Día 24. Armadura

Número de palabras: 1143

Sinopsis: Oh, ¿No es simplemente trágico? Hasta que se quiten las armaduras, sólo podrán anhelarse el uno al otro en silencio. (Mejor conocido como las observaciones de un ser omnipresente sobre el amor verdadero)


Oh, ¿No es esto simplemente trágico?

Se dicen enemigos, claman no ser más que némesis, son la antítesis perfecta el uno del otro, en fin, opuestos a más no poder. Pero la realidad es que, nadie que jurara y perjurara odiarse, miraría al otro de la forma que ellos lo hacen.

Se buscan mutuamente en la oscuridad, de manera inconsciente. En las noches solitarias no hacen más que buscar el tacto del otro, a sabiendas de que no lo encontrarán a su lado pero aun así haciéndolo porque es mejor la sensación de frustración que el olvidar cómo siquiera respirar sin la presencia de su adversario. Así había sido desde el inicio y así seguiría siendo hasta que las trompetas del apocalipsis anunciaran el comienzo del final y que todo a su alrededor no fuera más que simple polvo.

Sus miradas siempre parecen encontrarse, sin importar el lugar o el tiempo. Es irónico, ¿No es así? Parece ley de la vida que mientras más rehúyas y trates de alejarte de algo, ese algo no hará más que juntarse y rejuntarse hacia ti, hasta que finalmente se convierta en una constante en tu vida, algo sin lo que no puedes vivir.

Porque esos dos nunca lo van a admitir, nunca dirán en altavoz que se aman ni exclamarán a viva voz que se pierden para poder encontrarse mutuamente, una y otra vez. Al menos no lo dirán en voz alta.

Hay dos simples razones para eso.

Número uno: orgullo. Son demasiados tercos y orgullosos, parte de su naturaleza. Y se necesitará una fuerza extremadamente grande para que ambos admitan que se aman, que comenzaron a adorarse mutuamente de manera casual, casi sin querer, poco a poco hasta que ese sentimiento era tan grande que oprimía su pecho y era casi imposible de ignorar.

La segunda razón es demasiado dolorosa y no hace más que darle un carácter trágico a su historia. Miedo. Meramente miedo. Las cadenas, tan llenas de amenazas y condenas, esas que ambos bandos se habían dedicado a fraguar seguían teniendo peso sobre ellos hasta ese punto de sus vidas, haciéndolos sentir que incluso después de su traición, los dos funestos amantes aún permanecían siendo vigilados hasta el hartazgo, con la manifiesta amenaza de ser castigados si dan un paso en falso.

Estás razones causan tal revuelo en sus psiques que prefieren callar lo que sienten, todo eso con la habilidad que seis milenios de acrimonioso silencio traía consigo. Era simplemente tortuoso ver cómo las fuerzas de sus circunstancias doblegaban con tanta facilidad sus voluntades.

Ambos seres se contentan con miradas anhelantes, toques distraídos y risitas que deseaban ser algo más que risas. En el fondo, sus almas deseaban abalanzarse la una sobre la otra y entrelazarse hasta el punto de convertirse en una sola, hacer lo que sus corazones no hacen más que callar.

Pero hasta que eso pase, cuando su amor llegue a ser tan fuerte como la fuerza que los separa y decidan quitarse las armaduras que encierran sus verdades, sólo les queda resignarse.

El pelirrojo tendrá que conformarse a soñar con los besos y caricias del contrario, pero jamás tenerlo entre sus brazos, dejándolo con un sentimiento de añoranza demasiado profundo, lo que lo hará engañar a la cabeza a base de alcohol y al corazón con... con nadie, porque es demasiado débil como para ser infiel, incluso si no hay una promesa de algún futuro de por medio.

El rubio, por su parte, tendrá que resignarse a que las historias de sus libros serán lo más cercano al amor que tendrá. Mientras más se niegue a mirar a los ojos del demonio (mirar, no ver) más lejos estará de conocer el amor verdadero. Y que por más que sueñe con el demonio siendo suyo y él siendo del pelirrojo, nunca dejará de ser una visión de ensueño, por más que el desee plasmarlo en la realidad.

Sueñan despiertos y eso es todo lo que harán hasta que tenga la valentía necesaria para dejar de fantasear y lanzarse el uno por el otro.

Cuando se quiten la armadura que contienen lo que ambos calla y que sirve como barrera entre ellos y sus sentimientos, entonces comenzará la historia de amor más grande, la que lleva esperando seis mil años a ser contada.

Una tragedia, ¿No?

Y ella, como la romántica empedernida que es, espera que eso sea pronto. Sin la necesidad de intervenir ni chasquear los dedos, espera que con ese choque de copas y ese "Por el mundo," los dos enamorados hayan roto las barreras que los separaban.

Con aquella observación, ella termina de escribir y su pulcra letra queda impresa en la hoja de papel.

Cierra delicadamente el cuadernillo y lo deja sobre la mesa cubierta por aquel exquisito y blanquecino mantel, que no hace más otorgarle un ambiente de alcurnia y dignidad al lugar.

— ¡Señorita Smith! —le llama un mesero. La mujer se aparta el cabello de la cara y pone la mejor cara de mortal que sabe.

— ¿Ya se va? — pregunta el mesero a su lado. Ella simplemente sonríe y asiente.

El protocolo humano es bastante fácil, le dan la cuenta, ella paga y todos felices y cómodos a sus casas. Apenas se está preparando para irse cuando escucha al mesero a su lado resoplar y ella lleva bastante tiempo conociendo a los humanos para saber cuándo se están quejando por algo, así que no le queda más que preguntar.

— ¿Qué pasa? —cuestiona fingiendo curiosidad.

— Esos dos hombres, —dice señalando hacia la pareja sentada en otra mesa. —Llevan bastante tiempo viniendo aquí y se miran muy enamorados. Todos aquí nos preguntamos cuando declararán sus sentimientos el uno por el otro, ya hasta en el trabajo hay apuestas.

Tras decir eso, el empleado se lleva una mano a la mano y mira avergonzado a la rubia, había olvidado por completo que estaba frente a un cliente y no con uno de sus compañeros de trabajo, con los que apostaba y chismorreaba sobre aquella dispareja pareja enamorada.

Aun así, la mujer no parece molesta o fastidiada, hasta parece divertida por la situación.

— Puedo decir, —habla con voz fuerte y clara. —Que esos dos pronto se quitaran las armaduras y todo será diferente. —aquello lo dice con total seguridad, como si conociera a esa pareja de toda la vida (¡Y lo hace! Ella fue su creadora después de todo)

— ¿Cómo puede estar tan segura? —le pregunta el empleado intrigado por la certeza de sus palabras.

— Oh, bueno. —responde mientras deja algo de propina. —Después de todo, Dios no juega al azar.

Y con un guiño de ojo, se va del lugar con sus anotaciones escritas en su cuaderno, preguntándose cuándo esos dos anunciarán su boda y cuántos más análisis sobre el amor romántico necesitará para empezar a escribir un libro. Al parecer, sólo el tiempo lo dirá.