CAPÍTULO XXIV
Mariah se encontraba platicando con Candy mientras preparaban una improvisada merienda. Anisha y Nicholas estaban en la biblioteca, leyendo cuentos. Charles y Terry, charlaban en la sala, con expresión seria:
- Sólo estaré presente el día del estreno, Charly. Mi hija requiere toda mi atención en este momento, por lo que me veo obligado a actuar de forma intermitente. Apelo a tu comprensión – entrelazó sus manos, observando el piso.
- Ni que lo digas, Terry. Has demostrado tu capacidad de manera sorprendente. No te molestes en estar en los ensayos. Concéntrate en Nicky y mantenme al tanto de lo que necesiten – sonrió amistosamente.
- Hay algo que necesito preguntarte, Charles: ¿quién escogió esa casa en la que viviríamos mi familia y yo? – la mirada del inglés se había ensombrecido.
- ¿Hay algún problema en ella? – su socio se recargó en el respaldo del sillón.
- Desde que llegamos ahí, han sucedido cosas que han influido en nuestro ánimo, particularmente en mi pequeña, como ya te lo había dicho anteriormente; hoy tuvimos la visita de un policía, a quien encontré merodeando por los alrededores de mi residencia. Para ser exactos, frente a esa casa abandonada, de la que terminó contándome sobre los espantosos sucesos que sucedieron hace algunos años atrás. Lo que quiero que me expliques, es, ¿por qué accediste a que viviéramos en un ambiente tan peligroso como ese, a sabiendas de que no era un buen lugar para vivir? – la pregunta desconcertó a su interlocutor.
- No sé de qué me hablas, Terry.
- En esa casa contigua, la que está abandonada, hubo una tragedia hace varios años: un enfrentamiento entre una banda de criminales y la policía, que resultó en una serie de muertos, entre los que se incluía una persona que me ocasionó bastantes problemas personales; seguramente la conociste, Susana Marlowe, quien fue una de las delincuentes aprehendidas en ese incidente y que murió en una situación muy inquietante que implica al mismo padre Folsom. No puedo creer que no lo sabías, Charles – le reprochó sutilmente el actor. Éste no pudo evitar expresar su sorpresa al oír aquel nombre.
- ¿Susana Marlowe? ¿El reverendo Folsom?, ¡Dios mío! No tenía idea de lo que había pasado ahí. Me ofendes, Terrence. Jamás hubiese permitido que vivieran cerca de un lugar como ese. Fue la compañía de bienes y raíces con la que he hecho negocios toda mi vida, en Londres, la que me ayudó a escoger esa casa. Nunca me comentaron algo al respecto, y puedo meter las manos al fuego por ellos. Son muy profesionales y dudo que se prestaran a una broma de ese tipo. De hecho, ellos propusieron las mejores opciones, sabiendo que vivirías aquí – se defendió el hombre.
- Entonces, necesito que me expliques cómo es posible que haya habido un incidente de esa magnitud, y que jamás se haya enterado ninguno de ustedes. ¿Acaso la policía lo ocultó? – preguntó sarcástico ante un contrariado Charles.
- En ese caso, iré personalmente con mis asesores inmobiliarios y la misma policía, para aclarar ese caso. Lo que me cuentas es bastante fuerte, como para dejarlo pasar. Créeme, Terry, que de haberlo sabido, yo hubiese sido el primero en rechazar semejante oferta. Ahora bien, ¿cómo es que el padre Folsom no me mencionó jamás algo al respecto? Le conozco desde hace mucho tiempo – su amigo murmuró más para sí que para su interlocutor.
- Tal vez su investidura se lo impidió. En todo caso, no quise ofenderte, Charly. Discúlpame, estoy bastante estresado – Terry se levantó y le hizo una señal de que continuarían hablando después, puesto que la mesa ya estaba servida y les esperaban para comer.
Intentaron pasar un buen rato al lado de Nicholas y Anisha. La tarde pasó rápidamente entre conversaciones lo cual hizo un poco más placentero el resto de la tarde.
Durante el trayecto, Terry trató de disculparse:
- Candy, yo… sigo un poco molesto contigo. No puede ser que a pesar de haber prometido que me apoyarías en esto, sigas ocultándome las cosas y tenga que enterarme de la realidad, en los momentos menos oportunos. ¿Por qué no me tienes confianza? – su voz reflejaba un poco de decepción, aunque era lo más ecuánime posible, con el objetivo de evitar una confrontación.
- ¡Perdóname! Tienes razón, siempre intento hacer las cosas por mí misma, con tal de no ocasionarte problemas, pero ahora, todo ha escapado a mi control. ¡Siento que voy a desfallecer! ¡Me siento perdida! – Candy gritó desesperada, con el puño de su mano contraído y la mirada de impotencia perdida en algún punto perdido.
Se estacionó momentáneamente a un lado de la calle por la que circulaban y la abrazó, en un intento por tranquilizarla.
- Eso es porque has decidido cargar con todo esto, tú sola, pecosa. Nunca cambiarás – la reprimió dulcemente, mientras acariciaba su cabeza.
- Creí que esto podría manejarlo por mí misma, pero tarde me doy cuenta de mi error. ¡No puedo soportar la idea de que mi hija me odie!, ¡no lo aguanto más! – dijo ella, con palabras entrecortadas.
- No sé qué pensar de todo esto, mi amor. Era una excelente oportunidad para pasarla bien juntos, y también he pensado que me dejé llevar por mi egoísmo, al aceptar traerlos a Londres, a pesar de que mi hija no estaba de acuerdo, Sin embargo, no quiero pensar que estoy enloqueciendo, pero simplemente, no comprendo todo esto: Susana, esa desconocida hija, sus nexos criminales y ahora, hasta situaciones burdas que implican fantasmas y exorcismos, donde, ¡inclusive el padre Folsom está involucrado! ¡Es completamente insulso, lunático! – exclamó Terry.
- No sé qué pensar. Todo esto ha afectado a nuestra hija. Nunca había visto un caso como el suyo. Es como si su entorno cambiara radicalmente. Hay veces en que debo contener mi miedo, además, hay algo que debes saber – la rubia apretó el labio inferior, como síntoma de indecisión sobre lo que estaba a punto de decir.
- ¿Es algo serio, Candy? – preguntó ansioso.
- El policía. Tiene razón en sospechar de mi hija – las lágrimas asomaron nuevamente a sus ojos.
- ¿Qué tontería estás diciendo? – el actor apretó con fuerza el volante.
- Esa tarde, después de lo que sucedió en el consultorio del doctor Jaffrey, fuimos a ver al padre Folsom. Nicky despertó cuando nos acercamos a la iglesia, y, ¡oh, cielos!, ¡Quisiera que todo esto fuese una pesadilla! La niña regresó con el rostro de burla, como si hubiese hecho una travesura – su esposa le dejó atónito, al narrarle los detalles de la visita.
- ¿No lo estarás imaginando y reaccionas así porque ella se ha alejado de tu lado? – inquirió Terry y su esposa apretó los puños, dejando de lado su pena al oír aquello.
- Algo dentro de mí me dice que fue ella. Sé que el reverendo no lo pasó por alto – argumentó ella.
- ¡Tenemos que hablar con él, Candy! ¡Necesito conocer la verdad sobre Susana! – en ese instante, un fuerte viento arrastró las hojas secas que se hallaban cerca de ellos.
- ¡Quiero saber primero, cómo está mi hija! – exigió Candy, presa de la ansiedad.
Retomaron el camino rumbo al hospital. Al llegar, se percataron de que su hija no se encontraba en la habitación de siempre. Corrieron, preocupados, a la recepción:
- ¿Son los padres de Nicole Grandchester? – preguntó agitadamente la enfermera que había salido a recibirles.
- ¿Ha sucedido algo? – Candy sintió que de repente, todo le daba vueltas.
- Ha tenido una crisis. El doctor Pavlov les está esperando. Síganme por favor – la mujer caminó desesperadamente, con ellos detrás, pisándole los talones.
Al llegar al despacho, les sorprendió ver al profesional reunido con otros doctores. Todos tenían los semblantes serios.
- Buenas tardes señores. Me llamo Jonathan Pavlov, soy el psiquiatra asignado al caso de su hija. Tenemos que hablar – extendió la mano y les invitó a sentarse.
La pareja se tomó de las manos y escuchó con atención.
Jack Walker se encontraba solo en su departamento, con una pila de documentos desparramados sobre el austero escritorio metálico y de apariencia antigua. Una taza de café tibio yacía en una de las esquinas junto a un cenicero repleto de cigarros.
El policía tenía las manos en la cabeza, mientras tiraba suavemente del cabello, en un momento de análisis. Tenía en su poder los antecedentes del caso Gaskell y había decidido pasar ese fin de semana releyéndolo de nuevo, para relacionar los nexos de la reciente profanación religiosa en Londres y lo acontecido en la casa contigua a la del famoso actor Terrence Grandchester y su familia.
"Ahora, su hija está en medio de todo esto. ¿Qué habría visto justo en ese instante en que se cometieron tales atrocidades?, encima, los rasgos de las letras, ¡Cielos! Quisiera estar equivocado, pero, eran por demás, infantiles. Como si un niño las hubiese escrito", pensó para sí, sintiéndose un poco mal por el hecho de culpar a una criatura en el escabroso asunto. "El padre Folsom no pudo evitar su nerviosismo al mencionar a la hija de los Grandchester. Es como si quisiera ocultar algo con respecto a esa pequeña. ¿Qué motivo la tendría alejada de sus padres, aquella tarde que les visité? Quizá, está de vacaciones, aunque, es muy chica para que viaje sola, tal vez esté enferma o convaleciente en algún hospital. Creo que deberé preguntar en los sanatorios de la ciudad, el dato donde pudiese estar internada", sus manos sostenían sus mejillas y llevó una a su bolsillo para encender otro cigarro más. La bocana de humo exhalada expulsó en alguna forma, la ansiedad que sentía.
Tomó el dosier con los hechos detallados de los eventos e hizo un recuento, por enésima vez, de lo que había acontecido con Alexei Gaskell y su macabra organización criminal, protegido por esas dos mujeres, de la cual, una, nuevamente le llevaba a Terrence Grandchester:
Habían dejado Nueva York hacía cuatro años, donde dejaron una estela de asesinatos y fraudes millonarios.
Alexei Gaskell frecuentaba a una mujer millonaria de nombre Shazia Wicklow con la que tenía una relación romántica además de negocios turbios para reclutar gente que contribuyese con fondos económicos para su organización religiosa en la que involucraban elementos esotéricos, a cambio de cumplir con los malsanos deseos de cada adepto ingenuo que terminaba por creerles.
Aparentemente, el señor Gaskell fungía como el líder espiritual y oficiaba las ceremonias en lugares alternados, incluyendo los lujosos departamentos que habitaban sus amantes o amigas, a nombre de una entidad de propósitos perversos a la que llamaban Arioch, representado en una horrible escultura demoníaca, a la que solían hacer macabras ofrendas; hecho comprobado con las decenas de cuerpos asesinados que habían sido encontrados en los diversos lugares donde se habían escondido, a lo largo de toda la costa este de Estados Unidos así como los rastros de sangre y vísceras que solían dejar en los contenedores de basura descubiertos tiempo después.
Posteriormente, se refugiaron en aquel lujoso departamento del edificio Dakota, en Nueva York, mientras ese hombre se ostentaba como un respetable empresario textil en tanto que convencía a más ingenuos millonarios para anexarse a su seudo religión. Fue cuando se había iniciado un primer contacto con la malograda actriz Susana Marlowe, quien llegó a ser una miembro activa de la orden criminal, seguramente ignorando el propósito real del clan, con el fin de lograr algún desconocido objetivo personal que probablemente tendría que ver con su tormentoso pasado como artista.
La policía americana ya había iniciado algunas investigaciones al tanto, pero debido a los acontecimientos económicos y a la hábil mente del siniestro empresario, quien sabía ocultarse ágilmente ante las autoridades, le había perdido la pista después de la misteriosa desaparición de la actriz. Algunas investigaciones apuntalaban a un aparente embarazo de la chica, aunque nunca pudo ser comprobado, dado el frecuente cambio de vivienda que efectuaban. No había datos de partos relacionados con la señora Marlowe que hubiesen sido atendidos en hospitales, por lo que fue aún más difícil seguir su rastro.
Al dar con su nuevo paradero - ahora sito en Londres -, gracias a exhaustivas investigaciones fue que pudieron rastrear de nueva cuenta los pasos del hombre y algunos de los miembros de su organización. La ex actriz seguía junto a ellos, demostrando serios problemas de salud mental según los partes médicos que había podido revisar. Llamaba su atención el hecho de que hubiese temporadas en las que su pista se perdía, probablemente al ocultarse en otra parte, según lo declarado por testigos presenciales de al situación. Le hacía pensar que probablemente la mujer ocultaba algo lo que le llevaba hacia su siguiente pista: aquella misteriosa niña, que presumía, podría tratarse de su hija y a quien tenía escondida por alguna razón que le era aún desconocida.
Hasta que ocurrieron los hechos en la iglesia del padre Folsom.
Fue cuando cayeron en cuenta que también hacían visitas frecuentes a la casa aledaña, aquella donde vivían actualmente el actor británico y su familia, la cual se encontraba registrada a nombre de una de las personas, cuyo vínculo con La Orden fue descubierto tiempo después de su misteriosa desaparición. A pesar de haberla revisado exhaustivamente, no habían encontrado pruebas incriminatorias como aquellas que habían hallado en la mansión aledaña.
Después se dio el tiroteo en la casa contigua, que derivó en el asesinato de su líder y la mayoría de los miembros, desmembrando así, el grupo delictivo.
La comisaría había obedecido las órdenes de no hacer públicos todos los datos relacionados con el caso de la organización criminal. Todo se había reducido a un simple enfrentamiento con los delincuentes en una casa abandonada, dado los tintes esotéricos que envolvían el asunto y que no fueron considerados pertinentes para sacarlos a la luz pública.
Los culpables sobrevivientes fueron sentenciados, y tiempo después una de las mujeres, Shazia, había fallecido en la cárcel femenina de máxima seguridad. Susana, por su parte, había mostrado signos evidentes del deterioro de su mente, por lo que fue confinada a un siquiátrico hasta que falleció en aquel malogrado exorcismo oficiado por el padre Folsom, a petición expresa del personal del hospital, que se había visto envuelto en eventos paranormales que ya tenían asustados a todos los que se encontraban cerca de la ex actriz.
El diagnóstico del psiquiatra fue el de esquizofrenia y dio por perdida la posibilidad de que Susana Marlowe se recuperara. Sin embargo, las monjas y enfermeras que acudían a brindarle ayuda terminaban alteradas y nerviosas a causa de los hechos que presenciaban. Finalmente, cuando vieron que nadie quería subir al piso donde se hallaba la mujer, tuvieron que acceder a llevar a cabo un exorcismo a pesar de no contar con el apoyo del Vaticano.
El desenlace fue fatal.
Susana Marlowe dejó de existir debido a un infarto fulminante y su raquítico estado físico lo que había hecho imposible su recuperación. El padre Folsom pudo esquivar las acusaciones de asesinato gracias a los hábiles manejos de la Arquidiócesis londinense dado el contexto mundial que no estaba para más escándalos. Alemania continuaba armándose de forma amenazante y muchos acontecimientos internos en ese país debían ser observados, por lo que no se permitiría un señalamiento más a su investidura divina.
"Todos los personajes están relacionados de alguna forma. No he querido indagar lo del exorcismo con el padre Folsom, sin embargo, podría saber algo sobre la situación de Susana, por medio de alguna enfermera que haya estado presente, en ese momento. Ahora bien, ¿cómo darían los Grandchester con esa casa?", su cigarrillo se había consumido, cuando apenas y lo había tocado.
Tomó otro y lo encendió.
Su mente lo transportó al ambiente que imperaba en la casa del actor, esa tarde en que lo había visitado. "Si no había nadie en ese lugar, ¿quién era esa persona que vi a través de la ventana? El misterio en todo esto sigue siendo complejo", frunció el ceño, confundido.
Tenía que empezar por conocer la historia de Susana Marlowe y su relación con Terrence Grandchester.
Programó una nueva visita a esa casa.
Jaya Saltzman rezaba frente al altar dorado que había colocado improvisadamente en su casa, con las manos entrecerradas y la mente concentrada en las oraciones, un día después del encuentro con la esposa del célebre actor y su hija, a mediodía. Sentía una gran incertidumbre.
La infantil imagen estaba presente en su vida, desde aquella tarde en que se la había topado por primera ocasión. Sostenía con fuerza su rosario de madera y su cuerpo temblaba de forma imperceptible. Tenía miedo.
"¡Dios mío!, ¡Pobre niña!", pensó con temor mientras evocaba ciertos recuerdos en su cabeza:
La vocación por servir a los demás siempre había estado presente en su ser; más aún, después de haber vivido con una peculiar habilidad a cuestas a lo largo de toda su vida, lo que le había ocasionado tantos sinsabores. Su actual esposo era el único que la aceptaba y comprendía, aunque se oponía a que lucrara con su "don" debido a los innumerables sufrimientos ocasionados por sus "contactos espirituales".
Ahora, se encontraba mortificada al haber visto de cerca la actitud de Nicole Grandchester. Le recordaba cierto evento del que había oído hablar en el hospital general de salud mental de Londres al cual asistía en contadas ocasiones para prestar sus servicios de benevolencia, justo antes de casarse.
Los rumores daban cuenta sobre una mujer rubia cuya personalidad se hallaba trastornada al sufrir de alteraciones capaces de estremecer a todo aquel que se encontraba cerca de ella. Las numerosas conversaciones sostenidas con un miembro del personal que laboraba en ese caso médico complicado, le habían demostrado que ese paciente estaba inmerso en un mundo siniestro. Solo tuvo una oportunidad de verla, cuando la trasladaban a la sala de cuidados intensivos.
Difícilmente borraría de su mente ese rostro tan horrorosamente lastimado.
Dejó de ir al hospital al tener que dedicarse de lleno a preparar su boda por lo que no supo más del estado de esa persona; después se enteró de que había fallecido, aunque las causas nunca le fueron reveladas. Su único contacto en ese hospital odiaba tocar el incómodo tema.
Ahora, su sexto sentido le indicaba que había una relación con aquella niña.
Hubiera querido pedir consejo al padre de la iglesia a la que asistía, pero dada su particular "habilidad", no sentía la suficiente confianza que le permitiese confiar sus más secretos temores, a una persona que representaba a una institución que odiaba todo tipo de eventos relacionados con el contacto del mundo espiritual. Siempre la había mantenido oculta a ojos del catolicismo sin dejar de ser una ferviente adepta.
Ya había sido satanizada una vez en su tierna infancia por un cura incomprensivo lo que le hizo prometerse jamás volver a confiar en uno de ellos. Había podido apaciguar un poco sus temores, al controlar sus fuertes visiones, desviando la comunicación a través de la escritura automática.
Cuando percibía la presencia de algún atormentado espíritu, cerraba los ojos y dejaba su mano libre para que le dictaran sus penas y peticiones. Había sido afortunada al no haberse topado jamás con alguna entidad peligrosa, hasta ese entonces.
Cuando Nicole Grandchester parecía estar rodeada de algo maligno.
- ¿Te sientes bien? – la voz de su marido la distrajo del recuerdo.
- ¿Eh? Disculpa, creo que no te oí llegar – respondió confundida.
- Te vi temblando, por eso me acerqué – él se sentó al lado de ella, observando el imponente crucifijo dorado que pendía frente a ellas.
- ¿Cómo puedo ayudarles? – Jaya preguntó con tono compungido.
- No debes meterte en esto, cariño. No es bueno para tu salud.
- ¡Debemos ayudar a esa niña! – su interlocutora negó con la cabeza.
- Por ahora, no es posible. El señor Grandchester ya te pidió que no te acercaras a su familia. Si las cosas se han agravado podría tomarle como una burla o provocación. Deberás esperar a que te contacte si es que ya les hiciste saber que podrías asistirles.
- ¡Ambos me han rechazado! Aun cuando les he dicho que su hija está en peligro, no me han escuchado.
- Ya no es problema tuyo, Jaya.
- Es su vida la que está en juego.
Fuera, la lluvia arrecio golpeando furiosamente el cristal con las pesadas gotas, en tanto que el viento había arreciado.
Se abrazó a su marido, en un intento de darse calor.
La ventana le mostró un paisaje tan desolador como frío, la tarde de ese domingo. Había dormido gran parte del día.
Se encontraba reclinado sobre su sofá, mientras leía unos textos bíblicos.
Aparentemente, se sentía mucho mejor después de haber reposado durante largo rato en cama. Estaba aburrido y ansioso de tener algo de movimiento. Acababa de ver a una mujer por el jardín de la iglesia, en dirección hacia la calle. Se sintió mal al pensar en la cancelación de la misa. Seguramente era alguien preguntando por él.
Ya lo había decidido, asistiría al estreno oficial de la obra el próximo sábado, donde aprovecharía de hablar con el actor para estar al tanto de lo que sucedía con Nicole. A esas alturas, ya habría recibido la visita del policía, lo que le tenía demasiado incómodo.
- ¿Va a necesitar algo más, padre? – la voz provenía desde el pasillo. Una de las jóvenes monjas que hacía una labor temporal en la parroquia le distrajo de sus recuerdos, al tocar a su puerta. Él se levantó a abrir.
- Por ahora es todo, Caroline. Si así lo deseas puedes retirarte. Agradezco tu apoyo – le respondió con una sonrisa, el reverendo.
- Entonces, en ese caso, me retiro. Que pase buena tarde – la chica hizo una leve reverencia y él cerró suavemente la puerta, volviendo a sus labores.
La parroquia estaba vacía, a excepción del atrio, donde a esa hora ya estarían concentrados los pequeños que asistían a la catequesis, misma que no se había cancelado a petición expresa suya. La hermana Josephine y otra mujer de edad madura, se encargaban de dicho encuentro religioso.
Apresuró la revisión de los últimos documentos enviados por la arquidiócesis local y se aprestó a reunirse con los niños, en aras de pasar una agradable tarde, rodeado de gente. Se vistió con calma y salió de la habitación, en tanto caminaba con paso lento, por el interminable pasillo que le conduciría a las escaleras que llevaban a la planta baja, donde se encontraban los infantiles asistentes.
Al llegar al taller, le recibió la algarabía y júbilo de los pequeños, quienes intentaron abrazarlo después de oír la lectura correspondiente, pero la monja los detuvo, debido a la convalecencia por la que atravesaba el padre. Habían terminado de escuchar una de las parábolas de Jesús, referente al encuentro entre el hijo de Dios y los niños.
- ¡Padre, qué gusto verle recuperándose tan rápido!, ¡parece un roble aunque no puede estar de pie todavía! – le reprendió dulcemente la hermana Katherine, quien sonrió al ver la muestra de afecto de algunos de los infantes ahí presentes.
- Quise venir a dar una vuelta a estos bellos angelitos. Sé que se han estado portando muy bien. Además, Nuestro Señor hace lo posible porque pueda estar pronto con todos ellos. Me he sentido mucho mejor – explicó entre risas, mientras los niños gritaban de alegría.
- ¡Ya hemos aprendido los diez mandamientos bíblicos! – le compartió una vocecita desde el fondo del lugar. Era una niña.
- ¡Excelente! Las hermanas sí que han hecho muy bien su tarea – expresó satisfecho.
- ¡Padre, cuéntennos un cuento! – pidió un niño de nombre Michael. Todos se unieron a su petición.
- Muy bien, pero primero deben responder a las preguntas sobre el sacramento. Veremos que tanto han estudiado y hecho sus deberes religiosos – el hombre tomó un pequeño libro que tenía al lado y comenzó a preguntar en voz alta. Las monjas le observaban con aire preocupado, dado su estado reciente. Él las observó con aire despreocupado.
El tiempo pasó hasta que fue la hora de salida de la catequesis. Despidió a todos y cada uno de los niños, dándose tiempo para platicar con algunos de los padres.
- Ya se ha retirado la hermana Carolyne, padre. Me quedaré con usted hasta que se retire a su cuarto. No tenía que haberse levantado – le reprochó dulcemente la servicial mujer.
- Muchas gracias, hermana, pero estoy bien por el momento, Quiero estar un rato en el altar. Pondré algunas flores y veladoras, así como orar un rato, ya que la misa se suspendió; me gustaría pasar esta tarde en comunión con el Creador. Puede retirarse – se explicó el padre Folsom, quien calló a su interlocutora antes de que ésta insistiera.
- Está bien, padre. Me retiro. Si necesita algo, ya sabe donde localizarme – la monja salió.
El padre Folsom se dirigió un poco después, hacia el atrio de la iglesia, mientras caminaba pensativo. Un ligero viento frío heló sus manos, lo que le hizo meterlas en sus bolsillos. Se prometió que mandaría a revisar el sistema de calefacción del lugar. Tal vez habría una abertura en alguno de los vitrales o puertas de la entrada principal.
A su paso, tomó dos cubetas con sendos arreglos de flores blancas y marchó hacia el altar. Se persignó con solemnidad y se acercó al imponente crucifijo dorado para acomodar los inmaculados botones. Después, ordenó el altar, acomodando los ornamentos en su lugar.
Al finalizar, se dirigió hacia una de las bancas cercanas al altar y se sentó con la vista fija en la sagrada imagen de Cristo. Internamente, elevó una oración por el bienestar de sus parroquianos y de la familia Grandchester.
Un repentino murmullo emergió a sus espaldas.
El ambiente se había enrarecido, de alguna forma, como si algo aspirase el aire que le envolvía. Sintió que se ahogaba.
Se volteó, decidido a encarar a aquel que osaba burlarse en el sacrosanto lugar de Su Padre:
- ¿Quién está ahí? – exigió con la voz seria y calma.
Un ligero y apenas perceptible murmullo surgió del mismo punto. Estaba completamente oscuro y desde su posición, no podía identificar al misterioso y molesto personaje.
- ¡Muéstrate ante Él! – le ordenó el padre.
Entonces, el silencio se hizo denso.
La puerta de madera estaba cerrada y sin embargo, el frío había aumentado. El reverendo se dirigió hacia ella, pero un movimiento en una de las esquinas más oscuras atrajo su atención. Su vista se enfocó en aquel punto pero no distinguió una forma clara o definida. Era una inmensa nube, como si miles de puntos negros se hubiesen congregado solo en un lado.
- No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya - recitó las frases en voz alta ante la amenazante sombra hasta que esta tomó la forma de una silueta humana, deslizándose cobijada por la oscuridad que le brindaba esa parte de la iglesia.
"Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…", se aferró fervientemente a la oración en su mente mientras que le observaba con actitud determinante, dispuesto a no dejarse a amedrentar por la diabólica aparición. Sostuvo su crucifijo contra su pecho, hasta que el dolor apareció de nuevo.
- ¡No nos harás daño! ¡En nombre de Cristo, te expulso de este lugar! – el hombre se hincó, en un esfuerzo por enfrentar aquello.
- ¡Padre! ¿Qué siente? – el grito de la hermana Josephine llegó desde el altar. Al parecer acababa de entrar.
- ¡Ayúdeme a rezar! – pidió con frases entrecortadas mientras señalaba hacia donde se encontraba eso.
La religiosa levantó el rostro en la dirección que le indicaba el padre y se llevó una mano a la boca, conteniendo un grito de terror. Oró junto a él, mientras que lloraba y le abrazaba.
Una sorpresiva ráfaga de aire, proveniente de la nada, les dio de lleno en la cara por lo que se cubrieron con las manos, sin dejar de rezar.
Cuando abrieron los ojos, se dieron cuenta que todo estaba en absoluta normalidad:
- ¿Lo vio, hermana? – el padre se incorporó adolorido.
- ¡Dios santo!, ¿qué fue eso? – la monja aún lloraba.
- Responda a mi pregunta, ¿lo vio? – la expresión seria del padre la hizo recapacitar.
- Sí – gritó espantada.
- Eso fue obra del mismo demonio – explicó el hombre, dirigiendo su vista hacia el mismo lugar de donde había provenido todo.
- ¡La vi justo en medio de todo eso! – chilló la mujer. El reverendo la observó confundido. Él solo había visto la nube negra.
- ¿A quién se refiere? – la tomó de un brazo, y con todas las fuerzas que pudo reunir, la ayudó a levantarse. La respuesta le dejó estupefacto.
- ¡A esa mujer rubia de aspecto diabólico que se burlaba de nosotros!
- Hubo uno episodio crítico con su hija, señores – expresó el doctor Pavlov, quien había atestiguado el evento. Daba vueltas entre sus dedos un lápiz amarillo, meditando sobre su siguiente comentario.
- ¿Qué sucedió? – preguntó con lágrimas en los ojos, Candy. Su esposo apretó su mano en señal de apoyo y de nerviosismo. Le escucharon con atención.
- ¿Tiene alguna explicación para esto? ¿O también es un caso de histeria entre su personal? – preguntó con cierto sarcasmo el actor.
El doctor tomó un poco de aire antes de proseguir con su explicación. Era evidente que le supondría un gran esfuerzo lo que diría a continuación, siendo él, un hombre de ciencia:
- Entiendo lo difícil que esto pueda ser para ustedes, como padres de una criatura cuyo comportamiento refleja un claro desequilibrio mental. Les notifico que las pruebas han arrojado resultados normales, sin indicio alguno de lesiones físicas ni internas pero antes de que pregunten – dijo al ver la reacción de la pareja. Carraspeó para aclarar su garganta antes de proseguir - quisiera aclarar algo al respecto. Existen ciertos fenómenos inexplicables que implican en muchos casos, los cambios físicos y mentales en ciertos adolescentes. En ocasiones, se manifiestan por medio de movimiento, desplazamiento o desaparición de objetos, una increíble fuerza física, sonidos inexplicables, voces desconocidas, etc.; en el caso de Nicky, su comportamiento reciente, dados los cambios físicos que su cuerpo está experimentando, refleja una clara inestabilidad psíquica que podría ser la fuente de lo que ustedes y algunas personas más han presenciado. Hemos estado revisando su historial clínico y psicológico y aunque no hemos encontrado aun pruebas definitivas de alteraciones cerebrales, hemos decidido mantenerla en constante estado de vigilancia para detectar el origen del desorden psíquico que daría como resultado, todo lo que lamentablemente han estado viviendo. Esto que comento implica el hecho de llevar a cabo más pruebas en ella y nos tomará tiempo Me gustaría obtener su aprobación para seguirla teniendo en el hospital durante unas semanas más, a pesar de la existencia de signos de mejoría, con el fin de agotar todos los análisis posibles que nos lleven a una conclusión final y fehaciente que nos compruebe que efectivamente, su hija se encuentra bien y todo esto que está viviendo es algo pasajero que terminará pronto – lo último fue enfatizado sutilmente para que los padres comprendieran la importancia del asunto.
- ¿Nos está diciendo que Nicky tiene problemas mentales cuando las evidencias médicas indican lo contrario? Entonces, si no está loca, ¿hasta dónde piensan llegar?, ¿acaso consideran la posibilidad de enviarla a un manicomio?, ¡Por Dios, es una niña sana!, ¡Mi hija no está desequilibrada!, ¡No voy a permitir que la tomen como un experimento solo por su capricho profesional!, ¡si no pueden con su padecimiento, buscaré otro lugar! – amenazó furioso su padre.
- ¡Terry, tranquilízate! – le suplicó su esposa.
- A donde vaya se enfrentará a lo mismo, señor Grandchester. Será como usted lo desee; finalmente, es la salud de su hija la que está en juego. No puedo garantizarle que exista una explicación concreta a lo que le está sucediendo, sin embargo, nuestro compromiso es tratar de ayudarla en todo lo posible. Varios especialistas nos hemos reunido para tratar su padecimiento. Realmente, nos tiene intrigados – la mirada del doctor era de preocupación.
- ¿A qué se refiere? – el tono del actor era de furia.
- Nos desconcierta el cambio paulatino de su personalidad, tan amable y servicial un minuto, y desafiante en el siguiente, afectando su entorno – el doctor omitió el detalle de la peculiar fuerza que poseía - le puedo asegurar que ella es la causa de todo lo que ha venido sucediendo y por eso, creo que deberíamos ir más allá, señor Grandchester. Es vital para poder ayudarla – el doctor Pavlov habló dejando un leve rastro de nerviosismo en su tono.
- ¿Qué sucedería si siguen sin encontrar algo anormal en sus estudios? – Candy estaba confundida.
El galeno la observó mientras tomaba uno de los fólderes ubicado en su escritorio, entre sus manos:
- Habría que tomar medidas más radicales, que inclusive, desafiarían todo sustento científico comprobable hasta hoy. No actuaría ya como médico, en ese supuesto – aquello dejó sorprendida a la pareja.
- ¡Sea más claro! – le exigió el histrión.
- Entonces, tendríamos que recurrir a métodos poco convencionales, desechados por la ciencia.
Las frases dejaron mudos a Candy y Terry.
Horas después, Nicole se encontraba sentada con la mirada perdida en la pared, cuando sus padres entraron a la habitación.
Su madre temblaba sin saber por qué.
- ¡Nicky!, ¡mi amor! – su padre se acercó sigilosamente a ella, seguido por su madre.
- Hola – respondió sin decir más.
- ¿Cómo te has sentido?
Candy intentó tocar cariñosamente su cabeza, pero ella apartó su mano con un brusco movimiento. La rubia se contuvo para no llorar.
- Quiero ir a la escuela. Me aburre estar aquí – pidió con voz autoritaria.
- Sabes que eso no es posible, cariño. Tienen que seguirte viendo los médicos – Terry trató de alargar su poca paciencia.
- ¿Eso significa que estaré encerrada en este hospital de mierda? – preguntó furiosa la gemela.
- ¡Te prohíbo que hables así, Nicole! – el actor se quedó a la vez sorprendido y serio, desconociendo, por un instante a su hija.
- ¡Quiero largarme de aquí! – la gemela se acurrucó en una de las esquinas de la cama y se puso a llorar.
- Hija – le habló con el tono más cariñoso posible – tranquilízate. Los doctores tienen que seguir revisándote, mi amor.
- Mami – la pequeña le habló con un tono dulce y a la vez, fingido – ¿por qué nos utilizaste para casarte con papá, después de saber que él estaba con otra mujer? – la pregunta dejó mudos a la pareja - ¡eres una hipócrita! – la bofetada cruzó su rostro. De repente, Candy se había puesto furiosa.
- ¡Cállate!
- ¡Hija! – habló Terry, consternado - ¿por qué preguntas eso, Nicky? ¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza?- quiso acercarse pero "algo" le tomó desprevenido, propinándole un fuerte empujón que le envió contra la pared, dejándolo entre confundido y asustado.
- ¿Qué diablos...? – no vio nada más allá de su hija y su esposa.
- ¡Terry! – su esposa corrió a su lado justo cuando la puerta se abría y un séquito de enfermeras entraba, después de haber oído el ruido.
- ¡Déjenme, malditas zorras! – Nicole continuó con la retahíla de insultos, hasta que lograron tranquilizarle.
Terry abrazó a su esposa mientras salían del cuarto, dejando al personal médico hacer su tarea. El doctor entró minutos después a revisarla.
- ¿Qué fue eso?
Sin respuestas, ambos permanecieron en silencio, tratando de comprender lo que acababa de suceder.
Candy estaba anímicamente muy mal. Su rostro lucía desencajado, fruto del cansancio que ya comenzaba a ocasionar estragos en ella.
- Deben retirarse, señora. Yo cuidaré de ella – le sugirió una enfermera
La rubia le observó con profunda tristeza. Había desconocido a su hija al haber escuchado esa pregunta de sus labios. Su trastornada personalidad les mantenía en vilo, dado los alterados cambios de humor que padecía. Terry tomó su mano permaneciendo así por unos instantes más, antes de partir. Se le veía más repuesto después del incidente:
- Tenemos que descansar, pecosa – su esposo besó su frente.
- No quiero separarme de mi hija, al menos no en este momento – le respondió sin verlo.
- No podemos hacer nada. Sus reacciones van empeorando y corremos el riesgo de enfermar también. Por ahora, esto no sería conveniente, teniendo a Nicky en este estado tan... deplorable. Vayamos a casa – dijo, descorazonado.
- ¿Iremos... ahí? – preguntó ella con mucho miedo.
- Puedes quedarte con Mariah y Charles.
- ¿Y tú? – la ojiverde le vio confundida.
- Tengo asuntos pendientes que resolver ahí y necesito leer ese diario. No tengo miedo, Candy. Lo que sea, tengo que descubrirlo pronto.
- Hagámoslo mañana temprano, por favor, Terry. No quiero estar en ese maldito lugar, no ahora. ¿Un hotel? – él la miró pensativo.
- De acuerdo. Por esta noche dormiremos en otro lado, pero mañana regresaremos a esa mansión y sea lo que sea le enfrentaremos, ¿entendido? – el tono de su voz le dio un poco de fuerzas.
- No te dejaré solo - la determinación en su voz hizo que él la admirara y amara aún más, a pesar del siniestro problema que vivían en esos tiempos.
Al permanecer juntos, sobre la cama, Candy apretó su mano con fuerza y Terry le sonrió para infundirle ánimo.
En su mente, la imagen de Jaya fue cobrando más fuerza, haciéndole tomar una decisión.
