Hola a todos, aquí vamos con otra hermosa historia adaptada que espero que sea de su gusto. Como siempre se hace claridad que los personajes le pertenecen exclusivamente a S. Meyer y la historia es una adaptación del cual daré a conocer el nombre del autor al final de esta.
CAPÍTULO 11
Cuando, de manera inesperada, Edward cogió a Bella de la mano y la levantó de la silla, ella se llevó una enorme sorpresa. E inmediatamente después de la sorpresa, llegó el miedo. ¿Querría llevarla a algún lado? No había que pensarlo mucho para adivinar eran sus intenciones. Esme y él creían erróneamente que había salido de la casa a hurtadillas y estaban enfadados con ella. Era evidente que, para cerciorarse de que no volviera a infringir las reglas, Edward Cullen tenía la intención de castigarla.
En el pasado, a Bella le había tocado padecer una buena tanda de palizas. Castigos que su padre le imponía en el estudio la mayoría de las veces, y siempre con su asentador de navajas de afeitar, aquel horrible látigo improvisado. Ella sabía por experiencia que el escozor sólo duraba un rato y que los moretones desaparecían unos pocos días después. Pero esto era cuando su padre la castigaba. Edward Cullen era dos veces más grande que él y mucho más fuerte.
Durante un instante, consideró seriamente la posibilidad de huir. Pero, antes de seguir ese impulso, se acordó del bebé que supuestamente llevaba en su vientre. Si, como ella se imaginaba, estaba metido en un frágil huevo, no podía correr riesgos. Sin duda, tratar de huir de Edward Cullen representaba un peligro. Sus piernas eran largas y muy musculosas. En una carrera contra él, ella no tenía ni la más mínima posibilidad de vencer. ¿Y qué pasaría cuando la cogiera? Daba miedo sólo pensarlo. Bella sabía que los huevos se rompían con gran facilidad. Dudaba de que el suyo pudiera soportar la fuerza aplastante de los brazos de aquel hombre alrededor de su cintura.
Mientras él la llevaba al pasillo, la pobre muchacha escrutaba su mente con desesperación, tratando de encontrar una manera de decirle que ella no había salido a hurtadillas. Sólo había ido a su rincón secreto un ratito. ¿Qué tenía eso de malo? Solía hacerlo con mucha frecuencia en casa de sus padres. Casi todos los días durante la temporada de lluvias. A su madre nunca le había molestado que lo hiciera, y mucho menos se había enfadado.
Arrastrándola detrás de él, Edward caminaba con pasos enérgicos y rápidos que hacían que a ella se le helara la sangre. Al ver el movimiento de sus hombros, recordó la mañana en que lo vio sin camisa. Ahora estaba a punto de lanzar toda aquella fuerza sobre ella.
Bella esperaba que la llevara a su estudio, como solía hacer su padre. Sin embargo, cuando llegaron a la planta baja, él se dirigió directamente a la puerta principal. Cogiéndola de la muñeca con fuerza, usó su otra mano para hurgar en el bolsillo de sus pantalones. Unos segundos después, sacó una llave, abrió la puerta y la arrastró hasta el porche.
Adivinando sus intenciones, el corazón de Bella comenzó a latir con fuerza contra sus costillas, y miró a su alrededor con los ojos desorbitados. ¿A dónde pensaba llevarla? A su juicio, sólo podía haber un motivo para que la sacara de la casa: no quería que ninguno de sus empleados viera lo severamente que la castigaba.
Bella estaba tan asustada que apenas podía pensar. Le lanzó una mirada suplicante, pero él estaba demasiado absorto en escudriñar con los ojos todo lo que le rodeaba para darse cuenta de ello. De repente, con una expresión resuelta en su rostro, el hombre esbozó una sonrisa y bajó con ella las escaleras principales, doblando a la derecha al llegar al camino. Tras rodear la casa, llegaron a un hermoso jardín, ingeniosamente entrecruzado por senderos de piedras blancas. Los rosales florecían en abundancia, y los distintos tonos de rosa y rojo conformaban manchas luminosas que resaltaban contra el fondo de color verde oscuro compuesto por los arbustos podados artísticamente y el césped.
El aflojó el paso para que Bella caminara a su lado, como si quisiese que disfrutara del paseo. Bella sólo podía pensar en la paliza que le esperaba. Lanzó una mirada furtiva a su rostro moreno y vio la brisa jugar con su pelo reluciente, agitándolo hasta formar ociosas ondas que caían sobre su frente amplia. Como si hubiera sentido que ella lo estaba mirando, él se volvió y la sorprendió observándolo. La chica enseguida apartó la mirada. Luego, se sobresaltó cuando él rozó dulcemente su mejilla para apartar un mechón de pelo de sus ojos.
Sus miradas se cruzaron. Bella de repente que los pies se sintieron entumecido. Sabía que, si no miraba con atención el camino, podría tropezar. Pero no podía apartar la mirada de sus brillantes ojos color ámbar, por nada del mundo.
—¿Te gustan las rosas, Bella?
¿Las rosas? La estaba llevando a algún sitio para darle una paliza, ¿y esperaba que admirara las rosas? Centró toda su atención en la sonrisa de Edward, que le pareció despreocupada y ligeramente torcida, con la que enseñaba sus dientes blancos y hacía más profundas las arrugas de las comisuras de su boca. No parecía estar enfadado ni lo más mínimo, y esto la asustó más que cualquier otra cosa. Un hombre tenía que ser completamente insensible para causarle dolor a otra persona sin estar furioso con ella.
Apartando la mirada, Bella vio las caballerizas delante de ellos, y sus pasos vacilaron. Una vez, hacía ya mucho tiempo, su padre la había llevado a la leñera para castigarla. En su recuerdo, aquel trayecto a la leñera precedió a la peor paliza que había recibido en su vida. Una sensación de debilidad se adueñó de sus piernas. Esto, sumado al entumecimiento de los pies, hizo que le resultara muy difícil permanecer de pie, y aún más seguir andando.
Tal y como esperaba, Edward se dirigió directamente a las edificaciones anexas. Cuando llegaron a una estructura larga y estrecha atravesada por un largo pasillo, él se volvió para decirle algo.
—Tengo entendido que te gustan los animales.
«Sólo si tienen cuatro patas», pensó ella con sarcasmo, y se mordió la parte interior de la mejilla, esperando que el dolor consiguiera que dejara de preocuparse por lo que él pudiese hacer. La entrada de la edificación se abrió ante ella como una boca gigantesca. Muy alterada, recordó la historia de Jonás tragado por una ballena, que su madre solía leerle hacía muchos años.
Dado que la agarraba de la mano con una fuerza implacable, la joven no tuvo más remedio que entrar tras él en aquel pasillo. Cuando las sombras los envolvieron, una mezcla bastante fuerte de olores, aunque no del todo desagradable, chocó contra la nariz de Bella. Olía a animales, a heno, a grano ya piel, todo esto flotando libremente en una corriente de aire fresco. Sus ojos se acostumbraron enseguida a la oscuridad, y miró nerviosamente alrededor de ella. Colgados de clavos grandes, a lo largo de la pared que se fueron a su izquierda, había toda clase de accesorios de montar y utensilios para el cuidado y la limpieza de los caballos: sillas de montar, cepillos, peines para crines, bozales, arreos y cabestros. Echó un vistazo rápido y vio varias tiras de piel.
Su peor temor pareció hacerse realidad cuando Edward le soltó la mano y se dirigió a la pared para coger algo de uno de los clavos. Cuando se volvió hacia ella, Bella pudo ver una lazada de piel colgando de su puño. Volvió a mirarle a la cara y vio que él aún estaba sonriendo con una expresión extrañamente tierna en sus ojos. Esta mirada ahuyentó los últimos residuos de valor que había en ella. Si tenía la intención de castigarla, de lo cual estaba casi segura, ¿cómo podía sonreírle de esa manera?
En aquel momento le era totalmente imposible salir corriendo. Sentía como si le hubiesen salido raíces en los pies. Clavó sus asustados ojos en los hombros de Edward: los anchos y musculosos hombros que le impedían ver la pared que estaban detrás de él. Su holgada camisa blanca no lograba ocultar los definidos contornos de los músculos de su pecho y de sus brazos. No quería siquiera imaginar lo que sentiría cuando la golpeara; pero, para su desgracia, su traicionera mente no lograba pensar en nada más.
Sin previo aviso, él alzó la mano que sujetaba la tira de piel. Bella alcanzó a ver la tira acercándose a su cara y reaccionó de una manera instintiva: se inclinó hacia adelante y rodeó su cintura con los brazos para proteger a su bebé.
Edward se asustó tanto al ver a Bella inclinarse hacia adelante, que todo lo que pudo hacer fue quedarse mirándola con la boca abierta. Iba a llevarla al otro extremo de la caballeriza. Rosy, una de sus yeguas, había dado a luz una potranca hacía unos pocos días. Aunque la bestia era una mordedora incorregible, su potra era un encanto, con sus grandes orejas, sus patas largas y su propensión a chupar todo lo que le llamaba la atención: botones, dedos, codos o cualquier otra cosa que pareciera dar leche. Edward creyó que a Bella le encantaría verla. —Bella, ¿qué te pasa?
No alzó la vista cuando Edward la llamó. A juzgar por la manera en que se rodeaba la cintura con los brazos, creyó que podría tener un fuerte dolor. Su principal preocupación era el bebé, y miles de posibilidades cruzaron por su mente. ¿Se habría hecho daño mientras paseaba por el bosque? Tuvo la horrible visión de Bella abortando en las caballerizas. Dejó caer el bozal que acababa de coger de uno de los clavos, la agarró con fuerza de sus delgados hombros e intentó, sin éxito, hacer que se irguiera.
Estaba temblando. Temblaba horriblemente. Edward dirigió una mirada de impotencia hacia la casa, deseando que Esme estaba con ellos. Cuando de dolencias femeninas se trataba, especialmente aquellas relacionadas con el embarazo, no sabía qué hacer. ¿Debía llevarla en brazos a la casa? ¿Debía procurar que se acostara un rato en la cama?
-¡Jesús!
Se inclinó hacia un lado e intentó inútilmente apartarle los rebeldes mechones rizados para poder verle la cara. Finalmente, decidió ponerse de rodillas y estirar el cuello para poder mirarla a los ojos.
—Bella, cariño, ¿te duele algo?
Su terrible palidez manifiesta a Edward que estaba muerta de miedo. Recordó todas las historias que había oído acerca de mujeres embarazadas que abortaban y morían desangradas. La idea de que Bella muriese ... ¡Dios santo! Ella era tan dulce, tan increíblemente y maravillosamente dulce ...
Temiendo ver sangre en la tela de color rosa, miró con gran preocupación la falda del vestido, que le llegaba hasta las rodillas. Nada. Era un buen indicio, ¿o no? No había hemorragia. Pero a lo mejor aún no estaba sangrando profusamente.
—Cariño, ¿dónde te duele? ¿Puedes enseñarme dónde?
Sus ojos azules, que parecían dos planetas luminosos, lo miraron desde su carita transida de dolor. Acariciando su pelo hacia atrás, le sostuvo las mejillas entre sus manos.
—Bella, ¿te has hecho daño? Enséñame dónde, cariño. ¿Aquí? —Dejó caer una mano para tocarle la cintura—. ¿Te duele mucho?
Ella hizo un movimiento brusco para hacerse a un lado y evitar que la tocase. Luego, se quedó paralizada, mirando fijamente algo que se encontraron en el suelo. El siguió su mirada y vio el bozal desechado. Su cerebro no estableció relación alguna entre ese objeto y su miedo, hasta que ella volvió a mirar su mano.
Su mano vacía.
Sólo entonces Edward lo comprendió todo. Durante un horrible momento, se le hizo un nudo tan fuerte en el estómago que pensó que iba a vomitar. Reconstruyendo lo sucedido a cámara lenta, se vio a sí mismo haciéndola levantarse de la silla en que se vieron, inmediatamente después de que Esme la reprendiera. Luego, la llevó a la planta baja. Salieron de la casa. Atravesaron el jardín. Entraron en las caballerizas. Cuando él se volvió hacia ella con el bozal en la mano, su única intención era indicarle el camino hacia la cuadra de Rosy. Pero Bella pensó, sin duda, que él quería pegarle.
La furia ... estalló dentro de la cabeza de Edward en cegadores tonos rojos. Si Charlie Swan estuviese cerca de él en aquel momento, lo habría matado. Cerró sus trémulos puños.
Bella era todo lo que importaba, no el cabrón de su padre. Tranquilo. Tenía que estar tranquilo. Con este fin, tomó aire para obligar a sus pulmones a ensancharse, pero siempre sin poder contener el temblor que recorría todo su cuerpo. Al exhalar el aire, el rostro de ella se abrió paso entre la nube de su ira. Nunca había visto a nadie que pareciera estar tan muerto de miedo como ella. Quería desesperadamente borrar aquella expresión de su rostro, y trató de pensar en una manera —cualquiera que fuera— de tranquilizarla. La pobre criaturilla no entendía lo que él le decía. La única ocasión en que consiguió comunicarse con ella, tuvo que hacerlo mediante un dibujo.
Un dibujo ... o una acción. Los actos hablaban más fuerte que las palabras. Todo lo que tenía que hacer era pensar en una manera de parecer inofensivo. No era una tarea fácil cuando la joven a la que él intentaba convencer estaba terriblemente asustada.
Vagamente consciente de sus movimientos, o de la decisión que los impulsaba, Edward dobló una pierna bajo su cuerpo y se sentó sin ceremonia en el suelo. Fue la mejor idea que se le ocurrió. Esperaba que ella se sintiese menos amenazada si él adoptaba una posición en la que no demostrara ninguna superioridad física. Aunque en realidad esto no le daba a ella mucha ventaja. Después de trabajar con caballos durante casi toda su vida, había aprendido a moverse más rápido que la mayoría de las personas, habilidad que le había salvado el pellejo en más de una ocasión. Si la chica decidía huir, él lograría levantarse antes de que ella pudiera siquiera dar media vuelta.
Algo frío y húmedo le estaba calando una de las piernas del pantalón. No pensar en qué clase de porquería se había sentado, de modo que centró toda su atención en Bella. La pobrecita no parecía capaz de correr. Las piernas le temblaban tanto, que a él le extrañaba que sus rodillas no chocaran entre sí.
Sin lograr pensar en ninguna otra cosa que pudiese disipar sus temores, Edward hizo la valiente tentativa de sonreír. Una horrible y artificial sonrisa de oreja a oreja fue todo lo que pudo conseguir. A través de los enredados mechones de su pelo negro, ella se quedó mirándolo boquiabierta, como si él se hubiera vuelto loco. Y a lo mejor era así. ¿Un hombre adulto, sentado sobre excremento de caballo y sonriendo como si le gustase? Esto debería ser más que suficiente para hacer que lo ingresaran en un manicomio.
A pesar de que sus piernas aún no parecían capaces de sostenerla, ella logró dar un paso hacia atrás. Luego, dio media vuelta y salió de las caballerizas corriendo. Edward la siguió con la mirada, y sintió un gran alivio cuando vio que se dirigía a la casa. La idea de tener que perseguirla por el bosque en aquel instante no le pareció muy atractiva. Tampoco la de atraparla. La muy picara no peleaba limpiamente.
Como era su costumbre cuando nada parecía salirle bien en la vida, Edward quiso frotarse la cara con las manos. Se detuvo en el último instante. La palma de su mano estaba embadurnada de algo marrón. La olió con mucha cautela. Luego, a pesar de sí mismo, soltó una risotada.
—¿Señor?
La asombrada voz masculina salió de algún lugar detrás de Edward. Al mirar por encima de su hombro, vio a Deiter, el jefe de los mozos de cuadra, en la entrada del cobertizo donde se guardaban los arreos. Enjuto y canoso, la cara del hombre parecía una tira de cecina de muía.
—Sí, Deiter.
—¿Se encuentra usted bien?
Esta pregunta hizo que Edward empezara a reírse de nuevo, pero esta vez más fuerte. Cuando sus carcajadas finalmente se apagaron, Deiter volvió a hablar.
—¿Qué está haciendo usted ahí sentado?
—En realidad no estoy muy seguro. Me pareció una buena idea hace un rato, pero ahora ...
—¿Necesita ayuda?
Edward suspiró.
—De hecho, creo que voy a necesitar toda la ayuda que pueda conseguir.
A pesar de todos los esfuerzos que Edward y Esme habían hecho por impedirlo, Bella siguió desapareciendo casi todas las tardes de la semana siguiente. Sólo ella conocía su destino. Esme trataba de no quitarle los ojos de encima, pero la muchacha lograba escabullirse de alguna misteriosa manera. Después de cada una de sus desapariciones, el ama de llaves llamaba a Edward, que dividía a los empleados de la casa en dos grupos para que revisaran las ventanas de todos los pisos.
Los empleados nunca encontraban ningún cerrojo descorrido.
Entonces ... si no salía de la casa, ¿adónde iba? Esta pregunta intrigaba a todas las personas que residían en Cullen Hall, desde Edward y Esme hasta el mozo de cuadra más joven. Antes de finalizar la semana, la confusión de Edward era tal, que casi llegó a estar de acuerdo con Esme ya empezar a creer que Bella tenía la capacidad mágica de esfumarse en el aire.
Salvo por un pequeño detalle. ¿Cómo podía ensuciarse tanto?
Una tarde, una semana después del día en que Bella desapareció por primera vez, Esme llamó a Edward para informarle de que finalmente se había resuelto el misterio.
—Logré engañarla —le dijo a Edward con orgullo—. Fingí que estaba ocupada en otra cosa. Esperé a que se escabullera y luego la seguí. Usted nunca adivinaría adónde iba la endemoniada chica. No lo adivinaría ni en un millón de años.
Edward miró a su ama de llaves con expectación. Cuando cayó en la cuenta de que ella no tenía la intención de decir nada más, apretó los dientes.
—Esme, dímelo de una puñetera vez, por el amor de Dios. ¿Adónde va?
—¡Al ático! —Le informó, sonriendo llena de satisfacción—. Subía al puñetero ático.
—¿Cómo? Tú me aseguraste ... dijiste que estabas segurísima, ¿recuerdas? ... que lo mantenías cerrado con llave. ¿Nunca subiste a echar un vistazo?
—Yo tengo la llave —le recordó ella—. No vi la necesidad de echar un vistazo, pues estaba segura de que nadie podía abrirlo.
—¡Pero obviamente estaba abierto!
—Seth, otra vez- dice ella a manera de explicación.
—¿Seth?
—Cuando usted reemplazó la caja fuerte de su estudio, le ordené que subiera la vieja al ático. Seguramente olvidó cerrar la puerta con llave. Cuando le pregunté, me aseguró que lo había hecho, y no vi ningún motivo para dudar de su palabra.
Edward suspiró.
—Sólo Seth podría pensar que ha cerrado una puerta con llave sin haberlo hecho. Debí subir yo mismo a echar un vistazo. —Alzó la vista hacia el rellano del primer piso y frunció el ceño—. ¿El ático? El lugar más sucio y desagradable. —Negó con la cabeza—. ¿Para qué diablos subirá allí?
—No tengo ni idea. Por eso le pedí que viniera, para que la trajera aquí. Yo iría a buscarla, pero usted sabe cuánto odio los ratones. Carlisle se ofreció a subir, pero Bella lo ha visto muy pocas veces, y no quiero que se asuste. Con la mala suerte que tenemos, podría tratar de huir y pisar una de esas trampas para ratones.
Las trampas del ático no eran la única preocupación de Edward. Ciertamente, por lo que recordaba, el piso más alto estaba lleno de ellas. Lo que más le preocupaba era que en el ático probablemente hiciese un calor sofocante en aquella época del año, por no incluir que debería estar oscuro, cubierto de polvo e infestado de arañas. Dado que las viudas negras eran autóctonas de aquella región, éste no era un pensamiento muy reconfortante.
Edward apartó a Esme de un empujón y se dirigió a las escaleras.
—¿Quiere que le pida a Carlisle que suba para que le ayude a buscarla? —Gritó ella.
Edward en ningún momento aflojó el paso.
—Creo que puedo encontrarla solo. Sigue con tu trabajo, Esme. Yo la traeré.
La escalera que conducía al ático estaba situada en el ala occidental del segundo piso. Imaginando que Bella había recibido la mordedura mortal de una araña, Edward subió las peligrosamente empinadas y estrechas escaleras como alma que lleva el diablo. La puerta, oxidada por la falta de uso, chirrió de manera inquietante cuando él la abrió. Se dijo que debía haber pensado en llevar una lámpara, y se introdujo en la penumbra. La fuente única de luz procedía de las buhardillas y las ventanas estratégicamente situadas. Pero su eficacia como focos luminosos se veía reducida por la mugre. El olor a polvo ya moho le provocaba escozor en las ventanas de la nariz.
Cuando se detuvo para orientarse y permitir que sus ojos se adaptaran a la oscuridad, oyó un sonido apenas perceptible, de bichos correteando, ruido que hizo que se le helara la sangre en las venas. Roedores. Aunque nunca se lo confesaría a nadie, tenía un miedo irracional a esas horribles criaturas. No sabía muy bien por qué. No sintió repugnancia hacia las serpientes. Las arañas casi no le decían nada. No recelaba particularmente de los grandes carnívoros. Pero los ratones eran otra cosa. En las raras ocasiones en que alguno aparecía en la planta baja, se sintió tentado de seguir el ejemplo de Esme y subirse a una silla hasta que Carlisle llegara para deshacerse de él. Gotas de sudor cubrieron su frente. A su derecha oyó sonidos como de un animal arañando y royendo. Se le puso la piel de gallina. Dios santo. Después de muchos años había logrado un ratón vencer su miedo lo suficiente como para enfrentarse muy de vez en cuando a un. Su orgullo no le había dejado otra alternativa. Pero ¿sería capaz de plantar cara a toda una legión de estos bichos? Se sintió como debió de sentirse Goliat al enfrentarse a David. Sólo que, en esta confrontación, David se había multiplicado.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, Edward logró distinguir los objetos que lo rodeaban. La caja fuerte que había sido reemplazada, muebles antiguos, un espejo que alguna vez adornó el salón y ahora estaba tan mugriento que ya no reflejaba ninguna luz. Entre dos pilas de cajas, vio varias pinturas al óleo, cubiertas con sábanas y atadas con bramante. Amontonadas al pie de estos cuadros había lo que parecían ser ollas de todos los tipos. Todo esto estaba cubierto de una gruesa capa de polvo, y tupidas telarañas se extendían de un objeto a otro, con sus hilos intrincadamente tejidos, decorados por polillas y otros desventurados insectos muertos. No era un lugar apropiado ni para un ser humano ni para una bestia. Sin embargo, Bella se encontró en algún rincón de aquel desván.
Al dar un paso adelante, se arañó una espinilla con un viejo baúl.
Hijo de puta.
—¡Bella! —Gritó con brusquedad.
Tras atreverse a dar unos cuantos pasos más, tropezó con un enorme caldero de hierro que alguna vez fue utilizado para hervir la ropa sucia.
—¡Maldición! - habló más alto—: Bella, ¿dónde estás?
Mientras se abría paso a través de la caótica variedad de objetos desechados que se encuentran amontonados allí a lo largo de los años, Edward se recordó a sí mismo que su esposa no podía contestarle. ¡Qué era imbécil! Estaba gritando como si esperase una respuesta. Por otro lado, el ático era casi tan grande como los tres pisos de abajo, y no le entusiasmaba la idea de buscar hasta en el último rincón de aquel lugar. Menos aún, cuando la falta de luz lo convertía prácticamente en un ciego y los ratones correteaban entre las sombras. Aunque no le entendiera o no le oyera, seguía hablando.
—¿Bella? Ven aquí, cariño. Esme te ha preparado pasteles y té.
Eso no era exactamente una mentira. Cuando llevara a la chica abajo, se ocuparía de que le dieran de todo.
—¿Me has oído? Pasteles. ¡Maldita sea!
Edward se agachó para frotarse la rodilla, en la que se había dado un doloroso golpe con la punta de la antigua caja fuerte.
—¿Cariño? Sé que estás en algún lugar aquí arriba. ¿No quieres venir? ¡Por favor! Corres peligro aquí.
Cuando se irguió, Edward oyó un ruido que pensó que salía del ala oriental. No era el sonido de un bicho correteando, sino más bien un golpe fuerte ya la vez sordo. Definitivamente era demasiado fuerte como para que lo hiciera un ratón o ... Dios no lo quiera ... una rata. Aliviado por haber encontrado al menos el lugar aproximado donde se encontró Bella, se volvió para encaminarse en aquella dirección. Para su gran alivio, descubrió que el camino había sido despejado unos cuantos metros más allá de la puerta, como si ella hubiera hecho apartado las cosas para que no le vincularan el paso. Hizo un gesto de desagrado al pensar en Bella moviendo muebles pesados. Si la preocupación era una enfermedad mortal, esta chica lo llevaría sin duda a una muerte prematura.
Mientras se dirigía al sector oriental del ático, notó que la luz era cada vez más fuerte. Tras preguntarse de dónde procedería tal claridad, recordó que en aquella ala había un lado cubierto de buhardillas. Atraído por la luz, avanzó con paso firme, llamando a Bella a voz en cuello cada pocos segundos. Aunque no lo entendiera, al menos no se asustaría cuando la encontrara.
Tras rodear un tabique que dividía aquel espacio, Edward finalmente divisó a su presa. Se detuvo, sin poder creer del todo lo que veía. Era Bella ... pero no la Bella que él conocía. Llevaba un vestido de día de color rosa y zapatos negros de cabritilla, que seguramente había sacado de uno de los baúles de su madrastra muerta. Vestida de esta manera parecía un verdadero figurín, si bien era cierto que su aspecto estaba totalmente pasado de moda. Con su largo pelo negro recogido en un moño de rizos desgreñado y ligeramente descentrado, el cual sujetaba con una pequeña cinta, su perfil parecía el de un camafeo. Así y todo, era la mujer más preciosa que había visto en toda su vida, sin duda alguna.
—Bella, ¿qué diablos estás haciendo?
No hubo reacción alguna. Ni siquiera hizo el más mínimo movimiento para indicarle que le había oído.
Tan asombrado que no podía moverse, Edward se quedó mirándola boquiabierto. Bella siguió ocupándose de sus asuntos, y muy ocupada parecía estar, en efecto. Usó muebles viejos para organizar un salón, si así pudiese llamársele, en el cual él advirtió que no había telarañas ni polvo. Había puesto tazas y platillos rotos en una mesa de tres patas sostenida por cajones en una de sus esquinas, y fingía estar sirviendo el té.
Sus invitados imaginarios, un muñeco y una muñeca que había hecho con ropas viejas rellenas, se encontraban sentados en dos de las tres sillas desiguales que había sacado de algún lugar del ático. El caballero estaba exquisitamente vestido con un traje apolillado, y la dama igualmente elegante con su vestido azul desteñido, con adornos de encaje amarillo. Sus cabezas, hechas con medias rellenas, estaban engalanadas con sombreros; el del hombre era un bombín de fieltro y el de la mujer, un deslucido arreglo de flores de seda con un velo que caía sobre la parte superior del rostro.
Edward no pudo menos que sonreír. Era un milagro que Esme no se hubo quejado de que las medias de Bella estuvieran desapareciendo. Al parecer, la chica también había cogido a escondidas bayas de la mesa del desayuno. Sus muñecos rellenos tenían las caras pintadas con un sospechoso color rojo frambuesa.
—¡Bella, esto es increíble! —Edward lo decía de todo corazón—. Muy ingenioso. ¿Hay algo que no hayas ...?
Se interrumpió para observar cómo servía la chica el té imaginario. Sonreía gentilmente a sus invitados. De pronto comenzó a mover los labios. Aunque de su boca no salió sonido alguno, parecía como si estuviese hablando. Sus movimientos eran precisos y fluidos a la vez, exactamente como debían ser los de una dama.
- ¿Azúcar? —Le preguntó ella en silencio al caballero al tiempo que le presentaba la azucarera. Luego, dirigiendo la mirada hacia la luz del sol que entraba por las ventanas, dijo—: ¡Caramba! Hace un día precioso, ¿verdad?
O al menos esto fue lo que Edward creyó ver que intentaba decir. No podía estar seguro porque nunca había tenido que leer los labios a nadie. Después Bella siguió «hablando», pero Edward tuvo dificultades para entender las palabras que decía.
Las palabras que decía ... ¡Dios santo! Aunque estuviera en silencio, ella estaba hablando. Aunque pareciese mentira, estaba hablando. Era como mirar a una niña jugando en su mundo de fantasía. Sólo que ella no era una niña. Y aquello no era para ella un mundo de fantasía, sino la realidad. Su única realidad.
Bella no había estado esfumándose en el aire, como había creído Esme. Había estado pasando de un mundo a otro.
Una vez, hacía ya muchos años, un semental adulto coceó en el vientre a Edward. El golpe lo hizo tambalearse. Se quedó sin respiración durante un interminable instante. Todo se volvió borroso. Sintió incluso como si el corazón hubiera dejado de latirle. Pues bien, así se sentía también en aquel momento: le parecía que había sufrido una tremenda sacudida y que todo se hubiera parado en su interior.
Cuando su cuerpo empezó a recobrar la sensibilidad, el dolor también llegó; un dolor implacable que se centraba en su pecho. Había oído muchas veces eso de «se me ha partido el corazón». Él también había usado esta expresión con frecuencia a lo largo de su vida. Pero hasta entonces estas palabras no tenían significado alguno para él. Después de todo, el corazón humano no se partía en realidad. No se deshacía, pedazo a pedazo, ni caía a sus pies.
¡Y un cuerno!
Bella Swan, la idiota del pueblo. Pero no era ninguna idiota. Estaba sorda. Sorda como una tapia. Y él, que Dios lo perdonara, había estado completamente ciego.
Les quise recompensar por su larga espera... 2 X 1... Pobre Bella con el susto que pasó con Edward en las caballerizas... cuantas están de acuerdo con Edward con respecto a la familia de Bella...
Descubrieron el escondite de Bella y además OMG!... Edward se dió cuenta que Bella es sorda... al fin... que pasará de ahora en adelante.
