Los personajes son de Stephenie Meyer y la Historia Pertenece a Noelia Amarillo


CAPÍTULO 13

Al final resultó ser una suerte que la erección le impidiera perseguir a Bella y confesar, ya que le dio tiempo a pensar y planear. Se lo diría, pero poco a poco, de manera suave, sin asustarla. Primero le mostraría sus intenciones como Edward, luego confesaría quién era.

Miró el despertador de la mesilla, eran las cuatro y media de la mañana y no había dormido más de tres horas. Se levantó de su enorme cama, fue al cuarto de baño y, mientras se duchaba, trazó su plan.

—No quiero que vuelvas a acercarte a mí de esa manera —remarcó la palabra «esa»—. Bastante tengo ya en la cabeza como para andar preocupándome por algo que no podrá ser jamás.

Ella estaba en la cocina, cuchillo en mano, preparando los bocadillos del almuerzo. Eran las cinco y media de la mañana y Alec y Carlisle estaban abajo acabando de preparar las cosas. Supuestamente era Alec quien debía subir a recoger los bocadillos, pero Edward se había adelantado. Esperaba hablar con Bella de lo sucedido, pero ella, sin molestarse siquiera en saludar, le había recibido con esa frase incendiaria.

—No deberías preocuparte —afirmó él acercándose a ella y rodeándola con los brazos.

—Suéltame. ¿No me has escuchado? —inquirió moviendo nerviosa el cuchillo que aún tenía en la mano.

—Te he oído —asintió él, agarrándola por la muñeca y quitándoselo—, pero no pienso hacerte caso.

—A ver, Edward, centrémonos —respiró profundamente, dando un paso atrás y alejándose de él—. No puede haber nada entre nosotros; eres mi cuñado.

—Eso no es delito.

—No me apetece liarme con nadie y menos aún contigo —indicó Bella, cruzando los brazos sobre el pecho.

—No estoy interesado en tener un «lío», quiero más —rebatió él alzando las cejas. ¿Bella no quería liarse con nadie? ¿Y qué coño hacía follando con él en la cabaña sin siquiera conocer su nombre?

—No puede ser, Edward —negó cabizbaja.

—¿Por qué? —inquirió, acercándose a ella y abrazándola de nuevo— ¿Qué te impide tener una relación seria conmigo?

—Yo jamás viviré en el pueblo y tú nunca lo abandonarás... ahí se acaba todo. No estoy dispuesta a empezar algo que está abocado al fracaso. —Su mirada estaba teñida de confusión y pesar—. En el pasado me sentí atraída por ti, no lo voy a negar. Eres un buen hombre y, en otro momento de mi vida, quizá podría... No sé —admitió abatida—, pero no ahora. Tengo la cabeza hecha un lío. Hay alguien que... No sé si llegaré a tener algo... serio, imagino que no, pero... No puedo pensar en otra persona. Debo... aclarar mis sentimientos. Lo siento —dijo dando media vuelta y abandonando la cocina.

Edward la siguió con la mirada hasta que entró en su habitación y cerró la puerta. Escuchó cómo echaba el cerrojo y después oyó la cama crujir bajo su peso.

«Mierda»

La había cagado, pero bien. Hasta el fondo.

Si pudiera, mataría a su puto rival. Patearía el hígado al cabrón que se había atrevido a usurpar su lugar en el corazón de Bella. Pero no podía hacerlo, porque era él mismo.

No volvió a tener la oportunidad de estar a solas con ella, ni como Edward ni como su alter ego. Bella no acudió a la cabaña esa noche ni la siguiente. Esperaba que fuera por falta de tiempo y no porque no quisiera verlo.

Bella apenas le dirigió la palabra en los tres días que siguieron a aquella conversación, evitaba mirarle o quedarse a solas con él. El exceso de trabajo que tenían que realizar ayudó bastante. Cada mañana a las cinco en punto, Edward iba a recoger a Alec. Carlisle, a esa hora ya estaba montando las cajas y ella, en la cocina, se mantenía ocupada recogiendo el desayuno y preparando los bocadillos el almuerzo. Durante la mañana, mientras ellos estaban en las tierras dejándose la espalda, su suegro y ella montaban cajas. Después, una comida rápida, y empezaban a colocar los frutos.

Bella aprendió muy rápido, aunque lo que más sorprendió y animó a Edward, fue verla disfrutar del ambiente relajado y apresurado a la vez, que se creaba entre ellos. Cuando terminaban, cargaban rápidamente las cajas en los coches; al final habían logrado convencerla para que les ayudara, y cada tarde se dirigían a paso de tortuga hasta la cooperativa. Bella tenía pánico a la carretera del pueblo —«un camino de cabras», como ella lo llamaba— Era cierto que las pendientes eran inclinadas y las curvas muy cerradas, pero... no era para tanto. Bella hacía un viaje al día, él dos. Cuando regresaban a casa, Alec se duchaba y salía pitando, impaciente por ir a pasear con Jane; Carlisle continuaba montando cajas y Bella permanecía encerrada en su cuarto alegando que estaba agotada. Y él no lo ponía en duda, el trabajo era agotador. Pero sabía por su padre —convertido de buena gana en espía voluntario—, que en cuanto él se iba, ella bajaba y ayudaba a Carlisle, se empeñaba en cocinar algo decente para el día siguiente o, simplemente, ocupaba su tiempo en acompañar a su suegro jugando al tute en la terraza.

Cuando llegaba a la cabaña del bosque, Negro era el único que lo estaba esperado. Entraba, se tiraba en la cama, y esperaba... A las diez de la noche, se levantaba y se marchaba a su casa; se daba una ducha, pensaba en ella, se empalaba, se masturbaba y se acostaba con los ojos abiertos como platos buscando la manera de solucionar el desaguisado.

Parecía que Bella había decidido ignorar a los dos hombres que morían por tenerla. Aunque los dos fueran uno en realidad.

Y así era.

Bella no sabía qué quería. Por un lado añoraba las caricias de su amante misterioso, sus órdenes, la excitación que se apoderaba de ella en su presencia; la seguridad que sentía cuando estaba con él. Pero por otro, se sentía demasiado cercana a su cuñado. Ese beso en el jardín del castillo había hecho resurgir todos sus recuerdos, sus anhelos; las noches deseando que fuera él y no su marido el que compartiera su vida.

Estaba hecha un lío. No podía ir a la cabaña si en sus pensamientos estaba Edward, pero tampoco podía acercarse a Edward excitada por el recuerdo del hombre sin rostro.

Durante el día se concentraba en sus tareas, pero jamás dejaba de pensar en ellos. Por la noche era peor. En cuanto se quedaba dormida, ambos aparecían en sus sueños. Se mezclaban. Edward y el desconocido se convertían en una sola persona. Se estaba volviendo loca.

—Ésta es la última —afirmó Edward cerrando el maletero del coche.

Ese sería el segundo viaje del día a la cooperativa y el último hasta dentro de un par de semanas. Ya habían recogido todas las brevas y hasta que brotaran los higos disfrutarían de unos merecidos días de descanso.

—¡Ya hemos acabado! No me lo puedo creer, ¡y justo para la Víspera! —exclamó Alec, feliz—. Si nos damos prisa, llegaremos a tiempo para ver a los gigantes y cabezudos.

—No sé yo... Vamos muy justos de tiempo —dudó Edward, mordiéndose los labios. Sabía que su sobrino disfrutaba siguiéndolos—. ¿Por qué no te quedas en casa y te vas preparando? No hace falta que vengas conmigo.

Alec miró a su tío con seriedad. Lo quería muchísimo. Era una persona extraordinaria, pero a veces se creía Superman.

—No digas chorradas, tío. Tardarás el triple si tienes que descargar y colocar tú solo todas las cajas. No te preocupes, lo conseguiremos —dijo con una enorme sonrisa en los labios.

—No perdamos más tiempo entonces —se «despidió» Edward, montando en el coche. Un segundo después el motor rugía y ellos se alejaban veloces por la carretera.

—No llegaran —afirmó Carlisle en tono pesimista.

—¿No crees que les dé tiempo? —preguntó Bella, preocupada.

—No. Son casi las seis menos cuarto, los cabezudos salen de la iglesia a las siete...

—Tardan poco más de una hora en ir y venir. Les da tiempo de sobra —rebatió Bella.

—Ya, pero tienen que atravesar todo el pueblo para llegar a casa y las calles estarán llenas de gente esperando para ver el desfile. Además, cortan la calle principal media hora antes de empezar.

—Uff.

—Aunque hay una solución...

—¿Cuál?

—La casa de Edward —espetó Carlisle.

—¿Qué?

—Mi hijo vive a las afueras, a cinco o seis minutos de la iglesia. Si van directos a su casa no tendrán que atravesar el pueblo y, con un poco de suerte, hasta podrán ver a los cabezudos salir por el portón. Y si no les da tiempo, siempre podemos salir corriendo y coger a la procesión por el camino. La cuestión es que su casa está mucho más cerca de la cooperativa que la mía y que, aunque lleguen más tarde de las seis y media, como no está dentro del pueblo no van a encontrar ninguna calle cortada.

—Es una buena idea... Nosotros les esperaremos en casa y nos reuniremos con ellos...

—¿Vas a dejar que tu hijo vaya sucio y zarrapastroso el día de la Víspera? —exclamó Carlisle, indignado. El Día de la Víspera y el Día de la Virgen todo el mundo se vestía de domingo. Su nieto no iría con la ropa del campo, Jamás. Por encima de su cadáver.

—Pero si viene a casa, tú mismo has dicho que no le dará tiempo... —replicó Bella, confundida.

—Exactamente, por tanto la única opción posible es ir nosotros a casa de mi hijo con ropa limpia para Alec. —Ante la mirada alucinada de su nuera, Carlisle decidio explicarse mejor—. Es muy fácil, cariño, nosotros vamos a casa de Edward y cuando Alec y él lleguen, se pegan una ducha rápida y se visten; Edward con su ropa y Alec con la que le llevemos.

—Pero... A tu hijo no creo que le guste que andemos por su casa si él no está.

—Tonterías, somos de la familia.

No hubo manera de rebatir esa última frase. En menos que canta un gallo, Bella se había puesto sus mejores galas, recogido la ropa de Alec, llamado a su hijo para explicarle el plan y tomado el camino al hogar de Edward. Media hora después, la casa más hermosa que había visto nunca apareció ante ella.

Efectivamente estaba a las afueras del pueblo y situada en mitad de un prado cubierto de hierba que era atravesado unos metros por delante de la casa por un pequeño arroyo. Una carretera diminuta, de un solo carril y sin arcén, terminaba, o comenzaba según como se mirara, en la reja que delimitaba la propiedad. Al otro lado de la carretera, el arroyo discurría por entre bancales repletos de pimientos y tomates, contenido apenas por unas pocas piedras en sus márgenes, para continuar bordeando un pequeño prado cercado por una valla de madera en el que pastaban tranquilamente varios caballos. Era un paisaje idílico.

Bella se desvió hacia el prado al ver a algunos potrillos correteando.

—¡Qué preciosidad! —exclamó, extasiada ante tanta belleza.

—Son muy bonitos —admitió su suegro—. Este año las yeguas están dando unos potros preciosos.

—¿Todos estos caballos son yeguas? —preguntó, recordando lo que le había contado su amante hacía pocos días.

—Así es. Y la mayoría están preñadas —asintió Carlisle orgulloso.

Bella observó detenidamente el espectáculo que se mostraba frente a ella. Yeguas bayas, pintas, manchadas... pastaban ajenas a su curiosidad. Algunas se mantenían estáticas mientras sus potrillos mamaban de sus grandes ubres y otras piafan enfadadas, quizá regañando a algún potro travieso. En un extremo del prado había una construcción de madera, un establo para que se guarecieran los animales, supuso. Una yegua salió en ese momento. Era preciosa, alazana, de un rojo tan brillante que no cabía duda de que su dueño la cuidaba con mimo. Bella abrió los ojos como platos. Conocía a esa yegua. Era Roja.

—¿Estas yeguas... son... son de Edward...? —preguntó con un destello de alarma en la mirada.

—Por supuesto que no —rió su suegro—. Bella, mi hijo tiene tierras y una buena casa, pero no tiene tanto dinero como para tener una yeguada tan grande —se carcajeó—. Estas pertenecen a varios hombres del pueblo —explicó.

—Genial —asintió Bella suspirando—. Vamos a dejar la ropa en la casa —indicó señalando la mochila que llevaba en la mano. Quería alejarse lo más rápido posible de las yeguas. Era una estupidez, pero temblaba sólo de pensar que el hombre de la cabaña pudiera aparecer de improviso para visitar a Roja. Se sentía incapaz de enfrentarse a él y ver su rostro.

Carlisle se encogió de hombros y la siguió.

Atravesaron la verja de la casa y Bella no pudo evitar detenerse para apreciar en todo su conjunto la belleza de la construcción. Era una construcción de pueblo de tres plantas, al igual que la de Carlisle, pero no se parecía en nada más. El hogar de Edward tenía las paredes blancas, enjalbegadas, con las esquinas y los bordes decorados con piedras; el tejado, tan rojo como la sangre, cubría un porche enorme con una barbacoa de piedra en un extremo. Las ventanas eran de madera y no tenía persianas, sino contraventanas. La casa tenía el aspecto de llevar ahí mucho tiempo, pero a la vez parecía recién construida. Bella dio un par de pasos. La carretera que terminaba en la entrada se convertía, a partir de la reja, en un camino de asfalto bordeado de jaras y tomillos. Algunos trozos de la verja apenas eran visibles entre los arbustos de laurel que se apoyaban en ella. Aquí y allá, cerezos y almendros rompían la soledad de la pradera que la rodeaba. Bella imaginó esos mismos almendros en primavera, con sus flores rosadas... o las, aún más hermosas, flores blancas del cerezo.

—¿Qué te parece? —preguntó su suegro.

—Preciosa. El jardín es divino...

—No es un jardín, muchacha. Es un prado. Edward compró el terreno hace ya varios años y, cuando pudo, construyó la casa, con sus propias manos —matizó—. La ubicó a propósito en mitad de la pradera, quería estar rodeado por la naturaleza —afirmó orgulloso—. Todos los árboles los ha plantado él. Los arbustos de jara y tomillo los trajo desde la Luz.

—¿La Luz?

—Unas tierras que compró en mitad de la montaña hace un par de años. En fin, si esto te parece bonito, espera a verla por dentro —sonrió Carlisle para sí mismo. Su plan había resultado mejor de lo previsto. No sólo Alec tendría tiempo de seguir a los gigantes y cabezudos, además su nuera estaba deslumbrada por la casa de su hijo. Él, desde luego, pensaba dejarle muy claras todas las cualidades de Edward que ella desconocía. Y eran muchas.

Al entrar en la casa Bella volvió a quedarse petrificada. Estaba llena de luz.

—Como puedes ver, está orientada al sur. La luz entra desde el amanecer hasta que se hace de noche. El suelo es tarima; Edward se empeñó en que era más cálido que la plaqueta. Yo, sinceramente, no lo veo tan diferente.

Bella observó el suelo, por supuesto que era mucho más cálido que la plaqueta normal y corriente, pero lo que más le llamó la atención fueron las paredes. De un tono desigual, del color del atardecer en verano.

—¿Te gustan? —preguntó Carlisle al reparar en su mirada.

—Sí.

—No es pintura normal —se jactó—, están estucadas. Edward probó y probó hasta que consiguió que quedaran a su gusto.

—¿Las pintó él?

—Sí. Mi hijo es un artista —afirmó orgulloso—. Muchos de los muebles los ha hecho él mismo —continuó alardeando.

—Carlisle.

—Dime Bella.

—¿Hay algo aquí que Edward no haya hecho? ¿Algo en lo que no sea un verdadero genio? —preguntó irónica. Carlisle se mordió los labios, quizá se había pasado un poco.

—Hum... Los baños y la cocina se los hizo un albañil. La ducha esa de chorros tampoco la hizo él, y en el plano de la casa y la construcción le ayudaron sus amigos —confesó entre clientes—; pero él la ha diseñado entera. Y las chimeneas las ha construido con sus propias manos —aseveró satisfecho. Lo que era cierto, lo era. Y punto.

Bella se rió con ganas al ver a su suegro recular para al segundo después volver a alabar las virtudes de su hijo. Ella no dudaba que Edward hubiera hecho todas esas cosas, tenía un don especial para trabajar con las manos. Su sonrisa se borró de golpe al recordar que había pensado exactamente lo mismo de otra persona hacía muy pocos días. «Chorradas», pensó para sí.

—Es una casa preciosa —declaró Bella cuando Carlisle dio comienzo a la visita guiada.

—Sí que lo es. Y muy cómoda... Te lo digo yo, que vivo aquí durante el invierno —explicó, abriendo una puerta y mostrándole una habitación sobria, con pocos muebles y una gran mecedora al lado de la cama. Bella sonrió al verla, debía de ser típica del pueblo, era idéntica a la de la cabaña—. Este es mi cuarto. Algo espartano, pero no me gustan las cosas recargadas.

—¿Vives aquí en invierno?

—Sí, y cuando Alec viene para los Santos, y la Constitución, también se aloja aquí. —Salió del cuarto y abrió otra puerta.

Indudablemente ésa era la habitación de su hijo. Estaba decorada con pósters de Fernando Alonso, Dani Pedrosa y Alec Iniesta—. Aunque no lo parezca es una casa cálida, —continuó explicando Carlisle a la vez que recorría el pasillo y le iba enseñando las distintas estancias, el cuarto de baño, la cocina, el comedor, el cuarto de estar—. Como está orientada al sur, en invierno no hace tanto frío como en la mía; eso por no hablar de la moderna calefacción y las dos chimeneas —explicó sonriendo.

—Cierto, pero lo malo es que al estar orientada al sur, en verano hará mucho calor —expuso Bella, No todo iban a ser virtudes, ¿no?

—No te creas, el arroyo refresca bastante el ambiente. De todas maneras, los días de mucho calor Edward se va a dormir al monte, así que no creo que le preocupe mucho —comentó, dirigiéndose hacia unas enormes escaleras situadas en un extremo del pasillo.

—¿Al monte?

—Sí, a La Luz —explicó Carlisle, ya en la planta de arriba. Aun lado había una enorme terraza acristalada, al otro una galería con cuatro puertas—. Es un sitio precioso, rodeado de encinas y robles, y muy cerca del río. Por las noches hace hasta un poco de frío.

—Vaya. ¿Y duerme en mitad del monte, en un saco de dormir? ¿No es muy incomodo?

—¡Mamá! ya hemos llegado —escuchó en ese momento la voz de su hijo desde el prado exterior.

Bella se asomó a la ventana, allí estaban los dos. El coche aparcado a un lado del camino y su hijo corriendo risueño hacia la casa.

—¿Dónde está mi ropa? —gritó tan pronto abrió la puerta de casa.

—En el baño.

—¿En cuál?

—Eh... En el de abajo —contestó, gritando, Bella. Por lógica, si había más de un cuarto de baño, los que no había visto tenían que estar en la segunda planta.

—¡Genial! ¡Tío, date prisa o no llegaremos a tiempo para ver salir los cabezudos!

Bella sintió más que escuchó las fuertes pisadas de Edward subiendo las escaleras. Un segundo después estaba frente a ella. Sucio, sudoroso, con el pelo revuelto, la cara tiznada de barro y, absolutamente irresistible.

—Si no me dejas pasar, tu hijo se va a cabrear considerablemente.

—¿Cómo?

—Tengo que ducharme —advirtió Edward, señalando la puerta en la que se había apoyado Bella al verlo aparecer en el rellano.

—Ah, disculpa. —«¿Pero qué coño me pasa?», pensó para sí. Se había quedado mirándolo como una idiota, como si nunca le hubiera visto hecho un zarrapastroso; pero la realidad era que jamás le había visto en su propio hogar. Parecía que la casa y él se complementaban. Ambos eran firmes, fuertes, regios... Se mostraban seguros y a la vez aportaban seguridad. Jamás una casa le había reflejado tanto de la personalidad de su dueño. O quizá no. La cabaña del bosque también mostraba sin lugar a dudas cómo era su amante; sencilla, agradable, inmersa en la naturaleza, firme, segura... «¡Mierda!», su cerebro ya estaba mezclando otra vez a los dos hombres.

—Hija... ¿Estás bien? —preguntó su suegro tomándola del codo.

—Eh, sí, perdona, me he distraído.

—Te comentaba que quizá sería mejor esperar a los muchachos en la cocina —dijo tirando de ella—. Edward tiene la costumbre de salir del cuarto de baño desnudo. Dice que le gusta andar así y que, como es su casa, hace lo que se le antoja —comentó mordiéndose los labios. Su hijo era muy capaz de salir en bolas aunque estuviera Bella en mitad del pasillo.

Nuera y suegro estaban sentados en el comedor cuando se escachó el sonido más atronador, disonante, arrítmico y horroroso que Bella había oído en su vida.

—¿Qué ha sido eso?

—La orquesta del pueblo —respondió Carlisle poniéndose en pie, colocándose bien la visera de la boina y alisando con las manos las arrugas (imaginarias) de la camisa azul y el pantalón negro.

Bella lo miró sorprendida, su suegro nunca había sido un hombre presumido ni coqueto, pero ese día se había puesto de punta en blanco.

—¡Date prisa, tío, que ya suena la orquesta!

Alec bajaba las escaleras a la carrera. Estaba guapísimo. El muchacho más guapo del mundo, según la opinión nada objetiva de su madre. Tenía el pelo todavía mojado y un poco de punta, lo que le daba aspecto de pillo. Vestía unos vaqueros, camisa de rayas y zapatos.

—Líbrame, Señor, de los niños impacientes; que ya me ocupo yo de llevar algodón en los oídos —sentenció Edward, tapándose las orejas. Lo cierto es que la «orquesta» estaba haciendo retumbar los tambores de nuevo.

Bella se quedó obnubilada observándolo bajar las escaleras. Con seguridad, sin mirar los escalones... Vestido con unos vaqueros que no deberían ajustarse tan bien a sus muslos. Llevaba una camisa negra de manga larga remangada hasta los codos y un cinturón con una hebilla enorme de plata, que lo único que conseguía era hacer que su mirada se dirigiera sin oponer resistencia a esa parte de su anatomía. Parpadeó repetidas veces hasta que consiguió levantar la mirada hasta su rostro. Y volvió a quedarse petrificada. La cara morena, los ojos verdes, la nariz importante; el pelo cobrizo, largo hasta la nuca, alborotado y húmedo por la ducha. Era el pecado hecho hombre.

—Hijo, ¿no podías haberte arreglado un poco más? —censuró Carlisle su ropa informal.

—¿Más? —gimió Bella sin darse cuenta.

—¡Mamá! —le pegó un codazo Alec—. ¡Córtate un pelo! —siseó entre dientes. Pero el aviso llegaba tarde. Carlisle la miraba orgulloso y Edward sonreía, engreído.

—¿Nos vamos? —apuntó Bella, dirigiéndose a la puerta sin molestarse en esperar respuesta.

Edward observó ensimismado a Bella. Su trasero se movía cadenciosamente a cada paso que daba. Y, joder, ¡qué manera de moverse! Ella también se había arreglado para la fiesta. Llevaba un vestido blanco de estilo ibicenco, largo hasta los tobillos, con mucho vuelo en la falda y ajustado al pecho. Era una mezcla inocente y sensual. Perfecta para volverle loco.

Los cuatro bajaban la calle casi corriendo en dirección a la iglesia. No muy lejos se oían los tambores, platillos y la percusión de la orquesta avisando que los cabezudos y gigantes ya estaban en la calle. Alec no cesaba de pedirles que se dieran más prisa, mientras el pobre Carlisle resollaba dando fuertes bastonazos en el suelo. Bella iba tras su suegro, atenta a que no le diera un pasmo con tantas prisas, y Edward cerraba la marcha pendiente de cada paso que daba Bella; de la falda blanca semitransparente del vestido y del tanga que estaba seguro que llevaba aunque no podía verlo. Y por eso mismo estaba seguro de que era un tanga, porque si fuera una braguita, se le marcaría... ¿o no?

Bella se quedó estupefacta al ver por fin a los gigantes y cabezudos. O más exactamente a dos personas con zancos y una túnica muy larga encima, que imaginó serían los gigantes, y a otras tres con una enorme caja sobre la cabeza que imitaba los rasgos de la cara. Se giró para mirar a su cuñado.

—¿Estos son los gigantes y cabezudos de los que tanto habla Alec? —Edward asintió, sonriendo.

Bella volvió la vista al frente. Su suegro recuperaba el aliento apoyado en la esquina de una casa, mientras su hijo se alejaba corriendo en dirección a un grupo de chicos. Todos iban bien vestidos y peinados. Se notaba que se habían esmerado en hacer que su aspecto fuera el más adulto posible. Al llegar hasta ellos le dio un abrazo a uno de sus primos, una palmada en la espalda a otro y se quedó parado en seco. Se puso rojo como un tomate y a continuación bajó la cabeza y le dio un rapidísimo beso en los labios a la chica rubia que se había acercado sonriente a él: Jane. Acto seguido el grupo salió corriendo en pos de los dos gigantes y los tres cabezudos. Y no eran los únicos, toda la juventud del pueblo se había reunido, ruidosa, risueña, y estridente.

—No lo entiendo —admitió Bella— ¿Por esto hemos corrido tanto?

—No son los cabezudos los que vuelven loco a Alec, es el ambiente —susurró Edward en su oído—. Siéntelo. Vívelo —ordenó, abrazándola por detrás y depositando un beso en su nuca.

Bella le dio un ligero codazo en el estómago y se apartó de él.

—Qué estupidez—siseó.

Pero no era ninguna estupidez. La gente estaba eufórica. Seguía entre gritos a la orquesta, hablaban unos con otros a voces, de punta a punta de la calle. Los niños corrían divertidos, esquivando a padres y familiares que, francamente, tampoco intentaban contenerlos. Los abuelos se juntaban sonrientes y mostraban su nueva boina, su bastón recién estrenado o sus nuevos tirantes. Las abuelas se juntaban en corrillos y desgranaban con voz chillona lo que hacía y dejaba de hacer cada persona del pueblo. Y entre toda esta marabunta, entre todo el bullicio y escándalo, alguien cogió a Bella por el codo y la introdujo en uno de los grupos de adultos que se agrupaban sobre la cera. Eran sus nuevos amigos, la gente con la que hablaba en el kiosco y La Cueva, con quienes sin apenas darse cuenta había empezado a relacionarse al principio del verano y que, ahora, consideraba buenos amigos.

Charló con ellos, rió, cotilleó, bailó al son atronador de la orquesta y corrió tras los cabezudos con sus zapatos de tacón. Y en ningún momento fue capaz de dejar de sonreír... ni de sentir la presencia de Edward tras ella.

Los cabezudos se detuvieron al llegar a la plaza del Ayuntamiento. Había llegado la hora del pregón. El tío Sam, actual alcalde del pueblo, contó maravillas que nadie entendió, pues su voz no conseguía imponerse a las risas y conversaciones de los que en la plaza se reunían ni a los gritos alborotados de los niños jugando en el pilón de la Fuente Nueva.

Edward aguantaba estoicamente. O al menos, eso pensaba él. Lo cierto era que, desde que Bella se había mezclado con la gente que seguía a los cabezudos, la cara le había cambiado. Sus rasgos, normalmente distendidos y relajados, habían dado paso a un ceño muy fruncido, unos ojos entornados y unos labios apretados en una sonrisa rígida. Cada año disfrutaba del día de la Víspera, le encantaba reunirse con sus conocidos en la plaza del Ayuntamiento y conversar con ellos mientras el tío Sam se esforzaba por hacerse oír en un discurso que a nadie interesaba. Pero ese año no era así. Ese año estaba furioso. Todos y cada uno de sus amigos solteros habían abrazado a Bella, le habían dado un par de besos en la mejilla y la habían intentado mantener a su lado. Claro, que ninguno lo había conseguido porque siempre había algún rival pendiente de ella. No era que en el pueblo no hubiera mujeres solteras, las había, muchas y muy guapas, pero Bella era la novedad. Y él estaba hasta los mismos cojones de tanta tontería. Apretando más los labios, se acercó hasta donde estaban decidido a ocuparse personalmente de la incómoda situación.

—¿Vendrás al baile esta noche? —preguntaba uno de ellos.

—No lo sé, la verdad. Llevamos unos días tremendos con la recogida y estoy agotada.

—Bueno, bueno, ya dormirás mañana. ¡Hoy toca baile! —aseguraba otro.

—La orquesta empezará a tocar a las diez, llenes el tiempo justo de cenar y bajar a la Soledad —apunto Emmett, abriéndose paso entre la gente.

—Joder, ¡el que faltaba! —siseó Edward entre dientes.

—¿Qué orquesta? —preguntó Bella, mirando con recelo a los músicos que seguían dándole a los tambores, timbales y platillos.

—No sé, la que haya contratado el alcalde —contestó Emmett—. O su sustituto —apuntó irónico mirando a Edward—. Sea la que sea, no te preocupes, en cuanto empecemos a bailar te olvidarás de la música —afirmó mirándola fijamente a los labios.

—¡Se acabó! —exclamó Edward muy, pero que muy enfadado.

Bella se giró hacia él, alucinada por su estallido, pero no le dio tiempo a decir «esta boca es mía». Edward la cogió en brazos, sin apenas esfuerzo, y comenzó a anclar con fuertes y seguras zancadas, apartando a codazos a la gente si era preciso.

—¿Qué estás haciendo? ¡Suéltame ahora mismo! —siseó ella en su oído, agarrándose con fuerza a su nuca debido a los bandazos y empujones de la gente que les rodeaba. Comprobó estupefacta que incluso algunos tenían el descaro de palmear a Edward en la espalda, como si estuviera realizando una gran hazaña—. ¡Suéltame! —gritó intentando golpearle con los pies descalzos, ya que había perdido los zapatos.

—No. —Fue la única respuesta que obtuvo de su cuñado.

—¿Pero qué?

No le dio tiempo a terminar la frase, Edward subió de un salto al pilón de la Fuente Nueva, la miró fijamente a los ojos y, sin desviar la mirada, se dejó caer.

—¡Qué coño estás hac...! —empezó a gritar Bella un segundo antes de que él se arrodillara en mitad del pilón y la sumergiera por completo en el agua.

Y estaba helada. Tan helada como el agua del río. Como si en vez de agua fuera hielo. Los ojos se le cerraron de golpe al igual que la boca. Los pezones se endurecieron debido al frío, la carne se le puso de gallina. Cuando Edward se puso en pie, todavía con ella en brazos, estaba tan asombrada que no atinó a decir nada; aunque tampoco hubiera podido hablar de haber sabido qué decir, porque en el mismo momento en que el aire entró de nuevo por su garganta, Edward pegó sus labios a los de ella y le dio un beso abrasador. Todo el frío que había sentido se convirtió en fuego recorriendo sus venas. Se perdió en su sabor, en su tacto, en su aroma. Abrió los labios para él y sintió su lengua caliente y húmeda abrazarse a la suya. Succionarla. Pegarse a ella, moverse contra ella. Todo dejó de existir a su alrededor, o casi todo. Porque sin saber de dónde, a sus oídos llegaron sonidos. Gente hablando, riendo, susurrando y, por encima de todo, la voz de pito del tío Sam narrando las virtudes de las tradiciones y lo bonito que era que los jóvenes de hoy en día siguieran demostrando su amor tirando a sus amadas a la Fuente Nueva. Abrió los ojos asustada por lo que estaba ocurriendo, en teoría, sin su consentimiento. Apartó a Edward de un empujón y salió a trompicones del pilón.

Una vez en tierra firme miró a su alrededor. El pueblo entero, todos y cada uno de sus habitantes, estaban observando la escena. Algunos sonrientes, los más, divertidos; unos pocos con cara de decepción y, Emmett, con pinta de estar muy, pero que muy enfadado. Giró la cabeza y buscó a Edward. Seguía en mitad de la fuente, con la camisa empapada pegándose a sus pectorales, los brazos relajados a los costados y una sonrisa de suficiencia en los labios.

—¡Estás loco! —Fue lo único que se le ocurrió gritar.

—No —contestó él sin dejar de mirarla muy atentamente, como esperando su reacción...

—¡¿Por qué has hecho eso?! —le increpó, pero en esta ocasión no fue Edward quien contestó.

—Es la tradición. —Bella se giró estupefacta al oír la voz de su suegro.

—Ahora todos saben que Edward te pretende. El honor les obliga a dejarte tranquila —apostilló el alcalde desde el balcón del ayuntamiento.

—¿¡Qué!? Estáis todos locos... —miró a Edward, esperando que negara todas esas tonterías, pero estaba muy ocupado... desabrochándose la camisa—. ¿Qué estás haciendo?

—Quitándome la camisa —explicó lo obvio.

—¿Por alguna otra tradición estúpida? —preguntó, con lo que esperaba fuera un tono burlón—. ¿Ahora qué? ¿Te vas a desnudar y dar de latigazos en la espalda para demostrarme tu amor? —Bella notó que su voz sonaba más aguda de lo normal. ¿Estaba perdiendo los nervios? No, ella jamás se ponía histérica—. ¡Ponte esa camisa ahora mismo! —gritó cuando Edward se la quitó—. ¡Pero ya! Ah, no... No te acerques. No se te ocurra acercarte... ¡¿Por qué coño no te pones la puta camisa?!

—Tu vestido mojado se transparenta —explicó tendiéndole la prenda mojada.

—¡Qué! —Bella miró hacia abajo. Sus pezones se veían rosados bajo la tela del vestido. Miró a Edward. Éste observaba al resto de los hombres del pueblo como si los quisiera matar por mirar lo que sólo le pertenecía a él.

—Toma hijita, ponte mi camisa, está seca —Acudió a ella su salvador. Carlisle. Su suegro. El hombre más atento, amable y agradable del mundo. Y también el único hombre del pueblo que estaba (des)vestido con una camiseta interior el día de la víspera.

Bella se la arrebató de las manos y se la puso rápidamente. Cuando se hubo abrochado los botones —todos menos uno que no casaba con ningún agujero—, miró de nuevo a su alrededor. Edward ya había salido de la fuente y se estaba poniendo otra vez la camisa. El resto de la gente o se estaba dispersando, pensando que todo había terminado, o esperaba pacientemente que continuara el espectáculo. Bella concedió su deseo al segundo grupo.

—¡Parece mentira! —exclamó—. Ninguno de vosotros, mirones inútiles, ha tenido la educación ni la decencia de darme algo con lo que cubrirme.

—Ejem —carraspeó Edward.

—¡Tú no cuentas! ¡Me has tirado al pilón! ¡¿Cómo has sido capaz?! Jodido estúpido de mierda. ¿Qué coño pretendías? Imbécil. Idiota. Animal. Eres un puto salvaje estancado en la jodida edad media.

—Hija, creo que deberíamos ir a casa, tienes que cambiarte, te vas a quedar helada —musitó su suegro asiéndola del codo.

—Sí, vayámonos a casa —contestó Bella, aturdida, incapaz de creer que ella, una persona seria y cabal, estuviera dando ese espectáculo— ¡Cómo te vuelvas a acercar a mí te arranco los huevos! —advirtió a Edward un segundo antes de darse la vuelta muy dignamente, o al menos todo lo dignamente que podía hacerlo una mujer descalza, empapada de pies a cabeza, con un vestido transparente y escasamente tapada con la camisa azul de un anciano.

—Parece que no se lo ha tomado muy bien, primo —comentó Emmett, burlón.

—No te preocupes, Edward —dijo uno de los hombres allí reunidos—. Mi mujer reaccionó todavía peor y este año celebramos nuestras bodas de plata.

—Sí, lo importante es que has dejado clara tu postura —afirmó un jovenzuelo de la pandilla de su sobrino—, así nadie más irá a por ella.

—No parece que mamá esté de acuerdo con esto —comentó Alec, mirando a su tío alucinado.

—Sí, bueno, a muchas mujeres no les parece bien, pero en el fondo se sienten halagadas —comentó un hombre, con pinta de entender mucho del tema en cuestión—. La tía Irina estuvo un año lanzándole castañas al tío Laurent cada vez que pasaba por delante de su ventana... Y míralos ahora, ya tienen bisnietos.

—Son cosas de chicas, ya sabes, se tienen que hacer las duras para que nosotros nos comamos más el coco y todo eso, pero en el fondo les gusta —afirmó otro amigo de Alec.

—Sí —asintió Edward—, pero muy, muy en el fondo —admitió para sí.

—Vamos muchacho, anímate —le susurró al oído su tío Sam, el alcalde, que había bajado para poder asistir al «espectáculo» en primera fila—. Ya era hora de que marcaras tu terreno, al fin y al cabo llevas años enamorado de ella.

—¿Lo sabes? —preguntó Edward estupefacto. Jamás había dicho nada a nadie.

—A tu padre le gusta mucho mi orujo de hierbas —comentó el anciano sonriendo—, y a veces a mí se me va la mano poniendo copas...

—¿Me estás diciendo que has emborrachado a mi padre?

—No. En absoluto. Pero algunas noches hace mucho frío, y estos viejos huesos necesitan un poco de calor extra —comentó el alcalde como si nada.

Edward comprendió de golpe que todas aquellas noches de invierno que su padre llamaba avisando que la partida se iba a alargar y se quedaría en casa del alcalde a dormir, no era exactamente la partida lo que se alargaba.

—Vamos muchacho —le dio una fuerte palmada en la espalda—. Me parece que la fuente te ha dejado los huevos helados. Te invito a un orujo.

Edward miró a su tío, intentando dilucidar si había entendido bien.

—Vamos, no te quedes ahí parado. No querrás que Bella piense que los tienes pequeños.

—Joder con los viejos —siseó Edward, acompañando a su anciano y avispado tío.


AL FIN! La pobre Bella esta confundidisima, pero en el fondo de su corazón sabe la verdad y no la quiere aceptar. Bueno, ya ven lo que el loquito de mi Ed hace por su Bella, mira que te avienten a una fuente y con el agua helada, JODER!

Mini adelanto:

Bella obedeció y un segundo después sintió una de esas cosas redondas presionar contra la entrada de su vagina hasta penetrar en ella.

Ahhh.

Sin apenas darle tiempo para recuperarse, una segunda cosa penetró en ella introduciendo la primera más profundamente. Si no estaba equivocada, él acababa de introducirle unas bolas chinas. Sopesó entre gemidos la nueva sensación. Era... estimulante. Mucho. Se sentía henchida, húmeda, excitada; a punto de correrse. Jadeó cuando el pulgar del hombre se posó sobre su clítoris y comenzó a jugar con él a la vez que el anular y el corazón presionaban la segunda bola introducida en su vagina. Las piernas le volvieron a temblar y sus pulmones se quedaron sin aire.

Te gusta. —No era una pregunta.

Sí... —jadeó Bella.

¿Qué te parece si me bajo los pantalones y te follo ahora mismo? —preguntó, apretando su erección contra el delicado trasero.

Sí...

Lucerito!