Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia es de Elizabeth Hoyt.
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CAPITULO 23 EPÍLOGO
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El Viento Oeste voló con Aurea hasta un castillo posado en las nubes alrededor del cual giraban los pájaros. Cuando ella bajó de su espalda, un cuervo gigantesco se posó a su lado y se convirtió en el príncipe Niger.
—¡Me has encontrado, Aurea, mi amor! —exclamó.
Mientras el príncipe hablaba, los pájaros fueron bajando del cielo y uno a uno fueron transformándose nuevamente en hombres y mujeres. Se elevó un fuerte grito de júbilo entre los fieles acompañantes del príncipe. Al mismo tiempo se disolvieron las nubes que rodeaban el castillo y se vio que este estaba enclavado en la cima de una inmensa montaña.
Aurea estaba aturdida por la sorpresa.
—¿Cómo es posible esto? —preguntó.
El príncipe sonrió, y sus ojos brillaron negros como el ébano.
—Tu amor, Aurea. Tu amor ha anulado la maldición.
DeEl príncipe Cuervo.
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Tres Años Después…
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—Y Aurea y el príncipe Cuervo vivieron felices para siempre. —Bella cerró suavemente el libro de tafilete rojo—. ¿Se ha dormido?
Edward movió la pequeña pantalla de seda hasta dejar al pequeño a la sombra, para protegerlo del sol de la tarde.
—Mmm. Creo que ya lleva un rato dormido.
Los dos miraron la carita engañosamente querúbica. El pequeño estaba acostado en cojines de seda color rubí apilados en el centro del jardín amurallado de Ravenhill. Tenía abiertas y flexionadas las piernas, como si el sueño lo hubiera vencido a mitad de un movimiento, los labios botón de rosa fruncidos sobre dos deditos que tenía metidos en la boca, y una suave brisa le agitaba los rizos negrísimos. Jock estaba echado a un lado de su ser humano favorito, sin preocuparse por la mano regordeta que le tenía cogida una oreja. El jardín que los rodeaba estaba florecido en toda la plenitud de su gloria. Las flores se desparramaban sobre los senderos en una exuberancia multicolor; las paredes estaban casi cubiertas por las rosas de los rosales trepadores, y el aire estaba impregnado por el perfume de las rosas y el zumbido de las abejas.
Edward le quitó el libro de la mano y lo dejó a un lado de los restos del almuerzo; después tomó una rosa rosada del florero que tenían en el centro del mantel para la merienda y la acercó a ella.
—¿Qué haces? —siseó Bella, aunque ya se hacía una buena idea.
—¿Yo? —preguntó él, intentando parecer inocente, aunque eso nunca le resultaba tan bien como a su hijo.
Le deslizó la rosa por la parte de los pechos que dejaba descubierto el escote.
—¡Edward!
Un pétalo cayó por la hendidura entre sus pechos. Él frunció el entrecejo, fingiendo alarma.
—Ay, Dios.
Introdujo los largos dedos por entre sus pechos, buscando el pétalo, y al mismo tiempo bajándole el corpiño. En su ineficaz búsqueda del pétalo, le rozó una y otra vez los pezones. Ella trató de apartarle la mano, aunque no con mucho empeño.
—Para. Me haces cosquillas.
Él le apretó un pezón entre dos dedos y ella chilló.
Él frunció el ceño, muy serio.
—Chss, que vas a despertar a Emmett. —El corpiño bajó hasta dejarle los pechos al aire—. Tienes que estar muy callada.
—Pero Charlotte…
—Fue a ver cómo le va a Maggie en su nuevo empleo en el otro condado. —Le sopló los pechos desnudos—. No volverá antes de la cena.
Le cogió un pezón con la boca. Bella retuvo el aliento.
—Creo que estoy embarazada otra vez.
Él levantó la cabeza y la miró con los ojos brillantes.
—¿Te importaría tener otro hijo tan pronto?
—Me encantaría —repuso ella, y suspiró feliz.
Edward se tomó la noticia de su segundo embarazo mucho mejor que la del primero. Aquella vez, desde el momento en que le dijo que estaba embarazada había estado tremendamente preocupado. Al principio ella hacía todo lo posible por tranquilizarlo hasta que al final se resignó a que él no se recuperaría mientras ella no hubiera dado a luz al bebé sin ningún problema. Y, sí, él estuvo sentado, pálido, a un lado de la cama durante toda la labor del parto. A la señora Stucker le bastó echarle una mirada para ordenar que le trajeran un coñac, que él se negó a probar. Cinco horas después, nacía Emmett Ethan Cullen, vizconde Herrod, el bebé más hermoso de la historia de la humanidad, en opinión de ella. Entonces Edward se bebió un tercio de la botella de coñac antes de subirse a la enorme cama a envolver en sus brazos a su mujer y a su hijo recién nacido.
—Esta vez será una niña —dijo él, levantándole las faldas e instalándose entre sus muslos desnudos.
Ya le estaba dejando una estela de besos por el cuello, cubriéndole los pechos con las manos y frotándole los pezones con los pulgares.
Bella ahogó una exclamación.
—Otro niño sería fantástico también, pero si es niña ya sé qué nombre le vamos a poner.
—¿Cuál?
Él le estaba mordisqueando la oreja, y ella sentía la presión de su miembro erecto en la entrepierna. Lo más seguro era que él no la estuviera escuchando, pero le contestó de todos modos:
—Elizabeth Rose.
FIN
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Gracias por todos sus comentarios, lo aprecio mucho. Que tengan un hermoso fin de semana.
Marie ƸӜƷ
