Capítulo 10
Me aferré a ella mientras la noche se transformaba en día, le acaricié la espalda de arriba abajo mientras dormía, poco dispuesto a romper el contacto físico. Dejarme llevar por lo que contenía mi corazón era un patético intento de mantener aquel estado ideal, porque la amaba con toda mi alma.
Pero ahora tenía algo muy valioso que perder, y esa cruda realidad me aterraba por completo.
Así que, por fin, habíamos encontrado nuestro camino juntos, alineamos nuestros cuerpos, encajamos y nos amamos. Y había sentido lo que siempre imaginé que sentiría, aunque al mismo tiempo no era así, no había una descripción sencilla para lo que habíamos hecho esa primera noche en aquella mansión campestre en la costa de Somerset.
Habíamos llegado mucho más allá de lo que se llegaba en un primer polvo. Mucho, mucho más lejos.
Había esperado tanto tiempo por Temari que casi había perdido la razón. A veces, cualquier clase de moderación sale volando por la ventana en un instante. Sin embargo, ella había estado a mi nivel durante toda la noche, y jamás quedó sin satisfacer mi necesidad de poseerla. Al parecer mi hermosa chica me amaba de verdad. No sé cómo ni por qué, pero lo aceptaba como el milagro que era.
Abrí los ojos en algún momento y vi el verde azulado de los suyos, que me miraban en silencio, inclinada sobre mí. Cubría la mitad de mi cuerpo con el suyo; una pierna sobre las mías, la palma en mi pecho y la cara muy cerca.
—Despierta, despierta —ronroneó.
Que usara las mismas palabras que había usado yo para despertarla la primera noche que durmió en mi cama me hizo sonreír. Le gustaba tomarme el pelo y eso me encantaba.
—Oh, es el mejor despertar que puedo recordar. ¿Podemos despertar así todas las mañanas?
Ella sonrió y se sonrojó, haciéndome sentir una excitación instantánea que provocó la necesidad de poseerla, una vez más, de la manera más instintiva y primitiva. Sin embargo, me limité a besarla.
Tenía que estar agotada. No habíamos hecho nada más que follar y dormir, con algunas pausas ocasionales para bañarnos y beber... Había sido una larga noche.
Interrumpí el beso para acariciar su rostro y dibujé sus labios con un dedo.
—¿Qué tal te sientes hoy, preciosa?
—Me siento amada por ti —repuso con timidez.
Aquella simple y ruborizada respuesta fue suficiente para hacer que estirara el brazo en busca de la caja de condones.
—Jamás será suficiente. —Me enfundé uno y en un tiempo récord estaba saboreando de nuevo sus tetas.
Ella se arqueó, gimiendo y haciéndome saber que le gustaba lo que le estaba haciendo. La puse sobre mí y deslicé una mano entre sus piernas para comprobar que estaba preparada para mí.
Lo estaba.
Mi preciosa chica estaba mojada y más que preparada para que la follara. Una vez más. Quizá era ella la que me estaba follando a mí, pero fuera como fuera, era correcto... Era lo que deseábamos.
Ahuequé las manos bajo sus nalgas y la alcé sobre mi erección. Ella se movió buscando la posición adecuada y luego se dejó caer, empalándose sobre mi miembro.
—¡Dios, sí! —grité. Me pregunté si la pobre gente que vivía allí se habría mantenido despierta durante toda la noche por culpa del ruido. Sabía que habíamos sido ruidosos.
Estaba tan ensimismado en mi chica que el resto del mundo no existía, y no me importaba en absoluto si estábamos molestando a alguien. Sencillamente, no me importaba nadie más que nosotros.
Me cabalgó como una experta, alzando sus caderas una y otra vez en un movimiento de rotación que me llevó al éxtasis en un intervalo de tiempo muy corto. Cuando supe que ella me acompañaba, me dejé llevar por el clímax. Mi sunshine girl alcanzó la cima primero. Esa era la regla: que ella se corriera en primer lugar.
—Ahhh... ¡ya llego! —susurró mientras me arrastraba con ella. Noté que se le empañaban los ojos cuando se vio superada por los estremecimientos.
«¡Joder, gracias a Dios!».
La seguí en cuestión de segundos sin apartar las manos de sus caderas, clavándome repetidas veces antes de derramarme en su interior.
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—No sé qué es más hermoso, esta vista o la que hay desde nuestra suite —anunció en el desayuno.
Habíamos conseguido salir de la cama milagrosamente y bajar a desayunar. Después de aquel polvo matutino, nos duchamos juntos e incluso nos las apañamos para vestirnos de manera correcta para alternar con la gente. Creo que lo conseguimos gracias a la necesidad de nutrientes. Los cuerpos no pueden follar durante horas sin algo que les proporcione energía... Sin embargo, lo consideré el mejor experimento posible. No pude pensar en ninguna queja mientras la veía sentada al otro lado de la mesa dando buena cuenta de la taza de té y el bollo. Mi única distracción la supuso el largo rizo que cubría su pecho izquierdo y me ocultaba la vista. Mi mente comenzó a jugar a «recordemos el pecho de Temari desnudo» y pensé que, sin duda, mi chica poseía un par de tetas de infarto.
Sí, no era más que un hombre y no podía evitar pensarlo.
—¿En qué estás pensando, Naruto? —Temari interrumpió mis divagaciones interiores.
Alcé la mirada y vi su sonrisa de satisfacción; supe que estaba pillado y bien pillado.
—En algo que no es demasiado apropiado para la hora del desayuno.
—Lo sabía —se rio.
—¡Es culpa tuya, cariño! —aseguré—. Tengo que llevarte a un lugar privado donde pueda mostrarte qué es lo que tenía en mente. —Bajé el tono de voz antes de seguir. Después de que te quite la ropa —susurré solo para sus oídos.
—Ah, ya entiendo por donde van los tiros. Estás tratando de llevarme de nuevo a la cama, pero deberías saber que esa es una causa perdida, señorito.
—¿De veras? —Hice un puchero.
Ella volvió a reírse de mi, pero no dijo nada.
—Bueno, hoy hace buen día, así que quizá te apetezca un polvo campestre. —Le guiñé un ojo—. Estoy dispuesto a jugar contigo, nena, me encanta tomar el sol en el campo.
Ella movió la cabeza al tiempo que se sonrojaba. Aquello hizo estragos en mis entrañas. Había algo poderoso en la timidez que Temari mostraba conmigo, en la manera que se sonrojaba cuando mencionaba aquellas picardías. Aquel rubor rosado que aparecía en su piel cuando pensaba en todas las lujuriosas cosas que habíamos hecho juntos era, definitivamente, kriptonita para mí. .
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El día era tan perfecto como todo lo demás. Las iridiscentes libélulas azules revoloteaban sobre el agua, zumbaban a nuestro alrededor e, incluso a veces, se posaban en la superficie del lago. El aire fresco se mezclaba con el aroma de su pelo, consolando mis atormentados sentidos hasta el punto de que podría admitir, con sinceridad, que lo que nos rodeaba estaba lleno de encanto. Era mi primera vez. Jamás había conocido antes esa sensación.
Temari se recostó sobre mi pecho en el pequeño bote de remos verde y blanco en el que surcábamos el lago Leticia, una serpenteante y pintoresca laguna situada en la propiedad Hallborough. De nuevo aparecieron en mi mente algunas de esas miniseries de la BBC que tanto le gustaban a mi abuela cuando yo era un niño, esas en las que aparecían amantes de otras épocas, sin nada mejor que hacer que flotar en un lago, robándose besos elegantemente vestidos y llenándose de halagos.
Tenía que confesar que no era tan malo. De hecho, me encantaba.
—A mi madre le encantaría esto —comentó ella, deslizando la mano por el agua—. Siempre le han chiflado las casas y los jardines antiguos.
—A mi abuela también. —Me sorprendió haberla mencionado. La abuela era un tema tabú del que jamás hablaba. Con Temari era diferente, por supuesto; podría compartirlo con ella, pero no era algo que me apeteciera hacer. Era pensar en mi abuela y desear haber podido llevarla de vacaciones a un lugar muy parecido a ese. Le habrían encantado esos jardines, las vistas del océano, la mansión campestre con todas sus habitaciones. Jamás había tenido la oportunidad de ir con ella a un lugar bonito ni de hacer algo especial por...
—Viviste con tu abuela antes de mudarte a Inglaterra cuando tenías diecisiete años, ¿verdad? —me preguntó ella desde el otro lado de la embarcación, interrumpiendo todas aquellas recriminaciones por un pasado que no podía cambiar.
—Sí. En Glasgow.
—Sabía que eras escocés porque Gaara te llamaba Scotty cuando erais pequeños.
—Dejó de hacerlo cuando crecimos y me volví más grande que él, ¿verdad?
Ella se rio.
—Me acuerdo de esa época. Gaara se sintió muy decepcionado al ver que le sobrepasabas en altura.
—Pero si son apenas unos centímetros. Tu hermano a veces es un idiota.
—No voy a discutírtelo. Venga, no cambies de tema, ¿qué le ocurrió a tu madre? —preguntó con suavidad, como si estuviera siendo amable por si acaso la pregunta me entristecía.
Le froté el brazo para tranquilizarla.
—Me tuvo cuando era muy joven... apenas dieciséis años. Mi padre estudiaba en la universidad de Glasgow cuando la conoció y la dejó embarazada. Él nos abandonó cuando se lo contó, yo no entraba en sus planes. Uzumaki es el apellido de mi madre, no de mi padre.
—Entonces, ¿vivías en Escocia con tu madre y tu abuela? —Temari dejó de mirar el agua y clavó los ojos en mí.
—En efecto. Mi abuela se hizo cargo de nosotros y luego se encargó de mí, cuando mi madre murió. Sí... fue muy triste. —Temari retiró la mano del agua y la volvió a poner sobre mí. Ella esperaba que le hablara de mi pasado y pensé que no habría mejor momento que el presente. Ocultarlo no serviría de nada y estaba deseando compartirlo con ella. Quería saber si podíamos superar también esa etapa.
—Cuando yo tenía diez años, mi madre y su novio se mataron en un accidente de coche al regresar borrachos de un pub. Se salieron de la carretera por culpa de la lluvia y acabaron en una zanja inundada.
—¡Oh, es horrible!
—Mi madre nunca fue la madre típica. Me tuvo cuando apenas era una niña y creo que jamás fue capaz de superar el hecho de que mi padre la rechazara y que no quisiera tener nada que ver con nosotros. Acababa de cumplir veintiséis años cuando falleció. Y por lo que pude comprobar, siempre tuvo un gusto horrible para elegir a los hombres... —Interrumpí mi triste historia en ese momento, esperando no tener que decir mucho más. Quería disfrutar de nuestro tiempo allí, no perderlo en pesares inútiles por situaciones que no podía cambiar. Pasear por el pasado no iba a servir de nada; había aprendido a vivir el presente y el futuro. Era la única manera de sobrevivir.
Temari se volvió hacia mí y se apoyó en mi pecho para mirarme.
—No sabía nada de tu familia. Lo lamento.
—¿Por qué lo lamentas?
—Por ti, por el miedo que debió de suponer para un niño tan pequeño la pérdida de su madre y, más tarde, de su abuela. Sabía que te había ocurrido algo malo, pero no conocía la historia completa. Lamento mucho las pérdidas que sufriste.
Compartí más con ella porque era abierta y amable con sus sentimientos y quería que supiera más cosas sobre mí. De hecho, fue la primera vez que sentí deseos de hablar sobre mi vida; sabía que podía confiar en ella.
—Mi abuela era encantadora... y, si soy completamente honesto, es la que realmente me crió. Mi madre, como ya te he dicho, no estaba preparada para tener un hijo y, aunque atesoro dulces recuerdos de ella, no tuvimos la típica relación madre-hijo. Lo peor de todo fue ver morir a mi abuela de cáncer cuando tenía diecisiete años, fue un golpe horrible. Devastador... y hubo muy poco tiempo para arreglarlo todo antes de que falleciera.
—¿Tuviste que dejar Escocia? —Encontró mi mano y entrelazó nuestros dedos al tiempo que me acariciaba con el pulgar.
—Sí. Resultó evidente que tendría que trasladarme a vivir con mi padre en cuanto las condiciones de mi abuela fueran terminales. No había nadie más.
Llevó mi mano a sus labios y la mantuvo allí.
—Era una solución que no satisfacía a nadie. Yo no estaba por la labor de dejar mi casa, no me veía con fuerzas para abandonar a mi abuela para que muriera sola. Tampoco deseaba irme a vivir con un padre al que no conocía y que no me quería más de lo que yo le quería a él.
Temari apretó mi mano con más fuerza.
—Mi padre estaba casado y su mujer no me quería en Inglaterra, arruinando su perfecta vida familiar. Provocaba demasiadas preguntas y destruía la imagen de respetabilidad que había conseguido. Tenían un hijo de tres años, Sam; él era realmente su hijo.
—Por lo tanto, viniste a vivir con tu padre. ¿Fue entonces cuando nos conocimos? —preguntó en voz baja.
—Sí, pero yo no lo hice fácil para nadie. En cuanto llegué a casa de mi padre y me di cuenta de cómo iban a ser las cosas con mi nueva familia, me escapé. Hice autostop para regresar a Escocia. Les llevó mucho tiempo, pero me acabaron encontrando en el garaje de mi abuela, donde estaba viviendo. Después de eso, mi padre me inscribió en un internado, de Londres, para que no tuviera que vivir con ellos. A fin de cuentas, nuestros apellidos eran diferentes y nadie sabía que éramos padre e hijo. Yo solo era un niño más en un internado donde la gente envía a los niños para fingir que no existen.
Temari se mantuvo un rato en silencio, acariciándome la mano con los labios mientras asimilaba lo que le había contado. Cuando por fin habló, su tono era neutro, como si estuviera haciendo una confesión.
—Siempre he odiado a tu familia. Jamás los he conocido, pero les he odiado siempre por la manera en que te trataban.
Dios mío, la amaba.
—Siempre he sabido que odiabas a mi familia, sunshine girl. Sin embargo, es una de las cosas que hacen que te ame más.
—Pero quizá no debería odiarlos, porque si no hubieran sido tan horribles contigo, es posible que jamás nos hubiéramos conocido. Que Gaara no se hubiera hecho amigo tuyo y que no te hubiera traído a casa. —Se inclinó buscando mis labios para besarlos.
Me aferré a ella como a un salvavidas.
—Siempre he pensado que tu familia me salvó la vida —susurré, sosteniendo su cara.
—¿Cómo es posible? —Pude ver lágrimas en sus ojos y supe que le dolería escuchar aquella horrible mierda. Tuve la esperanza de que fuera la última vez que tuviéramos que tocar ese tema. Temari era solo una parte de las cosas buenas que me habían ocurrido en la vida. Era la luz en la oscuridad. Me sentí aliviado al darme cuenta de que lo había dejado atrás, de que mi triste pasado ya no tendría importancia nunca más.
—Lo conseguisteis al quererme. No sé por qué lo hicisteis, pero sé que eso me salvó. Tú y tu familia me salvasteis.
Ella asintió con la cabeza y dejó escapar un sollozo.
—Te amé desde el principio, y siempre lo haré. —Comenzó a mover la mano, frotando el punto bajo el que mi corazón bombeaba la sangre, mostrándome la verdad que ocultaban aquellas adorables palabras.
—Pero no quiero pensar en lo malo. Por favor, por mí, no pienses en eso; todo ha terminado y ahora no importa. Sobreviví gracias a ti y, más importante, ahora te tengo. Eres mía. —Sonreí—. Eso es lo único que necesito. —La besé durante un buen rato.
Me aferré a ella. La estreché contra mi corazón en aquel pequeño bote de remos que flotaba en ese idílico lago, en aquella magnífica propiedad inglesa que parecía salida de una novela de Dickens. Allí supe, por primera vez en mi vida adulta, lo que era sentir felicidad absoluta.
Toda la tristeza del pasado, aquellas jodidas vivencias, estaban ahora muy lejos; allí donde pertenecían. El futuro que viviríamos juntos se extendía ante nosotros... O eso pensé.
No existen palabras que puedan hacer justicia a lo que compartí con Temari en aquel lugar especial, pero lo significaron todo para mí. Sin duda no fui capaz de expresar lo que me suponía saber que ella siempre me había amado y que lo hacía solo porque... Porque lo hacía. No había ninguna otra razón más que entender que había llegado a mí porque así lo había elegido su corazón. Fue un milagro. No podía racionalizarlo y ni siquiera quería intentar averiguar por qué los hechos se habían combinado de esa manera en nuestro caso.
Tomé la decisión de creer que el destino había tomado el camino correcto, y punto. No me preguntaría cómo ni por qué nunca más, me limitaría a aceptar el regalo que me había hecho la vida al ofrecerme a Temari.
Atesoré el recuerdo de ese tiempo que pasé con ella, y lo guardé a salvo en mi interior, donde podía volver a recrearlo cada vez que lo necesitara; algo que haría muchas veces durante los diez meses que tendríamos que estar separados.
Y ese momento se acercaba a pasos agigantados. Ocurriría demasiado pronto.
