Capítulo 11

SASUKE HIZO una mueca después de terminar su llamada de larga distancia.

En un principio, había planeado pasarse la mañana inspeccionando la casa recientemente acabada, en vez de lidiar con un problema de trabajo.

Algunas cosas necesitaban los retoques finales. Habría sido más fácil contratar a un equipo de albañiles especializados en construcciones exclusivas, sobre todo, teniendo en cuenta el innovador diseño del arquitecto. Él había optado por utilizar mano de obra local, trabajadores jóvenes que todavía estaban aprendiendo, bajo estricta supervisión.

Él sabía lo que se sentía al ser joven y sin recursos, luchando por abrirse paso en una profesión.

Apartó la silla del escritorio y estiró las piernas, mirando por la enorme ventana con vistas al mar.

Su inquietud no tenía tanto que ver con los problemas en el trabajo, sino con la actitud de Sakura.

Esa mañana, cuando la había despertado, se lo había pensado mejor y había decidido que sería mejor dormir un poco más. Solo de pensar en ella su erección crecía. Tan poderoso era el efecto que le causaba.

Pero Sakura había estado agotada. Por eso, había cambiado de idea. Había pensado que una ducha le daría tiempo a Sakura de recuperarse de nuevo, antes de retomar sus juegos amorosos.

Sin embargo, a su regreso del baño, ella había desaparecido. Y, cuando él había ido a su cuarto, se había encontrado la puerta cerrada con llave.

Sumido en sus pensamientos, Sasuke ladeó la cabeza y se frotó el cuello contraído.

No podía entender a esa mujer. Había estado encantada de tener sexo con él. Más que eso. ¡Había sido increíble la forma en que se había entregado a él! Le había dado todo de sí misma, mucho más de lo que él había esperado.

Paralizado, recordó cómo ella había gritado de placer y cómo lo había abrazado con fuerza con brazos y piernas. Él había perdido la noción de dónde acababa su cuerpo y dónde empezaba el de su amante.

Nunca había disfrutado del sexo con tanta intensidad.

Estar con ella era diferente.

¿Sería porque estaba embarazada de su hijo?

Se miró el reloj. Era casi mediodía. Era hora de encontrar a Sakura y hablar del futuro.

La encontró, al fin, en la piscina gigante que había al final de la terraza de cristal. Pero no estaba bañándose, ni tomando el sol. Estaba con uno de los jóvenes trabajadores que habían construido la casa. Estaban pegados el uno al otro, sus cabezas juntas, asomados al acantilado desde el borde de la terraza.

–¿Qué estáis haciendo? –inquirió Sasuke, furioso. ¿Cómo se atrevía ese chico a ponerse tan cerca de Sakura?

Las dos cabeza miraron hacia arriba de golpe, como impulsadas por un resorte. El joven parecía nervioso, pero Sakura solo ladeó la cara con gesto interrogativo. Llevaba unos pantalones cortos vaqueros y una blusa azul sin mangas, atada a la cintura. El sol pintaba su cabello rosa con mechas casi blancas.

Algo dentro de Sasuke se estremeció al verla. Parecía fresca como el rocío de la mañana, a excepción de la sombra de ojeras bajo los ojos y una mota de barro en la barbilla. Tuvo que contenerse para no tomarla entre sus brazos.

¿Había sentido algo así alguna vez por una mujer? Intentó recordar si había experimentado una respuesta tan visceral hacia Hotaru, su exnovia, pero no lo consiguió. El corazón nunca se le había lanzado al galope solo con verla. Tampoco la había visto nunca tan sencillamente vestida. Hotaru siempre había llevado ropas caras y maquillaje impecable. Después de que hubieran hecho el amor, siempre había corrido al baño para arreglarse en el espejo. Nunca se había tumbado con él con el abandono con que Sakura había yacido a su lado la noche anterior.

–Estamos arreglando la bomba de la depuradora –dijo ella con tono frío.

–¿Cómo? –dijo Sasuke, parpadeando. Intentó aclararse las ideas.

El chico se levantó y se apartó un poco de Sakura. Ella estaba mirando el motor y otra maquinaria para la piscina, ocultos bajo ese borde de la terraza.

–Estamos arreglando la depuradora. No está bien instalada. Pero yo entiendo algo de esto. Es igual que la de la piscina de la finca de Devon.

Sasuke se quedó sin palabras. Nunca se había imaginado a Sakura arreglando depuradoras. ¿Había dirigido la finca de Devon con sus propias manos?

Sakura se giró hacia el joven.

–Mira, Costa, así –indicó ella y le mostró cómo manejar una parte de la maquinaria–. Prueba ahora.

El chico se inclinó hacia delante, ajustó algo y el motor comenzó a funcionar. Contento, le sonrió a Sakura. Pero, al ver la expresión de su jefe, se puso serio y se apartó.

–Gracias, señorita.

–De nada. Me alegro de haber sido de ayuda –repuso ella. Se levantó y se quitó el polvo de las manos y de las rodillas.

El chico se fue sin esperar más, seguramente, para contarle a su supervisor que habían arreglado el problema.

Sakura lo observó marchar y, luego, se volvió hacia Sasuke.

–¿Qué te pasa? Pareces enfadado.

Él le ofreció la mano. Sí, estaba furioso, y eso lo incomodaba.

Cuando había visto a Sakura con otro hombre, la sangre se le había agolpado en las venas de rabia. Era cierto que no tenían ningún compromiso, pero ella había estado en su cama hacía unas horas. Eso debía explicar el instinto de posesión que lo invadía con tanta fuerza. Se sentía como un hombre de las cavernas cargado de adrenalina, preparado para luchar por su hembra.

Al final, ella le dio la mano. Él tiró de ella hasta que estuvieron separados solo por unos centímetros.

–¿Sasuke? –dijo ella y ladeó la cabeza, tratando de leer su expresión. Entonces, de repente, se apartó, soltando su mano. Parecía ofendida y furiosa– . Pensaste que estaba coqueteando con él, ¿verdad? Esa es la clase de mujer que crees que soy.

–No, no es eso –negó él. No había pensado que hubiera estado coqueteando. Solo había sentido la urgencia de protegerla. ¿Acaso ella sabía lo irresistible que era con las piernas desnudas y sus preciosas curvas?

–Sí, claro –dijo ella y se acercó a una de las hamacas para tomar el cuaderno que había dejado allí.

Sasuke la siguió, decidido a convencerla de que estaba equivocada, cuando el dibujo de la página por la que estaba abierto llamó su atención. Incluso desde un par de metros de distancia, los trazos parecían un trabajo excelente.

–¿Lo has hecho tú? –preguntó él y, de pronto, recordó los preciosos estudios botánicos que ella había tenido colgados en la pared de su estudio. ¿Habían sido hechos por ella? Había creído que habían sido la obra de un profesional.

–Sí, yo –afirmó ella. Dejó el cuaderno en la hamaca de nuevo y se volvió, con las manos en las caderas. Los pechos le subían y bajaban con las respiración acelerada–. ¿Qué pasa? ¿Crees que las busconas no sabemos dibujar? –le espetó, lanzando fuego con la mirada–. ¿Crees que estamos tan ocupadas seduciendo a todos los hombres que nos encontramos que no tenemos tiempo para...?

–¡Calla! –ordenó él. La agarró de los brazos, para atraerla contra su pecho. ¿Cómo habían llegado a eso, cuando hacía unas horas habían estado en la gloria, sus cuerpos entrelazados?

–No pienso callarme –replicó ella, levantando la barbilla con gesto desafiante–. Es lo que estás pensando de mí, ¿verdad?

–No, no pienso eso.

Sasuke notó cómo la recorría un escalofrío. La vio morderse el labio inferior, como para impedir que temblara. Vio cómo sus ojos se llenaban de dolor.

Él solo quería besarla. Hacerle callar con sus labios y arrancarle esa tristeza. Ansiaba hacer retroceder el reloj para que volvieran a estar juntos en la cama. El día había ido de mal en peor desde que se había levantado de su lado. Debería haberse quedado allí. Por supuesto, si lo hubiera hecho, lo más probable era que todavía estuvieran haciendo el amor. Sin embargo, en el presente, Sakura se revolvía contra él como un animal herido, con ojos dolidos y acusadores.

Podía besarla hasta hacerla rendirse, pensó él. Podía llevársela a la cama otra vez. Pero eso no arreglaría nada. Con ello, solo conseguiría aliviar el deseo que le quemaba.

–He dicho que me sueltes –gritó ella, luchando para zafarse de su mano.

Sasuke tuvo que contenerse. La fuerza bruta no era el camino.

La soltó, levantando las manos en gesto de rendición.

–No es lo que tú crees, Sakura.

–Claro –dijo ella con cinismo.

–Tenemos que hablar.

–Del bebé, ya lo sé –repuso ella. Tomó el cuaderno de dibujo y un estuche de cuero y los apretó contra el pecho como si fueran un escudo.

Sintiéndose culpable, Sasuke admitió que era cierto que, al principio, había pensado lo peor de ella. Pero ya no pensaba igual. Conocía mejor a Sakura. No era una mujer fatal. No se habría acostado con ella la noche anterior, si hubiera creído que lo era.

Sin embargo, eso no se lo había contado a Sakura.

–No, del bebé, no. Eso puede esperar.

Sakura clavó en él una mirada de perplejidad. También a Sasuke le sorprendieron sus propias palabras. Quería asegurar el futuro de su hijo. Pero arreglar las cosas con Sakura era prioritario en ese momento.

–Tenemos que aclarar primero ciertas cosas.

Sakura se sentó junto a Sasuke en la terraza con vistas al mar. Sus cómodas hamacas estaban pegadas una a la otra, como si fueran dos amigos disfrutando juntos del paisaje.

Pero ella no podía relajarse, ni quería dejarse embriagar por la belleza del paisaje ni por el lujoso entorno que la rodeaba. Vio cómo Sasuke daba un trago a su café y dejaba la taza en la mesa. Le llamó la atención que no pareciera tan seguro de sí mismo como era habitual.

Contemplando su perfil, contuvo la respiración. Era tan guapo e imponente que el corazón se le aceleraba solo de mirarlo.

–Te equivocas, Sakura. No creo que seas una buscona.

–Lo dijiste, aunque no fuera con esas palabras –insistió ella.

–Nunca me acostaría con una mujer si pensara que es una buscona. ¿Cómo te explicas, entonces, lo de anoche?

Ella se encogió de hombros, nerviosa.

–Quizá, no estabas pensando con la cabeza.

Eso hizo reír a Sasuke. Para sorpresa de Sakura, la calidez de su risa la recorrió como sirope caliente.

–Podrías tener razón –admitió él, poniéndose serio–. Pero, para que lo sepas, nunca me habría acostado contigo si pensara eso de ti. Ni tampoco te habría traído a mi casa.

Sakura se quedó mirándolo a los ojos, deseando que fuera cierto.

–Entonces, ¿por qué me acusaste? Sé que estabas conmocionado por la noticia del embarazo, pero también yo lo estaba. Eso no es excusa. No te costó nada creerte las mentiras que te contaron sobre mí y Hiruzen.

–Es normal sospechar de una mujer que te revisa la cartera antes de irse sin decir palabra.

De pronto, ella se sonrojó. Se había olvidado de eso.

–¿Cómo lo sabes? –preguntó Sakura. Ella se había ido de la habitación antes de que él hubiera regresado del baño.

–No guardaste las tarjetas en su sitio.

Sakura asintió. Había tenido prisa por irse y, cuando lo había oído salir del baño, había dejado caer la cartera y había corrido a la puerta.

–Si necesitabas dinero para un taxi...

–No era eso. Solo es que yo... –comenzó a balbucear ella y se volvió hacia el mar, que tenía el mismo color oscuro que los ojos de Sasuke. Tomando aliento, volvió a mirarlo–. No podía recordar tu apellido –confesó–. Me lo habías dicho, pero no me acordaba. Me parecía importante conocer tu nombre completo porque... –continuó, pero se interrumpió antes de decirle que había sido el primer hombre con quien se había acostado. Ya se lo había dicho en una ocasión y él no la había creído–. No me gustaba la idea de tener sexo con alguien cuyo nombre ignoraba.

–¿Pero por qué te fuiste corriendo? –preguntó él, perplejo.

Porque había mirado a su alrededor en aquella suite increíblemente cara y se había dado cuenta de que ese no había sido su sitio. La calidez y el encanto de Sasuke le habían hecho olvidarlo durante unas horas.

–Nunca había tenido una aventura de una noche y me sentía rara. No sabía qué esperabas que hiciera mientras estabas en el baño. No conozco el protocolo –confesó ella.

Sasuke meneó la cabeza.

–Esperaba que pasaras el resto de la noche conmigo.

–¿De veras? –preguntó ella sin poder ocultar su alegría. Se mordió el labio inferior, al darse cuenta. ¿Cómo podía contentarse con tanta facilidad?, se reprendió a sí misma.

Pero Sasuke pareció no darse cuenta. Se inclinó hacia delante con las manos entrelazadas.

–Tengo que disculparme. El día que pediste cita para verme, mi secretaria mencionó tu nombre delante de Orochimaru Dawlish.

A Sakura se le erizaron los pelos de la nuca al escuchar ese nombre.

–Déjame adivinar. ¿Te habló de mí?

Sasuke asintió despacio.

–Ahora me doy cuenta que tenía mucha rabia acumulada contra ti.

–Puedes decirlo así –replicó Sakura y, encogida, se frotó los brazos, recordando los insultos que había recibido durante años de ese hombre, cada vez que había acudido a la finca de Hiruzen para pedir un préstamo y le habían dicho que no.

–¿Por qué no me hablas de eso? No ganas nada con guardártelo para ti misma, ¿verdad?

Sasuke tenía razón. Si dejaba que pensara lo peor de ella, solo conseguiría que todo fuera más difícil. Sin embargo, cuando había intentado explicarle las cosas en el pasado, él no había querido escucharla. Había estado decidido a juzgarla y condenarla.

Pero ese hombre era el padre de su hijo. Estaría unida a él para toda la vida, pensó, poseída por una honda emoción.

–Después de todo, tú conoces mi pasado. Solo hay dos personas más que saben la verdad sobre mis padres.

Sakura lo miró a los ojos, comprendiendo de pronto lo mucho que significaba que él hubiera compartido su secreto. Eso hacía que sus problemas y rencillas perdieran importancia. Al menos, ella había tenido una familia que la había amado de verdad.

–De acuerdo –aceptó ella. Sería mejor contárselo todo. Aunque no le atraía mucho la idea de sumergirse en el pasado.

Sasuke le sirvió una taza de té y añadió leche.

–Sé cómo te gusta, no te preocupes –murmuró él, cuando ella arqueó una ceja al ver que no se lo preguntaba.

Sus palabras le hicieron transportarse a su pequeño apartamento en Devon. Sasuke había ocupado todo el espacio con su imponente presencia como un dios griego bajado directamente del Olimpo. Había sido autoritario, molesto y... amable.

–Gracias –dijo ella. Se llevó la taza a los labios, inspiró su delicioso aroma y le dio un trago. Al instante, se sintió mejor. Cuando se volvió hacia él, lo sorprendió observándola. Una vez más, le subió la temperatura. Bajó la vista a su bebida, para poder concentrarse en la conversación–. No tengo grandes secretos y tú lo sabes casi todo –comenzó a decir ella e hizo una pausa,
molesta al pensar que había hecho que la investigaran. Pero era obvio que los investigadores no lo habían averiguado todo.

Levantó los ojos hacia el mar y el cielo que le recordaban a su infancia.

–Soy hija única y crecí en Cornwall. Mis padres y yo estábamos muy unidos. Mi madre era pintora de retratos, muy buena.

–De ahí has sacado tu talento artístico.

Sakura saboreó su comentario. Hacía mucho tiempo que no había pensado en su talento. Había deseado asistir a la escuela de bellas artes, pero la vida y la falta de dinero la habían empujado en otra dirección. Esa mañana había sido la primera vez en años que había retomado su cuaderno de dibujo.

–También de mi padre. Era dibujante de cómics –explicó Sakura. Incluso, cuando había estado en silla de ruedas, enfermo, había trabajado con ahínco para poder mantenerlos–. Sus historias te hacían pensar y te hacían reír. Era muy buenas.

–Estás orgullosa de él.

–Claro –afirmó ella–. Estoy orgullosa de los dos. No solo por su talento. Eran personas adorables –añadió.

Sakura dio otro trago a su té, pensando que todavía los echaba de menos.

–Nos sorprendió un accidente de coche cuando yo tenía doce años. Un camión resbaló en el hielo y se desplazó fuera de su carril, estrellándose con nosotros. Mi madre murió al instante, pero tardaron una eternidad en sacar a mi padre del coche –contó ella, hasta que tuvo que detenerse con la garganta constreñida.

–Lo siento. Debió de ser... –comenzó a decir él–. No puedo ni imaginarme lo horrible que fue.

Sakura asintió.

–Yo salí casi ilesa, solo con moretones y una muñeca rota. Tardé mucho tiempo en dejar de sentirme culpable por eso –confesó ella. Incluso, había llegado a sentir que había sido culpa suya el que su madre hubiera muerto.

Sasuke acercó la mano, como si fuera a tocarla, pero la apartó enseguida. Sakura le agradecía su comprensión.

–Después de eso, tuvimos que dejar nuestra casa de Cornwall, porque mi padre estaba en silla de ruedas y no podía subir las escaleras –continuó ella. También, había sido porque no habían podido seguir pagando la hipoteca–. Un viejo amigo de mis padres nos ofreció una casa en Devon. Era ideal, de una sola planta y con las puertas lo bastante grandes para la silla de mi padre –recordó. Entonces, se volvió hacia Sasuke para mirarlo a los ojos–. Hiruzen Sarutobi era mi padrino. Su esposa y él vieron la obra de mi madre cuando era una estudiante y la animaron a seguir pintando. Ellos fueron quienes le compraron su primer cuadro.

Sakura hizo una pausa. La expresión de Sasuke era impenetrable.

–Hiruzen fue muy bueno con nosotros. Más que un casero, era un amigo y nosotros estábamos faltos de amigos –explicó ella. Después del accidente, su familia se había alejado de ellos. La hermana de su madre había acusado a su padre de haber causado el accidente, a pesar de que no había sido cierto. Desde entonces, había una disputa entre las dos familias y no había vuelto a verlos, hasta que la prima de Sakura, Ino, la había invitado a la boda–. Las lesiones de mi padre se complicaron. Su estado de salud empeoró hasta que, al final, ya no podía trabajar. Entonces, Hiruzen nos eximió de pagar el alquiler y nuestros vecinos siempre nos dejaban en la puerta una cesta con productos frescos de la granja. Vivíamos en la colonia de artistas que viste el otro día .

–No me sorprende, entonces, que Sasori sea tan protector contigo.

–Todo el mundo se ayuda en la colonia –indicó ella, encogiéndose de hombros–. Mi padre luchó contra su enfermedad, pero murió cuando yo tenía diecisiete años. Poco después, Hiruzen me pidió que fuera a vivir con él a la casa grande.

Sakura posó la mirada afilada sobre Sasuke, esperando una reacción, pero él se limitó a asentir.

–Era viudo y echaba mucho de menos a su mujer. Me dijo que se sentía muy solo en su casa. Pero, en realidad, lo hizo por mí. Para que yo no estuviera sola –dijo ella y apretó los labios con indignación al recordar las acusaciones pasadas de Sasuke–. Para que lo sepas, nunca fuimos amantes. Era como un abuelo o un tío para mí.

–Menos mal que tuviste a alguien que te cuidara cuando tu padre murió – señaló él, sin un atisbo de desconfianza en su voz.

Sakura asintió.

–No iba a ser durante mucho tiempo. Yo pensaba mudarme para estudiar arte. Quería irme cuanto antes, nada más consiguiera ahorrar lo suficiente con mi trabajo. Hiruzen se ofreció a darme un préstamo sin intereses. Pero, entonces, le diagnosticaron una enfermedad degenerativa.

Sakura tomó su taza y bebió despacio, recordando lo devastada que se había sentido cuando había sabido la noticia.

–Él era muy optimista, pensaba que el tratamiento lo curaría. Pero no fue así y, antes de lo esperado, ya no podía valerse por sí mismo –prosiguió ella–. Al principio, me pidió que me fuera, pero yo me negué. Quería ayudarlo, igual que él nos había ayudado –añadió. Tal vez, además, se había aferrado a él con desesperación porque había sido la única familia que había tenido en el mundo–. A medida que su salud empeoraba, Hiruzen iba confiándome más y más responsabilidades. No quería que la gente supiera que estaba enfermo, no quería la lástima de nadie, por eso, Orochimaru Dawlish no lo supo hasta el final. Dawlish es el sobrino de la mujer de Hiruzen y, como la finca procedía de la familia de ella y no habían tenido hijos, era el único heredero. Un hombre asqueroso y avaricioso.

–Lo es. A mí tampoco me cae bien.

Sakura se giró hacia él.

–Aun así, creíste lo que te dijo de mí.

–No sabía que hablaba con prejuicios. Pero tienes razón. No estuve muy agudo –admitió él con una sonrisa deslumbrante–. Estaba fuera de mí porque la mujer fascinante con la que había querido pasar toda la noche había desaparecido, y todo apuntaba a que me había intentado robar las tarjetas de crédito –se explicó y levantó las manos en gesto de rendición–. Lo siento.

Sakura meneó la cabeza con el pulso acelerado, después de haberlo escuchado admitir que había querido pasar con ella toda la noche.

–Supongo que es comprensible, dadas las circunstancias –señaló ella. Tomó aliento y se dispuso a continuar, ansiosa por acabar con su historia de una vez–. Cuanto más enfermo estaba Hiruzen, más ayudaba yo. Al principio, solo me ocupaba de la correspondencia y de hacerle compañía, pero pronto acabé dirigiendo toda la explotación.

–¿Y arreglando la piscina? –preguntó él con una sonrisa llena de calidez.

–Y más cosas –respondió ella–. Me ocupaba de organizar mejoras. Atendía a los inquilinos y llevaba los libros de contabilidad. Ahí es donde Dawlish y yo entramos en conflicto. Hiruzen no podía soportar a ese tipo, que no dejaba de pedirle dinero. Después de las primeras veces, Hiruzen se negó a volver a verlo y yo era su mensajera –contó y se encogió de hombros–. Las cosas se pusieron feas con Dawlish. Me acusó de acostarme con Hiruzen para robarle el dinero –recordó con una amarga carcajada–. La verdad es que la mayoría del dinero estaba invertido en la finca y había muchos compromisos con obras de caridad, como mantener la colonia de artistas. Todo lo que sobraba iba para pagar las facturas médicas de Hiruzen.

Pobre Hiruzen. Había querido guardar algo de su dinero personal para poder subvencionar los estudios de Sakura. Al final, ella había tenido que engañarlo y no revelarle que lo había gastado todo en los cuidados paliativos.

Hubo un silencio. Sakura y Sasuke estaban sumidos en sus pensamientos. Ella se terminó su té, sintiéndose extrañamente aliviada.

–Gracias –dijo él al fin–. Agradezco que me lo hayas contado.

Ella se volvió hacia él, incapaz de descifrar su expresión.

–¿Dónde nos deja esto?

–Listos para seguir hacia delante –contestó él y se quedó mirándola con gesto interrogativo en los ojos, como si esperara su confirmación.

Despacio, ella asintió.

–Ahora, quieres hablar del bebé, ¿verdad?

–Eso puedo esperar.

–¿De verdad? –preguntó ella, sin poder creerlo.

–De verdad –replicó él con una sonrisa–. Me ha surgido un problema en el trabajo y tengo que volar a Atenas para pasar la noche allí.

Sakura se esforzó por no delatar su repentina e inexplicable angustia ante la noticia. Era como si no quisiera que él se fuera.

–¿Quieres venir? No has visto la ciudad –ofreció él–. Hay una exposición de arte antiguo que igual te gusta.

Al instante, Sakura asintió, entusiasmada. ¿Pero se debía su entusiasmo a las maravillas de la antigüedad clásica?

¿O era alivio por haber retrasado las negociaciones sobre el bebé?

Quizá, era solo porque habían aclarado las dudas y desconfianza entre ellos.

Aunque Sakura tenía la terrible sospecha de que lo que la emocionaba era poder acompañar a Sasuke.