Erisad abrió los ojos y enfocó un cielo nocturno, sin estrellas, cubierto de nubes. Sintió la calma y paz que seguían a un hechizo de curación… y también algo de frío. El rostro de Pequeña Nutria se coló en su campo visual con expresión desencajada.
–Eri, levanta, ¡tenemos que alcanzar a esos dos!
– ¿Qué?
Al incorporarse, se percató de que no vestía nada de cintura para arriba. El resto de su anatomía había sido envuelta en su capa. Peq le señaló el petate con sus trastos. Ella alcanzó la camisa rápidamente y los pantalones.
– ¿Qué ha pasado?
– Dush y Lavina están actuando raro y van hacia el frente de fuego a matar a Grial.
– ¿Qué?
Lavina y Dush habían caminado casi un kilómetro cuando Erisad y Peq los alcanzaron a la carrera. En su determinación, Lavina ni siquiera se había molestado en detenerse para ponerse de nuevo la coraza. Pequeña Nutria se plantó delante de ellos:
– Por el amor del mar, ¡queréis esperarnos! ¿Qué os pasa?
Erisad llegó un minuto más tarde, resoplando. Lavina sonrió.
– Eri, ¡estás bien! Me alegro mucho.
Peq saltó.
– ¡No! ¡Todavía no está bien y la habéis hecho correr!
Eri hizo un gesto para que dejaran de discutir, resoplando mientras recuperaba el aliento.
– ¿Qué está ocurriendo, Lavina? ¿Por qué no nos esperáis?
Lavina la observó y asintió.
– Tienes razón. Deberíamos haberos esperado. Vuestras habilidades nos pueden ser muy útiles.
– ¿Útiles para qué?
– Tenemos que matar a Grial, antes de la siguiente luna.
Eri alzó las cejas con un gesto de sorpresa.
– ¿Por qué queréis matar a Grial?
– Porque nos lo han ordenado las matriarcas de la Madre de Hueso.
Erisad la observó muy fijo.
– ¿Desde cuándo obedeces a las orcas?
Lavina pestañeó y, por fin, pareció enfocar lo contradictorio de su actuación. Su expresión derivó hacia la furia. Lanzó su petate al suelo con rabia.
– ¡Hijas de la grandísima perra! ¡Me han hechizado! ¡Nos han hechizado!
– ¿Qué os han hecho exactamente?
Dush los observó también frunciendo el ceño, miró al suelo, miró sus propias garras y gruñó.
– Pueden irse a la mierda –exclamó Lavina–. No pienso obedecerlas y…
De repente, se quedó a media frase y lanzó un alarido de dolor.
– ¡Lavina! ¿Qué te ocurre?– preguntó Pequeña Nutria.
Por toda respuesta, se fue al suelo donde empezó a retorcerse. Eri se agachó a su lado y trató de aferrarla.
– ¿Qué le ocurre?
– Que ha pensado en desobedecerlas – respondió Dush.
Erisad lo miró.
– ¿Qué sabes sobre esto, Dush?
– La Sombra en el Norte otorga poderes a las Kuradatch Uradeen. Ellas pueden doblegar tu voluntad y meter una parte de la sombra en ti para que te devore por dentro si no las obedeces.
Erisad lo observó con los ojos como platos un momento y volvió su atención a Lavina. La espalda de su camisa, hecha jirones, estaba empapada de sangre. Erisad los apartó y vieron el símbolo grabado sobre su piel, sangrando.
– Peq, ¡duérmelos!
El hechizo de sueño funcionó sobre Lavina, pero no sobre Dush. El orco les gruñó y agarró el hacha. Erisad le hizo una señal a Peq para que se apartase… El gnomo se puso fuera de alcance observando la escena con angustia.
– Está bajo una compulsión mayor, Erisad. ¡Ten cuidado!
La joven respiró despacio, bajó los hombros en el gesto más sereno que pudo encontrar y dio un paso hacia Dush en lugar de retroceder.
– Dush, nosotros os ayudaremos en la misión. Pero no estáis pensando claro. Si corréis hacia el frente de fuego solos, os matarán y no cumpliréis esa orden. Déjanos ayudaros, por favor.
El orco negó y Erisad no supo si rechazaba sus palabras o si estaba tratando de sacudirse algo de la cabeza. Eri se preparó para saltar por la sombra si Dush levantaba el hacha contra ella.
– ¿Cómo vais a ayudarnos? – preguntó el orco.
– Primero, nos aseguraremos de que lleguéis vivos. Nos disfrazaremos para que no os detecten hasta que llegue el momento. Yo investigaré dónde está exactamente el objetivo y os lo señalaré. Soy buena pasando desapercibida.
Dush soltó el hacha y, seguidamente, se dejó caer sobre el suelo. Permaneció allí con la mirada agachada. Sólo entonces se dio cuenta Erisad del cansancio y desgaste mental que tenía el orco.
– De acuerdo, nos vais a ayudar – dijo, y parecía estar convenciéndose a sí mismo– . Eso nos dará más posibilidades de cumplir la misión.
Erisad asintió. Parecía que la lógica utilizada había funcionado para no activar la maldición. Dejó escapar un suspiro y volvió hacia Lavina, que estaba siendo atendida por Peq. La había vuelto de lado y estaba curando las heridas de su espalda por métodos mundanos.
– ¡Quiero que dejéis de una vez esta costumbre de salir heridos! ¿Vale?
Lo había dicho en tono jocoso, pero Erisad percibió que había lágrimas retenidas al fondo de sus palabras.
– Te lo prometo. No permitiré que vuelvan a herirme hasta que estemos de regreso en Erethor.
– ¿Me das tu palabra?
Erisad se llevó los dedos a los labios, los besó y puso la mano sobre su corazón en un juramento formal.
– Te doy mi palabra de honor.
– ¡Bien!
Erisad observó las heridas sobre la espalda de Lavina. Habían dejado de sangrar. Formaban un círculo de símbolos extraños. Parecían grabados a ácido.
– ¿Qué crees que es, Peq?
– El anclaje mágico de la maldición. O bien les arrancamos la piel, y no puedo asegurar que eso funcione, o bien encontramos a alguien lo bastante poderoso para disiparla.
Erisad asintió.
– Vamos a tratar de convencerlos de regresar al bosque. Será nuestra mejor posibilidad.
– ¿Crees que podrás convencer a Dush?
– Probablemente.
Dos días más tarde…
Llevaban dos días caminando sobre una llanura gris, de ceniza apelmazada. A cada paso levantaban pequeñas nubes de polvo que se habían pegado a sus botas y ropas.
Lavina abría el camino, le seguía Dush. Erisad y Peq trotaban detrás al paso acelerado que marcaban.
Erisad había vuelto a vestir su traje de legado. Ya que parecía que iban a acercarse demasiado a las líneas del frente, al menos lo haría con la indumentaria correcta. Todos los bajos tenían una pátina gris que resaltaba sobre el negro.
Aquel lugar era desolador. Y la noche era lo peor…
El sol se puso.
Un aullido se elevó en la distancia… Era uno de esos quejidos gimientes, uno de esos fantasmas perdidos que recorrían la llanura.
Los cuatro se volvieron, a tiempo para ver alzarse del suelo los fantasmas de los orcos. Sus pieles estaban quemadas, deformadas. Los miraron y chillaron hacia ellos con el dolor y el desespero de su última muerte en el fuego. Erisad se tapó los oídos… Lavina la agarró del brazo y echó a correr.
– Vamos, ¡muévete!
Durante la noche, aquella tierra revivía cada uno de los pequeños dramas que le habían dado forma. Estampidas, árboles espectrales gritando, orcos gritando órdenes, y fuego negro, falso… Les costó dos enfrentamientos con esos fantasmas para entender que tenían que huir de ellos. Tocarlos implicaba revivir el dolor de su muerte y tardaron horas en recobrar el sentido de la realidad.
Esa noche alcanzaron el río Felthera. Lavina pareció satisfecha.
– Si seguimos el río, daremos con Fatchendom, la fortaleza orca. Allí estará Grial. Pero vamos a descansar unas horas.
Erisad se dejó caer al suelo. Todas las tretas que había intentado para hacerles dar la vuelta (busquemos refuerzos, vamos a por armas, lo han visto en tal zona, necesitamos ayuda, nos hemos equivocado de dirección) no habían dado resultado.
Dejó escapar un suspiro entrecortado y, aprovechando que estaban relativamente a salvo, cerró los ojos, apagando el horror que la rodeaba, invocó los símbolos que activarían el enlace y su mente fue arrastrada suavemente en una dirección, en dirección a Dean.
Sintió su presencia casi de inmediato.
"Hoy contactas algo más tarde. ¿Estás bien?"
"Sí, estoy… cansada."
"¿Cómo demonios os metéis en estos líos?"
"No lo sé."
"¿Cuál es la situación?"
"Lavina y Dush siguen bajo la compulsión. Ha sido imposible hacerles regresar hacia el bosque."
"Dime, ¿dónde os encontráis?"
"Llevamos dos días caminando hacia el noroeste sobre una llanura de ceniza. Hemos alcanzado el río Felthera. Esto es desolador… Hay, hay espectros, fantasmas… sus voces son… Esto antes era bosque…"
"¡Erisad! No puedes permitir que la desolación de ese lugar se te lleve. Hay algo sobrenatural allí que te arrastrará. Sé de lo que hablo. ¡Ten cuidado con tus pensamientos!"
Hubo unos instantes de silencio… Ella asintió y se percató de lo ridículo del gesto. Él no podía verlo. A veces se olvidaba.
"Por favor, cuéntame algo bueno, algo que valga la pena ver… que valga la pena recordar. Lo estoy olvidando."
"Hoy había dos nutrias jugando junto al manantial. No se han asustado al verme y me han seguido."
Erisad sonrió.
"Me hubiese gustado verlo."
"Iremos a buscarlas cuando vuelvas. Oh, también, Trevalim me ha preguntado por el sentido de la expresión "echar un polvo". Se lo ha oído a uno de los nuevos reclutas humanos. Creo que caerían bien a Lavina."
Erisad rió.
"¿Qué le has contestado?"
"Que es una versión algo más soez de "bailar la primavera".
"Bailar la primavera… no conocía esa. Es una frase muy bonita."
Sus mentes permanecieron silenciosas varios minutos, simplemente haciendo notar su presencia al otro… Era como tomar una mano y no querer dejarla ir. Finalmente, Erisad puso palabras a aquel enlace.
"No sé lo que voy a hacer. He fracasado en todos mis intentos de engañarles…"
"Eres buena improvisando, y atrevida… Y sospecho que el frente de fuego no va a salir indemne de vuestra visita."
Erisad volvió a sonreír.
"Pensaré en nombres para esas nutrias."
Erisad abrió los ojos y la desolación volvió. Pequeña Nutria estaba de guardia, Dush y Lavina dormían. Miró alrededor. Todo era gris y negro, hasta el cielo. Incluso las aguas del río fluían grises. Y a lo lejos podía ver el fulgor de fuegos en la noche… Quemaban el bosque. Seguían quemando el bosque. Algo se le estaba rompiendo en mitad de aquella llanura, pero tenía que volver, para darles nombre a unas nutrias.
