que en realidad había sido corriente.

Su hipótesis había resultado errónea. El sexo con Granger fuera del celo no era tan bueno: era mejor. Estando en plena posesión de sus facultades físicas y mentales, teniendo el completo control de sí mismo había disfrutado de ella, con ella, su olor, su tacto, los sonidos que hacía cuando llegaba al orgasmo. Al llegar al clímax, Draco volvió a distinguir el hilo dorado que indicaba el vínculo entre ellos, esta vez más nítido, más brillante. Además de ello, ¡Merlín! Granger era increíble en la cama: valiente, audaz, desinhibida y eso que hacía apenas un mes, ella aún era virgen. Cuando todo terminó, se había quedado dormido y una vez más, al despertar pocas horas después, ella ya se había marchado. Lo cual constituía un nuevo indicio de lo arrepentida que estaba.

Un súbito resplandor arrancó a Draco de sus míseras reflexiones y, la voz de Granger hizo eco en el despacho.

«Malfoy, estoy enferma. Gripe de doxy, deberé quedarme en casa un par de días. Siento dejarte plantado.»

La pequeña nutria se desvaneció tan pronto como hubo reproducido el mensaje.

¡Granger estaba enferma! Una oleada de alivio recorrió el cuerpo de Draco: ¡ella no pensaba romper el pacto! No obstante, pronto ese sentimiento se vio absorbido por la culpa: ¿cómo podía ser tan egoísta? Granger estaba enferma y él, alegrándose por ello . «No, no te alegras por ello –le corrigió su voz interior– te alegras porque la razón por la que no ha venido ha trabajar no es porque no quiera volver a verte.» Entonces sintió una oleada de preocupación: ella estaba enferma y se encontraba sola en casa, sin nadie que cuidara de ella. Echó un vistazo al reloj: se pasaría por la cantina para tomar algo rápido y después se presentaría en el apartamento de Granger para asegurarse de que todo iba bien. Si alguien cuestionaba que se marchara tan pronto, alegaría que pensaba trabajar desde casa. Al fin y al cabo, Kingsley les había dicho que sólo debían reportar ante él.


Así que allí estaba, en la puerta del apartamento de ella –tenía la fuerte sospecha de que la señora Jenkins se hallaba apostada tras la mirilla–, frente a Granger, que lo miraba boquiabierta. Estaba muy despeinada, con el pelo recogido en una especie de moño que parecía más un nido de pájaros e iba vestida con un horroroso pijama con un estampado de unos animales indefinidos que se asemejaban a conejitos.

–¡Granger! ¿Qué tal te encuentras?

–Fatal… –cualquiera podía decirlo: la chica tenía la nariz roja, los ojos congestionados y su voz se oía muy débil.

–No hay más que verte, ¡estás horrible!

–Vaya Malfoy, desde luego ¡tú sí que sabes halagar a una chica!

Draco sonrió con sorna:

–¿No me vas a invitar a entrar?

A regañadientes, Granger se hizo a un lado, permitiéndole el paso. Su apartamento seguía tan desordenado como la última vez que había estado allí: había libros por todas partes, periódicos y prendas de ropa. El gato demoníaco lo miraba desde su cesta, con sus malvados ojillos entrecerrados. Granger entró tras él y se dejó caer directamente en el sofá, con un jadeo agotado.

–No deberías estar aquí, Malfoy. Podrías contagiarte.

Él se encogió de hombros.

–Genética veela, ¿recuerdas? Lo más probable es que mi organismo sea inmune a esa gripe.

Al descubrir su auténtica naturaleza, Draco había devorado todos los libros sobre la materia de los que disponía la biblioteca de Blaise. La mayoría coincidían en una cosa: la inmunidad de la especie veela a la mayoría de enfermedades que afectaban a los magos. Estaba seguro de que Granger también lo había leído. No había mentido cuando le había dicho que tenía un aspecto espantoso: permanecía aovillada sobre el sofá, sin parar de moquear a cada instante. Se veía muy vulnerable, indefensa. A Draco le entraron ganas de abrazarla contra su pecho.

–Granger ¿has comido algo en todo el día?

–No… no he tenido fuerzas para cocinar.

Resopló y caminó hacia la nevera. La cocina del apartamento estaba integrada en el salón, con una encimera dividiendo ambos espacios. A pesar de que había muchos cacharros muggles cuyo funcionamiento desconocía, Draco concluyó que lograría apañárselas. Se hizo con unas cuantas verduras de la nevera y hechizó el primer cuchillo que encontró, de forma que comenzara a picarlas en pequeñas porciones.

–Malfoy… ¿qué estás haciendo?

–Un caldo. Es lo que preparaban los elfos en casa cuando alguien se ponía enfermo.

–Tu… ¿sabes cocinar?

–No me quedó otra opción cuando me fui a vivir solo. Además, no difiere demasiado de preparar pociones: mezclar los ingredientes adecuados en la cantidad correcta y luego, ponerlos al fuego.

–¿Por qué no te dedicaste a ello profesionalmente? –inquirió Granger– a las pociones, me refiero. En el colegio se te daban muy bien.

Era cierto: pociones era la única asignatura en la que lograba superar las notas de Granger, ya fuera con Snape o con Slughorn. Draco suspiró. Era un tema doloroso para él. Mientras trajinaba por la cocina, en busca de una olla en la que cocer agua –a través de la magia, por supuesto, no podía ni imaginar cómo se las arreglarían los muggles para calentar su comida–, comenzó a hablar:

–Desde que mi padrino murió, yo no… no se siente lo mismo –no añadió más, detestaba hablar sobre ello y un nudo amenazaba con cerrarle la garganta.

Granger cambió de postura en el sofá y se incorporó un poco, Draco creyó ver un destello de lástima en sus ojos. Prefería con mucho que la gente lo mirara con desprecio antes que con pena, así que para romper el silencio incómodo que se había instalado entre ellos como una losa, exclamó.

–Bueno, pues un par de minutos más y ¡estará listo! La verdad es que no sé cómo los muggles logran manejarse con esos artilugios.

–Se llaman electrodomésticos, Malfoy y en realidad, les hacen la vida muchísimo más fácil –la sonrisa de ella vaciló un poco y su tono cambió radicalmente al agregar–: Escucha, no tenías por qué hacer esto por mí, yo…

Él la acalló con un gesto de la mano.

–Tonterías, Granger. Ya sabes que soy un bastardo egoísta: cuando antes te repongas, antes volverás a la oficina. Hoy casi muero ahí solo, enterrado en papeleo.

Al escucharlo, Granger sonrió tímidamente; lo más probable era que ni ella misma se hubiera creído su patética excusa. Draco le sirvió un tazón de caldo y se lo acercó al sofá.

–¡Oye, Malfoy! –con la primera cucharada, la chica emitió un gemido satisfecho– ¡Esto está delicioso!

–Me alegro. Ya ves que mi excelencia se extiende a amplios campos del sabor –le guiñó el ojo de forma pícara y después, abrió la nevera guardando los restos de caldo en un tarro–. Te dejo un poco para mañana.

Luego se sentó junto a ella, pero no había hecho más que apoyarse en el sofá, cuando dio un respingo: algo se le había clavado en la espalda. Draco frunció el ceño, molesto, y recuperó el ofensivo objeto: era un libro de pastas duras. No pudo reprimir la carcajada cuando leyó el título: "Seduciendo al duque". La portada mostraba a una pareja abrazada, escasa de ropa y en una actitud que indicaba inequívocamente lo que estaban a punto de hacer. Un vistazo a Granger le permitió ver que ella había dejado la cuchara suspendida en el aire y lo miraba con una expresión que era una mezcla de horror y mortificación. Espoleado por la curiosidad, Draco abrió una página al azar y comenzó a leer en voz alta:

–«Lord Westley deslizó una pluma por su vientre, entre sus pechos desnudos. Después, resiguió el camino con los labios, humedeciéndola con su saliva. Le llevó una mano a la entrepierna, arrancándole un gemido necesitado…» ¡Vaya, Granger! –le dirigió una sonrisa maliciosa– ¿Quién iba a decir que dentro de ti se ocultaba una chica tan traviesa?

Granger le pellizcó dolorosamente en un brazo. ¿Cómo estando enferma podía tener tanta fuerza?

–¡Ugh ¡En ocasiones olvido lo idiota qué puedes llegar a ser, Malfoy!

Ella dejó el cuenco vacío sobre la mesa y Draco aprovechó y la atrajo hacia sí, acurrucándola contra él en el sofá.

–Tranquila, leona, cuando te recuperes te demostrare que puedo ser mucho más creativo que ese Westley de pacotilla.

Interpretó como una buena señal el que ella no le rebatiera su afirmación y se acomodara mejor en el hueco de su hombro. Entonces, Granger sacó de entre los cojines un aparatito rectangular lleno de botones de colores. ¿Pero cuántas cosas escondía esa mujer en el sofá? Draco apretó uno de los botones, lleno de curiosidad e inmediatamente se encendió una ventana de cristal situada en una caja negra frente a ellos. Dentro de la ventana había una mujer que señalaba distintos puntos en un mapa de Gran Bretaña, donde aparecían símbolos de nubecitas.

–¡Aah! –exclamó Draco– ¿Qué es eso? ¿quién es esa?

A Granger se le escapó una risita que provocó cosquillas en su pecho.

–Eso es una televisión, Malfoy y ésa es la chica del tiempo. Parece que dan lluvias para toda la semana.

–¿Cómo? ¿Los muggles pueden predecir el tiempo? –Draco se hallaba perplejo– ¿Cómo lo hacen? ¿Usan plsos de té? ¿Bolas de cristal?

Ella no podía parar de reírse y Draco comenzó a enfadarse de verdad ¿acaso se estaba burlando de él?

–Usan métodos científicos, Malfoy, satélites meteorológicos y cosas así.

Draco no tenía ni idea de lo que estaba hablando, pero el aparatito realmente había logrado excitar su curiosidad, así que se las ingenió para arrebatárselo a Granger y comenzó a pulsar los botones con números. Cada vez que pulsaba, la ventanilla mostraba personas diferentes: era fascinante. Se detuvo un momento cuando en la ventana –denominada pantalla, según Granger– apareció un campo de un verde intenso por el que corrían varios hombres en pantalón corto, sin orden ni concierto.

–¿Qué hacen? –preguntó estupefacto.

–Juegan al fútbol –explicó Granger–. Es un deporte muggle muy popular. A mí no me gusta mucho, no soy muy de deportes, ya sean muggles o mágicos, pero hay auténticos fanáticos.

Ante la insistencia de Draco, ella tuvo que explicárselo todo. Descubrió que el objetivo del juego era marcar la mayor cantidad de goles posibles; esto es, ganaba el equipo que más veces lograra meter el balón dentro de la portería usando los pies. El juego resultó ser bastante entretenido, Draco iba con el equipo vestido de blanco –no tenía ninguna predilección especial, pero los rivales iban de rojo; por encima de su cadáver él favorecería a un equipo que vistiera de ese color–.

–Oye Granger ¿qué es un fuera de juego?

Al no obtener respuesta, se giró hacia ella y descubrió que la chica de había quedado dormida. Su cuello estaba posicionado en una extraña contorsión y él la acomodó mejor, de forma que su cabeza descansara sobre su pecho. Granger suspiró audiblemente y rodeó la cintura de Draco con un brazo, pero no llegó a despertarse.

Cuando por fin acabó el partido –para su inmenso deleite ganaron los de blanco– Draco recuperó el cacharrito de los botones –había aprendido que se llamaba "mando a distancia"– y comenzó a apretarlos compulsivamente. Finalmente, encontró algo que llamó la atención: unos artilugios voladores que viajaban de un planeta a otro. Se quedó embobado durante una hora contemplando cómo muggles vestidos con extraños atuendos se disparaban rayos desde los artilugios mientras acariciaba distraído la melena de Granger. La historia de los luchadores del espacio terminó con una música estridente que provocó que ella se sobresaltara en sueños y abriera los ojos, con expresión confusa.

–Malfoy… –musitó entre bostezos y él pudo distinguir la alarma pintada en el rostro de Granger cuando se percató de la postura en la que estaban, con ella prácticamente tumbada sobre él–. Lo siento, me he quedado dormida…

Granger se frotó los ojos, en un gesto que resultó profundamente tierno.

–¿Estabas viendo "La Guerra de las Galaxias"?

–¿Así se llama?

–Sí –Granger bostezó de nuevo–, es una película muy popular.

–Oh –más palabras ininteligibles «¿Qué diablos es una calícula?.»– ¿Cómo te encuentras Granger?

–Como si me acabara de pasar un tren por encima.

Draco le apartó el pelo de la cara: su piel estaba muy caliente, probablemente tendría fiebre.

–Escucha, tienes fiebre. Lo mejor será que te tomes la poción que te dejó el medimago y te vayas a la cama a descansar ¿de acuerdo?

Granger asintió, somnolienta y se tambaleó un poco al levantarse del sofá. Draco bufó, no le quedaba más opción que cargar con ella en brazos. Hubo un instante de duda, el apartamento sólo tenía dos puertas, abrió la primera a la derecha: era el baño. Para cuando por fin dio con la puerta del dormitorio, Granger se había apretado contra su cuerpo y había hundido la nariz en su cuello.

–Mmmmm Malfoy –ronroneó–. Hueles tan bien…

Mierda, Granger… ¡No me hagas esto!

Se las apañó para echar hacia atrás la colcha y depositar suavemente a Granger sobre la cama, luego le quitó las zapatillas y los calcetines.

–Espera aquí, Granger. En un momento te traeré tu medicina.

Al regresar a la habitación, cargado con el frasco de poción y un vaso de agua, ella ya se había quedado dormida y emitía pequeños ronquidos.

–Granger…

Draco se sentó en la cama junto a ella y le sacudió levemente el hombro, Granger se removió y poco a poco, abrió los ojos.

–Tienes que tomarte esto, luego podrás dormir –la ayudó a incorporarse entre los almohadones y le acercó el vaso a los labios–. Eso es, bébetelo todo.

Dejó el vaso sobre la mesita de noche, mientras Granger volvía a tumbarse. Draco ya se estaba levantando para marcharse, cuando la mano de ella lo aferró de la muñeca, con sorprendente fuerza para estar convaleciente.

–Malfoy… quédate –dijo con un hilo de voz–. Por favor, yo… no quiero dormir sola.

Draco la miró a los ojos, enormes y brillantes en la oscuridad y suspiró. Soltó uno a uno los dedos de Granger de su agarre, se quitó la chaqueta y se deshizo el nudo de la corbata. Cuando finalmente se metió en la cama, ella ya estaba dormida, pero se apresuró a acurrucarse a su lado en cuanto percibió su presencia. Entonces, el la rodeó la cintura con un brazo y no tardó demasiado en dormirse, con la nariz hundida en su pelo.


N/A: Hasta aquí por hoy ¿qué pensáis? Los reviews me hacen más que feliz. Próximo capítulo el domingo con POV de Hermione.

¡Buen Finde!