Nos esforzamos mucho el primer año para normalizar fácilmente la rutina en el segundo. Ya no nos perdíamos en los pasillos y no era necesario quemarse las pestañas antes de un examen, pues nuestro hábito de estudio estaba formado; además, nos entusiasmaba el hecho de que comenzarían los entrenamientos prácticos de magia. Acostumbramos a mostrarnos pulcros y a mantener la excelencia, aunque, no faltaban los que seguían siendo desordenados e infantiles. Lastimosamente, Blanca Nieves estaba incluida en ese grupo.

No era una delincuente que rompía las reglas ni mucho menos, de hecho destacaba en un sinfín de ámbitos. Simplemente no utilizaba sus habilidades en los momentos oportunos, como por ejemplo: las clases.

Desde el principio demostró ser la mejor en clase de arte. Tiene una fascinación por hacer retratos y le gusta que el resto lo sepa, así que nunca pierde la oportunidad de exponerlos. Sin embargo, hubo algo que siempre le molestó de nuestros compañeros.

– Odio que miren con las manos. – se quejaba, rechinando los dientes.

Esa pasó a ser su expresión frecuente en la clase, dirigida a los chicos que exclamaban "¡Qué bello retrato!" y procedían a tocarlo. Bastaba con que un dedo estuviera a un par de centímetros del lienzo para que ella pusiera una cara de espanto horrorosa y después mirara a los pobres chicos con odio.

– ¿Cuál es el problema? Está seco. – le decía yo a veces.

– ¡Aun así lo manchan con sus mugrosas e impuras manos! – bramaba con furia. – ¡Son unos imbéciles! ¡Mal educados! ¡Sin gusto por el arte!

Ni que fuera el Santo Grial.

Supongo que me sentiría igual si esos muchachos tocaran mis maquillajes, así que no la contradecía; no hasta que encontró la "solución" a su problema.

Un día vino con un maletín al salón, extrañando a todos incluyendo al maestro. Era de cuero y tenía una pinta muy mafiosa, resaltando esta característica por la amplia y maliciosa sonrisa que esbozaba Blanca Nieves, sin importarle el montón de miradas que estaban clavadas sobre ella. Cabe decir que su contenido fue motivo de cotilla.

Cuando se acomodó en su asiento, puso el maletín sobre sus piernas y lo abrió, siendo consciente de lo expectantes que estábamos. Sacó de ahí un par de guantes quirúrgicos y las gafas de laboratorio de la escuela, colocándoselas para proseguir con el unboxing de la sospechosa maleta. La intriga en nuestras caras era evidente.

El segundo objeto que salió de ahí fue… ¡Sorpresa! ¡Un maletín más pequeño! Y dentro de ese… ¡Otro maletín aún más…! Ah, no. Sólo es su caja de pinturas acrílicas con… ¡INCREÍBLE! ¡Un tercer maletín más pequeño que los anteriores! ¡El público se volvió loco!

Finalmente, el misterio concluyó con un par de pinceles que posicionó muy ordenadamente en su escritorio. Luego, abrió uno de los tubos de pintura y lo esparció en la paleta, causando una reacción en las narices de Leona Kingscholar, quien se sentaba atrás de nosotros.

– Iugh… ¿Ese olor viene de tus pinturas, Duirrogel? – preguntó el príncipe, tapándose la nariz con desagrado.

– Yo no huelo nada. – olisqueé yo.

– Obviamente, herbívoros como ustedes no van a sentir nada.

– Entonces no tocaría esto si estuviera en tus sandalias, Kingscholar. – se mofó la morena.

Con esa observación, la clase continuó. Blanca Nieves me pidió prestado un espejo y con eso se insertó en el mundo de las bellas artes otra vez, cubriendo el lienzo con algunas pinceladas suaves y otras duras. Era como si calculara en su mente el lugar perfecto para cada una, encajando muy bien en su composición.

Al terminar la hora, se pudo distinguir a un Leona somnoliento en el cuadro. Parecía como si lo tuviéramos dos veces en el aula.

– ¿Ese es Roi du Leon? – cuestionó Rook, sorprendido.

– No puede ser ¡Es igual a él! – agregó otro estudiante.

– Con que para eso querías mi espejo. – hablé yo. – Captaste bien su esencia. De hecho me da sueño con sólo verlo. – reí por lo bajo, a lo que el león gruñó.

– ¡Increíble! ¡Déjame postear esto en MagiCam! – pidió Cater Diamond, quien se acercó a nosotros con su teléfono en mano. – Oye, Leona ¿Estás seguro que no tienes mi habilidad? – se burló de él, refiriéndose a su habilidad Split Card.

– Por favor, sólo es un retrato ¿No haces uno nuevo cada semana? – se disgustó el castaño, menospreciando el talento de Blanca Nieves; en respuesta, sólo se rió.

De pronto, un chico se aproximó elogiando la pintura, como todos los presentes. Arrimó su dedo a esta y la tocó, mientras el rostro de la muchacha se deformaba ferozmente y en cámara lenta, asimilando a un fantasma o algo peor. No sabía cómo reaccionar ante ello, pues se veía chistosamente aterradora.

– ¡Y la textura de esto es genial! – bramó el alumno, libre de culpa.

– Ay, no… No debiste tocarla… – masculló la otra, preocupada.

Inmediatamente, el dedo del chiquillo comenzó a hincharse como un pez globo y luego se llenó de granos, invadiendo el resto de su brazo. Todos retrocedimos y nos alarmamos, mientras el pobre gritaba como engendro, sin comprender lo que le ocurría. El profesor corrió hacia él, ordenando que nos alejáramos al ritmo de que el brazo crecía y crecía, no obstante, nadie supo cómo ayudarlo. Terminó con un brazo deforme y lleno de repulsivos granos.

– ¡¿QUÉ DEMONIOS ES ESTO?! – lloraba el chico, desesperado. – ¡¿QUÉ ME HICISTE?!

– ¡Y-yo no hice nada! ¡D-debieron ser las pinturas! – contestó muy nerviosa.

– ¡¿Qué rayos contienen esas pinturas, Duirrogel?! – preguntó el maestro.

– ¡La c-caja dice que puede causar alergias! ¡P-pero nunca pensé que…! – se le quebraba la voz. En cualquier momento entraría en pánico. – ¡Y-yo tomé las precauciones necesarias! ¡L-les advertí que no tocaran nada!

– ¡¿Por qué demonios compraste pinturas que producen alergias?! – saltó Leona.

– Se me habían acabado las otras y… me dijeron que estas eran más suaves para pintar… – explicó, llevándose las manos al rostro. Iba a llorar. – ¡L-les juro que yo no…!

¿Se le acabaron sus acrílicos tan rápido? Sí hace un par de semanas que los compró. Además, Kingscholar mencionó antes de un olor extraño… ¿Será posible que…?

– ¡Lo discutiremos después, Duirrogel! – reclamó el profesor. – ¡Ahora ayúdenme a llevarlo a la enfermería!

Cargaron al pobre deformado junto a tres compañeros más, dándole un abrupto cierre a la clase. Los seguimos en una gran multitud hacia la enfermería, sin importar que nuestras cosas quedaran dentro del salón. Luego, nos amontonamos afuera de lo más paranoicos, esperando el destino del alumno y observando acusadoramente a Blanca Nieves.

– ¿Qué les echaste, Duirrogel? – saltó un joven, acercándose.

– No les eché nada… De verdad. – musitó apenas.

– No vengas con esa estupidez. – habló Leona. – Tenían un olor apestoso y lo sabías.

– ¡Fuiste el único que olfateó algo, Kingscholar! ¡Nadie más aparte de ti se dio cuenta! – respondió inmediatamente, ofendida.

– ¿Estás insinuando que yo lo hice, herbívoro? – le fulminó con el ceño bien fruncido.

– Nadie está insinuando nada, Leona. – hablé yo, intentando calmar los humos. – Simplemente se cuentan los hechos. – en respuesta, los otros dos sólo gruñeron.

– Para mí fue bastante claro lo que sucedió. – insistió el chico de antes. – Duirrogel transformó el brazo de mi amigo con una maldición u otro embrujo.

– Ya que lo mencionas… – se involucró Cater también. – En Pomefiore son buenos con las maldiciones, ¿verdad?

Claro, échanos a todos en el mismo saco.

– ¿Ahora resulta que la culpa es de todo el dormitorio? – pregunté con molestia e ironía ¿Qué se creen estas patatas roñosas?

– ¡N-no! ¡Sólo mencioné el perfil de ustedes…! – rió nervioso.

– Heh. No me extrañaría que se pusieran de acuerdo para maldecir a toda la clase. – se burló el príncipe, sin preocuparse por acusarnos de conspiración. Qué cómico. Uno intenta serenar el ambiente y terminan por meter más cizaña.

– ¿Entonces te pusiste Don Comedia, gato estúpido? – contraatacó la morena con una sonrisa ácida.

– Urgh… Cómo sea, estoy cansado de todo esto. – se quejó con una mano en la frente y se dio media vuelta. – Me duele la cabeza con tu griterío, así que me largo.

Ella rechinó los dientes con sumo enfado al haber sido ignorada.

– ¡Pues bien raro que le duela la cabeza a alguien que ni cerebro tiene!

– ¡¿Qué fue lo que me dijiste?! – bramó ahora enojado, golpeando la pared y acercándose a Blanca Nieves de forma amenazadora. – ¿Acaso me llamaste "tonto"?

– Dos veces, para ser exacto.

– ¡Oh, Rou du Leon! – Rook los separó con una mano y se interpuso entre medio. – No hay necesidad de ponerse violentos.

– ¡Argh! ¡Tú no te me acerques, bastardo!

– ¡AH NO! – saltó otra vez, apartando a Hunt y apuntando al león con el dedo. Se había enojado en serio. – ¡Aquí el único que puede insultar al petimetre SOY YO!

Perfecto, se armó la pelea.

Los siguientes minutos fueron un montón de gritos e insultos estridentes de los presentes que es mejor no describir mucho. Llegó al nivel de no sólo atacar a Blanca Nieves, sino también a Leona, a Rook, a mí y al maldito curso entero. Se había transformado en una guerra de todos contra todos por asuntos personales, pasando al estudiante herido a un segundo plano. Ya no era tema de discusión.

De pronto y para nuestra fortuna (o infortunio), apareció el director para detener el espectáculo de bestias que se exhibía afuera de la enfermería.

– ¡¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ?! – gritó con sumo enfado. La clase se sobresaltó y cesó en un segundo. – ¡¿Me pueden explicar por qué se están atacando de esa forma?!

– ¡Ellos empezaron! – contestó la clase entera, apuntando a los alborotadores que Rook y yo estábamos sujetando para que no se agarraran a golpes.

– Duirrogel y Kingsholar… – suspiró. – ¿Debería sorprenderme?

Ellos se soltaron de nuestro agarre y Blanca Nieves comenzó a explicar, nerviosa. Relató todo lo que sucedió en la clase, siendo refutada por muchos de forma agresiva; aunque Crowley los hacía callar para seguir escuchándola. Luego de otra disculpa lastimera, el hombre se colocó pensativo.

– Bueno, es cierto que Sam vende cosas bastante cuestionables. – inició una conclusión. – Le he advertido múltiples veces de las consecuencias de ciertos productos.

– Pero… ¿Sustancias nocivas? – preguntó Cater.

– No le echen la culpa a Sam, porque él no vende esa clase de cosas. Aquí el único culpable es Vladia. – atacó Leona nuevamente, a lo que algunos asintieron.

– ¡¿Qué acaso no se los dije hasta el cansancio?! ¡No sabía que las pinturas causarían esa reacción! – se volvió a defender la morena. – Además ¿Cuándo has pisado tú la tienda, Kingsholar?

El príncipe gruñó con desagrado y cierta vergüenza. No tenía argumento que refutar siendo que la escuela sabe que Ruggie hace todos sus mandados.

– Aun así, la acusación que el señorito Duirrogel hace es bastante grave. Podría afectar bastante a la escuela y a Sam, por supuesto. – explicaba el director, preocupado. – ¿Está seguro que él es responsable de esto, Vladia?

– No. Sam no es el responsable. – confesó, como si nada.

– ¡JA! ¡LO SABÍA! – bramó el amigo del compañero herido.

– No puede ser porque las compré en internet.

Inmediatamente, a todos se nos calló la cara de la sorpresa y la confusión. Todo un espectáculo para nada. Gran pérdida de tiempo… ¡¿Por qué demonios no dijo nada antes?!

– ¿Internet…? – repitieron muchos.

– ¿Por qué antes dijiste que…? – masculló Diamond.

– Ustedes nunca me preguntaron dónde las compré y jamás confirmé que las saqué de la tienda de la escuela. – habló con una extraña tranquilidad, cómo si ahora tuviera el control de la situación. Esa clase de tranquilidad que causaba un choque inquieto en mi espina dorsal. Algo estaba mal. – Claro, es difícil relatar cuando un montón de animales te están insultando a cada rato. – observó con resentimiento a Leona, enfatizando en "animales". – ¿Qué más podía esperar de los prejuiciosos alumnos del Night Raven College? Mmmm, déjame pensar… Nada, al parecer. – finalizó, mofándose de todos nosotros y recibiendo miradas molestas.

– Pues… creo que explica bastante todo esto. – agregó el otro con cierto nerviosismo. – Aunque, la próxima vez deberías revisar bien los productos que compras en línea, Vladia-chan.

– Admito que me comporté de manera distraída en ese momento, pero no fue con una intensión maligna.

– ¡Y esa distracción costó la integridad de un estudiante en esta prestigiosa escuela! – se lamentó Crowley. – Entiendo que fue un accidente, pero… ¡¿Qué le diremos a los padres del muchacho, los medios de comunicación y a la gente?! ¡¿Qué pasará si su alergia no se revierte?! ¡Qué horrible! ¡No quiero imaginármelo! – lloriqueaba con sumo dramatismo, llegando a darnos pena.

De pronto, un enfermero abrió la puerta de la enfermería con unos papeles en mano. Se sorprendió al ver al curso entero allí, mas luego se dirigió al director.

– El estudiante ahora está bien, sólo se siente inquieto. La alergia se revertió por sí sola y prácticamente está en perfecto estado. – informó.

– Vaya, que curioso ¡Entonces no hay necesidad de alarmarse! – sonrió el hombre. – Iré a ver al chico. Ustedes pueden retirarse.

Un momento… ¿Qué acaba de pasar?

– ¿Entonces puedo irme? – preguntó Blanca Nieves, igual de desconcertada que el resto.

– Nadie resultó herido realmente, así que por esta vez, sí. – afirmó, palmando su cabeza. - ¡Después de todo, soy muy amable!

La clásica negligencia del director. En realidad no se puede esperar más.

– ¡¿En serio va a dejar a este bastardo suelto?! – le reprochó el príncipe. Sin embargo, el adulto "responsable" lo ignoró y golpeó la puerta de la enfermería, atravesándola cuando fue abierta.

Para colmo, justo sonó el timbre, provocando que el resto del curso se cruzara de brazos y comenzara a disolverse, cómo una gota de miel en el té. He ahí la indiferencia y poca empatía de los alumnos del Night Raven College.

– Como debe ser. – masculló la morena, con tono triunfante y burlesco. – No creo que vayas a ser tan maleducado como para interrumpir al director en su descanso ¿O sí, Kingscholar? – finalizó su victoria, dándose media vuelta y comenzando a andar.

– Argh… A la mierda. – gruñó el otro, dispuesto a hacer lo mismo, sólo que en dirección contraria. Se había rendido con sumo resentimiento. – No te escaparás a la próxima, Duirrogel.

Y tampoco se escapará de esta, no al menos de mí ¿O creía que no me iba a dar cuenta? Claramente había algo turbio en esta situación y Blanca Nieves era la causante. No sabía qué era, pero lo planeó, estoy seguro.

Durante el receso me dediqué a buscar evidencia del truculento plan, ya que sin esta, seguramente la chica me refutaría hasta el cansancio y se saldría otra vez con la suya. Empecé a consultar con el Maestro Crewel sobre los préstamos del Laboratorio de Alquimia, mas él me aseguró de que nadie lo utilizó fuera del horario de clases por estas semanas. Obviamente no iba a conseguirlo a la primera, por lo que seguí escarbando. Por fortuna, no hay muchos laboratorios en la escuela y dudo que Blanca Nieves tenga uno clandestino por ahí, así que fui al sótano del Dormitorio, mi segunda opción.

Nadie podía usar los laboratorios de Pomefiore sin anotarse en el registro de préstamos, una regla básica de nuestra casa. Se lo pedí al encargado y lo hojeé, encontrando la fuente de mis respuestas, porque leí muchas veces el nombre de la morena, escritos con caligrafía de doctor. Tal como pensaba, lo utilizó varias veces en la semana, llegando a ser más de una al día.

Con esto revelaría su mentira, que no era tan perfecta como yo creía.

Posterior a las clases, fui a tocarle la puerta de su habitación. Me recibió muy campante y me pidió ayuda con unas telas, al parecer estaba diseñando un traje o algo así para el taller de sus padres… ¿O para ella? Bueno, no presté mucha atención al estar concentrado en encontrar otra evidencia que la inculpe. Los atriles al lado de la ventana, lienzos sin pintar, un maniquí de costura… No, nada todavía. Luego observé el escritorio. Cielos, era un maldito desastre en ese momento; papeles arrugados, hilos, alfileres, lápices y pinceles todos regados por la superficie, la caja de las pinturas tóxicas en una esquina y apostaría que hace tan sólo unos minutos ocupó la máquina de coser, pues ni siquiera había apagado la linterna de esta.

No obstante, ninguna prueba útil.

De pura casualidad miré el papelero, dándome cuenta que no había una segunda caja. Me lo temía, aunque no sería suficiente para encararla. Maldición, debí haberme traído a Rook.

– ¿Entonces cuál crees que es mejor? – preguntó sosteniendo dos telas con patrones.

– Izquierda. – apunté, apoyándome en el mesón. – La otra parece cortina.

– ¿Tú crees? – titubeó un poco para después apartar la rechazada. – Pues, es una buena observación.

Volví a fijarme en el escritorio, moviendo un par de papeles sólo por el hecho de hacer algo. Divisé por allí un libro que ella buscaba hace meses. Qué horror.

– Tu escritorio es un verdadero asco. – mencioné con cierto hastío. – No puedo creer que estudies en este lugar.

– Es porque estudio en la biblioteca, no aquí. – contestó, metiendo la mano en la pila de cosas y sacando unas tijeras. Era como si hubieran nacido de la mugre.

– ¡Eso no significa que deba estar sucio! – le reproché otra vez, pasando mi dedo por lo que creía que era superficie lisa. – Si fuera líder te haría ordenar esto de una vez.

De pronto noté algo extraño en mi dedo ¿Polvo? No, el polvo no tiñe la piel de tonos oscuros. Froté un poco mis dedos y olí combustión en ellos. Eran cenizas, cenizas que seguro eran de la caja anterior. La muy desquiciada quemó la evidencia altamente inflamable dentro de su habitación, sin ningún tino.

Te atrapé.

– Eres bastante distraída cuando quieres. – le hablé con tono serio.

– No sé a qué te refieres. – me respondió incrédula, cortando género.

– Me refiero a esto. – le extendí la palma y señalé el hollín de mis dedos. – Quemaste la caja ¿Cierto?

– ¿Qué caja?

– La de las pinturas que "supuestamente" se te habían acabado la semana pasada. – declaré, cosa que cesó abruptamente el movimiento de sus tijeras. – Asumo que por eso no está en el papelero.

– Vamos, Vil. Sólo es polvo. – sonrió, nerviosa.

– Claro, ahora resulta que el polvo es negro. – le lancé una ácida ironía, cohibiéndola. – ¿Por qué demonios hiciste algo tan peligroso? ¿Para qué quemar la caja?

No me contestó, sólo desvió la mirada. Me evitó porque lo sabía, sabía que nunca se la acabaron las pinturas. Usó una caja para manipularlas y la otra era la segunda fase, porque nosotros éramos el experimento completo. Nos manipuló a todos nuevamente, como sólo ella sabe hacerlo.

– ¿Acaso no querías que los alumnos notarán algún olor desagradable que te delataría? – crucé los brazos y empecé a desenvolver mi hipótesis. – Adivino. Esa caja contenía tus ensayos. Probaste con cada uno de los tubos hasta encontrar la fórmula indicada, llegando a ser casi tan perfecta como para que ningún humano pudiera olerla. – continué al tanto me acercaba a ella, fulminándola con dureza. – Casi, porque Leona sí lo hizo ¿Verdad?

– ¿Cómo…? ¿Cómo te diste cuenta? – masculló, desconcertada.

– Porque entraste muchas veces al laboratorio del dormitorio y no creo que lo hicieras si no fuera por algo especial, ya que tu relación con la alquimia es increíblemente tóxica.

Ahí se descompuso, sentándose derrotada sobre su cama. Había expuesto hasta la fibra más profunda de su ser, descubriendo un lado que jamás pensé que tendría: su sadismo.

– Tú… Tú siempre dices que crees en el trabajo duro…

No me vengas con esa excusa ahora, señorita.

– Sí, pero en clases, no con estupideces como esta. – comencé a regañarla como una madre a su crío. – ¿Y todo esto para qué? ¿Para que dejaran de "mirar con las manos"? ¿Tan lejos querías llegar?

– N-no… yo sólo…

– ¿En qué demonios estabas pensando, Vladia?

– ¡N-no lo sé…! ¡Sólo quería que pararan y…! – se detuvo, intentando contener el llanto. – La forma más efectiva que conozco para detener a alguien es… el miedo.

El límite seguía sobrepasándose y a mí me seguía sorprendiendo. De tan sólo pensar que tan cruel podría ser me ponía los pelos de punta ¿Cómo es que Blanca Nieves pudo caer tan bajo? ¿Cuánto se ha envenenado? ¿En qué momento se oscureció su reflejo en el espejo?

– Estás enferma. – le dije pasmado, aunque severo.

– No. Solamente estoy harta. – susurró con su voz quebrada, arrugando su pantalón con los puños.

Tal parece que las personas hartas suelen desbordarse en grande.

Me senté a su lado sin perder la compostura y la tomé del mentón.

– Mírame. – le ordené mientras la giraba. Sabía que no sería capaz de hacerlo por sí misma. – Debes detenerte, en serio. No sé en qué momento te desviaste y se oscureció tanto tu corazón como para volverte tan rencorosa, pero creo que ya es suficiente. – empecé de forma estricta, sin intención de bajar el tono. – Entiendo que tengas problemas, todos los tenemos, sin embargo no sirve de nada que andes haciendo idioteces para lidiar con ellos, porque nos estás retrasando con tus berrinches. Te comportas como una mocosa irritante de cinco años, para ser sincero. – seguí sermoneándole, viendo cómo se agraviaba la vergüenza en su rostro. – ¿Y sabes qué? Ni siquiera debes hacerlo por el resto o por mí. Hazlo por ti, porque te estás haciendo mucho daño, antes de que sea tarde y te conviertas en una manzana podrida.

La solté, dejando que el silencio reinara por unos segundos hasta que las lágrimas iniciaron el recorrido por sus mejillas.

– P-pero m-me vas a ayudar… ¿Cierto? – cuestionó con una mueca lastimera e infantil.

– Tsk. Claro que sí, tonta. – chasqueé la lengua, a lo que ella se me lanzó para abrazarme, lloriqueando. Yo simplemente le di unas palmadas en la cabeza. – Aunque esa carita de perro mojado no va a minimizar lo que hiciste hoy.

– ¡Y-ya sé…! ¡Sólo abrázame! – pidió, cosa que recién ahí correspondí.

Esperé unos minutos para que la chica terminara de sorberse los mocos y me levanté, tomando la caja de pinturas tóxicas. Me miró con cierta incredulidad.

– ¿Qué vas a hacer con eso?

– Me la llevaré y se la entregaré al director, así me aseguró de que no las volverás a usar.

Por más emotiva que haya sido la situación, nada me promete lo contrario.

– ¿L-le…? ¿Le vas a decir…? – preguntó con temor.

– No, simplemente dejaré que la confisque. Y le pediré al líder de dormitorio que restrinja tu uso del laboratorio en el sótano. Sólo podrás entrar bajo mi supervisión.

La otra abrió la boca para decir algo, mas se arrepintió. Seguramente quería quejarse y se dio cuenta que no le convenía. Después de eso me despedí, mencionando que la vería más tarde y salí de su desordenada habitación.

Nadie de esa clase se olvidó de aquel incidente, sobretodo la víctima del brazo deforme y yo, siendo el que descubrió su lado sádico en su más pura expresión. Ella consiguió lo que quería a costa de perder su popularidad como consejera, pues el rumor se esparció por la escuela rápidamente. Aunque, fue algo temporal que revirtió con su Don de la Palabra; no necesariamente con consejos, sino que reemplazando su placer por la crueldad con otra cosa.

– Hey, Cater ¿Sabes lo que escuché el otro día?

Expandir chismes. Ese era su nuevo narcótico.

– Puedo darte la información de la persona que desees, pero recuerda. Esto nunca salió de mi boca.

Esa era su nueva frase, acompañada de una sonrisa maliciosa. Pasó a ser una leyenda temida en las clases de arte y amada fuera de ellas, tomando el rol de psicóloga y enciclopedia a la vez. Al final aprendió a no causarle alergias a los estudiantes, no obstante, nosotros nos llevamos la lección más dura: no mirar con las manos los cuadros de Blanca Nieves.

Y respecto a las pinturas alérgicas, jamás las volvió a usar.

Semanas después nos encontramos en la biblioteca. La chica estaba recostada sobre la mesa, apoyando el mentón en sus brazos y con sus orbes jades posándose sobre lo que parecía un examen. La nota tenía menos de treinta puntos.

– ¿Otro rojo en alquimia? – le pregunté, sin sorprenderme mucho.

– Sí. Hice explotar el caldero otra vez. – me explicó los hechos, apenada. – Bueno, no es como si me llevara muy bien con las pociones.

Ah, pero cuando quiere provocarle una alergia a alguien, la fórmula sale a la perfección.

Blanca Nieves era bella, irresponsable y talentosa.

Y me molestaba su actitud.