➼ 09. SECRETOS
—Que bien te lo tenías guardado —burló con fuerza Thatch.
El comedor se llenó de carcajadas y Ace solo quiso desaparecer por la vergüenza.
Ace no contaba que al siguiente día de haberse separados de su tripulación en la isla ambulante, sus nakamas emprenderían en la búsqueda de ambos y los encontrarían dormidos juntos, según Leo —uno de los acompañantes— estaban "muy acaramelados y quién sabe qué cosas inapropiadas habrán hecho durante esa noche".
Claro que al llegar al Moby Dick ninguno pudo quedarse callado y a pesar de que Ace explicó la situación, contó —en su mayoría— todo lo que pasó pero sus esfuerzos fueron en vano pues nadie le creyó. Lo único que agradecía era que no hacían ningún comentario enfrente de Suki, todos cambiaban de tema o evitaban hablar de aquello si ella se encontraba alrededor, tal vez por respeto.
—Ya les expliqué qué pasó —dijo cansado, habían llegado desde hace cuatro días y todos seguían con lo mismo.
—Entiende que estamos sorprendidos, pensábamos que no eras un adolescente normal —dijo uno con burla.
Las carcajadas se podían escuchar desde afuera, el pelinegro solo se sentía enrojecer por todas las tonterías que estaban diciendo, avergonzándolo.
—Ya dejen el tema —pidió Marco al ver tanto bullicio calmando las risas de todos, Ace estuvo a punto de agradecerle cuando el rubio volvió a hablar con una sonrisa burlona en los labios—. No hay que meternos en la vida amorosa e íntima de los demás.
—¡Marco!
Todos estallaron en risas, les era inevitable no tomarse todo a broma, para todos era demasiado divertido burlarse del segundo comandante, sobretodo al verlo tan afectado y avergonzado.
El primer comandante se levantó de su lugar y salió del comedor dejando todo el escándalo atrás, necesitaba buscar a la peligris. En cuanto salió la vio caminando cerca de la cubierta, así que se acercó a ella.
—Suki —la llamó a lo lejos y ella se detuvo para acercarse a él.
—¿Qué pasa?
—Pronto llegaremos a la isla Nali —informó Marco—. Podrás bajar con nosotros por suministros si así quieres.
Ella asintió entusiasmada al escuchar el nombre de la isla.
—Claro, me parece bien —aceptó—. ¿Me necesitas para algo más?
—No, te iré a buscar cuando lleguemos.
El rubio se giró dando finalizada la conversación pero Suki lo tomó del brazo, deteniéndolo.
—Marco, yo…
Calló de inmediato sintiéndose insegura, lo mejor era que estando en la isla les contara a Marco, Thatch y Ace lo que tenía en mente. El primer comandante la miró con duda.
—Nada, olvídalo.
Marco asintió y se alejó a su camarote, mientras que ella se dirigió a su habitación, debía de aprovechar su momento a solas. Al entrar al cuarto caminó directamente hacia su mochila sacando un bote de tinta y papel, necesitaba hacer una carta antes de que llegaran a tierra firme.
Se acercó a la mesa que había en la habitación, acomodó los papeles que estaban encima a un lado, se sentó en la silla mientras dejaba todo sobre la mesa, acomodó las cosas y se dispuso a escribir la carta con rapidez. Cuando terminó por accidente empujó el bote de la tinta derramándolo y rápidamente con un papel sobrante lo limpió, pero vio que una parte derramada estaba alcanzando los papeles que había a un lado así que con apuro los tomó y alejó de la mesa.
Con los papeles en mano se dispuso a revisar cada uno para asegurarse de que no fueran importantes y que no se hubieran manchado, pasó uno por uno y sólo eran informes viejos, noticias del periódico que hablaban de Ace y cuando cambió de un papel a otro un pequeño papel mal cortado cayó al suelo. Al agacharse y recogerlo se dio cuenta que no estaba mal cortado, más bien estaba quemado de las orillas y por el color amarillento del periódico era una nota vieja, al girar el papel vio la foto de Gol D. Roger.
La puerta se abrió de golpe y ella casi se infarta del susto, saltando ligeramente en su lugar.
—Suki —la llamó Ace—. Hemos llegado a la isla, padre nos dejará ir por suministros y Marco…
Las palabras del pecoso murieron al ver a la peligris observando los papeles que estaban sobre la mesa, sobretodo al ver qué era lo que estaba sosteniendo una de sus manos.
—¿Qué estás haciendo? —su voz fue neutral y apagada.
Suki miró los papeles y se los tendió a Ace nerviosa, como si hubiera hecho algo malo, aparte su tono de voz no le ayudaba.
—Estaba escribiendo una carta, por accidente tiré la tinta y estaba revisando que tus papeles no se hubieran arruinado.
El pelinegro tomó los papeles y en cuanto vio la fotografía a primera vista le fue inevitable no apretar los papeles entre sus manos.
Marco había hablado con él después de que ella por accidente había visto sus recuerdos, el primer comandante le explicó lo que implicaba la fruta Yume Yume y aunque dudó un poco, había decidido confiar en la ojiazul. Ahora no se sentía tan seguro sobre lo que ella pudo haber visto.
—¿Realmente qué fue lo que viste en mis recuerdos? —se atrevió a preguntar sin despegar su mirada de los papeles y ella se impresionó por la pregunta.
Suki sintió una fuerte opresión en el pecho, no le quería mentir pero tampoco deseaba decirle la verdad, sabía que se molestaría con ella. Aparte no quería arruinar la buena relación que estaban construyendo.
—Ace… —murmuró sin saber qué decir.
—Sé sincera —pidió y dirigió su mirada hacia la ojiazul, ella se sintió incómoda pero sostuvo la mirada de él.
—Vi tus recuerdos de infancia.
Aquello no tranquilizó ni un poco a Ace, apretó los labios y frunció el ceño.
—¿Qué viste?
Era por eso que odiaba su fruta del diablo, ella no deseaba meterse en los recuerdos y la mente de la gente, no era agradable y muchas veces se arrepentía.
—Escucha, yo no lo hago con malas intenciones…
—Solo dime qué viste Suki.
Ella sabía cómo terminarían las cosas, el tono de voz tan duro y molesto de él solo significaba una próxima discusión que ella sabía muy bien que no podía evitar.
—Estabas con otros dos niños, uno de ellos dijo que eras hijo de Gol D. Roger, Rey de los Piratas.
El silencio fue inevitable creando una tensión demasiado complicada, Ace simplemente se quedó callado y Suki tragó saliva nerviosa mientras apretaba sus nudillos, hasta respirar costaba.
—No es algo que pueda controlar —trató de calmar las cosas—. No le dije a nadie más si es lo que te preocupa.
—Mi único padre es Barbablanca —respondió y Suki pudo notar el enojo en sus palabras—. Aquel hombre no es nada mío.
Ella comprendió de inmediato que el pelinegro odiaba a Roger, lo despreciaba prácticamente y aunque quiso preguntar muchas cosas, no lo hizo.
—Lo entiendo —dijo sin despegar su mirada de él—. Lamento haber visto tus recuerdos y no decirte la verdad desde un principio.
—No te quiero ver.
Su comentario impresionó a la peligris, él sólo se giró dispuesto a irse de la habitación y calmarse a solas. Ace se sentía frustrado con ella y consigo mismo, hablar de Gol D. Roger sólo le traía malos recuerdos y no quería desquitar su enojo con ella, aunque inconscientemente lo estaba haciendo.
—Ace, escúchame, no quise adentrame en tus recuerdos —quiso explicarse pero pareciera que él estaba negado a escuchar cualquier cosa.
—No quiero hablar ni verte ahora, ni mañana —fue lo único que dijo, aunque en voz baja murmuró un "ni nunca".
A pesar de que lo último lo dijo muy bajo, Suki sí lo alcanzó a escuchar y algo muy dentro de ella se rompió, un sentimiento parecido a la decepción y tristeza se albergó en su pecho, como una culpa que jamás en su vida había sentido.
—¡Fue un accidente! —respondió ella preocupada al verlo salir sin decir nada más.
Lloró por dentro, más no lo exteriorizó. Sintió la tristeza e impotencia de no poder hacer nada para solucionar su error, no entendía porque todo lo relacionado con Ace le afectaba, jamás le había pasado con Dai ni con ninguna otra persona, ni siquiera con su propio padre.
Suki siempre había odiado su fruta del diablo por diferentes cosas, ahora tenía un motivo más para no querer volverla a usar nunca.
[...]
La ojiazul se había encerrado en el camarote, realmente no tenía ganas de salir. Se sentía la peor persona del mundo y entendía que Ace no le quisiera volver a hablar, a nadie le gustaría que alguien extraño viera tus recuerdos más personales.
Porque al fin y al cabo eso era ella, una extraña.
Solo estaba con los Piratas de Barbablanca gracias a su padre, los demás la trataban bien solo por petición del Yonkō. Así como ella podía ser alegre y positiva, también tenía sus momentos donde era la persona más pesimista del mundo y en esos momentos era imposible pensar de manera optimista.
Repasó su mirada por la habitación y al ver la mesa se levantó de la hamaca de golpe al recordar que tenía que entregar la carta que había escrito antes de que discutiera con el pelinegro. No tenía tiempo para lamentarse o sentirse mal.
Se acercó a la mesa y dobló el papel reiteradas veces hasta convertirlo en un cuadrado mediano, con la poca tinta que le quedaba escribió sobre la esquina superior derecha el nombre del destinatario con rapidez y se lo guardó en el bolsillo del pantalón, se acercó a su mochila sacando dinero que llevó también al bolsillo.
Salió de la habitación y se maldijo por quedarse encerrada ya que el sol se había ocultado, la luna menguante estaba en su punto máximo y supo que ya era bastante tarde. Con tranquilidad bajó del barco, se topó uno que otro hombre de la tripulación quienes la saludaron como si nada y ella les devolvió el saludo con amabilidad para después dirigirse al pueblo.
La peligris había cruzado por el bosque para llegar lo más pronto a su destino y poder regresar rápidamente a la habitación, no quería que la descubrieran o crear sospechas. Cuando llegó al pueblo vio las tiendas cerradas y varias casas con las luces apagadas, solo los bares y restaurantes permanecían abiertos hasta altas horas de la noche.
Pasó por varios bares y restaurantes hasta que encontró el descuidado restaurante del viejo Kon. Empujó una de las puertas —ya medio rota— y se adentró; la iluminación era escasa, una que otra mesa estaba partida, varias sillas no servían y el lugar olía a humedad.
—Suki —murmuró el dueño impresionado al verla entrar, pues reconocería donde fuera aquella cabellera platinada.
La poca gente que se encontraba ahí giraron a verla pero poco duró el interés al ver que no era nadie importante o conocida. Caminó con toda la seguridad del mundo y se sentó en uno de los taburetes, mientras apoyaba su codo derecho y sacaba el papel doblado del bolsillo, poniéndolo en la mesa.
—Hola viejo Kon —saludó con una sonrisa.
Kon era un hombre alto, gordinflón, flojo y huraño, muchas cosas le molestaban, todo le irritaba; odiaba su vida y la de los demás en pocas palabras.
—Te dije que no te quería volver a ver por aquí —reprendió tomando el papel de mala gana y guardándolo en un frasco vacío que tenía detrás de la barra—. ¿Dónde dejaste a Dai?
Suki apoyó su mentón en la mano derecha y se encogió de hombros.
—Nos hemos separado, pero sólo será durante poco menos de un año —explicó sin entrar en detalles—. ¿Hay algo para mi?
—Odio hacerle de mensajero —refunfuñó molesto—. ¿No me comprarás algo tan siquiera?
La ojiazul recorrió la mirada por el lugar y señaló detrás de la espalda de él.
—Te compro esa cajetilla y el encendedor.
Kon se giró gruñón y tomó las cosas dándoselas de mala manera.
—Me refería a que me compraras comida —murmuró entre dientes—. Espérame, lo dejé en la cocina.
Suki metió su mano en el bolsillo sacando unos cuantos billetes y monedas poniéndolos en la barra. Tomó la cajetilla y vio que era nueva, la golpeó suavemente con la palma de la mano varias veces antes de abrirla y sacó uno de los cigarros llevándoselo a la boca, agarró el encendedor dorado y prendió el cigarrillo tomando una bocanada.
—Cuántas veces te tengo que decir que en mi restaurante no se fuma, niña malcriada.
El viejo Kon tomó el dinero guardándoselo en los bolsillos y después colocó una pequeña caja negra sobre el mostrador junto a un papel bien doblado donde se leía «Suki».
—Ten, te ha dejado esto —soltó con desinterés—. Y ya vete, estás apestando todo el lugar.
Suki tomó sus cosas y se despidió con una sonrisa, a lo que Kon le gritó que no la quería volver a ver por ahí. Antes de salir del lugar escuchó la voz del viejo llamándola, ella se giró esperando una reprimienda pero fue todo lo contrario.
—Feliz cumpleaños —le sonrió—. No creas que se me ha olvidado.
Simplemente sonrió agradecida y salió, caminó por donde había llegado, al pasar por uno de los bares vio a varios hombres de Barbablanca comiendo y tomando, entre ellos distinguió al pecoso quien sonreía alegre entre todos.
Era su propio cumpleaños y ni siquiera estaba festejando, la última vez que pasó un cumpleaños sola fue cuando cumplió nueve años, aquella vez nadie recordó su cumpleaños y ella lloró durante toda la noche al darse cuenta que nadie estuvo ahí. Había pensado decirle a Marco, Thatch y Ace sobre su cumpleaños al llegar a la isla e invitarles la cena, pero obviamente eso nunca pasó.
Despegó su mirada de aquella escena y continuó su camino disfrutando del cigarro entre sus labios y del aire fresco de la noche, entendía que Ace estuviera molesto y que no quisiera volverle a hablar, lo que ella vio era algo muy personal para el pelinegro, era un secreto que él guardaba muy bien y comprendía lo difícil que era que alguien más se enterara sobre tus secretos.
En fin, ella también los tenía.
