Capítulo 9

Había pasado una semana desde que la puerta del sótano se abrió. Desde entonces, no volvió a cerrarse ni una sola vez, como si les estuviera gastando una cruel broma. Todas las mañanas la veía abierta, esperando impacientemente a que ellos se acercaran. Incluso le parecía escuchar una risa macabra. Una risa malvada de un hombre malvado que ardía en deseos de que ellos entraran. ¿Eran alucinaciones suyas?

Ya se había convertido en una costumbre que Kagome durmiera en su dormitorio cada noche. En otra situación diría que, como pareja, estaban yendo demasiado de prisa. No obstante, en la situación actual en el hogar de Kagome, ir a pasos agigantados no era el peor de sus problemas. Kagome no estaba segura en su dormitorio. No podía dejarla allí, y ella tampoco quería estar allí. Tenía la opción de dormir con su abuela, pero no quería preocuparla… Además, ¿por qué no decir las cosas como eran? Les gustaba esa situación. Por la noche podían dormir desnudos, abrazados, sin preocupaciones. ¿Qué más podían pedir?

La mayor parte de las cosas que encontraron en el sótano eran pertenencias de la difunta Kikio Higurashi. Había vestidos de la época victoriana que valdrían millones en la actualidad allí guardados. Encontraron también muchas joyas que engrosarían la lista de reliquias familiares. Exceptuando el cuadro que se encontraba en el vestíbulo, todos los demás retratos de Kikio debían encontrarse en el sótano. Debía encantarle que la pintaran; parecía una mujer vanidosa. No era la clase de mujer de la que él se habría enamorado perdidamente, aunque reconocía que debió romper muchos corazones, y los periódicos eran prueba de ello.

Allí abajo había periódicos que harían sus delicias de la hemeroteca municipal. Algunos estaban un poco borrosos por la humedad, otros tenían las páginas arrugadas y dobladas. Aun así, lograban entender la mayor parte. Kikio salía todas las semanas en la sección de sociedad. Era la favorita del periódico e incluso había publicado sus propias críticas sobre los vestidos de otras mujeres. Los reporteros decían que era la mujer más bella de la temporada y toda una rompecorazones; le llovían las proposiciones matrimoniales. De su hermano, el heredero, hablaban poco; fue un hombre muy discreto. Seguro que fue él quien guardó todo en el sótano. Cada vez estaban más convencidos, sobre todo después de haber encontrado sus diarios, de que Souta Higurashi nunca creyó que su hermana hubiera asesinado a su padre y al personal de la casa.

Estaba claro que era una mujer vanidosa, egoísta, arrogante y caprichosa. Todos los reportajes lo dejaban muy claro. Ahora bien, de ahí a decir que era una asesina, había todo un abismo. Quizás perdió la cabeza… Nadie podía saberlo. Lo único verdaderamente tangible de esa historia era que la Kikio que se reflejaba en esos periódicos no se comportaba como una mujer con tendencias homicidas. Algo no encajaba en aquella historia.

― ¡Ahí está!

Al escucharla trasladó esos pensamientos a otro lugar de su mente y se concentró en la pantalla del ordenador, donde Kagome señalaba. Era la pestaña de la página web de educación del gobierno que lo llevaba al acceso a la universidad para mayores de veinticinco. Llevaba un tiempo pensando en ello y por fin se había decidido. Quería una profesión honrada. Quería ser profesor de universidad. Aquel era su sueño desde la infancia y estaba harto de darle la espalda. Iba siendo hora de que cumpliera sus sueños. Al comentarle a Kagome su idea, se ofreció a ayudarle a entrar en la universidad. Ese era el momento indicado para admitir ante ella que tuvo razón desde el principio, que era un estafador, pero la vio tan contenta que no fue capaz de decirlo.

Pinchó en la pestaña para que se abriera un documento gubernamental con las normas y condiciones que leyeron juntos. Estaba bastante seguro de poder hacer aquello. De hecho, creía poder ser capaz de sacárselo aun realizando solo la mitad del curso y no completo. Había estudiado mucho por su cuenta y todo el apartado lingüístico lo tenía bien completo. Había pulido su inglés para que fuera perfecto, su madre le enseñó francés, el cual hablaba con bastante fluidez, y aprendió español en las calles, de los inmigrantes. Era buen atleta, nunca tuvo problemas con las matemáticas (llevaba la contabilidad junto con Sango), y le parecían interesantes las asignaturas de ciencias.

Esa mañana pasaron más tiempo de lo habitual en la biblioteca. Tanto que, cuando salieron, Kagome se dio cuenta de que no le daba tiempo a servir el desayuno en el comedor social. Al abrir la puerta y ver que llovía a cántaros, decidió no ir tampoco al orfanato por un día. Así es como terminaron inspeccionando de nuevo las pertenencias de Kikio.

― ¡Mirad esto!

Fue Kagome quien llamó su atención. Dejaron lo que estaban haciendo y se sentaron alrededor de ella en el suelo. Kagome sostenía otro periódico que leyó en voz alta.

― El título es El conde idiota, por Kikio Tama. ― lo presentó ― Todo empezó el primer día de la temporada. Yo estaba muy feliz de poder ser presentada al fin, deseosa de formar parte de la sociedad y de sus páginas en el diario. No mentiría si dijera que me sobraba la belleza y el encanto para convertirme en el diamante más hermoso de la temporada. Sin embargo, noté que me faltaba el toque mágico y único del romance en esta historia. Tenía cientos de pretendientes, mas ninguno de ellos me amaba con la locura y la devoción que una diosa merece. Decidí que iba siendo el momento de buscar un devoto.

― Esa mujer era más presumida de lo que imaginábamos. ― comentó Sango cuando Kagome hizo una pausa.

― Belleza no le faltaba…

Miroku recibió un tirón de orejas por parte de su novia. Los cuatro contemplaron el cuadro, como si estuvieran intentando ratificar que aquellas palabras fueran ciertas. Kagome recuperó la lectura.

― Escogí al conde Tatewaki como mi fiel devoto, mi sirviente, mi esclavo. Como toda mujer sabe, hay ciertos flirteos hacia los que ningún hombre puede resistirse, más aún cuando el premio vale más que el oro. Naraku Tatewaki, como todos sabréis, no es un hombre atractivo, encantador o que rebose inteligencia. No hay en él ninguna cualidad que en mi opinión pudiera seducir minúsculamente a una mujer. Él lo sabía, o al menos lo supo hasta que yo manipulé su percepción con mis furtivas miradas y mis labios de fresa.

Para ese momento, todos estaban inmersos en la lectura del artículo.

― Cuando percibí que él comía de mi mano, empecé a pedirle cosas realmente escandalosas: "Naraku, querido, me gustaría poseer el diamante más ostentoso que exista" y me lo trajo; "Naraku, querido, túmbate sobre el suelo para que yo no pise ese charco tan profundo" y lo hizo; "Naraku, querido, escala ese acantilado y tráeme una de esas flores tan raras" y lo escaló. Todo cuanto yo le encargué lo cumplió como si del mismo Hércules cumpliendo sus diez trabajos se tratara. Eso sí, nunca poseería la belleza, la fuerza física y el intelecto del famoso Heracles, aunque sí poseía un talento innato para hacerme reír. Nunca he conocido a nadie con tal predisposición a hacer el ridículo ante una mujer.

Kagome dejó de leer y respiró hondo, como si empezara a costarle continuar con la lectura. No por el simple hecho de leer, no por tener la garganta seca… No era nada físico. Era algo emocional. La lectura empezaba a contener una fuerte carga emocional que todos estaban notando. Kikio Higurashi era una mujer cruel.

― Mientras tanto, él creyó estúpidamente que yo lo recompensaría con uno de mis bien cotizados besos, con un "gracias", o con un simple ademán de muñeca. ¡Qué iluso! Aún no sabe lo mucho que nos hemos divertido mis fieles amigas y yo viendo cómo hace el ridículo. No le importa ser el hazmerreír de toda la sociedad porque cree ingenuamente que va a conseguir mi mano en matrimonio. ¿Qué clase de idiota creería algo semejante? ¿Qué clase de idiota se dejaría manipular de esa forma? Quizás me haya precipitado en mi juicio al apodarlo el idiota. Quizás sea una de esas criaturas descerebradas que se encierran en los manicomios. ¿No sería lo más humano llevarlo allí?

Los cuatro quedaron en silencio cuando Kagome terminó de leer el artículo. Era cruel, despótico, despectivo, malvado, sin corazón… ¿Qué clase de persona escribiría algo así? ¿Qué clase de persona le haría eso a otra? ¿Y por qué, a pesar de todo, seguía creyendo que Kikio Higurashi no daba el perfil de una asesina? Era una mujer terrible, de la clase con la que no le gustaría cruzarse en su vida, mas no era una asesina. Simplemente, lo sabía.

― El artículo está fechado el día que Kikio se suicidó tras matar a…

Kagome no terminó la frase, todos entendían a qué se refería.

― Esto no encaja con la historia… ― musitó Kagome ― Siempre me han dicho que Kikio y Naraku fueron amantes, que no les permitieron casarse y asesinaron a todos para luego suicidarse. Me los pintaron como dos locos románticos.

Sí, eso era justamente lo que ellos encontraron en internet.

― Este artículo… Si yo hubiera leído esto y fuera Naraku, querría matar a esa mujer. — aclaró Kagome — Aquí está dejando claro que no está enamorada de él, que solo se ha estado riendo de él. ¿Por qué se unieron entonces para provocar esa masacre y, luego, suicidarse?

― ¿Es posible que Naraku no leyera el artículo antes de que se encontraran aquí? ― sugirió Sango.

― ¿Y por qué publicar esto desde un principio? ― meditó Kagome en voz alta.

― A lo mejor tenía miedo… ― propuso Miroku ― Naraku no lo leyó y vino de todas formas para llevar a cabo su plan. Seguro que vio la demencia en su mirada y le dio miedo oponerse.

― Se suicidaron… ― recordó Kagome ― ¿De qué tenía miedo si planeaba matarse?

Algo no cuadraba en aquella historia. Cogió el periódico que Kagome dejó de lado y le echó un vistazo al artículo. Estaba acompañado de una caricatura del conde Tatewaki en la que lo pintaban como si tuviera una discapacidad intelectual o algún tipo de trastorno del desarrollo.

― Podría ser una tapadera que les salió mal. ― pensó ― Quizás Kikio no quería que su hermano y toda la sociedad supiera la verdad. A lo mejor intentó parecer inocente ante el resto, pero le salió mal. Está claro que era muy vanidosa.

Su sugerencia fue bastante bien aceptada, aunque a ninguno le terminaba de encajar. Ni siquiera la vanidad era suficiente excusa como para montar todo ese tinglado.

― Lo que no entiendo es por qué razón nunca he oído hablar de este periódico y de esta versión.

― Precisamente porque no coló la tapadera, tal y como ha dicho Inuyasha, ¿no? ― contestó Sango.

― Pero es historia… ¡Es un hecho! ― le arrebató el periódico y lo examinó ― No se puede ocultar un periódico así. No puedo creer que no exista ningún otro ejemplar como este.

Eso era verdad. Por aquel entonces, no se vendían millones de ediciones diarias como en la actualidad, pero debieron venderse cientos de ellos. Aquel artículo era muy jugoso.

― ¿Se te ocurre alguna persona que pueda tener una copia? – se le ocurrió de repente.

― Mmm… ― Kagome se reclinó en la silla en posición de meditación ― Creo que sí. ¿Habéis visto el pequeño palacete a unas millas de aquí, casi al lado de la ciudad? ― asintieron con la cabeza ― Ahí reside una familia de británicos burgueses desde hace más de dos siglos. Quizás tengan una copia…

― ¿Y de qué nos servirá ver una copia? ― preguntó Sango.

― Para saber si el periódico es real o una farsa. ― comprendió Miroku ― Es demasiado raro que en la historia no se mencione algo así. El artículo la vuelve más extraña, más misteriosa, más jugosa. ¿Por qué no jugar con las posibilidades que oferta?

― ¿Qué posibilidades? ― insistió Sango.

― Por ejemplo, ¿y si el suicidio no fue en realidad un suicidio?

Fue Kagome quien le respondió. Aquella era otra posibilidad que no se había manejado en ningún lugar. Nadie lo presenció. Se sabía que murieron a manos de un único cuchillo, pues el corte procedía del mismo arma. Pero, ¿quién podía probar que los dos se tiraron voluntariamente desde el torreón? Las pruebas habían sido borrados y en la época no tuvieron medios para hacer una buena autopsia o abrir una investigación al puro estilo del CSI. Había muchos cabos sueltos en esa historia.

A las once y media, se tomaron un descanso para tomar el té con unas pastas. Kagome, aprovechando que la lluvia había cesado, abrió la puerta de la terraza del comedor y salió afuera para tomar aire fresco. Caminó sobre la terraza de cemento hasta el borde, justo donde empezaba el césped, y contempló la hierba brillante por las gotas de lluvia. Había algunos charcos en determinadas zonas y las flores se habían cerrado. Pudo notar el aire fresco en sus brazos desnudos. Aunque el día era caluroso, aquella brisa estaba demasiado fría para su temperatura corporal. Se abrazó para protegerse del frío y cerró los ojos. Tenía muchas cosas en las que pensar. Cosas que cada vez se volvían más desagradables. ¿Era necesario que removieran el pasado? Se suponía que solo buscaban a un intruso.

Volvió la cabeza hacia el interior. Inuyasha discutía algo con sus amigos mientras tomaban el té. ¿Seguirían hablando sobre Kikio? Era difícil dejar de hacerlo después de todo lo que habían descubierto sobre ella revisando sus pertenencias. Volvió la vista hacia el jardín nuevamente, donde el sonido de un burbujeo la distrajo. Frunció el ceño extrañada y buscó el origen en un charco cercano, donde unas burbujas salían a la superficie. ¿Por qué ese burbujeo? No entendía esa reacción en un charco lleno de barro. Se inclinó con la mirada concentrada, sin querer acercarse, y dio un brinco cuando el burbujeo se volvió más potente. Parecía como si el barro estuviera hirviendo. Le recordó al chocolate cuando entraba en ebullición y no se apartaba del fuego. Las burbujas adquirían cada vez más tamaño y, al romperse, salpicaban, crecía la densidad del charco, subía.

De repente, la forma de una mano emergió del barro y salió un brazo hasta el codo apuntando al cielo. Un brazo monstruoso con las uñas excesivamente largas, como unas garras, que se clavó en el césped, en dirección hacia ella. Su momento de parálisis por el susto duró unos instantes antes de empezar a gritar. ¿Qué demonios era eso?

― ¡Kagome!

Cuando escuchó a Inuyasha a su espalda, llamándola después de acudir a la carrera por su grito, deseó fervientemente dos cosas contradictorias. Por una parte, deseaba que le dijera que estaba viendo esa mano para confirmar que no estaba loca. Por otra parte, deseaba que no la viera, pues el significado de aquello era demasiado difícil de asimilar. Volvió la espalda a aquella burlesca escena y lo miró con ojos llorosos y suplicantes. Inuyasha se quedó petrificado en el sitio, pálido, y sin mover ni un solo músculo. Su mirada estaba clavada en el césped, a su espalda. Miroku y Sango, quienes también acudieron en su auxilio, tuvieron una reacción similar.

Estaba aterrada. Volvió la cabeza sobre su hombro para comprobar si aquella macabra escena seguía transcurriendo a su espalda y casi se cayó al suelo de rodillas. Había surgido una cabeza llena de barro del charco, junto a la mano. Se movía de forma grotesca, inhumana. Parecía la escena clave de una película de miedo. Odiaba esa clase de películas. Entonces, unos ojos violetas la miraron con una mezcla de odio e inquina. Sintió miedo y, al mismo tiempo, familiaridad. Había visto esos ojos antes…

― Ki…

¡Hablaba! Era una voz monstruosa que parecía venida directamente de otro mundo.

― Ki…

¿Ki? ¿Qué quería decir? ¿Y estaba segura de querer saberlo? A lo mejor era una lengua satánica o…

― Ki…Kio…

Y, entonces, la señaló con una de sus garras retorcidas, recubierta de barro. ¿Pensaba que ella era Kikio? Le habían dicho antes que se parecía a Kikio, pero ella lo había negado, alegando que eran muy diferentes. ¿Y si se equivocaba? ¿Y si no eran tan diferentes? ¿Todo aquello era por Kikio?

No tuvo tiempo de seguir pensando en ello mientras aquella figura seguía arrastrándose para salir del interior del charco. Inuyasha la agarró por detrás, tiró de ella y la arrastró a la carrera dentro de la mansión. Miroku y Sango se apresuraron a cerrar las puertas que daban a la terraza una vez dentro y se escondieron. Inuyasha la abrazó fuerte contra su pecho y permanecieron ocultos tras el espacio entre dos ventanales. Desde fuera podían escuchar esa espantosa voz repitiendo una y otra vez el nombre de la difunta Kikio. Pasó el peor rato de su vida hasta que la voz cesó.

Solo en ese momento, Inuyasha se asomó por la ventana y aflojó el agarre. Notó como suspiraba a su espalda, y supuso sin necesidad de palabras que el espectro había desaparecido. Se atrevió a asomarse ella misma para descubrir su césped tan normal como de costumbre. El charco seguía allí, mas nada extraño o fuera de lugar se encontraba en él. Era como si se lo hubiera imaginado todo. Desgraciadamente, no se lo imaginó. Ellos también lo vieron y, aunque le alegraba saber que no se había vuelto loca, no le alentaba descubrir que existía el más allá.

― Voy a echar un vistazo.

Trató de detenerle al verle abrir las puertas que daban a la terraza. Temía que le sucediera algo al salir, que aquella demoníaca figura solo se hubiera escondido para que se relajaran. No sucedió nada. Nada a excepción de que se reanudó el chaparrón. Inuyasha salió igualmente, calándose por completo en cuestión de segundos. Lo vio parado justo en el mismo lugar en el que ella estuvo minutos antes. Tras una breve pausa, como si hubiera estado trazando algún plan de huida en caso de necesidad, pisó el césped y caminó unos pasos hasta alcanzar el charco.

Preocupada por él, se animó a salir, recibiendo la fría lluvia sobre su cuerpo. Miroku salió a su lado y se quedó pegado a ella, como su fiel guardián. Los dos estaban mirando a Inuyasha, sin perder un solo detalle de lo que él hacía. Contuvieron el aire cuando él se acuclilló junto al charco. Tragaron hondo al ver cómo movía la mano en el aire sobre el charco cautelosamente. Finalmente, pegaron un brinco cuando metió la mano en el barro. No sucedió absolutamente nada. De hecho, el charco ni siquiera tenía suficiente profundidad como para cubrir por completo la mano de Inuyasha; el dorso quedaba a la vista. Y pensar que minutos antes una figura había salido de él… Estaba muy confusa.

Ninguno de ellos dijo una sola palabra en los minutos que les sucedieron. El impacto fue tal que ninguno pudo hablar para comentar lo sucedido. Volvieron en silencio a sus dormitorios. Ella se acurrucó entre los brazos de Inuyasha y subió con él a su dormitorio. No se atrevía a entrar en el suyo propio sola. Tuvo que acompañarla para coger ropa limpia y abandonaron lo más rápido posible la habitación. El goteo volvía a escucharse, y ambos temían que sucediera alguna otra cosa terrorífica.

Se ducharon juntos, enjabonándose el uno al otro perezosamente. Para cuando salieron de la ducha, habían superado la impresión inicial y volvían a bromear y a hacerse carantoñas como de costumbre. Kagome se enrolló una toalla alrededor del cuerpo y se secó el cabello frente al espejo del lavabo. Inuyasha se había enrollado una toalla entorno a la cintura y la esperaba sentado sobre la tapa del retrete. En otras circunstancias, la habría dejado sola; ese día no.

No dejaba de pensar en lo sucedido. Le debía una disculpa a Inuyasha y una muy buena. Le llamó estafador la primera vez que lo vio, amenazó con echarlo de su casa y llevarlo ante la ley, y lo había mantenido bajo vigilancia con la única intención de descubrirlo robando o buscando documentos privados de la familia. Todo ese tiempo desde que empezó a confiar y se hicieron novios, aunque aún no lo habían hablado como para designarse así, siguió pensando que él era un estafador. Se dijo a sí misma que no le importaba, que le perdonaba por todas sus estafas y que le ayudaría a reformarse. Esa misma mañana, cuando buscaron el acceso a mayores de veinticinco para la universidad, se sintió como si estuviera haciendo una de sus buenas acciones. ¡Qué equivocada estaba! Inuyasha ya era humilde.

― Inuyasha…

Dejó el peine con el que se estaba cepillando el cabello en el lavabo y caminó hacia él. Inuyasha le indicó que se sentara en su regazo.

― Te debo una disculpa… ― musitó.

― ¿Una disculpa? ¿Por qué?

¡Qué bueno era! No tenía ningún derecho a tratarle como lo hizo.

― Por llamarte estafador… ― explicó ― Todo este tiempo creyendo que regentabas un negocio fraudulento y resulta que… que… ¡Soy una estúpida! ― se dijo a sí misma ― Tenías razón desde el principio.

― Kagome…

― Todo es real, los fantasmas existen y tú ejerces un trabajo honrado. ― lo abrazó ― Lo siento tanto. Ojalá puedas perdonarme.

Aquello estaba mal. Permitir que Kagome creyera que él no había sido un estafador no podía ser moral. ¡Claro que era un estafador! A eso fue allí, a sacarle el dinero a una anciana millonaria Él tampoco creía que existieran los fantasmas hasta que sucedió aquello. No, no podía permitir que ella se disculpara con él. Tenía que explicarle todo.

― Kagome…

― Te amo, Inuyasha.

No fue capaz de hacer lo que tenía que hacer. Kagome acababa de decirle las más maravillosas palabras. Él también la amaba, desde hacía mucho tiempo. Solo vivía para ella desde que la conoció. ¿Qué importaba su pasado? Lo importante era lo que ellos harían a partir de entonces. Estaba claro que tenía que poner a Kagome a salvo del ser del otro mundo que la perseguía. Esa era su prioridad en ese momento. Ahora bien, eso no restaba que pudieran tener una vida común, casarse e incluso tener hijos.

― Yo también te amo, Kagome.

Sabía que se arrepentiría más tarde de no haberle dicho la verdad en ese instante. Aun así, la llevó a la cama e hizo el amor con ella durante el resto de la mañana y parte de la tarde. Picaron algo hacia las tres del mediodía y se echaron una pequeña siesta que fue interrumpida por unos golpes en la puerta. Gruñó al escuchar el sonido y trató de ignorarlo o lo hubiera hecho de no ser porque se repitió de manera constante. Quien quiera que fuera, no lo dejaría en paz hasta que abriera la puerta.

Kagome se removió a su lado, desperezándose, y le susurró al oído que siguiera durmiendo. Él se ocuparía. Se puso unos calzoncillos y se dirigía hacia la puerta cuando se le ocurrió que quizás fuera una trampa del espectro. ¿Y si al otro lado les esperaba la muerte? ¿Y si al abrirle no lograba evitar que hiciera daño a Kagome? Por alguna razón, aún no los había atacado en ese dormitorio. Tal vez fuera el momento. ¿Por qué le temblaban las manos como a un niño? No le gustaba ser cobarde, no quería ser cobarde.

La puerta se abrió antes de que él se decidiera. Respiró hondo al ver a Miroku. ¡Qué alivio! Por un momento, había temido lo peor.

― ¿Has hecho ya tus maletas? ― preguntó.

― ¿Mis maletas? ― contestó extrañado ― ¿Para qué?

― ¿Desde cuándo no estamos en la misma onda? ― le reprochó su amigo ― Es evidente que nos marchamos de aquí.

¿Marcharse y dejar sola a Kagome? ¡Ni en un millón de años!

― Yo no voy a nin…

― ¡No hagas tonterías, Inuyasha! ― lo interrumpió ― ¿Has perdido la cabeza? ¿No me digas que vas a quedarte aquí y arriesgar tu vida por esa mujer? Está buena, pero no tanto.

― Miroku ve cerrando tu…

― ¡Despierta de una vez! ― le espetó ― Lo vuestro no puede durar y todos los sabemos. Vámonos de aquí y que las Higurashi se las apañen solas. Nosotros arreglamos goteras, humedades, tejados… ¡No cazamos fantasmas!

No hubo forma de callarlo. Se llevó las manos a la cabeza, frustrado, y se volvió lentamente hacia la cama. Miroku no paraba de parlotear sobre lo que ellos podían o no hacer. Al menos tuvo la decencia de cerrar la boca cuando se dio cuenta de que Kagome estaba en la habitación. La joven heredera se cubrió con las sábanas y lo miró como si fuera escoria. Debió confesárselo todo cuando ella se disculpó. ¿Por qué demonios no lo hizo? ¡Fue un completo idiota!

― Yo… mejor me voy…

Miroku huyó como un cobarde al percatarse de lo que acababa de hacer. Kagome salió de la cama en cuanto su amigo salió del dormitorio y empezó a vestirse. Apenas había metido las piernas en los vaqueros cuando la alcanzó.

― Tenemos que hablar, Kagome.

― No hay nada que hablar.

Su voz era tan fría y tan distante… Se abrochó el pantalón y cogió su sujetador de entre la ropa que cogió de su dormitorio. Él también se puso unos pantalones, temeroso de que se le escapara sin poder hablar. No podía permitir que se marchara así.

― Creo que, si hablamos, podremos aclarar…

― ¡Pues yo lo veo todo muy claro! ― exclamó Kagome justo cuando se ató el broche del sujetador ― Te he pedido disculpas, muy arrepentida por todo lo sucedido cuando nos conocimos, y tú no has tenido la decencia de decirme la verdad. No debes amarme tanto como dices…

Eso le dolió en lo más profundo. Agarró el brazo de Kagome por el que acababa de meterse la manga de la blusa y tiró de ella para acercarla a él.

― Nunca he amado tanto a ninguna persona. ― aseguró ― ¡Jamás vuelvas a dudar de mi amor!

― No me dejas otra opción que hacerlo.

Kagome se desasió de su agarre de un tirón y se puso unos zapatos de tacón bajo. Él apenas se había calzado las zapatillas cuando la mujer salió del dormitorio. La siguió mientras se ponía una camiseta y vio como ella, más adelante, se iba abotonando su blusa. Dejó que le llevara algo de delantera, pues sabía que la alcanzaría en seguida. Ese fue su plan inicial al menos hasta que se percató de lo que Kagome planeaba. Iba a coger el coche.

Corrió lo más rápido que pudo para alcanzarla en la puerta principal. Le quitó el bolso e ignoró sus insultos y sus tirones para coger las llaves y alejarlas de ella.

― ¡Devuélvemelas! ― le gritó.

― ¡No! Ahora mismo vas a dejar de tener la estúpida manía de conducir como una loca cada vez que te enfadas. ― le advirtió ― Nos vamos a sentar y vamos a hablar como personas civilizadas.

― ¡Tengo más coches! ― le recordó.

― Cierto, ― admitió ― pero sueñas si crees que permitiré que cojas alguno de ellos.

― ¡No tienes ningún derecho!

Tal vez no lo tuviera, pero, aun así, lo haría. No iba a permitir que Kagome saliera a conducir tan alterada y con la carretera mojada por la lluvia. Jamás se perdonaría que llamaran diciendo que había sufrido un accidente. Tenían que sentarse a hablar. Permitiría que ella le gritara y le insultara. Se lo merecía. Lo que fuera menos dejarle de esa forma. ¡La amaba!

El chófer escogió ese momento para regresar de realizar algún recado. Antes de que pudiera prever sus intenciones, Kagome corrió hacia el Rolls Royce y no le quedó otra opción que ver cómo se alejaba. Al menos no conducía ella…

― Inuyasha…

Miroku otra vez. No tenía derecho a enfadarse con él por decir la maldita verdad, pero dejaría las cosas claras.

― Sango y tú podéis hacer lo que os dé la gana. ― concedió ― Yo me quedo aquí. No pienso marcharse sin estar completamente seguro de que Kagome está a salvo.

Continuará…