Disclamer: Los personajes, la trama y todo lo demás pertenecen a Thomas Astruc y Jeremy Zag. Yo solo hago esto para divertirme en el mejor de los casos XD.
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Nota de la Autora: Este capítulo es bastante más largo de lo habitual (no os asustéis) por eso he tardado más de lo normal en actualizar. ¡Disfrutar! (espero, jeje)
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—Paralizadora—
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Para cuando Marinette llegó a su casa, por suerte, había dejado de llorar.
—¡¿Qué tal estuvo la fiesta, cariño?! ¿Te lo has pasado bien?
Sus padres la esperaban despiertos, cosa que ella se imaginaba que podía ocurrir.
Antes de entrar por la puerta trasera, se aseguró de secar su cara con suavidad para que no le quedaran marcas en las mejillas. Mirando su reflejo en el escaparate de la panadería, alisó su ropa y acomodó sus cabellos.
Respiró hondo.
Había recuperado el ritmo normal de su respiración aunque sentía todavía el eco del pánico hurgándole por dentro. En su trayecto hacia casa se había detenido en unos cuantos callejones y había esperado con el corazón encogido y las lágrimas bañando su rostro.
Pero nada pasó.
—Bunnix ya debería haber aparecido… ¿verdad? —le preguntó a Tikki cada una de las veces que se detuvo. Temía que la heroína del tiempo se presentara de un momento a otro para decirle que había vuelto a fallar, que el futuro había sido devastado por Chat Blanc y tenía que enfrentarse a él de nuevo. Se metió por callejuelas desiertas para darle la oportunidad de que apareciera ante ella de manera discreta, pero no lo hizo—. Significa que todo está bien. Que Chat Noir está a salvo.
—Supongo que sí —Le respondió su Kwami todas las veces.
Y Marinette sonreía con tristeza, apenas aliviada.
—Supongo que mientras que Chat no conozca mi identidad todo está bien…
Pero no estaba tranquila del todo.
Cuando Chat Noir le dijo que la amaba fue el instante justo en que todos los sentimientos que ella misma había estado reprimiendo todos esos meses estallaron en su corazón y reclamaron que les pusiera atención por fin.
Parecía increíble, pero de verdad que fue como si estos aparecieran de golpe ante ella.
También le amaba. Sí, con todas sus fuerzas. Estaba enamorada de Chat Noir.
Y todo fue un caos… ¡Ni siquiera sabía desde cuando lo estaba! ¿Fue desde la primera noche en que las luces se fueron y ellos se encontraron en la oscuridad? ¿Durante las noches siguientes, perdidos entre conversaciones y risas cómplices? ¿Fue aquel beso que hizo vibrar su cuerpo, temblar sus piernas y ponerle la cabeza del revés?
¿O… fue antes?
¿Y si ya estaba enamorada de él, antes incluso de que se besaran, pero Ladybug no la dejó darse cuenta?
Daba lo mismo, aunque lo cierto era que se lo preguntaba.
En cualquier caso… esa revelación hizo que un terrible pánico se adueñara de ella. Porque aunque hubiese reprimido esos sentimientos, aunque no los dijera nunca en voz alta… existían. Y si eran reales, significaba que estaban en graves problemas.
Esos sentimientos provocarían el desastre… Chat Blanc.
Por eso huyó. Por eso le dijo a Chat que no podía volver a su casa… aunque no pudo mentir y decirle que no le quería; no, eso habría sido demasiado cruel. Habría muerto antes de decir esas palabras. Solo pudo huir (por segunda vez esa noche). Huir para protegerle, para salvarle.
Es lo mejor se repitió una y mil veces.
Lo hizo de nuevo mientras intentaba conseguir que su rostro adoptara una expresión lo más neutra posible sobre el escaparate. Esbozó una pequeña sonrisa, pero las comisuras de sus labios temblaban anunciando un nuevo llanto.
Cálmate, por favor se pidió, resoplando. No pueden verme así.
Esperó un par de minutos y volvió a intentarlo. No debía levantar sospecha alguna en sus padres o le harían demasiadas preguntas y ella se vendría abajo.
Cuando fue capaz de sonreír de un modo, más o menos creíble, cruzó el umbral de la casa y subió los escalones hacia el piso de arriba. Sus padres la recibieron bajo una manta en el sofá.
—Ha sido genial… ¡Por supuesto que lo he pasado bien! —respondió todo lo efusiva que pudo.
—¡Oh, vaya! —Su madre señaló su mano derecha—. ¿Y eso qué es?
Marinette levantó la diadema y un escalofrío azotó su estómago.
—Es un… regalo de Adrien —respondió.
Respira despacio se dijo a sí misma. No llores.
—¡Es maravilloso! —admiró su madre con los ojos brillantes—. Que chico tan encantador…
—Desde luego es algo precioso —convino su padre—. ¡Podríamos hornear algo mañana para que se lo des como agradecimiento!
—Sí… —añadió ella. La garganta se le cerró debido a los nervios. Parpadeó un par de veces y fingió que bostezaba—. Estoy agotada… ha sido una fiesta estupenda pero creo que me voy a ir a dormir.
—Claro, cariño, descansa.
—Buenas noches.
—Buenas… noches.
Se dio la vuelta, ocultando su expresión a sus padres que no notaron nada raro o al menos no lo mencionaron. Empezó a subir los escalones hacia su cuarto y cuando estuvo en el punto más alto, echó una última mirada hacia ellos y los vio, tranquilos y felices acurrucados el uno junto al otro y sonrientes mientras se cogían las manos por debajo de la manta.
Notó una punzada de culpa en la nuca.
¡Qué raro! No había sentido remordimientos durante todas esas noches en las que dejaba entrar a un chico a su dormitorio a espaldas de sus padres. Nunca les habló de él porque no sentía que estuviera haciendo algo malo, pero ahora sí.
Incluso se le ocurrió que si se daba la vuelta y lo confesaba todo se sentiría mucho mejor. Pero no podía hacerlo. Seguro que podía cargar con un poco más de culpa junto con toda la que ya acarreaba.
Cerró la trampilla de su cuarto y se quitó los zapatos, para después respirar más hondo que nunca con la cabeza echada hacia atrás. No encendió la luz y se concedió unos segundos para que las lágrimas afloraran de nuevo.
Los ojos le escocían a esas alturas y la piel de sus mejillas estaba tirante por la humedad excesiva. Lo peor era la sensación abrasadora en los pulmones, parecían quemarle con cada nueva bocanada de aire que daba.
Tikki reapareció a toda prisa con una expresión desconsolada.
—Marinette —su vocecilla estaba rota—. Lo siento.
Ella se frotó los ojos pero fue un gesto inútil, el llanto no se detenía y apenas podía ver nada.
—T-tranquila… —No quería asustar a su Kwami pero no se le ocurría nada optimista o positivo que decir. Era demasiado reciente y doloroso si quiera para decirle que lo superaría.
Quizás no lo hiciera.
Se separó de la puerta entre sollozos incontrolables y se dirigió hasta su armario. Apoyó las rodillas en el suelo y apartó la enorme caja llena de trastos y viejos paneles de tela que descansaba al fondo de este. Debajo había un tablón de madera suelto con un pequeño hueco: ahí era donde reposaba la caja de los prodigios desde que el maestro Fu se la confió meses atrás. Se decía que debía encontrarle un escondite más seguro, pero aún no había tenido tiempo de hacerlo.
La sacó y la contempló entre sus manos. Su visión tuvo un curioso efecto calmante en ella, aunque muy débil.
Había adoptado la costumbre de comprobar que la caja estaba a salvo cada vez que regresaba de la calle. Era poco probable que alguien intentara robarla, puesto que nadie sabía que ella era Ladybug y tenía la caja en su cuarto, pero no podía evitarlo. Era algo demasiado valioso e importante y solo se quedaba tranquila confirmando que estaba bien.
La caja resplandecía con su propia luz rojiza y le provocaba suaves descargas en las puntas de sus dedos… sería por la magia que guardaba o quizás los kwamis estaban celebrando su propia fiesta ahí dentro.
Apenas había interactuado con ellos desde que se convirtió en guardiana, no había tenido fuerzas porque eso significaría asumir ese rol del todo y decir adiós a los recuerdos del maestro.
Quizás debería haberlo hecho se dijo, sin saber por qué. Puede que ese sea otro de los muchos errores que he estado cometiendo últimamente.
Se quedó mirándola, de rodillas en el suelo, siendo consciente del increíble poder y las responsabilidades que representaba. A menudo se veía inundada por una presión tan asfixiante que le costaba respirar con normalidad y acababa guardándola en ese escondite improvisado para no verla.
Pero en esos momentos en lo único que podía pensar era en el gran poder que esa caja tenía sobre su propia vida.
Todo había cambiado sin remedio el día que fue elegida como Ladybug pero su destino había quedado sellado de verdad al recibirla. Había estado evitando pensar en ello, pero es que ahora lo estaba viendo con sus propios ojos.
—Marinette —La vocecilla de Tikki sonó algo más chillona y cuando la miró y contempló su expresión preocupada, supo que la había estado llamando un rato y no la había oído—. ¿Por qué miras así la caja de los prodigios?
La chica separó los labios pero su aliento fue lo único que salió de ellos. ¿Por qué? Tenía un par de pensamientos más en su cabeza pero estos se habían ocultado incluso para ella misma.
—Por nada. Nada. Todo está bien —respondió. Tenía la garganta tan seca que tuvo que toser para que le saliera la voz—. Solo me aseguraba, como siempre.
Los pensamientos, fueran los que fueran, se alejaron aún más dejando tan solo una sensación de desconcierto en su cabeza. Se pasó la mano por su cabello, peinándolo con sus dedos en un acto de relajación y se sintió algo mejor.
Guardó la caja en su lugar y volvió a colocar el tablón suelto y la caja de trastos sobre él. Cerró las puertas de su armario y decidió que no pensaría más en ello.
En realidad sí estaba agotada. Se giró para subir hasta su cama pero volvió a detenerse, como si hubiera olvidado algo o al menos esa fue la sensación que tuvo.
—Marinette, ¿estás bien? —Tikki revoloteó alrededor de su cabeza con los ojos aún más ahogados por la preocupación. Así que sacudió la cabeza queriendo calmarla.
Se palpó la cara. ¿Seguía llorando? Tenía la garganta irritada de tanto tragarse el llanto.
—Yo… —Qué va, Tikki… nada volverá a estar bien. Notó esa voz susurrante en su cerebro. Era fría como el hielo, no parecía suya—. Nada malo va a ocurrir.
¿Qué podría ser peor que lo que ya ha pasado?
Ignoró esas ideas y empezó a subir los peldaños hasta su cama, pero cuando llegó arriba y se encontró con la trampilla abierta que dejaba entrar una fina línea de luz plateada sobre su almohada sintió que perdía el aire de sus pulmones.
Y la angustia volvió. Y el llanto. Y las lágrimas. Todo de golpe y con una fuerza brutal. Apretó los labios y gateó de rodillas hasta el rayo de luz. Estiró los brazos y tiró con fuerza para cerrar la trampilla. La luz desapareció y el mundo quedó sumido en las tinieblas.
—Marinette…
—No tiene sentido que siga abierta, ¿verdad? Nadie va a venir esta noche, ni… nunca.
—Marinette… ¿seguro que estás bien?
La chica suspiró y fue como si algo la atravesara por el estómago hasta dejarla completamente vacía. Un dolor tan grande, tan atroz que se le cortó la respiración y el miedo empezó a correr por sus venas. Un miedo a no volver a estar bien nunca, a que el dolor fuera a acompañarla por el resto de su vida.
Se tapó los ojos con los dorsos de la mano, aún sujetaba la diadema. No se había dado cuenta de que todavía la sostenía pero, de algún modo, la reconfortaba.
—No… —murmuró—. No estoy nada bien. Estoy… destrozada —Gimió con dolor y sus palabras salieron atropelladas y caóticas por sus labios temblorosos—. Me siento tan triste y tan sola, Tikki.
El Kwami se acercó para frotar su mejilla contra la frente de la chica.
—No estás sola, Marinette, yo estoy contigo —Le recordó pero ella siguió llorando y temblando sobre la cama. Era la primera vez que las palabras de su Kwami no la consolaban.
—Lo sé… —Jadeó, incapaz de hablar. Tosió y se balanceó sobre la colcha, apretando la diadema contra su pecho—. No entiendo cómo he podido equivocarme tanto…
—¿Equivocarte?
—Sabía que todo esto estaba mal, desde la primera vez que Chat estuvo aquí y aun así… seguí adelante… ¡soy tan estúpida! —Se quejó—. Sabía lo que podía pasar, ¡lo vi! El mundo devastado, Chat… convertido en ese monstruo enloquecido por la soledad, pero no hice caso.
. Estaba advertida pero no quise escuchar porque solo pensé en mí. En ser como los demás, en mis tontas fantasías románticas y he estado a punto de estropearlo todo. Y lo peor es que he arrastrado a Chat conmigo.
—No le has arrastrado —replicó el Kwami—. Él también decidió seguir adelante.
—Pero él no conocía las consecuencias, yo sí —Su cuerpo empezó a moverse por culpa de los espasmos—. Ha sido toda culpa mía. Yo me he equivocado, he fallado como Ladybug y como guardiana, he puesto en peligro al mundo entero y además he herido a Chat.
—Marinette, no puedes ser tan dura contigo misma. Después de todo lo que había pasado… necesitabas a alguien en quien apoyarte.
. Y Chat Noir es tu compañero.
—Sí, y debí pedirle ayuda, no enamorarme de él y condenar al mundo —respondió.
No importaba lo que Tikki le dijera, ella sabía que había cometido todos los errores posibles salvo, quizás, desvelarle su identidad a Chat. Tenía, aún, la mísera esperanza de que ese detalle fuera lo que les había salvado, pero lo cierto es que seguía muerta de miedo.
El fin del mundo, la devastación de todos aquellos a los que amaba pero… no, no era eso en lo que estaba pensando, al menos no solo eso. Lo que más temía era que Chat Noir desapareciera de nuevo.
Chat Blanc era uno de los akumatizados más terroríficos que se había encontrado. Era fuerte, rápido, tenía un poder de destrucción inmenso y su mente estaba atrapada en un estado de demencia extremo en el que no existía moral alguna. Sí, le daba escalofríos solo de pensar en enfrentarse a él de nuevo. Pero lo que de verdad le torturaba era la idea de que Chat Noir no existiera más, de no haber podido salvarle.
Ahora más que nunca esa idea era lo más terrible que pudiera imaginar.
Incluso peor que haberle destrozado el corazón.
—No volveré a cometer un error semejante, nunca —prometió, al tiempo que se sorbía la nariz y se apartaba los mechones de pelo que habían quedado pegados a sus mejillas mojadas—. Protegeré a Chat Noir con todas mis fuerzas, jamás le ocurrirá nada.
. Estará a salvo. Es lo único que me importa.
Tikki bajó los ojos, parecía triste por ella pero Marinette sabía cuál era su opinión al respecto. Jamás le echaría en cara los errores que había cometido pero tampoco los negaría.
Si la hubiese hecho caso desde un principio.
—Has hecho lo correcto alejándote de él —le concedió. No, no me felicites por eso. La voz helada seguía resonando en su cabeza—. Tal vez no sea vuestro momento, o él no sea el chico adecuado para ti.
. Pero la vida te tiene deparadas muchas cosas buenas. Conocerás a otros chicos y…
—No. No habrá más chicos.
—¿Qué? ¡Claro que sí! ¿Por qué dices que no?
Marinette bajó la vista hasta la diadema y sintió otra punzada en su corazón. Sus ojos estuvieron a punto de empañarse de nuevo pero se tragó esa nueva tanda de lágrimas mientras guardaba el objeto en uno de los cajones de su mesilla.
Lo siento, Adrien pensó con tristeza. Espero estar equivocada y que no te hayas fijado en mí de verdad.
Después, le ofreció sus manos a Tikki para que se sentara en ellas.
—Soy Ladybug —Le dijo en primer lugar—. Y eso significa que debo velar por el bienestar de toda la ciudad. Los ciudadanos de París solo pueden contar conmigo.
. Y ya he comprobado lo que ocurre cuando me distraigo con algo que no son mis tareas de heroína.
—Pero, no ha pasado nada.
—Pero podría haber pasado —insistió ella—. Hasta dos veces ha estado a punto de pasar algo que acabaría con el futuro del mundo por mi culpa. Por preocuparme antes por el amor que por hacer las cosas bien. ¿Qué clase de heroína soy si no… me sacrifico por el bien de los demás?
. Ahora soy la guardiana. Tengo que estar concentrada para proteger los prodigios de Lepidóctero.
—¡Pero si lo estás haciendo todo muy bien!
—No basta con solo hacerlo bien —sacudió la cabeza—. No puedo fallar ni una sola vez más, Tikki.
—¡Tú no has fallado!
—¿Acaso no recuerdas lo que pasó con el maestro Fu por estar más pendiente de Adrien y Kagami que en ser Ladybug? —Sacudió la cabeza, histérica y molesta consigo misma—. ¡Eso debería haberme servido de aviso y sin embargo, mira lo que he estado haciendo todos estos meses!
. Tengo que asumir que no soy una chica normal que puede hacer lo que quiere cuando quiere. Y mi vida tampoco lo es.
Tikki se removió entre sus dedos, incluso frunció el ceño.
—¿Y qué harás? ¿Renunciarás a Marinette para ser solo Ladybug?
—Quizás debería…
—¡No! ¡Eso no es justo!
—¡Eso es lo que el maestro Fu hizo! —contratacó ella—. Vivió toda la vida escondido para mantener a salvo los prodigios, incluso renunció a su gran amor por ello.
. El maestro ya no está, pero… seguro que él querría que yo siguiera su ejemplo. Para eso me escogió.
—¡Pero eso no lo sabes! Además, tú no eres el maestro Fu. ¡Eres Ladybug! Y siempre encuentras una solución para todo.
—Esta es la única solución, Tikki —Se encogió de hombros, suavizando un poco su expresión—. Además, ¿qué más da? Aunque volviera a enamorarme saldría igual de mal porque jamás podré ser sincera con nadie. Y no quiero pasar por esto de nuevo, ni hacer daño a nadie más.
—Pero, Marinette…
—Se acabó —determinó, soltando al Kwami. Se dejó caer sobre la cama y hundió la cara en su almohada—. Yo tenía razón desde el principio. El destino de Ladybug es velar por el bien de todos… sola.
Tikki volvió a protestar pero ella no quería oírlo. Sentía una poderosa confianza en lo que había descubierto y creía que cuanto antes se hiciera a la idea, mejor. No quería más ánimos inútiles, ni palabras que revivieran sus esperanzas muertas.
No. No quería pensar más en ello. Ni dedicar más tiempo a fantasear con una vida distinta.
No podía renunciar a ser Ladybug, ella había sido elegida con todas las consecuencias. Pero debía asumir plenamente lo que eso significaba y dejar de engañarse. Durante tres meses había querido creer que las cosas podían ser distintas, pero no lo eran. Y nunca lo serían.
Se dio la vuelta sobre el colchón, y se abrazó a la almohada. Tenía ganas de llorar otra vez.
Chat Noir… lo siento.
Había algo de verdad en lo que le había dicho sobre Adrien, pero lo único que pretendía era protegerle, salvarle del terrible destino siendo Chat Blanc. Sabía que le había hecho daño pero ese era un dolor que pasaría.
Chat se recuperaría y la olvidaría. Su espíritu alegre y romántico se recompondría pronto y quizás lograría encontrar a otra chica con la que sí sería feliz.
Solo espero que no llegue a odiarme.
Algo le decía que su gatito era demasiado noble como para albergar esos sentimientos, por mal que se lo hubiera hecho pasar. Tan solo de recordar su expresión rota y la súplica en su voz mientras la hablaba para que no se fuera, el dolor la agujereaba desde lo más hondo de su cuerpo.
No tenía ni idea de cómo haría para enfrentarlo como Ladybug cuando hubiera un ataque akuma. Solo de pensarlo se echaba a temblar. ¿Y si él seguía tan triste que acababa herido? Ella lo protegería con todas sus fuerzas pero… ¿debería preguntarle? ¿Tratar de consolarle?
¿Crees que tienes derecho a consolarle después de todo?
Apretó la cara contra la almohada y pensó solo en dormir. En dormir y que la noche pasara lo más rápido posible. Si se dormía, el dolor se calmaría y esos pensamientos extraños desaparecerían. Sabía que podía ser peligroso seguir dándoles poder y dejar que toda esa energía negativa la dominara.
Por la mañana estaría mejor.
Mañana será aún peor le dijo esa voz, lamiendo con frialdad los recovecos de su cerebro. A partir de ahora todo será siempre peor.
Y ni Ladybug con todos sus Lucky Charm podrá arreglar lo que has estropeado.
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La madriguera que Adrien se encontró en cuanto abrió los ojos tras cruzar el agujero no era, para nada, lo que se había imaginado.
Un amplio espacio blanco que tenía una curiosa forma redonda, de modo que los límites parecían curvarse desde el suelo hasta el techo y volver a caer sobre sí mismos. Y todo, salvo el suelo, estaba cubierto de más agujeros con las imágenes que daban a otros momentos de la historia, congeladas y difuminadas. Resultaba abrumador moverse por un lugar tan extraño y no solo para él; Plagg miraba a su alrededor igual de perplejo desde su hombro derecho.
Lièvre Noir, por el contrario, se movía con soltura y normalidad incluso con una pizca de chulería, notó el chico. Todavía se preguntaba si no habría sido un error seguirle con tanta alegría a través de un portal del tiempo. Tenía un sinfín de preguntas que hacerle pero algo le decía que si formulaba alguna, lo único que recibiría sería otra contestación desagradable.
¿De verdad voy a convertirme en alguien tan grosero?
¿Cómo era posible que le causara tanto rechazo el hombre que sería algún día?
A pesar de todo le había seguido hasta allí. Y es que algo en ese héroe malhumorado le inspiraba una sensación parecida a lo que sentía en presencia de su padre, como si fuera una figura de autoridad a la que debía obedecer sin hacer demasiadas preguntas. Además, había visto en su expresión que realmente le importaba Marinette cuando la mencionó y eso le daba algo de credibilidad a sus desvaríos, aunque no demasiada.
Lièvre Noir rebuscó entre los agujeros, colocando la mano sobre cada uno de ellos y mirando en su interior.
¿Cuánto tiempo hará que usa el prodigio del conejo? Se preguntó también al notar la facilidad con que se manejaba allí.
Plagg también miraba a aquel extraño, quizás haciéndose las mismas preguntas sobre él.
—¿Tú qué crees? —Le preguntó Adrien en voz baja—. ¿Es de fiar?
—No sé si es de fiar, solo sé que eres tú.
Su Kwami parecía totalmente seguro de ese hecho y eso disipaba todas sus dudas acerca de que le hubiese engañado con su identidad.
—¿Todo esto no te parece muy extraño?
—¿Más extraño que el que ese Adrien esté usando mi prodigio al mismo tiempo que yo estoy aquí? —preguntó. ¡Ni siquiera había pensado en eso! Dos Plaggs… era una idea que infundía terror—. Ha tenido que pasar algo muy malo para que no haya más héroes a los que recurrir.
—¿Y cómo estás tan seguro de que esa parte es cierta?
—No se me ocurre otra razón por la cual te hubieran dejado a ti un prodigio como el del conejo.
Eso, aparte de un poco insultante, le pareció que tenía bastante sentido. Ladybug nunca le había entregado otro prodigio más que en caso de absoluta emergencia como en la pelea contra Reina Prodigiosa, ni solía compartir con él demasiada información sobre ellos o los portadores que escogía. En cualquier caso, después de su desastre absoluto como Aspik, él tampoco tenía intención de probar suerte con otro que no fuera el suyo.
—¿Entonces crees posible que yo haya… destruido el futuro?
Plagg separó, muy despacio, los labios para responder semejante cuestión y tras pensárselo con calma.
—Pues…
—Dejad ya de cuchichear y acercaos aquí —Les llamó Lièvre Noir, interrumpiéndoles. Adrien resopló y caminó hasta situarse a su lado. Echó un vistazo al agujero que tenían delante y no vio nada extraño, así que arqueó las cejas—. Sí, ya sé lo que piensas miniyo, pero espera un poco.
. Aún no has visto nada.
—Dudo que sepas lo que estoy pensando.
—No te fías de mí y sé por qué —Le dijo, de nuevo con esa sonrisilla tan irritante—. No te fías de los adultos. No han hecho más que fallarte hasta ahora.
—¡Eso no es verdad!
—Sí que lo es, pero todavía no te has dado cuenta —El héroe se encogió de hombros y se volvió, dando ese tema por zanjado—. El lugar al que vamos está unos quince años en el futuro con respecto al momento en que te encontré, ¿de acuerdo? Quiero que prestes mucha atención y que recuerdes que habrá muchas cosas que no podré decirte así que será mejor que no me hagas perder el tiempo con preguntas tontas.
—¿Se puede saber por qué eres tan desagradable conmigo? —replicó Adrien, harto de la actitud del héroe. Se cruzó de brazos y frunció el ceño—. ¿Cómo esperas que me crea nada de lo que dices hablándome así?
—Te hablo así porque lo mereces. Porque estás a punto de provocar algo terrible por puro egoísmo.
—¿Egoísmo? ¿Por eso estás tan enfadado conmigo?
—¡Estoy enfadado conmigo! ¡¿O no lo has entendido aún?! —Lièvre Noir alzó la voz tan de golpe que Adrien retrocedió y Plagg dio un bote en su hombro—. ¡Porque yo causé todo este desastre y ahora lo harás tú, y debo evitarlo como sea para salvarla! —El héroe se pasó las manos por la cara y su pecho subió y bajo con rapidez durante unos segundos para después mirarle de forma furibunda—. Haz lo que te diga y punto.
Adrien, abrumado, se puso a dar vueltas y a sacudir la cabeza.
—¡Pero si apenas me has contado nada! —le reprochó, hablando a voces también para desahogarse—. Solo has aparecido de la nada, me has echado la culpa del fin del mundo y me has arrastrado hasta aquí sin darme casi explicaciones.
—Te he dicho lo que debes hacer…
—No revelarle mi identidad secreta a Marinette —resumió él—. Que es lo mismo que pedirme que la pierda para siempre.
—Así es.
—¿Así es? ¿Y ya está?
—Oye, que no te lo está diciendo cualquier desconocido —Lièvre Noir fue tras él, hasta quedar a escasos centímetros, puede que con la acertada intención de intimidar al chico con su superior altura—. Te lo digo yo, que soy tú.
. Solo por eso deberías fiarte…
—¡Pues no me fio! ¡Necesito más información!
—¡¿Y a qué crees que hemos venido aquí?! ¡Me estás haciendo perder demasiado tiempo!
—Pues quiero la información antes de cruzar ese agujero —exigió el joven—. ¿Por qué el hecho de que Marinette sepa quién soy destruirá el futuro? ¡No tiene ningún sentido!
Lièvre Noir le fulminó con una mirada ardiente en sus pupilas verdes y alargadas. Apenas parpadeó durante unos segundos y cuando Adrien pensó que estallaría contra él con nuevas maldiciones y gritos horrendos, simplemente hizo una mueca de cansancio y dejó caer los hombros. Se desinfló hasta tal punto que pareció encogerse ante él y entonces miró a Plagg.
—¿Cómo lograbas soportarme, Plagg? —Le preguntó y el Kwami soltó una risotada que relajó algo el ambiente.
—El queso, chaval, ¿lo has olvidado?
—Ah, sí… el queso… ¡Antes te daba todo el que querías! Era un blandengue, pero ahora todo es distinto… —Plagg se estremeció antes esas palabras y Adrien sintió que se ocultaba tras sus cabellos, alejándose del otro. El héroe se irguió de nuevo y se frotó la barbilla, ligeramente rasposa, en actitud pensativa—. Está bien —decidió y se inclinó un poco para encarar de nuevo al chico—. Quizás no he debido ser tan brusco, miniyo, pero es difícil verme a mí mismo como… En fin, no debería hacerte sentir mal por algo que aún no has hecho.
. Es que llevo quince años esperando para resolver esto y, solo quiero que termine de una vez.
Adrien captó autentico dolor en su voz, pesé a que sus rasgos seguían tensos y sin mostrarle una expresión con la que pudiera conectar. Parecía cansado, como si arrastrara un tipo de agotamiento diferente al físico y Adrien sabía de qué tipo era. Cuando pasaba horas y horas posando en sesiones de fotos por encargo de su padre, a veces para ropa o complementos que ni le gustaban, pero sabiendo que no podía negarse y que quejarse solo serviría para empeorar las cosas, también se sentía así. Estar atrapado en una situación que no soportas y que parece alargarse hasta el infinito.
Ha debido sufrir mucho reconoció y por un lado se sintió mejor porque eso sí era algo que compartían. Por el otro, era un pensamiento inquietante pues se trataba de su futuro.
—Quince años echándola de menos… —añadió en voz tan baja que, seguramente no contaba con que Adrien le oiría, pero lo hizo y el corazón le dio un vuelco.
—¿A Marinette? —preguntó y el otro asintió penosamente—. ¿Eso significa que aunque le diga quién soy… no estaremos juntos?
Lièvre Noir apoyó el paraguas en el suelo y recostó el peso de su cuerpo sobre él mientras apretaba los labios, como meditando su respuesta.
—Al principio sí. Lo estuvimos —respondió. Volvió a adoptar esa mueca entre cansado y molesto y cogió aire con fuerza—. Aquella noche tras la fiesta en el parque, Marinette me dejó porque creía estar enamorada de mis dos identidades y yo, asustado, tomé la nefasta decisión de revelarle mi identidad. Creía que solo así seríamos felices pero…
—Pero… ¿no fue así? ¿Qué pasó? ¿Ella se enfadó al saber quién era y que la había estado engañando? ¿Me odió?
El adulto alzó la mano para pedir silencio, con los ojos perdidos en el suelo parecía estar leyendo una vieja historia sobre él y que el ruido de otra voz le desconcentraba.
—No se enfadó… se sorprendió y se asustó —siguió relatándole—. Me dijo que no debería habérselo contado porque estaba poniendo en riesgo mi seguridad y la de Ladybug pero, yo le aseguré que no pasaría nada porque ya había decidido devolver mi prodigio y convertirme en un chico normal.
. Ella trató de convencerme para que no lo hiciera, pero no hice caso. Fui en busca de Ladybug, le conté toda la historia y le entregué el anillo.
—Apuesto a que ella sí se enfadó…
—Pues, en realidad, no. Lo que más miedo me había dado hasta ese momento era decepcionar a mi lady, y sé que ese día lo hice pero… ella no me regañó, ni me juzgó, incluso trató de hacerme cambiar de opinión —Lièvre Noir sonrió un poquito, aunque sus ojos solo mostraban pena y nostalgia—. Ella estaba dispuesta a saltarse las normas por mí y permitirme conservar mi prodigio, pero yo no quería ponerla en peligro; ni a ella, ni a Marinette. Así que renuncié a Plagg y no miré atrás.
Adrien, sobrecogido por una intensa pena, levantó las manos y tomó al pequeño Kwami que seguía en su hombro. Evitó su mirada y simplemente lo apretó con suavidad contra su pecho. Plagg se acurrucó contra él en silencio. Él mismo había considerado renunciar a él en un momento de desesperación por conservar el amor de Marinette pero no había estado seguro de ser capaz de hacerlo.
¿Tendría valor llegado el momento?
Al parecer sí, lo tuvo.
—No debió ser fácil —comentó, sin más.
—Fue de lo más duro que he hecho en mi vida —confirmó el otro—. Lo siento, Plagg.
El Kwami calló.
—¿Y qué pasó después?
—Marinette y yo empezamos a salir como una pareja normal y durante un tiempo fuimos felices. Podíamos ir a donde quisiéramos, sin escondernos de nadie, sin secretos. Fueron días maravillosos y yo llegué a pensar que, a pesar del sacrificio que había tenido que hacer, valía la pena porque nos queríamos y nada se interponía ya en nuestra felicidad.
La pausa que hizo a continuación se alargó tanto que Adrien se preguntó si la historia terminaba ahí, aunque ya sabía que no. Observó la cándida sonrisa que había surgido en el rostro de Lièvre Noir, el modo en que sus rasgos se habían relajado por primera vez y no tuvo dudas de que estaba recordando cosas buenas. No quiso importunarle porque, de algún modo, supo qué hacía mucho tiempo que ese hombre no se permitía pensar en todo eso.
Dejó que repasara en silencio las vivencias felices que conservaba de aquella época y fue testigo de cómo su pensamiento se movía hacia algo mucho menos agradable cuando le vio fruncir las cejas y el modo en que sus labios se curvaron hacia abajo.
—Pero todo empezó a desmoronarse a los pocos meses —dijo, de repente—. Ladybug seguía peleando contra los akumatizados que Lepidóctero enviaba, de manera incansable y valiente. A veces buscaba nuevos aliados pero, después de que Reina Prodigiosa obligara a desvelar sus identidades a RenaRouge y los otros, parecía que le costaba encontrar a nuevos elegidos a quienes confiar un prodigio.
—¿Y… el nuevo Chat Noir?
El adulto frunció los labios y también los ojos, como si acabaran de golpearle en el estómago.
—No hubo otro Chat Noir. Ladybug no pudo o no quiso encontrar a otro al que entregar mi prodigio —meneó la cabeza, devastado—. Cuando acudí a entregárselo, ella me suplicó que no lo hiciera. Me dijo que no podía imaginarse a sí misma siendo Ladybug sin mí.
. Por eso creo que ni siquiera intentó buscar a otro.
—¿Ladybug te dijo eso? —Adrien sintió que el corazón se le encogía.
—Al principio pudo ella sola con todo, tan extraordinaria como siempre —continuó pero su sonrisa se había vuelto desconsolada—. Pero sin ayuda, las peleas contra los villanos se hacían mucho más largas y complicadas, el cansancio empezó a hacer mella en ella y Lepidóctero, que no desaprovechó la oportunidad, la hostigó con mayor ferocidad.
. Tardaba cada vez más en purificar el akuma y arreglarlo los daños. Sabemos que las mariquitas mágicas pueden repararlo todo pero no hacen olvidar lo ocurrido a las víctimas y todos aquellos que eran hechizados o heridos durante los ataques tenían que esperar mucho más (a veces días enteros) para volver a la normalidad y eso… comenzó a molestarles.
—¿Molestarles?
—Exigían a Ladybug que fuera más rápida o que escogiera a otro Chat Noir. Empezaron a culparla a ella de todo lo que estaba pasando en la ciudad…
—¿Qué la culpaban a ella? ¡¿Cómo podían hacer algo así?!
—Tienes que entender que todo fue planeado por Lepidóctero —trató de explicarle el héroe—. Atacaba todos los días, varias veces en el peor de los casos. Lo único que buscaba era desgastar la confianza de los ciudadanos de París en Ladybug que no podían llevar una vida normal a causa de esto.
. Quería debilitar a nuestra lady para que se rindiera o para que cayera derrotada por algún villano y robarle así los prodigios.
—¿Eso fue lo que pasó? —preguntó Adrien, intentando anticiparse y llegar antes al centro de la cuestión para no pensar en la rabia que sentía por lo que oía—. Ladybug fue vencida, Lepidóctero se hizo con los prodigios y deseó el fin del mundo, ¿verdad?
Claro, si había sido así… entonces era culpa suya, sin duda.
Lièvre Noir calló y ese silencio pesó sobre los hombros de Adrien de un modo particularmente terrible. Sin darse cuenta, apretó más a Plagg contra él. Veía algo turbio en la mirada de su yo adulto que le produjo un escalofrío terrible.
—Fue así… ¿verdad?
—No, Adrien —respondió con gravedad—. No fue de ese modo.
La garganta se le secó y temió seguir preguntando porque estaba claro que la respuesta no le iba a gustar. Pero Lièvre Noir no dijo nada más, simplemente se dio la vuelta y volvió a posar la mano sobre el agujero que antes había escogido. Las imágenes al otro lado se aclararon al instante aunque no hubo ningún movimiento.
—Es hora de que lo veas por ti mismo —le indicó. Adrien se quedó parado, con los ojos muy abiertos y la respiración atascada en el pecho—. Por favor. Es la única manera.
El chico bajó los ojos hacia su Kwami y este le devolvió la mirada.
—Creo que deberías hacer lo que dice.
Y él también lo pensaba. Aunque en el momento en que se acercó al agujero, sintió un poderoso pánico recorriéndole la columna. Tragó saliva y subió la vista hacia Lièvre Noir que le hizo un gesto de asentimiento. Esa fue la única vez en que le miró con algo de compasión.
Adrien cogió aire y saltó fuera de la madriguera.
. . .
Al otro lado del agujero había, sobre todo, oscuridad. Pero solo se percató de ello cuando sintió que Lièvre Noir cruzaba el portal a su espalda y este se cerraba. Había bajado la vista y apenas podía distinguir el contorno de sus zapatillas de los adoquines del suelo.
Levantó la mirada y solo halló tinieblas, aunque tras parpadear unas cuantas veces logró distinguir el lugar donde se encontraba gracias al débil resplandor de un fuego encendido en mitad de la carretera a base de trozos de madera y ruedas de neumáticos.
Las formas empezaron a hacerse más claras y pudo ver también el Puente de las Artes a un lado de la calzada y el río Sena parecía también el mismo. No obstante, estos insignificantes detalles de reconocimiento no sirvieron de nada cuando notó que todas las farolas que solían alumbrar el paseo estaban apagadas. A lo lejos vio otros resplandores naranjas crepitando en medio de la calzada, y aún más lejos, distinguió la quebradiza figura de la Torre Eiffel encendida, aunque muy débilmente.
Estaba en Paris, no había duda y el mundo no se había venido abajo, ni vuelto del revés. Pero la bulliciosa ciudad que tan bien conocía había desaparecido en un opresivo silencio que amenazó con engullirle.
—Supongo que tu móvil sí funciona, ¿no? —le preguntó Lièvre Noir, colocándose a su lado. Adrien estaba tan asombrado por lo que veía que no entiendo a qué se refería—. La linterna —¡Claro! El chico lo sacó y un potente chorro de luz blanca salió disparada hacia el héroe, que en lugar de retroceder cegado lo miró con nostalgia—. El mío dejó de funcionar hace mucho tiempo.
—¿Qué?
—Se quedó sin batería. Y como ya habrás comprendido, no hay luz en toda la ciudad —Le señaló las farolas pero no era solo eso. Las luces del Instituto Francés, las del Louvre y todas las ventanas de las casas cercanas estaban apagadas—. La red eléctrica se cortó cuando no quedó nadie que la mantuviera en funcionamiento.
Cuando no quedó nadie…
Adrien sintió un escalofrío. El silencio era cada vez más pesado, más aterrador… No se oían coches, ni voces, ni música callejera o escapándose de alguna vivienda. No se oía nada salvo sus respiraciones porque estaban en una ciudad desierta. No, la quietud descarnada que flotaba en torno a ellos le recordó a la de un siniestro cementerio.
—Vamos —indicó Lièvre Noir—. He encendido unas hogueras para que nos guíen —Echó a andar sin más y Adrien le siguió, con el móvil en una mano alumbrando sus pasos y sosteniendo a Plagg en la otra. El kwami permanecía mudo, pero el chico sentía el movimiento desenfrenado de su cuerpecito contra su camiseta.
Eso le puso aún más nervioso. Plagg no solía preocuparse por nada, incluso en los peores momentos que habían vivido como cuando recibieron de lleno su propio cataclysm el espíritu hizo una broma entre jadeos de dolor, como si no le diera importancia alguna. Pero aquel escenario le había atemorizado de verdad.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó tras unos minutos en los que procuró recomponerse para seguir el paso acelerado de su yo adulto. Caminaba estirado, sin volver la cabeza ni una sola vez o esperarle; había regresado a esa actitud distante y algo severa—. Esto… ¿fue Lepidóctero?
—Más o menos —le respondió. Siguieron el curso del río, sin alejarse demasiado del borde. Los fuegos habían sido colocados en mitad de la calle a una distancia de varios metros de separación. Daban un aspecto aún más lúgubre a ese lugar aunque su efecto debería haber sido el contrario—. Tras varios meses de peleas y villanos que aparecían sin descanso, Ladybug estaba realmente agotada. Yo que la conocía mejor que nadie podía ver en su rostro que estaba al borde del colapso.
. Y un día, después de enfrentarse a un par de akumatizados seguidos, ocurrió que justo después de purificar al akuma perdió su transformación. Logró ocultarse antes de que alguien la viera pero… cuando regresó para reparar los destrozos, su Lucky Charm no funcionó.
—¿Por qué no?
—Porque cada Lucky Charm está asociado a un villano y el que había usado para vencer al último se desvaneció con su transformación —explicó Lièvre Noir—. El siguiente que invocó no funcionó. Muchas zonas de París quedaron destruidas y también hubo heridos… A la gente no le gustó.
. Los días siguientes hubo protestas y manifestaciones públicas en contra de Ladybug y el resto de los héroes. Incluso elevaron una queja al alcalde y una petición para que la policía la detuviera y la hiciera responsable de los daños ocasionados.
—¡Es increíble que la gente reaccionara así después de todo lo que ella ha hecho por esta ciudad! —gruñó Adrien, furioso.
—Lepidóctero aprovechó la coyuntura para lanzar un nuevo akuma a los pocos días y otro villano apareció. Su nombre era Paralizadora, un villano con el poder de parar el tiempo y la vida —El hombre se encogió de hombros—. Supongo que pretendía presionar aún más a Ladybug congelando el tiempo en un momento tan duro para ella…pero le salió mal la jugada.
—¿Qué quieres decir?
—Paralizadora resultó ser un villano distinto, rebelde a las órdenes de Lepidóctero. Lo normal es que ellos aparezcan en la ciudad, creen alboroto y problemas para atraer a los héroes y luego intentar arrebatarnos los prodigios, ¿no? —Adrien asintió y Lièvre Noir continuó con una voz que se volvió grave y pausada—. Paralizadora usó su poder para congelar a todos y a cada uno de los habitantes del mundo de golpe.
. El día en que apareció en lo alto de la Torre Eiffel, flotando sobre su cúspide, una onda expansiva recorrió todos los rincones de la ciudad congelándolo todo y a todos. El agua dejó correr en el Sena, los relojes dejaron de moverse y… no ha vuelto a salir el sol desde entonces.
Lièvre Noir se paró y su mirada verde se dirigió al cielo.
—Vivimos en una noche eterna —Se estremeció ligeramente y se pasó las manos por la cara—. No ves a nadie porque la mayoría de personas estaban en sus casas durmiendo cuando pasó. Y allí siguen, nunca despertaron. ¡Y la verdad es que esas tuvieron suerte!
. Las que estaban despiertas siguen en el mismo lugar donde los cogió la onda. Detenidos en ese instante. Atrapados en ese momento, fuera feliz o triste, se sintieran bien o sufriendo algún tipo de dolor o malestar.
. ¿Entiendes lo que digo, Adrien? No es como si estuvieran dormidos o inconscientes. No, ellos son conscientes de todo. Llevan quince años secuestrados dentro de sus cuerpos paralizados, asustados y sin saber si algún día podrán volver a la normalidad.
Adrien escuchó con la boca semi abierta, sintiendo un dolor tan atroz como el miedo que le hormigueaba en sus brazos y en sus piernas. Una parte de su cabeza le decía que no podía ser real algo tan terrible, pero como si el héroe pudiera leerle la mente, le hizo un gesto para que mirara en dirección a una fila de coches aparcados a un lado de la calzada.
Descubrió que en su interior había personas sentadas en sus asientos, con las bocas abiertas en mitad de una conversación, riendo en un gesto mudo y grotesco por la falta de aire, incluso niños que lloraban en sus sillitas… Los ojos reflejaban vida y las lágrimas brillaban húmedas a medio caer por sus mejillas enrojecidas.
Entonces, el verdadero entendimiento de lo que esas imágenes significaban penetró en su cerebro y sufrió un espasmo al mirar a su alrededor. Observó las casas, las tiendas… en todas ellas había personas petrificadas. Atrapadas. Gente inocente que llevaba más de una década esperando que alguien los rescatara, sin saber lo qué estaba pasando o cómo estaban sus familiares y amigos.
—¿Y Ladybug? —preguntó, asustado cuando recuperó la voz—. ¿Por qué no lo evitó?
—Ladybug nunca apareció —le respondió el otro, bajando la mirada—. No llegó a tiempo antes de…
Entonces… ¿eso significaba que la onda también la alcanzó a ella y ni siquiera tuvo oportunidad de intentar salvarlos? Su lady estaba en algún lugar de esa ciudad paralizada también.
¡Aquello era terrible! Jamás habría imaginado algo tan horroroso… ¡¿Cómo pudo pasar algo así?!
—Lo único positivo (si es que se puede sacar algo bueno de todo esto) es que Lepidóctero también acabó atrapado —añadió Lièvre Noir. Su voz sonó despegada, como si de hecho eso no tuviera importancia alguna pero Adrien sintió una oscura satisfacción al oírlo, pues eso era lo que se merecía el verdadero culpable de semejante pesadilla.
—¿Tú sabes quién es Lepidóctero? —preguntó Plagg, entonces, al adulto que apenas hizo un simple gesto.
—No podría decirlo aunque así fuera. Reglas de los viajes en el tiempo.
¡Reglas estúpidas, sin duda!
Si él supiera quien es Lepidóctero y pudiera llevarse esa información a su tiempo, Ladybug y él podrían detenerle y ese horrible futuro jamás se produciría.
—Las cosas no funcionan así, miniyo —Le advirtió el otro. De nuevo había adivinado sus pensamientos con tan solo mirarle—. Mantén la calma, ¿quieres? Sé que esto es horrible, pero te he traído hasta aquí porque después de tantos años he descubierto la manera de resolverlo todo.
. Podemos evitar que esto pase.
Entonces Adrien cayó en la cuenta de algo importante.
—¿Después de tantos años? —repitió—. Espera… ¿acaso tú no fuiste paralizado? —Lièvre Noir se irguió, algo tenso. Y sus ojos volvieron a reflejar algo que podía ser muy importante o muy terrible—. Pero si no fuiste paralizado y dices que han pasado quince años…
—Sí —confirmó con una sonrisa amarga y un ligero temblor en la mandíbula—. Llevo quince años viviendo solo en esta ciudad oscura. Sin nadie más. Tratando de arreglar el desastre que yo mismo provoqué.
—¿Qué…?
Adrien se balanceó sobre sus pies, devastado, al comprender la magnitud de lo que significaban esas palabras. Quince largos años, totalmente solo, en ese lugar desierto, silencioso y con la única compañía de los fantasmas de las personas que no pudo salvar mirándole a través de sus ojos vacíos. Culpándole en silencio. Él era el único responsable y el único que no fue castigado.
Se le revolvió el estómago y el móvil resbaló de sus manos.
Plagg voló hasta su rostro y trató de reconfortarle, pero Adrien apenas sintió nada. Lièvre Noir le observó con cierta distancia en su mirada, no parecía compadecerse de él. De hecho, salvo ese momento de ofuscación cuando alzó la voz, ese extraño hombre en que iba a convertirse apenas expresaba emociones reales. Su rostro permanecía neutro o mostraba expresiones de sorna vacías; las pausas que hacía en su relato estaban destinadas a ordenar sus ideas y no como concesión para que Adrien asimilara lo que oía porque no le importaba lo que el joven sintiera al descubrir la verdad. Sus sentimientos no le importaban.
Me ha traído hasta aquí para que arregle todo y ya está se dijo con amargura.
¿Era a causa de esos años de soledad, rumiando su culpa y tragándose la impotencia de no poder hacer nada lo que le habían convertido en un hombre tan huraño, resentido e indiferente hacia todo?
Pero hay algo más, entendió de pronto.
Porque ese tipo no era indiferente a todo de verdad, había tenido algún momento en el que había perdido el control de sus emociones y Adrien había visto dolor, ira, desesperación y un desquiciante anhelo en sus ojos. Luego sí había algo que le importaba, algo más profundo que lo estaba reconcomiendo y por eso necesitaba reparar aquel error como fuera.
—¿Por qué a ti no te paralizaron?
Eso era lo que no cuadraba en aquella historia y fue lo que hizo reaccionar a Lièvre Noir.
—¿Por qué solo tú?
El adulto movió sus ojos hacia la Torre Eiffel.
—Esto también tienes que verlo por ti mismo —Y antes de que Adrien protestara, el otro lo cogió y saltó hacia el tejado más cercano.
. . .
Cortaron el aire a toda velocidad y aterrizaron sobre las frías vigas de metal de la torre con brusquedad. Adrien se tambaleó cuando su yo adulto le soltó y tuvo que sostenerse a algo, doblado sobre su estómago que estaba del revés. Estaba acostumbrado a ese tipo de viajes por los aires, pero toda la situación y los nervios hicieron que sintiera ganas de vomitar.
Incluso se llevó una mano a la boca al creer sentir una arcada. Eran demasiadas cosas malas que asimilar de golpe y tenía el presentimiento de que nunca acabaría.
Plagg saltó de su mano y flotó ante sus ojos, preocupado.
—¿Estás bien?
El chico asintió con dificultad, pero no apartó la mano de su boca hasta que sintió que el malestar pasaba. Frunció las cejas, respirando de manera apresurada.
—Esto no me gusta, Plagg —le susurró, con pavor—. No quiero saber más. No quiero estar aquí.
—Lo sé, este tipo… este tú… es un borde —se quejó el Kwami con las orejas encrespadas.
—Todo lo que cuenta es tan… tan… horrible —Se puso las manos en la cara, tenía la piel fría y sudorosa—. ¿De verdad he provocado todo esto?
—Bueno… —Plagg se encogió de hombros—; aún no.
—Quiero volver a casa. Necesito ver a Marinette.
Después de saber todo lo que había pasado y de imaginarse a su querida lady indefensa, paralizada en algún rincón oscuro de la ciudad no podía dejar de pensar en la chica. El modo en que ese héroe gruñón y desgastado hablaba de ella no hacía sino que creciera su miedo. Solo quería regresar y asegurarse de que ella estaba a salvo.
Plagg pudo leer el temor en los ojos de su portador.
—Marinette está a salvo en nuestro tiempo, Adrien, no te preocupes por ella.
Quiso creer en sus palabras y por eso, asintió y tras coger aire, se irguió. A sus pies estaba la ciudad de la luz, casi totalmente a oscuras. Había estado otras veces en ese mismo lugar y conocía la vista de memoria pero todo parecía tan distinto que se sintió desorientado.
La misma torre parecía más lúgubre e inhóspita sin su grandiosa iluminación. En cada una de las plantas había más hogueras encendidas, pero era como si la luz fuera absorbida por la esquelética construcción; las ráfagas de viento que la atravesaban hacían que el metal reflejara las llamas y creaba sombras que daban la sensación de que la torre temblaba.
Se vendría abajo y ellos morirían, eso pensó Adrien. Por más que lo intentaba era incapaz de conjurar pensamientos menos funestos.
Se dio la vuelta y comprobó que estaban en la última planta; la más alta y la que contaba con mayor cantidad de fuego repartido en pequeñas hogueras y en velas colocadas por todas partes. Al fondo de esta, Lièvre Noir estaba parado frente a una especie de reloj de arena de tamaño gigantesco que había nacido del metal de las vigas, como las raíces que se separan del tronco y crean formas extrañas sobre el suelo.
La luz naranja no dejaba ver lo que había dentro del reloj, pero debía haber algo y eso era lo que el héroe miraba con gran atención. Adrien volvió a coger a Plagg en sus manos y se acercó a él, procurando no patear ninguna de las velas que decoraban la plataforma.
Lièvre Noir tardó unos instantes en notar su presencia. Percibió una nueva chispa de desprecio cuando le miró, aunque su voz sonó tranquila.
—Echa un vistazo —Le indicó, pero Adrien sacudió la cabeza.
—¿Por qué? ¿Qué hay dentro?
—Es Paralizadora —le respondió—. Después de lanzar su hechizo, hizo aparecer este enorme reloj en el que se encerró y ella misma reposa.
Adrien frunció el ceño, confuso. Era extraño que el propio villano cayera presa de su hechizo aunque, sin Lepidóctero para darle órdenes y sin Ladybug para liberarlo, ¿qué destino le espera a un akumatizado? Quizás le pareció buena idea paralizarse a sí mismo cuando comprendió lo que había hecho.
¿Un villano con remordimientos?
Adrien pegó la cara al cristal y usó las manos para crear la sombra necesaria que le permitiera ver lo que había al otro lado. Había mucha oscuridad, pero sí distinguió una figura, no demasiado grande, de una joven que flotaba con un leve movimiento, apenas un par de milímetros arriba y abajo. Llevaba un vestido largo, como pasado de moda y en tonos apagados. La piel de su rostro y sus manos, juntas a la altura del regazo, estaba blanca como la tiza. Tenía el cabello oscuro peinado bajo un pañuelo del que sobresalían algunos mechones que caían sobre sus hombros. El polvo había cubierto casi toda la superficie de su cuerpo y su cabeza.
Su expresión era apabullante. Tenía los ojos abiertos, aunque sus pupilas estaban blancas y aun así clavadas en él, sin vida o emoción alguna en ellos. Sus rasgos habían sido pintados sobre una máscara blanca y sus labios se habían congelado en una mueca de terror.
Sintió tal escalofrío que retrocedió casi de un salto, pero Lièvre Noir se pegó al reloj.
—¿Se ha movido? ¿Ha reaccionado? —preguntó, nervioso. Adrien negó con la cabeza y el otro chasqueó la lengua—. Creí que al verte…
—¿Qué? ¿E-ella está c-consciente?
Lièvre Noir asintió.
—Igual que sus víctimas, está viva dentro de su cuerpo —le explicó—. Lo sé porque… a veces llora cuando la hablo a través del cristal. Estoy seguro que puede oírme, pero nunca me responde.
¿Hablar con ella?
¿Para qué haría algo así? Quizás… ¿intentaba que ella misma se deshiciera de su akuma? No sabía si algo así era posible, aunque Ladybug a veces intentaba razonar con las víctimas de Lepidóctero.
Dejando eso a un lado, las palabras del héroe le resultaron demasiado extrañas y de hecho, su voz había vuelto a cambiar a un tono más sosegado y suave, casi teñido de algo parecido a la calidez, aunque no tuviera ningún sentido.
Adrien observó con extrañeza el modo en que el hombre miraba a través del cristal y se fijó también en que el suelo de la plataforma no solo estaba plagado de velas, sino que también había jarrones con flores y hasta algún peluche.
¿Qué es todo esto? Se preguntó, confuso.
No se le ocurrió nada en concreto pero de pronto una garra helada le cogió el estómago y comenzó a retorcer con saña. Se llevó una mano a la boca pero no eran arcadas lo que sentía, sino algo mucho más desagradable.
¿Por qué le había llevado hasta allí para que se asomara a ese cristal? ¡¿Por qué?!
¿Ha reaccionado? Creí que al verte…
¿Por qué Paralizadora reaccionaría al verle a él? ¿Por qué congeló todo el mundo salvo a él mismo?
No…
Entonces, surgió una idea horrible en su mente. Tan horrible que iba y venía, como ocultándose y mostrándose solo en parte; su cerebro trataba de borrarla, pero retornaba a su conciencia de nuevo con más fuerza, con más seguridad.
—No… —murmuró, aterrado. Se giró y apartó al héroe de un empujón para asomarse de nuevo al cristal. Miró a la villana, fijamente su rostro, tratando de asegurarse… no, tratando de rechazar esa idea horrible. No era su rostro, no lo era pero… pero… —. ¿Marinette? —Aguantó sin respirar y entonces la villana parpadeó—. ¡No! —Adrien apartó la mirada, los ojos le ardieron por las lágrimas y estas salpicaron con furia el suelo cuando bajó la cabeza—. No, no, no… ¡No es posible!
. Ella no pudo hacer algo así…
No era posible. ¡No podía ser ella! ¡NO PODÍA!
—No lo hizo a propósito —Habló Lièvre Noir tras varios minutos de silencio—. Ella solo quería que todo lo malo que estaba sucediendo en la ciudad… parara.
—¿Cómo lo sabes?
Hizo una nueva pausa y contestó.
—Porque eso fue lo último que me dijo antes de que la akumatizaran.
Adrien sacudió la cabeza. Sintió la presencia de Plagg cerca de su cara pero tenía los ojos cerrados y apretados, así que no pudo verle. Golpeó el reloj con un puño y se tapó la cara con las manos después. Dejó que el dolor saliera pero este era interminable.
Aquello no podía ser real. Era imposible que Marinette hubiese sido akumatizada, era imposible que él lo hubiese permitido.
—¿Cómo dejaste que esto pasara? —preguntó, devastado. Se apartó las lágrimas y fulminó al héroe con sus ojos—. ¡¿Cómo es que no la protegiste?!
—Cuando ocurrió ya no tenía mi prodigio.
—¡¿Y qué más da?! ¡¿Es que no la hacías feliz?! ¡Si le pasó esto debió ser porque estaba muy triste!
—Intenté ayudarla, hacer que se sintiera mejor pero ella no quería escuchar… se sentía demasiado culpable por todo lo que estaba pasando —replicó el otro—. Los ataques, la debilidad de Ladybug, el descontento de la ciudad; Marinette decía que era todo culpa suya.
—¿Por qué?
—Porque yo renuncié a mi prodigio por ella y eso fue lo que desencadenó todo —Lièvre Noir frunció los labios y se cruzó de brazos—. No era verdad, claro; lo hice por mí mismo. Pero tampoco quiso creer eso.
Adrien se sintió desecho. Totalmente vacío, sin fuerzas y al mismo tiempo, podía oír el eco de esa vocecilla malvada que a veces le torturaba echándole toda la culpa, hablándole como si le odiara. Quiso cerrar los ojos e ignorar todo lo que tenía a su alrededor; esa ciudad fantasmagórica, la visión de Marinette convertida en una cruel villana, y esa versión de sí mismo que parecía ocultar todo lo que sentía tras esa máscara negra y azul, hecha a base de odio y remordimiento.
Le habría encantado transformarse en Chat Noir y salir corriendo de allí pero, ¿a dónde iría? El único con el poder de devolverle a su hogar era ese tipo y estaba claro que no le dejaría irse hasta que no consiguiera lo que quería de él.
—Sí que hice algo —retomó la palabra el susodicho. Ahora apretaba los dientes, demostrando al fin alguna señal de que todo aquello tenía que ver con él y no había sido un testigo sin más de la catástrofe—. Después de que los paralizara a todos salvo a mí y de convencerme de que no valía de nada intentar razonar con ella… —Desvió la mirada al mencionarla. Ella, Marinette, Paralizadora…—; entendí que lo único que podía salvarla era purificar su akuma. Esperé a que Ladybug apareciera, pero no lo hizo. También fue paralizada o eso es lo que pensé.
. Entonces, me propuse encontrarla. A Ladybug. Porque si lo hacía y tomaba prestados sus pendientes podría transformarme en MisterBug, purificar yo mismo el akuma y usar el Lucky Charm para arreglarlo todo.
Adrien pensó que era un buen plan, aunque evidentemente no había resultado.
—¿Y qué fue mal?
—Bueno… para empezar la búsqueda de Ladybug no fue fácil. Yo no tenía idea de quién era ella y lo más probable era que hubiera sido paralizada bajo su identidad secreta así que en lugar de buscarla a ella, me puse a buscar la caja de los prodigios —Le relató—. Porque quien la tuviera sería Ladybug.
. Pero Paris es una ciudad grande, no te haces una idea de la cantidad de casas, apartamentos, pisos, locales y tiendas que hay. Sabía que si me lanzaba como un loco a revisar lugares al azar perdería más tiempo, así que dividí la ciudad por partes y me conciencié que iba a tardar mucho, mucho tiempo en revisarlo todo.
. Sin Plagg y sus poderes tenía que abrir las puertas de las casas por mis propios medios. No había autobuses, trenes ni nada, de modo que tenía que ir a pie a todas partes… los años empezaron a pasar, pero yo continué sin descanso porque estaba seguro de que era la única forma de arreglarlo todo. No podía rendirme aunque a veces la tarea de revisar las casa de cientos de extraños que seguían paralizados en sus camas y sin encontrar nada era… insoportable.
Adrien trató de imaginárselo pero se detuvo, ya no podía con más. Solo quería respuestas rápidas y que todo acabara de una vez.
—Finalmente la encontraste, ¿verdad?
—Sí. Hace unos cuantos meses encontré la caja —Su expresión mudó y Adrien casi pudo ver la forma de una sonrisa amarga en su semblante—. Pero Ladybug no estaba allí.
—Entonces… ¿tú sabes quién es ella en realidad?
Lièvre Noir parpadeó pesadamente y asintió una sola vez, de forma cortante y dando a entender que no se lo diría.
Reglas de los viajes en el tiempo recordó el chico con fastidio.
—Me iba a ser imposible llevar a cabo mi plan de purificar el akuma sin los pendientes —Meneó la cabeza y apoyó el puño en el cristal—. De todos modos, habría dado igual porque esta cosa… este reloj es indestructible.
—¿Indestructible?
—Cuando recuperé mi prodigio lo primero que intenté fue usar mi cataclysm con él y no le hizo ni un rasguño.
—Pero el cataclysm puede destruir cualquier cosa…—recordó Adrien, descolado.
—Este reloj no, Plagg… mi Plagg, quiero decir, opina que hay algo que lo protege contra mi poder —En ese momento el Plagg que seguía sobre el hombro de Adrien frunció el ceño y al instante abrió la boca, sorprendido. Lièvre Noir clavó en él sus ojos a modo de precaución—. Así que vine aquí, para estar con ella, y me puse a pensar en qué otra cosa podía hacer para resolver todo este lío. Y me di cuenta de que mi última esperanza era el prodigio del conejo.
. Un prodigio que te permite volver atrás en el tiempo y reparar todos los errores. Tomé los documentos que el maestro Fu le había dejado a Ladybug y estudié los poderes de Flaff mientras planeaba mi siguiente paso. Entre Flaff, Plagg y yo decidimos que el momento exacto al que debía viajar para evitar este futuro era justo antes de contarle a Marinette quien soy.
—Ya, entiendo…
—Si no le revelas tu identidad, no tendrás que renunciar a tu prodigio y Ladybug no se quedará sola contra Lepidóctero —insistió Lièvre Noir—. Marinette no se sentirá tan culpable como para ser akumatizada y Paralizadora jamás existirá.
. Pero he descubierto algo más. Para que todo resulte no basta con que no le digas a Marinette la verdad. Es muy importante que Chat Noir no vuelva a acercarse a Marinette. ¿Entiendes eso? Marinette y Chat Noir no pueden estar juntos.
Sí, Adrien entendía. Y era casi un milagro porque jamás se había sentido tan agotado mentalmente. Una parte de su cabeza seguía atenta a lo que su yo adulto le decía y comprendía la magnitud de la situación. Pero había otra parte que estaba exhausta, aterrorizada y terriblemente triste por todo lo que había visto y oído. Esa parte no lograba separarse de las emociones y por tanto, no era capaz de razonar. Se resistía a aceptar esa única explicación y solo quería que aquella experiencia tan horrible acabara de una vez. Esa parte no estaba preparada para renunciar a Marinette.
—¿Estás seguro de que no hay otra manera? —preguntó—. Viajar en el tiempo puede dar lugar a muchas posibilidades y quizás haya alguna mejor.
—No la hay…
—¡Pero… tal vez no has buscado suficiente! —insistió el joven—. Podrías avisarme para que no renuncie a mi prodigio y así Ladybug no se quedaría sola. O anticiparnos a la akumatización de Marinette avisando a Ladybug o… o…
—¡No! ¡Nada de eso funcionará! —Lièvre Noir resopló un par de veces, e incluso se golpeó la frente con fuerza—. ¿Te crees que no he probado ya todas esas cosas? ¡Y muchas más! Este no es mi primer intento, miniyo, he retrocedido en el tiempo unas mil veces, alterando cada detalle de la historia con la intención de evitar este futuro abominable y conservar el amor de Marinette, pero es imposible.
. Haga lo que haga esto acaba pasando siempre. De distintas maneras, más rápido o más lento, pero siempre es igual. ¡Y ya no puedo más…! He aceptado que si Marinette y Chat Noir siguen juntos, el destino del mundo es este.
—Pero… eso no es… justo —Adrien se volvió hacia el cristal y apoyó una mano en él sin atreverse a mirar de nuevo—. Yo la quiero.
—Y yo también —añadió Lièvre Noir—. Por eso prefiero que este a salvo lejos de mí, a que se pase toda la eternidad dentro de este reloj sufriendo por el daño que le ha hecho al mundo.
. ¿Qué prefieres tú, Adrien?
Apretó la mandíbula sin querer pronunciar la única respuesta válida a dicha pregunta. El corazón se le desgarró al separar los labios.
—Quiero que este a salvo —respondió con confianza. Por encima de su cabeza oyó un chasquido que retumbó a largo y ancho de la ciudad pero apenas le hizo caso—. Aunque yo este solo.
—No estarás solo —replicó Plagg. El chico le sonrió con pena y agradeció sus palabras, evitando decirle que no se refería al tipo de soledad que él creía.
Pues resulta que existe más de un tipo de soledad, no siempre se trata de estar solo encerrado en un cuarto. Marinette le había salvado de un tipo de soledad que ni siquiera sabía que le envolvía y ahora, de forma consciente, tendría que volver a ella. Pero no tenía dudas de que debía hacerlo.
Escucharon un trueno y el rugido del viento empezando a despertar.
—Funciona…
Adrien se frotó los ojos y se volvió hacia él héroe.
—¿Qué?
Lièvre Noir señaló al cielo. La oscuridad que había cubierto el cielo de Paris se estaba coloreando de un tono purpureo que se hacía cada vez mayor. El joven achicó los ojos para descifrar lo que estaba pasando. Justo sobre sus cabezas había una especie de remolino de aire, de aspecto peligroso, girando y aullando de forma atronadora. Parecía hacerse más grande y furioso a casa segundo que pasaba.
—Dices la verdad. Harás lo correcto —El héroe le miró con los ojos abiertos de par en par y una sonrisa nerviosa—. ¡Por eso empieza a cambiar!
¿Eso significaba que hasta ese momento había seguido albergando dudas sobre lo que haría? ¿Pese a todo lo que había visto antes?
El alocado viento descendió sobre la torre y la estructura crujió como si fuera débil frente a la fuerza del aire. Miles de sonidos se mezclaron en una melodía chirriante y metálica. Adrien sintió su violencia en el rostro pero al mirar de nuevo hacia arriba se percató de que una luz estaba surgiendo del remolino. Era brillante, aunque diminuta en medio de la oscuridad. Y sin embargo le hizo sentir bien.
—¡Es hora de irse o saldremos volando junto a todo lo demás! —anunció el héroe. Movió su paraguas y conjuró su poder—. ¡Madriguera! —El agujero reapareció antes ellos, pero Adrien señaló el reloj.
—¡No podemos dejar a Marinette aquí! —protestó.
—¡Ella debe desaparecer junto a todo lo demás! —Lièvre Noir le hizo un gesto, ofuscado—. ¡Recuerda que no es la verdadera!
—¡Lo es en este mundo!
—¡Este mundo desaparece, Adrien! —Finalmente, el adulto cogió a su joven versión de la nuca y le empujó por el agujero. Ambos fueron engullidos dentro de la madriguera y se impuso el silencio de golpe.
—¡Eso no era necesario! —se quejó Adrien levantándose. Comprobó que no había aplastado a Plagg en su caída y cuando fue a encarar al otro, este echaba un vistazo al lugar que habían dejado atrás. El remolino se había convertido en tornado y no solo había arrancado árboles y coches a su paso, sino que la torre había comenzado a tambalearse, lista para salir volando—. Marinette…
Lièvre Noir apartó la mano del agujero y la imagen se borró.
—Desde luego, las mariquitas mágicas de nuestra lady son mucho más agradables —refunfuñó y se cruzó de brazos—. Las dos están a salvo en tu tiempo, ¿recuerdas? Las has salvado de ese destino horrible.
Intentó repetirse eso para que le sirviera de consuelo, imaginar que ese destino era algo parecido a una pesadilla; por más miedo que te haga pasar cuando crees que es real, a la luz del día palidece hasta desaparecer de tus recuerdos.
Marinette debe estar en su cuarto abrazada a su almohada del gatito, profundamente dormida y a salvo se dijo, con convicción. Y Ladybug lo mismo.
Sin embargo, estaba tan agotado que no pudo poner buena cara pesé a que su yo adulto parecía más entusiasmado que nunca. Retrocedió con la mirada baja y guardó silencio a la espera de que se le permitiera volver a casa.
—Anímate, chico —Le susurró Plagg al oído—. No es como si no fueses a verla nunca más —Pero esas palabras de consuelo no le sirvieron como otras veces. Estaba desencantado—. No puedes perder la fe ahora…
—¿De qué me ha servido nunca la fe?
—Bueno —intervino Lièvre Noir yendo hacia él. Caminaba más ligero y hacía malabares con el paraguas al tiempo que exhibía una gran sonrisa. Parecía pletórico, cosa fuera de lugar pues asistían a la devastación de un mundo entero—. La fe es poderosa. A mí me ayudó a sobrevivir todos estos años.
—¿Ah, sí?
—Lo único que me mantenía en pie era tener fe en que algún día encontraría la caja de los prodigios y salvaría a Marinette —Se encogió de hombros—. Y la mayoría de los días me parecía algo imposible… ¡Pero lo he logrado!
Adrien arqueó una ceja.
—¿Intentas animarme? Creí que me odiabas…
—¡Por primera vez en quince años vuelvo a sentir esperanza!
—Pero si este futuro desaparece, tú también lo harás…
—Sí, pero me consuela saber que habrá una versión de mí que vivirá en un futuro mejor —Y lo dijo, en verdad, sin el menor atisbo de miedo o de duda. Le colocó una mano en el hombro y guio al chico hasta otro agujero—. Miniyo, si he aprendido algo de estos años de pesadilla es que nuestra lady tiene razón; siempre hay una solución para cada problema. Aunque te lleve la vida encontrarla, existe y por eso hay que tener fe.
—¿Incluso… mi relación con Marinette?
El hombre le sonrió de lado y le indicó el agujero que tenían delante. Cuando las imágenes reanudaron la marcha, Adrien pudo verse a sí mismo junto al puente hablando con Lièvre Noir.
—Estamos a punto de entrar a la madriguera —Le señaló—. Cuando ellos entren, tú debes saltar fuera y así volverás al momento exacto en que te fuiste.
. Será como si solo hubieses estado fuera un minuto, ¿entendido?
—Sí. ¿Y qué pasará contigo cuando yo me vaya?
—Desapareceré junto a todo lo demás, supongo. Y el futuro volverá a ser el que debe.
—¿Y el prodigio del conejo?
—Supongo que retornará a Bunnix —respondió, rascándose la cabeza—. Si lo hemos logrado, todo debe volver a su lugar.
Chico y hombre se miraron un instante y compartieron un sentimiento inefable que flotó sin palabras entre los dos, pues habría sido difícil de poner en palabras.
—Sé que no soy el hombre en que esperabas convertirte —dijo Lièvre Noir, tras resoplar—. Pero no te desanimes. Quizás nunca vuelvas a verme.
—No eres como esperaba… ser —aceptó Adrien con una leve sonrisa—; pero eres el héroe que ha salvado el futuro, ¿no? Y sí que espero seguir siendo un héroe cuando sea mayor.
El otro le devolvió la sonrisa y la apretó de forma tosca en el hombro. Le ofreció el puño y Adrien chocó el suyo con entusiasmo.
—Suerte, miniyo —le susurró—. Cuida de Plagg y… gracias por todo.
Y acto seguido, le empujó a través del agujero sin dejarle despedirse.
Adrien cayó de bruces, por segunda vez esa noche, sobre el cemento a los pies del Puente de las Artes. Rodó un par de veces y acabó bocarriba sobre el suelo, con los ojos muy abiertos y contemplando el firmamento nocturno.
Farfulló algo dolorido, pero calló porque enseguida sus oídos se llenaron de sonidos pertenecientes a la ciudad que tanto conocía. Se irguió de golpe y escucho con atención. Podía oír el agua del Sena murmurando al chocar contra la piedra del canal en su dulce balanceo y a dos personas que discutían a voces en la distancia. Oía pitidos, el tubo escape de alguna moto al arrancar e incluso captó el llanto de un bebe que se escapaba de una ventana abierta.
¡Había ruido! ¡Había gente!
Había regresado.
Adrien sonrió emocionado al ver el brillo de las farolas. Apretó a Plagg contra su pecho que se puso a protestar y a pedirle algo de queso para recuperar las fuerzas tras semejante viaje. Estuvo a punto de recordarle que, en realidad, él no había hecho esfuerzo alguno pues había estado casi todo el tiempo en sus manos pero decidió satisfacerle sin más.
—Comételo deprisa —Le indicó—. Tenemos que ir a visitar a alguien.
—¿Aforra? —preguntó Plagg con la boca llena.
—Sí, ahora.
Comprobó el reloj del móvil y Lièvre Noir le había dicho la verdad, solo había pasado un minuto desde que desapareció en el agujero.
No es tan tarde se dijo, decidido.
Haría lo correcto tal y como Lièvre Noir le había pedido, pero antes de desaparecer del todo de la vida de Marinette necesitaba hablar con ella una última vez como Chat Noir.
. . .
Pero, en realidad, el tiempo sí había seguido pasando para Marinette.
Tikki la había estado acompañando mientras lloraba, susurrándole palabras de consuelo y de ánimo que no hacían ningún efecto en el estado desconsolado de su portadora. Y la Kwami temía y se preocupaba cada vez más, porque no era la primera vez que se enfrentaba a una Ladybug herida por el amor de su Chat Noir.
Sabía que los portadores de su prodigio y el Plagg debían poder complementarse bien para llevar a cabo sus tareas, pero desconocía los verdaderos motivos por los cuales los guardianes se empeñaban en buscar a personas que estaban destinadas a amarse de ese modo. Ella había sido testigo de la felicidad que suponía para ellos encontrarse e iniciar una relación, pero también había visto como el dolor los destrozaba cuando algo salía mal y debían separarse.
Era una crueldad hacerles pasar por algo así una y otra vez.
Tikki había guardado la esperanza de que para Marinette fuera distinto desde que ambos chicos se conocieron y fueron capaces de superar los malentendidos del principio con facilidad; aquel día lluvioso, cuando Adrien le entregó su paraguas Tikki sintió la vibración en el cuerpo de la chica al caer enamorada, casi como una flecha de amor verdadero la hubiese atravesado y le pareció bien.
Sí, los líos de las identidades habían despertado sus dudas, pero la Kwami veía que Adrien también amaba a Marinette, aunque ni él mismo lo supiera por estar cegado por Ladybug. Asumió que tardarían, más aún cuando Kagami y Luka aparecieron, pero algo le decía que esa vez todo saldría bien para su portadora.
Pero Chat Blanc lo cambió todo.
Y después el asunto de Chat Noir le dio demasiada mala espina pero Marinette estaba tan feliz por fin… ¿cómo podía decírselo? No quería desanimarla y verla… tal y como estaba ahora.
Había pasado ya un buen rato, y aún oía los sollozos de la chica en el piso de arriba.
Ay, Marinette meneo la cabecita y decidió acudir a su lado para intentar consolarla de nuevo.
Flotó pensando en las palabras adecuadas que le diría pero cuando la vio, Tikki se olvidó de todo.
Una mariposa negra acababa de entrar por la trampilla, que volvía a estar abierta, y caía en picado hacia la cabeza de la joven.
—¡Marinette, cuidado! —chilló.
La chica alzó los ojos, vio el akuma y no pudo moverse. Le invadió el pánico y este la dejó paralizada.
.
.
Hola ^^
¿Qué tal? Bueno… ¿qué os ha parecido el capítulo? ¡Me he vuelto un poco loca, ¿no?! La primera vez que se me ocurrió esto, me reí de mí misma: "Esto es una locura, no puedo escribirlo", pero después estuve viendo "Chat Blanc" y pensé que no era muy justo que solo Marinette tuviera que cargar con el recuerdo de aquella experiencia y con la culpa que quizás sintió por ello. Así que le di otra oportunidad a esta idea porque de algún modo, en mi mente caótica, era como poner en igualdad de condiciones a Marinette y Adrien. Ahora los dos saben cuáles podrían ser las consecuencias de su amor.
Como podéis ver, y os decía más arriba, este capítulo es más del doble de largo de lo habitual, jeje. Mientras lo escribía me di cuenta de que se estaba haciendo muy largo pero no me apetecía partirlo por la mitad, después de que ya me había retrasado con la actualización, y dejaros a medias así que seguí adelante. En parte por eso me he retrasado. También porque ha sido más difícil de escribir de lo que creía y he tenido que reescribir muchas partes, revisar, cambiar… Y además, lo admito, el especial de NY "Los héroes Unidos" me desconcentró mucho, jajaja.
¿Lo habéis visto? Bueno, no solo el especial, sino toda la información nueva que salió los días posteriores que casi hace que mi cabeza explote, pero no diré nada por si acaso alguien aún no lo ha visto ^^
Pero bueno, después de tanto, aquí está el penúltimo capítulo. Espero que os haya gustado a pesar de que, es evidente que se me ha ido la cabeza al escribirlo, jajaja. Y ya solo queda el último, espero poder actualizar lo antes posible y que os guste el desenlace.
Mientras tanto, una vez más os doy las gracias a todos los que habéis comentado el último capítulo, seguís la historia o a mí y me brindáis vuestro apoyo para que pueda seguir escribiendo ^^ Creo que he respondido a todo el mundo por MD, salvo a:
Arianne Luna:¡Hola! Vaaaaale, sé que me he retrasado, pero ya está aquí. ¿Qué te ha parecido? ¡Gracias por escribir y por apoyar esta historia! ¡Besos!
Fega: Jajajaja, ¿suculento? Espero que sigas pensando igual. ¡Gracias por escribir y leer mi historia! ¡Besotes!
Manu: ¡Hola! En mi opinión, Chat Noir siempre fue un personaje sano… coqueto y bromista, sí, pero no creo que fuera alguien tóxico, jejeje. Pero como ya te dije, yo entiendo y apoyo que cada cual tenga sus shipss favoritos, no tiene nada de malo que creas que Lukanette sería mejor que otro ^^ No sé si tenga el nivel de comedia suficiente para tomar esas sugerencias que haces y eso de escribir sobre trios, no lo veo, jajaja. ¡Gracias por escribir, espero que el siguiente capítulo te haya gustado! ¡Bye!
Mizuki09: ¡Hola! Espero que sea una exageración y aun te quedara algo de cordura para enfrentar el nuevo capítulo porque la habrás necesitado, jejeje. Como habrás visto, el futuro de Lièvre Noir no estaba tan destruido, pero no por ello dejaba de ser aterrador, jaja. Siento haber tardado con la actualización pero el especial me dejó alucinada. ¿Qué te pareció? ¡Gracias por escribir y seguir apoyando la historia! Espero, de corazón, que el nuevo capítulo te haya gustado :S ¡Besotes!
Gracias a todos por vuestro apoyo, me motiva mucho para seguir imaginando esta historia y muchas más.
¡Besotes!
