Sangre
Por fortuna el resto del viaje a Washington no se encuentran con grandes dificultades. Los inevitables monstruos esporádicos que son demasiado fáciles para vencer como para ni siquiera considerarlas.
Una vez ahí se cuestionan dónde deberían ir. Las profecías no suelen ser tan confusas y Percy va más por impulso y corazonada que porque sepa. El Capitolio está repleto de turistas, algo normal por esas fechas. Eso, en experiencia de Percy, suele ser ideal para encontrar monstruos y acabar siendo culpado de los destrozos.
—Volvamos en la noche. Hay algo que quiero buscar y no creo que podamos hacerlo con tantos turistas.
Leo sugiere ir a un museo.
—Nunca he ido al Smithsonian podemos…
—No —dice Percy categóricamente y en cuanto ve la expresión de Leo agrega—, ahí suelen haber monstruos, al menos por mi experiencia. Será mejor si simplemente nos mantenemos ocultos en alguna parte.
—Genial —se queja Leo—, nunca podemos turistear.
Vuelven por la noche. Hay algunos guardias, pero Nico hace algo y les asegura que pueden pasar desapercibidos.
—Hazel me enseñó a usar un poco de Niebla —aclara.
Se dirigen al Monumento de Washington. Sabe, gracias a Annabeth, que a los pies del monumento hay un acceso al pasillo subterráneo de todos los edificios, y de ahí puede llegar a la Biblioteca del congreso. El libro que busca, el que quizás tenga las respuestas que busca, puede estar ahí, según Rachel.
El pasadizo es espacioso, y huele a tierra húmeda, algunos bichitos se escurren por las paredes. Leo crea una llama para iluminarles el camino. La puerta de la Biblioteca cruje un poco al abrirse y ascienden.
En el pasillo donde se encuentran los libros ven a una mujer. Se asustan y se ocultan entre los libreros antes de que note su presencia.
—Sé qué están aquí —la voz de la mujer es firme—, sólo quiero hablar, Percy Jackson.
Se asoma sólo Percy, considerando innecesario involucrar a sus otros amigos. No reconoce a la mujer, sino hasta que lo mira con ojos furiosos.
—Atenea —dice como saludo.
—Alguna vez te dije que no hicieras que me arrepintiera de dejarte vivir —advierte—, más te vale no hacerlo, el camino que estás tomando no es el correcto.
—No sé de qué habla.
—Lo sabes, Percy Jackson. Te daré un consejo, que no mereces, no sigas, lo único que lograrás será derramar sangre. No llegarás a nada.
