La Propuesta


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Capitulo 11

-Te he traído el chal, señorita Hinata.

Ante ella, con la cabeza gacha, esperaba Misuke. Tenía el chal, sucio y mojado, estrujado entre las manos y cambiaba incesantemente el peso de su cuerpo de uno a otro pie.

-Muchas gracias. Me había olvidado de que se había quedado fuera, Misuke.

Con los pies sobre un taburete bajo, Hinata descansaba en la mecedora de su madre. A pesar de sus protestas, Naruto le había puesto un edredón por encima y estaba preparando la comida.

-¿Quieres que te lo lave? Está hecho una pena -dijo con voz trémula el niño, sin atreverse a mirarla a los ojos.

-¿Por qué no lo dejas en la pila? Ya me encargaré yo de él.

Misuke asintió y se dio la vuelta, como si se sintiera aliviado de verse libre de su presencia. Dándole la espalda, carraspeó y habló con voz tensa.

-Lo siento, señorita Hinata. Yo no quería que te hicieras daño. Hinata sonrió mientras trataba de contener las lágrimas.

-Lo sé, Misuke. Sé que no eres un chico malo.

-Estaba enfadado contigo.

Le era difícil admitirlo, la voz convertida en un susurro, los hombros caídos.

-Misuke, mírame.

Cuando él se dio la vuelta, Hinata extendió la mano. Receloso, como si detestara recibir su perdón, Misuke se acercó. Cuando sus ojos se encontraron, Hinata vio la tremenda necesidad que él trataba de esconder tras su beligerancia.

-Yo no estoy enfadada contigo, Misuke. Me desobedeciste y fuiste testarudo, pero estoy segura de que lo sientes. No creo que tengamos que volver a hablar de esto, ¿verdad?

El niño hizo un gesto negativo.

-Tendré que decírselo a papá. Se va a enfadar, pero fue culpa mía.

-A mí me parece que debería ser algo entre tú yo, Misuke.

Estaba convencida que Naruto ya se había imaginado la secuencia de acontecimientos, aunque todavía no había decidido qué hacer al respecto.

-Papá lo sabe. Él siempre sabe estas cosas - dijo Misuke con un suspiro de resignación-. Estará esperando a que yo se lo cuente. Dice que tenemos que ser responsables de las cosas que hacemos. Hinata asintió.

-Seguramente tiene razón, pero recuerda que dice eso porque te quiere.

-Sí.

Con el chal apretado contra el pecho, el niño le lanzó una mirada tan llena de anhelo que Hinata volvió a tenderle la mano.

-Ven aquí, Misuke.

Y él respondió como si sus pies tuvieran alas, catapultándose a sus brazos. Con la cabeza contra sus pechos, tembló mientras respiraba entrecortadamente, aferrándose ferozmente al edredón. Hinata lo abrazó y le besó el pelo en silencio.

Durante un rato, se abrazó desesperadamente al consuelo que ella le brindaba. Entonces, como si se arrepintiera de su flaqueza, se puso en pie y se limpió la nariz con el dorso de la mano.

Hinata le dio su pañuelo y se dio cuenta de que Naruto estaba en la puerta y era testigo mudo de la escena. Le hizo un gesto casi imperceptible y él asintió en silencio.

-Anda, Misuke -dijo Hinata-. Deja el chal en la pila y prepárate para comer.

Debe ser la hora.

Naruto había desaparecido cuando el niño bajo las escaleras. Estaba segura de que le pediría explicaciones más tarde, su sentido de la justicia era estricto y Misuke tendría que encontrar un modo de pagar sus culpas.


-Creía que te referías a un par de noches.

La protesta de Hinata era apenas un susurro en el pasillo entre las dos habitaciones. Naruto la sujetaba con el brazo izquierdo contra su cuerpo y ella sintió la futilidad de su resistencia.

-Eres mi esposa, Hina. De ahora en adelante dormirás en mi cama.

Hinata pensó sobriamente que hasta un idiota podía entenderlo. Naruto le había largado su discurso y ahora esperaba que ella lo obedeciera sumisamente. Pero Hinata estaba impotente, no podía hacer nada. La arrastró al interior de la habitación y cerró la puerta con pestillo. Hinata no se había sentido tan incómoda desde que rechazó la propuesta matrimonial de Toneri Ōtsutsuki.

Pero Naruto no le daba la oportunidad de rechazarlo porque aquello no podía ser considerado una proposición. Con cuidado de no hacerle daño, la arrastraba irremisiblemente a la cama. La sentó en el borde, le quitó la bata y las zapatillas y luego le subió las piernas.

Hinata se quedó allí sentada, con los ojos muy abiertos y atenta a lo que iba a suceder a continuación. Naruto se quitó los pantalones y los colgó a los pies de la cama. La camisa fue a parar encima. Los calcetines no tardaron en desaparecer y entonces se consideró listo para acostarse.

Y ella seguía inmóvil, paralizada, consciente sólo de la mirada penetrante que él le lanzaba.

-Llevas durmiendo entre mis brazos tres noches seguidas. Creo que ya ha llegado la hora de que te conviertas en mi esposa, Hinata.

Ella asintió, incapaz de hablar. Tan seguro como que el sol iba a salir al día siguiente, Naruto había trazado una línea que ella debía traspasar si deseaba que su matrimonio siguiera adelante.

-Quiero ser tu esposa, Naruto. Sólo que no sé cómo hacer esto -susurró.

Pero, por encima de todo, deseaba que él la abrazara, aunque únicamente fuera para aceptar el calor que le ofrecía, la ternura de sus caricias. Hinata estaba más que dispuesta a aceptar el cuerpo de Naruto en sus entrañas. Había en su interior una tremenda necesidad. De repente, se dio cuenta de que era muy parecida a la que había visto en la cara de Misuke. Del mismo modo que las flores necesitan el sol para crecer, Hinata necesitaba lo que Naruto le estaba ofreciendo, el calor de sus abrazos.

-Yo te enseñaré, Hina.

Hinata se inclinó hacia él y buscó su mano mientras se tumbaba a su lado. Sus movimientos eran reticentes, las heridas estaban más tiernas de lo que se había figurado. Sus caras estaban muy cerca, Hinata contempló la cicatriz de su mejilla. Con dedos cautelosos, cerró los ojos y la palpó, imaginando el dolor que tenía que haberle infligido.

-¿No te molesta? -preguntó él-. Ya sé que no soy un hombre guapo, Hina. Tengo la nariz torcida y mí...

-¡Sst! No digas eso. Eres un hombre fuerte, Naruto. Te han herido más de una vez, pero las cicatrices no te afean. Sólo sufría por el dolor que debiste sentir.

Con una sonrisa ladeada, Naruto le besó las yemas de los dedos.

-Ese dolor no existe esta noche, Hina. No para mí. Tendré cuidado -murmuró besándola-. Jamás te haría daño a sabiendas.

-¿No quieres apagar la lámpara?

-Ya te he visto, Hina -le recordó él tiernamente-. No hace falta que haya más secretos entre nosotros, ¿no te parece?

-No se trata de guardar secretos, Naruto.

Con los ojos dilatados, vio cómo él bajaba la cabeza en busca de su boca. Le mordisqueó el labio inferior, sujetándolo entre los dientes, metiéndoselo en la boca. Y allí, su lengua bañó la carne sensible con unas caricias que hicieron surgir un gemido de su garganta. Hinata volvió a cerrar los ojos mientras se dejaba llevar por aquella sensación estremecedora.

Le hormigueaba todo el cuerpo, tenía la carne de gallina en los brazos y las piernas. Se movió debajo de él, olvidando las heridas con el deleite de sus caricias.

Y entonces él apartó la boca, como si le costara trabajo abandonar el territorio que tan fácilmente había conquistado. Los labios ágiles atraparon el lóbulo de su oreja, capturándolo entre sus dientes para luego explorar la piel delicada de su garganta sin dejar de susurrar frases tiernas que le hacían sonrojarse.

-..Tan suave... Eres tan cálida y hueles tan bien... aquí... y aquí.

Sus manos eran delicadas, los dedos cuidadosos mientras liberaban el camisón de sus amarres. Abrió la tela, dejando que la lámpara bañara su piel en una luz dorada. Despacio, Naruto bajó la cabeza, pasando los labios sobre sus redondeces, trazando círculos leves con la yema de los dedos, mostrando un tiento infinito incluso cuando abarcó los pechos en sus palmas.

Tan delicadas eran sus caricias que ella olvidó las heridas hasta que Naruto deslizó la lengua sobre ellas. Hinata las había lavado aquella misma mañana, pero era como si él quisiera absorber su dolor, lavándolas con su propia saliva, secándolas con sus labios y soplando luego suavemente para borrar de ellas todo rastro de humedad.

Hinata sintió cómo se erguían sus pezones, que se henchía su carne y se echó a temblar bajo su aliento cálido. La risilla de Naruto resonó quedamente, como si le satisficiera su reacción. Hinata abrió los ojos. Él la estaba mirando con las cejas arqueadas, comprobando de cerca los cambios que producían sus atenciones en aquella piel nívea.

-¿Naruto? -preguntó ella, recelosa.

-¡Ah, Hina! Eres todo un trofeo -dijo él en voz baja-. No me detengas, cariño. Me parece que he estado toda la vida esperando este momento.

Hinata no podía resistirse a su súplica, no podía resistirse al hombre que con tanta facilidad se había adueñado de su corazón. Ella, que se había jurado no casarse jamás, acababa de descubrir en unos pocos segundos que se encontraba dispuesta para convertirse en esposa. Naruto, con todos sus secretos intactos, se las había arreglado para hacerse un lugar en el centro de su vida y quedarse allí para siempre.

-Es que no sé qué quieres que haga -dijo ella en un suspiro.

-Tú deja que te ame -dijo él con una sonrisa pícara-. No te haré daño. Te prometo que llevaré cuidado.

Hinata asintió y se entregó a sus mimos procurando relajarse. Naruto buscó sus pezones, tomó uno entre sus labios y lo sorbió contra el paladar, manteniéndolo cautivo con la lengua.

Hinata se retorció sin aliento, atrapada en una red de placer insoportable que se cerraba a su alrededor. Abrió la boca en un gemido de protesta, como si no pudiera resistir una sensación tan demoledora.

Presintiendo lo que le ocurría, Naruto la soltó y la acarició para aquietar sus temblores. La acunó con sus atenciones, con el calor del aliento sobre su piel, descargando una lluvia de besos incontables sobre sus pechos, evitando la herida, murmurando frases de ánimo y consuelo para acabar besando ambos extremos del desgarrón, como si pudiera curarlo con su ternura.

Y entonces se dejó caer junto a ella, apoyándose en un brazo para apartar las mantas hasta que sólo el camisón la ocultó de sus ojos. Empezó a subírselo poco a poco y ella se estremeció al sentir aquellas manos callosas sobre sus piernas.

Hinata respondió apretando los muslos, evitando que alcanzara su objetivo.

-Naruto... Por favor, tápame. Voy a enfriarme.

Naruto apoyó la frente contra la suya e hizo un movimiento negativo antes de aplastar su boca con un beso que era distinto a todos los anteriores, una unión ardiente y húmeda de los labios y las lenguas que consumió sus objeciones, apremiándola a que se dejara explorar. Ella lo permitió, intrigada por aquella nueva invasión, hasta que las sacudidas de placer estremecieron todo su cuerpo.

Tan dulcemente la complacía, tan cuidadoso era en sus movimientos, que casi no se dio cuenta del roce de su mano sobre los rizos oscuros en el vértice de sus

piernas.

Hasta que los dedos se hundieron un poco más y una oleada de placer resplandeciente arrancó un grito agudo de su garganta. Naruto bebió aquel sonido con sus besos, capturándola una vez más entre sus labios abrasadores.

Con un gemido de rendición, Hinata levantó los brazos, los deslizó sobre sus hombros y enterró los dedos en su pelo mientras lo estrechaba contra sí. Empezó a moverse a su ritmo, el cuerpo capitulando bajo aquellos dedos expertos, las piernas relajándose bajo sus órdenes, siempre consciente del placer que la presión de su mano le proporcionaba.

Naruto alzó la cabeza, llamándola por su nombre con un susurro ronco en el silencio de la habitación.

-¡Hinata! ¡Mírame, cariño!

-No...

Sacudiendo la cabeza, Hinata frunció el ceño, incapaz de abandonar el refugio de placer que él le descubría, sin fuerzas para controlar los jadeos que escapaban de su boca. Sin embargo, Naruto insistió y, con un revoloteo de pestañas, a pesar de sus protestas, no pudo resistirse. Frotándose contra su mejilla, Naruto la obligó a obedecerlo. Abrió los párpados lentamente, para quedarse extasiada ante la expresión de ternura de su cara.

-Hina, cariño.

Naruto la apremió hasta llevarla al borde del descubrimiento, al filo del éxtasis. Y entonces observó cómo florecía cuando se vio catapultada hacia el placer, la boca abierta en un grito silencioso, cerrando con fuerza los ojos para dominar las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.

Naruto la abrazó, volvió a acunarla hasta que los espasmos cesaron y ella se aquietó entre sus brazos. Sólo entonces se puso encima de ella. Hinata lo animó rodeándolo con las piernas mientras sentía el embate dulce, la invasión suave de su cuerpo.

Le dio la bienvenida a la parte más secreta e íntima de su ser, saludó aquella conquista segura de su feminidad. Por un instante, el dolor del pasado acechó sus pensamientos, pero ella lo apartó a un lado, obligándose a olvidarlo. Naruto no se parecía en nada a Sasuke Uchiha, en cuyas manos sólo había conocido la vergüenza y la desesperación.

Naruto la arrullaba, conquistándola con ternura y cuidado, y ella le entregó el homenaje debido a su consideración. Se alzó hacia él, despreciando el dolor del movimiento. Lo sujetó en un abrazo total, olvidando sus carnes laceradas en el acto más íntimo del matrimonio.

Aferrada a él, recogió la suma y sustancia de su ser en sus entrañas, refugiándose contra su cuerpo, deseando que él la hiciera suya todo lo que quisiera, entregándose por completo a su empuje.

Naruto se estremeció contra ella, jadeando hasta que dejó escapar un grito gutural de plenitud, amplificado por uno gemelo que surgió de Hinata. Dejó caer la cabeza junto a la suya mientras jadeaba con fuerza al lado de su oído.

-¡Ah, Hinata...!

Como si fuera incapaz de decir nada más, sacudió la cabeza y empezó a besarla en la cara, en la garganta, con urgencia, apasionadamente.

Y ella aceptó desesperadamente aquella avidez, aquella adoración silenciosa hasta que el palpitar de sus heridas se abrió paso a través de su conciencia.

-¿Hina? -dijo él presintiendo su dolor-. ¿Te he lastimado el brazo?

-No... Sólo que...

Con un gruñido, Naruto se quitó de encima.

-He tratado de ir con cuidado. Trae, deja que vea. No sangra. Ni siquiera está hinchado, Hina. ¿De verdad te he hecho daño?

Hinata hizo un gesto negativo. El dolor se convertía en molestia cuando lograba relajarse y ella no deseaba otra cosa que entregarse a sus mimos. Naruto se recostó y le hizo apoyar la cabeza sobre su hombro.

-¿Te encuentras bien ahora?

Hinata asintió en silencio, temerosa de que las palabras delataran el mensaje estruendoso que enviaba su corazón. Porque, con la misma facilidad que Naruto se había abierto camino hasta el centro de su vida, aquella noche había llegado a lo más hondo de su alma. Y, con la misma seguridad con que había tomado su cuerpo llenándola con el don de su espléndida masculinidad, también había capturado la esencia de su ser, y con ella el ilimitado botín de amor que Hinata había atesorado toda su vida.


-Es más difícil quitar la porquería de las gallinas de mis botas que pringarlas, señorita Hinata -se quejó Misuke, mientras limpiaba diligentemente las suelas.

-Tu padre te ha encargado un trabajo duro, ¿eh?

-No es tan malo.

-Vamos, Misuke. Limpiar el gallinero es una tarea asquerosa.

-Supongo que por eso me la ha mandado. Mi padre estaba más enfadado conmigo que tú, ¿sabes?

-Eso es lo que yo me temía, Misuke.

-Pero fuiste tú la que te hiciste daño -dijo contemplando el montón de excrementos que había rascado de sus botas-. Si dejo esto aquí, va a oler a rayos,

¿Verdad?

-Lo más probable -contestó ella, sin dejar de balancearse en el columpio del porche.

-Las madres no se enfadan tanto con las travesuras, ¿a qué no?

-No lo sé, Misuke. Nunca he sido madre.

Ella misma estaba sorprendida de su sangre fría. Tenía el corazón en la garganta. O mucho se equivocaba, o Misuke acababa de colocarla en aquella categoría. Después de un gran rodeo, le había dado su aprobación. Aquello había que celebrarlo.

-Creo que no te costaría mucho aprender, señorita Hinata -insistió el niño mientras recogía los restos con la pala-. Si tuvieras niños para practicar, me refiero. Voy a tirar esto al montón de estiércol. Luego tengo que ayudar a mi padre con la cerca.

Hinata se levantó con una ligera mueca de dolor. Todavía estaba delicada, pero se recuperaba rápidamente. Contempló al pequeño mientras se alejaba y sintió que la cura llegaba hasta su corazón.

-¡Misuke!

El niño se detuvo y luego volvió la cabeza.

-Quizá pueda practicar con Arashi y contigo. Misuke asintió con un gesto raro.

Obviamente trataba de ocultar una sonrisa.

-Yo creo que eso estaría bien. A Arashi no le importará.

Misuke echó a andar y únicamente cuando estuvo seguro de que ella no podía verlo dejó que la sonrisa brotara libremente.

En el porche, Hinata acababa de decidir que tenía que preparar unos buñuelos de manzana y con una música en el corazón, ignorando el dolor de sus músculos, entró en la cocina.

-¡Gracias, Dios mío! -susurró fervientemente. Era una oración entonada con los ojos abiertos y el espíritu colmado de alegría, bien distinta de las lúgubres plegarias que su padre solía dirigir al Todopoderoso. Y, seguramente, una oración que el reverendo Umino no hubiera aprobado. Hinata sonrió.

Pensándolo mejor, quizá el reverendo fuera la persona más indicada para apreciar el agradecimiento reverente que sentía aquella mañana.