10. Claudicar

La rutina les estaba consumiendo y sólo era el cuarto día.

Las comidas eran breves, porque no podían tomar demasiada cantidad de aquel extraño cereal. Después examinaban palmo a palmo cada rincón de los muros, esperando encontrar una pista para escapar. Y cuando el reloj marcaba el final de la jornada, se turnaban para dormir.

- No estáis conviviendo – repitió con desaprobación Marah. Luego, como en anteriores ocasiones, se marchó sin más.

El coronel observó a su segundo.

Ella era obstinada y tenaz. Capaz de mantenerse centrada incluso en las circunstancias menos favorables. Él, en cambio, calculaba que pasaba la mitad del tiempo que debía invertir en inspeccionar la pared, entorpeciendo la búsqueda de Carter.

- Si quieres resultados distintos, no hagas siempre lo mismo – susurró ella exasperada citando a Einstein.

- ¿Qué ocurre?

- Esto no está funcionando, señor. Deberíamos contemplar otras opciones… - dijo masajeándose el cuello.

- Es hora de descansar, Carter – sentenció al contemplar su expresión cansada. – Es una orden.

Ella se encaminó hacia la habitación mientras la palabra "convivencia" taladraba su mente. En el fondo, intuía a qué se refería Marah.

- ¿Mayor? – la voz del coronel le recordó que debía estar acostada. En vez de eso, se había quedado en el centro del cuarto mientras su cerebro seguía trabajando.

Había un hueco en el muro, una especie de nicho que albergaba el colchón donde dormían. Lo analizaba con la atención que dedicaba a resolver los problemas más complejos, tratando de decidir si accedía a la propuesta de su mente.

Se mordió ligeramente el labio inferior.

- Señor, sé que el tamaño de la cama dice otra cosa, pero no creo que esperen que durmamos por separado.

Observó como él desviaba su mirada hacia abajo. El suelo, igual que el del resto del templo, estaba compuesto por un conglomerado de piedras con bordes angulosos e irregulares que sobresalían aquí y allá. Captó la intención del coronel, incluso aunque no tuviera sentido sugerirlo.

- Bien – aceptó.

Ella escogió el lado junto a la pared diciéndose a sí misma que todo era normal, que habían compartido tienda en innumerables ocasiones. Pero por algún motivo, se sentía como si caminaran por arenas movedizas. La accidental boda con Jonas había provocado que las reglas que moderaban su relación se tambalearan. Aunque no hablasen de ello, del mismo modo que no hablaban del beso en su casa.

Así que se acostaron espalda contra espalda sin tocarse, dejando que la incomodidad entorpeciera la tarea de conciliar el sueño.

*/*/*

Se despertó con el cabello de Carter rozando su rostro. Como si se tratara de un gesto frecuente y familiar, llenó los pulmones con su aroma frenándose un instante antes de atraerla hacia a sí mismo. Se levantó sabiendo que tenía que alejarse.

Se sentía cansado.

Cada noche, el sueño era intermitente y poco reparador. Así que decidió que era hora de ducharse y cambiarse de ropa, en un intento de conseguir algo de confort.

El sistema para asearse era rudimentario. Había un depósito en el baño a una altura de unos dos metros del suelo. Debía llenarse de forma manual con el agua del pozo, de tal manera que el material térmico del que estaba hecho se encargaba de templarlo. Fue una suerte que esa parte ya estuviera hecha, y que sólo tuviera que liberar el contenido del depósito accionando una palanca.

Después revisó la ropa que tenían a su disposición. Todas las prendas eran de color negro, corte recto y material suave. No proporcionaban tanto calor como el uniforme, pero al menos la talla se ajustaba bastante a su complexión.

Se dio cuenta de un detalle, pero no hizo ningún comentario. Se limitó a recomponer el baño junto a Carter, para que ella también pudiera hacer lo propio.

- Sería más fácil si se ducharan juntos – les comentó Marah cuando casi habían acabado. Y seguramente era cierto, considerando que llevar agua hasta el contenedor requería cierta habilidad y esfuerzo físico.

- La sugerencia ha sido debidamente anotada e ignorada – replicó él malhumorado.

Luego se quedó fuera haciendo guardia, sin poder reprimir una sonrisa al verla salir.

Cada camiseta y cada pantalón eran exactamente iguales. Para él eras adecuadas, pero no habían tenido la cortesía de incluir prendas más pequeñas para ella. Así que ahora, ofrecía un aspecto que se movía entre lo divertido y lo adorable.

La idea estaba fuera de los límites, pero pensó en cómo se vería con una de sus camisas.

- ¿Has encogido, Carter?

- Muy gracioso, señor.