Disclaimer: Los personajes pertenecen al imaginario de la serie Once Upon A Time

Periodicidad de actualizaciones: Domingos 22h / GMT +1

Notas: ¡Muy buen domingo a todxs! ¿Qué tal estáis? Gracias por vuestros mensajes y paciencia, ¡sois un amor! Aquí traigo el capítulo de esta semana. Deciros también que he abierto un perfil en Twitter en el que iré poniendo información/novedades sobre la historia (por si Fanfiction vuelve a liármela): lafidelmon_


CAPÍTULO 13

En brazos de Morfeo

El cuerpo de Regina era de lo más cálido y su aroma la reconfortaba. Tenía los brazos de la morena rodeándole la cintura y ella se aferraba a su espalda, la cabeza apoyada en su hombro. Ya ni recordaba en qué momento había dejado de llorar. Tal vez habían sido minutos, puede que horas. Lo único que le importaba en ese momento era seguir abrazada a ella. Por primera vez en muchísimo tiempo sentía que encajaba en algún sitio, así que quería permanecer allí un poco más. Quería continuar abrazada a Regina.

Jamás hubiera imaginado que, tras esa apariencia vanidosa y descarada, la morena pudiera esconder una historia semejante. ¿Cuánto tiempo había estado ocultando ese dolor? A juzgar por el ligero temblor que aún sacudía su cuerpo, suponía que demasiado. «Y yo la he hecho revivirlo», cerró los ojos, avergonzada de sí misma, y la apretó con más fuerza.

—Eh, eh… cuidado —gruñó Regina—. No vayas a romperme.

—P-perdón —musitó ella.

—Estoy bien. Sólo te tomaba el pelo —aclaró.

Emma bufó y la morena dejó escapar una risilla. Al contrario que en otras ocasiones, oír aquella risa burlona (y aún sabiendo que en cierto modo era a su costa) no le molestó. Más bien se sintió aliviada al volver a escucharla reír, tanto que no pudo evitar que una sonrisa también se asomara por sus labios. Regina se separó un par de centímetros de ella, privándola de la calidez que la envolvía. Tenía los ojos hinchados y algo enrojecidos, del mismo rosado que teñía la punta de su nariz.

Parecía un ser de lo más vulnerable, como si toda esa aura de divinidad que solía rodearla se hubiera desvanecido. Y, sin embargo, le parecía aún más preciosa de ese modo. Más humana.

—Gracias —le dijo, deslizando la mano hasta dejarla apoyada en su mejilla.

Emma sintió la piel erizarse bajo el roce de sus dedos y su mano se movió sola, buscando la de la morena. Se había aferrado a ella por instinto, como si temiera que aquel contacto desapareciera. Regina amplió la sonrisa e inclinó el cuerpo hacia delante, dándole un casto beso en la frente. Cuando se retiró, la rubia sintió un extraño vacío en el estómago. El corazón había empezado a latirle con fuerza y no lograba despegar la mirada del carmesí de los labios de Regina. «¿Se puede saber en qué estás pensando, Emma Swan?», inspiró hondo y se acercó para besarle la mejilla.

Aquella mujer olía demasiado bien. Era un aroma dulce y afrutado. Un olor que, como si de la manzana del Edén se tratara, invitaba a querer morderla aún a sabiendas de que eso sería su perdición. Cuando sus labios se despegaron de la suavidad de la piel de la morena, tragó saliva. Los ojos de Regina la escrutaron en silencio, curiosos.

—Te lo he devuelto —explicó.

—Ya veo —siseó ella, ladeando la sonrisa.

—Pensé que te reconfortaría —se justificó. Las palabras se le atropellaban al salir y su voz estaba algo temblorosa.

—¿Y vas a devolverme cada beso que te dé? —preguntó, divertida—. Porque si es así... —se acercó de nuevo, besándole tiernamente en la nariz—. Me debes otro.

El cuerpo le ardía y sentía que el aire le pesaba en los pulmones. «Estás perdiendo la cabeza, contrólate», se imploró. Aunque en el fondo sabía que ya era demasiado tarde para pisar el freno. Quería más de ella. Y con ese pensamiento en mente, sus labios encontraron el camino hasta la comisura de los de la morena. Fue un contacto breve, apenas un instante, pero tras sentir la cercanía de su boca y su aliento chocar con el suyo, no pudo hacer más que suspirar.

Regina deslizó la mano hasta llegar a su cuello, extendiendo los dedos y rodeándolo por completo. Cuando se mordió el labio y su mirada bajó a su boca, Emma sintió un escalofrío recorrerle la columna. Las manos hacía rato que le sudaban y todo su cuerpo vibraba al ritmo de los latidos de su corazón. La distancia que las separaba se le antojaba cada vez más pesada. Y sus ojos debieron delatarla, porque la morena decidió cerrarla en un ardiente beso que la tomó por sorpresa. Regina tiró de su cuello hacia ella, devorando sus labios con frenesí.

La cabeza le daba vueltas y se sentía mareada a la par que extasiada. La lengua de aquella mujer se abrió camino y se entrelazó con la suya, intensificando el beso al ritmo de sus jadeos. Cada contacto era mucho más apasionado que el anterior, cargado del deseo que ambas habían reprimido durante demasiado tiempo.
Jamás la habían besado de ese modo y ella nunca había tenido tanta hambre de alguien.

El cuerpo de Regina empujó el suyo contra el colchón, tumbándose encima mientras continuaba besándola. Sus labios eran casi tan dulces como el olor que desprendía su cuerpo. Quería empaparse en su esencia, perderse entre sus dedos. Le mordió el labio inferior.

—Oh, Emma... —gimió ella contra su boca. La rubia sintió cómo todo su ser se estremecía. La voz de esa mujer era demasiado sexy.

Las manos de Regina treparon por su cuerpo hasta llegar a sus pechos y en cuanto sus dedos le apresaron los pezones no pudo evitar que la respiración se le detuviera. Gimió, falta de aire, y los labios de la morena acudieron a su auxilio mientras las manos continuaban su peculiar jugueteo. Iba a enloquecer. No sabía ni siquiera cómo podía estar haciendo algo así en un hospital, pero poco le importaba. Lo único que Emma tenía claro es que empezaba a impacientarse.

Hundió los dedos en su trasero, empujándolo hacia ella. Necesitaba sentirla aún más cerca y sus caderas hacía rato que se movían por su cuenta, rozándose contra su cuerpo. Regina rodó por su cuello, mordisqueándolo, y Emma cerró los ojos, echando la cabeza hacia atrás. Esperaba que al dejarle el camino libre le fuera más fácil continuar bajando, pero en su lugar la morena se detuvo. Ella abrió los ojos y la miró, extrañada.

—¿Por qué paras? —le preguntó.

—¿Es que no lo oyes? —respondió Regina, arqueando las cejas—. ¿Qué es ese ruido?

Abrió los ojos, sobresaltada. El pitido de la alarma de su teléfono resonaba en el interior de su cabeza. ¿Cuánto rato había estado sonando? ¿Dónde estaba? Parpadeó un par de veces. Notaba la cabeza algo aturdida y tenía el pulso acelerado. Se llevó la mano al pecho cerciorándose de lo rápido que le bombeaba el corazón. Sus ojos buscaron a su alrededor, a la espera de encontrarse con los de Regina, pero estaba sola. ¿De verdad había soñado ella algo así?

Se incorporó, apoyando la espalda contra el cabezal de la cama y echó un rápido vistazo a la pantalla de su teléfono móvil. La luz que irradiaba iluminaba el cuarto y no daba lugar a dudas: Eran las cinco y media de la mañana y ella estaba de vuelta en su cuarto, en el apartamento de Regina. Se frotó los ojos con la manga de su pijama y volvió a parpadear. Las imágenes de la morena besándola aún seguían grabadas en sus retinas. Sintió cómo la sangre se le subía a la cabeza y las mejillas le ardían. «No es momento para pensar en esto, Emma», se recriminó mientras sacudía la cabeza en un intento de desprenderse de esos pensamientos.

Iba a llegar tarde al trabajo y dado su historial (y los dos días de baja que había pedido) no podía permitirse el lujo de seguir poniéndose en el punto de mira del señor White. Al final acabaría despidiéndola. Se puso en pie y sintió las piernas flaquear. El cuerpo, aún entumecido por lo real que le había parecido su sueño, no le respondía del todo como quería. Bufó, asqueada por lo sucio que era su inconsciente, y avanzó a trompicones hasta el armario del vestidor. Lo abrió de par en par, buscando un conjunto aceptable y se encaminó a la ducha. «A ver si con el agua fría te calmas un poco», pensó.

Era la primera vez que tenía lo que podría llamarse un sueño húmedo con una mujer. ¿Y precisamente tenía que ser ella? Renegó entre dientes. Sí que era cierto que desde el día en el que Regina le había contado su pasado la relación entre ambas había mejorado (y mucho), pero de ahí a tener ese tipo de pensamientos sucios... iba un trecho. Se frotó el cuerpo con ahínco, el agua helada cayéndole en cascada, a la desesperada. Puede que todo aquello viniera por la influencia de su amiga Mary, que era quien realmente bebía los vientos por la morena. Tanto oírla hablar de lo mucho que le gustaría acostarse con ella y echar una canita al aire debía haberla afectado. Cerró el grifo de la ducha y suspiró, echando un largo vistazo a su reflejo.

—Esto no significa nada, ¿verdad? —se preguntó.

Como era de esperar, sólo obtuvo un silencio incómodo a modo de respuesta. Ni ella misma sabía qué decir. Salió del baño, con una toalla envolviendo su cuerpo, y volvió a ojear el teléfono. Ya eran casi las seis y debía estar en el Lumiere en menos de una hora. Se secó a marchas forzadas y se vistió. Aún tenía el cabello húmedo, pero se había quedado sin tiempo. Ni siquiera iba a poder tomarse un café antes de salir, aunque eso último no le preocupaba. Si existía alguna ventaja en custodiar la cafetera del restaurante era precisamente esa: Podía hacerse bebidas a su antojo, siempre que el señor White no la viera.

Bajó por las escaleras, echando un vistazo al comedor y revisando si había alguna luz abierta. No parecía haber nadie, así que respiró aliviada.

—Buenos días —la saludó una voz a sus espaldas. Emma sintió un escalofrío.

—H-hola —respondió sin darse la vuelta. Podía parecer una tontería, pero le avergonzaba encontrarse con ella.

—¿Ya te vas? ¿No es muy pronto?

—Podría decir lo mismo, ¿qué haces ya despierta? —replicó, avanzando hacia el vestíbulo. Oyó los pasos de la morena siguiéndola y apretó los ojos, maldiciendo su suerte.

—Me despertaste con el ruido de la ducha.
—Lo siento —se disculpó, poniéndose de puntillas para llegar a descolgar su abrigo—. Aunque si lo piensas bien, te debía una por la noche que no me dejaste dormir —añadió.

La morena le respondió con una carcajada que hizo que su corazón se estremeciera. El sonido de su risa la había devuelto a su sueño. Y en su sueño ambas estaban... «¡Para!».

—La próxima vez que no te deje dormir espero que sea por un motivo distinto —bromeó.

No podía verla, pero estaba segura de que tendría una de esas sonrisillas traviesas en los labios. Y lo peor es que oír su insinuación había hecho que el cuerpo le ardiera y el pulso se le acelerara.

—No digas esas cosas —le pidió, intentando que su voz sonara calmada—. Me voy ya, ¿vale? Cuando vuelva me encargaré de arreglar los baños, así que ten lista mi paga y la cena.

—Qué mandona te has vuelto, niña —rió ella—. Cualquiera diría que me estás haciendo un favor. Y, oye... ven aquí —le puso la mano en el hombro y tiró de ella, dándole la vuelta.

Cuando sus ojos se encontraron de frente, sintió que los nervios le subían por la garganta. Regina estaba preciosa, como de costumbre. Aún con el cabello algo revuelto y unas ojeras ligeramente marcadas, había algo en ella que la hacía estar deslumbrante en cualquier situación. Puede que fuera la serenidad que irradiaban sus ojos o el hecho de que tuviera el cuerpo cubierto por una bata de seda semi transparente que dejaba poco a la imaginación. Podía ver claramente el conjunto de encaje que llevaba puesto, las curvas de su cuerpo... Tragó saliva.

—Dame un beso de despedida, ¿no? —añadió, acentuando la sonrisa.

Emma parpadeó, procesando lo que acababa de oír. ¿Es que acaso seguía soñando? Se pellizcó con disimulo en la palma de la mano y un pinchazo sacudió sus nervios. No, aquello era real y, por suerte para ella, ya se había imaginado cuál sería el resultado de seguir sus impulsos.

—Confórmate con un «Hasta luego» —sentenció, haciéndose con su bolso y colgándoselo del hombro—. Me voy ya, que como llegue tarde por tu culpa serás tú la responsable de mi despido.

—¿Y qué? Si pierdes el trabajo siempre puedo contratarte a tiempo completo como mi asistente personal.

La rubia rodó los ojos y Regina volvió a reír.

—¿Tan malo sería? —quiso saber, los ojos brillando de malicia.

—Mejor no averiguarlo, ¿vale? —abrió la puerta, dejando la risilla de la morena a sus espaldas y salió del apartamento.

[...]

La seguridad de su puesto de trabajo era lo único que se anteponía entre ella y la locura. El día se le estaba haciendo difícil, pero le reconfortaba poder mantener la cabeza centrada en tareas mecánicas como preparar el café o recoger las mesas. Lo último que necesitaba era tiempo libre, ya que eso era sinónimo de volver a recordar aquel sueño. Había decidido no darle importancia, pues probablemente no la tenía, pero se encontraba a sí misma volviendo una y otra vez a aquel cuarto de hospital. Repasaba mentalmente todos y cada uno de sus movimientos y su cuerpo se estremecía al rememorar los de Regina. Casi podía sentir sus dedos recorriéndole el cuerpo, acariciándole los pechos. Cerró los ojos, apretando el trapo contra la superficie de la barra. «Esto tiene que parar», se exigió.

Empezó a limpiar la barra de mármol y suspiró al volver a estar frente a su reflejo. No lograba entenderse. ¿Por qué demonios estaba tan alterada? Sólo había sido un sueño.

—Eh, psst. Tierra llamando a Emma —dijo una voz. Alzó la vista y se encontró con los redondos ojos de Mary—. Llevo como medio minuto aquí plantada y tú ni caso —añadió, acercándole una bandeja llena de tazas vacías.

—Disculpa, no te había visto.

—No, si no hace falta que lo jures —comentó, resoplando—. ¿Es que ha pasado algo? Hoy ya te he visto derramar varios cafés. O quizás... —se inclinó hacia la barra, mirando a ambos lados y continuó en un tono más bajo—. ¿Tiene que ver con aquello de Regina y Graham? ¿Todavía no se soportan?

Emma puso los ojos en blanco, cargando con la bandeja hacia la fregadera. Una parte de ella se arrepentía de haber hablado con Mary. Bien es cierto que, tras la conversación con Regina y su posterior discusión con Graham, necesitaba a su amiga. El castaño parecía empeñado en desacreditar a la morena a pesar de que ella ya le había aclarado la situación, así que al final acordaron no volver a nombrarla ni dejar que se inmiscuyera en su relación. Con todo, aún no le quedaba claro si había conseguido alejar a su novio de esas ideas descabelladas o hacer que tirase la toalla en su investigación. A pesar de las dudas de él, Emma confiaba en Regina. Algo como lo que le dijo y algo en el modo en el que lo hizo hacían que tuviera esa fe ciega en ella.

No obstante, después de hablar con él sintió que necesitaba aclarar las ideas, tener un punto de vista ajeno al conflicto de intereses que había en su interior, así que acudió a Mary. Con lo que no contaba fue que la maruja de su amiga corriera con el chisme a Neal. La tarde anterior ambos la sometieron a un interrogatorio en toda regla del que no había saliendo muy bien parada.

—Sí, tiene algo que ver —susurró.

—Está bien, no me digas más. Tú, yo, la trastienda. En cinco minutos —disparó del tirón, volviendo al servicio del comedor del restaurante.

La rubia negó con la cabeza y dejó escapar una bocanada de aire. Aún tenía que decidir si quería explicarle algo tan personal como lo que había soñado. Y si lo hiciera, ¿qué le diría? Alzó la vista y echó un vistazo al reloj de pared. Mary no le había pedido cinco minutos en balde, pues ese era el tiempo que les quedaba a ambas para poder disfrutar de su descanso para comer.

Sacó el tupper con la comida que le había preparado Regina la noche anterior. No recordaba el motivo que le había dado para hacerlo ni cómo habían llegado a eso, pero desde que volvió del hospital que la morena no se encargaba de todas las comidas. «Bueno, al menos ella sabe cocinar», concluyó, encogiéndose de hombros. A falta de un par de segundos para que llegara la hora, Tim se acercó a la barra y le guiñó un ojo.

—Yo te cubro hoy —le dijo.

—¿No ha venido Andrea? —preguntó ella, enarcando las cejas.

—Qué va, está fuera. Creo que se ha mudado y el señor White le ha dado el día —explicó, rodeando la barra hasta llegar a su lado.

El muchacho era bastante más joven que ella y complementaba sus horas en el Lumiere con una carrera de historia. Era un chico bajito y con el cabello rizado, nariz rechoncha y labios carnosos. Un muchacho corriente, pero agradable y bastante aplicado. Sin embargo, no se sentía cómoda dejándolo a él al cargo de su puesto. Alguna que otra vez le había encontrado colocando el motor de la cafetera del revés. Andrea cuidaba mucho mejor de sus máquinas y (al menos por lo que Graham le había dicho) preparaba mejor café que Tim.

—Pues yo me mudé hace poco y a mí no me dijo que podía tomarme el día libre...

—Eso es porque a ti te odia, Emma —bromeó él—. De hecho, me sorprende que sigas trabajando aquí todavía.

—No lo digas muy alto que quizás te toma la palabra —siguió ella. Ambos rieron y Emma se despidió de él.

Llegó a la parte trasera del restaurante en un santiamén y, tupper en mano, se dispuso a entrar en la trastienda. Cuando la puerta se abrió, Mary y Neal alzaron la vista para saludarla. El muchacho estaba sentado sobre una pila de cajas de cerveza vacías y llevaba puesta su chaquetilla blanca de chef. Aunque tal vez era más acertado decir que la pieza de ropa era todo lo blanca que el centenar de manchurrones le permitían. Tenía un plato de pasta en el regazo y su amiga ya le había dado un par de bocados a su bocadillo. Le dijo algo que Emma interpretó como un «ven aquí», pero que con los carrillos llenos le sonó indescifrable. Ella estaba apoyada en una de las esquinas y había puesto su delantal negro en el suelo a modo de alfombra.

—Que aproveche —les deseó, cerrando la puerta.

—Jassias —respondió Mary, tosiendo al tragar—. ¡Agh! Lo siento, es que me moría de hambre. Bueno, cuéntanos: ¿Qué ha pasado?

—¡Directa al grano! No la dejes ni pestañear, vaya a ser que a la pobre le dé por querer comer y esas cosas—rió Neal, enroscando su tenedor en la pasta.

—Que coma después —replicó ella, fulminando al castaño con la mirada—. Ahora cuenta, cuenta —le pidió.

Ella se desabrochó su delantal y lo colocó en el suelo, emulando a Mary. Dejó el tupper a un lado y se sentó frente a ambos. No sabía por dónde empezar la conversación ni cómo hacerlo. Murmuró un par de palabras que no tenían sentido ni para ella y refunfuñó otras tantas. Finalmente, se llevó las manos a la cara y se masajeó las sienes, cogiendo algo de aire. Lo mejor sería que lo dijera de golpe, sin dar rodeos, como si fuera una tirita que quisiera quitarse. Un único tirón y fuera.

—He tenido un sueño algo intenso con Regina... —confesó. Mary y Neal recibieron su revelación con total inexpresión y ella carraspeó—. Me refiero a un sueño de esos, un sueño húmedo — aclaró.

Se hizo un silencio y ante la nula reacción de sus amigos, la rubia frunció el ceño, aspeando las manos.

—¡Ah! ¡Ah, perdona! ¡Que sólo era eso! —exclamó Mary, suspirando—. Joder, Emma. Me tenías preocupada.

—Nos tenías preocupados —la corrigió Neal.

—¿Cómo que «sólo era eso»? —preguntó ella, perpleja—. ¿Es que no me habéis oído?

—Sí, te hemos oído. Has tenido un sueño guarro con Regina, ¿y qué? —planteó el castaño, llevándose un buen montón de macarrones a la boca.

—¿En serio estás insinuando que eso es algo normal?

—Ay, Emma, cariño... —Mary le pasó la mano por encima del hombro y le dio un apretón—. Hasta yo he soñado que me acostaba con esa mujer. Y más de una vez, debo admitir.

—¡Mary, por el amor de dios!

—Yo también lo he hecho, la verdad. Y eso que sólo la he visto en fotos —añadió Neal sin el mayor atisbo de culpa o vergüenza.

A Emma le abandonaron las palabras. Tanto la morena como el castaño seguían como si nada, comiendo tranquilamente. Frunció el ceño, intentando ordenar el mar de pensamientos que le sacudían la cabeza.

—P-pero... ¿Cómo podéis decir eso? ¿Y David? ¿O Tamara?

—Le das demasiada importancia, Emma. Somos humanos, es normal que nuestros deseos salgan a flote de tanto en tanto —expuso ella, mordisqueando su bocadillo—. Tenemos ojos en la cara y a menudo el inconsciente puede jugarnos una mala pasada. Esa mujer es como una diosa, pero yo tengo muy claro que es sólo eso: un bonito «y si» con el que juguetea mi imaginación.

—Exacto —coincidió Neal.

La rubia estaba empezando a sentirse de lo más estúpida. ¿Por qué sus amigos podían sentirse así de libres con algo semejante? Ella era incapaz de dejar de pensar en ese sueño por más que se lo propusiera. La imagen de Regina la perseguía, como una sombra, y hacía que su corazón se acelerase con el mero recuerdo de un beso inexistente.

—Espera... —Mary bajó su bocadillo y sus oscuros ojos la escrutaron. Emma sintió un rubor encenderle las mejillas—. No, no, no. ¡No me digas! ¡Ah! ¡Neal, Neal! ¡Qué fuerte! —gritó, eufórica, mientras sacudía las manos y golpeaba la rodilla del castaño—. ¡Aquí hay algo más!

El castaño dejó el plato de pasta en el suelo y la miró. Ahora no sólo tenía los ojos de Mary sobre ella, sino que se habían añadido los de Neal. Se sentía demasiado juzgada e incapaz de ocultar sus verdaderos (y confusos) sentimientos.

—Emma... —tragó él—. ¿Te gusta?

—¡Claro que no, Neal! —replicó. Mary torció el labio y se cruzó de brazos. Odiaba cuando hacía eso, ya que siempre se ponía en esa postura cuando sabía que estaba mintiendo—. Está bien, no lo sé. No sé qué me pasa... —admitió, escondiendo la cara entre las manos—. No puedo dejar de pensar en ella de ese modo, llevo así todo el día ya.

—Vale, eso ya no es normal —aclaró su amigo.

—Oh, me quedo más tranquila —gruñó ella.

—¿Qué vas a hacer?

—Creo que antes de hablar con ninguno, lo mejor sería que intentaras aclararte primero —le aconsejó Mary—. Ya sabes, descubrir quién te gusta de verdad.

—¿Y cóm-...

Su teléfono vibró en el interior del bolsillo de su pantalón, distrayéndola y haciendo que dejara la frase a medias. Tras unas rápidas disculpas y temiendo que fuera algún nuevo servicio que tuviera que llevar a cabo, se hizo con él. En cuanto desbloqueó la pantalla, sintió un nudo ceñirse en su estómago.

Tenía un mensaje de Graham.


¿Qué os ha parecido el capítulo?

Un inicio movidito, ¿eh? ;)

¡Nos leemos!