Nueve:


Primera Estación


—¡Me niego! —le dijo a Naruto mientras esperaban a que les llenaran el depósito de gasolina. —¡No pienso hacerlo!

—No sabes lo que te estás perdiendo. Sólo un mordisco —dijo él, acercándole el perrito caliente a la boca.

Sentada en el capó del coche, donde él había insistido en colocarla, Hinata observó la ofrenda con cara de asco y levantó la mano.

—Olvídalo. La comida de las gasolineras es una bomba. Y los perritos calientes ya ni te cuento. ¿Sabes cuánto tiempo han pasado dando vueltas en esa parrilla?

—El suficiente como para estar buenos. —Le dio un mordisco.

—Bien podrías estar comiendo pezuñas de cerdo.

—¿Sí? —preguntó con los ojos muy abiertos. —Mmm. ¿Y por qué no me lo has dicho antes? — Sonrió al ver el rostro horrorizado de Hinata. —Está bien, de acuerdo, estaba bromeando. —Dejó el bocadillo al lado de ella y se agachó para coger la bolsa de plástico que tenía junto a los pies. — Aquí tienes —le dijo, sacando un botellín de zumo de naranja, que abrió, con muchísimo cuidado de no tocar el borde, antes de ofrecérselo. También le tendió unas cuantas barritas energéticas.

Naruto podía ser inesperadamente detallista. Para tratarse de un demonio. Hinata aceptó el zumo.

—¿Por qué nunca te burlas de... mis manías?

—Todo el mundo tiene sus cosas —respondió él encogiéndose de hombros.

Ella ladeó la cabeza. Naruto llevaba aquel sombrero viejo de piel. Mito tenía razón, estaba increíblemente guapo con él.

—Dime, ¿cuánto consume el Veyron? —le preguntó, tratando de centrarse.

—A velocidad máxima, puede tragarse todo un depósito en tan sólo doce minutos.

Ella asintió despacio.

—Así que, básicamente, este solo coche bastaría para hacer un agujero en la capa de ozono.

—Sí, pero va muy rápido. A diferencia de esa cafetera a la que tú llamas coche.

—¡Es un híbrido! Es respetuoso con el medio ambiente.

—Pero no corre.

—Me dijiste que el Veyron es el coche más caro del mundo. ¿Como cuánto?

—Uno doscientos.

—¿Un millón doscientos mil dólares? —exclamó ella. Trató de saltar del capó, pero Naruto la retuvo allí sujetándole las caderas con las manos.

—No tienes que bajar. Recuerda siempre una cosa.

—¿Cuál?

—Que el coche no es nuestro. —Entonces le sonó el teléfono. —Es Bee. Tengo que cogerlo.

Naruto cruzó el aparcamiento en busca de un poco de intimidad. Como si ella pudiera entender aquel extraño lenguaje que hablaba.

Hinata sabía que el móvil del demonio tenía cobertura vía satélite, lo que significaba que funcionaba en cualquier lugar del mundo. Lo que significaba que ella podía conectarlo a su portátil y tener acceso a Internet.

—¿Cómo se llama el idioma ese que hablas? —le preguntó cuándo regresó a su lado.

—Demoníaco —respondió. —Te alegrará saber que el resto de la Orden de los Demonaeus ha sido eliminada. Y ahora mismo, Bee y el resto de mis hombres andan detrás de los vampiros. Ya tienes dos facciones menos de las que preocuparte.

—Oh. Gracias. Y dale las gracias a Bee. —¿Cuál era la etiqueta para agradecer que se hubieran cargado a un montón de demonios y vampiros? Seguro que no encontraría ninguna tarjeta con la frase adecuada. —¿Cómo le conociste? —preguntó, pensando en el demonio que había visto de pasada. Era tan alto como Naruto y también tenía cuernos, pero los suyos eran plateados. Llevaba la melena blanca y gafas de sol de forma ovalada. Dejando a un lado los cuernos, seguro que resultaba muy atractivo para todas las mujeres.

—Éramos adversarios, cada uno tenía sus puntos fuertes; a Bee se le da muy bien las tramas de espías y en cambio a mí me va más la espada. Nos contrataban para los mismos trabajos y ganábamos un montón de dinero.

—¿Y todo se reduce al dinero?

—Por eso trabaja un mercenario. —Le sujetó la barbilla con los dedos. —Tienes que ponerte al día, princesa.

Kilómetro 775 de la carretera de Suna.

—Creía que Sandbar era sólo un nombre bonito —comentó Hinata, cerrándose la cazadora. El aire que provenía del río le estaba calando los huesos.

—No, qué va. Se trata realmente de una barra de arena que forma una isla —contestó Naruto sujetándose la espada en la espalda, para después tirar de Hinata y alejarla del lugar donde habían aparcado, cerca del agua.

Ella lo siguió por el camino, esquivando las raíces que iba encontrando a su paso, convencida de que terminaría por caerse en algún momento.

—No veo ningún ferry.

—Quítate las gafas. ¿Ves la playa? Pues allí abajo está el ferry.

Ella parpadeó, se tambaleó y, en cuestión de décimas de segundo, se encontró en los brazos de Naruto... unos brazos fuertes y cálidos. Sorprendida al descubrir lo mucho que le gustaba estar ahí, le dijo:—Puedo caminar sola.

—¿Con esos zapatos?

—Me compraré un calzado más apropiado lo antes posible.

—A mí me gusta que lleves tacones —contestó él en voz baja y algo ronca.

¿Por qué la afectaba tanto oír su voz? ¿Por qué le temblaba todo el cuerpo sólo de escucharlo? Hinata nunca había creído que las voces fueran particularmente sensuales; de hecho, nunca había pensado en ello. La de Kiba era agradable. La de Naruto era... excitante.

—Y me encantaría notarlos pegados a mi espalda —le susurró el demonio al oído.

Y, claro está, Hinata empezó a imaginárselo.

—¿No puedes evitar pensar en ello, a que no? —La miró satisfecho de haber conseguido lo que quería, y siguió por el camino.

—¡Suéltame, Naruto! ¡Ahora mismo!

No lo hizo, y ella no pudo hacer nada por impedírselo, pues el demonio era exponencialmente más fuerte que ella. No podía dominarlo...

En el pasado, Hinata siempre había rehuido el sexo porque tenía miedo de perder el control y hacerle daño a su compañero. Era imposible que con Naruto eso pudiera pasar. Lo que significaba que, técnicamente, el atractivo demonio era un candidato en potencia a acostarse con ella.

Hinata trató de alejar esos pensamientos. Aun en el caso de que fuera adecuado el aspecto físico, ella jamás estaría con alguien como él. Naruto era mal educado, insoportable y un machista redomado.

Ahora mismo, por ejemplo, se negaba a dejarla en el suelo a pesar de que ya habían llegado a la arena, donde los estaba esperando el piloto del ferry. El tipo era algo truculento, con unos cuernos redondos y erguidos. Los de Naruto eran mucho más bonitos. Al menos, si lo besara, no tendría que preocuparse por si le sacaba un ojo.

¡Y no era que tuviera ganas de volver a besarlo! Ni mucho menos.

—Sólo se admite la entrada a miembros de la Tradición.

A pesar de las quejas de Hinata, Naruto se limitó a apartarle el pelo y decir: —Valquiria.

—¿Ha venido a buscar pelea? —preguntó el del ferry mientras ella trataba de arreglarse el pelo.

¿A aquel tipo le preocupaba más ella que un demonio mercenario?

—La valquiria está conmigo —contestó Naruto, y el otro por fin los dejó subir al barco.

En el ferry, Naruto la dejó finalmente en el suelo, tras deslizaría por todo su torso. Minutos más tarde, atracaban en un muelle de dudosa estabilidad del que salía una pasarela igual de insegura, que conducía a una ciénaga.

A lo lejos se veía una cabaña, de la que salía una música.

—Mantente cerca de mí —susurró Naruto. —Entramos, conseguimos la dirección del siguiente punto de encuentro y nos largamos, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. —Hinata oyó que algo se movía detrás de ellos. —Eh, ¿qué es eso? —Se puso de puntillas para mirar.

Naruto le quitó las gafas y Hinata pudo ver a una familia de ciervos. Tenía que reconocerlo, su visión había cambiado.

—¡Devuélvemelas!

—A la gente le va a extrañar que lleves gafas. Los inmortales no las utilizamos.

Consiguió recuperarlas y se las puso de nuevo.

—Pues que se extrañen. —Se detuvo en la puerta y se colocó bien las perlas, la ropa y el pelo. Siempre hacía lo mismo antes de entrar en un sitio, otro de sus rituales.

—Como quieras. Y ahora atiende. Lo que estás a punto de ver te va a resultar impactante. Trata de no quedarte embobada mirando. ¿Lo entiendes?

—Sé comportarme.

—No estoy tan seguro, princesa. Y no le digas a nadie a qué hemos venido. Desconfía de todo el mundo.

Ningún problema. Estaré siempre a tu lado.

Él le sonrió con amargura.

—Y, Hinata, recuerda de lo que eres capaz. Si las cosas se salen de madre, no olvides que puedes romper unos cuantos brazos. No lo dudes ni un segundo.

Si Naruto seguía diciéndole lo fuerte y poderosa que le parecía, Hinata iba a tener que replantearse eso de que era un machista...

El demonio le abrió la puerta, y la realidad se fue de paseo. De la máquina de discos salían las notas de Why don't we get árunk and screw «Por qué no nos emborrachamos y echamos un polvo.» y el bar estaba lleno de seres fantásticos que hasta entonces ni sabía que existían. El local parecía el típico bar, sólo que sus clientes eran criaturas mitológicas.

Había dos hombres echando un pulso y los rostros de ambos tenían rasgos lobunos. Sus ojos pasaban del ámbar al azul más claro. Licántropos: hombres lobo. Recordó haber leído sobre ellos.

Otros cuatro, de orejas puntiagudas, estaban jugando a los dardos, pero debían de estar a unos doce metros de la diana. También había unos gnomos de caras angelicales bailando alegremente. Sin embargo, por alguna razón, a Hinata le pareció que eran peligrosos. Debían de ser kobolds.

Vio que también había muchos demonios, con cuernos de distintas formas y tamaños. Y pensó que los de Naruto eran los más bonitos.

De repente, todo el mundo dejó de hacer lo que estuviera haciendo y se quedó mirándola. Ella irguió la barbilla, y Naruto se la acercó todavía más a él.

—Disimulas bien, princesa —le murmuró al oído, —pero no te olvides de que casi todos estos seres pueden escuchar cómo tu corazón late asustado. Cálmate.

En ese preciso instante, la multitud se abrió para dejar paso a una atractiva mujer.

—Así que éste es el famoso Naruto, el Hacedor de Reyes —dijo, con una voz que sonaba como el whisky y mirándolo con interés. —Los rumores no mienten. Eres el Uzumaki más atractivo de los dos.

—Y tú debes de ser Fûka —contestó él con un tono indescifrable.

Tal como le habían dicho a Naruto, Fûka era una belleza. Y ella lo sabía. Iba vestida con una blusa de seda que cubría una diminuta falda de piel negra y un corpiño del mismo color que realzaba sus generosos pechos.

Hinata llevaba un conjunto de rebeca y jersey, y una falda Burberry.

Fûka rodeó a Naruto y le recorrió los hombros con un dedo.

—Eres un hombre muy atractivo. —Le dedicó una mirada a Hinata antes de volver a centrarse en Naruto. —Sígueme a la parte de atrás. —Al ver que Hinata hacía ademán de seguirlos, añadió: —Sólo Naruto. Tenemos ciertos asuntos que resolver. —Y guiñó un ojo.

El demonio iba a protestar, Hinata quería que lo hiciera, pero Fûka le susurró algo al oído y él dijo:—Quédate aquí, Hinata. No hables con nadie. Quédate aquí y grita si me necesitas. Regresaré en quince minutos.

Y se fueron. Ella no sabía cómo se sentía al ver a aquella diablesa flirteando tan descaradamente con Naruto.

Soltó un suspiro y se encaminó hacia la barra para sentarse en un taburete. Aquel lugar le recordaba a un bar, que aparecía en una escena de La Guerra de las Galaxias. ¿Cómo se llamaba aquel lugar? Ah, sí. La Cantina de Mos Eisley. Cómo no iba a saber eso.

—¿Qué va a tomar? —le preguntó el camarero, al que le faltaba uno de los tres ojos.

«Le falta uno para llegar a tres, o bien le sobran dos.» Ambas opciones eran malas. Trató de no quedarse mirándolo, pero si se suponía que tenía tres ojos, debería de tenerlos, y punto.

—Agua, gracias —contestó tras carraspear.

Mientras se concentraba en doblar servilletas de papel hasta hacer cuadrados perfectos, sintió que los seres masculinos que tenía alrededor iban acercándose.

«Muy bien pensado, Naruto. Lo único que tengo que hacer es no hablar con nadie, ¿no?»

—¿Qué te trae por aquí, valquiria? preguntó el que parecía ser el líder.

Detectó una leve amenaza. La estaban poniendo a prueba. Recordó la última vez que sintió algo parecido; el primer día de sus clases a los jugadores de fútbol americano de la universidad. Esa vez actuó como si estuviera muy segura de sí misma, y no les toleró ni la más leve falta de respeto. ¿Qué eran unos demonios comparados con unos deportistas universitarios?

—Estoy visitando los alrededores —contestó con indiferencia. —Dime, ¿vives cerca de la orilla? Todos se quedaron atónitos.

—¿Por qué quieres saber dónde vivo? —Preguntó el líder. —¿Para arrancarme la cabeza mientras duermo?

—Así se habla, Deshazior —dijo otro, —ya sabemos cómo son las valquirias. Te atacan por la espalda y, cuando menos te lo esperas —dio un puñetazo en la barra, —has perdido la cabeza.

«Tranquila. Cálmate.»

—Quizá tengan razón, caballeros, pero la verdad es que estaba pensando que lo de vivir con temor constante a las inundaciones tiene que ser un rollo.

—Habla como los humanos —observó el tal Deshazior. El demonio, que hablaba como para un casting de piratas, se dirigió hacia el camarero y éste plantó un vasito de licor frente a ella. —Bebe, valquiria.

—No consumo alcohol.

—Es de mala educación rechazar la invitación de un demonio.

—Lo siento, pero nunca...

—Y además trae muy mala suerte.

—¿Mala suerte? —Su mano aferró el diminuto vaso. «Algo con lo que no contabas». —¿Qué hay de malo en tomar una copa, eh? —Genial, ahora además empezaba a hablar como una idiota.

Con la mano que tenía libre, cogió una servilleta, y trató de sonreír a su público mientras limpiaba el borde del vaso. La canción de Jimmy Buffet sonaba de fondo, y la letra decía:

Dicen que eres una estirada, cariño, pero yo no creo que sea verdad...

Hinata se acercó la bebida a los labios y vació el contenido de un solo movimiento seco. El líquido le quemó como nada que hubiera ingerido antes, tuvo un ataque de tos y los ojos se le llenaron de lágrimas. Dejó el vaso boca abajo en la barra para que no trataran de servirle otro.

—¿Qué te ha parecido? —preguntó Deshazior.

Todavía no podía hablar, así que hizo el único gesto que se le ocurrió para decirle que estaba bien: levantó ambos pulgares.

Los demonios se echaron a reír y uno de ellos le dio una palmada, demasiado fuerte, en la espalda.

—¡La valquiria quiere otro trago!

Le ofrecieron un segundo vasito. «Oh, no.» Uno hacia arriba, otro hacia abajo. Ahora tendría que beberse un tercero para conseguir completar la serie...

Al llegar al número seis, Hinata estaba sorprendentemente sobria, y no se sentía tan mal como hubiera creído de antemano, allí sentada, tomando chupitos con los demonios en aquel bar. La verdad era que estaba bastante relajada.

Y Deshazior estaba resultando ser un encanto. El demonio de tormenta era en realidad un auténtico pirata, pero acababa de escribir un mensaje en su Blackberry mucho más de prisa de lo que lo hubiera hecho ella misma. Era muy guapo, en plan rústico, y, dado que sabía de cartas de navegación, le gustaban mucho las matemáticas.

Le dijo que los chupitos irían haciéndole más efecto a medida que pasara la noche. Hinata estaba extrañamente impaciente de que eso sucediera.

Volvió a mirar el reloj, regalo de la cerveza Budweiser, que había colgado en la pared. Habían pasado cuarenta minutos. Quince, había dicho Naruto.

—¿Por qué tarda tanto? —preguntó ausente.

—Fûka es muy exigente —soltó uno de los demonios mientras los otros sonreían.

¿Exigente? «Hemos venido aquí a preguntar por una dirección.» ¿Qué diablos tenía que ver que Fûka fuera exigente con que Naruto tardara tanto en obtener lo que necesitaban?

Se rascó la cabeza, el moño le molestaba y tiró de él.

De pronto, abrió los ojos como platos. «Hinata, eres una idiota: Dos demonios en el cuarto trasero, ambos de una especie que necesita satisfacer sus necesidades tres veces al día...»

—Y Naruto, el Hacedor de Reyes, nunca rechaza un desafío —comentó otro demonio.

Naruto estaba acostándose con Fûka. Súbitamente, Hinata entendió por qué la gente soltaba tacos. A veces, una emoción era demasiado fuerte como para expresarla con palabras normales.

Naruto había acertado al menos en una cosa. Era una estirada y una hipócrita, porque mientras seguía allí sentada, emborrachándose, lo único que quería hacer era soltar las palabras más malsonantes que hubiera oído jamás.

No podía confiar en Naruto. Eso ya lo sabía. ¿En qué estaría pensando cuando se atrevió a soñar que quizá pudiera tener algo más con él?

Justo antes de que los dos se marcharan, Fûka la había mirado con superioridad, como si se vanagloriase de estarle quitando algo, cuando la realidad era que se lo había dado. Le había dado perspectiva en lo que se refería al demonio.

A Hinata le gustaban las cosas ordenadas y que Naruto se estuviera acostando con aquella diablesa la misma noche en que la había tocado, hacía que él desapareciera de su consideración para siempre. Con sus acciones, había quedado descalificado. «Sin demonio, se acabó la tentación. Se acabó el lado oscuro.» Obligándose a sonreír, se dirigió al grupo:

—¿A quién le toca?

—Sólo he venido aquí por negocios, nena —dijo Naruto cuando Fûka sirvió dos copas.

—Ya sabes que trae mala suerte rechazar la invitación de un demonio. Y es de muy mala educación que todavía lleves la espada a la espalda, como si fuéramos enemigos.

El aceptó el trago, y miró el reloj sin ninguna sutileza. Ya habían pasado diez minutos, y Fûka sólo le había preguntado por las otras facciones que andaban detrás de Hinata.

—Dame la dirección y me iré.

Naruto no podía imaginar qué estaría haciendo Hinata allí fuera, sin él, pero confiaba en ella, y estaba seguro de que sabría mantenerse alejada de cualquier peligro. Lo había impresionado lo bien que había sabido disimular su sorpresa al ver a tantas especies de la Tradición.

—¿A qué vienen las prisas, Naruto? ¿Tan terrible sería que te tomaras una o dos copas conmigo? —Fûka dejó que la blusa se le deslizara por los hombros.

Naruto estaba convencido de que Fûka le parecería hermosa a cualquiera, pero él la encontraba pretenciosa y carente de atractivo comparada con su princesa.

—Mi mercancía está ahí fuera, rodeada de demonios. Hace dos días todavía era humana, y no tenemos tiempo que perder.

—Nadie se atreverá a hacerle daño.

«No, pero tal vez la asusten.»

—Tengo prisa por llegar al próximo punto de encuentro y complacer así a tu amo y señor.

—Él quiere saber cuál es el estado de salud de la Vestal.

Naruto odiaba hablar de Hinata de ese modo tan frío e impersonal. Momoshiki nunca la vería como nada más que un medio para conseguir lo que quería.

—Hinata está bien.

—No esperábamos que fueras a viajar tú solo con ella.

—En principio no iba a ser así, pero la hermanita de Momoshiki y Toneri, Tanahi, la muy bruja, ha capturado a mi hermano.

—No estábamos seguros de que estuvieras al tanto de eso.

La idea de que Menma estuviera preso en una celda le retorcía las entrañas, pero Naruto trató de bloquear la imagen al comprender que obtener información sobre su próximo destino no iba a ser tan fácil como había creído. Fûka parecía muy caprichosa y podía meterlo en un lío. No quería echarlo todo a perder por falta de paciencia.

—Supongo que pronto lo sabrá todo el mundo —prosiguió Fûka, —Tanahi ha estado fanfarroneando sobre su último juguete.

—¿Dónde está Menma? —preguntó Naruto apretando la mandíbula.

—¿Esperas que te lo diga cuando tú has sido incapaz de quitarte la espada y tomarte una copa conmigo?

Él se quitó la dichosa espada, la apoyó en la silla, y levantó la copa.

Con una sonrisa de satisfacción, Fûka se sentó en el borde del escritorio, asegurándose de que la raja de la falda se le abría hasta la cadera. Estaba tratando de ser sexy, todo su cuerpo estaba empeñado en ello, pero no le salía natural, pensó Naruto. Tenía que esforzarse.

Y, a pesar de todo, nunca conseguiría hacerle sombra a Hinata, a la que no le importaba lo más mínimo que los hombres la encontraran atractiva.

—¿Dónde está mi hermano, Fûka?

—Probablemente en Konoha, pero no lo sabemos con certeza. Estoy segura de que pronto tendremos más información... y podríamos compartirla contigo si esta transacción termina de modo satisfactorio.

—¿Y por qué no iba a hacerlo?

—¿Cómo podemos estar seguros de que no te acostarás con la Vestal? —preguntó Fûka. Buena pregunta.

—Del mismo modo que mis clientes saben que nunca me tiro lo que se me ha confiado. Es malo para los negocios. Además, ella no es mi tipo. —«Mi tipo era una mierda comparado con Hinata.»

La diablesa se quedó observándolo con detenimiento, tratando de discernir si decía la verdad. ¿Sospechaban de él? Y, si así era, ¿por qué? Sólo Menma, Mito y Bee sabían lo que Hinata significaba para él.

—Si decides pasarte de listo, tratar de obtener la espada y quedarte con la chica al mismo tiempo, fracasarás —dijo finalmente Fûka. —Uno, Momoshiki puede leer la mente de cualquiera. Tal vez tú puedas levantar algún bloqueo, pero la Vestal no tendrá ni la más mínima oportunidad. Dos, el intercambio se realizará en la fortaleza de Momoshiki, que está protegida con magia, con trampas por todos lados y vigilada por zombies. El bosque que la rodea está habitado por wendigos. Si ella escapa contigo, sólo conseguirás que la maten.

Hasta ese momento, Naruto no se había dado cuenta de que la idea de quedarse con Hinata y la espada llevaba tiempo enterrada en el fondo de su mente.

Era una idea que le encantaba.

Y ahora sentía cómo ésta iba desmoronándose.

—Hay muchos obstáculos —reconoció él. —¿Cómo puedo estar seguro de que saldré de allí con vida?

—Momoshiki ha jurado por la Tradición que podrás entrar y salir sano y salvo. Siempre que tú jures también que no revelarás nunca a nadie dónde se encuentra su castillo.

Jurar por la Tradición era la palabra más inquebrantable que podía dar cualquier inmortal. Incluso un hechicero malvado estaba obligado a cumplirla.

—Lo juro.

—Mi amo y señor quiere que la Vestal sea fértil, y poder proceder cuanto antes. Tienes que asegurarte de que siga comiendo —continuó Fûka, poniéndolo a prueba, estudiando su reacción.

El hizo todo lo que pudo por no apretar los dientes.

—No me pagan para hacer de niñera.

—Si la Vestal no está en buenas condiciones, tal vez tu espada no sea tan eficaz como esperas.

«Maldición.»

—La Vestal piensa por sí misma, pero haré todo lo que pueda para que coma.

—Una cosa más, si no la recibe antes de la próxima luna llena, echará la espada al fuego y la perderás para siempre.

Naruto había oído decir que, oculta en el interior de su fortaleza, Momoshiki poseía una forja en la que ardía un fuego sobrenatural.

—¿Y en ese caso no se la daría a otro para que matara a su hermano por él?

—La espada se ha forjado para que la utilice uno de los Uzumaki —respondió ella. —No funcionaría con nadie más.

—Comprendo. Y ahora, si no te importa, me gustaría que me dieras la dirección del segundo punto de encuentro.

—Te lo diré... si me besas.

Naruto entrecerró los ojos, irradiando rabia por todos los poros. —A Momoshiki no le gustará saber que has tratado de entretenerme.

—Tampoco le gustará saber que tú y la Vestal tenéis una relación. —Se quitó la ropa, que cayó al suelo, arremolinándose junto a sus pies. —¿De verdad te parece tan horrible la idea de darme un beso, Naruto?

«La verdad es que sí.» Antes de conocer a Hinata, ese tipo de mujer tan descarada le habría gustado, y habría hecho mucho más que besarla. Ahora sólo la besaría si fuera necesario. ¿Necesario? Él no tenía ningún futuro con Hinata, y cuanto antes se lo metiera en la cabeza, mucho mejor para él.

—De acuerdo, nena —farfulló. —Un beso a cambio de la dirección.

—Ven aquí —dijo la diablesa, sentándose en la cama y apartando la sábana con una sensual y estudiada sonrisa.

—Ni hablar, Fûka. —Le cogió la mano y la puso en pie.

—Eres tan agresivo... —ronroneó ella. —Está bien, lo haremos de pie.

Agachó la cabeza, la besó y no sintió nada.

«Más vale que me acostumbre a esto», pensó Naruto mientras la besaba de forma mecánica. Indiferencia sería lo único que sentiría estando con otra que no fuera su compañera...

—Disculpadme —dijo Hinata desde la puerta.

Naruto se apartó al instante de Fûka, pero Hinata ya lo había visto todo. El corazón del demonio latió acelerado al ver que la mirada de la joven se desviaba de la cama deshecha a la ropa que había en el suelo, pasando por la espada que estaba apoyada contra la silla.

«Joder. Ahora sí que la he cagado.» Su compañera lo había visto besando a otra. El jamás había oído a ninguno de su especie contar que le hubiera pasado algo así. Ningún demonio era tan estúpido.

«Pero ¡es que yo no puedo estar con ella aunque quiera!»

—Me gustaría regresar al hotel, pero no quisiera interrumpirlos —prosiguió Hinata tan campante.

No parecía sorprendida, ni enfadada. Era evidente que se sentía segura de sí misma. Incluso Fûka parecía perpleja. —No te preocupes, Naruto, ya le pediré a alguien que me lleve. —Se dio media vuelta hacia la puerta.

—¿Pedirás que te lleven? —repitió él incrédulo, eliminando la distancia que los separaba para cogerla por la cintura. —¿Quién diablos lo va a hacer?

En ese instante, unas voces masculinas gritaron que a la valquiria le tocaba beberse otro vaso. Hinata llevaba el pelo suelto. Se había guardado las gafas en el bolsillo y tenía las mejillas sonrosadas por el alcohol.

—¿Por qué te has soltado el pelo? —farfulló Naruto entre dientes.

—¿Porque estoy en un bar?

—Estás borracha.

—Eres muy listo. En serio, no quería molestarlos. Sólo venía a avisarte de que me iba.

Fûka se vistió con gran teatro. La muy zorra estaba tratando de aparentar que se habían acostado, y Naruto no podía negarlo sin poner de manifiesto lo que sentía por Hinata.

—Te irás conmigo —le dijo a ésta, muy enfadado porque a ella no le importara lo que creía haber visto.

El creía que se sentía atraída por él, y al menos un poquito posesiva después de aquel beso.

—Está bien. Te espero fuera. —Con los tacones repicando en el suelo, dio media vuelta y lo dejó allí, confuso, en medio de la habitación.

—Reconozco que vosotros dos me teníais intrigada —dijo Fûka, —pero ahora ya veo que Momoshiki no tiene de qué preocuparse. A esa mujer no podrías importarle menos. —De algún modo, aquella diablesa sabía lo que Naruto sentía por Hinata, y había sospechado que ella pudiera sentir a su vez algo por él.

Pero la indiferencia de la muchacha le había demostrado que se equivocaba.

—La dirección —exigió Naruto.

—Kumogakure.

—Sé más concreta.

—Todo a su tiempo, demonio... tómate otra copa.

Naruto oyó los vítores de alegría de los hombres al ver que Hinata regresaba al bar. Tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no salir allí y empezar una pelea.

Cuando Hinata volvió a entrar en el local, Deshazior tiró del taburete que había junto al suyo para que se sentara a su lado. Con las cejas levantadas a modo de invitación, pasó la mano por el asiento.

—De acuerdo —contestó ella, todavía algo afectada. Tal como había temido, Naruto había ido a aquella habitación para acostarse con Fûka, a la que le había encantado que los pillara, y había vuelto a mirarla con aires de superioridad.

No, aquel mundo no era para Hinata.

Pero lo de beber no estaba mal. Convencida de que no volvería a caer en la tentación, decidió aprovechar al máximo aquel mini paréntesis. Iba a volver a su antigua vida, así que no había nada de malo en beber unos cuantos «chupitos» con aquellos demonios y disfrutar de la velada.

—¿Has visto algo interesante? —preguntó Deshazior con curiosidad.

—No, creo que ya habían terminado.

—¿Y crees que les bastará con un asalto? He oído decir que Naruto es todo un seductor.

—¿En serio? —preguntó ella fingiendo que no le interesaba lo más mínimo.

—Me sorprende que no te haya tirado los tejos a ti —prosiguió. —A los demonios nos encantan las valquirias.

—Ah, pero ¿a las valquirias les gustan los demonios?

—Sí, porque somos los únicos con los que se pueden acostar sin temor a hacernos daño.

Los allí presentes chocaron los cinco, y ella se obligó a sonreír. Tenía gracia que bromeasen sobre algo que Hinata acababa de descubrir aquella misma noche. Temerosa de que Deshazior viera algo en su expresión, aunque segura de que allí no había nada de nada, preguntó:

—¿Tienes algo de dinero para poner música?

El demonio le dio unas monedas que no había visto en su vida y Hinata se encaminó hacia el tocadiscos. Al ver en la máquina un álbum de Stevie Ray Vaughan, su humor mejoró notablemente.

Esta vez, cuando regresó a la barra, Deshazior se golpeó los muslos con las manos para indicarle que se sentara allí. El demonio no era nada desagradable a la vista, ni siquiera con cuernos. Se preguntó qué haría la vieja Hinata, y, decidida a disfrutar de aquella noche tan surrealista, hizo completamente lo contrario, poniendo muy contento al robusto demonio...

Cuando Naruto consiguió escapar de la guarida de Fûka, vio a Hinata sentada en las rodillas de Deshazior, susurrándole cosas al oído y balanceándose, feliz de la vida.

Las gafas de ella estaban en la nariz de Deshazior, y ella llevaba el cinturón del demonio. Otro del grupo estaba sentado en el suelo, junto a ella, restregando la cara por la mano que la valquiria tenía libre.

A Naruto se le desencajó la mandíbula y los ojos se le pusieron rojos en cuestión de segundos. De fondo, la canción de Stevie decía:

Si te metes con mi mujer, descubrirás lo que es un hombre enfadado de verdad.

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Continuará...