DISCLAIMER: LOS PERSONAJES DE KUNG FU PANDA Y PAWS OF DESTINY NO ME PERTENECEN
Agradecimientos:
lectorfenix2019: gracias por tu review. ¡Pandaverso... brrr! xD De hecho, no está nada lejos, mi idea es crear un pandaverso (dah), donde se entrelacen varias historias, que aunque tengan sus tramas independiente, haya una trama secundaria o terciaria tras bambalinas que las una a todas; y ya tengo los borradores de unas partes, así que... pues servirá. Oh, por fin aparece Equilibrio/Po de TJ, pero esto es sólo una pequeña aparición, ya verás ;). Gracias por leer.
basil: gracias por tu review. Muchas gracias, de verdad me alegra que te guste. Y pues... sí, yo detesté LOA, no sé, se me hizo una ruptura del universo demasiado descarada, porque no respetaban muchas cosas y se inventaban otras. POD en cambio, respeta muchas cosas de la saga, y eso me hizo tomarla en cuenta. Tengo esta historia y también otra, Nuestro Chi, donde las Constelaciones también aparecen; si quieres puedes leerla a ver qué opinas. Gracias por leer.
Guest: gracias por tu review. Muchas gracias, de verdad, y bueno, sí, supongo que la historia tiene pocos rws porque el fandom está medio muerto, sumado al hecho de que como no coloco peleas y sexo a lo loco como la gran mayoría, no atrae mucho interés xd. Gracias por leer.
Gracias por leer.
9
Bao
Tigresa gruñó por lo bajo al esquivar un mandoble de una espada, saltó hacia atrás dando una vuelta sobre sí misma y cayó de pie. Concentró Chi en sus pies y al caer, le ordenó al suelo se licuase. La tierra bajo sus diez atacantes se hizo líquida, como un lago, y los diez enemigos se hundieron en ella; dieron brazadas para intentar nada, pero Tigresa de una patada al suelo, la solidificó.
Allí quedaron diez de al menos el centenar de enemigos que tenía.
Estaba rodeada, aunque eso no le significaba un problema. Estiró la pata a un lado y generó una lanza de roca, con punta de dolomita. Ese mineral era muy duro, lo suficiente para batallas largas. Recubrió su cuerpo de Chi, bañandose en gránulos de arena a modo de armadura; fina, pero que se moldearía según los ataques recibidos.
Giró, golpeó, barrió y esquivó como si no hubiera un mañana. Despachó a seis con estocadas y cortes al cuello, vientre o pecho. Sin embargo, el número seguía siendo muy grande. Por más agilidad y poder que tuviese, si seguía a ese ritmo la podrían tomar por sorpresa.
Giró la lanza en una abertura de tiempo que tuvo y colocó la punta hacia abajo, condensando una buena cantidad de Chi en la punta, tanto que despedía una fuerte luz. Los animales se replegaron por precaución, chance que ella aprovechó: clavó la lanza en el suelo, haciendo brillar toda la tierra como un segundo sol. Con un gesto fuerte, sacó la lanza apuntando hacia arriba, y una amplia columna de tierra se elevó del suelo, con ella en el centro; Tigresa arrojó la lanza al aire, saltó después y con una patada giratoria golpeó la base de la lanza.
Ésta se clavó en la columna de tierra y, arma y columna, se adentraron con fuerza en la tierra. Aquello generó una onda de presión que, conjunta con la orden mental de hacer maleable la tierra y rocas, causó una enorme ola de tierra que barrió con los enemigos, sacándolos del Valle.
Cayó al suelo, rodó para mitigar el impacto y se irguió; solidificando el piso. Aunque el cansancio por ello era medio, evitó respirar con fuerza para no hiperventilarse. Aquella maniobra le sirvió para sacar a los enemigos, pero a ellos les bastaba volver a cargar contra el Valle.
Un sonido de un gong, claro y armónico, resonó por todo el Valle. Delicado y limpio. Tigresa observó el lugar de donde provenía y notó una columna de Chi enorme, que se alzaba hacia el cielo, de un morado suave. La columna temblaba, costándole mantener la forma.
—Bao —susurró.
Con el corazón latiéndole sin control, hincó una rodilla en el suelo y cerró los ojos, acumulando toda la energía que su cuerpo podía antes de empezar a sentir dolor. La envió bajo tierra, uniéndola al núcleo de la misma tierra. Pudo sentirlo todo; darse cuenta de la inmensidad de China, de lo pequeña que era comparada con el mundo entero. Y pudo sentir un tirón en el pecho del mismo mundo; a la tierra no le gustaba estar líquida, sino ser una sola. Compactada.
—Pues hoy, amiga mía, vas a ceder —gruñó.
Se unió al suelo mediante su Chi y se irguió, radiante como una estrella en la noche. Con un grito furioso, alzó los brazos ceremonialmente mientras que al mismo tiempo le ordenaba a la tierra, líquida, que la imitara. Dos enormes olas de tierra, fango y roca se alzaron tan altas como las montañas lejos del Valle, golpeó sus patas en una palmada, y las dos olas de tierra se entrecocharon.
Repitió el proceso tres veces más, asegurándose de que todos los animales enemigos habían muerto. Con sangre emanando de sus oídos, nariz y boca, Tigresa rompió el enlace con la tierra misma, no sin antes estabilizarla y dejarla al mismo nivel que estaba. La única diferencia del antes y después es que el bosque que rodeaba el Valle de la Paz ya no existía; sólo era una inmensa explanada de hierba verde.
Jadeando, Tigresa se tambaleó cuando la visión se le puso borrosa y el dolor le hacía dar quejidos mudos. Cada parte de su cuerpo dolía como si le hubiesen hechado agua hirviendo encima. Apretó los puños.
—Un problema menos —gimió—, ahora a por Bao.
Y mordiéndose el labio para no dejar que el dolor corporal le derrumbase, se encaminó hacia su estudiante.
Lei-Lei empezaba a comprender el Reino Mental. Parecía un sitio igual al mundo real, pero con sutiles diferencias. Además de lo obvio, como el sol, el cielo, las nubes y el suelo, empezó a darse cuenta de la flora del sitio, que era de dos tipos: delgados árboles de obsidiana o arbustos similares a helechos, de cristal. También notó cosas más sutiles, como que su sombra en vez de ir lejos de la fuente de luz, se dividía en dos, una yendo hacia la fuente y una huyendo.
Llevaban al menos tres horas caminando, y por suerte aquella niebla púrpura se había desviado del camino, girando en redoco y yendo hacia el este, en lugar de seguirles. Aunque en realidad, habían tomado un desvío, pues reconocía ciertas formaciones montañosas del noroeste de China; cerca a Gongmen. Menos mal que Gao le marcó con un sou desconocido, pero que le curó la fractura del brazo.
—¿No vamos a descansar? —quiso saber.
—¿Quieres? —respondió Gao, sin detenerse. Era hipnótico como su cuerpo pasaba de brillar de blanco a negro, con la lentitud de una tortuga—. Debemos llegar al Palacio de Jade lo más pronto posible.
«Cierto», convino ella. Khang quería el Valle, o más específico, quería las Constelaciones. Sólo que no sabía por qué.
—¿Qué era de lo que huimos? —preguntó, intentando hacerle conversación para sacarle información. Gao podía ser muy desesperante en ello.
—Xugujiat.
Siguió caminando, como si nada, sin apenas ver si le seguía. Lei-Lei respiró profundo, acumulando paciencia.
—¿Podrías ser más específico? —Frunció el ceño.
—No. —Ella gruñó—. No porque no quiera, Lei-Lei, sino porque no lo recuerdo del todo. —Se volvió a verla, deteniéndose, fijando en ella sus ojos oscuros. Curioso que los ojos no cambiaran de color como su cuerpo—. Me cuesta recordar.
—¿Por qué? —Se cruzó de brazos.
—Porque... —Gao hizo un mohín, molesto—. No lo sé. Es algo sobre mi estatus de espíritu guerrero. Yo... yo estaba en un lugar, pero después vine a este. Alguien me trajo, sólo que... creo que no supo cómo hacerlo y me dejó lagunas. Lo único que tengo claro es que nuestro vínculo es lo que me da la memoria; voy recordando poco a poco quién soy o para qué estoy aquí.
—Eso es... es una mierda, para que lo sepas. —Sacó de su traje una de las esferitas que Gao le había dado y la insufló con Chi, generando un tocón dónde sentarse—. ¿O sea que no sabes nada de lo que pasa?
Gao la imitó, sentándose en otro tocón. Su rostro era altanero, aunque su voz dejaba saber su frustración.
—Sí y no. —Observó una tercera esfera de cristal—. Sé cómo funciona Xinzhi, sé moverme por él, sé qué nos persigue y quién lo envió. No sé por qué tengo que ir a donde vamos, no sé por qué es tan importante, no sé por qué debemos proteger a las Constelaciones.
—Es como si tuvieras medio cerebro —sonrió ella.
Gao la observó con los mismos ojos de siempre, aunque a ella le pareció ver humor en sus ojos.
—¿Y qué es lo que nos persigue, Gao? —preguntó Lei-Lei, contra su voluntad.
—Se llama Xugujiat y es nuestro enemigo —respondió—, sé que lo envió el enemigo de quien me envió a mí, y sé que es peligroso, pero no sé por qué. Mi alma me dice que es peligroso, me insta a evadirlo.
—Ya. —Eso la dejaba en las mismas. Sin embargo, recordar esa niebla le hizo tener escalofríos: los animales matándose dentro de ella y disfrutándolo—. Y si sabes cómo funciona este reino, ¿por qué es así? —Con un gesto del brazo, abarcó todo.
—Sencillo. —Afincó los codos en las rodillas, observando el suelo—. Por todos nosotros. Todo tiene una mente propia, Lei-Lei, y los animales razonables, aquellos que poseen Chi dentro de ellos, le dan forma. Muchos animales creen que las ideas vienen de otro mundo, viajan de ese a sus cabezas; y millones de millones creyendo eso, le da forma a éste.
—Acondicionamos esto, ¿eh?
—Ya lo vas entendiendo —asintió—. Los objetos, en cambio, son influenciados tanto en el Reino Físico como en el Mental. Estos tocones en los que estamos, por ejemplo. En el Reino Físico son eso, lo que aquí al insuflarles Chi a su aspecto cognitivo, la esfera negra, genera una forma aquí.
—Eso me enreda un poco.
—Es entendible —dijo—. Para nadie es fácil aceptar que todo tiene una mente. Aunque para más facilidad, míralo así: un bastón, por ejemplo. Es un bastón porque los animales lo vemos como un bastón, por eso aquí en Xinzhi el bastón se ve como tal; ¿pero qué pasa si el bastón se pierde y nadie lo encuentra?
—Perdería su percepción, ¿no?
—Su Identidad —convino Gao—. Ya no se identifica como un bastón, y con el paso del tiempo aparecerá moho y empezará a pudrirse. Entonces su percepción cambiará a la más semejante.
—Una vara, un palo o rama.
—Madera —sonrió. Primera vez que le veía sonreír al espíritu—. Porque los animales todavía saben que los árboles son de madera, y de ahí vienen los bastones, las varas, las ramas. Se identificará a sí mismo como un palo de madera.
—Es muy confuso —admitió, arqueando una ceja.
Gao se encogió de hombros.
—Es como la potencia de tu madre. Ella puede cambiar los enlaces entre las rocas del Reino Físico, afectando la Identidad de ellas en el Espiritual. —Gritó, sujetándose la cabeza con ambas patas. Lei-Lei se paró de golpe e intentó ayudarlo, pero Gao la alejó con una pata—. Tu madre —jadeó, dolorido—, ¿quién es tu madre, Lei-Lei?
—La maestra Tigresa, ¿por qué?
Entonces Gao brilló con fuerza, como cien fogatas juntas, su figura onduló y se estabilizó.
—Ya sé por qué vamos al Valle —murmuró—. A proteger a Tigresa.
Qiang intentó contactar varias veces con la voz de su cabeza, el tal Equilibrio, pero nada ocurría, lo que le hizo pensar que quizá se hubo imaginado todo aquello. Sí, eso es lo que debía ser, se negaba a aceptar un hecho por una suposición. Espiró, apretando el vientre para mitigar el dolor general que tenía; para su sorpresa, Shin no parecía notar su peso, lo que le dejaba en claro que aunque más delgado que un lobo común, él era fuerte. Además, se dio cuenta de que su pata herida ya estaba curada: Jing lo había hecho.
Y cuando pensó en Jing, por defecto lo hizo por Nu Hai. Si ella estaba indispuesta y su novia estaba con ellos, quería decir que la situación era grave. «Bueno —pensó con sarcasmo—, más mala de lo que es ahora». Conocía de la lucha de las Constelaciones contra el Chi de sus poderes por boca de Xiao, a quien le contó Fan Tong, así que si Bao estaba despidiendo tal o tanta cantidad de energía era porque su Constelación estaba intentando poseerlo.
—¡Oh, sagrado haaih! —exclamó Shin, observando a Bao.
Qiang maldijo al verlo. Habían girado en una esquina del valle y dado con Bao. Jing sanaba deprisa a Jiziang, en el suelo, con un tajo enorme en el pecho, que iba del hombro a la cintura; mucha sangre tenía el piso y sus ropas.
Bao era Bao y al mismo tiempo no lo era. Tenía su cuerpo, en parte, pero ya no era aquel animal que conocía, ese panda mujeriego. Todo el pelaje de Bao era de un violeta suave, no había blanco o negro, sólo violeta; sus ojos eran un pozo morado oscuro y su cuerpo sangraba de los ojos, nariz, orejas y boca.
Ni siquiera razonaba, rugía como poseso mientras mataba con eficacia a los enemigos frente a ellos. Los encerraba en caparazones y los comprimía, creaba decenas de caparazones sobre ellos y los aplastaba, les cortaba el oxígenos encerrandolos. Y a los que mataba cuerpo a cuerpo, lo hacía con un caparazón que usaba como escudo, con un borde afilado que los decapitaba o cercenaba alguna extremidad.
Shin, a su lado, empezó a susurrar una diatraba de palabras tan rápido que Qiang no le entendió, pero tenía pinta de plegaria. Le llevó corriendo con Jing y Jiziang.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Qiang, jadeando.
—Estábamos peleando —dijo Jiziang, con el pelaje apelmazado al cuerpo y muy débil— y una saltadora nos atacó. Es una completa, maestro Qiang. —Ahogó un grito cuando Jing intensificó su Chi—. Abrió portales pequeños e hizo aparecer a varias chicas del pueblo, reconocí a la hija del caravanero, YinPin, somos buenas amigas. Bueno, éramos. Entonces la saltadora las mató a todas frente a nosotros, desapareció en un portal y los demás nos atacaron.
—Y Bao perdió el control —agregó Jing, mirándole a él a los ojos. El mensaje era claro: eran los ligues de Bao. Sólo que era mejor callarlo.
—¿Hay... —A Jiziang le costaba hablar—, alguna fomar de ayudarle?
Jing no respondió, Qiang tampoco, y mucho menos Shin, que ni siquiera debería entender lo que estaban hablando. Jiziang pareció comprender, porque respiró profundo y no hizo más preguntas al respecto.
—Intenta detenerlo, Qiang, por favor —pidió Jing, y al él verla con detenimiento, se dio cuenta que pese a estar brillando de blanco por su poder, se le notaba el cansancio a leguas—. No sé hasta qué nivel está su posesión, pero si está luchando y no nos ataca es porque quizá haya oportunidad.
Qiang hizo un mohín.
—¿Crees que haya oportunidad real? —Jing no respondió—. Primero limpiaré la zona de enemigos y después iremos a por Bao. No puedo ayudarle si hay aliados de Khang. —Ella asintió.
Qiang se salió del agarre de Shin y se quitó un pendiente. Respiró profundo, preparado para el dolor físico de su poder; dolió, sí, aunque menos que antes. El pendiente que Lei-Lei le mandó estaba muy, muy frío, pero parecía ayudar. Recordó las palabras en su mente: «...aunque no estabas listo». ¿Qué hacía falta para estarlo? ¿Qué necesitaba para dominar su poder?
Sintió una pata asirlo por el hombro.
—¿En qué te ayudo? —preguntó Shin. El lobo negro le veía con firmeza y sin dudar, aunque Qiang sentía el poder emanando de sí, oscureciéndole el pelaje, los ojos, haciéndolo ver como la muerte en animal—. Tú solo no puedes con ellos.
—Son tus camaradas —dijo Qiang.
Shin negó con la cabeza, cerrando los ojos.
—No son mi pueblo, Kuiang. Mi pueblo es usado más que todo como herreros, se nos da bien por la bendición de haaih. Kish es metal, en mi idioma. —Apretó con fuerza, como transmitiéndole su pasión por pelear—. Tú y la emperatriz lo saben, quiero liberar a los míos. Y si para eso debo matar a antiguos soldados compañeros, que así sea. Haaih sabe que sigo mi corazón.
El panda bufó, sonriendo.
—Eso sonó poético.
—¿Qué es eso? —Qiang rodó los ojos y se lanzó hacia los enemigos.
Con mucho cuidado de no acercase tanto como para entrar en el rango de Bao, Qiang atacó. Se concentró lo suficiente en su dolor, en los latidos de su Chi, y usó las sombras a su favor. Se acercó a una pared, ignoró una de las hembras muertas y, como quien mete un brazo en una alacena, Qiang sumergió su brazo hasta el codo en las sombras. Género un arma y sacó una alabarda con una hoja de poco más de un metro.
Estilizada. Con motivos nebulosos en el mango y la porra de final, mientras que la hoja era curva, y el filo era dentado. En cualquier otra arma aquella forma sería incómoda e inservible, pero las armas hechas de sombras, como la de su padre, cortaban el alma. Con el beneficio de que pesaban lo que una espada pequeña, razón por la que usar armas de sombras era muy complicado.
El arma se sintió cómoda en su pata, como una vieja amiga. Sonrió. Había aprendido a pelear con esa clase de armas, lanzas, alabardas, gracias a su madre. La asió con ambas manos y cargó.
Era casi demasiado sencillo. Sólo tenía que concentrarse. Sabía lo que era por fin, era un alto maestro portador de muerte de tipo silencioso. Las sombras eran su arma. Los sombríos viajaban por ellas, creaban ilusiones, pero Qiang las controlaba. Eran suyas.
Esos soldados enemigos no atacaban como los dictaban sus tradiciones, porque venían todos en tropel. Distinguió un astuto al fondo de la tropa, emanando Chi como una laguna, abarcando a gran parte de los compañeros, con los que les decía cómo atacar. Brutales y cultivantes se enfocaban en Bao, y pudo ver por el rabillo del ojo, mientras con un amplio mandoble horizontal de la alabarda, mataba a cinco, que cayeron con sus ojos quemándose.
Qiang usó la inercia del mandoble para pasarse la lanza, en un movimiento grácil, por el cuello, como si fuera un par de nunchakus. Escuchó un grito de pánico, mas no se detuvo. Cerró los ojos y continuó con ello; los giros y la inercia de los movimientos le daban potencia de corte.
Para Qiang las peleas eran la última opción por su tipo de poder, pero cuando tenía que hacerlo, luchaba en serio. Como si fuera una bara triple, hizo bailar la alabarda de sombras por su cintura, usando su antebrazo para controlar el movimiento; la atrapó en el aire con el brazo libre, giró sobre sí mientras al tiempo giraba la alabarda en su espalda, como un bo al estilo wu shu.
Inclinó el cuerpo, pasando la lanza por su espalda y atrapándola cuando llegó a su hombro. Sintió el golpe que le dio a uno con la porra de la base y abrió los ojos al girarla y enderezarla, justo antes de clavar la hoja en el pecho de otro enemigo. La hoja se hizo bruma al enterrarse en su piel y el brutal cayó hacia atrás con los ojos ardiendo, muerto.
Siempre le gustó el estilo de pelea del bo, pues parecía una danza elegante y mortifera, más si añadía su alabarda. Interpuso el mango de la alabarda por reflejo cuando observó una espada de un león directo hacia él, por la derecha, pero se maldijo cuando se percató de que recibiría el tajo; reaccionó demasiado lento.
No obstante, la herida nunca llegó. El león murió con el cuello roto, cuando una figura detrás de él se destacó, le tomó por las mejillas y ¡crack! El león y la espada cayeron al suelo. Detrás del león, Shin sonrió, como un cachorro en dulcería, los ojos avellana brillando de verde y su cuerpo reluciendo. Hizo un saludo con una garra, meneandola como una serpiente, y se fue.
Qiang sonrió confundido. «Esto me será util, parece que está a nada de despertar».
No supo cuánto tiempo pasó, por lo general eso le sucedía cuando peleaba en serio. Su Chi terminaba tomando parte del control, ayudándole a pelear, acelerándole las reacciones, matando con más eficacia. Sin embargo, salió de aquel trance cuando fue embestido y enviado a rodar por el suelo.
La alabarda de sombra se disipó en humo negro, mientras él salía de la ensoñación y con ello se hizo consciente del dolor. Ese dolor que le golpeó de lleno y sin compasión; la sangre explotó en su boca y chorreaba por la nariz. Tosió para evitar ahogarse con ella. En el suelo, temblando adolorido, Qiang buscó a quien lo tacleó, encontrando a Shin con un corte en un hombro y una expresión de dolor. Brillaba de verde, aunque no con regularidad, sino intermitente.
Intentó ayudarlo, obligándose a ponerse de pie, aunque lo único que logró fue caer de bruces al suelo; apenas pudo ponerse en cuatro patas. Sus brazos y piernas temblaban y se resistían a obedecerlo, dando espasmos.
—¡Shin! —gritó Qiang, asustado por un leopardo que blandía un hacha justo detrás del lobo negro.
Éste se volvió demasiado lento, aunque lo suficiente para que el golpe no fuese mortal. El hacha le alcanzó en toda la espalda y el tajo le abrió la carne como mantequilla. Él gritó, rodando por el suelo y retorciéndose de dolor como una serpiente. Rugió, desde la garganta; visceral y primitivo, y su cuerpo explotó en energía. Brilló de un verde oscuro potente e hizo un gesto violento con el brazo, como si fuera a abofetear, hacia el atacante.
Su Chi se separó en decenas de filamentos, delgados como hilos, que fueron a parar sobre muchos de los cuerpos muertos que había en el suelo. Cinco cadáveres, unos con los ojos quemados, otros con el cuello roto, otros con tajos en la garganta, se alzaron como muñecos de trapo y cargaron contra el leopardo del hacha.
Lo atacaron torpemente, desgarrándole el pelaje con las zarpas y mordiéndole cualquier zona importante. Tres de los muertos fueron por su estómago, uno le hizo tropezar y el quinto, un lobo de quizá veinte años cuando estaba vivo, cerró sus fauces alrededor del cuello del animal. Al rasgar, se llevó carne y piel en sus dientes, con el morro rojo oscuro por la sangre.
Shin rugió molesto, muchos más de esos hilos de Chi verde emanaron de él y poco a poco los cuerpos muertos de los animales se ponían de pie. Entonces las cosas se fueron al garete. Con una elegancia sobrenatural, una loba ya entrada en años se posó sobre el suelo; el traje de seda y las pieles a modo de chaleco aletearon con suavidad. Pasó una mirada perezosa por el lugar y chasqueó los dedos: todos los muertos desaparecieron del sitio, quedando ella y menos de diez enemigos, todos con una rodilla hincada ante ella.
Frunció el ceño al ver a Bao, que rugía como un desquiciado, dejando un rastro de sangre por donde caminaba, cada vez su cuerpo más deformado. Ya no tenía el aspecto común de un panda, sino que parecía que su pelaje se había endurecido a modo de caparazón.
Observó con furia a Shin y chasqueó los dedos de nuevo: en el cielo, a muchos metros por encima, el aire se rompió como si fuera vidrio, y decenas de trozos de metal a modo de espadas salieron despedidos hacia el lobo. Sin pensarlo, usó la misma sombra que su cuerpo creaba y metió el brazo hasta el hombro, emanó una buena cantidad de Chi y se concentró en el lobo. Su pata emergió en la sombra de Shin y lo tomó por el pantalón de entrenamiento, llevándolo a las sombras.
Qiang gruñó por lo bajo del enorme dolor, tomando fuerza para sumergirse hasta la cintura en las sombras, cuidando de no quedarse sin ella. Asió con fuerza el cuerpo semi-inconsciente de Shin y se aupó como pudo al mundo real. Quedó con el lobo encima, ensangrentándole el pelaje. Segundos después, los trozos de metal se clavaron en el suelo allí donde estaba Shin.
La loba parpadeó sorprendida, observando con curiosidad y precaución a Qiang, quién se esforzaba por quitarse el cuerpo de Shin de encima, luego de colocarse el pendiente limitante. Estiró las patas, con las palmas extendidas, hacia Qiang, ignorando a Bao que estaba peleando con los soldados que quedaban.
El aire alrededor de las patas de la loba se fracturó y abrió como una cortina, dejando ver rocas fundiéndose, otras al rojo vivo y mucho fuego.
—Adiós —sonrió ella, las arrugas tirándole el pelaje.
Qiang por instinto intentó sumergirse en las sombras, al ver rocas en llamas que iban hacia él, pero no pudo. «Los pendientes, maldita sea», pensó, con pánico. Se rehusó a gritar, no le daría ese placer al animal.
El graznido de un ave resonó por todo el lugar y un torbellino de fuego se interpuso entre el proyectil y Shin. La tierra bajo él se suavizó y un segundo más tarde; su madre estaba delante suyo, protegiéndolo. Su padre, en cambio, cayo del cielo hincando una rodilla, con el bastón de jade en una pata y la otra en el suelo.
Tai-Lung se formó a partir de las llamas, sosteniendo en cada pata como si se tratara de simple balones, las enormes rocas de piedra llameante. Po parecía luchar contra el enojo, cosa rara. Pero su madre... Tigresa hizo que Qiang se sintiera minúsculo y atemorizado; sus ojos brillaban como dos soles de la gran cantidad de Chi que estaba emanando, de un dorado intenso. Su expresión era de alguien decidido a matar y su cola se movía de forma serpenteante.
Tai-Lung apretó las patas y llamas que se movieron como cadenas envolvieron las rocas y la reducieron a cenizas; Po hizo aparecer un traje de maestro, con qipao blanco y sus pantaloncillos pasaron a ser pantalones de entrenamiento negro, todo rematado con un sombrero de caña, como los que se usaban en los arrozales, elegante en maestros. Sin embargo, Tigresa era la que más imponía: no había cambiado su atuendo como Po, pero su madre estaba tan enojada que el Chi respondía a ello y hacía burbujear la tierra alrededor, que se hizo casi líquida. Alrededor de ella, en una perfecta doble elise, granos de minerales preciosos giraban suspendidos, brillando de sus respectivos colores cuando la luz del Chi de ella les daba.
Entonces Qiang los vio, sorprendido, como fueron hace años.
No, no como antes.
Como eran ahora, como lo seguían siendo.
Vio al Guerrero Fénix, al Guerrero Dragón y a la Vinculadora; con sus poderes a tope.
Shin se movió encima suyo, jadeando, con las venas de los ojos rotas, tiñendo de sangre la parte blanca.
—Son dioses —murmuró.
Qiang sonrió, la preocupación yéndose y quedando en una calma temporal, aunque insólita.
—No —dijo—, son mi familia.
