Capítulo 12
SASUSAKU
SAKURA pensó que no debía hacerse ilusiones. Solo era la primera vez que se veían los tres desde que Sasuke y Sarada habían sabido la verdad. Todo parecía ir bien. Sasuke las había invitado a la casa de la playa y Sarada había puesto unos ojos como platos al mirar a su alrededor, pero...
¿Por qué siempre tenía que haber un pero?
Porque cabía la posibilidad de que Sakura no hubiera enfocado el asunto como era debido. Tal vez hubiera debido dar la oportunidad a Sasuke y Sarada de conocerse antes de comunicarles que eran padre e hija.
Pero ¿había una única forma correcta de hacer aquello?
Y existían detalles prácticos que no habían resuelto, siguió pensando Sakura mientras Sasuke les enseñaba la mansión. Alfombras de incalculable valor cubrían el suelo y llamativos cuadros colgaban de las paredes. El mobiliario era elegante y moderno, y todo lo que había en la casa era lujoso, incluyendo el gran piano del vestíbulo, bajo la escalera de mármol.
Todo aquel lujo sin precedentes no revelaba nada a Sakura sobre Sasuke. No había objetos personales, fotografías, trofeos ni recuerdos. Sintió nostalgia de su acogedora habitación en Londres.
La mansión era un edificio de reciente construcción que esperaba que una familia imprimiera en ella su sello. Y suponiendo que las cosas se solucionaran entre Sasuke y ella, ¿cómo iban a resolver aquello? De ser dos unidades separadas, ¿podrían pasar a formar una?
¿Qué se perdería en el camino?, se preguntó Sakura mientras pasaban de la sala de proyección cinematográfica al gimnasio y la piscina interior, para después dirigirse a la biblioteca. ¿Su independencia?, continuó preguntándose Sakura, alarmada. ¿O la despreocupación con que Sarada se enfrentaba a la vida? En cualquier caso, no conseguía relajarse y fingir que formaba parte de aquella casa.
Sarada también debía de estar preocupada por el futuro. No se impresionaba con facilidad, salvo cuando encontraba una nueva tienda de segunda mano o un violín de incalculable valor en el catálogo de una casa de subastas, y no la atraía la riqueza. Tenía todo lo que necesitaba, según le había dicho a menudo a su madre, pero Sakura comenzaba a preguntarse si no lo habría hecho para tranquilizarla.
Pronto lo averiguaría.
Su padre y su madrastra la habían dejado sin un céntimo. Y, en aquellos momentos, no tenía muchos ahorros, pero los que poseía se los había ganado a pulso, y confiaba en crear un hogar seguro para su hija.
Al ver a Sasuke y Sarada juntos, los dos igual de tranquilos, se puso nerviosa. Conocía a su hija lo suficiente para saber cuándo se limitaba a ser cortés, en vez de sentirse verdaderamente entusiasmada, y sospechaba que ese era el caso, pero no estaría segura hasta que Sarada le dijera su opinión.
Lo único que deseaba era que su hija fuera feliz, pero ¿era ese el camino? La niña le tendió la mano como si necesitara su apoyo. Sakura se apresuró a cruzar la habitación para agarrarla y se dio cuenta de que Sarada necesitaba que la tranquilizara, a pesar de la fachada feliz que presentaba.
A la niña no le bastó con que la tomara de la mano y se abrazó a ella.
–Quédate conmigo –le susurró–. Tú también formas parte de esto.
¿Era así?, se preguntó Sakura. ¿O tres eran multitud?
Sasuke vio la preocupación reflejada en el rostro de Sakura y notó que ocultaba sus sentimientos para no influir en Sarada. Tanto Sakura como él estaban empeñados en que esa primera reunión fuera lo más relajada posible.
Sin embargo, no parecía ir muy bien, a juzgar por la palidez de su hija.
–Os dejo que echéis una ojeada por vuestra cuenta, sin prisas.
–¿Nos dejas? –preguntó Sarada con recelo.
Sasuke se dio cuenta con toda claridad, por sus palabras, de que tardaría mucho más de un día en compensar once años de ausencia.
–Te llevaré de vuelta a la escuela cuando estéis listas. Necesitáis estar a solas para haceros a la idea de que ahora formo parte de vuestra vida.
–¿Tenemos que hacerlo? –oyó que Sarada preguntaba a Sakura mientras se alejaba.
Había sido un éxito sin precedentes, pensó Sakura cínicamente, mientras Sasuke las conducía de vuelta. La situación era más tensa ahora que antes.
–No te olvides de la fiesta de mañana –les recordó Sarada mientras Sasuke se detenía frente a la escuela.
–¿Qué fiesta? –preguntó Sakura. Luego la recordó. Tenía tantas cosas en la cabeza...
–Mañana por la tarde en casa de... mi abuelo –Sarada frunció el ceño. La palabra aún significaba muy poco para ella.
–Eso es –confirmó Sasuke–. Mi padre se muere de ganas de conocerte.
–Allí estaré –dijo Sakura a su hija.
Tendría que organizar su horario de trabajo, ya que, a pesar de que Iannis le había dicho que se tomara unas vacaciones, ella le había prometido que lo ayudaría con los preparativos de la fiesta.
–He hablado con Iannis –le dijo Sasuke al ver que estaba preocupada– para que puedas salir pronto del restaurante. Espero que no te importe.
Antes de que Sakura pudiera contestar, intervino Sarada.
–¿Vas a organizarle la vida a mi madre?
–¡Sarada! –exclamó Sakura, a pesar de que tenía parte de razón.
–Tiene razón –afirmó Sasuke–. Debiera haberte consultado primero, por lo que te pido disculpas. Pero es que a mi padre le encanta la música y está deseando conoceros a las dos.
Sarada no se estaba tomando las cosas tan bien como esperaba Sakura. Necesitaba tiempo. Las dos lo necesitaban para adaptarse a la nueva situación.
–No tienes que trabajar mientras estés aquí –dijo Sasuke a Sakura.
Sarada no se contuvo y dio su opinión sobre el asunto.
–A mi madre le gusta trabajar. Siempre me lo dice.
–Si no trabajo, no sé de qué vamos a vivir –apuntó Sakura.
La expresión de Sasuke le dio la respuesta: él las mantendría. Pero Sakura no estaba de acuerdo.
Cuando Sarada se bajó del coche, Sakura se desabrochó el cinturón de seguridad.
–Yo también me bajo aquí –le dijo a Sasuke–. Gracias por traernos. Tomaré el autobús para ir al restaurante.
Quería tranquilizar a Sarada, además de indicar a Sasuke que aquello no funcionaría si él insistía en actuar sin escuchar.
Pero su prioridad era Sarada, cuyo suspiro de alivio al ver que el coche se alejaba fue tan profundo como el de Sakura.
La fiesta en la antigua mansión ya estaba en marcha cuando Sakura y Sarada llegaron. Ambas sonrieron al hombre que era el abuelo de Sarada y que les dio una calurosa bienvenida.
Aquel era el hombre al que su padre había estafado, pensó Sakura, incapaz de creerse que alguien tuviera tan buen corazón como para olvidar el pasado y recibirlas de aquella manera.
La casa, grande e impresionante, tampoco era como Sakura se la esperaba. Lejos de ser un museo, era un hogar lleno de objetos, algo destartalado, con perros corriendo de un lado a otro y gatos ocupando las mejores sillas.
–¡Sarada! –su abuelo le agarró las manos–. Me han hablado mucho de ti. Bienvenida a nuestra casa –dijo al tiempo que le estrechaba la mano formalmente–. Ahora es también la tuya.
Sakura notó que el anciano observaba a la niña como si quisiera grabarse todos los detalles de su rostro, ansioso de conocer a su nieta. El temor de Sakura de que Sarada estuviera tensa desapareció de inmediato. Su hija estaba totalmente relajada y sonreía.
–Estoy muy contenta de estar aquí –dijo Sarada muy educadamente, examinando a su abuelo con un interés similar al del anciano.
–Bienvenida a casa –dijo él dirigiéndose a Sakura.
–Gracias.
Sakura se había quedado de una pieza ante semejante recibimiento. El padre de Sasuke tenía muchos motivos para odiar a su familia. Se sintió arrepentida y triste a la vez al pensar en cuando vivía su madre y habitaban en una hogar lleno de amor y algo caótico como aquel.
–No sabía si darte la mano, jovencita –dijo el abuelo de Sarada a su nieta–. Por si te hacía daño –prosiguió. Ambos se echaron a reír.
Sakura, ya tranquila, los imitó.
–Tengo una mano resistente –dijo la niña.
–¿Y tu madre está hecha del mismo material resistente? –preguntó el abuelo volviéndose hacia Sakura.
–¡Mi madre es la mejor y la más guapa del mundo!
–Sarada –protestó Sakura– no debemos acaparar al abuelo. Tiene otros invitados.
–Pero ninguno tan importante como vosotras. Tu hija habla con pasión. Eres muy afortunada. Por favor –señaló una puerta abierta que conducía al jardín– id a disfrutar del sol y la música. Hay un carrito de helados, Sarada. Y están tus amigos de la orquesta.
–Es muy generoso de su parte. Gracias –dijo Sakura.
–No, la generosa eres tú. No estabais obligadas a venir ni estabas obligada a dejar que Sarada lo hiciera. Te lo agradezco desde el fondo de mi alma.
–Gracias por habernos invitado –respondió Sakura, que dejándose guiar por un impulso, besó al anciano en ambas mejillas.
–No desaparezcas, Sakura –susurró él–. El pasado, pasado está. Recuérdalo y no te dejes dominar por él.
Sakura se separó del anciano con lágrimas en los ojos.
–¿Qué se dice, Sarada?
–¡Gracias! –gritó la niña, antes de que sus amigos se la llevaran.
–Id a divertiros –insistió el abuelo.
Cuando Sakura salió del fresco vestíbulo al calor del sol, tenía mucho en que pensar.
–Por aquí, mamá. Debajo de los árboles.
Sakura vio que Sarada y sus amigos se habían sentado a la sombra de un jacarandá.
Una anciana se estaba presentando a los niños cuando Sakura se acercó. ¿Sería la madre de Sasuke? Se esperaba a una mujer alta, elegante y posiblemente temible, en vez de aquella persona pequeña y divertida que inmediatamente caía bien.
Durante unos segundos, echó tanto de menos a su madre que tuvo que detenerse para calmarse.
–Bienvenida, Sakura –dijo la madre de Sasuke sonriendo–. Estamos muy contentos de tenerte aquí.
Lo dijo con tanto afecto que a Sakura se le volvieron a saltar las lágrimas.
–Cualquier cosa que necesitéis, no dudéis, por favor, en pedírnosla.
–Gracias.
Era mucho más de lo que Sakura se esperaba. Y la sinceridad de los padres de Sasuke decía mucho sobre su hijo. No era de extrañar que se él hubiera esforzado tanto en intentar que tuvieran una jubilación libre de preocupaciones. Todos tenían que recuperar el tiempo perdido, pero, por primera vez, Sakura pensó que sería posible.
–Estoy contento de que hayáis venido.
La voz de Sasuke le hizo cosquillas al sentirla a su espalda. Su madre se había acercado a los niños para dejarlos solos.
–¿Vamos? –preguntó él para alejarse de Sarada, su abuela y sus amigos.
Su mirada excitó a Sakura. Su sensualidad era abrumadora. Estaba hechizada por su carisma sexual, lo cual era un inconveniente para pensar con claridad.
Sasuke se detuvo junto a la piscina, bajo un toldo, donde poder hablar discretamente.
–Tus padres nos han acogido de maravilla. Eres muy afortunado.
–Ellos se esforzaron mucho para hacerme como soy. Y no se lo puse fácil.
–Este momento es estupendo...
A Sakura se le secó la garganta al mirar a su alrededor. Se sintió amenazada por aquella forma de vida tan diferente y tan privilegiada. Ni siquiera su padre, en sus mejores momentos, había vivido en una propiedad remotamente comparable a aquella.
No le extrañaría que a Sarada le tentase cambiar su habitación en Londres por la oportunidad de vivir en un lugar como aquel.
–Tenemos que ir con cuidado –dijo Sasuke como si le hubiera leído el pensamiento.
–Desde luego –apuntó ella volviéndose hacia él y siguiendo su mirada hasta donde Sarada charlaba alegremente con sus abuelos, pues el padre de Sasuke se había unido al grupo de niños.
–¿Entramos? –preguntó él indicando la casa con la cabeza.
Ella no quería marcharse. Era como si temiera perder su puesto en el afecto de Sarada, como si le preocupara que la expulsara para dejar sitio a su nueva familia y su nueva vida.
–¿Vamos? –insistió él.
¿Por qué no era ninguno de los dos sincero sobre sus sentimientos?, se preguntó ella. La tensión sexual entre ambos era tan intensa como siempre, y nunca habían tenido problema para expresarlo. Sin embargo, en lo que se refería a los sentimientos, a los dos se les daba igual de bien ocultarlos.
Ella decidió romper el hielo.
–Lamento que tus padres no hayan conocido a su nieta antes – reconoció mientras él abría la puerta de la casa.
–Ellos también –contestó Sasuke con franqueza–. Pero hay que aceptar lo que no se puede cambiar. Lo que importa es que ambos están exultantes por haber descubierto que tienen una nieta. Lo único que les preocupa es su felicidad. No te reprochan nada. Al contrario: te están agradecidos porque saben que has tenido una vida difícil y que yo no te he facilitado las cosas. Y, desde luego, no te compadecen. Si acaso, te admiran. Entra –añadió él al ver que ella vacilaba en el umbral.
Cruzaron el vestíbulo, lleno de botas y herramientas de jardinería y entraron en el salón. Todo lo que Sakura contemplaba mostraba la pátina del tiempo. Las patas de la silla presentaban mordeduras de los perros y las cortinas estaban deshilachadas por los gatos. Sakura se dio cuenta de que Sasuke se había criado en un verdadero hogar, que era lo que ella siempre había deseado para Sarada.
–Nunca antes te habían dado miedo los cambios, Sakura.
–¿Eso es lo que te parece? –ella rio suavemente–. Me dan miedo, pero se me da muy bien ocultarlo.
–Y ahora que he vuelto a tu vida, sabes que se producirán más cambios.
Ella se estremeció sin querer. Parecía una amenaza.
–Una cosa son los cambios, y otra, tu estilo de vida multimillonario. Puede que Sarada y yo tardemos en acostumbrarnos.
–Creo que os adaptaréis rápidamente.
–Tal vez no queramos hacerlo. Sarada aún tiene que hacerse a la idea de que tiene padre y a mí no me gustaría perder mi independencia. Sé que tienes muchos medios, pero no puedes comprar a Sarada. Ni a mí. Tampoco puedes obligarla a que te quiera; ni siquiera a que te acepte. Eso tardará y no hay garantía de que suceda. Lo siento. Tendrás que esperar.
–No es mi forma de hacer las cosas.
–Pues tendrás que replanteártela –apuntó ella con toda la suavidad que pudo–. Sarada es una jovencita con ideas propias, como te habrás dado cuenta.
–¿Y tú, Sakura?
–Yo también, aunque lo que más me preocupa es ella. Cualquier decisión que tome se basará en eso.
–No pretendo arrebatarte a Sarada –se apresuró a decir él.
«Entonces, ¿para qué lo mencionas?», pensó Sakura.
Solo nos quedan tres capítulos y el epílogo para finalizar esta historia.
