Capítulo 7. Una despedida para retomar el camino.

Año 845. Hospital de Shiganshina.

(Fall out boy – The kids aren't alright)

En el momento en el que _ despertó de su letargo, por alguna razón que la chica desconocía, la trasladaron de la sala común a una más privada, donde únicamente estaba ella. A pesar de que aquello la descolocó pues solo era un cadete, en el fondo lo agradeció, pues le daba más intimidad para pensar y lamentarse.

Gillian y Finn habían muerto. Supo de la muerte del chico tras preguntárselo desesperadamente al doctor Jaeger, en medio de un ataque de ansiedad que hizo que se cayera al suelo y le agarrara por la bata, reclamando su respuesta a gritos y lágrimas. Al parecer el golpe de la cabeza fue tan fuerte que, a pesar de que por sus primeros auxilios consiguió mantenerlo con vida unos cuantos minutos más, su cuerpo no aguantó el impacto y la perdida abundante de sangre. Al final, aquel soldado no pudo salvar a su compañero. No lo culpaba, pues no se podía hacer nada.

Ellos habían muerto. Intentando salvarla. Por su culpa. Por ser débil y estar herida. Pero no solo cargaba con esas muertes, sino también con la de sus compañeros, que habían perdido la vida llevando a cabo su plan. Era una asesina. Esa era la realidad.

Cuando llegó a esa conclusión, los días comenzando a hacerse años y cada segundo llegaba a ser agonizante. Todos pasaban con la misma monotonía de siempre: despertarse, ser atendida y volver a dormirse. Sin apenas comer. Sin querer hacer nada ni ser visitada por nadie. Durmiendo casi todo el día. La vida había perdido su color y sentido. Vivía por obligación, por una promesa. Se había sumido en una profunda tristeza, culpa y dolor tan grande que ya no se sentía viva, y, para ser sincera, tampoco lo deseaba estar, pero era su deber estarlo. Era como si viera las cosas pasar desde otro plano, como si estuviera fuera de su cuerpo. Como si ella no fuera ella.

No lloraba, pues no tenía fuerzas para hacerlo. Pero en el interior de su cuerpo, su llanto era constante e interminable, y, sobre todo, desgarrador. _ pensó que nunca podría pararlo.

En un día, parecido a cualquier otro, la puerta de la habitación de la morena se abrió, dando paso a la persona que se encontraba tras ella. _ como de costumbre, se encontraba sentada en la cama, con la mirada vacía hacia la ventana, observando el tiempo pasar, preguntándose por qué seguía viva.

Un carraspeo llamó su atención, haciendo que girara el rostro. Delante de sus ojos, de pie junto a su cama, se encontraba un hombre vestido con el uniforme del Cuerpo de Exploración, tenía el pelo corto marrón y los ojos dorados. Era Keith Shadis, el mismísimo comandante del Cuerpo de Exploración se encontraba en la misma habitación que ella. Pero a _ no le importó ni lo más mínimo, ni siquiera que pudiera reconocer el parentesco que tuviera con su madre. Como si fuera un autómata, le hizo el saludo militar con el rostro inexpresivo.

Su superior levantó la mano, negando con la cabeza, indicándole que no era necesario.

-Buenos días, cadete Morgan – Le saludó, mirándole detenidamente. La chica estaba pálida, con muchas ojeras y parecía ida, todo producto de haber pasado un infierno. Él conocía esa sensación. Todos los soldados del cuerpo lo habían sentido alguna vez y si ese no era el caso, lo harían en un futuro próximo. El resultado final era acabar en ese estado, cuyas únicas dos opciones eran o sucumbirse en la depresión o avanzar hacia delante. Por suerte para ella, no parecía la misma, asique el hombre no pudo reconocerla- He venido a felicitarla y a comunicarle algo en persona.

_ parpadeó lentamente, sin comprenderlo. Su rostro no expresaba ninguna emoción.

-¿Felicitarme?

-Así es- Asintió el comandante- Sus compañeros me han informado de lo que sucedió en la anterior exploración. Cómo, tras la muerte del capitán de su escuadrón, mantuvo la calma sobre sí misma y sobre el resto de sus compañeros, elaboró un plan excelente y lo llevó a cabo, manteniendo a la gran mayoría de ellos con vida hasta el final. Es un hecho digno de una felicitación.

"La gran mayoría, pero no todos" Pensó lastimeramente. Un dolor repentido de cabeza la azotó.

-Comandante, lamento discrepar… Pero, aun así, hubo bajas debido a mi plan. No creo que sea algo para felicitarme, si no puedo mantener a todos mis compañeros con vida…

Para sorpresa de la chica, el hombre que se encontraba enfrente de ella le sonrió levemente. Las malas lenguas decían que era un hombre muy serio, incluso un poco tenso, pero al parecer no era del todo cierto.

-La entiendo, cadete Morgan, créame. Cuando era joven, yo tenía esa misma manera de pensar. Sin embargo, tengo que decirle esto, hablando desde la experiencia de mis años en el Cuerpo: lamentablemente, su deseo es una utopía. No existe ningún líder capaz de mantener la totalidad de sus soldados con vida. Incluso los más habilidosos y experimentados, tienen bajas. Actualmente, en los tiempos que corren y en la circunstancia en la que vivimos, que un escuadrón, y, sobre todo, compuesto mayoritariamente por cadetes recién salidos del Distrito de Entrenamiento de Recluyas, haya sobrevivido en tales situaciones y sin la guía de un líder experimentado, no podría considerarse otra cosa más que un logro de admirar. Ha hecho un excelente trabajo, cadete.

Los ojos de _ se humedecieron por las palabras de su superior. Se encontraba débil mentalmente, asique evitando la viera en ese estado, bajó la vista, haciendo que su cabello le tapara el rostro, el cual se comenzaba a desencajar por el dolor. Con fuerza, cogió la sabana con sus manos, todavía vendadas. No era verdad, no había hecho un buen trabajo.

El comandante fingió no ver el estado de la chica y continuó hablando.

-Sus compañeros están muy agradecidos con usted. Y si, os soy sincero, nunca había visto a tantos soldados preguntando el estado de salud de otro, con tanta preocupación. Se ha ganado el corazón de todos ellos, cadete Morgan, y eso es algo muy complicado. Más que liderar un escuadrón o que pelear contra titanes.

-Muchas gracias, comandante Shadis, pero, de verdad, no merezco sus palabras tan alentadoras…-Murmuró muy bajo con la voz quebrada, intentando no llorar delante del hombre que estaba delante. No se sentía para nada feliz.

-Si que las merece, y no solo eso- _ alzó el rostro con lentitud, mostrando una leve confusión en su gesto casi inexpresivo a través de los cabellos que dejaban entrever su rostro- Tras hablar con el resto de los capitanes del Cuerpo y sopesarlo, he decidido ascenderle el rango. Después de ver tus logros y habilidades en acción, no mereces otra recompensa que un ascenso a capitana de escuadrón. Sin embargo, antes de ejercer sus funciones, deberá recuperarse de todas sus heridas, tanto físicas como las demás, y ser guiada por otro capitán hasta obtener la suficiente experiencia.

Solo de pensar en volver a tener tantas vidas en sus manos, dependientes de su juicio y sus decisiones, _ comenzó a sentir pánico, causando que sus manos comenzaran a temblar. No podía. No otra vez. No quería responsabilizarse de todos aquellos compañeros. Su mente y corazón estaban demasiado dañados para soportar tal tarea.

-Pero, señor, yo…-El comandante del Cuerpo la calló alzando la mano, negando con la cabeza.

-Puede que ahora piense que no es así, porque está muy reciente todo, pero cuando pase un tiempo se dará cuenta del mérito de sus acciones. Tiene un talento innato para liderar, créame; es usted demasiado valiosa para dejarla escapar. Por eso, la recompensa que merece no es otra que una oferta con tiempo indefinido. Acéptela cuando quiera y, si no se encuentra física o mentalmente preparada para volver a la acción, le ofrezco mientras tanto un puesto de entrenadora en el Distrito de Entrenamiento de Reclutas, que podrá aprovecharlo, además, para recuperar su capacidad física. He escuchado de su sobresaliente mano con los caballos. Sus excelentes habilidades servirán de inspiración para las nuevas promesas, de eso estoy seguro.

1 año y medio después

Año 846. Distrito Stohess. Al borde de la Muralla Sina.

Los cascos de Spirit resonaron sobre aquellas lujosas calles. Atraídos por el sonido, las gentes se giraron y miraron con intriga a _, montada sobre el caballo con un rostro muy serio. Al parecer no estaban acostumbrados a ver a soldados del Cuerpo de Exploración por Stohess. La vida de sus ciudadanos parecía no haber cambiado mucho tras los últimos sucesos. Todos caminaban de aquí para allá, disfrutando de los paseos cerca del rio o comiendo en alguno de los lujosos restaurantes, sin preocupaciones ni estrés. Sin embargo, en el resto de los distritos, la situación era muy distinta.

Además de la renuncia al puesto de comandante de Keith Shadis, hacía más de un año que la Muralla María había caído bajo el ataque de dos titanes, causando una matanza en el Distrito de Shiganshina y la evacuación de esta junto al resto de distritos que habitaban dentro de la muralla. Según lo que había escuchado de la boca de los supervivientes y de sus compañeros, aquel día un enorme titan se asomó por encima de la muralla y la destrozó de una patada junto con la ayuda de otro titán, cuyo cuerpo era duro como el metal, el cual rompió el siguiente muro, embistiéndolo con fuerza, abriendo un enorme agujero en la seguridad de la Muralla María. Los ciudadanos los apodaron el Titán Colosal y el Titán Acorazado.

Tras los sucesos, la población superviviente del ataque de los titanes no tuvo más remedio que trasladarse a la siguiente muralla, la Muralla Rose, incluidos los familiares de la morena. La sobrepoblación hizo que hubiera escasez de alimentos para dar de comer a todo el mundo y una multitud de altercados relacionados con esta.

No mentiría si dijera que aquello fue como una puñalada en el corazón de Elisabeth y ella, pero sobre todo a su hermana pequeña, pues había protegido su hogar desde que ella se marchó para alistarse al ejército, con uñas y dientes, y ahora tenía que abandonarlo. Pero la situación no daba pie a otra solución, asique cogiendo el dinero que tenían y demás pertenencias se marcharon entre lágrimas y sin mirar atrás. Por suerte, pudieron vender los objetos de valor y compraron con ellos otra casa en las montañas, pudiendo volver a empezar de nuevo, dedicándose a la fabricación de medicinas y atendiendo a los múltiples heridos y enfermos que había causado la caída de la muralla.

Tiempo después, la situación, que parecía no poder ir peor, fue a más. Con el comienzo del año 846, el Gobierno Central lanzó una campaña para retomar la Muralla María junto con los demás supervivientes y refugiados de la catástrofe. Contando con casi 250 mil hombres y mujeres, sólo un centenar pudo volver. Como consecuencia de tal sacrificio, la escasez de comida mejoró y el resto de la población pudo sobrevivir, aunque fuera a duras penas. Sin embargo, como muchos valientes soldados perecieron en el intento de retomar el territorio, la edad de alistamiento, que se encontraba anteriormente en 15 años, bajó drásticamente. Muchos niños se alistaron, por desgracia y para alivio del Cuerpo de Exploración.

Por fortuna para _, tras la visita del comandante Shadis y antes de su retiro, le destinaron a un mejor hospital en la Muralla de Rose, donde fue atendida por los mejores médicos de todas las murallas, asique no estuvo en aquel fatídico día. Gracias a eso, pudo recuperarse de sus lesiones en un año y, tras medio año de rehabilitación pues sus músculos se habían atrofiado de tanto tiempo estar tumbada y sin moverse, pudo salir a la calle.

Lo primero que hizo fue visitar la tumba de Finn, el cual había sido enterrado en un precioso cementerio del lugar, a las afueras de la ciudad, en un prado verde lleno de luz. Cortesía, una vez más, del comandante, después de que _ le hiciera tal petición al saber que la trasladaban de Shiganshina.

Mientras dejaba flores sobre la fría lápida, se disculpó y agradeció a su amigo, con lágrimas en los ojos, pero sin ser derramadas, y dolor en el corazón, sin importarle las miradas de compasión y de pena de las personas que se encontraban en el lugar. Le prometió visitarle cada cierto tiempo y no olvidarle, aunque fuera aquello lo último que hiciera.

-Mi vida ahora os pertenece a Gillian y a ti. Viviré lo máximo que me dé el corazón y la suerte – Le dijo con la voz rota antes de marcharse, sin echar la vista atrás, tras acariciar las letras "Finn Monroe" que habían sido talladas delicadamente contra el mármol, bajo el símbolo de las alas de la libertad- Juro que destruiré a todos esos cabrones.

En todo el año y medio que estuvo sin servir al cuerpo, tuvo muchas horas para reflexionar, lamentarse y culparse por todo lo que había pasado. Y para cuando se recuperó físicamente, tomó una decisión. Debía cargar con las muertes de todos los que se sacrificaron por ella y portarlas hasta el final, pues su vida ahora estaba compartida por esas personas. Lo primero que haría sería dar paz a sus dos amigos. Y como ya lo había hecho con Finn, ahora tocaba Gillian.

_ descubrió, muy a su pesar pues era demasiado tarde, que estaba enamorada de la pelirroja. Y que llevaba estándolo desde que la conoció, pero que, por desconocimiento suyo, no pudo catalogar sus sentimientos y dejó pasar la oportunidad, tontamente. Cuando supo describir sus sentimientos respecto a Gillian, si ya antes estaba jodida por las pérdidas, ahora estaba bien hundida. No durmió por días ni apenas probó bocado, total y estúpidamente arrepentida de no haber hecho nada, pero sin ninguna lágrima derramada. Nunca podría decirle cuanto la quería ni lo mucho que deseaba volver a besarla. Y aquello la carcomería hasta el resto de sus días.

Tirando de las riendas de su caballo, lo detuvo frente una pequeña mansión, observando si era la dirección que tenía apuntada en el papel que llevaba en su mano. Al parecer, había llegado. El edificio delante de ella contaba con dos pisos y múltiples ventanas donde desde fuera se podía ver su lujoso interior, adornado con los más finos y preciosos muebles. De un salto, aterrizó en el suelo y haciéndole una señal a Spirit, le ordenó que esperaba en el sitio. El animal emitió un sonido y se quedó quieto, moviendo la cola de un lado a otro.

Tras subir las escaleras de la entrada, hizo sonar la campana que había a un lado y esperó con seriedad a que respondieran a su llamado, golpeando impacientemente el pavimento con la suela de su zapato. Tras la puerta, se escucharon unos pasos que se acercaban y, de repente, se abrió mostrando una señora de cabellos pelirrojos y ojos marrones. _ contuvo un jadeo lastimero, delante suya se encontraba una Gillian de más edad y madura. Por un segundo, pensó que había viajado a través del tiempo y estaba viendo un futuro más feliz. Sin embargo, no tenía los preciosos ojos de su amiga, no era ella.

La madre de Gillian parpadeó y la miró con cautela. Por lo que sabía, ella era militar, pero suponía que tenía una ligera idea de por qué razones se presentaba un soldado del Cuerpo de Exploración en su casa.

-¿Sí? ¿Qué desea?

-Buenos días. Mi nombre es _ Morgan, soy cadete en el Cuerpo de Exploración, y quisiera hablar con los padres de Gillian McBeth – Le comunicó con la voz tensa, recomponiéndose un poco de la impresión del parecido- Supongo que usted será la madre.

La madre asintió, cambiando su rostro de cautela a uno que mostraba un poco de preocupación.

-Sí, soy la madre de Gillian -Le confirmó lo que ya sabía- ¿Qué es lo que quiere hablar conmigo, cadete Morgan?

A _ le dio una ligera sensación de que no quería dejarla entrar, pero tenía que comunicárselo en privado, no en medio de la calle.

-Lo que debo comunicarle es algo privado y creo que sería mejor que me dejara entrar—Le pidió con educación, señalando el interior de la casa- Si no es mucha molestia.

La madre de Gillian le miró por unos segundos, de manera muy poco hostil y reacia. Sin embargo, cuando pensaba que la iban a echar a patadas, la mujer se apartó a un lado, dejándole espacio para adentrarse al interior. Con un "con permiso", _ caminó dentro de la casa, siguiendo a la madre, que había comenzado a andar.

La primera habitación era un precioso recibidor donde un mayordomo se acercó a ella y le quitó la capa sobre sus hombros, sin mediar palabra alguna. Ya libre de aquel trozo de tela y sin darle tiempo a observar el mobiliario, continuó su recorrido guiada por la madre de Gillian, la cual la llevó hasta una especie de salón, donde una enorme mesa descansaba en medio de toda la habitación. En ella, se encontraba sentado mientras desayunaba y leía el periódico el que suponía _ que era el padre de Gillian.

El hombre al escuchar unos pasos acercándose, dobló el periódico y miró por encima del papel, frunciendo el ceño al ver a _ en su casa. Gillian definitivamente había sacado los ojos de su padre. Con curiosidad y un poco de temor, dejó a un lado el periódico y se levantó de la mesa, haciéndole el saludo militar. Saludo que _ imitó casi al instante. Pasando por detrás de _, la mujer se dirigió junto a su marido, mirándole significativamente.

-Buenos días, señor McBeth- Le saludó con educación, volviendo a poner sus manos a ambos costados de su cuerpo- Soy la cadete _ Morgan del Cuerpo de Exploración y debo comunicarles a ambos un asunto- Ante el silencio de ambos padres, _ decidió no hacerles esperar más y confesarlo, con el corazón en un puño – Vengo a informarles de la muerte de la cadete Gillian McBeth.

La madre arrugó la cara con dolor, pero sin sorpresa, parecía que ya se esperaba aquello, y el padre se cogió el puente la nariz, suspirando con pesar. _ bajó la mirada hacia sus botas, incapaz de continuar mirándolos a la cara.

-Vuestra hija fue muy valiente y honorable. Murió salvándome la vida. Por lo que le debo hasta mi último aliento- Había ensayado miles de veces las palabras que les diría a los padres de la pelirroja cuando llegara el momento de presentar sus respetos. Sin embargo, al final, se quedó en blanco y soltó todo lo que sentía, con la voz encogida por el dolor y la culpa – Murió por mi culpa. Todo fue por mi culpa. Y lo lamentaré hasta el final de mis días – Cerrando los ojos, inclinó su cuerpo en una reverencia hacia la familia. Sentía unas ganas terribles de echarse a llorar y rogar por el perdón de aquellas personas, pero aquello sería inapropiado. Pues el dolor de enterrar a un hijo era el peor de todos.

Esperando los gritos y algún que otro golpe, _ mantuvo su cuerpo inclinado hacia delante. Dispuesta a recibir todas las represalias de ambos progenitores, sin emitir queja alguna.

-Eres tú ¿verdad?

Confusa, _ alzó sus ojos grises, incorporándose lentamente, y vio que la madre se había acercado hasta ella, con los ojos llorosos, pero con una leve sonrisa en los labios. La mujer le cogió de las manos y las acunó entre las suyas, acariciándole el dorso.

-¿Disculpe?

-Eres la persona de la que Gillian estaba enamorada- Aquello no era una pregunta, más bien una afirmación. Una afirmación que hizo que _ le temblara el labio y encogiera el rostro con dolor. A la mujer se le escapó una lagrima, la cual recorrió su suave mejilla- Nos habló mucho acerca de ti en sus cartas. Sin embargo, nunca dijo el nombre- A ella tampoco le dijo la pelirroja que había retomado el contacto con sus padres. Lo cual fue un gran alivio porque al menos pudo irse habiendo hecho las paces con ellos- A pesar de no estar junto a ella, pudimos notar como finalmente había encontrado aquello que la hacía sentir viva. Y todo eso fue gracias a ti.

_ bajó el rostro, sin aguantar continuar mirándolos. No se merecía aquellas palabras. Ni nunca lo haría. Debían gritarle. Culparle por ser la responsable de la muerte de su hija. Desearle la muerte.

-Dime…- Habló el padre detrás de las dos mujeres, con la voz quebrada. _ lo miró, con el cuerpo entero temblando- ¿Quisiste a mi hija de la misma manera que ella te quiso a ti?

Un sollozo se escapó de sus labios y, con mucho dolor, se cogió el pecho con la mano, asintiendo repentidas veces. Incapaz de pronunciar ninguna palabra.

-Entonces, todo está bien, _ Morgan. Si Gillian dio su vida por ti, fue porque quería que siguieras viviendo, aun si aquello significara que ella no pudiera volver a caminar junto a ti – Le dijo la madre, llorando muy suavemente, con una mirada cargada de dolor y cariño. La mujer dio un leve apretón de manos- Gracias por querer a mi pequeña Gillian.