Naruto Y Hinata en:
LA JOYA DE BYAKUGAN
10. Soy Hyûga
Mebuki la despertó muy temprano, cuando apenas rayaba el alba.
—Hin, vamos Hin, abre los ojos. El laird pregunta por ti.
Hinata sentía que una tonelada de piedras le aplastaba el pecho. Tenía tanto sueño que no podía despegar los párpados. Lo que menos le apetecía era abandonar el calor de las mantas para encontrarse con ese hombre en el aire gélido de la mañana.
—Hoy no quiero trabajar, Mebuki. Estoy enfermo.
La mujer dejó escapar una suave risa al tiempo que le acariciaba la cabeza.
—Vamos, criatura. Un sirviente no puede permitirse el lujo de enfermar, ¿no lo sabías? Toma, una taza de caldo te sentará bien.
Hinata soltó un gruñido acorde con su fingida condición masculina y se incorporó para obedecerla. Se tomó el líquido caliente que entibió su cuerpo, se vistió y salió aguantando los empujones de Mebuki, que le apremiaba para que no hiciera esperar al laird.
Fuera, el día amanecía tan frío como imaginaba. La primavera era caprichosa y tan pronto lucía un sol radiante en el cielo, como este se encapotaba y soplaban brisas heladas procedentes de las montañas. Se arrebujó en su vieja capa y corrió hacia el patio central, donde le habían dicho que aguardaba el señor. Cuando llegó, vio que Naruto Namikaze discutía acaloradamente con uno de sus consejeros, Mitokado, y que a sus pies tenía preparados un par de hatillos que, a buen seguro, le tocaría cargar a ella.
—No puedes marcharte así —le decía el hombre mayor—, no con tu casa llena de invitados.
—He puesto a Shikamaru al mando, él cuidará de vuestra seguridad en mi ausencia.
—¿Pero qué pensarán los MacNab?
—¿De verdad crees que me importa?
—Es un insulto que abandones Innis Rasengan mientras ellos están aún alojados aquí —insistió Mitokado.
—Dile a Darui que he ido a investigar ese asunto de la joya. Eso lo calmará.
—Bueno, pues, al menos, llévate algunos guerreros.
—No.
—¿Vas a partir con ese sirviente como único acompañante?
—Iré más rápido. —Naruto miró al viejo con una media sonrisa en el rostro—.Pareces preocupado por lo que pueda sucederme... No temas, no dejaré que me maten.
Mitokado bufó antes de contestar a su bravata.
—Desde luego no seré yo quien te llore si lo hacen.
Se alejó de su señor y Hinata aprovechó para acercarse. Oyó murmurar al laird a espaldas del anciano.
—No, imagino que en ese caso saltarías de alegría, viejo.
La muchacha se extrañó al oír aquella afirmación. ¿Naruto Namikaze dudaba de la lealtad de su consejero? Entonces... ¿por qué lo mantenía a su lado? Si algo había aprendido Hinata desde que su padre se marchó a la guerra, era que las traiciones estaban presentes en el día a día de todos ellos. Le sorprendía que alguien pudiera estar tan tranquilo manteniendo en su casa gente que no era de fiar.
—¡Vaya, por fin apareces!
Hinata miró con aprensión las bolsas que el laird tenía preparadas.
—¿Nos vamos a alguna parte?
Naruto comprobó que su tono destilaba todo el miedo de la noche anterior. Sus labios temblaban y sus ojos continuaban espantados, no se le había pasado el susto.
Así que es verdad. No fue solo por lo sucedido con el MacNab. Realmente, me considera un sanguinario asesino.
Aquello reafirmó su decisión. Necesitaba ese viaje a solas con Hin, por muchos motivos. En primer lugar, para llevar a cabo el cometido que se había auto impuesto: le mostraría al muchacho los placeres que una buena moza podía proporcionarle. Tal vez así dejaría atrás ese aire afeminado que lo acompañaba a cada paso que daba.
Por otro lado, quería averiguar por qué lo temía tanto, aunque se hacía una idea. Había interrogado a Kizashi, y había averiguado cómo encontraron al chico antes de adoptarlo. Ninguno sabía con certeza de dónde provenía, pero Naruto presumía que tenía algo que ver con Byakugan y con el ataque sufrido semanas atrás. Si el muchacho había escapado del castillo durante la ofensiva, era normal que lo considerara un asesino. Y, por algún estúpido motivo, a Naruto le molestaba que el chico pensara esas cosas de él.
Tal vez si pasaban algún tiempo a solas, Hin comprendería su verdadero carácter. Tendría tiempo de explicarle que los rumores eran falsos... y que él, como laird de los Namikaze, estaba dispuesto a descubrir quién se hallaba tras los ataques perpetrados contra los Hyuga.
Sacudió la cabeza con disgusto al darse cuenta de que estaba dispuesto a darle a un simple criado unas explicaciones que no merecía. ¿Por qué perdía el tiempo con él?
Porque te juegas mucho más que recuperar la virilidad de un muchacho, se dijo. En esta empresa te juegas la tuya propia...
—Vamos, Bors nos está esperando en la barca —le ordenó, con más brusquedad de la que esperaba. Sus pensamientos le traicionaban y, como siempre, lo pagaba con el muchacho—. Partimos de inmediato.
Salieron de la fortaleza y se dirigieron hacia donde el barquero aguardaba. El guerrero Namikaze la contempló con desprecio y, como era ya costumbre entre ellos, escupió en el suelo cuando pasó su lado. Hinata trató de pasarlo por alto, pero lo cierto era que cada vez le molestaba más el rechazo de aquella gente. ¿Acaso se estaba encariñando con los Namikaze a su pesar?
Una vez se pusieron en marcha, la magia del paisaje apaciguó de alguna manera su desazón. Sus ojos se recrearon en la belleza de las cristalinas aguas del Awe. Había algo tentador y atrayente en el brillo de la superficie, que parecía tener secuestrada su mirada. La bruma que ascendía del lago otorgaba una cualidad mística al aire que los rodeaba y el silencio, roto únicamente por el sonido de los remos, la estremecía.
Cuando alcanzaron la orilla opuesta, Hinata comprobó que el hombre encargado del embarcadero los estaba esperando con un par de caballos pertrechados para un viaje. Bajaron del bote y Naruto les dio las últimas instrucciones a sus hombres antes de dirigirse a las cabalgaduras.
—¿Sabes montar?
Hinata tardó un momento en darse cuenta de que le hablaba a ella.
—Sí, mi señor.
—Pues date prisa, no puedo esperarte todo el día.
La joven se dirigió a su montura y, cuando agarró las bridas, el animal relinchó y se movió inquieto. Ella le acarició la frente para tranquilizarlo, como hacía con Lady, su querida yegua, cuando se ponía nerviosa.
—Ya está, pequeño, no voy a hacerte ningún daño.
Naruto, que observaba de reojo al muchacho, detectó en ese gesto una pincelada de costumbre. ¿Sería Hin el encargado de las cuadras de los Hyuga? Lo dudaba. A fe suya que aquel mequetrefe era un desastre en todo lo que se proponía, por lo que era impensable que alguien le hubiera dado tal responsabilidad. Sin embargo, parecía muy cómodo con el caballo, como si no fuera algo nuevo para él. A cada instante que pasaba, el joven sirviente le intrigaba más y más.
—Intentaré volver lo más pronto posible —les dijo Naruto a sus guerreros antes de ponerse en marcha, sin esperar a Hinata.
—Espero que sea verdad que sabes montar —se mofó Bors, yendo de nuevo hacia la barca para regresar al castillo—. El laird es un gran jinete y no creo que aminore la marcha por tu culpa. Esta noche tendrás un dolor de culo espantoso, chico, no te lo envidio...
Hinata lo miró mientras se alejaba riendo y deseó poder gritarle que ella era una excelente amazona, que su padre y sus hermanos siempre habían elogiado su buena mano con los caballos, y que el laird podía cabalgar todo el día si le placía, que no desfallecería. Montó con un movimiento ágil y salió en pos del señor de los Namikaze, notando que se le encendía dentro una chispa de emoción. ¡Hacía tanto que no disfrutaba de un paseo a caballo!
De inmediato quedó atrapada en la belleza de aquel paisaje espectacular. La luz amarillenta que se filtraba entre los árboles, junto con el aire frío de la mañana, calmaron la zozobra de su ánimo. No podía dejar de admirar los distintos tonos verdes de las hojas de los árboles y de la hierba que asomaba de la tierra oscura. Las flores del brezo llenaban de vida y color el paisaje hasta donde se perdía la vista. Era algo fascinante, al menos para Hinata. Contemplar los cambios de estación, ser consciente de cómo cambiaba el mundo a su alrededor, de cualquier forma siempre bello, la contagiaba de una energía vital que serenaba su alma.
Por primera vez desde que supo de la muerte de Tokuma, la joven pudo respirar llenando sus pulmones por completo. Dejó que el calor del sol le acariciara la cara, que la naturaleza penetrara por todos los poros de su piel. Sí... así se sentía más cerca de su hermano y, al mismo tiempo, no le dolía tanto su ausencia. Podía advertir su presencia en la brisa que agitaba su cabello, en los sonidos del bosque, en el intenso olor a la primavera que llegaba y que llenaba sus fosas nasales...
—¡Hin! ¿Por qué te retrasas?
El vozarrón de Naruto la sacó de sus ensoñaciones. Se había detenido para esperarla y reprenderla por entretenerse; al parecer, el laird tenía prisa. Hinata se fijó en su ceño fruncido y recordó la noche anterior, cuando la rescató de la habitación del MacNab. ¿Por qué lo habría hecho? Fue la primera vez que se lo planteó. ¿Por qué el laird de los Namikaze querría ofender así a uno de sus invitados? Sin pretenderlo, rememoró el gesto de aquel hombre grotesco y las horribles frases que habían salido de su boca mientras se tocaba. Un desagradable escalofrío le recorrió el cuerpo entero y sacudió la cabeza para deshacerse de esas visiones.
—¡Por el amor de Dios, Hin! —Naruto se había acercado hasta ella al verla detenerse de nuevo. Le quitó las riendas de las manos y se dispuso a guiar él mismo su caballo—. Nos va a caer la noche encima antes de que lleguemos a nuestro destino.
Emprendieron entonces un ligero galope al ritmo que impuso el hombre. Hinata se agarró a la crin de su caballo y bufó contrariada; se le había terminado el agradable paseo contemplativo.
Cabalgaron durante toda la mañana, deteniéndose en las distintas granjas que encontraban en su camino, todas propiedad de familias Namikaze. A Hinata le sorprendió ver el respeto que aquella gente le profesaba a su señor, aunque no más que ver al laird preocupándose por el devenir de cada uno de ellos. Les preguntaba por su salud y por sus hijos; quería saber si tenían lo suficiente para vivir, si necesitaban algo más. A los que cuidaban ganado, les preguntaba si habían sido objeto de pillaje y robos por parte de otros clanes. En definitiva, les prestaba atención.
Una vez más, Hinata notó que las dudas renacían en su pecho al observarlo. ¿Cómo podía alguien tan leal a su gente, tan noble, tan responsable, cometer las fechorías que le imputaban? La muchacha se había fijado en cómo lo miraban los demás. Pudo verlo ella también, a través de los ojos de aquellos que lo admiraban, y se contagió de aquel sentimiento. Naruto Namikaze era un hombre único, formidable, que pasaba de ayudar a un granjero a cambiar la rueda de su carro, a subirse a hombros a uno de los chiquillos que correteaban entre sus piernas solo para divertirse.
Más de una vez tuvo que apartar la vista, azorada, cuando él la miraba a su vez y la sorprendía clavándole los ojos. El calor en su estómago se enroscaba entonces alrededor de su ombligo como una culebra y las sienes le palpitaban de bochorno.
No es posible que lo encuentres interesante. Olvídalo, ¿no lo entiendes? ¿Y si fue él? ¿Y si en verdad es el monstruo que no quieres reconocer?
Hinata tenía deseos de darse de cabezazos contra los troncos de los árboles. Porque cada vez se alejaba más de la senda que tenía marcada. Cada vez que él hablaba, cada vez que su voz áspera se colaba a través de los poros de su piel, su lucha interna se volvía más encarnizada.
Por fortuna, a pesar de todo, el tiempo se le pasó volando entre parada y parada. Los Namikaze les ofrecían refrigerios y ponían a disposición del laird sus escasas pertenencias. Incluso a ella, que no la conocían de nada, la trataron con un cariño que la conmovió. No era nadie, un simple criado, pero iba acompañando al jefe de los Namikaze y eso les bastaba. Hinata les devolvió cada sonrisa y cada gesto de amabilidad de todo corazón, sin poder evitar compararlos con la gente de su propio clan. En realidad, se dijo, no eran tan diferentes.
La noche llegó más rápido de lo que esperaban y acamparon a orillas de uno de los cristalinos lagos de la región. Si no hubieran hecho tantos altos en el camino, seguramente hubieran alcanzado su destino... Allá donde quiera que Naruto la condujera. Por un momento, deseó que ya hubieran llegado. Tanto para calmar su desazón como para poder descansar en un lugar techado. La joven lamentó la tozudez del laird, que había declinado más de una invitación para dormir en una de aquellas cabañas que visitaron. Acurrucada junto al fuego, arropada con su capa de lana, echaba de menos el calor de un hogar y el sabor de una buena sopa. ¿Por qué tenían que dormir al raso, con el frío que hacía? Eso, sin contar con que el cielo estaba muy nublado y amenazaba lluvia.
—¿Entras en calor? —le preguntó Naruto mientras sacaba algunas viandas de su morral.
—Pues no...
—Toma. Ponte esto.
El laird le lanzó un manto que llevaba entre las provisiones. Hinata lo cogió al vuelo y lo extendió ante sus ojos antes de decidir envolverse en él.
Los colores Namikaze.
Era consciente de que, si se lo ponía, podría estar traicionando todo cuanto amaba. Llevaba tanto tiempo obligándose a detestar esos colores, que su sola visión le hacía sentirse mal. Pero tampoco quería morir congelada...
Una decisión realmente difícil.
Iba de mal en peor. Naruto estaba completamente subyugado con aquel muchacho y se odiaba por ello. Era incapaz de colocarlo en su sitio, de verlo como al simple sirviente que era. Lo había estado observando durante todo el viaje, con disimulo, eso sí, y cada vez se sentía más atrapado en el embrujo que ejercía sobre su ánimo.
Hin no se había quejado ni una sola vez por el intenso ritmo de su andadura. Cabalgaba con elegancia, con la espalda recta y una gracia que rozaba el lado femenino de manera alarmante. Con sus gentes había sido amable y simpático, había cooperado en todo e incluso había curado la rodilla de una niñita que habían encontrado llorando en una de las granjas visitadas. Naruto no pudo dejar de mirar sus manos mientras lo hacía, invadido por un oscuro sentimiento que emponzoñaba su alma.
Deseaba saber cómo era el tacto de aquellas manos. ¡Dios bendito! ¿En qué se estaba convirtiendo? ¡Si su padre levantara la cabeza!
Ahora, tiritando frente al fuego, Hin parecía más frágil que de costumbre. Miraba con el ceño fruncido el manto que le había lanzado, sin hacer ningún amago de ponérselo. Aquello le recordó que el muchacho le había llamado asesino la noche anterior... ¿tendría algo que ver con los Hyuga, tal y como sospechaba después de haber hablado con Kizashi? Porque eso explicaría el gesto agrio de su cara ante el tartán de los Namikaze.
Era hora de averiguarlo.
—Cúbrete con el manto, Hin —le ordenó, con sequedad—. ¿O crees acaso que traicionas a tu clan si vistes los colores de tus enemigos?
Hinata abrió los ojos, sorprendida y asustada por la pregunta. Separó los labios para decir algo, pero no le salieron las palabras. ¿Por fin aquel hombre se había dado cuenta de quién era ella?
—No me mires así —continuó hablando el laird—. Me acusas de asesino y me miras como si quisieras atravesarme con una espada. ¿Creías que no me daría cuenta? Eres un Hyuga, ¿verdad? Seguramente huiste de Byakugan durante el asalto y tuviste que encontrar un modo de sobrevivir. ¡Qué suerte que aparecieran Kizashi y Mebuki para socorrerte!
Hinata notaba que le ardían las mejillas de pura vergüenza. Aunque, si lo pensaba bien, era más la rabia que sentía que otra cosa.
—Sí, soy Hyuga —siseó entre dientes.
—¿Debo entonces preocuparme? —El laird se levantó y acudió a su lado, rodeando el fuego. La levantó del suelo agarrándola por los hombros y ahondó con sus ojos en los ojos de Hinata—. Porque por la forma en que me miras, creo firmemente que estarías dispuesto a rebanarme el cuello mientras duermo.
—Lo que yo desearía hacer y lo que puedo hacer son dos cosas muy distintas —osó defenderse—. Jamás podría sorprender al señor de los Namikaze, aun siendo sigiloso como una serpiente, y sé que estaría muerto antes de levantar siquiera la daga.
Naruto trató de asimilar sus palabras. Ese muchacho había perdido el juicio, sin duda. ¿Cómo podía expresar sus intenciones con tanto descaro, sin asomo de temor ante las represalias?
—¿Eso quiere decir que, si pudieras, me matarías?
No contestó. Pero el silencio que flotó entre ellos parecía hablar más claramente que las palabras no pronunciadas. Naruto aspiró con fuerza para contener la furia que lo invadía.
—Dios bendito, muchacho. Lo harías si pudieras, ¿verdad? —quiso asegurarse, porque no podía concebir que Hin lo odiara tanto.
—Pero no puedo —habló por fin—, así que no debéis temer un ataque por mi parte. No soy un loco que busca la muerte.
El laird estaba tan desconcertado que hasta le hicieron gracia sus últimas palabras. ¡Vaya con el Hyuga! ¡Tenía agallas, sin duda! Y eso era algo que él admiraba; tanto, que añadía más fascinación por su persona.
Sin embargo, no podía permitir que el mequetrefe saliera indemne de aquel enfrentamiento. Con un rápido movimiento, apresó su cuello con una mano y acercó su cara para que pudiera ver bien la ira en sus ojos.
—Dices que no buscas la muerte, pero me provocas con tus palabras. ¿Qué pretendes? ¿Sabes lo fácil que sería para mí acabar contigo? —Apretó el delicado cuello lo justo para que en la mirada de Hin se reflejara el pánico.
—Lo sé —susurró ella, asustada. Tal vez había ido demasiado lejos, pero ese hombre ya no podía hacerle más daño del que había sufrido. Por eso hablaba sin pensar, por eso lo desafiaba con todo el rencor que llevaba dentro a pesar del miedo.
Los segundos se hicieron eternos. Naruto no podía apartar los ojos de aquel rostro imberbe y sucio, notando cómo un caos de emociones le sacudía por dentro. ¿Qué tenía para que lo encontrara tan fascinante? Irradiaba una luz especial, un aire casi mágico que lo atontaba.
—¿Cuántos años tienes? —se le ocurrió preguntar.
Hinata mintió, sabiendo que su disfraz sería más efectivo si alegaba tener menos edad.
—Dieciséis.
—Eres demasiado joven —suspiró el laird, soltando su cuello y apartándose de ella —. Por eso eres inconsciente, apasionado... y temerario. Prometí a Kizashi que cuidaría de ti y no pienso faltar a mi palabra.
—En este momento, la palabra del laird de los Namikaze no me resulta fiable ―continuó azuzándolo.
Naruto comprobó hasta qué punto lo detestaba aquel muchacho, que se arriesgaba de un modo tan inconsciente soltando su lengua sin ninguna contención. No podía consentir que siguiera pensando lo peor de él. Decidió que tenía que sacarlo de su error en ese mismo instante.
—Escucha, joven Hin. No sé qué has oído al respecto, pero debes saber que los Namikaze no atacaron Byakugan. Yo no tuve nada que ver con la muerte del hijo de Hiashi Hyuga.
Hinata cerró los ojos, traspasada por un dolor insoportable. Contuvo las lágrimas al oír el nombre de su padre en los labios de aquel guerrero implacable. Llevaba tantos días creyéndolo culpable, imbuyéndose del sentimiento de venganza, que sus palabras le sonaron falsas.
—Sin embargo —susurró, con ira contenida—, encontraron un trozo de un manto con los colores de vuestro clan. ¿Pretendéis decirme que llegó a Byakugan por sí solo?
Así que era eso, pensó Naruto. Alguien había encontrado una prueba que incriminaba a los Namikaze y los rumores habían hecho el resto. El padre Iruka tenía razón, debería haber prestado más atención a esos bulos y haberlos cortado de raíz en cuanto surgieron. Para que la gente creyera esa vil mentira solo había hecho falta una cosa: las ganas que tenían todos de encontrar un culpable a ese crimen deleznable.
—No sé cómo llegaron mis colores hasta Byakugan, aunque te prometo que pienso averiguarlo. Así que olvídate de venganzas y de rebanarme el cuello mientras duermo, ¿de acuerdo? Yo encontraré al verdadero culpable y limpiaré mi nombre, tenlo por seguro.
Hinata contempló el rostro de aquel hombre y deseó creerlo, de corazón. Había pasado el suficiente tiempo a su lado como para darse cuenta de que no podía ser el monstruo que había intuido cuando lo conoció. Y saberlo inocente le aportaría sosiego a su alma, que se debatía cada día entre la lealtad hacia su gente y la atracción que notaba crecer más y más hacia el laird de los Namikaze.
Siempre había pensado, no obstante, que no tenía sentido que alguien tan joven hubiera llevado a cabo la venganza de la que hablaban en la carta que Tokuma encontró. Debía de tratarse de alguien mayor, alguno de los aliados o amigos de su padre en otra época.
Naruto apenas conocía a su padre, ¿no era lógico dar por cierto que no tenía nada que ver con lo sucedido? Cerró los ojos, deseando creer. Sin reparos, sin remordimientos, sin sentir que traicionaba a su clan. Sin embargo, la duda permanecía ahí, muy dentro de ella. Débil, pero lo suficientemente espinosa como para sentir sus púas arañándole el corazón. Quedaba la posibilidad de que el joven guerrero hubiera sido la mano ejecutora de otra persona, del verdadero culpable, del traidor.
—Como ya os he dicho, no pienso atentar contra vos —le dijo al fin, acurrucándose de nuevo junto al fuego—. Pero no me olvidaré de que alguien atacó a los Hyuga de manera salvaje. Eso nunca.
Naruto se quedó mirando al chico que hablaba con tanta pasión de aquel ultraje hacia su gente. Era loable la lealtad y el amor que sentía hacía su clan. Pero ya no era Hyuga, y cuanto antes lo asimilara, más penas se ahorraría.
—Ten presente una cosa, joven Hin, la venganza no sanará tu dolor. Así que olvídate de lo que ocurrió en Byakugan y empieza una nueva vida. —Lo observó fijamente, como queriendo remarcar las palabras que iba a decir a continuación—. Olvídate de tu pasado como Hyuga.
Hinata contuvo el aliento. Una sensación de desamparo la recorrió de pies a cabeza. ¿Dejar atrás el recuerdo de Tokuma, de su familia?
—No puedo hacer eso, mi señor.
—¿Tanto les debes a los Hyuga? Ahora eres un Namikaze. Acéptalo de una vez y vivirás más tranquilo. Deja las venganzas y los rencores para los auténticos guerreros. A fin de cuentas, lo mismo da servir a un clan que a otro, mientras tengas un techo bajo el que cobijarte y la suerte de que tu laird, sea quien sea, vele por tu seguridad.
—Ignoro el concepto que tenéis vos de la lealtad, mi señor, pero os advierto que yo no vendo la mía con tanta facilidad. Los Hyuga eran mi familia, y si no sois capaz de comprender eso, es que no sois tan buen laird para vuestra gente como yo creía.
Nada más decirlo, se echó sobre las mantas y le dio la espalda, por lo que Naruto no pudo ver las lágrimas que anegaban sus ojos tras el discurso. El Namikaze lamentó su desafortunado comentario, pues él conocía de primera mano lo fuerte que podía ser el sentimiento de la lealtad. No debería haberle echado eso en cara al muchacho, aunque reconocía que en esos momentos, más que nunca, deseaba que el joven Hin traspasara al clan Namikaze la fidelidad que parecía tenerles a los Hyuga. Después de haberlo acogido como uno más de los suyos, era lo mínimo que podía esperar de él...
La despertó el ruido del chapoteo de un cuerpo en el agua. Hinata abrió los ojos y asomó la nariz por el manto con el que se había cubierto durante la noche. En realidad, se había envuelto en aquella prenda con los colores Namikaze sin ningún pudor; al final, el frío había desbancado a su orgullo. Y puesto que, después de esa noche, tampoco tenía muy claro que el laird fuera en realidad el temido enemigo que ella había supuesto, consideró que no había nada de malo en aceptar su tartán.
Se incorporó y se frotó los ojos, que notaba hinchados por las pesadillas que había sufrido durante el sueño, como venía siendo ya habitual. Buscó el origen de aquel sonido y divisó a Naruto metido en el lago, dándose un baño matutino. Se estremeció de frío al contemplarlo. ¡Las aguas tenían que estar congeladas! No había sol, además. Las nubes seguían encapotando el cielo y, por experiencia, Hinata sabía que la lluvia era inminente. Por suerte, no habían tenido que sufrirla durante la noche.
Se levantó y se dispuso a preparar el desayuno para los dos. Rebuscó en su morral y sacó algunas de las viandas que les habían ofrecido el día anterior durante las visitas a las granjas Namikaze. Un suculento trozo de queso, pan ácimo, algo de carne en salazón y un puñado de frutos secos. Hinata hubiera querido tomar algo caliente, como un poco de leche o de caldo, pero no iban preparados para eso. El laird viajaba con lo indispensable y no llevaba utensilios de cocina para poder preparar una comida en condiciones.
—¡Hin, acércame el manto!
El señor la llamaba desde la orilla y ella obedeció sin pensar, y sin darse cuenta de que Naruto estaba completamente desnudo. Cuando se giró hacia él y lo vio, su cara ardió como si pequeñas llamaradas encendieran sus mejillas. Quedó paralizada en el sitio, sin poder avanzar y sin poder apartar los ojos de aquel magnífico cuerpo que exhibía. Había visto a Reed MacNab dos noches antes, y no sintió ni de lejos lo que estaba experimentando en esos momentos.
Naruto Namikaze era formidable. Solo así podía describir esa anatomía perfecta, musculosa y bronceada. Su piel relucía húmeda y dorada, sus piernas potentes, sus brazos de guerrero daban fe de la fuerza que se escondía en su interior; el pecho amplio, de músculos bien delineados, estaba salpicado con las cicatrices de batalla con las que ella ya se había familiarizado durante sus entrenamientos. Su rostro serio, de facciones tan varoniles que la dejaban sin aliento, lucía una barba incipiente que no hacía más que añadir atractivo al conjunto. Su pelo rubio, salvaje y húmedo, goteaba agua sobre sus hombros y cuello, y Hinata se preguntó qué se sentiría al tocarlo para secar esa piel con sus propias manos...
—¡Hin, muévete, cogeré una pulmonía!
Pero ella no podía acercarse. Sus ojos le recorrieron entero y supo que su disfraz se vería muy comprometido si se le ocurría aproximarse. Se demoró más de la cuenta en su entrepierna, curiosa, meditando acerca de que el miembro de Reed le resultase repulsivo mientras que el del Namikaze no le asqueara en absoluto.
—¡Maldita sea, Hin! ¿Qué demonios te pasa?
Naruto salió del agua y se acercó mascando furia contra el muchacho. Al llegar a su altura, Hinata dio un paso atrás, impresionada, y él le arrebató el manto que sostenía entre sus manos para cubrirse.
—Si me enfermo lo pagarás caro, chico.
—Lo... lo siento. Es que yo nunca había visto a nadie... es una locura bañarse... ―tartamudeaba como una idiota—. El agua... ¿no estaba muy fría?
—Helada —bufó Naruto.
Y menos mal, pensó. Aquel muchacho lo estaba empujando hacia el precipicio que quería esquivar a toda costa. ¡Se había quedado embobado mirándolo!
Definitivamente, Hin era afeminado.
Ningún hombre contemplaba a otro de la manera en que lo había hecho él. Naruto podía reconocer ese tipo de miradas, le había ocurrido lo mismo durante su último entrenamiento con el chico. ¡Hin mostraba interés por su cuerpo! No se atrevía a llamarlo deseo, pero estaba claro que se sentía fascinado por lo que veían sus ojos. Daba la impresión de querer tocarlo... y por las barbas de Satán, él tenía la tentación de permitírselo. Si el agua no hubiera estado tan fría como el hielo, estaba convencido de que hubiera tenido una erección ante aquella mirada gris cargada de anhelo.
Sin duda, estaba perdiendo la razón.
—Si quieres asearte, más vale que te des prisa. Partiremos en cuanto haya comido algo.
Usó un tono más desagradable del habitual porque necesitaba deshacerse del embrujo de aquella cara de duende. Cada vez tenía más claro que debía convertirlo en un hombre, mostrándole la diferencia entre su cuerpo y el de una mujer. Quería creer que cuando el jovenzuelo tuviera delante a una buena moza, todo volvería a ser como debía. Y esperaba, por su propia cordura, que no volviera a mirarlo jamás como acababa de hacer mientras salía del lago.
Trató de concentrarse en la misión que aún tenían por delante, aprovechando que el chico desaparecía tras unos matorrales para aliviar sus necesidades. Con un poco de suerte, al mediodía llegarían a su destino. Y, después de solventar el problema con Hin, irían a ver a su tío Minato.
Tenía que averiguar a qué se refería Darui MacNab cuando le habló de la joya de Byakugan. ¿Qué había detrás de aquella proposición de compra? ¿Por qué estaba tan interesado en adquirirla? Nunca había oído hablar de esa joya y le intrigaba. MacNab se traía algo entre manos, de eso estaba convencido, y tenía que hallar respuestas. Por eso, a pesar de que estaba prohibido, visitaría a su tío Minato en el lugar que había elegido para su exilio. Él, que había sido amigo de Hiashi Hyuga en su juventud, era el único que podía saber qué era esa joya, o qué significaba.
Y, aún más importante, en manos de quién podía estar.
Hin regresó y Naruto perdió el hilo de sus pensamientos. El muchacho tenía esa extraña cualidad, era irritante. Teniéndolo tan cerca le era imposible estar concentrado. Lo único que se le ocurría para sacudirse de encima aquella debilidad, era tratarlo con sequedad.
—Recoge todo esto, nos vamos.
Hinata, sumida aún en la nube de fascinación que le había provocado el cuerpo desnudo de Naruto, se sobresaltó ante su tono áspero. ¿Ese hombre estaba siempre enfadado? ¿O era solo con ella?
Se movió como si estuviera en trance y levantó el campamento mientras el laird ensillaba los caballos. Ya no había duda, el laird de los Namikaze ejercía sobre ella un extraño poder de atracción. Jamás había sentido eso por nadie. Jamás había notado que su cuerpo se estremeciera ante la sola visión de otro cuerpo, o ante el sonido de una voz, o ante una mirada penetrante... No pudo evitar observarlo de reojo, como si quisiera dilucidar si lo que había visto y sentido al verlo salir del lago era cierto o solo un sueño. Su constante distracción le costó varios gritos más del hombre, cuyo ceño cada vez era más pronunciado.
Cuando se pusieron por fin en marcha, respiró aliviada. El laird se adelantó un buen trecho, ignorándola como era costumbre, y eso le permitió relajarse para intentar recobrar el dominio de sus emociones.
No le duró mucho. A mediodía divisaron al fin su destino, una cabaña perdida en mitad de la ladera de una colina cubierta por una alfombra de hierba y flores amarillas. Tuvo un mal presentimiento. Un escalofrío desagradable le recorrió la espalda cuando el laird, que se había detenido para esperar a que le alcanzara, se volvió hacia ella con una enigmática sonrisa.
—Ya hemos llegado.
¿Qué le rondaba a ese demonio por la cabeza? Eso era lo único que podía pensar Hinata mientras recorrían el último tramo del camino, con el corazón bombeando con fiereza en el pecho.
Continuará...
