Capítulo 24
Ovejitas.
—Quinn —volvía a susurrar.
Pero no hubo respuesta por parte de la rubia, que completamente decidida, posó sus labios sobre los de ella.
Solo fue un roce, una primera toma de contacto para calibrar la distancia, y posicionarse mejor. Para lanzarse definitivamente a ese acantilado que la llevaba a descubrir con ansias los labios de aquella extraña desconocida que había entrado en su vida. Con miles de sensaciones, miles de recuerdos que incluso en aquel instante seguían sobrevolando su mente
Sus labios, sus templados y suaves labios le llevaban a pensar en Rachel. No había dudas. Para su mente, para sus ojos, completamente cegados. Para su corazón, aquella chica era Rachel, Rachel Berry, y no Rebecca Green.
Y aquella sensación la obligaba a querer sentir más, provocando que el beso despuntara con más intensidad, mientras la noche las cubría y un manto de estrellas sobrevolaban sus cabezas.
Rachel lo sabía.
Su cuerpo reaccionaba a la cercanía de Quinn. Volver a sentir su calor, aquel beso que solo había podido disfrutar una sola vez en su vida, hacia 6 años ya, aún permanecía en sus labios. Y en aquel instante estaba rememorándolo como tantas veces lo había hecho en la soledad de su habitación, o en sueños.
Quinn la estaba besando y no podía hacer nada por evitarlo, más que dejarse llevar mientras dos, exactamente dos lágrimas recorrían sus mejillas, siendo producto de la pena que comenzaba a inundarla por el remordimiento.
Solo un respiro entre ambas detuvo el beso.
Rachel se apartó con decisión, acabando con aquel inesperado acto. La confusión inundaba el rostro de la rubia, que lentamente, decidió acariciar cada zona de la cara de la morena, tratando de dibujar con sus manos los rasgos faciales de Rachel, y descubrir que todos y cada uno de esos rasgos, estaban impresos en el rostro de aquella chica. Llevándola, aún más si era posible, a una completa locura.
—Basta Quinn —reaccionó tras ser consciente del peligro que corría.
Rachel comenzó a temer que la hubiese reconocido. De hecho, realmente, le extrañaba que no lo hubiese hecho ya.
—Lo…lo siento —se excusó aturdida.
—No, no lo sientas, pero no creo que esto esté bien.
—Yo lo siento, pensaba que…Oh dios —Quinn comenzó a lamentarse siendo consciente de lo que acababa de hacer—. Soy una imbécil.
—No Quinn, no digas eso.
—Claro que lo digo —masculló alejándose de la morena—, soy una estúpida —espetó con una nerviosa sonrisa—. Pensé, pensé que yo, bueno…Oh dios, lo siento.
—¿Qué? ¿Qué pensabas? —cuestionó confundida.
—Pues que…Oh dios, voy a matar a Santana. Me han comido la cabeza, lo siento Rebecca. Te juro que no quiero hacerte sentir mal solo…
—¿Qué tiene que ver Santana con esto? Quinn, ¿qué sucede?
—Ellas, ellas me dijeron que tú estabas…Bueno, que estabas interesada en mí, y yo me lo creí. Dios, que vergüenza. Lo siento, lo siento de veras.
—No, no…no lo sientas Quinn —interrumpió—, no tienes nada que sentir, solo ha sido un beso.
—Ya…un beso —susurró.
—Quinn, ya sabes lo que pienso acerca de mantener una relación en esta ciudad, sabes que me voy a marchar y no quiero involucrarme de esa forma porque luego todo…
—No estoy enamorada de ti —fue tajante.
—No, no estoy diciendo que lo estés, estoy diciendo que no quisiera que eso sucediera.
—No va a suceder —volvía a mostrarse completamente seria—. Si te he besado es porque me gustas, pero no voy a enamorarme de ti.
Rachel se mostraba terriblemente confundida. Hacía escasos segundos, Quinn parecía lamentarse por haberla besado, y de pronto todo lo que le decía, lo hacía con un aire de soberbia que poco o nada tenía que ver con aquella Quinn, sino más bien con la que había conocido años atrás.
No pudo evitarlo, pero la escena que vivió con ella en aquel bosque, el último verano que estuvieron de acampada y en el que Quinn se lanzó a besarla, le recordó por completo a aquel momento.
Entonces, al igual que ahora, Quinn se arrepentía de haberla besado tras pedirle una explicación, y se mostraba cortante.
—Ok, si estás segura de ello, no hay problema alguno. Pero es algo que realmente tiene que ser así. Quiero decir, jugar con fuego conlleva el peligro de terminar quemándose, y cuando se trata del corazón…
—Mi corazón ya está ocupado.
—¿Qué? —cuestionó sin siquiera pararse a pensar— ¿Estás enamorada?
—Siempre lo he estado, no ha habido un solo segundo en los últimos 6 años en los que no haya estado enamorada de una persona, pero eso no significa que no pueda interesarme en otras personas —soltó dejándola completamente en shock.
—Pero…Si estás enamorada, ¿por qué no estás con esa persona?
—Porque le odio —espetó completamente convencida—. Y ahora solo quiero disfrutar de mi vida. Pensaba que eso no era algo malo.
—En absoluto —respondía completamente abatida—, pero es una pena que no puedas estar con la persona que amas.
—No es una pena, ya te he dicho que no quiero estar con esa persona, solo quiero disfrutar de mi vida. Como ves, —señaló hacia sus ojos— pocas cosas me quedan por disfrutar si encima decido cerrarme a la diversión.
—¿Te intereso solo para divertirte?
—Dicho así suena muy mal.
—Tú me entiendes.
—¿Yo te intereso?
—Dudo que haya alguien en este mundo a quien no le intereses.
—Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Por qué me has detenido?
—Porque quería saber cuáles eran tus intenciones. Realmente no quiero hacerte daño, y si voy a estar aquí un par de meses, no quisiera que la única persona que me ha recibido con tanto cariño, termine pasándolo mal.
—¿Por qué te preocupas tanto por mí?
—¿Cómo?
—Cuando llegué a San Francisco conocí a Michael en el gimnasio, quedamos a tomar una copa al día siguiente, y esa misma noche, terminó en mi cama. No hablábamos de enamorarnos, no hablábamos de relaciones ni de quemarnos, ¿por qué tú hablas de eso?
—¿Quizás porque yo no soy Michael?
—Pero no tiene sentido. Es un poco soberbio pensar que, porque me gustas y quiera lanzarme contigo, voy a terminar como Julieta, muriendo de amor si me abandonas.
—Yo solo soy clara —se mostró seria.
—¿No será que te doy pena? ¿No será que eres consciente de que se te ha ido de las manos el tratarme así, y ahora no sabes cómo decirme que no te intereso?
—¿Qué? Vamos Quinn, no digas tonterías. No te habría dicho nada si no lo sintiera de verdad.
—Ya…claro.
—¿Estás insinuando que te digo que me gustas por pena?
—No habrías dicho basta, si te gustase de verdad.
—Ok, estás delirando…Es el vino, ¿verdad?
—¿Qué dices? ¿Qué tiene eso que ver?
—Quinn, me subes a una azotea, me muestras las estrellas, me invitas a bailar y me besas, ¿crees que aceptaría todo eso si no me gustases?
—¿Por qué querías que parase?
—Porque quería asegurarme de lo que estabas haciendo, ¿no lo entiendes? No soy un chico que aprovecha cualquier situación, solo quería asegurarme. ¿Tan raro te resulta?
—Ok, ok —alzó la voz—, pues adelante, ¡ya te he dicho que no me voy a enamorar, que me gustas y que solo quiero besarte y que acabes en mi cama! —masculló desesperada.
—¿Me quieres en tu cama? —susurró tras varios segundos en silencio, tratando de recuperar la compostura tras aquella sentencia.
—No creo que sea la primera chica que lo desea, ni creo que sea algo nuevo para ti. ¿O sí?
—Nadie me lo había dicho así.
—Pues mira por donde, acabas de escucharlo por primera vez.
—¿Todo tu cariño es porque quieres acostarte conmigo?
Quinn se lamentó. Definitivamente, aquellas preguntas sonaban demasiado mal tal cual las formulaba la morena.
—No, no me quería acostar contigo el primer día que te conocí, pero, no sé, me gustas…Eres una chica sencilla y misteriosa a la vez. Eres divertida y…no buscas compromisos, exactamente lo que yo necesito para salir de esta burbuja de mierda…Ufff —resopló resignada—. Rebecca, has llegado en el momento justo a mi vida.
—Vamos a ser compañeras de piso, ¿no va a influir eso?
—No te entiendo.
—Quinn, si hoy termino en tu cama. ¿No crees que es un riesgo demasiado alto sabiendo que vamos a vivir juntas?
—Me temo que tenemos un concepto distinto de la palabra compromiso.
—Es probable, pero no quisiera que dentro de dos días me echaras a la calle.
—Ok, no te intereso, todo aclarado…Podemos irnos.
—No, no…—la detuvo— No te vas a ir y me voy a quedar yo como la mala de la película.
—No hay malas en esta película. Tú no buscas lo mismo que yo y ya está. Todo aclarado.
—Quinn ¿te das cuenta de lo que dices? Me estás diciendo que porque te estoy preguntando si estás segura, ya no me puedes interesar. Se supone que no eres insegura, que todo lo que te propones, lo consigues.
—No me conoces, no puedes saber si soy o no soy insegura. Solo hablo por lo que intuyo que está sucediendo.
—Exacto, intuyes —interrumpió—, pero eso no significa que sea lo real.
—¿Entonces? ¿Eso significa que estarías dispuesta a acabar en mi cama esta noche?
—No, esta noche no podría acabar en tu cama, primero porque has bebido y yo necesito que la otra persona esté en plenas facultades —trató de excusarse
—¿Y segundo? —preguntó curiosa dejando aún lado el malhumor que se había instalado en ella.
—Segundo porque debes saber que una chica no está disponible siempre.
—¿Cómo?
—Quinn, hay momentos y momentos… Lo siento, me has pillado justo en el peor día del mes —le dijo, y ni siquiera supo por que se excusaba de aquella forma.
Rachel no atendía a su mente, no escuchaba a su corazón en aquel instante en el que Quinn le confesaba que lo único que quería de ella era diversión. Sabía que era la mejor opción de todas las que podían surgir si la rubia llegase a interesarse en ella como algo más que una amiga o compañera.
Una relación basada en la diversión, sin compromisos, sin miedos a romper el corazón de la otra, era lo único que le valía para salir airosa de aquella situación, y poder disfrutar de Quinn como tanto había deseado.
Pero seguía siendo Rebecca, no Rachel, y el simple hecho de mantener relaciones con ella haciéndose pasar por otra persona, le repugnaba, le provocaba un odio así misma que difícilmente iba a conseguir sobrellevar.
Aquella excusa le valía para ganar tiempo y no hundir la autoestima de Quinn, que por mucho que lo camuflase con soberbia, estaba en un momento crítico.
—¿Significa eso que…?
—Que me gustas mucho, pero hoy no es el día…¿Entiendes?
—Ok…ok, lo entiendo —se lamentó—. Siento… siento todo lo que te he dicho, sé que, sé que a veces me comporto como paranoica y…
—Olvídalo… ¿Ok? —masculló procurando acabar con la conversación y por supuesto, con la tensión que se había creado entre ellas. Conocía a Quinn, pero seguía desconcertándose por la actitud que mantenía con ella. Y no se sentía capaz de poder enfrentarse a ella sin perjudicar más la situación, y el remordimiento de consciencia vapuleando su mente— ¿Bajamos?
—Claro, ya deben de estar en el apartamento —le dijo buscándola con la mano, y Rachel supo que la necesitaba para regresar al ascensor.
El malestar, a pesar de la disculpa de Quinn, aun se mostraba en su rostro y Rachel lo veía, podía observarla mientras se adentraban en la cabina y la culpa se adueñaba de ella.
La frustración en Quinn era evidente después de haber deseado besarla desde hacía días, y la excusa que le había regalado Rachel, no había hecho otra cosa mas que mermar su estado de ánimo.
No eran crías.
Rachel lo sabía. Aquella actitud a la que hizo referencia Quinn sobre preocuparse por hacerse daño, no era algo normal en dos chicas que solo buscan diversión, y que apenas se conocen. Y por eso precisamente, sentía que había utilizado el camino más largo y estúpido para evitar un conflicto que finalmente, había terminado llegando.
—Quinn —susurró.
—Si —espetó completamente seria cuando el ascensor ya comenzaba a bajar. Y no lo pudo evitar. Rachel comenzó a lamentarse incluso antes de saber que lo iba a volver a hacer. Porque no podía, le resultaba terriblemente doloroso ver su gesto, intuir sus pensamientos y el malestar que probablemente estaba sintiendo, y que tanto se empeñaba en camuflar con su soberbia actitud.
Necesitaba volver a ver una sonrisa, y estaba dispuesta a hacer lo que fuera por conseguirla.
—Que no pueda terminar en tu cama no signifique no lo desee —le dijo sin poder evitar dar un paso mas hacia ella.
—Oh, ok. Está bien, Rebecca, no tienes que darme más….
No pudo terminar.
Rachel acortó la distancia que las separaba, y la calló con uno de esos besos que había estado deseando mucho tiempo atrás.
Un beso que Quinn no se esperó, pero que no dudó en aprovechar al máximo durante los escasos segundos en los que duró, justo hasta que la puerta se abría ante ellas y las devolvía a la realidad.
—Ok… ¿Así es como funcionan las cosas contigo? —espetó completamente satisfecha.
—¿Ahora me crees?
—No, te creeré cuando estés en mi cama —replicó en el mismo instante en el que salía del ascensor, dispuesta a entrar en el apartamento que permanecía con la puerta abierta, y algunos invitados más en su interior.
Rachel lo hizo más tarde, cuando consiguió recuperarse de aquel beso que lejos de gustarle, había colocado otra pesa más sobre su ya quebrada consciencia, y de la respuesta de Quinn.
Entrar en el apartamento y descubrir que varios de los jugadores de futbol que había en la planta superior, estaban allí, no fue la mejor opción para acabar con la tensión que se iba acumulando en su cuerpo con el paso de los minutos.
La actitud de Quinn volvía a cambiar.
Allí dentro volvía a mostrarse tranquila, como si nada hubiese pasado entre ellas, y eso no hacia otra cosa más que aumentar sus nervios.
Definitivamente, Quinn era mucho mejor actriz que ella. Eso, o que realmente no le daba importancia a ese beso, que solo quería diversión y jamás se iba a sentir incomoda después de que sucediesen cosas entre ellas.
El punto álgido de la noche llegó con la aparición del sorprendente pastel de cumpleaños, pero la gracia de aquella tarta quedó completamente eliminada por culpa del estado de embriaguez en el que ya se encontraban las chicas. Un estado que acabó con Lindsay y Janis dormitando en el sofá, Karen perdiéndose de la mano de uno de los futbolistas, Dana con los calzoncillos de Michael como almohada en uno de los sofás, y Quinn encerrada en su habitación, tratando de acabar con el vértigo que aparecía cada vez que bebía, aunque solo fuesen un par de copas.
Rachel, la única que se mantenía sobria, optaba por adentrarse también en su habitación, pero una breve interrupción justo cuando estaba a punto de meterse en la cama, la detuvo.
Su teléfono, el teléfono que pertenecía a Rachel Berry, se iluminaba sobre su escritorio.
No dudó en acercarse y comprobar quien la estaba llamando a las 3 de la madrugada, por supuesto, sin sonido alguno para evitar que pudieran descubrirla, y crear algún conflicto con Quinn. Un conflicto que apareció en su interior al descubrir que en la pantalla aparecía el número de la rubia, completamente visible.
No lo comprendía. Los nervios comenzaron a inundarla de nuevo, y al tiempo que veía como la llamada continuaba, más abundaban en ella. No podía aceptarla en aquel instante. Quinn, supuestamente dormida, estaba a escasos metros de su habitación y podría escucharla perfectamente si hablaba un poco más alto de lo normal. Solo podía hacer algo en aquel momento, y las llaves del otro apartamento tenían la solución.
Por suerte aun las conservaba. Debía entregárselas al Sr. Robinson el lunes siguiente, y no dudó en tomarlas cuando el móvil se detenía, y la llamada cesaba. No le importó.
Cruzar el salón con las tres chicas completamente dormidas, no fue complicado para Rachel. Sin embargo, si hubo algo que hizo antes de marcharse, cerrar la puerta de su habitación con llave.
Que Quinn estuviese llamándola a esa hora era extraño, más aún con el teléfono al descubierto, así que debía evitar a toda costa que la rubia optase por entrar en su habitación mientras ella no estuviese.
No era lo que pretendía Quinn.
La rubia permanecía acostada sobre su cama, con el malestar de las dos copas que había bebido, y completamente arrepentida por haber realizado aquella llamada a Rachel.
Aquel beso. Aquel fugaz beso que horas antes había podido descubrir en los labios de Rebecca, hicieron que Rachel anduviera por su mente durante toda la noche.
Sus labios eran iguales y no conseguía comprenderlo. Aquella chica era una completa doble de Rachel y nadie parecía verlo, ni siquiera Santana o Britt. Solo ella. Ya no solo era su voz, ni su altura, ni su manera de expresarse, ahora para colmo, también eran sus labios. Besaba igual que la morena. A pesar de haber pasado 6 años desde aquel beso que se entregaron, seguía recordándolo como si apenas hubiera pasado una semana. Y esa misma noche, juró haberla vuelto a besar.
La delirante idea de pensar que realmente se estaba volviendo loca, que vivía en una continua obsesión en la que todo le recordaba a Rachel, estaba sucediendo de verdad. Y quizás por ese mismo motivo sentía la necesidad de escucharla tras el auricular, de cerciorarse de que seguía a cientos de kilómetros de ella.
Una llamada que decidió realizar con el número visible con la esperanza de ser aceptada. Pero no lo fue, al menos hasta varios minutos después en el que el sonido de la alarma y una voz automática le alertaba sobre la llamada.
Rachel
—Aceptar —susurró con un hilo de voz, presa de los nervios.
—¿Quinn? —cuestionó Rachel tras el auricular al ver como el silencio inundaba la llamada. El 4b era el perfecto lugar para realizarla, sin peligro de ser descubierta—. Quinn, sé que eres tú. Estás llamando con el número visible.
—Lo sé —reaccionó. Rachel se dejó caer sobre la cama que había estado utilizando, completamente a oscuras, y sorprendida por haber recibido respuesta.
—¿Qué te ocurre, Quinn?
—Nada.
—¿Nada? Son casi las 8 de la mañana —fingió siendo consciente de que Rachel estaba debía estar en Nueva York, no a escasos metros de ella.
—¿Estabas dormida?
—No, me acabo de despertar.
—Ok…
Volvía aquel silencio que provocaba Quinn, completamente abrazada a la almohada, y que desesperaba a Rachel, que no entendía que estaba sucediendo.
—Quinn, ¿estás bien?
—Necesitaba escucharte.
—¿Qué? —susurró completamente sorprendida.
—Esta noche he bebido, he celebrado un cumpleaños y no he parado de pensar en ti —balbuceó con la voz entre cortada—. Necesito que salgas de mi vida.
—Quinn…—susurró completamente abatida
—Rachel… ¿Por qué me lo hiciste? ¿Por qué humillaste? ¿No entiendes que yo jamás podría perdonarte algo así? —balbuceó entre lágrimas.
No podía soportarlo. Fue escuchar su voz y sentir como todo se hundía. Rachel no pudo reprimir sus lágrimas tampoco.
—Puedo explicártelo…
—No quiero explicaciones, Rachel, solo quiero que salgas de mi vida, que me dejes hacer mi vida como cualquier otra persona.
—Pero Quinn yo, yo no hago nada.
—Sí, sí haces —interrumpió—, estás todo el día aquí, en mi cabeza, y quiero odiarte y no puedo.
—Quinn, ¿qué hago? Te juro que hago lo que me pidas, pero no me culpes de eso.
—Te culpo porque tú me fallaste
—No te fallé. Solo cometí el mayor error de mi vida, pero te juro que no quería hacerte daño.
—¡Te acostabas con mi novio! —exclamó alterada— Maldita sea, Rachel, tú tendrías que estar en mi cama, no en la de él —confesó sin ser consciente de sus palabras, y Rachel palideció al escucharla—. Por tu culpa, ¿me oyes? Por tu culpa estoy así. Ni siquiera me permito el lujo de conocer a otras personas por tu culpa. ¿Me oyes?
—Quinn no me digas eso, por favor. ¿No entiendes que lo hice por ti?
No hubo respuesta. Quinn se mantenía en silencio, tratando de contener el sollozo que no parecía ceder en sus labios.
—Yo sabía que Jacob te engañaba, lo sabía y te lo dije, Quinn. Tú no me creías —espetó con rabia—. Me estaba volviendo loca pensando que ese imbécil estaba jugando contigo, y una vez, una vez estábamos cenando, tú, Jennifer y yo, y tú dijiste que, si alguien te contaba que había visto un extraterrestre, no le creerías. Pero si dos personas te lo decían, sí comenzarías a creerlo, y eso fue lo que hice Quinn —balbuceó—. Aquella tarde, cuando hablaba contigo por Skype, Jacob me escribió, me empezó a preguntar si podíamos vernos para tomar una copa, y yo le invité a que viniese a casa, porque sabía que, si Jennifer lo veía igual que yo, tú si le creerías.
—Eras la persona más importante —interrumpió—, tendrías que haberme hablado sin miedos Rachel, no mentirme.
—Quinn…Sé que fue un error, y no pretendo que me disculpes por ello, ya estoy pagando las consecuencias y créeme, es el peor castigo que podría sufrir. Duele, duele mucho.
—¿Duele? ¿A ti te duele? ¿Y qué pasa conmigo?
—Quinn…Yo te entiendo, por eso no te suplico que me perdones. Solo quiero que me escuches, que sepas que lo hice por ti, porque te quería y porque te sigo queriendo. Y sé que no fue la mejor forma, pero volvería a hacerlo si con ello te alejo de quienes pretenden hacerte daño.
—No te perdonaría ni aunque me lo suplicaras.
—Eso no va a suceder, ya cometí mi error, ya te pedí perdón y ya estoy cumpliendo mi condena. Pero no me voy a arrastrar mas, por mucho que me duela no tenerte cerca. ¿Me oyes? —espetó envuelta en un llanto que apenas le dejaba hablar.
Quinn se sorprendió. Aquella respuesta era lo único que jamás pensó recibir por parte de la morena, y no supo cómo responder.
—He aceptado tu llamada. He aceptado hablar contigo, y no sabes la alegría que me ha dado ver que lo hacías al igual que el otro día cuando me llamó Britt, pero ni por asomo pienses que me voy a seguir suplicándote un perdón que sé que no quieres darme. Estaré aquí cuando me necesites, pero ya basta.
—¿Ahora te has vuelto soberbia?
—No, pero no soy imbécil. He aprendido a vivir con el corazón roto, y voy a poder seguir viviendo igual. Mi mano está tendida, Quinn, mi mano, mi casa y mi corazón están abiertos para ti, pero no voy a ser yo quien vaya a buscarte. Ya es suficiente.
El orgullo, la impotencia, nada podía contra aquella incesante necesidad de sentirse cobijada, por tener a la morena ocupando el lugar de su almohada.
Rachel lo sabía. Sabía que Quinn, más allá de odiarla, era orgullo lo que sentía, y aquel contrataque por su parte estaba alterándola aún más. Sin embargo, jamás esperó escuchar lo que Quinn le confesó sin previo aviso.
—Te echo de menos —susurró al tiempo que desconectaba la llamada, y dejaba boquiabierta a la morena.
—¿Quinn? —trató de recuperar la llamada— ¿Quinn? Mierda, maldita sea, Quinn.
Se desesperó. Que la rubia cortase la llamada tras aquella confesión le hacía comprender que ya no soportaba más aquella situación, que quizás estaba intentando vencer a su orgullo para recuperar su amistad, pero le era imposible hacerlo, y menos aún si ella se lo ponía difícil.
Había elegido el peor momento para mostrarse orgullosa, y volvía a arrepentirse. Aunque, quizás, había sido aquella actitud la que hizo reaccionar a Quinn de esa forma. Regalándole un "te echo de menos" que volvía a abrir todas las puertas.
Al igual que las puertas del aquel apartamento.
Rachel regresaba en absoluto silencio al piso, dónde Dana seguía completamente dormida junto a sus dos amigas, y el caos inundaba el salón. Su habitación esperaba impaciente, pero algo la detuvo antes de entrar en ella.
Quinn abría la puerta de su cuarto, y dejaba completamente petrificada a la morena, que no sabía si hacerse notar, o tratar de pasar desapercibida, como un mueble más en aquella sala. Sin embargo, la segunda opción quedó descartada al comprobar como la rubia acudía hasta su habitación, y dejaba un pequeño golpe en la puerta.
Su rostro, completamente abatido por las lágrimas y la pena, impactó a Rachel, que no tardó en hacerse notar.
—¿Quinn? —susurró tratando de no asustar a la chica. Pero no lo consiguió. La rubia no esperó en ningún momento escuchar la voz justo a su lado, y estuvo a punto de chocar con la puerta por culpa del sobresalto—. Shhh, siento haberte asustado —trató de sonar tranquila—. ¿Estás bien?
—¿Qué? ¿Qué haces aquí?
—He ido al baño…—mintió— ¿Qué te ocurre?
—Ah, eh…Oye, no, no me encuentro bien y…Bueno, intuyo que Dana sigue dormida ahí, ¿no es cierto?
—Sí, sigue ahí junto a Lindsay y Janis. ¿Qué necesitas, Quinn? ¿Qué te sucede?
—Necesito estar acompañada. Sé que puede resultar extraño después de lo que te he hecho pasar hoy, pero…no puedo quedarme dormida a solas —confesó sin poder contener las lágrimas, hecho que destrozó aún más el quebrado corazón de la morena, volviéndose a sentir culpable.
—Vamos…Ven —se adelantó para abrir la puerta disimuladamente, evitando que Quinn pudiese percatarse de que la había cerrado con llaves.
—Gracias —susurró adentrándose en la habitación tras ella.
—Está un poco desordenada —se excusó—, pero la cama está libre. Vamos…ven.
—Rebecca —se detuvo—, no quiero que pienses que estoy buscando algo. Te juro que no tiene nada que ver con lo sucedido. Es solo que acabo de discutir con alguien por teléfono, y me siento la peor persona del mundo.
—Shhh, no me des explicaciones, ¿Ok? Solo ven, vamos —la invitó a que se dejase caer sobre la cama.
Ella también lo necesitaba.
Ver a Quinn en aquella situación, provocada por ella misma, la estaba destrozando. A pesar de querer mostrarse fría, no podía superarlo, y su estado anímico también se veía visiblemente desmejorado tras la discusión.
Dormir con ella a su lado, era probablemente el mejor regalo que iba a recibir, pensó Rachel. Un regalo que sin duda no merecía por toda aquella patraña de mentiras en la que se veía envuelta.
—Siento molestarte —susurró acomodándose en la cama—, pero hay veces en las que la soledad y esta oscuridad me aterrorizan. No, no puedo superarlo, necesito saber que hay alguien cerca y…Bueno, normalmente siempre están Santana o Dana.
—Pues hoy yo seré tu Santana o tu Dana. ¿Ok? —trató de tranquilizarla. Eso era exactamente a lo que había ido allí, a ocuparse de ella, a estar a su lado cuando lo necesitase. Aquel si era su verdadera misión.
—Ok…Gracias.
—Ven aquí —incitó a la rubia a que se abrazara a ella al tiempo que también se acomodaba en la cama.
Y Quinn no lo dudó.
Abrazarla, escuchar su voz y la dulzura con la que la trataba, volvía a recordarle a Rachel, y en todo lo que deseaba poder tenerla a su lado. Y el destino le estaba dando la oportunidad de imaginar que Rebecca era ella. Que era Rachel, su chica.
—Me gusta tu camiseta —susurró Quinn aferrándose a su cuerpo. Rachel se sorprendió.
—¿Mi camiseta? —cuestionó confusa. Una camiseta azul repleta de ovejitas blancas, que ni siquiera le pertenecía. De hecho, era de ella. De Quinn. La que fue su pijama 6 años atrás.
—Sí, es suave. Me gusta —respondía con apenas un hilo de voz.
—Ni siquiera es mía —confesó.
—¿De quién es?
—De quien fue, es y será el gran amor de mi vida.
—Oh… Vaya. ¿Buen o mal recuerdo?
—El mejor. Es todo lo que me queda —susurró, y Quinn no pudo evitar aferrarse con mas intensidad a ella—. Te regalaré una igual a ti.
—Ok… —respondía ya con el sueño a punto de caer sobre ella.
—Buenas noches, Quinn.
—Buenas noches —balbuceó dejando escapar un leve bostezo—, Rachel.
