La reina de mis caprichos

- Tía Elroy, Candy y yo tomaremos el otro auto. Si vamos todos en este iremos muy apretados. Vayan adelantándose -Lo que menos me apetecía era comer en casa de los Leagan y aún había cosas que quería tratar con Candy.

- William, en todo caso, yo vendré contigo. Candice puede acompañar a Archie y la Srta. Britter en este auto -Mi tía, demasiado a menudo, resultaba un verdadero incordio.

- Pero tía -Fingí preocupación-, no hace falta. Usted ya está subida y acomodada en el auto. No se moleste.

- ¡Oh! ¡Pero yo puedo ayudarla a bajar! -interrumpió Archie, mientras Annie lo miraba sorprendida aunque complacida. En la cara de mi tía empezaba a dibujarse una ligera sonrisa triunfal. Iba a responder cuando Candy me interrumpió.

- No te preocupes Archie. El tío abuelo y yo conocemos el camino. Además, iremos detrás de ustedes. No es necesario que se moleste tía abuela -Sonrió Candy mientras salía corriendo, perdiéndose tras la puerta de la cochera.

- Jeremy, vayan marchando. Nosotros ya les alcanzaremos -Ordené al chofer. Después seguí con sosegada complacencia a Candy, mientras escuchaba el auto partir. Imaginé, cuan fácil resultaría atraparla tras la puerta, para después fundirme en su boca y recorrer su pequeño y delicado cuerpo con mis manos, gozando de cada curva a través de la ropa. La puerta podía cerrarse desde dentro y nadie nos molestaría. Con tan solo apartar la falda de aquel liviano vestido, que se empeñaba en resaltar el tiro de sus caderas, podría poseerla de nuevo; apoyados tras la puerta, en el suelo o en el capó de mi auto. En mala hora se me ocurrió besarla en mi despacho. Estaba encendido y no lo podía evitar. Quería volver a sentir sus labios y que nos olvidáramos de los condenados Leagan.

Pero ella era Candy, la misma niña que un día rescaté en la cascada, la misma que decidí adoptar para lograr sentirme, en algún modo, más cercano a mi familia, a mis sobrinos. Era la misma que amó a Anthony con pureza, cuando apenas eran unos niños y a mi amigo Terry, con una intensidad que le hizo sentir las mayores alegrías y tristezas. Alegrías y tristezas que yo contemplaba mientras permanecía arrancado de mis recuerdos, de mi persona, notando como crecía un apego por aquella muchacha que, extrañamente, ya sentía como antiguo y que se mezclaban con esporádicos recuerdos de sus sonrisas y de otros momentos que, en aquel entonces, no alcanzaba a comprender ni encajar en mi mente con suficiente coherencia.

Ella era la misma que durante años, me había escrito, imaginándome viejo, contándomelo casi todo, rogando para conocerme. La misma que, pese a no tener nada, consiguió abrirse camino por si sola, sin aceptar que yo, anónimamente, le ofreciera todo. Ella era, ante todo, genuina. Y yo, sin embargo, no había hecho más que fingir durante toda mi vida; por deber, por respeto, en definitiva, porque no me había quedado más remedio que aceptar lo que la vida me imponía. Podía intentar revelarme cuanto quisiera, pero al final, yo seguiría siendo quien era, con todo lo que ello comportaba.

Nosotros siempre nos habíamos tratado como amigos y temía abrumarla, si me comportaba como yo realmente deseaba. Había coqueteado con ella por correspondencia, durante mis viajes de negocios el anterior año. Y en las últimas cartas había llegado a creer que realmente le interesaba y que, a nuestro reencuentro, podríamos hablar de ello.

Pero a mí regreso, fuimos invitados a la inauguración de otro de los hoteles de la familia Leagan y entre el ajetreo del viaje, de poner a mis asociados en su lugar, los nervios de la tía y las nuevas noticias de mi investigación en Europa, no había encontrado el momento de quedarnos, a solas con la suficiente tranquilidad, para hablar con ella. Había previsto hacerlo esa misma noche, aprovechando que regresaríamos solos. No le había mentido a la tía Elroy, aún no entiendo cómo Candy se emborrachó como nunca y se durmió. Me dio pena despertarla, además que de poco serviría hablar de nada en su estado.

Al llegar a nuestra mansión de Florida, ella, abrazada a mí, se lanzó a besarme, demostrándome una pasión que me resultaba desconocida en ella y que hizo que creyera que, entre nosotros, había algo más que una mera amistad y que, por fin, había encontrado a una igual, con la que poder crear lo que siempre había encontrado a faltar, una familia mía y de verdad. Lo creí hasta que ella pronunció su nombre.

Quizás, tras la intensidad de su historia con Terry, ella sintiera que necesitaba de una relación más reposada y por eso se había volcado en mí. Si era así y me mostraba tal cual sentía, podría asustarla y desencantarla. Quizás Candy, al descubrir que yo era aquel muchacho, que ella se empeñaba en llamar "Su Príncipe de la Colina", había volcado en mí cualidades que yo no tenía.

Y por si todo esto fuera poco, apenas hacía un día que me había comprometido con ella. Solo la tía abuela lo sabía... dejarme llevar ahora sería volver a arriesgar su honra, públicamente, y esta vez quería hacer las cosas bien. Demasiada suerte había tenido de que no se quedara embarazada la primera vez.

- Albert ¿Qué te pasa? ¿Por qué me miras así, tan serio? -Candy, esperándome frente al coche, rompió extrañada mi embobamiento. No, ella ya no era una niña. En nuestros últimos encuentros ya no lucía coletas e, incluso, se podría decir que se esforzaba por vestir más acorde a las últimas tendencias, aunque conservando siempre su naturalidad. Su aspecto era, ahora, el que siempre sospeché que llegaría a ser, el de una hermosa mujer.

- Nada, es solo que hoy estás aún más preciosa -Le sonreí acariciando su ruborizada mejilla. Aquel rubor casi doblegaba mi contención. Me acerqué más a su rostro y al notar que no me apartaba, rocé nuestras mejillas. Tenía miedo de besarla, porque el solo hecho de pensarlo me hacía poner duro y si me dejaba ir, si sucumbía a la suavidad de sus labios, de nuestras lenguas jugando, nada me garantizaba que sería capaz de detenerme para no acabar fornicándola, allí mismo, tal como fantaseaba.

Continuará...