Declaimer: Bleach y todos los personajes no me pertenecen, son propiedad de Tite Kubo.
La historia es propiedad de Saffron A Kent, esta es solo una adaptación con fines de entretenimiento.
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Rukia
Es sábado y estoy sentada en el Café de Karakura. Compré unos libros de poesía después que Ichigo me dijo que me rindiera. Se supone que te enseñan cómo ser un poeta, cosas como la técnica, la forma, las silabas y los tipos de versos. Todo es muy intimidante y extraño. Estoy tan absorta que soy tomada con la guardia baja ante el fuerte aroma de chocolate. Levanto mi cabeza y me encuentro a Ichigo mirándome. Tiene una taza de café, una bolsa de pan en su mano, y su hijo sobre su pecho pateando y mordiendo su puño mientras mira alrededor.
Ichigo está mirando mi libro, deja su café y su bolsa, se inclina con Nicky todavía asegurado, y arrastra el libro al centro de la mesa. Sonriendo, me perfora con una mirada.
—¿Qué estás haciendo? —.
—Nada — mascullo, y trato de alejar el libro de su agarre, pero su mano es como una piedra —Suéltalo—.
Lo hace y caigo hacia atrás en mi silla por la fuerza, consiguiendo una pequeña risita de Ichigo. Entonces toma asiento. No puedo apartar la mirada de la forma experta en que carga a Kazui, sano y salvo contra su pecho. Mi mente viaja hasta la vez que vi su pecho desnudo. Aprieto mis labios. Si no tengo cuidado, terminaré diciendo todo. Ichigo nunca puede saber qué lo vi. Nunca.
Sorbe su café y saca el hojaldre de su bolsa; un croissant de chocolate.
—¿Esa es tu comida?— pregunto, pensando en su delicioso aroma.
—Básicamente, sí. Y en caso que te estés preguntando… —Le da un mordisco —No comparto chocolate—. Lo veo masticar, los suaves movimientos de su mandíbula y la ondulación de su manzana de Adán mientras traga. Es algo muy raro para mí. Es un vistazo a sus actividades diarias. Avergonzada, bajo mi mirada. Ichigo toma el libro, leyendo el título, efectivamente escondiendo su rostro.
—Historia de vida de un Poeta—.
Estoy sin duda avergonzada ahora. No quiero que vea lo mucho que estoy luchando, lo profundo que me calaron sus palabras el otro día. —¿Puedes devolvérmelo? Estoy trabajando—. Lo libero de su agarre y me lo permite, revelando su juguetona mirada.
—Pero acabas de decir que no estabas haciendo nada—. Pongo mis ojos en blanco ante su infantil declaración.
—Está bien, mentí—.
—Mentir es un hábito muy malo, señorita Kuchiki— me informa, su voz es cualquier cosa menos infantil ahora —Puede meterla en problemas—.
—Creo que puedo manejar un poco de problemas, Kurosaki sensei—. Se queda en silencio y bebe su café, mirándome con especulación. No puedo creer que esté diciendo esto, pero quiero que se vaya. He cometido tantos crímenes en los últimos días que ni siquiera puedo mirarlo sin sonrojarme. Apuesto que parezco un tomate. Él sabe. Ichigo sabe que lo vi.
—¿Te pongo nerviosa, Rukia? —.
—No —resoplo; o intento hacerlo, sale chillón y agudo.
—Sí, como digas —murmura y toma otro sorbo —¿Has hecho algo? —.
—¿Qué?, no— digo rápidamente, jugando con las páginas del libro —Mira, ¿te importaría irte? Estoy trabajando aquí—. Digo irritada.
—¿Cómo puedes trabajar aquí? ¿No hay mucho ruido? —
—Me gusta. Me recuerda a casa —murmuro.
—¿Dónde vivías, en un patio de juegos?
—No. Nueva York—. Se pone serio ante mi respuesta mientras me estudia.
—Extrañas el ruido de la ciudad— concluye. Asiento vacilante. Tomando otro sorbo del café —También yo—. Apenas suprimo un jadeo ante su revelación. Estoy sorprendida que eligiera contarme algo personal sobre él.
—¿Qué? —pregunta.
—Yo… eres tan raro. —Arquea una ceja en mi dirección —No, de verdad. ¿Por qué estás siendo tan amable? —.
—Siempre soy amable—.
—No, no lo eres. Me odias. Siempre me miras como si quisieras matarme, como si fuera responsable por, no lo sé, el terrorismo, el calentamiento global o algo—.
Se ríe y me hace reír. Es un estallido de sonido, tosco e incómodo, pero, aun así. Logré que lo hiciera. Yo. Ichigo va a tomar un sorbo de su café, pero se lo quito antes que pueda hacerlo, él me mira fijamente mientras tomo un sorbo.
—¿Qué? Sabes que solo robo cosas que me producen emoción. —Me encojo de hombros. Negando. Me doy cuenta que afuera de la escuela Ichigo es más receptivo conmigo.
—¿Esta es tu forma de no rendirte? —pregunta Ichigo, apuntando al libro abierto que había olvidado por completo. La timidez me apuñala las mejillas de nuevo y bajo la mirada.
—Tal vez—.
—Muéstrame qué has escrito hasta ahora—. Alzo mi mirada hacia él.
—No… no es que haya escrito algo… No puedo escribir. No sé cómo—. Niega y cierra mi cuaderno de golpe, haciendo reír a Kazui.
—Ahora, solo diré esto una vez, así que mejor escucha—. Su voz de profesor me hace levantar la mano como si estuviéramos en un aula de clase.
—¿Qué? —
—Eso fue exactamente lo que dijiste en clase —digo, pensando en la vez que perdió el control cuando la gente habló de sus escritores favoritos. Bajo mi voz y lo imito—. Solo diré esto una vez—.
—¿Quieres el consejo o no?—. Asiento con entusiasmo.
—Estos libros no te servirán de nada a menos que de verdad escribas algo. No pueden enseñarte a escribir. Solo puede enseñarte a pulir lo que has escrito— Suspirando, mira alrededor, luego deja sus ojos sobre su taza de café. —Envuelve tus manos alrededor de la taza de café y cierra los ojos— me dice.
Confundida, no hago nada de eso y él niega. Se inclina más cerca, teniendo cuidado con Kazui, y envuelve sus grandes y gruesos dedos alrededor de mis manos, llevándolos a la taza. Mi aliento se entrecorta ante el primer contacto entre nosotros. Sus grandes manos sobre las mías mas pequeñas, es… Es como imagino que se siente tocar un rayo. Eléctrico. Vibrante. Burbujeando de energía.
—¿Rukia, estás conmigo?— pregunta Ichigo, trago y asintiendo rápidamente —Cierra los ojos—.
—Dime cómo se siente el café—. ¿Se puede saborear el sonido? No lo sé, pero puedo saborear su voz en este momento. Es vicioso, denso y dulce.
—Y-yo… Bueno, es caliente. —Pero no tan caliente como tus manos.
—¿Qué más? — Bajo mi palma, muevo los dedos, sintiendo los ásperos contornos de la taza.
—Es áspera, rasposa. —Pero la aspereza de tus manos se siente mucho mejor.
—¿Y? — Intento sentir más.
—Se siente como… como el sol, como si solo tocándolo estoy… estoy despierta, alerta y no sé… solo, viva. —Y no estoy hablando sobre la estúpida taza. Ichigo aparta sus manos y soy obligada a abrir mis ojos. Se encoge de hombros.
—Ahí lo tienes. Una taza de café es un paquete lleno de sol para ti. Escribir no es solo sobre la técnica, aunque eso es importante. No es sobre lo que ves; es sobre lo que sientes. Tienes que ir más profundo, voltear las piedras, ver lo que preferirías no ver para poder escribir. Por lo tanto, no necesitas estos libros ahora—. Es la cosa más honesta que me ha dicho. Sus palabras se alojan en mí.
Nos quedamos absortos en los ojos del otro mientras Kazui patalea contento, pasan varios segundos cuando Ichigo me saca de mi ensimismamiento.
—¿Vas a atender eso? —pregunta Ichigo señalando a mi teléfono.
—¿Qué?— Vibraciones hacen eco en mi muslo. Lo saco de mi bolsillo y casi lo dejo caer como si sostuviera un tempano en mi mano. Mi pilso y respiración se aceleran, miro con mucho miedo el nombre en la pantalla. Es Renji,
Renji, con sus ojos negros y su cabello pelirrojo, sonriendo a través de la pantalla del teléfono. No… no entiendo. Sigo mirándolo, sigo escuchando el estridente ruido, esperando que cambie, esperando que el rostro de Renji se disuelva, esperando que esto sea un chiste. Debe serlo, ¿verdad? ¿Por qué me llamaría después de dos años? El teléfono deja de sonar y logro tomar aire.
—Rukia—. Me volteo y miro a Ichigo que me observa con preocupación.
Antes de poder decir algo, el teléfono suena de nuevo, zumbando en la mesa. Sin pensarlo dos veces, me levanto rápidamente del asiento, recojo mis cosas, y le lanzo a Ichigo una mirada, distraída.
—Me voy—. Salgo corriendo del café como si Renji estuviera aquí, como si hubiera venido a decirme lo mucho que me odia.
Me dirijo hacia mi torre y rápidamente me dirijo hacia mi habitación, Momo no está. El silencio del departamento se ven interrumpido cuando escucho el sonido de mi teléfono. No quiero contestar porque seguramente es Renji. Dejo que suene hasta que he perdido la llamada, reviso la pantalla, pero no era de él. Era mi mamá. ¿Qué estaba pensando? Por supuesto que Renji no me llamaría. Quizás me marcó por error en la mañana o algo así. No tenemos nada que decirnos. El teléfono vuelve a sonar… mi mamá.
—H-hola— digo, mientras intento calmar mi ansioso corazón. Tengo un mal presentimiento sobre esto.
—Rukia. ¿Cómo estás? —. Su voz es suave y siempre se mantiene en el mismo tono.
—Estoy bien. ¿Cómo… cómo estás tú? —.
—Bien. Bien. Quería hablar contigo sobre la fiesta de Byakuya—.
—Claro. Seguro. Lo recuerdo. Es la próxima semana. No te preocupes. No voy a estar ahí—. Ocasioné un desastre en su fiesta de San Valentín el año pasado; estaba borracha y drogada, y vomité en toda la escultura de hielo de Cupido. Apareció en todos los periódicos. Mamá se avergonzó tanto que decidió vetarme. Desde ese día, apenas y me encuentro en la ciudad para una de sus fiestas.
—Sí. Eso es muy considerado de tu parte, pero solo quería recordarte de todos modos. Es imperativo que no vengas—.
—Está bien. No estaré ahí. Promesa de meñique—. Me dejo caer de espaldas en la cama. ¿Qué tan patético es que tu madre te hable para recordarte que no estás invitada?
—No es una broma, Rukia. Está fiesta es especialmente importante, y no quiero que nada la arruine—. Lo que quiere decir: No quiero que tú la arruines.
—¿Por qué es tan importante de todo modos? —pregunto, tomando un mechón de cabello.
—No es importante—.
—Pero acabas de decir que lo es—.
—No, no lo hice—.
—Mamá, solo dime, o quizás decida ir después de todo—. Miedo instantáneo. Casi puedo escucharla jadear. Oh, el horror de su loca hija apareciendo y arruinando todo. Soy como la plaga.
—Renji aceptó asistir—.
Un frío penetra mis huesos, iniciando por mis oídos, viajando por un costado de mi cuello, penetrando todo mi cuerpo. Puedo sentirlo moverse.
—¿Ren-Renji? —.
—Si. Respondió a mi invitación—. Mi mamá insiste en tenerlo cerca en cada celebración. Renji es el hijo que nunca tuvo.
—Está bien—murmuro.
—Me alegra que estemos en la misma página—.
—Sí—. Hay un silencio después de eso, largo. No sé por qué todavía no colgamos la llamada, por qué nos estamos escuchando respirar. Quizás mamá quiera agregar algo más. Quizás tengo miedo de estar sola después de colgar.
—Muy bien. Llámame si necesitas algo—. Es lo que siempre dice al final de una conversación.
—Sí. Lo haré—.
Durante los siguientes días no puedo olvidar la llamada de Renji ¿Por qué demonios me llamó? Quizás para decirme que no fuera a la fiesta, como mi madre lo hizo. Era mejor así, de verdad. No me importa la fiesta, ni quiero ver a Renji. No quiero volver a verlo, si puedo evitarlo. ¿Cómo podría mirarlo? ¿Qué diría? Todo está bien ¿no?. ¿Entonces por qué siento que quiero llorar?. No me doy cuenta que la clase del día está terminando, hasta que escucho las sillas moviéndose. Las personas están murmurando y guardando sus cosas, listos para irse. Momo coloca una mano sobre mi hombro. Ella no me ha preguntado por mi estado de ánimo últimamente, respetando mi espacio. Pero ha permanecido conmigo brindándome su cariño de amiga.
—Oye, ¿lista para irte? —.
—Sí. Supongo—. Acababa de guardar mi cuaderno en la mochila, y tomado mi abrigo de invierno, cuando escuche que decían mi nombre.
—Señorita Kuchiki, me gustaría verla después de clase—. Trago mientras escucho a Ichigo usar su voz formal y seca. No sé si soy lo suficientemente fuerte para enfrentarme a él hoy. Le digo a Momo que se adelante sin mí, y se va con Toshiro, mientras me acerco al escritorio de Ichigo, dejando mis pertenencias atrás.
Me observa con sus brazos cruzados sobre su pecho. Esta es la segunda vez que hace que me quede después de clase. La primera vez me dijo sentía cosas por él, lo que resultó ser verdad. Me pregunto qué dirá hoy.
—¿Le gustó la clase de hoy, señorita Kuchiki? —. Atrapada. No estaba prestando atención… él lo sabe, yo lo sé, pero aun así continuo con la farsa.
—Genial, como siempre—.
—¿Eso es verdad?—. Asiento, manteniendo mi mirada en el escritorio.
—¿Recuerdas lo que dije, Rukia?—. Su poderosa voz crea un cosquilleo dentro de mi cuerpo—. Mentir puede ocasionarte problemas. Levanto los ojos para mirarlo.
—No tengo miedo de un poco de problemas—.
Su pulgar se desliza en una larga caricia por su labio, antes de enderezar sus brazos y meter las manos en los bolsillos. El silencio entre nosotros tiene algo de drama. Ichigo se está preparando para revelar algo. Mi pulso esta acelerado.
—¿Quién es Renji?—. Mi respiración se atora en mi garganta, y todo lo que puedo hacer es jadear. ¿Cómo sabe ese nombre? El nombre del chico que amo en la voz de Ichigo suena mal.
Ichigo frunce el ceño cuando no digo nada. —¿Te hizo algo?—.
—¿Qué?—. La idea es tan loca que solo puedo quedarme ahí de pie.
—El chico que te llamó — explica —¿Te hizo algo? ¿Te lastimó de alguna manera?—. Niego una vez, todavía asimilando que Ichigo no sabe nada sobre Renji.
—No es asunto tuyo—. Es una respuesta automática, pero en lugar de salir con determinación, mi voz tiembla y se distorsiona en un susurro roto. —Me voy— le digo, porque si no, le voy a revelar todos mis secretos. Comienzo a moverme, pero sus dedos toman mi muñeca, deteniéndome. Esta es la segunda vez que me toca. Piel contra piel. Esta vez no es tan sorprendente, pero igual de vibrante. Ichigo me acerca a él, moviendo mi pelvis contra el escritorio. Los bordes se clavan en mi cadera, pero no hago una mueca. Me inclinó contra este.
—¿Qué te hizo?— pregunta de nuevo, rudamente. Las líneas de su hermoso rostro están tensas, y existe un brillo severo en sus ojos. Está enojado, ¿por qué?.
—Nada—.
—Rukia— advierte. Su voz ruda.
—Él solo… no correspondió mi amor… Nunca—.
—¿Y tú lo amabas?— Sus dedos se flexionan en mi muñeca, tomándola más fuerte. ¿Se da cuenta de lo fuerte que me está agarrando?
—Sí—. Lo amaba. Aunque, ¿todavía lo amo? No lo sé. He estado en dolor y agonía por tanto tiempo que no puedo decirlo.
El rostro de Ichigo cambia. Me mira como nunca antes lo ha como tú, quiero decirle.—Yo fui quien lo lastimó—.Su mirada se calienta, como si mis palabras fueran gasolina, avivando el fuego.
—¿Qué hiciste? —
—Yo…Lo obligué a dormir conmigo—.Ahí lo tiene. Lo dije. Ya salió. Ichigo permanece en silencio, esperando a que explique.
—Estábamos en esta fiesta. Él estaba… en realidad. Solo fui para iba a la universidad al mes siguiente y yo estaba desesperada. Siemprelo había amado, pero nunca sintió lo mismo. Así que yo, mmm, lo emborraché— Me estremezco, pero continúo —Pe-pero eso no es todo. Lo drogué también, y-y entonces me aproveché de él también. Terminamos en un cuarto, lejos de la fiesta y… y lo besé. Él, eh… él no respondió al inicio, pero luego se dio por vencido y…— respiro temblorosamente —Y entonces me quité la ropa y coloqué sus manos sobre mí. Y-yo podía ver que estaba confundido, y no quería hacerlo, pero me subí a su regazo y… y dormimos juntos. Pensé que, si le daba mi virginidad, él me amaría, pero se fue al día siguiente—. Parpadeo y una lágrima solitaria se desliza por mi mejilla. —Así que lo lastimé. Él era mi mejor amigo, mi único amigo, y él era mi hermanastro. Y lo obligue a tener sexo conmigo—.
Eso es todo. Todas mis partes feas. Todas las razones por las que soy un monstruo. Por qué fui expulsada a aquí a Mi Torre. Por qué mi propia madre me odio. Me pregunto qué haría si descubre lo que le hice a Renji. Ella sabe que lo amo, pero no sabe cuántas líneas crucé por ese amor. Ichigo deja ir mi muñeca. Un sollozo está listo para salir, pero muere y se convierte en hipo cuando siento su áspera mano tomando mi mandíbula.
—Tengo miedo —susurro rotamente.
—¿De qué? —. De siempre ser así de miserable y solitaria. No lo digo porque nos hemos acercado más, y he perdido mi voz. Puedo ver sus ojos moviéndose por mi rostro, de izquierda a derecha, de arriba la mano que esta acunando mi mejilla. Quiero chupar sus dedos. Quiero probarlo. Mierda. Lo voy a hacer. Voy a probar su piel. Solo una lamida, me prometo. Giro mi cabeza y saco un poco mi lengua. Hago contacto en la unión donde sus dedos se encuentran con la palma. El toque es apenas existente, me doy cuenta que se puso rígido. La neblina se aclara y me veo lanzada a la realidad. Me alejo del escritorio, lejos de su alcance, pero él no se mueve. Su mano cae a su costado, laxa.
—Lo lamento— digo de inmediato, avergonzada de mí misma, avergonzada de mi falta de control. Nanao tenía razón, necesito trabajar en eso. Dios, soy tan estúpida. —Tengo que irme—.
