Este Fic es una adaptación del libro "Conspiración en la noche" de Jezz Burning la cual les comparto sin fines de lucro,

sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Troll mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Capítulo 23

Ichigo caminó inquieto, arriba y abajo, en el espacio que hacía las veces de taller mecánico.

Parecía un lobo enjaulado y así era como se sentía. Tanto trabajo, tanto esfuerzo, tantos

problemas resueltos y ahora se encontraba con aquel escollo insalvable

En comparación con todo lo que había pasado ya y lo que estaba aún por ocurrir, era un maldito

guijarro frente a una montaña de escombros. Una jodida piedrecilla que, en otras

circunstancias, podía patear y seguir adelante sin ni siquiera dignarse a mirar hacia atrás. Pero

la piedrecilla en cuestión no era insignificante. Era Rukia. Ahí radicaba la gran diferencia.

Maldijo cien veces a Einar por elegirla a ella como enlace. ¿En qué demonios estaba pensando

ese viejo lobo? A su mente acudieron los momentos compartidos con la Pura. Las pullas

lanzadas, recogidas y vueltas a disparar. Las tensiones, las risas, incluso el placer compartido.

«¡Joder!», exclamó furioso mientras de una patada lanzaba un destornillador contra la pared de

enfrente. ¿Qué demonios le estaba pasando? ¿Desde cuándo tenía conciencia? ¿Acaso la

convivencia con los otros lo había convertido en un jodido blandengue? ¡No! ¡Se negaba

rotundamente! ¡Él era el Hati! ¡El cabrón que siempre se había reído a costa de los que habían

cambiado la espada por la sartén! ¡El que había urdido un plan tan perfecto y bien hilado como

para que nada escapara a su control! ¿En qué narices estaba pensando cuando decidió que ella

debía saberlo todo?

¿En qué le beneficiaba eso? ¡Mierda! Tendría que haber aprendido ya que muchas veces la

ignorancia de los demás era una bendición para él. Era su olor. Su aroma que lo envolvía cada

vez que estaba cerca. Ese perfume dulzón de su piel que lo animaba a seducirla. ¡Sí! ¡Eso era!

¡No podía ser otra cosa! ¡Sólo esa maldita atracción sexual entre dos licántropos de alto rango!

¡Impensable que él hubiera caído en las jodidas y enmarañadas redes de...! ¡Dioses! ¡No quería

ni pensarlo! Necesitaba escapar de allí. Se apresuró hasta su alcoba, escogió algo con que

cubrirse el torso. Y su cazadora. Tenía que salir al exterior, sus nervios y su mente exigían

velocidad, requerían montar en la motocicleta y alejarse de Selenia durante un par de horas para

no sentir su presencia ahogándole los pensamientos, dando al traste con sus objetivos.

Únicamente así podría pensar con claridad y tomar la decisión correcta. Justo cuando estaba a

punto de girar la llave de contacto, el teléfono móvil vibró con la entrada de una llamada.

—¿Ichigo? —se escuchó al otro lado.

—Sí, Nemu, soy yo.

—Ya hemos terminado. Siento haber tardado más de lo habitual pero ha sido bastante

complicado. Esto es como un rompecabezas y ha costado mucho encajar todas las piezas.

—¿Y bien? ¿Cuál es la conclusión?

—Todo apunta a que la historia es cierta, Ichigo. La nave de Nydam es mucho más pequeña y

rudimentaria que las embarcaciones vikingas. Parecida a las snekkes pero mucho más antigua.

La diferencia más notable es que las vikingas podían navegar tanto a remo como a vela. Ésta no

tiene velamen. Pero el diseño es el mismo, aunque con modificaciones en el casco. Estoy

segura de estar ante el abuelo del drakkar. La historia de tu padre es auténtica.

—Gracias por tu ayuda, Nemu.

—¿Estás bien?

—¿Por qué no debería estarlo?

—Porque aún no has intentado flirtear conmigo o bromear con la virilidad de mi esposo. Y, si te

conozco lo suficiente, ésa es señal inequívoca de que algo no marcha contigo.

—Todo va bien —respondió—. ¿Cuándo regresas a casa?

—Hoy mismo.

—Me hubiera gustado agradecerte este favor personalmente.

—Quizá en otra ocasión.

—De acuerdo, yo pagaré el motel. Saluda al calzonazos de tu marido de mi parte —dijo antes de

colgar sin poder esconder una sonrisa.

Rukia permaneció en la pequeña salita unos minutos más después de haber oido el motor y,

en consecuencia, la salida de Ichigo. ¿O era más correcto llamarlo huída? Desde allí le había

sido imposible ignorar el ruido que hacían sus botas mientras caminaba airado de un lado a

otro. Sin embargo, las emociones que la embargaron a ella fueron algo distintas. La primera en

manifestarse había sido el alivio. Aunque pareciera extraño, la consoló saber que sus instintos

no fallaron y en ningún momento fue traicionada. Ése había sido su objetivo. También

desapareció el extraño hormigueo que pululaba en su interior cada vez que caía en la nebulosa

de deseo con que el sueco la envolvía cuando la tocaba. Ahora se sentía menos culpable. No

existían tales traiciones por parte de nadie, sólo operaciones encubiertas.

Desde el principio fue consciente de estar haciendo lo correcto. Pero, con ese pensamiento,

apareció una sombra que enturbió esa grata impresión. Algo no cuadraba. Si, como le explicó

Ichigo, ella había sido infiltrada entre las tropas enemigas para llevar a cabo precisamente esa

acción, la de encontrar a Issin, ¿cómo es que en su sueño se sentía tan indignada? En

teoría, si había ejecutado el plan con éxito, debía sentir euforia y satisfacción, no esa ira y la

decepción consecuente. ¿Por qué no recordaba haber sido escogida para ello? ¿Por qué se

sentía engañada? Esa emoción jamás se daba en una operación clandestina pues el sujeto era

consciente de estar realizando la misión que le había sido encomendada.

Intentó por todos los medios encontrar una respuesta a aquella incógnita que, a medida que

reflexionaba, se le antojaba cada vez más fundamental. Quiso convencerse a sí misma de que

Ichigo tenía una explicación, pero tal como estaba el humor del sueco, dudaba incluso de la

manera correcta en que debería formular la pregunta.

Trece apareció y comenzó a olisquearle los pies hasta que Rukia lo cogió en brazos y

comenzó a rascarle bajo las orejas inconscientemente. El pequeño chihuahua, lamió su mano

cariñosamente.

«Trece», pensó.

—Tú siempre has sabido quién era yo, ¿verdad? Me reconociste nada más entrar en el

apartamento. Si hubiera sido una extraña nunca hubieras venido a mí.

El perro la miró con aquellos pequeños y oscuros ojos saltones. Al menos había encontrado

una respuesta por sí misma aunque no recordara el momento en que adquirió el can. ¿Sería

capaz de conseguir el resto del mismo modo? «Sí», se dijo. Recordando cómo empezó todo.

Necesitaba saber qué había pasado antes de entrar en el lugar donde retenían a

Isshin.¿Cómo se había sentido? ¿Qué había pensado? ¿Qué había hecho? Dedujo que sería

el único modo de saber a ciencia cierta la verdad absoluta.

Tenía que hacer lo posible por convencer a Ichigo de que penetrara en su mente. Para que

extrajera esa información. De improviso, sintió algo demasiado cercano a la ternura por la forma

en que se había negado terminantemente a hacerlo, aún siendo ambos conscientes de que era

el medio más rápido y efectivo. A su manera no era el monstruo que él se empeñaba en mostrar.

Después de todo, ninguno de los dos era tan insensible como querían aparentar.

Sabía los riesgos que corría, recordaba perfectamente el rostro del humano demudado por el

dolor y la forma en que murió. Pero tenía que haber una manera de paliar, aunque fuera en

algunos grados, ese dolor.

Quizá la invasión del sueco fue demasiado rápida debido a que el humano estaba al borde de la

muerte. ¿Qué le había dicho al respecto? Algo como que no tenía tiempo de hablar con él para

que trajera al plano consciente la información que necesitaba. Ahí estaba la clave. Esa era la

forma de hacerlo. Y así lo plantearía.

Sin desmontar, con un pie anclado sobre la grava, Ichigo dejó sus ojos vagar a placer sobre el

precioso panorama que ofrecían las pequeñas islas que componían Estocolmo, mientras

esperaba la llamada de Hisagi con la respuesta requerida. Por más que lo intentara no podía

tomar una decisión con respecto a Rukia y eso lo mantenía en duro conflicto consigo mismo.

Por un lado, primaba el hecho de obtener la información que se encontraba oculta en su

cerebro. Y por el otro, no dejaba de pensar en el daño cerebral que podría producirle su

exploración. El problema radicaba en que no era información que ella pudiera ofrecerle por

mucho que lo deseara ya que no la recordaba. Así que el método de traerla a un nivel

consciente era una baza con la que no podía contar. No existía. Eso precisamente era lo que la

ponía en peligro.

No dejaba de preguntarse qué hubiera hecho en caso de que el sujeto fuera otro distinto a la

Pura. La respuesta era siempre la misma: entrar sin importar en qué estado quedaría el

individuo. En realidad, así es como debía proceder y lo sabía. La importancia de recuperar a su

padre para poder, después, atacar directamente al núcleo podrido del Consejo era muchísimo

más grande que cualquier baja que dejara por el camino. El bienestar de la raza justificaba esas

pérdidas.

La vibración del teléfono le advirtió de la llamada y se apresuró a contestar.

—Chad ya se ha puesto en camino —informó Hisagi sin más preámbulos.

—Perfecto.

—Quizá debieras esperarte a que llegue para intentar la intrusión en el cerebro de Rukia. Al

menos si ocurre algo, él podría ayudarla a recuperarse.

—Créeme cuando te digo que después de eso, poco hay que recuperar. El indio no podría hacer

nada por ella.

—En todo caso, buena suerte.

—Gracias —respondió antes de colgar.

Puso el motor en marcha y se encaminó hacia la estación fantasma. Trataría de plantearle la

cuestión a Rukia lo mejor posible, pero no podía ignorar que debía realizar esa invasión a su

mente. El destino le imponía una dura prueba y jamás había reculado frente a nada

Su lugar y su rango, todo por lo que había pasado, todos los que habían caído en beneficio del

resto, eran demasiado importantes para no honrar su sacrificio. Sería como escupir sobre sus

tumbas y no estaba dispuesto a que esas vidas se perdieran en balde sólo porque había

descubierto... «Que tengo conciencia», se dijo a sí mismo, ya que admitir cualquier otra cosa

era impensable.

Había estado deambulando por las inacabadas instalaciones de la estación abandonada.

Aunque aún quedaban restos de andamios, todo estaba más o menos ordenado y colocado en

el lugar debido pero con una considerable capa de polvo extendiéndose infinita. Tanto era así,

que en las huellas que iban dejando sus botas a cada paso, podía verse el dibujo de las suelas

con todo detalle. También las pequeñas patitas de Trece dejaron un sinuoso dibujo que se

entrelazaba con el suyo. Comparando el lugar con otras estaciones de la red de metro, famosas

por sus artísticas decoraciones espectaculares, ésta parecía salida de una película de terror de

los años setenta. Hasta que sus ojos dieron con un bonito, aunque obsoleto, tren formado por

ocho blancos y relucientes vagones. Sorprendida, se acercó lentamente y se asomó al interior.

El espacio no mostraba el abandono que campaba en la estación, como si Ichigo se hubiera

ocupado de mantenerlo limpio y en perfecto estado de conservación.

—Silverpilen —dijo el sueco tras ella.

Rukia dio un respingo ante la inesperada aparición del sueco.

—¡Joder, Ichigo! Tienes que dejar de hacer eso o me matarás —respondió Rukia. La mano que

había ido a buscar el arma que hubiera llevado en otras circunstancias, viajó hasta posarse

sobre el pecho agitado.

Ichigo se cuidó de no mostrar emoción alguna ante el comentario de la Pura, aunque estaba

seguro de que había sido consciente de que la broma era de muy mal gusto teniendo en cuenta

lo que les esperaba. A cambio se encogió de hombros y caminó hasta llegar junto a ella.

—¿Es otra de tus compras? —preguntó Rukia sin dejar de admirar uno de los vagones.

—En realidad, ya estaba aquí cuando llegué. Funcionaba, así que no vi la necesidad de

deshacerme de él. Los pocos que lo han visto lo llaman Silverpilen.

—La flecha plateada —tradujo ella.

—Así es. Este pequeño tren ha dado pie a una leyenda urbana muy conocida en la ciudad. Con

la capacidad cerebral que tienen los humanos y no utilizan ni una cuarta parte... —comentó—.

Creen que es un tren fantasma, uno de esos trastos malditos que recoge pasajeros después de

las doce y sólo se apean de él cuando ya están muertos.

—¿Un holandés errante sobre vías?

—Algo así.

—¿Y cómo es que lo han visto?

—Alguna vez lo he utilizado como transporte, pero siempre cuando la red de metro ya había

terminado su jornada laboral. Quizá algún operario despistado, algún vagabundo...

—Entiendo.

Ichigo empezó a caminar de vuelta al interior y Rukia lo siguió, tomando a Trece en brazos y

paseando a su lado.

—¿Dónde has estado? —El sueco la miró sin contestar. Y tampoco supo cómo interpretar la

mirada con que la obsequió.

Ichigo pensó que esa pregunta se parecía demasiado a las que haría alguien con potestad

suficiente sobre uno. Pero, que él supiera, era muy libre de ir donde quisiera sin tener que rendir

cuentas a nadie.

—Bueno deduzco que no quieres decírmelo —comentó. Tampoco así logró arrancarles ni un

solo sonido a aquellos labios apretados—. Supongo que los tejemanejes de la realeza no deben

ser de interés para los simples plebeyos —añadió con el propósito de molestarlo.

—Buen intento, cachorrita. Pero esa técnica conmigo no te funcionará —dijo adivinando las

intenciones de la Pura, no obstante su cerebro estaba demasiado ocupado con el modo en que

le plantearía la cuestión que tenían pendiente como para buscar una réplica más al estilo de la

que ella esperaba.

—¿Qué técnica? —Preguntó arqueando una ceja como él lo hacía.

—La que contigo es efectiva al cien por cien.

—Entonces supongo que tendré que olvidarla y probar con alguna más seductora como la

tortura con la piedra.1 —Ni así logró algo parecido a una mueca que sugiriera una sonrisa—.

Está bien —dijo componiendo un rictus serio—, ¿qué ocurre?

—Ya lo sabes.

Por supuesto que Rukia lo sabía, pero no podía imaginar una razón para que al sueco le

afectara tanto. Habían llegado de nuevo al espacio reservado como taller y Ichigo siguió

caminando hasta entrar en la salita.

Por la puerta abierta Rukia vio varias bolsas con alimentos que descansaban en el suelo de la

cocina y hasta allí fue a husmear el chihuahua.

—¿Y vas a estar con esa cara de amargado hasta que te diga por fin lo que he soñado? No es

propio de ti —dijo a su espalda sin esperar reacción alguna.

—¿Y qué narices sabes tú sobre lo que es o no propio de mí? —espetó de pronto encarándose

a ella en tono furioso. Rukia lo miró con el ceño fruncido, más por no entender a qué venía esa

explosión de ira que al enfado—. ¡Hasta hace unos días no sabías de mi existencia! ¡Hasta ayer

mismo, ni siquiera sabías quién era en realidad! ¡No te haces una idea de todo lo que he tenido

que soportar! ¡De lo que no he podido disfrutar! ¡No te imaginas lo que es vivir inmerso en este

hermetismo! ¡De lo que supone tener que luchar para recuperar algo que te corresponde por

derecho sin saber con certeza si ocurrirá algún día! ¡De saberte siempre solo aun estando

rodeado de miles! ¡De las veces que me he preguntado si valía la pena continuar! ¡De la

cantidad de momentos en los que me hubiera gustado mandar todo a la mierda y olvidarme de

todos!

Los ojos del licántropo se encendieron con un ámbar intenso y en su frente comenzó a aparecer

la marca que lo distinguía como un ser especial; el Puro por excelencia. Probablemente en otro

momento, Rukia la hubiera observado fascinada.

—No, no sé todo eso que has dicho. Ni quiero imaginarlo. Pero no trates de cargar sobre mí el

peso de tus actos. Eso te corresponde sólo a ti llevarlo, exactamente igual que esa corona que

tanto deseas calzarte

—respondió, controlando el tono para hacer el mejor mutis de su vida y desaparecer.

Pero Ichigo no estaba dispuesto a permitírselo y la sujetó para impedirle la huida.

—Éste es uno de ellos —le dijo mucho más calmado aunque con un vestigio de ira vibrando en

sus palabras.

—Lo siento pero no te comprendo.

—Éste es uno de esos momentos en los que lo mandaría todo a la mierda, ¿entiendes? —La

soltó pero mantuvo el contacto con los ojos para asegurarse de que no se marcharía.

Y entonces la besó. Tiró con fuerza hacia él y, en un latido, Rukia se encontró con el muro

férreo de su pecho. No fue un beso tierno ni acariciador. Fue un beso lleno de necesidad, de

pasión. Sujetándola por la nuca, devoró su boca con saña y rudeza, sorbiendo fuertemente el

labio inferior antes de soltarla.

Rukia lo miró largamente en completo silencio mientras la marca desaparecía. Parecía un

héroe vencido, sin ganas de continuar en la lucha, sin la chispa que siempre había iluminado

sus ojos.

Pero, entre sus palabras y sus actos, entre su confesión, Rukia supo vislumbrar algo, un

indicio que le proporcionó el valor suficiente que necesitaba, que pedía a gritos. Ichigo no era de

los que hablaban de amor, ni de los que te sorprendían con un ramo de flores a la puerta de

casa. No lo avergonzaría forzándolo a algo así pues esa forma de actuar tampoco estaba en la

naturaleza de la Pura. No obstante, en lugar de utilizar aquello que acababa de descubrir, buscó

la mejor forma de hacerlo, la evidencia que jamás podría negar.

—La vida de tu padre está sobre el tapete, Ichigo. Y no creo que quieras jugar con eso. Ahora —

continuó conduciéndolo al sofá para poder sentarse uno frente al otro—, haz lo que debes

hacer. Trataré de abrir mi mente todo cuanto pueda.

La invasión del sueco no se hizo esperar. Pero esta vez, a diferencia de aquella primera cuando

se conocieron, no hubo el agudo e inmediato dolor que casi la hizo retorcerse. No obstante,

tampoco fue algo agradable. Al menos al principio. Cuando ya hubiera apostado a que todo el

proceso sería así, descubrió que estaba equivocada. Empezó como una punzada lejana que fue

subiendo en intensidad a medida que sentía cómo la presencia del sueco se adentraba en lo

más profundo de sus pensamientos. Como si una flecha se abriera paso atravesándole el

cerebro para girar, ajena a cualquier ley natural, y volver sobre sus pasos para traspasarla de

nuevo antes de explotar. Fue como si miles de pequeñas y ardientes esquirlas cayeran sobre su

mente, incendiándola desde el interior. Entonces, reaccionó el instinto de supervivencia tratando

de expulsar la entidad extraña que la saqueaba sin miramientos con toda la fuerza de la que fue

capaz. Cuando la presión apareció comenzó a gritar, aunque le fue imposible oírse a sí misma.

Sus oídos registraban únicamente el rugido feroz de la sangre fluyendo salvaje a medida que

sentía como si sus ojos desearan escapar de la prisión de las cuencas oculares. Apretó los

párpados de forma instintiva como para impedir que sucediera, hundiendo las uñas en sus

manos hasta sentir la humedad de la sangre escapando de los puños.

Ichigo tembló cuando los gritos de la Pura alcanzaron un nivel desgarrador mientras veía sus

súplicas entre los recuerdos de los últimos días vividos juntos. En su mente descubrió esos

pequeños detalles de la convivencia que habían sido más relevantes para ella. Se vio a sí mismo

de un modo diferente, de la forma en que ella lo percibía. Y se sorprendió al comprobar hasta

qué punto había buscado explicaciones y excusas para su comportamiento, fueran o no

adecuados.

Por primera vez experimentó la duda, se preguntó si estaba haciendo lo correcto, si realmente el

fin justificaba los medios.

—«Lo siento, Kia».

Escuchar la voz de Ichigo fue como encontrar algo familiar en un caos de sufrimiento, una

pequeña llama en una oscuridad de espantoso dolor y se aferró a ella con desesperación. El

saqueador no era tal, recordó que ella misma había dado su consentimiento y la presión

disminuyó notablemente aunque no desapareció.

Ichigo sintió el esfuerzo que estaba haciendo Rukia por mantener la cordura en medio del

calvario que estaba pasando. Sintió en su propio ser lo que suponía aquello que le estaba

haciendo a su mente. Durante la exploración del cerebro de Rukia, Ichigo descubrió con

facilidad facetas de la Pura que aún desconocía. La conoció mucho más allá de lo que ella

jamás estaría dispuesta a admitir. Pero ni rastro de lo que buscaba. Allí, en el lugar donde se

almacenan los recuerdos, Ichigo se afanaba en removerlo todo, sin encontrar ni rastro de lo que

necesitaba. Rukia gritó de nuevo cuando el sueco se acercó a una densa negrura. De sus ojos

cerrados escaparon lágrimas de sangre. El rugido en los oídos pasó a un insoportable

estruendo. Las venas de su rostro se inflamaron dotando a su piel de un color purpúreo. La

presión que Rukia soportaba estaba llegando a un límite muy peligroso, si permanecía más

tiempo allí probablemente la perdería para siempre. Pero esa oscuridad latente en el

subconsciente tenía que significar algo.

—«Kia, sé que puedes oírme. Sigue así. No te abandones al dolor. Eres la licántropo más

fuerte y valiente que he conocido. ¡Vamos! No quiero perderte. No así. Aguanta un poco más.»

No supo de dónde sacó las fuerzas necesarias para continuar. Ichigo notó cuando la Pura se

aferró a sus hombros, clavándoles las garras profundamente y, sin perder más tiempo, se

adentró en aquel abismo de negrura infinita. Un aluvión de imágenes inundó la mente de la

hembra. Gritó por última vez y los músculos de su cuerpo perdieron tensión. Cayó hacia

delante, golpeando con la cabeza el pecho de Ichigo.

Rukia no respondió. Un tenso silencio se apoderó de ambos.