22 Mi Propósito


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


"Eres mi gran amor, mi corazón te espera solo a ti."

-Fuyu no owari.

Cuantos más kilómetros ponemos entre nosotros y el hospital, más se desvanece mi horror.

Ahora lo que estoy recordando más visceralmente son los gritos de Peste mientras era torturado, y la forma en que esas personas habían disfrutado su dolor. Todavía puedo ver la vaina carbonizada del jinete moviéndose hacia mí, llamándome desde el yermo de su cuerpo.

En qué inimaginable dolor debe haber estado, y aun así se arrastró hacia mí. Pero hizo más que eso. Recuerdo el cuerpo roto de Peste mientras me llevaba en sus brazos. Brazos que indudablemente se quemaron completamente en algunos lugares.

Soportó todo eso para salvarme.

En el momento en que Peste detiene a Kyūbi—frente a nada menos que una mansión—me siento triste, penitente.

Cuando se dirige a la parte posterior del carrito, puedo decir que espera otra discusión. Sus hombros están rígidos y su boca está cerrada. Casi puedo escuchar todos los argumentos y contra argumentos en los que ha estado pensando.

Pero no peleo con él.

En cambio, abro mis brazos. Él duda, claramente desconcertado e inseguro de a dónde voy con esto. Finalmente, se arrodilla y me toma en sus brazos, abrazándome como si fuera la vida misma. Lo sostengo cerca, a pesar de que mi pecho se siente como si estuviera recibiendo un disparo de nuevo.

—Nunca he tenido más miedo en mi vida —susurro. Asiente contra mí. —Por ti, quiero decir.

Se aleja para mirarme a los ojos.

—No quiero que te vuelva a pasar eso nunca más —le digo con voz ronca.

Peste me toca la mejilla.

—Ni yo tampoco. —Más suave, dice—: Pensé que estabas muerta.—Su voz se rompe con la última palabra.

Podría haberlo estado, creo, recordando la extraña visión que tuve de Thanatos.

Busca en mi cara.

—Nunca he sentido tanto... miedo. Es una emoción horrible. Lo es.

—Y nunca he sentido tanto odio.

No lo culpo, lo que esas personas hicieron fue repugnante, y sin embargo tiemblo ante sus palabras.

El jinete cierra sus ojos, apoyando su frente contra la mía. Cuando los abre, están llenos de dolor.

—Este asunto de salvar y morir se está convirtiendo en un patrón inquietante entre nosotros.

—Lo es. —Pero no quiero detenerme en ello. Muevo mi mano para poder acariciar sus bonitos labios—. Dilo de nuevo —le susurro.

Sus cejas se unen.

—¿Decir qué?

—Dime cómo te sientes acerca de mí.

Su cara parece cobrar vida con entendimiento, sus labios se curvan en una sonrisa libertina antes de que se vuelva solemne una vez más.

—Te amo —dice—. Antes incluso de entender el término, te amaba. Me encanta tu risa y tu humor obsceno. Amo tu compasión y tu vivacidad, tu ferocidad y tu lealtad. Tenía la intención de hacerte sufrir, y mírame ahora, desesperado por mantenerte en esta tierra.

La mirada suave en su cara hace que mi estómago salte.

Una ráfaga de viento violento rasga mi ropa, forzándome a estremecer, y eso es suficiente para romper el hechizo.

—Vamos adentro —dice Peste.

—Solo si continúas diciéndome todo lo que sientes —digo, ávida de escucharlo todo.

—Con gusto, querida Hinata. Hay muchas, muchas cosas que aún tengo que compartir. Deseo que lo sepas todo.

Comienza a deslizar sus brazos debajo de mi cuerpo, claramente con la intención de cargarme.

Pongo una mano sobre su pecho.

—Puedo soportarlo —insisto.

Peste parece dudoso, pero retrocede. Con cuidado, balanceo mis piernas sobre el costado del carro, siseando un poco mientras lo hago. Manchas negras bailan al borde de mi visión.

Supéralo, Hyūga.

Me obligo a ponerme de pie, mi cuerpo grita en protesta, esas manchas negras se extienden. No fue tan malo en el hospital.

Peste se encuentra frente a mí, toda su ternura anterior desaparecida, un ceño de desaprobación crece en su rostro. Doy un paso hacia él y me desplomo en sus brazos.

Tratar de caminar fue un error. Veo eso en retrospectiva.

Peste me mantiene postrada en la cama en la mansión (evacuada) mientras juega de niñera. Al principio, supongo que toda la situación es temporal. Pero luego un día se convierte en dos, luego tres, luego cuatro, ¿luego cinco-seis-siete-nueve-trece...?

Los días pasan y mi herida sana, y el tiempo comienza a sangrar hasta que no puedo recordar cuánto tiempo hemos estado aquí.

El tiempo suficiente para que descubra que Peste puede ser autoritario y sobre protector, particularmente cuando trato de hacer algo que remotamente se asemeje a la vida.

—No recuerdo que fueras así cuando estuviste a punto de matarme—le digo con irritación, echándome las mantas, ¿el día quince?¿dieciséis? ¿Veinte?

—¿Debo ser castigado por preocuparme demasiado? —pregunta Peste desde donde está parado al lado de la cama—. ¿Es eso lo que estás sugiriendo?

Maldito sea por torcer mis palabras.

—No me voy a quedar en esta maldita cama otra hora más. — Realmente no es una maldita cama. El dolor y la inactividad me acaban de hacer irritable, eso es todo.

—Por Dios que lo harás, aunque tenga que mantenerte presa, así que ayúdame, Hinata, porque lo haré.

Los jinetes demandantes también me ponen irritable.

—¡Estoy curada!

—¡Combato la infección de tu cuerpo incluso ahora! No lo estás.

—¡Solo déjame caminar!

—¿Para qué te derrumbes sobre mí otra vez? ¡Creo que no!

—Eso fue hace semanas.

Se siente incluso más tiempo. Necesito moverme.

—¡No estás mucho mejor ahora que entonces! Tu cuerpo débil todavía está gravemente herido.

¿Cuerpo débil?

—¡Estás siendo un maldito matón! —digo.

—Soy tu maldito salvador en este momento. —Peste parece haber terminado completamente conmigo.

No recuerdo haber sido tan inflamable con él antes. Está asustado. Tiene miedo de que mueras, y tú tienes miedo de dejarlo ser en la forma en que desea.

Se pasa una mano por el pelo, luego mira por encima del hombro hacia la puerta. Su cuerpo parece desinflarse.

—No discutiré contigo —dice. Se ha ido el calor de su voz. Comienza a retroceder, luego gira sobre sus talones, haciendo una retirada apresurada hacia la salida.

—Espera —llamo cuando está casi en la puerta de la suite principal.

No quiero pelear.

El jinete hace una pausa.

—Lo siento, vuelve.

Y lo hace, su imponente figura se sienta en el colchón. Todo lo que necesito es mostrar un poco de vulnerabilidad, y Peste cava, intercambiando su diatriba por toques suaves e incluso besos más suaves. No irá más allá de eso, pero no importa. En este momento todo lo que quiero sentir es el aliento de su amor.

Su amor.

Me lo da libremente, y se siente como el calor del sol sobre mi piel. Nuestros días siguen y siguen, condimentados con nuestros pequeños dramas y apaciguados por confesiones susurradas y toques que nunca van lo suficientemente lejos.

En el fondo de mi mente, sigo esperando que vuelvan los propietarios de la casa, pero nunca lo hacen, y así nuestra estancia sigue y sigue, cayendo en una especie de patrón.

Mis agujeros de bala van desde heridas abiertas a cicatrices de color frambuesa, la piel con cráteres y brillante. Ahora me veo como una criatura del apocalipsis, mi cuerpo es un mapa de viejas heridas.

Nunca seré como Peste, cuya forma perfecta se ha recuperado de brutalidades salvajes sin ni siquiera una cicatriz.

Una pequeña parte de mí llora la dulce suavidad de mi piel, pero la parte más dura de mí, la otra Hinata que luchó contra fuegos y disparó a un jinete de su corcel para proteger su ciudad, simplemente está feliz de haber escapado de la muerte.

No debería haberlo hecho. Varias veces no debería haberlo hecho.

Y ahora soy lo suficientemente honesta conmigo mismo para admitir que Peste siempre ha sido la razón. Ha salvado mi vida una y otra vez. Y en este momento, su única razón para estar aquí—propagar la plaga—ha quedado en suspenso.

Todo para que Peste pueda cuidarme.

El amor tiene una forma divertida de reorganizar las prioridades. Ha empezado a reorganizar las mías.

Y sin embargo... Me siento incómoda con este respiro temporal. Tan cuidadoso, exasperante y cariñoso como lo es Peste, esa dureza que vi por primera vez en el hospital aún perdura encada uno de sus rasgos.

Permanecemos en esa mansión abandonada durante tanto tiempo que el mundo cree que se ha ido. Lo sé porque, entre otras cosas, la casa tiene una televisión que funciona.

Aún más impactante que las noticias de la "desaparición" del jinetees cuánto saben los periodistas sobre mí. Hay un par de fotos borrosas de mí y el jinete, una de cuando todavía era oficialmente su cautiva con mis muñecas esposadas, y otra más tarde tomada mientras yo estaba sentada a horcajadas sobre su caballo.

Los reporteros no saben qué hacer conmigo. No saben si soy su prisionera o su amante, o lo que nos sucedió. Todo parece terriblemente confuso para ellos, ¿deberían elogiarme o condenarme? Se han decidido por la compasión.

Peste entra en el dormitorio principal donde estoy encerrada, todavía en la maldita cama, su gran cuerpo llenando la entrada. Se quita su arco y carcaj y los coloca al lado de la entrada. Entonces desaparece su armadura. Deja su corona en su cabeza, su pelo debajo y despeinado.

Lo sé sin preguntar que ha estado patrullando los jardines. No es que lo necesite. Cualquiera que se acerque remotamente a este lugar enfermará. Creo que lo hace más porque está inquieto. La necesidad de moverse a través de todas las tierras del hombre y propagar la enfermedad debe comerlo.

No es un hombre paciente. Excepto, por supuesto, cuando se trata de mí y mi oh-tan-débil cuerpo humano.

Se sienta en el borde de la cama, la mirada en sus ojos me pone la carne de gallina. Hay amor allí, pero debajo de eso, está esa misma frialdad. No sé qué hacer con eso.

Peste levanta el borde de mi camisa y pasa un dedo por la carne desigual. Se inclina hacia adelante y besa una de las cicatrices.

—Pensar que si uno de estos proyectiles alcanzara otro lugar, podría matarte.

Noto el leve escalofrío que recorre su cuerpo ante la mención.

—¿Cómo te sientes? —pregunta.

—Curada.

Peste entorna los ojos hacia mí. Es la misma respuesta que le he estado dando todos los días durante semanas.

Y ha sido cierto por un tiempo, pero trata de darle sentido común a un ser que no puede morir y no sabe intuitivamente cuándo un ser humano está completamente curado.

Agarro su mano y lo tiro a mi lado. Durante la primera semana, más o menos, que me estuve curando, se acostó en la cama conmigo, abrazándome, con la mano apoyada sobre mi corazón, solo para poder sentir el ritmo constante.

Incluso una vez que se aseguró que yo iba a salir adelante, todavía se acostaría conmigo, presionando su cuerpo cerca y quedándose dormido cuando se lo permitió.

Pero dormir y abrazar fue todo lo que se atrevió a hacer conmigo. Ahora ruedo sobre él.

—Hinata—protesta.

—No soy una muñeca de porcelana —le digo, moviéndome a horcajadas sobre sus caderas—. No voy a romperme fácilmente.

—Tú y yo sabemos que eso no es ver...

Lo hago callar con un largo y lento beso. Creo que quiere resistir, pero Peste está tan conmocionado por los misterios de la carne (como él lo llama) que no hace mucho para detener esto.

Sus manos se acercan para acunar mi rostro mientras mis labios se separan de los suyos. Paso unos segundos simplemente respirándolo antes de que mi lengua presione contra la suya. En el momento en que lo hace, sus manos se deslizan hacia mis brazos, agarrándome con fuerza.

Mis propias manos se meten en su cabello, haciendo que la corona se tuerza. Tiene el suficiente sentido común para ponerlo en la mesita de noche.

Pongo mis caderas contra él, y suelta un gemido.

—Hinata, todavía estás sanando...

—¿Me veo como si tuviera dolor? —pregunto.

Me frunce el ceño, pero no discute. Tampoco pelea conmigo cuando me quito primero la camisa y luego el resto de su ropa. Pero tampoco me ayuda exactamente.

En algún momento, sin embargo, su tono cambia. Empieza a conocerme, toque por toque, beso por beso, hasta que lidera la carga. Sus manos se precipitan sobre mí, y simplemente no hay suficiente piel para cubrir sus ásperas palmas.

Engancha su brazo alrededor de mí, y luego nos voltea, dejándome mirarlo.

Tan malditamente hermoso. No sé si alguna vez lo superaré. Experto, Peste me quita mi propia ropa, arrojándola descuidadamente a un lado.

Una vez que estoy desnuda, su mirada recorre mi cuerpo, deteniéndose en la unión entre mis muslos. Se inclina hacia abajo, presionando sus labios contra mi núcleo. Reflexivamente, me arrimo contra él. Separa mis piernas y continúa besándome justo entre mis muslos.

Cristo.

—¿Q-qué estás haciendo? —pregunto, sin aliento.

Comienzo a sentarme, solo para que me empuje hacia la cama.

—Supongo que es obvio —dice. Me pellizca, y oh Jesús, es tan jodidamente sucio. ¿Dónde aprendió a ser tan sucio?

Su lengua sale, y me prueba. Gimo, mi espalda se arquea fuera de la cama.

—Así es como me matas —murmuro.

Se aleja al instante. En el momento en que ve mis mejillas sonrojadas y su mirada aturdida, su expresión preocupada se transforma en una de satisfacción masculina.

Estoy bastante segura de que nadie ha dado lecciones de anatomía a Peste (aparte de mí), pero ha descubierto muy rápido que mi clítoris es la fuente de toda bondad y maravilla en el mundo.

El jinete vuelve a sus ministraciones, y su lengua inteligente me hace tropezar y retorcerse debajo de él. Su cálido aliento sopla contra mí mientras se ríe. Peste podría haber sido una novedad en esto, pero el alumno definitivamente está superando al maestro en un tiempo récord.

—Ugh —gimo—. Pppp-para. Es demasiado. Detente. Él no se detiene.

Sigue yendo y yendo y...

Dejo escapar un grito, mis caderas se levantan de la cama, mientras la sensación se rasga a través de mí, cegando en su intensidad.

Peste no me da tiempo para bajar completamente. Sube por mi cuerpo.

—Me has convencido.

—¿Eh?

Envuelve mis piernas alrededor de su cintura. Siento su pene justo en mi apertura, duro e insistente.

—Estás curada.

Y luego se conduce adentro.

Otro gemido se escapa de mí cuando su grosor me estira. Han pasado vidas desde que hicimos esto. Peste ha tenido tanto cuidado de no lastimarme o empujar mis heridas que es un shock que ahora esté de repente en mí.

Es una sorpresa aún mayor sentir su energía frenética. Sus movimientos no son lentos ni reverentes, ni juguetones ni exploratorios. Se mete en un pistón como si no pudiera controlarse lo suficiente, y me acerca a él como si no pudiera abrazarme lo suficiente.

Su boca me abrasa la piel mientras besa mi hombro, una de mis heridas de bala, mi garganta, mis labios.

Sus manos agarran mis piernas, jalándome más cerca.

¡Pum-pum-pum!

La cabecera choca contra la pared una y otra, y otra vez hasta que la pintura y un poco de yeso se han desprendido.

Los ojos de Peste brillan intensamente. Y no es del todo amor lo que estoy viendo. Es amor y angustia y una desesperación posesiva y— lo más extraño de todo—una disculpa.

No puedo hacer mucho de eso ahora, sin embargo. No con su pene llenándome y frotándome en todos los lugares correctos.

Por segunda vez vuelco sobre el borde. Me aprieto a su alrededor, acercándolo a mí. Con un gemido, llega a las alas de mi clímax, meciéndose en mí como si su propia vida dependiera de ello.

Una vez que comienza a bajar, me besa en todas partes, sus labios rozan cada trozo de carne expuesta. Toda esa energía masculina cruda se está convirtiendo en algo dolorosamente dulce y reverente.

Me acerca a él, acunando mi cuerpo contra el suyo. No hay nada como estar apretado piel contra piel con este hombre para hacerme sentir completamente a gusto con el mundo. Mis párpados comienzan a bajar.

Todavía no he descubierto el tema de la anticoncepción, pienso de forma perezosa.

Peste frota un beso a lo largo de mi sien.

Él sería un buen padre.

No puedo creer que acabo de tener ese pensamiento... Me acurruco más cerca de él mientras me dejo llevar. Uno de sus dedos traza sobre mi estómago.

Su cuerpo se desliza lejos del mío, y su voz se filtra desde el borde del sueño.

—Lo siento, Hinata. Estaba esperando esto, y pensé que tal vez...quizás el que estuvieras mejorando cambiaría mi opinión, pero no ha sido así. Solamente me hizo estar más seguro acerca de lo que necesito hacer.

Busco a tientas su mano, pero se ha ido.


A la mañana siguiente, me dirijo a la cocina, tratando de no dejar que Peste vea cuánto me cansa esa simple acción.

No debería haberme molestado. Por una vez el jinete ni siquiera está prestando atención. La televisión en la sala de estar está encendida, y Peste está de pie frente a ella, con los brazos cruzados, mirando sombríamente la pantalla.

Miro la televisión solo para ver qué ha atraído su atención.

—...Últimas noticias: brote virulento de Fiebre Mesiánica a lo largo de la Costa Oeste y el Noroeste del Pacífico, que se extiende a México. Los gobiernos estatales y locales están tratando rápidamente de poner en cuarentena a las áreas infectadas. Todavía sin avistamiento conocido del jinete. Por favor permanezcan en sus hogares y eviten los centros de las ciudades. Repito, por favor quédense en sus casas y eviten los centros de las ciudades. A todos los afectados: nuestras oraciones y pensamientos están con ustedes.

Mi estómago toca fondo.

Me quedo parada por un largo tiempo, sin hablar, sin reaccionar, solo... mirando tontamente la televisión. El informe se repite de cinco maneras diferentes, la información regurgitada para llenar los minutos vacíos.

Están mostrando las fotos de Amegakure tomadas después de que Peste pasara por la ciudad hace meses, con sus fosas comunes llenas de cuerpos. Luego aparecen imágenes de Kumogakure y Montreal, las pocas fotos que alguien tiene de la Fiebre.

Incluso hay un par de Iwagakure y Otogakure, lugares que vi con mis propios ojos.

Pero ahora nuevas imágenes se unen a las anteriores. Aparece un video tembloroso de un hospital en Gestsugakure, el lugar lleno de moribundos. Otro de Kusagakure, donde la gente yace en las calles, con los ojos hundidos y la cara sonrojada por el comienzo de la fiebre.

Gestsugakure, Kusagakure. Esos lugares están a estados de distancia.

Me congelo.

Logro apartar mis ojos de la pantalla, y ahora, ahora Peste me está mirando. Aún está esa maldita disculpa en sus ojos, pero no remordimiento. Ninguno. En su lugar hay una frialdad familiar.

Mi garganta traga duro. No quiero preguntar porque preguntar lo hace real, y esto no puede ser real. Las palabras vienen de todos modos.

—¿Qué hiciste? —susurro.

—Mi propósito.

La Historia tiene la Finalidad de Entretener.