Naruto Y Hinata en:
EL SECRETO DE NARUTO
Undécimo Capítulo
Celos
—Cuéntame un poco más, Iroha —le pidió Naruto al lugarteniente del antiguo laird—. Dices que el grano lo compráis a los Hõzuki, pero las tierras donde se cultivan son vuestras y se las arrendáis. Los números que aparecen en el libro de cuentas son abusivos. ¿Ellos no pagan nada por el uso de esas tierras? ¿Ni tan siquiera rebajan el precio del grano?
Se encontraban en la sala que Hiashi MacHyuga empleaba como despacho cuando gobernaba Hyuga Castle. Naruto revisaba los papeles que demostraban que las finanzas del clan eran un auténtico desastre, y estaba empezando a averiguar por qué.
—Esos terrenos colindan con las tierras de MacNab y Akatsuki y ambos clanes los codiciaban. Es muy buena tierra, muy fértil. En los últimos tiempos sufrimos reiteradas incursiones por parte de nuestros vecinos y Hiashi se cansó de batallar con ellos. Era un hombre tranquilo y odiaba esos enfrentamientos, máxime cuando teníamos otra guerra más importante en ciernes. Llegó a un acuerdo con Hõzuki y se las arrendó a cambio de que las protegiera, para que no cayeran en manos de los otros clanes. Imagino que su pensamiento era recuperarlas una vez terminara la contienda contra los ingleses. Pero eso ya nunca podrá ser.
—¿Por qué no? Las recuperaremos nosotros en nombre de Hiashi y de todos los MacHyuga —aseguró Naruto, tajante—. Si los Hõzuki quieren seguir cultivándolas ellos, deberán pagar el arrendamiento o anularé ese contrato para que las tierras vuelvan a nuestro poder.
Iroha parpadeó y su cara reflejó algo de duda. Nunca habían sido un clan combativo y, aunque el Uzumaki era un guerrero imponente, no creía que resultara tan fácil llevar a cabo el plan que acababa de esbozar.
—También veo que compráis ovejas cada poco tiempo —habló de nuevo Naruto, con los ojos perdidos en el libro de cuentas—. ¿Por qué esa necesidad? Cada quincena aparece una nueva adquisición de ovejas. ¿Con qué se pagan estas compras, si las arcas están vacías?
Iroha resopló y se pasó una mano por el rostro, agobiado. Naruto lo observó con fijeza mientras le daba tiempo para contestar. El hombre, que rondaba la edad de su propio padre, se veía fuerte. Debía haber sido un buen guerrero en sus tiempos de juventud y, a juzgar por sus hechuras, aún debía ser un rival digno a tener en cuenta. Ignoraba por qué los MacHyuga preferían rehuir la lucha y dejar la defensa de sus tierras en manos de otro clan. No lo entendía. Después de aquella mañana en el campo de entrenamiento, y después de conocer a Iroha, Naruto sabía que contaba con buenos soldados que, con disciplina y trabajo, podrían llegar a ser aún mejores.
—Compramos ovejas porque desaparecen —habló por fin—. Y, aparentemente, sin justificación. Me duele admitir esto delante del nuevo laird —susurró, con la voz apesadumbrada —, pero el rey tenía razón: necesitamos ayuda. Hiashi empezó a descuidar la administración de sus tierras cuando fue convocado a la guerra contra los ingleses. Confió demasiado en su sobrino Toneri para dirigir los asuntos del clan mientras él se centraba en atender las órdenes de Indra. Y así nos encontramos.
—¿Cómo las paga? —Iroha lo miró sin comprender—. ¿Cómo paga Toneri las ovejas? —insistió el laird.
—No lo sé. Él se reúne con el laird Akatsuki y cierra los tratos, pero no nos permite estar presentes en las negociaciones.
Naruto meditó aquellas palabras. Era muy extraño que el líder de un clan excluyera a sus propios hombres. A él siempre lo acompañaban Yamato, Kiba o Lee, y era bueno que alguno estuviera enterado siempre de lo que ocurría, por si a él le sucedía algo y debían comunicar al resto del clan los asuntos importantes. Meneó la cabeza y suspiró, tratando de mantener la calma ante la tarea que tenía por delante.
—No te apures, Iroha. Averiguaremos lo que está ocurriendo con las ovejas. Me enteraré de los tejemanejes de Toneri y partiremos, en cuanto las tropas estén preparadas, a reclamar el dominio de nuestras tierras de cultivo a los Hõzuki.
—Habrá que adiestrar a los hombres con dureza, laird. Y también habría que buscar más soldados, quedan pocos MacHyuga con los que contar.
—Eso no me preocupa. Buscaremos más hombres; y olvidas que, si es necesario, tengo dos clanes poderosos que me darán el apoyo que necesitamos. Mi propia gente, los Uzumaki, y los Campbell, a los que me unen lazos de sangre. Mi hermana es ahora su señora.
—Eso me tranquiliza, laird —dijo Iroha, impresionado al pensar en las implicaciones de aquella afirmación.
Naruto se quedó unos momentos contemplando los papeles de la mesa y una idea se coló en su mente.
—¿Sabe Hinata algo de todo esto? ¿Alguien la ha puesto al corriente de lo que ocurre?
—No lo creo, laird. Hiashi nunca dejaba que su esposa o su hija se involucraran en los negocios del clan. La señora Hanna siempre estaba enferma y él no quería preocuparla más de lo debido. Con la joven Hinata pasó algo parecido. Hiashi la protegía de todo y contra todo, quería que ella fuera feliz y viviera despreocupada.
—No creo que yo pueda mantenerla en la ignorancia. Tampoco creo que deba.
—Pero, señor, ¿qué bien le podéis hacer confiándole todos estos problemas? Ella no podrá hacer nada y tan solo la llenaréis de preocupaciones.
Naruto entrecerró los ojos.
—¿Por qué dices que Hinata no podrá hacer nada? ¿No crees que a ella se le pueda ocurrir alguna idea para ayudar a su gente?
Iroha esbozó una sonrisa ladeada que daba a entender que el nuevo laird no conocía en absoluto a su esposa.
—Tal vez, si la señora hubiera sido instruida para llevar las cuentas del hogar o para administrar sus recursos... sí, podría ayudar. Pero no es el caso.
—Y entonces, ¿a qué se dedicaba Hinata? ¿Cuáles eran sus tareas como hija del laird?
—Yo siempre la he visto bordando tapices, cuidando de su madre enferma o dando paseos por la aldea. Jamás se le dio ninguna otra responsabilidad.
Naruto parpadeó ante aquella aseveración. Le había quedado muy claro lo que los hombres del clan MacHyuga esperaban de Hinata: absolutamente nada. Tal vez eso explicaba que Toneri, siendo un patán arrogante, se hubiera ganado la simpatía de sus tropas estando ella ausente. Por poco que él les hubiera prometido, ya era mucho más de lo que podían esperar de su señora.
—Bien, pues entonces eso tendrá que cambiar. A partir de ahora la involucraré en la administración del clan, porque yo no soy un hombre de papeles y tengo demasiadas tareas que requieren de toda mi atención. ¿Sabes dónde puedo encontrarla? —le preguntó a Iroha, antes de salir del despacho.
—Como os he dicho, le gusta visitar la aldea. Si no está en la casa, a buen seguro la encontrareis en Balquhidder, charlando con sus vecinos.
—¿Suele ir sola?
—No. La dama Tenten la acompaña.
—Me refiero a si lleva escolta.
—No. Nunca ha sido necesario, laird. La aldea es muy tranquila.
Naruto salió dispuesto a buscarla. Hasta que no viera con sus propios ojos que Hinata no corría ningún peligro, no pensaba permitir que volviera a salir sin la compañía de alguno de sus hombres. No se fiaba del primo Toneri y, después de comprobar que los clanes vecinos tenían demasiados asuntos pendientes con el anterior laird, velar por la seguridad de su esposa se había convertido en una prioridad.
Naruto atravesó el gran salón y se dirigía a la puerta principal cuando fue interceptado por la joven rubia que había visto acompañando a Toneri la noche anterior.
—¡Mi señor! —la muchacha se puso delante de él y Naruto se detuvo en seco para no arrollarla.
—¿Puedo ayudaros en algo? —le preguntó, molesto por la interrupción.
A pesar de su enojo, no pudo dejar de admirar el bello rostro de la chica, de piel blanca y suave, ojos marrones y labios rojos que incitaban a pensamientos lascivos.
—Mi nombre es Suiren, mi señor. Perdonad mi atrevimiento, pero debo hablaros a solas. — Al decirlo, apoyó una de sus manos en el antebrazo de Naruto.
—¿Tiene que ser en este momento? Me disponía a salir.
—No tardaré mucho.
El laird miró alrededor y vio que no había nadie cerca que los interrumpiera.
—Habla entonces, ahora estamos solos.
Ella se humedeció los labios con deliberada lentitud y consiguió lo que pretendía, que los ojos del hombre se desviasen hasta su boca.
—Me preguntaba si, ahora que vos ocupáis el puesto de laird, vais a requerir de mis servicios como lo hacía el anterior jefe. —Suiren parpadeó con una caída de ojos sugerente y se aproximó más a él.
—No sé si entiendo lo que quieres decir, muchacha.
Sin embargo, lo entendía perfectamente. De hecho, Suiren se dio cuenta de que había apeado el tratamiento y de que ya la había despojado de su condición de dama.
—Mi señor, creo que está muy claro —le susurró, inclinándose hacia él para rozarle el brazo con sus pechos, con la excusa de hablarle más cerca del oído.
Naruto se echó hacia atrás y la miró con dureza.
—Me cuesta creer que Hiashi MacHyuga requiriera de tus servicios. Sé que amaba a su esposa. Y, por otra parte, yo también estoy recién casado... ¿Crees de verdad que tu insinuación es apropiada?
Suiren se encogió de hombros con un gesto ensayado para resultar inocentemente encantador. Volvió a acortar distancias, poniendo esta vez sus dos manos sobre los musculosos brazos del guerrero.
—Sé que algunas mujeres no son capaces de satisfacer al esposo en el lecho conyugal... — Suiren sonrió, taimada, al notar que el laird se tensaba tras su comentario—. Y yo conozco formas de lograr que un hombre se olvide hasta de sí mismo —musitó con lascivia, mientras le acariciaba los bíceps sin ningún pudor.
Por unos momentos, Naruto quedó atrapado en el embrujo sensual que ella desplegaba. Su cuerpo respondió... ¡Dios! ¡Sería tan fácil acceder a su ofrecimiento y dejarse llevar! Necesitaba una mujer, hacía mucho tiempo que no yacía con ninguna. Cerró los ojos un momento y trató de despejar la cabeza.
Necesitaba a una mujer, sí. Pero no a esa.
El rostro de Hinata se le apareció tras los párpados, con su tímida sonrisa y sus ojos de luna cálidos y brillantes.
—Por el momento, vamos a dejar las cosas como están —dijo al fin, con gran esfuerzo.
Se apartó de ella, la esquivó y continuó su camino, ignorando el gesto de desilusión que se mezcló con otro sentimiento mucho más oscuro en los ojos de la joven rubia.
Antes de salir por la puerta, Naruto se volvió hacia ella con expresión interrogante.
—Muchacha, tu rostro me resulta muy familiar. ¿Nos conocemos? ¿Te he visto antes en algún otro lugar?
Las mejillas de Suiren perdieron el color. Tragó saliva y disimuló lo mejor que pudo.
—No lo creo, mi señor. Jamás olvidaría a un hombre como vos ―añadió con tono meloso.
Naruto aún la contempló unos segundos más, con el ceño concentrado, antes de encogerse de hombros y abandonar el salón.
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Aquello era un desastre. Hinata gimió con pesar cuando entró en la enorme cabaña que se ubicaba en las afueras de Balquhidder, algo apartada de las demás. Para la joven señora, que había fundado allí su hogar para huérfanos, fue una sorpresa desagradable descubrir que su proyecto benéfico no había prosperado como cabría esperar.
—¡Cielo Santo! —exclamó Tenten, que acababa de entrar tras ella, al ver el lamentable estado de todo en general y de los niños en particular.
Las dos mujeres buscaron por toda la sala la presencia de un adulto, sin encontrarlo. Antes de marcharse, Hinata había dejado al cargo del hogar a Megan, una viuda joven que tenía dos hijos, y a Fiona, una anciana curandera muy querida en la aldea. Pero allí no estaban. Además de los hijos de Megan, que no tendrían más de cinco veranos, había también otros seis niños de edades que no superaban los ocho años. Y por el aspecto de todos ellos, sufrían una escandalosa falta de higiene, evidente desnutrición y falta total de atención por parte de una persona responsable. Hinata arrugó la nariz al notar el hedor que lo impregnaba todo.
—¿Megan? ¿Fiona? —preguntó, al no ver a las mujeres por ningún lado.
Una niña, que parecía la más mayor del grupo, se acercó hasta ellas. Las jóvenes comprobaron que el pelo enmarañado de la chiquilla era de un rubio claro y bastante sucio, sus ojos azules apenas tenían brillo y lucía unas pálidas mejillas que se hundían en su cara.
—La señora enfermó —dijo—. He tratado de cuidarlos, pero yo sola no puedo.
—Dios querido... —musitó Tenten, persignándose.
—No está muerta —aclaró la niña, malinterpretando el gesto de la mujer—. Pero no se levanta de la cama desde hace ya casi una semana.
Hinata se precipitó hacia el fondo de la cabaña para comprobarlo con sus propios ojos. En efecto, la joven Megan yacía acostada de lado, con los ojos cerrados y el cabello castaño pegado a la cabeza. Una terrible peste emanaba de todo su cuerpo. Era evidente que había sufrido fiebres y que no se había podido ni levantar para vaciar el orinal que tenía bajo la cama.
—¿Megan? —la llamó Hinata con suavidad.
La enferma abrió los ojos lentamente e intentó esbozar una sonrisa al reconocerla.
—Mi señora... Habéis regresado, gracias a Dios.
—¿Por qué estás sola? ¿Dónde está Fiona? ¿Quién cuida de ti?
Megan volvió a cerrar los ojos un momento, como si las preguntas de Hinata la agotasen. Cuando los abrió, trató de contestar con las pocas fuerzas que tenía.
—Fiona fue a buscar hierbas curativas y se suponía que también iría a Hyuga Castle para avisar a vuestra madre. La señora Hanna nos ha estado enviando comida desde que os marchasteis y sabíamos que nos ayudaría.
—Sí, yo le pedí que estuviera pendiente de vosotros.
—Pero Fiona nunca regresó, mi señora. Nadie vino en nuestra ayuda. Yo empeoré y no he sido capaz de cuidarlos... Y temo que, para mayor desgracia, les puedo haber contagiado. Algunos son tan pequeños... —Dos gruesas lágrimas rodaron por las mejillas delgadas de Megan, que estaba desolada.
—Shhhh —la tranquilizó Hinata, aferrando una de sus manos—. No creo que tu enfermedad sea contagiosa, pues ninguno de los niños tiene síntomas.
—No. Lo único que padecen estos pequeños es un hambre atroz, además de que huelen como si se hubieran estado orinando encima toda la semana —apuntó Tenten, acercándose también.
—Y tú, en cuanto te aseemos y hayas comido algo, seguro que te sentirás mejor —Hinata le puso una mano en la frente y comprobó su temperatura—. No pareces afiebrada. Sea lo que sea lo que te atacó, creo que ya ha pasado. Tal vez solo fue un enfriamiento que se complicó.
—Tuve mucha tos, señora, es cierto.
—¿Lo ves? Y ahora lo único que tienes es debilidad. Si alguien se hubiera ocupado de ti, esto no hubiera sucedido.
—Nosotras nos ocuparemos —le prometió Tenten, al tiempo que se remangaba y se deshacía del manto con los colores MacHyuga que se había puesto para protegerse del aire otoñal.
Megan sonrió agradecida y dejó escapar un suspiro de alivio.
—¿Lo hice muy mal?
Tenten se giró hacia la pequeña que tironeaba de su falda y que le preguntaba con angustia evidente en la voz infantil. La niña rubia, la más mayor, se había hecho cargo de la situación a pesar de que no podía tener más de ocho años. Al escucharla, Hinata se acercó hasta ella y se agachó para poner los ojos a su altura.
—¿Cómo te llamas?
—Rose Mary.
—Rose Mary, lo hiciste muy bien. Sin ti, posiblemente alguno de los niños hubiera muerto. Puede que incluso Megan. ¿Te encargaste tú de llevarle la comida cuando estaba enferma?
La pequeña asintió, con lágrimas en los ojos.
—Lo que pude encontrar. Salí a buscar más y algunos aldeanos me dieron panes y un poco de queso. Les dije que no era suficiente y que Megan estaba enferma. En cuanto se enteraron de que vivía aquí, me advirtieron de que no volviese más.
Hinata no pudo contenerse y la abrazó. ¡Pobre criatura! Tenía que haber vivido un infierno, soportando los llantos de los más pequeños y sin saber qué hacer para resolver la situación. Después se enfadó mucho. Muchísimo. ¿Cómo era posible que nadie hubiese socorrido a esas criaturas?
—Lo has hecho muy bien, Rose. Ahora todo irá mejor, ya lo verás —le prometió a la niña. Luego se levantó y se dirigió a su dama de compañía—. Tenten, quédate con ellos y empieza a poner un poco de orden. Me acercaré a Hyuga Castle a por comida, es lo más urgente. Volveré enseguida para ayudarte.
Su amiga asintió y lo primero que hizo fue acercarse a una de las dos ventanas que había en la choza para levantar la hoja de madera que tapaba el hueco. Colocó el travesaño en el alféizar a modo de puntal para que no se cerrara y aspiró el aire fresco que entraba para renovar aquel ambiente enrarecido. Después, hizo lo mismo con la otra ventana.
Hinata echó un último vistazo a aquel desastre y salió por la puerta. Sus ojos se habían habituado a la penumbra del interior y el sol la cegó un momento, por lo que no vio el cuerpo que tenía delante. Chocó con un pecho amplio y duro como una piedra. Lo reconoció antes incluso de que hablara.
—¿Se puede saber qué haces fuera de Hyuga Castle? Y tan a las afueras de la aldea, además. No volverás a salir sin escolta, mujer. ¿En qué estabas pensando?
Ella elevó la vista hasta esos ojos azules que le reprochaban su estupidez y resopló. No estaba acostumbrada a dar explicaciones de lo que hacía a nadie... ¿Acaso ahora tendría que pedir permiso hasta para salir de su hogar?
—No estoy sola, estoy con Tenten —se defendió—. No obstante, antes de casarme contigo ya salía de la casa y nunca me ha sucedido nada. Tengo que decir que las otras veces siempre he contado con Trébol, que es una compañía disuasoria en caso de que alguien me deseara algún mal. Pero la muy traidora ha traspasado todo su afecto y fidelidad a otra persona con mucha facilidad.
Al decir esto último, Hinata miró al animal que se había sentado a los pies de Naruto. Era evidente que lo perseguía allá donde quiera que fuese y le molestó mucho descubrirlo. ¿Cómo era posible que se hubiera encariñado tanto con él en un solo día? Con él. Con Naruto, el hombre que había matado a su propio padre.
—Tenten no es suficiente. No me opongo a que des tus paseos y a que tomes el aire, pero lo harás escoltada por dos de mis hombres.
Hinata observó a aquel guerrero arrogante y tirano y, por primera vez en su vida, no sintió ningún temor en su presencia. Ni su enorme estatura, ni su barba, ni su hosca expresión la intimidaron en esta ocasión.
Porque estaba indignada. Porque el enfado podía más que cualquier otro sentimiento.
Ella, que se había sentido siempre libre para ir y venir, para ayudar a los demás, para hacer y deshacer en sus propias tierras y con su propia gente, se veía supeditada ahora a la voluntad de un esposo que no había pedido y que no la conocía en absoluto.
—¿No te opones a que dé mis paseos? —Si fuera físicamente posible, Hinata habría echado humo por las orejas—. Escúchame bien, Naruto Uzumaki —le advirtió, clavándole el dedo índice en el pecho—, no me "estoy paseando". No estoy pasando el rato porque me aburro en nuestro hogar. No estoy matando el tiempo porque me encuentre ociosa y sin saber qué hacer. No estoy tomando el aire. ¡Estoy intentando ayudar! ¿Comprendes eso? Los MacHyuga han pasado muchas fatigas y trato de echar una mano para que sus dificultades sean menos. ¡Mira esto!
Antes de darse cuenta de lo que hacía, aferró el fuerte brazo de Naruto y tiró de él para meterlo dentro de la cabaña de piedra. Hinata le señaló a los niños que lloraban de hambre en un rincón, a la pobre Rose que trataba de levantar la cabeza de Megan para ofrecerle un poco de agua, el lamentable aspecto de aquel hogar olvidado por el resto de los aldeanos.
—¿Crees que he venido hasta aquí para pasearme? ¿En serio? ―volvió a preguntar, con el tono menos enfurecido y más decepcionado.
Naruto no dijo nada. Lo miró todo con los ojos muy abiertos y su respiración se aceleró. Hinata notó que apretaba los puños a los costados de su enorme cuerpo, pero no supo si era porque, como ella, encontraba aquella situación aberrante, o porque le irritaba que su esposa se mezclara en los asuntos del pueblo llano.
—¡Por las barbas de Satán! —Exclamó Lee, que había entrado en pos de su laird en la cabaña—. ¡Aquí huele peor que en una porqueriza!
Hinata le fulminó con la mirada, molesta porque lo dijera en alto. Los niños miraban a los hombres con ojos aterrados y los más pequeños lloraron con más fuerza. Para ellos, los dos guerreros debían parecer gigantes que ocupaban casi todo el espacio de la pequeña sala.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Naruto.
—La guerra deja pobreza y miseria tras de sí, mi señor. Y huérfanos que no tienen a nadie que cuide de ellos. Antes de que el rey me hiciera llamar, intenté convertir esta vieja casa en un hogar para todos estos niños. Yo misma, con ayuda de Tenten y de mi madre, nos hemos ocupado de que no les faltara de nada. Pero ya ves... Fiona, la otra mujer que dejé al cargo ha desaparecido y Megan ha estado enferma. Tenemos que arreglar todo esto cuanto antes, por el bien de los pequeños.
Naruto guardó silencio tras sus palabras, sin dejar de observarlo todo.
—¿Adónde ibas ahora? —musitó al fin, girándose hacia ella.
—A Hyuga Castle, a buscar comida.
—¿Qué más necesitan los niños?
La pregunta sorprendió a Hinata. Naruto continuaba enfurecido, pero la joven supo que en ese momento era por lo mismo que lo estaba ella: le indignaba aquella situación.
—Es evidente que un buen baño, ropa limpia y mucho cariño ―contestó, sin un titubeo.
—Lee, encárgate —ordenó, con una rápida mirada a su soldado―. Busca una carreta y carga en ella la comida. Que te acompañe Kiba cuando regreses. Y date mucha prisa.
El guerrero asintió y se giró para cumplir con el cometido, pero Hinata lo retuvo.
—¡Lee! Dile a Mysie que prepare su sopa de lluvia para los pequeños... ella lo entenderá.
El hombre abandonó la cabaña a toda velocidad y Hinata dio un paso hacia su esposo. Buscó sus ojos y parte de su enfado anterior se diluyó al comprender que la apoyaba.
—Muchas gracias por comprenderlo. Y perdona por mi estallido de antes, pero es que verlos así me ha causado una profunda impresión.
—No es para menos —admitió Naruto. Se dio cuenta de que, si él apenas conocía a su esposa, Iroha la conocía aún menos. ¿Cómo había podido insinuar que Hinata no era más que una dama dedicada a sus labores y a su propio entretenimiento? Estaba claro que la joven tenía iniciativa y propósitos destinados a ayudar a los demás—. Perdóname tú por no haberme dado cuenta de lo importante que era tu misión en este lugar. El hogar para huérfanos es una idea muy necesaria en estos tiempos que corren. Sabía que eras una mujer muy caritativa y de buen corazón, y esto lo demuestra.
Que él le pidiera disculpas tan rápido la abochornó. Naruto se había equivocado con ella y había rectificado al momento, mientras que ella, que le dijo cosas horribles aquella misma mañana, aún no había enmendado su falta.
—¿Puedo hablar contigo ahí fuera? No quiero hacerlo delante de los niños —le dijo.
—¿No puede esperar? Tenten no podrá con todos.
—Será un momento.
Naruto accedió y la acompañó al exterior. Hinata se colocó frente a él y empezó a hablar, avergonzada por su comportamiento.
—Lo de esta mañana en el campo de entrenamiento no volverá a pasar, Naruto. Sé que tú y yo no nos conocemos mucho, pero no tengo derecho a dudar de tus dotes de mando y de tu buen juicio para entrenar a los hombres. No tenía que haber intervenido. Sé que eres un guerrero excepcional. Menma... —Se le quebró la voz, como siempre que lo recordaba—. Menma siempre decía que eras el mejor en el campo de batalla y viéndote no podría estar más de acuerdo.
—Solo que tú, además de considerarme fuerte, me considerabas un sanguinario sin corazón —la interrumpió él, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Hinata enrojeció y bajó la mirada.
—Confieso que sí. Pero tú tampoco hiciste nunca nada para que yo cambiara la opinión que tenía sobre ti. Después de ver cómo asesinabas a Lío, te comportaste de un modo odioso conmigo. Y a partir de aquel día siempre fue así. Nunca soportaste que Menma se fijara en mí, nunca me consideraste lo suficientemente buena para él.
Naruto guardó silencio unos momentos. Hinata no tuvo más remedio que volver a mirarlo para descubrir qué era lo que pasaba por su cabeza.
—Tal vez no interpretaste bien mi malhumor.
—¿Malhumor? Vamos, Naruto. Lo que sentías cuando yo estaba delante era otra cosa. Yo sacaba lo peor de ti, ¿no es así? Lo que no entiendo, lo que nunca llegué a comprender, es por qué.
Los ojos de Naruto resplandecieron con un extraño brillo que erizó la piel de Hinata. El hombre dio un paso para aproximarse y ella notó aquel tirón en las entrañas, aquella familiaridad que se colaba por cada poro de su piel y lograba que su corazón se acelerara.
—¿No lo adivinas? —susurró, con el rostro demasiado cerca del suyo—. Eran celos, Hinata.
La joven contuvo el aliento ante aquella revelación. Le parecía horrible y, al tiempo, bastante lógico. Después de todo, Menma era su hermano gemelo y siempre habían estado juntos. Lo habían compartido todo, vivían juntos todas sus aventuras... hasta que ella llegó y se interpuso entre los dos. Incluso había ocasionado la peor pelea que jamás habían tenido.
—Siento... siento haberme entrometido, Naruto. Nunca quise quitarte a tu hermano. Sé lo unido que estabas a él y sé que no puedo devolverte los momentos que perdiste...
—Calla —Naruto la interrumpió y colocó sus dedos sobre los labios femeninos. Ambos se estremecieron con el contacto y sus ojos se encontraron demasiado cerca, demasiado vulnerables —. Sigues sin entenderlo —susurró—. No tenía celos de ti, Hinata.
—¿No? ¿Pero entonces...? —preguntó ella, aún con la mano masculina acariciando su boca.
—Tenía celos de Menma.
Nada más confesarlo, Naruto la besó. Se lanzó contra su boca por miedo a no poder soportar la mirada de incredulidad que se había instalado en el fondo de aquellos ojos perlados. Le dolía tanto su indiferencia, su rechazo continuo, que quiso aferrarse a algo... ¿Por qué no a sus dulces y delicados labios? Besar a Hinata fue la única manera que encontró para que la verdad no le estallara en la cara: ella nunca había sentido nada parecido por él.
Y tal vez nunca lo hiciera.
Continuará...
Bueno Lila ahí poco a poco se van sabiendo cositas. xD
