CAPITULO 10

Candy se dio cuenta que Annie la miraba con el entrecejo fruncido y con cierta preocupación y esgrimió su mejor sonrisa. No quería que estuviese pendiente de ella como lo había estado los dos días anteriores, cuando el dolor de garganta, la cabeza y una fiebre tozuda la habían dejado encadenada a la cama. Había intentado levantarse el día después de la cena, pero apenas había sido capaz de sentarse. Annie había querido hablar con Archie Maclaren y hablar con la curandera del clan y con quien hiciese falta dada su preocupación, pero Candy le había rogado que no lo hiciera. Así fingió estar mejor de lo que se encontraba y prometió guardar el reposo que su prima le demandaba.

Habían pasado dos días y se encontraba mejor, aunque todavía seguía teniendo algo de fiebre y se sentía agotada. Disimuló ambos síntomas por Annie y la sacó casi a rastras de la habitación para que estuviera con el resto de los invitados. Candy no quería que la atención se centrara en ella por estar enferma. Desde que había estado sepultada en una cama a punto de morir y aguantando una recuperación que le pareció eterna, no soportaba encontrarse enferma y menos que se hiciera un mundo de ello. Así que mintió a Annie diciéndole que estaba mucho mejor y bajaron al salón con otras damas invitadas. Su prima, a pesar de su desconfianza inicial, dejó de prestarle tanta atención y entabló conversación con Karen Cameron. La vivacidad de Karen y su lengua mordaz hicieron buenas migas con el desparpajo y la vena traviesa de Annie, y Candy se sorprendió a sí misma en más de una ocasión riendo, a pesar de su malestar general, por los comentarios de ambas que parecían haberse hecho amigas en el escaso tiempo que llevaban sentadas juntas.

No le habían pasado desapercibidas las miradas de varios de los Highlanders hacia las dos jóvenes y, al igual que Annie estaba totalmente centrada en la conversación, ajena a tal hecho, la mirada de Karen se desviaba a menudo, y estaba segura que de manera inconsciente, al jefe del clan Campbell. En el tiempo que llevaba allí, Terrence Campbell también había lanzado miradas furtivas en aquella dirección. Sin embargo, en contra de lo que debería haber sido una mirada de anhelo, lo que destilaban los ojos de Campbell cuando miraba a Karen era disgusto y claro rechazo. Candy sintió curiosidad por saber de dónde procedía esa reacción.

Quizá fuese el calor que hacía en el salón o los escalofríos, que en contraposición ella sentía interiormente, pero su estómago se rebeló y supo que debía ir a su habitación si no quería quedar en ridículo delante de todos los que se encontraban allí. Sabía que iba a vomitar todo lo que había tomado. No tenía hambre y la poca comida que había conseguido tragar los días anteriores había sido escasa, así que esa mañana, para que Annie no se preocupara y creyera que estaba casi recuperada, había comido más de lo que debía. Ahora su cuerpo se lo echaba en cara. Se levantó despacio y se excusó, diciéndole con la mirada a su prima que estaba todo bien al ver su intención de seguirla.

—Ahora vengo. Solo voy un momento a la habitación. He olvidado bajarme algo por si hacía frío.

Annie la miró algo recelosa, interrumpiendo su conversación con Karen.

—¿Seguro? —preguntó su prima.

Candy miró a Annie y a Karen, que también estaba pendiente de ella en ese instante.

—Segurísimo. No quiero interrumpir vuestras críticas, pero a ser posible intenten dejar a alguien ileso.

Ambas rieron negando con la cabeza como si eso fuera una misión imposible.

Candy se dio la vuelta con esfuerzo. Había consumido parte de su energía en aparentar que todo estaba bien. Salió lentamente del salón, con paso elegante y firme, hasta que llegó al pasillo y entonces apresuró el paso todo lo que pudo para llegar a su habitación a tiempo de echar fuera todo el desayuno.

...

—¿Veo que McDonall no te lo pone nada fácil? —dijo Albert cuando se acercó donde se encontraba Terrence.

—¿En qué lo has notado? —preguntó este, cogiendo el antebrazo de Albert y dando una palmada en su espalda en forma de saludo—. Me alegro de verte.

Albert asintió. El sentimiento era mutuo.

— McDonall está acabando con la paciencia de más de uno estos días.

Terrence hizo una pequeña mueca ante sus palabras.

—Sé cómo se sienten —dijo entre dientes.

Albert miró al otro lado del salón. Candy seguía sentada allí, al lado de Karen Cameron y su prima. Su palidez se había agudizado y Albert maldijo interiormente por la tardanza de la curandera. Archie le había dicho que ya la había mandado llamar. Con reticencia, volvió a centrarse en su conversación con Campbell.

—No te vi la última vez que estuve con McAlister. Me dijo algo de un compromiso que quieres eludir y que tu tío quiere propiciar como sea.

Terrence lo miró serio y con el entrecejo fruncido.

—Creía que la diplomacia era lo tuyo. Es increíble cómo has soltado todo eso a bocajarro. Y no me puedo creer que George te lo contara, voy a matarle cuando lo vea.

George era el cuñado de Albert y jefe del clan McAlister y por ende uno de los mejores amigos de Terrence.

Terrence miró a Albert evaluándolo mejor.

—Maldito cabrón. George no te lo dijo, ¿verdad?

Albert rio con suficiencia.

—No, fue el padre de la muchacha en cuestión. Parece que le está costando aceptar el hecho de que tu tío se tomara unas atribuciones en tu nombre a las que no tenía derecho. Es una pena, hubiese sido divertido ver cómo pateabas el trasero de tu mejor amigo por eso.

Terrence rio fuerte por ello.

—También es tu cuñado.

—Por eso mismo —le dijo Albert con una sonrisa que decía a las claras que valoraba y apreciaba a aquel Highlander.

Terrence iba a preguntar a Albert por su hermana Margaret cuando este último se excusó de forma abrupta y abandonó el salón.

Albert la había visto levantarse y abandonar la estancia sintiendo que algo andaba mal, y antes de perderla de vista, la siguió. Se dijo a sí mismo que era solo curiosidad, que no le importaba y no era de su incumbencia la salud de Candice MacLeod, sin embargo, un impulso irracional y sin sentido le impelió a volverse atrás sin cerciorarse antes de que ella estaba bien. Cuando enfiló el pasillo no la vio y eso le hizo acelerar el paso. Maldita sea, era imposible que hubiese podido desaparecer.

Siguió hacia delante y, antes de llegar a las escaleras que daban acceso a la planta superior, vio una puerta entreabierta al fondo. Esa puerta daba a un pequeño patio que albergaba algunos útiles del castillo y que conectaba con un cuarto en el que se almacenaban telas sin tratar y lana. Al acercarse, el ruido que escuchó desde el interior, un quejido bajo y profundo, lo alarmó. Abrió más la puerta para encontrar a Candy doblada sobre sí misma con la cabeza metida en un cubo que había cerca de la esquina.

Albert no lo pensó. Un caballero le habría dejado la intimidad que necesitaba, pero le preocupaba la estabilidad de Candy y su salud, así que su parte que nunca había sido racional con ella tomó el control. Se acercó lo suficiente como para rodear sus cabellos en una mano y con la otra sujetarla por la cintura y estrecharla contra su cuerpo, para que Candy pudiese apoyarse en él. La sintió ponerse tensa y empujarle para que se apartara hasta que comprendió que no iba a dejarla y la tensión desapareció de pronto, producto sin duda del esfuerzo y del cansancio.

Candy sintió su presencia demasiado tarde. Había sabido que no lograría llegar a su habitación desde que salió del salón y su estómago la amenazó seriamente de camino a las escaleras. Así que, cuando vio aquella puerta abierta, el pequeño patio y el cubo, no lo dudó. El aire frío la despejó lo suficiente como para alejar el mareo que la había acompañado desde que se había puesto en pie.

Después de vaciar su estómago, los espasmos siguieron, obligándola a apoyar una mano contra la pared, miedosa a caer de rodillas al suelo cuando las piernas temblorosas perdieran la batalla contra su voluntad. Y ese fue el instante en el que lo sintió. Se dio cuenta de que sus cabellos eran retirados de su rostro, y de que un brazo fuerte la estrechaba de manera férrea contra el cuerpo del último hombre que quería que la viera en ese estado. Porque el pánico de sentir al hombre contra ella solo duró dos segundos, el tiempo suficiente para comprender que esa mano, la que tocaba en ese instante intentando que la soltara, el brazo que la sujetaba de forma firme y el cuerpo que se pegaba a ella y que la rodeaba como si quisiese protegerla, eran los de Albert McAndrew. Dejó de luchar. Estaba demasiado cansada y su cuerpo demasiado exhausto para rehusar su ayuda. Por unos instantes cerró los ojos y se apoyó en Albert. En su seguridad, en su fuerza, en su vena protectora que siempre había amado.

Estuvieron así lo que a Candy le pareció una eternidad y, cuando parecía que los espasmos le habían dado una tregua, Albert la ayudó a enderezarse para luego mirarla con una expresión que parecía indiferente e incluso fría. Candy quiso deshacerse de la cercanía de Albert. Lo intentó con las pocas fuerzas que le quedaban, apoyando una mano contra su pecho y ejerciendo la suficiente presión como para que McAndrew supiese que quería que la soltara. Pero él no la soltó. En vez de eso, Albert le pasó un extremo de su feileadh mor por la frente perlada de sudor intentando reconfortarla, provocando en ella un quejido que murió en su garganta antes de salir. Se obligó a ello. No había esperado sentir de nuevo la ternura de Albert, esa faceta que McAndrew se esforzaba en ocultar al resto del mundo y que a ella le había mostrado cuando lo eran todo el uno para el otro. Albert parecía siempre tan controlado, tan racional, tan templado, incluso frío, que cuando la trataba con extrema delicadeza, cuando dejaba entrever su dulzura y ese sentimiento de protección que nacía de manera natural en su interior, avivaba sus recuerdos y eso dolía con la misma intensidad con la que lo anhelaba.

Candy bajó la mirada porque aquella situación no podía ser más mortificante, y más cuando Albert puso su mano en la mejilla y la obligó a mirarlo.

—Tranquila. Te llevaré a la habitación. Ya he mandado llamar a la curandera del clan. Es prima de Archie y será discreta, pero, maldita sea, Candy, ¿por qué no dijiste que te encontrabas tan mal? —preguntó claramente enojado.

Candy concentró todas sus fuerzas en mirarlo. Solo por unos segundos creyó leer una sincera preocupación en ellos, pero sabía que lo había imaginado cuando la frialdad retornó a los ojos al centrarse en ella.

—No me estoy muriendo. No te hagas ilusiones —dijo Candy mirándolo con cara de fastidio.

Albert sonrió muy a su pesar.

—Y no te rías, esto ya es suficientemente humillante —continuó Candy antes de agarrarse más a Albert—. Y, por favor, no te muevas tanto o vomitaré otra vez y lo haré encima tuya.

Albert la tomó en brazos a pesar de las protestas de Candy.

—Esa no es una idea que me emocione, así que intenta controlarte.

Albert intentó moverla lo menos posible. Le preocupaba su extrema palidez y los pequeños temblores que sentía recorrer su cuerpo.

Candy apoyó la cabeza en el pecho de McAndrew, bajo su barbilla, y Albert recordó lo que era tenerla entre sus brazos.

—Creo que puedes bajarme. Puedo andar. Ya estoy mejor —dijo Candy, que empezó a inquietarse cuando Albert ni siquiera contestó a sus palabras—. Albert, bájame, esto es embarazoso e indecoroso si alguien nos ve —continuó con un tono de voz más firme.

Nada. Albert se hacía el sordo y Candy supo que tenía que hacer algo si quería llamar su atención. Sabía que aquello era una chiquillada, pero con toda premeditación intentó retorcer la piel del brazo de Albert en un pellizco. Los músculos bien definidos de sus brazos lo impidieron. Eso la sacó de sus casillas, así que probó en su clavícula, cerca de su cuello.

—¡Ay, maldita sea! ¿Qué haces? —preguntó Albert, parando cuando terminó de subir las escaleras y antes de enfilar el pasillo que conducía a las habitaciones—. ¿Eso ha sido un pellizco? ¿De veras, Candy? —preguntó divertido.

—No me estabas haciendo caso y lo vi oportuno. Bájame, puedo andar. No soy ninguna desvalida.

Albert la miró alzando una ceja.

—Hace un momento no podías ni mantenerte en pie. Estás enferma y tienes algo de fiebre y la tez más pálida que he visto en mi vida. Y créeme, he visto cadáveres con mejor cara que tú en este instante.

—¡Ahh! Dios, eso ha sido ruin hasta para ti.

Albert retomó el paso con ella en brazos.

—Años de práctica. ¿Cuál es tu habitación?

—La del fondo.

Candy dejó de intentar que Albert entrara en razón. Al final la llevaría hasta allí.

Cuando se acercaron, la puerta estaba abierta.

Albert la dejó en el suelo antes de entrar. Archie y Patty, que estaban dentro esperando encontrar a Candy, los miraron. MacLaren lo hizo con un interrogante en el rostro que fue bastante evidente para Albert. El tenso silencio se rompió cuando Patty se acercó a Candy y la ayudó a llegar hasta la cama.

—Creo que nosotros esperaremos fuera, Patty.

Su prima asintió antes de volverse nuevamente a Candy.

—¿Albert? —preguntó Archie cuando vio que su amigo miraba fijamente a Candy sin hacer el gesto de salir con él. Vio los ojos de Candy sobre Albert antes de desviarlos a Patty, y ya no había nada que lo convenciese de lo contrario. Había algo entre ellos.

Volvió a mirar a McAndrew, que apretó la mandíbula antes de desviar sus ojos de aquella mujer y salir de la habitación.